Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su

primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía

lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros

pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la

Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la

libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había

servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento,

pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,

aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo

y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á

paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por

delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa

sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos

cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se

podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español

lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que

turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían

la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos

aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los

procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al

fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba

de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban

de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los

católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para

demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién

podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de

familiar del Santo Oficio?

Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba

la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían

con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo

impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la

gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no

se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó

más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como

algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que

hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología

revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos

cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba

del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía

instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con

el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el

trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores,

buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las

huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:

las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que

cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos

tenían por final la quema de algún convento.

--Y es que el pueblo--continuó Aresti--adivina por instinto cuál es el

enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se

junta para algo que no dirija contra él sus iras.

El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en

apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la

Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban;

vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de

temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los

ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus

miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por

instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de

avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo.

Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos,

haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la

limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado,

obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las

miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que

sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se

vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.

Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la

historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero

inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes

de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre

sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que

provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban

venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué

comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que

después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la

inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.

--España es un país de olvido--decía el doctor.--Aún se estremecen en

Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro

horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros

poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han

encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué

una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para

divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de

la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por

segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de

mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.

Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,

Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de

sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora

de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de

aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en

nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos

que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus

divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,

como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor

motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes

del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su

contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país

donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de

Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante

de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales

pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por

él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como

holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían

víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo

durante siglos á su imagen y semejanza?...

El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su

cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y

defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de

la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el

caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura:

Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el

inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio

de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal

y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de

escombros.

--¡Estás loco!--exclamó Sánchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa

fama de hombre que tiene _cosas_. Si te tomase en serio, habría para

sentir horror por lo que dices.

Aresti se encogió de hombros.

--Pero ven acá, mediquillo chiflado--continuó el millonario.--Reconozco

que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que

yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han

puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos

no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se

encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es

tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha

libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la

civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen

salirse de él!

--¡Ahora me toca á mí reír!--exclamó el doctor.

Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus

razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de

la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación,

la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por

el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del

rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,

compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...

Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los

esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las

ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y

se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por

encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en

medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.

Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran

los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del

ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y

evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía

Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos.

Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y

sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del

jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el

ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la

fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No

había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España,

que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,

condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su

existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y

famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe.

Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta

del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la

riqueza.

La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la

codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en

provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante

la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había

de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó

si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los

dominadores acampados sobre ella.

Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía

ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la

Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos

de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que

poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de

hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de

imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los

espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía

vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la

razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á

rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con

unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones

indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se

indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus

crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de

combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como

locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que

no intentaran imponerse por la violencia.

--¡El respeto á la libertad!--continuó el doctor dirigiéndose á su

primo.--Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una

colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.

Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la

describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con

qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser

libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como

en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía

abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su

agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de

una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.

--Suelta á la pantera de nuestra historia--gritaba el médico;--déjala en

libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella

unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y

ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.

--¿Y qué quieres?--preguntó Sánchez Morueta.--¿Matarla? ¿Crees que eso

es posible, de un golpe?

--Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.

Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción:

--Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla

entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas,

arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan

convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta

abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en

ella, bastará un puntapié para volverla al orden.

IV

El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta,

ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las

paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se

alzaban entre aquél y la ría.

Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la

pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de

mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España

en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un

ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba,

en lo más alto, estaban los _técnicos_, el cerebro que dirigía aquel

establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.

Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio.

Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las

ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los

administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con

multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban

más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el

estudio.

Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de

dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando

números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores.

El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres

que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la

administración que les entregaban el dinero.

Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á

los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin

que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era

Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á

todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían

á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y

procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese

de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener

alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los

grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había

nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían

quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no

alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se

retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.

La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa

espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces,

cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los

contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la

dirección.

Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja

cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje

servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el

afecto de los humildes una aureola de bondad.

Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que

residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora

había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos

obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado

en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por

cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias

frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de

hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en

los naranjales caldeados por un viento ardoroso.

Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que

mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor

esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún

trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado.

El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.»

Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la

administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas

trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para

colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de

las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los

pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos

espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia,

clasificándolos según sus creencias.

Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver

despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos

los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado

civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo

suyo, y acusaban á los _culebrones_ de la dirección de una ruin

venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después

de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que

debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como

ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para

procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y

acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en

sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó

contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se

aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus

creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á

ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al

ingeniero esta victoria.

Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que

le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un

reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente

adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don

Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que

entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que

reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal,

procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres

todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las

minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos

periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos

pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y

simpático que no se lo concediese?

Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal.

Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los

primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había

presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de

un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero

industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su

madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su

padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres

de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como

instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no

le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez

Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él

muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos

finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces,

tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin

esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,

ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus

belicosos antecesores.

El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal

vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la

delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de

carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»--se

dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su

idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los

cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su

joven ingeniero.

Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre

de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas

veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo

adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había

formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las

comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por

creerlas suyas.

Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los

altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un

simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había

construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,

pues pasada esta hora, el _whisky_, bebido en abundancia durante el día,

le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su

país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo.

«Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El

millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos

hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos

frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero.

Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la

complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus

buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los

talleres la protesta y la huelga.

Los de la administración--por exceso de celo y por antipatía instintiva

hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión,

hablando á todas horas de sus derechos,--inventaban á cada paso nuevas

reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó

aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea

hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al

mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más

exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de

intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como

Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa

entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.

El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y

renacía la paz, mientras los _jesuitones de la Dirección_ (así los

designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre,

agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.

Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las

costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que

estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela

de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del

acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los

sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo

descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los

cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban

la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres

enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que

pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.

--¡Chicas: nos lo han cambiado!--se decían;--ya no es don Fernando:

parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...

El intruso · 第 9 / 23 段