aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento
aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea
recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza
propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto
supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se
entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas
hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la
sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un
pensamiento oculto.
Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos
los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande
hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la
habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes
estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
mineral bajo campanas de vidrio.
--Don José, un momento,--dijo el hombrecillo;--me permito recordar á
usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.
Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó
hacia él, murmurando algunas palabras.
El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.
--Es un favor que te pide Cristina--dijo con alguna vacilación.--Al
saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para
ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.
Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se
apresuró á añadir.
--Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que
tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es
una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos.
¿Qué te cuesta darlas gusto?...
En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó
mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su
poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de
la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.
--Goicochea te acompañará--dijo señalando á su secretario.--Toma abajo
mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.
Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina
preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.
Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del
millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando
sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez.
Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta
de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte,
extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de
tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las
caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un
desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba
una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del
camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el
tradicional _branque_, el ramo verde que indica la buena bebida del
país. Eran los famosos _chacolines_ con sus rótulos: «Se venden
voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.
Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al
primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares
con cierto entusiasmo.
--Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud...
los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se
acordará.
Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:
--¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí
estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca,
viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían
lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.
--Usted sería de _los auxiliares_, como mi primo Pepe,--dijo Aresti;--de
los que defendían la villa.
Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su
aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:
--¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio
vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis:
calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado
los ocho hijos que ahora me devoran.
Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus
creencias, siguió hablando:
--Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en
Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya
no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la
pelleja.
--¿Pues qué son ustedes?...
--¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas;
bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo
que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes
han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus
impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los _maketos_: y don Carlos
no es más que un _maketo_, tan liberal como los que hoy reinan, y además
tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo
digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin
virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con
B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta
mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.
Y con el índice trazaba en el espacio grandes _bes_ para que constase
una vez más su protesta ortográfica.
El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de
una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de
reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes
antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras
ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar
una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna
cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias
aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía
extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que
exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de
los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las
torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se
entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil,
blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado
por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes
católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus
beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas
de nieve.
Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don
Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos
confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si
la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia
de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República
de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.
Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á
éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad
de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de
una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta
esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había
ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía
acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su
dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por
más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su
astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre
aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.
--¡Lo mismo que los otros!--gimió.--¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de
Begoñaaa!
El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo
de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro,
con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas
las leyes de la existencia.
Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió
como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.
--Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo
de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que
le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo
pediré un poco por el desgraciado don Tomás.
Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le
interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de
abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante
las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país
hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.
Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas
las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario,
amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la
misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de
anteiglesias, en época de fueros.
Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el
altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción
compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los
reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su
atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San
Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para
las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros
de oficio adornan un dormitorio ó un _budoir_. El gusto artístico del
jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico
sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en
vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de
la Virgen.
Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á
la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera,
representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos
rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa
como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos
el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran
votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones
vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas
tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban
bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las
olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran
vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta
barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que
siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.
Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al
oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.
--Mírela usted--decía señalando á la imagen.--¡Qué hermosa es! ¡Y qué
bien le sienta la corona!...
Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus
cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea,
como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La
cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un
globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de
toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese
aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el
pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.
--Cuántas joyas ¿eh?--murmuraba con entusiasmo Goicochea.--Esto sólo se
ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.
El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las
minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos
regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos,
sobre un madero tallado.
--¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!--continuó la voz de
Goicochea con sordina.--Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo.
Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de
peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí:
peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir,
peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al
frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y
de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence:
diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de
Vizcaya. Fíjese usted bien.... _¡Señora!_ Vizcaya sólo ha tenido
Señores. Hasta Dios es para nosotros _Jaungoicoa_ ó sea «Señor de
arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los _maketos_. Desde el día de
la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras
cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre.
La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del
partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.
Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos
aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.
En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.
--¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...
--Sí--dijo Aresti con gravedad.--A mí me conmueve la piedad de los
hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la
Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado.
Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días
á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son
nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien
recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán
ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á
contarlo.
El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al
médico.
--Don Luis--dijo con acento dulzón.--No empiece usted á soltar de las
suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
la Virgen, y que ésta le castigará.
--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente
cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta
que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas,
un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de
burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes.
Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de
muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en
lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á
la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la
Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.
--¿Y llegó á salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
milagro.
--No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á
nadie.
Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la
conversación.
--¡Qué hermosa vista!--dijo señalando la parte de la villa que se
alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas
de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es
el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí!
¡Cuánta riqueza!...
Luego, añadió en tono confidencial.
--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos,
de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien
más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se
necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo
tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay
más que Vizcaya y su _Señora_ santísima. Pregunte usted si quieren
volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas
que en su juventud cogieron el fusil. _Necuacuam_, ninguno sueña
remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las
cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima
de la Patria y del Rey.
Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse
ante su gesto.
--A ver: siga usted, señor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso,
pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser
nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se
emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
_guiris_, sus _ches_ de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil
como en otros tiempos.
Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles,
llamados _ches_ en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
componían la guarnición durante el sitio.
--Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España
las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos
como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el
Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo
entiende: allí se prepara el porvenir.
Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas
alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario,
para él, de la sabiduría humana.
--Pues hay para rato, señor Goicochea--dijo el médico saliendo del
porche en busca del carruaje.
--No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la
continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres
de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer
fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el
vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García
Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de
Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo
al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso
digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente
hacia su santísima madre, es su hija predilecta.
Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la
mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta;
pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta
repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír
una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta
proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la
influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste
las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible
parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...
A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á
la comida de familia, había salido antes en el tranvía.
--Tú no descansas--decía el médico á su primo,--¡todos los días Las
Arenas á Bilbao!
--Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses
enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar
que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.
--¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz--exclamó el médico.
Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
palabras cierta ironía.
--Sí: la vida de familia--dijo.--Es la que más me gusta. Lástima que en
este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias
extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.
Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como
sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la
aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la
Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría
sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía
ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había
admirado por la mañana en el tren.
Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí
habían nacido los tres.
Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus
compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.