Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo

después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que

tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con

él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una

habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.

Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música.

Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada

de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del

ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el

comedor las escalas y arpegios del piano.

Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión,

mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La

tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en

las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el

jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido

de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las

verjas.

El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el

único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó

sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día,

que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete

con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño

á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena

digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos

bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya

para romper á hablar.

--Vamos, desembucha--dijo el médico alegremente.--Ya sé que soy tu

confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de

palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como

diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.

Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de

extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento

alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de

coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas

ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la

montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la

servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel

chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se

aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada

espera, que es el más triste de los fastidios.

Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal.

Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y

fecundarla con ardorosa violación. _Había llegado_ como los políticos

célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,

conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,

aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre

tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la

combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les

bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al

ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de

su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido

ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un

rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y

perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al

poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante.

Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe

la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él;

estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus

brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.

Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban

momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes

mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en

distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el

prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un

aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde

revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba

el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el

yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia

de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver

llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se

aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo

vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija

no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas

estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera,

guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña

y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.

El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con

brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se

debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y

descansar.

No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría

viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la

fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir

la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que

estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído

encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la

construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas

de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los

cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril

levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar

avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados

siquiera por el amargo placer de envidiarle.

--Me aburro, Luis--decía el millonario.--Siento una tristeza sin

esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible

que todas, pues pocos hombres la conocen.

Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y

las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los

que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el

invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como

placas de oro.

Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si

aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo

bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta

lamentarse en medio de la opulencia de su vida!

--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque

posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.

El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que

da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza,

para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus

estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.

Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella

marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el

mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de

varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á

uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país,

satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa

destruida y la familia ausente.

Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le

relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su

lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de

protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los

sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»

Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.

--Lo que llaman mi palacio--murmuró--no es para mí más que una casa de

huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi

juventud de empleado; eso es todo.

--¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?

--¡Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: sólo

tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida

material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped

que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de

respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo

vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis

millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar

de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.

Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor

alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su

hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La

amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus

amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se

había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador;

porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en

Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia

completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había

indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los

continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y

rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y

era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por

su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una

pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo

del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus

ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba

exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni

ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah!

¡cuando descansase--se decía entonces--cuando viera asegurada su

fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su

opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de

Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en

vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una

excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy

interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa

administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con

la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de

Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido

para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por

alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó

en el salón de visitas de los padres de la Compañía.

Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los

negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con

delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como

si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las

vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más

allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de

vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin

dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera

la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas

era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un

marido á su mujer con _melifluidades_ de esas que sólo se ven en los

amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del

pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar

de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir

el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta

tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos

por darla vida.

Nada malo podía decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad,

que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su

carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el

millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un

arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la

carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si

estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no

turbaban su voluntad.

Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse

con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la

perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en

la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas.

Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su

cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de

triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la

esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta

satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el

lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las

madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa

ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez

Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba

ella en vísperas de una comunión aparatosa!...

Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para

siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor

dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad

ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una

servidumbre cruel de su sexo.

--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--pero,

para mí, como si no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la

vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.

Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta,

cantando al piano el _Goizeko izarra_, la invocación melancólica á la

estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas

esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de

la tarde.

--¿Y esa?--preguntó el médico.--¿No tienes á tu hija?...

El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne

de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su

esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de

su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica.

Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa.

Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de

negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su

nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla

con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no

entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la

infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando

en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un

hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal

de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le

indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida

de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de

su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin

que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar,

como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á

casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su

salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma

eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba

frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.

--La amo--decía el millonario,--la amo á pesar de todo. Pepita me quiere

á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente

cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella

me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que

pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy

loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,

este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre;

el único pariente verdadero.

Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto

conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de

muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces

del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios

eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se

perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando

consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella

dedicándose á la devoción.

Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si

ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y

amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había

buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del

sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía

soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le

retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,

recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor.

Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz

con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida

en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había

corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las

relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando

no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con

remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á

sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en

Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante

de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada

del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los

tablados de los _music-hall_. ¿Qué tenía aquella mujer que le

trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el

sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como

una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las

preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse

culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación

de vida que le sacaba del letargo de su existencia.

Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad

monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil

le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la

correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que

estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de

champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente

truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de _petit coco ó mon

gros cheri_, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era

una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi

en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,

sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias

felinas de una bayadera asiática.

Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por

instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive

de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había

desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa

hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y

costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho

del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero

se escandalizaba y enfurecía ante la _cocotte_, la hembra que pusiera

en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las

necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado

aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y

todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían

cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á

levantar el campo.

El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días,

pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos

le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que

animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar

más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor

esmero del adorno de su persona.

--Tú mismo--decía al médico,--te has extrañado de este cambio muchas

veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.

Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con

entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía

mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de

placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar

una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en

sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por

mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le

sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando

se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.

Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser

por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á

terminar su existencia.

Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había

afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á

un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo!

Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se

apresuró á añadir:

--Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de

tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de

Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin

conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que

soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi

lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!

Y hablaba enternecido de aquel hogar oculto, de la familia improvisada

que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar

tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua _divette_

aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y

entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El

millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza

afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.

--Un verdadero hijo del amor--decía el hombretón con sonrisa

placentera.--No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni

esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado!

¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.

Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de

indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más

hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en

los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber

y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono,

en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla

casera.

Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus

paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,

sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de

la tertulia de doña Cristina.

El intruso · 第 7 / 23 段