Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de aprobación ó protesta ante

los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo haber avanzado

demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.

--No creas que tengo un interés especial en que sea Urquiola quien haga

feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más tenacidad que yo,

pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es ese, que sea

otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la patria

y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas

como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás

y desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes

seguir sus costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con

el consentimiento de sus familias, sin violencias ni disgustos y la

fortuna les sonríe, y son felices, y tienen para su vejez un consuelo

tan hermoso como tú, que eres buena y no querrás amargar los últimos

años de su vida.

Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve mohín, de la felicidad

conyugal de los Sánchez Morueta.

--Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por aquí con más

frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo

tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho

cuidado con ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que

nunca puedas volver á leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?

--Sí, Padre.

--¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por terminadas para siempre

las locuras?

--Sí, Padre.

--Muy bien: vamos á la absolución.

Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á la joven al través de

la rejilla: después sacó la mano por el frente del confesonario para que

se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto preparando una

sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á arrodillarse al

lado de su madre.

Comulgaron tras una breve espera, después de rezar su penitencia y

salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á las amigas

que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.

El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas siguiendo la ribera de la

ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente ardoroso del sol.

Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más hermoso que otros

días.

--¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el recibir al Señor? Dí

que hemos empleado bien la mañana.

Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de la señora, como si se

aproximase un peligro que quería olvidar.

Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones. Pepita pasó horas

enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta nerviosamente,

rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que

escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la _aña_ Nicanora,

rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para

entregarlo á don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina

fueron inútiles. La niña estaba de mal humor y no quería contestar.

Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de la comida. Llamó

varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando dobladas

sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda la

servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese

algo extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.

Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste por su esfuerzo

epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.

--¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te has puesto!...

Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro peinados por la

doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban, con

llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?...

Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y

polvorientos; una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un

taller de la _rue de la Paix_ cuatro años antes, cuando ella volvía ya

la espalda á las vanidades del mundo.

Había engordado mucho desde entonces: la seda del pecho, cruelmente

estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos y

comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como

un mallón sobre las caderas.

--Qué, ¿te parezco bien?--dijo la madre, pavoneándose como una niña ante

la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla

resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una

resurrección histórica.

Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo _fru fru_ de sus finas

ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había

prodigado con cierta indiscreción.

Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su

mujer, acabó por levantar la cabeza.

--¿Qué te parezco, Pepe?--dijo ella con una sonrisa que contrastaba con

el temblor de su voz.

El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de

fruto maduro.

--No estás mal--y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.

--Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que

llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á

esto, Pepe?...

--Harás bien:--y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el

pensamiento lejos, muy lejos.

La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con

un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas

nerviosidades.

Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en

los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la

servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la

casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á

golpear á todos.

Pepita también estaba triste; pero le pesaba el silencio que reinaba en

el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida de Biarritz,

queriendo que le describiera alguna _toilette_ de las muchas que habría

visto en aquella sociedad elegante.

Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija. Era la

única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba con la cabeza

baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces sus ojos

se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una expresión

desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba

por su novedad cierta molestia.

Después de comer, el millonario se entró en su despacho.

Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del piano la

hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió con paso

resuelto en busca de su marido.

Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su presencia. Se

acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas medrosas que

iban en busca del ogro.

Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez Morueta, que

creía en la llamada de un criado: notó el movimiento instintivo de sus

manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos de diversos

colores que releía con gesto hosco.

Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de recuerdos,

volvió á su memoria el «_Mon gros loup cheri_», y sin saber por qué,

sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de aspecto

imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á

entender, aquella frase de _cocotte_, que debía encerrar algún misterio

mágico para apoderarse de los hombres.

--¿Qué quieres? ¿qué ocurre?--preguntó el marido con extrañeza.

¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos agrandados por el lápiz de

tocador, en los que el instinto femenil ponía el fuego que no lograba

dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con que se

aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.

Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo empezar y apelando al

recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas carnosidades, los

hombros del temido ogro.

--¡Pepe... Pepe!--murmuró con voz tenue, como un gemido dulce.

Y su boca se abrió paso entre las barbas patriarcales, con besos

ardorosos.

El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por la onda de carne

femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le envolvía, por

los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en los

dientes de láctea blancura.

Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como una ráfaga. Su mano

poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante aquellos ojos

fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento, su

alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.

Después, la voz del marido sonó en el silencio de la habitación,

lacónica, triste y monótona:

--Es tarde, Cristina, es tarde.

VII

Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su despacho

contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó en el asiento con

sorpresa, viendo entrar á su principal.

Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su secretario

que tardaría unas dos semanas en regresar, y se presentaba

inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le habría

torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne

gravedad?...

Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus ademanes

aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario, era que

hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba

envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.

--A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise

usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no

me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado,

mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A

ver, ¡que suba el _Capi_! Llame usted á don Matías. ¡En seguida;

listo!...

Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le

esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas,

como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la

serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus

arrebatos.

Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando

casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos

atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no

pasaba de la puerta.

--Pepe, ¿qué tienes?--dijo el marino con el acento afectuoso de un

antiguo camarada.

--Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de

las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en

seguida.

--Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él

tiene sus ocupaciones...

--¡He dicho que venga en seguida!--gritó el millonario.--Dile que le

necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier

cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es

mi único amigo.

--Está bien--gruñó el capitán.--Los demás somos unos perros.

Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su

paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir

contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.

De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con

ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para

continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su

irritado principal.

--Señor Goicochea: va usted a hacerme el... pinturero favor de largarse

inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar el sol, adonde le dé

la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.

Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó que iba a recibir algún

golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero, salió

apresuradamente.

Las oficinas parecían desiertas. Todos los empleados se encorvaban ante

sus papeles, temblando al oír tras de los cortinajes aquella voz

furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y juramentos

verdaderamente extraños en tan grave personaje.

En el escritorio se hizo el mismo silencio de las casas donde existe un

enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de incesantes paseos, se

dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y profundos, tocando

antes un botón eléctrico.

Entró un ordenanza con aire azorado.

--Tráeme un café.... pero bien fuerte.

Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un cigarro enorme, uno de

los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados directamente para él,

con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya adquisición era motivo

de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la Bolsa ó en los

negocios de minas.

Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese señales de

existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y

corrió el criado al despacho.

--Trae otro café.

Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar por las dos colillas

arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera encerada, tersa como

un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los había encontrado

al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía irrespirable, sin

que él se diese cuenta de ello.

Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido

para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el

despacho, atraído por el timbre.

--Dile al capitán que suba--dijo el millonario.

--Don Matías no está, señor--contestó el criado.

Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de

la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la

costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos

hacían lo mismo.

--Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se

te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.

Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y

coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El

millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y

como perdida en un punto lejano, muy lejano.

Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un

poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste

fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase

los platos casi intactos.

--Mira, hijo mío--dijo con dulzura inesperada.--Llévate todo eso;

cómetelo y que de salud te sirva.

Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella

inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.

Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor

dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta

actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el

bienestar del que en nada piensa.

Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho,

el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.

--¡Esto es un horno!--gritó el médico,--¡Aquí no se puede respirar; qué

humareda; parece un incendio!

Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de

tabaco en que se envolvía su primo.

--¿Qué pasa?--dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.--¿Qué

te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...

Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro.

Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más

de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una

expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga

física, como si no hubiese dormido en algunas noches.

--¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.

Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él

ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos

dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.

--¡Ay, Luis!--suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo,

las manos de su primo.--Mi vida terminó. Han matado todas mis

ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!

Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la

pequeñez del doctor con su corpachón.

--¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita

desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como

los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos

por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.

El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió de nuevo:

--Por lo que pueda convenirte, te advierto que Fernando, tu ingeniero,

aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del Desierto, y al

saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que te

esperaba con impaciencia.

Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que aguardase. Algún asunto

urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los altos hornos, y las

minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase la mala

suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos

por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío

industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.

En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba en las oficinas. ¡La

juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel ingenierillo no

tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza, ni

poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de

madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones.

¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?

Aresti se impacientaba.

--Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no quieres verle en

seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?

--¡Judith!...--gimió el millonario.--Ya sabes quién digo...

Y vacilaba antes de seguir hablando, como avergonzado de revelar su

tristeza.

--Sí, Judith--dijo Aresti animándolo para que hablase.--Aquella

francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con entusiasmo...

la madre de aquel niño tan hermoso... el _hijo del amor_. Estoy

enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has

sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre:

cuenta sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas,

nada me cogerá de sorpresa.

Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde mucho antes esperase lo

que su primo iba á contarle; seguro de que aquella novela de amor,

desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un desenlace

triste.

Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como si le doliese, con

profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado el primer

dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su

desgracia.

Había conocido por primera vez el tormento de los celos. Desde algunos

meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y arrebatos impropios

de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?

De pronto tomaba el tren para presentarse por sorpresa en aquel hotelito

de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.

Varias cartas anónimas le habían avisado las infidelidades de Judith.

Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba turbarla: tal vez una

antigua compañera de la _divette_, envidiosa de su bienestar. Y el

grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que tenía miles

de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la

moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de

espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las

denuncias.

--¡Ay, el amor, Luis!--exclamaba.--¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos

envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza

de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que

he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...

Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita

que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca

de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los

misteriosos avisos.

Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un

_monsieur Jules_, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un

aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de _croupier_ en

los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las

estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho

tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da

cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la

hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las

aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de

acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.

Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber

oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando

de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había

pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente,

apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las

peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de

«asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente,

como si la guiase un oculto consejero.

El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este

chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su

fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole

abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de

su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á

tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano

verde, engañado y _pagano_, eterno personaje de todos los cuentos y las

comedias parisienses! Él había sido _le vieux_ del que se ríe la pareja

joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de

Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á

la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la

triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...

--¡Pero, hombre, siéntate!--decía el doctor asustado al verle ir y venir

por el despacho como un loco.--No golpees los muebles. Ya sé que de un

puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho

muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se

burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.

Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el

relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la

última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de

Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.

Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al _monsieur

Jules_ casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido

completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el

desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga

rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta

cerrada.

Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la

mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de

una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la

situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más;

mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar

la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en

las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su

pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de

su _Jules_, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo

disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre,

legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en

destrozarle el alma con su cínica franqueza.

¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con

qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase

con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una

provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus

desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le

regocijaba en los primeros tiempos de su amor.

--Sí, _mon vieux_. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se _badina pas_. Si

tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser

amigo del pobre _Jules_. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor.

_Voilà._

El intruso · 第 15 / 23 段