Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la

orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban

su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban

pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de

cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á

las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible

movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del

bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la

moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar

púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros,

de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente

dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un

hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias

minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el

paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando

por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del

mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de

los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los

remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.

Aresti admiraba toda esta actividad como si le sorprendiera por primera

vez.

--Bilbao es grande--se decía con cierto orgullo.--Hay que confesar que

esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando la sacan

de sus negocios!...

Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes vapores en seco, al

aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y pintaba de

nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso pico

de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche

Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada

del liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las

fantásticas proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los

montes de la ribera izquierda, con una insolencia monumental que

irritaba al doctor, la Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo,

señor de la villa. Eran tres enormes cuerpos de edificio con frontones

triangulares, y á sus espaldas un parque grandioso, extendiendo su

arboleda montaña arriba, hasta la cumbre coronada por una granja

vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían

levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de focos

eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso

recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la

orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no

queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El

doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta

glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de

la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para

formar la sociedad del porvenir.

Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado surgían entre los

campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados de casas

que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo

avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados

y grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de

muelle libre. Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las

enormes anillas de los malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y

fangosa marcaba las subidas y descensos de las mareas. Veíase el

incesante ir y venir de las _cargueras_, míseras mujeres de ropas sucias

y cara negra, pasando y repasando como filas de hormigas por los

tablones que servían de puente entre los buques y el muelle. Unas

llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los

fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre

que había de ser consumido en el interior de la península.

Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y el doctor, subiendo

una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la villa, junto

al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento de la

población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su

curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial

había escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de

Portugalete, la de Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao

nueva, el ensanche, el antiguo territorio de la República de Abando, con

sus calles rectas, de gran anchura y joven arbolado, sus casas de siete

pisos, y sus plazas de geométrica rigidez. Al otro lado del puente, la

Bilbao tradicional; la Bilbao de los _chimbos_, de los hijos del país

que habían conocido la llegada de gentes del interior, atraídas por la

prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad del

vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua

villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y

morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres

de un gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia

anexa; y en torno de ella se alineaban con rigidez geométrica, los

hoteles y caserones de los nuevos capitalistas, enriquecidos

fabulosamente por las minas de la noche á la mañana.

Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el paso de los tranvías y

las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro Arriaga

reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada

de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de

plátanos, por entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los

buques atracados á la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la

arena de las avenidas, pero sus gritos perdíanse entre el bramido de las

locomotoras, el silbido de los tranvías y el mugido de algún vapor que

entraba lentamente ría arriba.

Aresti dió un vistazo á la acera llamada el _boulevard_, ocupada siempre

por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo, se

colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la

decadencia de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los

diarios recién llegados de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el

centro del arroyo, el devocionario en la mano, la mantilla caída sobre

los ojos y la falda agarrada y bien ceñida, de modo que al andar se

marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de hembras fuertes y,

bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del hombre y la

mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo por su

sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer

visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo.

--Serán forasteros--se dijo el doctor.--Tal vez algún empleado de los

que envía el gobierno. _Maketos_, como dicen mis paisanos.

Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia de San Nicolás, fué

en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en su hotel de

Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y protegidos

le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres inglesas,

gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples

negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en

la villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr

de sus briosos caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el

escritorio como si huyera. Aun así, tenía que separar muchas veces con

sus fuertes puños á los que le esperaban en la puerta, para proponerle

negocios disparatados ó pedirle dinero. Una vez en su despacho, era

difícil abordarle al través de los escribientes y criados que guardaban

la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba poner el pie en la

calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante la mirada

atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los

despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba,

llamábanle «El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que

era donde tenía su escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad,

que su carruaje sólo tenía un asiento, para evitarse de este modo toda

compañía. Transcurrían meses enteros sin que penetrasen en su despacho

otras personas que algún corredor de confianza ó los principales

empleados del escritorio, que recibían sus órdenes. Con los otros

capitalistas de la población--muchos de ellos compañeros de la juventud,

que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino de

la fortuna--se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo

conciso y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.

Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle, mirando los remolinos del

agua enrojecida por los residuos de las minas. Se detuvo un momento para

examinar dos barcos de cabotaje, dos _cachemerines_ de la costa, con los

títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta obstruida por

extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de bacalao con

mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los carromatos

de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos objetos.

En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del

hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan

hundidos á causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el

fondo de sus escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él,

tostados, enjutos, habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le

hacían recordar á su padre, entrevisto en los primeros años de su vida y

del que apenas quedaba en su memoria una sombra vaga.

El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera de la Sendeja. El

escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y señorial, todo de

piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos dorados, y un

gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el primero

y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda su

fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta,

dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros

ricos de Bilbao.

Aresti no osó subir directamente al despacho de su primo, temiendo la

resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y consultas de

los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco. Prefirió

entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la

casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán

Matías Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio,

donde se podía entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á

porteros inflexibles.

--¿Está el _Capi_?...--preguntó Aresti á los escribientes que trabajaban

tras un atajadizo de cristales.

--¡Pasa, _Planeta_, pasa!--gritó alguien tras una puerta del fondo del

corredor.

Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán, el _Capi_ como le

llamaba Aresti, abandonaba su escritorio avanzando hacia él con los

brazos abiertos.

--Te he conocido con sólo oírte, Luisillo--dijo Iriondo con su voz

bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua humedad y

obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las olas.--¡Ay,

_Planeta_!... Te encuentro algo aviejado.

