Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz,

valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho.

Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de

canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza,

mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal

abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez:

el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y

energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera;

ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo,

creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los

sueños de las vírgenes.

--Sí, te quiero--repetía Pepita.--Por mí no temas, no seas niño, nunca

me dirás adiós.

--Bebé, ¡dulce bebé!--exclamaba con entusiasmo el ingeniero.--¡Cuánto te

amo! ¡Qué feliz soy!...

Y el _aña_ Nicanora, que los seguía á corta distancia, oyendo muchas de

sus palabras, sonrió con cierta lástima. Todos los novios eran lo mismo;

iguales los aldeanos que los señoritos; alguna diferencia en las

palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo en sus

voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo

que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia

de veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.

Fernando, más tranquilo después de las palabras de su novia, hablaba del

por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede llegar un hombre!

Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para el trabajo.

Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de

realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.

Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones del ingeniero.

--¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores? Ya conoces por mis

cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño muchas veces...

¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices amándonos, pero

el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia fuesen

como el doctor!...

Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad con que seguía sus

amores.

--Sí, mi tío es muy bueno--dijo Pepita hablando del doctor como de un

pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde en

tarde.--¡Lástima que tenga esas ideas! Es un _planeta_ muy simpático,

pero mamá cree que está loco.

Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los dos jóvenes á hablar de

sus amores.

Fernando sentía miedo. Los padres de ella proyectarían casarla con el

vástago de alguna familia millonaria; tal vez con un señorito de escasa

fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza. En todos

pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual de

la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna,

la maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...

--Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!--decía la joven sonriendo.

Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un arranque ingenuo de

agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta las retiró

detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.

--Quieto, ¿eh?--dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez,

con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven

intentase una monstruosidad.

De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus

paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin

corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el

novio.»

Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco

movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su

protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la

conversación.

--Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido--dijo el

ingeniero tristemente.

La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.

--Con ese, nunca, ¡nunca!

Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias

de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y

escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le

conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las

tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía

á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían

que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con

la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.

--¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!--repetía con gestos de repugnancia.

Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente

á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido

por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún

defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:

--Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi

tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.

El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes,

de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre

recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha

inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le

preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de

romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor.

Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de

alarmar á un alma soñolienta.

--Sí, vida mía, tengo religión--dijo evasivamente.--Creo que el hombre

debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.

Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella

pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de

Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que

era igual á su primo el doctor.

--¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese

verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos

para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía

yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un

poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es

imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.

Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que

contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:

--Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á

confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...

Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita

seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la

iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía

por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera

ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días

festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de

la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella--no sabía

explicarlo bien--creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se

hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se

veían personas decentes.

--Tengo mucho que hacer--dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.--Yo

pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.

La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada

perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á

ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás,

trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo

hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos

cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no

tendrían que temer nada!...

--Fernandito--decía con voz acariciadora.--Ve por allí; hazte simpático:

tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase

de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...

--Veremos, veremos--murmuró indeciso el ingeniero.

Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su

novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que

era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por

qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del

éxito?...

--Te quiero--dijo con entusiasmo.--No hay nada que me detenga para

llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré

_luis_: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia

no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...

Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa

traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.

Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio

como si temiera que este leyese en su pensamiento.

--Dí, mi vida--seguía preguntando el ingeniero.--¿Y si se oponen á

nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?

La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:

--Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.

--Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos

seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú

eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia

por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te

amaría mucho... mucho?

Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni

sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.

--Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.

Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la

posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de

otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la

rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la

primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario

hablar.

--¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?...

¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi

mujer?...

Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si

escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no

previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo

humano.

--Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.

Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su

valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir

la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía

tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te

amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos

lo que debía hacerse cuando llegase el momento.

Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le

quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el

doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el

burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de

razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero

adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las

irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata

ante el hotel del millonario.

Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar

una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los

pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su

apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por

primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces

hubiese permanecido oculto entre nubes.

Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña

Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de

angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba

llevando sobre el alma el peso de su decepción.

--¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!--dijo cogiendo una mano de

Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.--¡Dime que,

ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!

--Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.

Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma

tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado,

para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con

arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la

potente garra de Sánchez Morueta.

La intervención del _aña_ interrumpió su embriaguez amorosa. El portero

acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso

para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del

jardín.

Corrieron los jóvenes, seguidos por el _aña_, hacia la entrada del

hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.

Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró

severamente al _aña_. Pero la mujerona le contestó con otra mirada

arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no

admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había

paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal

había en ello?...

Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe.

Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.

Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia

de la visita, preguntando por teléfono.

--Es que, además, deseaba ver á ustedes--dijo Sanabre.

--Muchas gracias--contestó con altivez la señora.--Agradezco su

atención. ¿Entra usted?...

Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.

La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después

subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición

de su madre encolerizada.

No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del

_aña_ que le contestaba con no menos acritud.

Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija

con insistencia, pero sus palabras fueron breves.

--Que sea la última vez--dijo--que recibas visitas, ni dentro de casa...

ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma

tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.

Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar

el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que

no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.

VI

El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la

proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que

apagaba el último parpadeo de las estrellas.

Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros

trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal,

con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo

en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su

profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de

barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en

la parte alta de la ría las luces de los _anguleros_, que durante la

noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes.

Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de

la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el

mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del

Abra.

Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías,

tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa

y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con

aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al

olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las

campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes

de los barcos y los gritos de las _cargueras_ que reñían por

preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á

tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.

Por las calles comenzaban á rodar los carros de la _sarama_ recogiendo

el estiércol: las vendedoras de _fotes_ llamaban á las puertas

repartiendo los panecillos del desayuno.

Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta al brazo, camino del

mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á descansar por un

momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las cantimploras

de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el _taf-taf_ de un

automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo,

ensanche adelante, al otro lado del puente.

Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y la hija de Sánchez

Morueta, sentadas tras el _chauffeur_ de ancha gorra y aspecto

extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que casi las

cubrían los ojos.

Las criadas se abordaban haciendo comentarios. Aquella gente rica aun

madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la Residencia á

confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.

El automóvil aceleró su marcha por las amplias calles del ensanche,

desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez entre los

carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado Corazón,

una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco de

las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.

Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia sin sentir un

cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si

penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una

dulzura casi voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación

del alma.

Reconocía una vez más el talento de los buenos Padres al admirar la

decoración del templo. Era _gótico_, pero no tenía la crudeza blanca, la

sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La arquitectura ojival sé

convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban por los nervios

de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules con

estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan _bonita_,

sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.

Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el doctor, como siempre

que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba su

comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos

baúles que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir

tal cosa, cuando todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado

para comodidad y suave placer de los fieles! El órgano desgarrador y

tempestuoso había sido reemplazado por el armónium; en vez de los santos

negruzcos y horripilantes de la antigua devoción española veíanse

imágenes sonrientes de fresco charolado, correctas y distinguidas cual

corresponde á un culto de personas decentes; las lámparas de luz

eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos que con su

olor de cera daban mareos á las señoras.

Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las filas de penitentes

arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser verano estaba

muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la

influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos

que en el invierno. La _gente baja_, menestrales acomodadas, y viejas

beatas de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de

las señoras distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus

santos sacerdotes.

Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un confesonario; el que más

gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho en llegarles el

turno para la confesión.

Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento de respeto y

curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de negro y

con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas

su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la

cabeza y abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.

Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos

concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar

de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la

rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa

con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.

La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos

penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando

las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con

calma.

Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la

proximidad del hombre amado.

El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía,

su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido

militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre

de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los

escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los

actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él

por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes

que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura

de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno

favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y

de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos

lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera

arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.

No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones

en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela

Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas

de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las

Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las

señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado

que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.

Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las

doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba

contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la

caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á

las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente,

para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella

institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño

al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.

Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que

fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no

comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato

liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que

enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros;

las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables,

arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas

electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre

Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos

sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica,

pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que

llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los

_maketos_, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África.

Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una

iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter

antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la

Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que

quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...

El intruso · 第 13 / 23 段