padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á
todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había
llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en
Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía
varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la
ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus _aguaduchos_ ó
avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que
hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de
Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los
atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban _carrozas_. La
góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única
embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros,
intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y
Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las
casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás
había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y
siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que
andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella
época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de
Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los
de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los
mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de
su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión,
seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño
entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el
gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de
Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el
Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á
perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la
catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en
brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba
con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los
rincones de la casa de su hermana.
--No te apures, mujer--decía el señor Juan.--Otras están peor que tú,
que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que
según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo,
que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.
Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole
hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar
en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto
como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á
su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la
gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano,
acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.
Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué
para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el
pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.
Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las
banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta
de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole
los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas
que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría
histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas
de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué
nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse,
arrojaron al Nervión un botijo vacío. _Bil, bil, bil_ cantaba el agua al
penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro
_bao_. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero
miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas,
admirando su sabiduría del pasado.
El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había
terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino,
se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no
satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en
Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.
Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su
marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo,
morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al
mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más
unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la
ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.
Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de
limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores
llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y
descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el
porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus
progresos.
--¡Diablo de rapaz!--decía hablando de él con los viejos camaradas de la
ría.--¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de
aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...
Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le
hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los
señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce
años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué
quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta
para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo
Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico?
¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el
gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por
la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le
enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso
había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían
conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las
vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á
todas horas «señor doctor».
Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la
familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez
Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la
conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que
los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero.
El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y
ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas
montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que
primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero...
necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus
ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido
imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.
Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella
transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos,
las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve
estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la
montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
llamado _campanil_, que era el más rico, allí ponía sus manos de
vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes
siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los
vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como
oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre
á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando
la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas
de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
tardíos buscadores de la fortuna.
«Tu primo está loco--escribía el señor Juan á su sobrino.--Esto es un
escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla
de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión,
que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué
sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
durar».
Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis
vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y
de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus
huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los
montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además,
el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer
dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una
_señorita_ de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía
estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola
que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
á _Jaun Zuria_ el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él.
Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su
vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos
ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos
criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las
iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La
satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en
el matrimonio.
Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la
muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna
de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al
presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su
gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como
á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por
la muerte de su padre.
--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu
carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
padre.
Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el
Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más
célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes
que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su
prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de
pariente de Sánchez Morueta.
Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya
monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo
con la borrachera de la fortuna.
La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había
languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la
asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se
instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los
cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La
acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del
pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del
marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta
simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía
por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se
enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
consejos acerca de vestidos y joyas, recordando _in mente_ sus tratos
con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y
halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de
Bilbao.
Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á
éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta
de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores
que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según
Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco
en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas,
sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para
esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía,
enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.
Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña
de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado
mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las
familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la
diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia
antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija
de la fortuna, á la cual se había dignado descender.
Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le
parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su
prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala _proporción_ la de
Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de
familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le
besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia,
mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que
Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más
horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la
iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y
semejanza. ¡Infeliz doctor!...
Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente,
burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!....
Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en
el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se
casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería
separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un
hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba
enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á
todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por
fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que
una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de
visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la
esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era
de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción.
Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre
jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á
Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir
gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía
convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que
insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de
darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde
estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde
aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su
dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...
Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su
esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que
ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de
moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre
mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los
negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de
su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con
Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le
espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de
pasión parecían interponerse entre su mujer y él.
--¿Por qué estás siempre leyendo?--preguntaba á veces la joven.--¡Ay,
esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!
Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con
sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en
los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia
malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían
menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en
París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las
artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde
condición, y seguían siendo esclavos.
Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación
moral que existía entre él y su mujer.
--Nosotras somos así--decía con altivez.--Cada uno es como se ha
educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.
La madre y la hermana iban más lejos.
--Nosotras somos las de Lizamendi--le decían con arrogancia.--¿Y quién
eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.
Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un
abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación
de lo que él consideraba su familia.
¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua
fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones
religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis--decía su
esposa--mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer
examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía
hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era
suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una
especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas
que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis!
¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la
Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba
en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez
estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
sus acciones.
Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
hostil de su mujer.
--¿Pero quién eres tú?--le dijeron un día.--Un pobretón que, aunque
ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para
otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de
filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero
como tu primo Sánchez Morueta!...
Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más
tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada
sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.
Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las
minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna,
salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no!
Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas
humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer
dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos.
Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para
justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su
carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.
Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda
relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así
á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción
como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez
Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su
propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa
se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua
amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao,
sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.
Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las
Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina
Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en
apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como
avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos
religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la
ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las
tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente
«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las
asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas,
en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.
Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era
dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa,
para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su
hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el
dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de
humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin
regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura
del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría
momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba
ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.
El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que
esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las
aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo.
En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El
millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y
gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del
mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
y preocupaciones terrestres.