Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte

con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos

hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus

numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los

extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros.

Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el

martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los

convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su

chorro de chispas y escorias.

Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!

--¡Qué hermoso!--exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole

sus fundiciones.--¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los

chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más

feliz que tú?...

Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si

temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:

--Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A

mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....

Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.

III

Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No

estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su

hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán

Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero

director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor

Aresti y Fermín Urquiola.

Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de

la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era

un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la

Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo

que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba

á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el

entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era

el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas.

Su ideal consistía en tener á los _liberalitos_ en un puño y no dejar

que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao

por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas

electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme

garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La

rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de

bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las

hacía recordar la cara adorada de su ídolo.

--¡Se le parece al señor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don

Carlos.

Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más

leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de

entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del

fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra,

apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se

ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao,

que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en

Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma

violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches

mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San

Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices

mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda

sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos

tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo

benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:

ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.

Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba

manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía

orgullosa de su sobrino.

--Este animal viene indudablemente por Pepita--decía Aresti, á quien

interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.

Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la

madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos

hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían

intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera

molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que

proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo

su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos

temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como

abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso

discípulo de Deusto.

Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra;

educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta

en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida,

y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa

propia.

El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la

juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de

muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún

recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma

definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto

fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus

brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera

evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el

bienestar, guardando aún los signos de su origen.

Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién

creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo

y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la

envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su

padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó

asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los

jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los

millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la

posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde

casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios

vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de

algún padre jesuíta.

La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del

bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban,

el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de

suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían

su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las

vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,

las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por

criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y

rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral

semejante al de las flores que adornaban la mesa.

Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la

había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni

una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que

por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba

en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había

cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él

cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual

recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella

los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de

la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.

--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele á incienso como las otras.

El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados.

Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la

montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con

cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti

como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países

salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se

presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para

enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban

alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de

trabajo rudo y aquellas _chabolas_, donde dormían amontonados los

hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias

con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía

más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las _angulas_ del

país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos

extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la

fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y

en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el _Tokay_ y el

_Chablis_ del principio de la comida, hasta el _Cordón Rouge_ y el

_Pomery_, que servirían al final.

Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el

café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud

piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del

pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre

escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el

pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con

el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen

á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas

costumbres, sin más diversión que bailar el _aurrescu_ los domingos y la

_espata danza_ en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un

poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado,

sin soñar en _repartos_ ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar

su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del

populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las

provincias, _maketos_ llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor

de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre

descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los

ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si

hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.

Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas

palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:

--Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás

zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi

todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un

día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.

Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna

que otra mirada al sobrino de su mujer.

--¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?

Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á

entender su deseo de rehuir discusiones con él.

--Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño _maketo_ y pecador,

es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo

en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta

tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo

y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos

llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á

América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y

ya que no podemos agradecer su sacrificio con el látigo, les pagamos con

malas palabras.

Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor.

Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba

era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su

estado.

--¡El ahorro!--exclamó Aresti.--¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos

cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma

clase que les explotan en el alimento y en la casa!...

--Eso no--intervino Sánchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que

no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la

imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un

pequeño capital para la vejez...

--¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero

moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción

de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su

miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de

trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con

hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y

convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que

ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser

accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas,

con todo el material necesario para la explotación?

--Eso está bien--arguyó Urquiola con acento triunfante.--Este doctor

dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos

tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que

volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían

tranquilos.

Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña

Cristina, haciéndola temer por su sobrino.

--Eso es una majadería--dijo con calmosa gravedad.--Eso sólo puede

decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas

complicaciones!...

Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran

energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su

entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los

descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El

millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su

ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada,

puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que

era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto

había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo

industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del

dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente

devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado

los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la

mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba

de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El

capital al servicio de la industria había civilizado territorios

salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados

en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los

rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los

cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y

otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las

grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos.

Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los

reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de

guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes

ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos

en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos

los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á

la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los

capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de

la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en

esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le

estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las

dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba

sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de

capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,

aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la

poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y

á la par tan _democrática_ y modesta? ¿Y había locos que pedían la

muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la

Tierra?...

Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las

ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del

trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.

Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se

encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á

principios del siglo XIX la gran revolución industrial?

--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo está mejor que

nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el

interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones

obreras el tipo de los jornales.

--¡Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--¡El aumento de unos

reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada

sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal

equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador,

con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios

de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de

nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en

esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el

sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce.

Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.

Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que

sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella

cuestión.

Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez

de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de

Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las

excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su

riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al

enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera,

que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre.

Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los

banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de _Cordón

Rouge_. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos

originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones

del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes

de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y

chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar;

muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin

que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada

vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos,

quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las

pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían

fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el

asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como

recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual

si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su

época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á

tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el

pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si

fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían

desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y

deslucía las joyas.

Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin

otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un

nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los

enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los

señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los

ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban

elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada

en la acera del _boulevard_ del Arenal. Unos enviaban sus hijos á

Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de

excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para

Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá

revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar

por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del _tub_,

del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas

gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos

hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña:

resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban

los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á

las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros,

acordándose de su educación extranjera como de un sueño.

La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos

encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de

barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á

la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del

juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del

barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó

un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las

apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si

fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor

decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual

mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las

gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en

triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes

de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante

horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra,

hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando

victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la

apuesta.

Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á

manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los

perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes

habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír

al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de

leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó

los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago

sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa.

Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el

espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si

fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por

los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y

el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,

ante las rojas trincheras.

--Las sopas de leche se servían en cubos--continuó Aresti.--Los galgos,

en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que

si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin

mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....

--¿Y quién ganó?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la

estúpida apuesta.

--¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo

después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el

animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre,

como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no

se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos

días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó

cantando hasta el cementerio.

A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían,

encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.

El intruso · 第 6 / 23 段