estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia
de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal,
esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti
creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á
otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales
con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al
quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha
del enfriamiento.
El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.
--Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.
Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su
chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á
transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete,
salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido
rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.
Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.
--¡Guíame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los
infiernos: cuida de que no nos quememos.
Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los
arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de
las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de
los pantalones.
--¡Por fin!... Aquí se respira--dijo el doctor al descender de la meseta
donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.
Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.
--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbón--que viviendo
aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo
grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
nieve.
--Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más
_pintoresco_.
Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta
ellas por unas pasarelas de acero.
Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á
Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de
las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más
caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más
salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía,
con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por
una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior
como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles
de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.
Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del
espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller,
y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía
del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El
metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un
torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué
fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
altos hornos.
Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio
un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo
plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el
chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el
ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos,
deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como
si hubiese llegado la noche.
El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los
moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el
lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si
fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su
enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.
Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo
aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación
artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una
impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de
la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las
fuerzas de la naturaleza.
Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas
palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas
del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para
librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con
aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne
en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con
su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de
chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos
atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
evaporándola.
Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de
incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una
tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.
Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que
los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación.
Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa
de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una
bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de
las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el
extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma.
Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía
por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos,
como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era
más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.
El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros
y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración.
Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas
veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría
él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que
embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de
fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á
aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la
sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría
momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
aquella vida de salamandra!...
El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre.
El ingeniero hablaba de lo _curiosa_ que era esta manipulación, pero
Aresti no quiso seguirle.
--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran
espectáculo... para el invierno.
Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo
cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
los dos de la frescura del crepúsculo.
--Es una vida dura--dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros
del fuego.--Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de
los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se
muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un
modelo de dulzura!
Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas
horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por
los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era _algo
socialista_; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal
confesión.
--Lo más amargo de la miseria de estas gentes--dijo el médico--no
consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.
Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en
todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso
comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para
muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su
bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas
que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las
fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y
no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria
pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira
reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas
fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y
volviendo la espalda á los demás.
El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que
ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los
trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero
que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de
la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia
revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial,
habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades
anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento
contra el gran patrono de reciente formación.
Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte
en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el
sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en
medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de
las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y
dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la
tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
adelante que da el afortunado.
El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La
situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como
Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la
organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única
religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una
hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del
presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el
de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria,
ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.
Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y
bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.
--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que
se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad
para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países
hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte
escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El
uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una
biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y
perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero
aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar
su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del
porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del
presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran
escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida
haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á
su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos
potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no
viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos,
sin saberlo, para el jesuíta.
Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
nuevo contra su tierra.
--Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una
villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas
improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores
vestidos de negro del tiempo de los Austrias.
El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre
el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de
admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se
oponían á las fiestas de sociedad.
Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si
alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las
jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la
alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, _guardador de la
inocencia_, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que,
atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones
monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos
horizontes á la desmoralización.
¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada
de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios
blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el
puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la
cabeza caída, tristes.
--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles
nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de
_cocottes_ elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la
cofradía de San Luis.
El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena
idealidad.
--¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.
Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud,
el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba
necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque
la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres
virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes,
emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos
con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin
el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más
que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á
estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.
Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la
villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran
pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria.
Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda
corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no
encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su
aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la
vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un
crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos
rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con
su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose
como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros,
más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con
ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de
los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la
protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La
cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el
padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á
ir viviendo y se oculta en la propia casa.
¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones
de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada
en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres
vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las
últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban
amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.
El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por
la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la
Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas
callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.
Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión.
Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de
traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo
determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo
y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.
¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo
opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y
ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el
testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?...
El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento
de tomar el tren.
--Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando
sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con
el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo
mío!... tanta virtud me da asco.
V
Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya
comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo
seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una
chimenea.
Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á
una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio
del Sagrado Corazón.
Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de
cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña
Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del _aña_ Nicanora.
Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado
por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su
presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias.
No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é
interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin
ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y
que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como
una protesta muda.