--¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco

fuera, ocultándome como un malhechor!--exclamó el millonario, como si el

recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.--Pero no

creas, Luis, que estoy arrepentido--añadió con resolución.--Yo tengo

derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero

dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?

Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si

proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos.

La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar

con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era

que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no

existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese

amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor

desgracia es abrir los ojos.

--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpió el millonario

apresuradamente.--¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era

yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos

de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era

yo Sánchez Morueta.

El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su

optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el

asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales

para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras

arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su

riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su

primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les

ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los

que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una

compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su

existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó

egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y

valerosos--él, por ejemplo,--rompían abiertamente, no queriendo vivir

encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con

la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.

Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco

por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no

tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de

educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al

aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las

mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é

hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los

poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer

gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje

aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando

el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de

la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para

vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á

las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más

diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de

las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.

No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los

aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar

su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del

demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de

heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros

funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer:

las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas

ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo

que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su

teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la

arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el

armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían

acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.

Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,

para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta

la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué

habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados

por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse

obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo

al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se

presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una

devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo,

dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba

desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales

se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.

Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes,

porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en

mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se

indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las

mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que

aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban

al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.

--Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el

doctor,--¿qué has hecho para evitarlo?...

Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él?

¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...

--Tú has dejado, como los otros--continuó el doctor,--que tu mujer

buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te

extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de

adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se

comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de

negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á

los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de

su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna,

¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas,

separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto

que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus

propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna

vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.

El millonario sonrió con desdén.

--¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente

antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me

batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan

de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.

¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos,

cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...

Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de

sonreír.

--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi.

Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que

instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal

de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo

intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán

astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las

horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al

Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.

--¡Yo no digo tanto!--exclamó el millonario.--Yo no creo en ellos, y

hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al

jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y

heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas

partes y creer en sus venenos y puñales.

--Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra

nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me

ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa

que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden

contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les

ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré

lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,

llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado

para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á

repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse

de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de

que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos

y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,

diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en

cambio el cielo.»

Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en

la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos

era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se

distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como

apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de

riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían

enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su

talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de

fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se

evidenciase su vulgaridad.

El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían

ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos,

podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,

temibles únicamente para los que viven á su sombra.

Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia

era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás

órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había

apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes,

despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los

procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas

épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer

dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto

voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho

indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía

afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al

pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana.

Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en

acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y

vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete

se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía

había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo

había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el

catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el

jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que

decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el

_Jesu_ de Roma.

--Esto á mí en nada me interesa--acabó diciendo Aresti.--Yo vivo fuera

del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.

Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con

la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas

religiosas; no le preocupaban.

--A tí, sí--dijo Aresti con energía.--A tí deben preocuparte. Crees que

vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con

curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles

ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el

círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de

la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario

Sánchez Morueta!

El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían

oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que

alguna vez hacían memoria de ellas.

--¿Pero es que Londres es Bilbao?--gritó exasperado el doctor.--¿Acaso

Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las

naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en

cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no

concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,

puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y

perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan

como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el

jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la

_cursilería_! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...

--Sí; aquí dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo sé que á

otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de

capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó

retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...

pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú

creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;

han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no

necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no

entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me

impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la

gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí

alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos

señores de la Residencia?

--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.--¿Y para

que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu

permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija?

Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las

aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la

familia....

--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces

mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe

para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.

Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.

--El otro día--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--leí

un drama en francés y me acordó de tí. Era _La Intrusa_ de Mæterlinck,

¿Conoces eso?...

El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.

--La _Intrusa_--continuó el médico,--es la Muerte, que entra en las

casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.

Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la

mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde.

En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad:

fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el

cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en

el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados,

ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces

despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores

caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de

inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en

la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento.

Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia

cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,

con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y

después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se

adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante

la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la

enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La

enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama

atravesando todos los obstáculos; la _Intrusa_, para la que no hay

puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta

presencia.

Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á

su primo, que parecía no comprenderle.

--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese

enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu

mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que

llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos

los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando

regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de

María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No

percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te

mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario

que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí,

pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu

hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un

instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.

Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.

Sánchez Morueta reía ruidosamente.

--Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te

ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y

demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi

familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga

con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer

yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de

comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa

que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no

lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.

Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no

quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus

creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y

recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo

británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una

misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.

Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de

la libertad.

--Yo también creo lo mismo--exclamó;--pero en un país como ese de que

hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la

persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias

diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una

especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende

dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad

absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y

por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro

siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las

leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.

Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han

de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con

esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las

creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando

exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un

siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por

completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy

un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi

país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero

ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la

violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar

á su tierra de la miseria del pasado.

Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus

palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida,

hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir

una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el

mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia

los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,

abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos.

Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían

empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros

sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser

los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para

existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía

conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.

Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que

en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus

barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la

desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los

expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la

vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la

existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen

sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza

contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la

apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado

perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las

gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir

las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como

obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las

miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en

cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su

alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de

lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y

que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este

mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que

más allá no existe otro mejor.

Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego

homicida.

--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un

hombre _moderno_ como tú se exprese de tal modo.

El intruso · 第 8 / 23 段