Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la

escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de

otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que

nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba

algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la

aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que

una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida

de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas

interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar

los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne,

de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como

mérito celestial en la vida de muchos santos.

Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los

mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando

que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco

á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el

resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su

cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho

bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba

casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines

representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus

corazones inflamados.

Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora--según

ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina--dormía en el suelo ó

no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso

á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella

había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto,

un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de

Begoña.

Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo

la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en

la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y

exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar

por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que

exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase

dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su

arrebato.

El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación

moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto.

Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin

pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta,

como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba

de ella, haciendo imposible todo retroceso.

Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado

rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de

coquetería.

--Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.

Doña Cristina movió la cabeza.

--No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy

vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para

bien de la religión.

--¿Pero si es una capota muy _seria_, muy _religiosa_?

--La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y

antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.

Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez,

que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con

dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la

mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las

ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como

si estuviera en perpetua oración.

Doña Cristina iba á salir.

--Mamá, ya sabes mi encargo--dijo Pepita.

--No lo olvido--contestó la madre con sonrisa bondadosa.--No debía

hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede

mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito,

para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.

Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras

cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el

salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las

congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una

pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su

cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se

encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las

monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una

curiosidad meticulosa.

Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas

de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el

principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que

figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados

las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus

colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado

con un nuevo título: _Océano de Bondad_. Y nadie podía adivinar el

sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del

mapa.

Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la

esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez

Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso,

habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el

cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus

negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El

automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era

un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un

homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los

jesuítas. Era el _dernier cri_ de la devoción; daba á entender, según

ella, que el progreso no está reñido con el dogma.

Doña Cristina dió al _chauffeur_ la orden de llegar pronto á Bilbao y el

vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que

llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en

la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva

romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y

no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente.

Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado

amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al

monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las

fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los

_maketos_ de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra,

gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus

mitins _fetiche_ y _nido de ratas_ á la milagrosa imagen de la patrona

de Vizcaya.

A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é

inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda

en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de

acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.

Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban

los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la

religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola.

Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes

tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín

era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una

amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia

del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel

templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus

visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola

largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las

reglas de la Compañía á las visitas femeniles.

Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre,

enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro

sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y

todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad,

dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y

los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día,

para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por

ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos

humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso

que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso

los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos

bajo la sotana de la obediencia.

La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo

lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado

al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y

ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de

luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos

los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las

principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos

principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían

el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores

revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de

bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la

Iglesia, únicos depositarios de la verdad.

El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los

alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este

acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo

se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse

algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su

patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras

de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre

nubes, revoloteando camino del cielo.

Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de

los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones

que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como

vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban

los más puestos de _smoking_, muy elegantes, como hijos de buenas

familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las

sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en

el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de

Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de

mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!

Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de _punta_,

ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer

las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado

con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que

representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y

pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la

impiedad de la falsa ciencia moderna.

Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto

de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga

deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron

los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola

sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio

indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus

dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á

perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor

mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas,

preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no

pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los

Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la

bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.

En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro.

Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los

Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin

miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y

revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran

de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba

excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas

cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno

cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta

parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. _La

viejecita_ se titulaba _El viejecito_: todas las obras perdían su título

femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos

primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse

quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros...

¡Serafines del cielo!

Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba

que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan

caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena

causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada

por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía

el país.

La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las

calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas

con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los

muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era

bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos,

ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y

¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios,

allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino

se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les

faltase el consejo de los sabios Padres.

Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría

en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.

Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del

vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con

la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en

todo lo que les rodea una nueva vida.

Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de

verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo,

ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.

Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las

Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias

de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo

de obreros pasaba, camino del _chacolín_, por entre un bosquecillo de

pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el

«_Boga, boga, marinero_» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado

sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La

ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como

los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya

plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando

carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren

de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo

sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del

horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de

espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora

invisible.

Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre

la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel

pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que

pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus

torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.

Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un

escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas

aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al

saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno

sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus

barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más

próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el

pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme

distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría

y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de

nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se

desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita

recordaba sus terrores de la niñez, cuando su _aña_, para imponerla

silencio, la amenazaba con llamar á la _Dama de Amboto_, especie de hada

maléfica, hija de un _Jaun_, de un caudillo legendario, que vivía como

encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para

quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con

toda clase de maleficios.

La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del

paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si

pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un

momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un

pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse

la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un

engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga,

sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.

La joven despertó al sentir en su espalda la mano del _aña_.

--_Ése_ está ahí--dijo con tono misterioso.--Habrá que bajar al jardín.

A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido

preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y

al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La

_aña_ reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la

misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber

en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la

mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba

tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba

que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina

tras un arriate del jardín.

Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos

de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas

con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras

cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que

llevaba y traía la _aña_ complaciente.

Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la

servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero

dentro de la casa.

Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la

verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no

estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo

regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el

jardín, pasaría á saludarla.

Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al

verse frente á frente.

--¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.--Deciros algo:

hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.

Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen

lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha

pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.

De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos,

poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no

encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la

calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los

dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir

considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de

la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco

envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del

amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el

crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia,

el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio

caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un

chisporroteo de oro.

Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con

la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la

mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas

de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la

vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase

misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.

--Mira, nena--decía el ingeniero subiendo de tono en su

apasionamiento.--Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo

creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te

amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe

que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan

dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.

Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el _Goizeko

izarra_, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la

letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más

hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le

tradujesen la letra.

--Ya la sé--continuó el joven--la conozco y creo en ella: siento su

infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en

el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...»

Eso es lo que yo pienso, mi vida.

Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del

amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y

esplendor.

Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su

novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le

causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que

una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por

distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con

acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por

los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin

mentiras.

Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una

frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía

una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su

vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la

emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía

en el aire.

--No, nena--dijo el amante.--Es tu alma entera lo que pones, sin

saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no

te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te

perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres,

Pepita, dí que me amas.

La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas

veces había escrito en sus cartas.

--¿No lo sabes?--respondió evasivamente.--¿No te lo he dicho muchas

veces?

--Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.

Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta

gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:

--Sí, te quiero: te amo, Fernando.

¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista,

y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su

luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la

fundición entregado á la vida de los recuerdos.

El intruso · 第 12 / 23 段