Y había que oír la expresión cariñosa que daba el marino al mote de

_Planeta_ aplicado al doctor. Para él, en su habla bilbaína, los hombres

se dividían en tres clases. Los que trabajaban seriamente en cosas de

utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos, que no sirven de

nada, á los que llamaba _arlotes_. Y luego venían los _planetas_, gente

simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido práctico; los calaveras;

los que tienen talento, pero maldito en lo que lo emplean; los artistas

que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los que desprecian

el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué mayor

_planeta_ que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en Bilbao,

prefería vivir entre los brutos de las minas?

--¡Ah, _Planeta_!--decía sin soltar á Luis de entre sus brazos.--Lo

menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco, ¿verdad? Siempre

coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas provecho.

¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...

Y reía, con lástima cariñosa, de su querido _Planeta_, al que

consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que

dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.

--_Capi_, pues tú tampoco estás muy joven que digamos. Te probaba más el

mar.

--Tienes razón--dijo Iriondo con melancolía.--¡Si al menos pudiese ir

todos los días al monte con la escopeta, á cazar _chimbos_!... Pero hay

que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse

el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos,

Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto,

cuando tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.

Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los cincuenta años. Era

bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia á

ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había

recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea

ecuatorial: estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su

barba, en la que sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los

ojos con manchas de color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban

de frente, brillaban con una expresión de bondad. Conocía todas las

picardías del mundo: había pasado en su juventud por todos los

desórdenes de las gentes de mar, que después de meses enteros de

aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos. Había

brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones

diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los

colores, pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de

una vida de aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos

marinos, ascetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos

cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres, sin llegar

á contaminarse con ellas, sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del

océano.

El doctor recordaba los principales detalles de su vida, que muchas

veces había contado el _Capi_ de sobremesa en casa de Sánchez Morueta,

con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar

atención en el entrecejo de la señora que temía á cada instante

extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no

hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde

el _cachemerin_ al trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre

el archipiélago de Luzón y las Molucas. El sultán de allá era gran

amigote suyo, y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese

entre sus sesenta mujeres amarillas y hocicudas. ¿Para qué? Con un

tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin permiso de sultanillo.

Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a San Francisco de

California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba viajes a

Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria, con

sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con

ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que

los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra,

gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las

costas de África con la bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía

la nostalgia del azul negruzco e intenso del Océano, del verde luminoso

y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y

las aguas plomizas y brumosas de los mares del Norte. El Mediterráneo le

inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles,

verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde Gibraltar a

Suez--decía--, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban en

el mar, y ahora esperan en los puertos.»

Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había

proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos

barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de

su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña

fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era

bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir

el domingo con la escopeta al hombro á cazar _chimbos_ en los montes,

pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los

hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes

que no tenía trabajo, á algún _chacolín_ del camino de Begoña á saborear

el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus

amigos _chacolineros_ pasaban por el despacho para noticiarle

misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.

--Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un _chacolín_ de

dos años.

Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre,

parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja,

algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques

en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que

importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos,

regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más

estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se

estaba preocupando del tiempo.

--Tenía muchas ganas de verte--dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio

ante la mesa.--¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las

minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece

que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, _Planeta_! Y cómo va á alegrarse Pepe

cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su

genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por

ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto

menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese

ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que

Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus _planetadas_, le oí

decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».

--Oye _Capi_; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido

ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?

El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de

inquietud. No podía disimular su turbación.

--No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...

Y añadió con repentina resolución:

--Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis

barcos, y fuera de ellos nada me importa.

Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la

esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que

helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para

subir al despacho de su primo.

--Por la escalera no--dijo el capitán.--Sube por ahí: es la escalerilla

interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy de la

cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si

estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta

las dos no comeremos.

El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales,

que á través de un patio interior ponía en comunicación el entresuelo

con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas con

mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas

y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes

libros de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían

por las cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban

relojes eléctricos. Los planos de las minas, las vistas de las fábricas

de la casa, adornaban las paredes.

Aresti, después de una corta espera, fué introducido en aquel despacho,

del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso, donde

Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con sólo concentrar su

pensamiento.

--¿Cómo estás, Luis?...

Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida hacia él, una mano

firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de héroe

prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un

cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi

le sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera,

virilmente rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia

abajo una luz fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las

solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los

pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y

prominente como la de los animales de presa. Tenía cana la barba, gris

el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de

fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos

le rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la

naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio

que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por

posesionarse del mundo. Aresti, recordando los dos Alcides que con la

porra en la mano, y al aire la soberbia musculatura dan guardia á los

blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: «Mi primo se ha

escapado del escudo de Vizcaya».

Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento

y la acción en continuo uso.

Conservó un instante la mano del doctor perdida en la suya, estrujándola

con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión extraordinaria en

él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto á la mesa

manejando papeles y hojas telegráficas.

--Siéntate, Luis--dijo como si le diese una orden--acabo en seguida.

Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el secretario sonreía

servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias

reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había

comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza

de Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina»

por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con

que él le correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que

saludaba su parentesco con el amo.

Mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando

alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un sillón,

dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar

allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente

Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre

la Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel

imitación de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio

con una docena de sillones de cuero, anchos y profundos como si en ellos

se hubiera de dormir. En un rincón, una caja de hierro; en otro una

antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo

arqueológico del país, y en las paredes, modelos en relieve de los

principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «_Goizeko

izarra_» (_Estrella de la mañana_), el yate de tres mástiles y doble

chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como

si Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la

chimenea se alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles

y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los

altos hornos de la casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses,

anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y

metalurgia. El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de

trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el

_Yacht Register_ de más reciente publicación, como si el millonario

encadenado por sus negocios, se consolase siguiendo con el pensamiento á

los potentados de la tierra que más dichosos que él, podían vagar por

los mares. El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de

su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo

sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes

buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía á

inglés.... Hasta el traje del amo».

El intruso · 第 3 / 23 段