Tras el mostrador estaba la mujer de _Tocino_ con su hijo, un

adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados, pero

Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á

los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le

hacía recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor

intento de revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan

por un ventanillo. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto

de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera. El doctor

recordaba las declamaciones de muchos mitins obreros, á los que había

asistido por curiosidad; los apóstrofes á los explotadores de las

cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean

chupándoles la sangre; y se decía con gravedad:

--No; pues á éstos les luce poco la tal alimentación.

A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un

ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la

tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento, pero sin dejar de

repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y caprichosos signos,

que le servían para su complicada contabilidad.

El _Milord_ manifestó su extrañeza viéndole allí. ¡Él, que le traía nada

menos que al doctor Aresti creyéndolo en peligro de muerte!... Mientras

el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado á

casos más graves, _Tocino_ prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro

su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían: no podía moverse: los

dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y había que repasar

las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.

--Vaya, _Tocino_--dijo Aresti;--lo que tienes es poca cosa,

desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un hombrachón que

parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo mucho que

engordas con lo que robas.

--¡Pero qué cosas tiene este don Luis!--exclamó el _Milord_ mirando á la

tendera, que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír lo mismo que el

protector de su marido.

--¡Robar!--mugió _Tocino_.--¡Robar! ¡Siempre está usted con lo mismo!

Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de mimarlos cuando se

los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí á

nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.

Y _Tocino_ se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos

al fiado ¿estamos?... se exponía á perderlos, ¿y qué cosa más natural

que no dormirse para cobrar lo que era suyo cuando llegaba el día del

pago en las minas?... Había que conocer á los obreros: cada uno de un

país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo al

fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos

llaman _la curva_; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el pasar

por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con _Tocino_

y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les

pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban

comido. Aun así había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una

semana, desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que

importaban sus jornales.

Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus pausas seguía

recriminándolo.

--_Tocino_, tú eres un ladrón que vendes á los obreros los artículos

averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más caros que en

la villa.

--Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus metinges--gritó

el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían

los obreros en sus reuniones.

--_Tocino_, tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen

libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu tienda le

quitas el trabajo en la cantera.

--Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué tiene de particular

que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi establecimiento?

--Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja,

descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á

mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se

hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á

crédito y se vea obligado á comer lo que queréis darle y al precio que

mejor os parece.

--Vaya; ahora me toca á mí--dijo riendo el _Milord_.--Pero este don Luis

es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas en el

frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.

--_Milord_: á todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros

rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos céntimos en el jornal y

el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son vuestras y de los

capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de noche los

estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de

peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses,

pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en

el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre

aquí, acabe por conoceros.

El doctor cortó la conversación recordando su viaje á Bilbao, y salió de

la cantina después de hacer varias recomendaciones para la curación de

_Tocino_. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una

expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del

doctor.

El contratista siguió adelante, hacia su mina, y Aresti descendió á

Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la

montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su

protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión,

con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto

á la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación.

Aresti recordaba su llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi

con las armas en la mano, como en Alaska ó en los primitivos _placeres_

de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el

vergajo en la mano, apaleasen en nombre del amo á los trabajadores

rebeldes; ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las

desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas». Se

asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de

resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores, logrando con

esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la

cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de

aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el

invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba

al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su

tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia

civil. Habían venido á ganar dinero y evitaban los conflictos pasando

por toda clase de explotaciones y abusos. Los castellanos y leoneses

miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros

establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural,

que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos

al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en

mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que

imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país.

La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de

galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el

personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje. Pero

en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la

explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra,

recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el

bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas

á sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto

protestando contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración,

cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancara la

población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo

conquistase todos sus derechos.

Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al

entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír los

llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.

--Don Luis, un momento...

Era el _Barbas_, que había abandonado su inmovilidad de fakir para

detener al doctor.

--¿Qué hay, compañero?

--Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo

que hacen esos ladrones.

Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como Aresti no parecía

comprenderse, el _Barbas_ le mostró la parte superior de su barraca

falta de techumbre.

--Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos

de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como yo, me odian

y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una

semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la

calle, pero el _Barbas_ firme en su puesto con la compañera. La pobre

vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se

menea de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si

piensan librarse de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor.

Quieren quitarme el suelo así como me han robado el techo. Piensan

excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus

estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré! El _Barbas_, en su

sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni

trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que llegue la gorda;

espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda quitarles

el techo y el piso á todos los _chalets_ que se han hecho esos

pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa de

los pobres.

Y el _Barbas_ acompañó un buen trecho al doctor, mugiendo sus

maldiciones y amenazas contra los contratistas que eran sus enemigos más

inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre invisibles, divinidades

maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin

mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces, si

explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más

ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.

Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió venir hacia él un

hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi

parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos á

don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido

trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba

que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha

paz; para todos hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran

amigo de Aresti, y tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el

doctor, por aburrimiento, exponía á los ricos de Gallarta después de sus

famosas cenas. Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su

existencia, se divirtió en propagar el budhismo entre los rudos

contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, á

estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura

no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras de los

sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni

experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos,

casamientos, y, sobre todo, entierros, muchos entierros.

A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la iglesia estaba siempre

vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no

tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su burra

blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más

que algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de

Dios, encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente

marchase á la fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su

ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco

entierros en los lugares más lejanos de la parroquia; asunto de leguas.

Pero él no se asustaba de nada mientras contase con su cabalgadura

infatigable, y montado en ella acudía á todas partes. Delante, marchaba

el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban

alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don

Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido á pie

por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre

cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si

cantaba poco, repitiendo automáticamente los versículos del oficio de

difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su

cabeza la vara de fresno con que arreaba á la cabalgadura.

Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.

--Aprisa, hijos míos--decía á los conductores del cadáver--que hoy aún

me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.

Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de

acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de

luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los

contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que

rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre,

vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á

otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á

cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de

la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:

Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...

--Buenas noches, don Luis--dijo el cura al reconocer al doctor.--Con

este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he

dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!

Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á

la luz de la luna, camino del cementerio.

Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la

parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él

tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo,

tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación

parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del

obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin

habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos

á las _faenas menudas_ del templo, reservándose él los entierros.

Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia.

Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con

los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un

vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios

marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los

contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de

cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época

de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual

vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía

los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios

de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado

por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el

paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en

Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba

más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el

cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San

Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el

cura esta preferencia.

--No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en

Gallarta hay tanto buey....

Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.

--A la mina, ¿eh?--preguntó Aresti.

--Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen

aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo

humano. Hay que trabajar, don Luis.

--¿Pero hoy no es día de fiesta?...

--¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su

sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben

guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan

en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones,

después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada.

Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le

dejo para que se burle de mí á sus anchas.

Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.

--¿Dicen que han matado al _Maestrico_?... Vaya un caso. Era un buen

muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro!

¡Arre burra!

Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había

caído trabajo.

Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un

hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le

llamaba furiosa desde adentro.

--¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he

dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para

canciones...

Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre,

diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano,

cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos

y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura

de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía

recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que

había admirado en su niñez.

--Vengo á lo del otro día--dijo con alguna torpeza, pero mirando al

médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo

sus pretensiones.

--¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...

Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa

animó su rostro.

--¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido

de esa... Bien ¿y qué?

--Quiero que usted arregle eso, don Luis--continuó el gigantón con

energía;--ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo.

Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos.

Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le

corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.

--Sí, hombre, sí--dijo Aresti.--Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más

tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?

--Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser

él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.

--Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte

duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en

el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...

--Bueno--dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por

debajo de la boina.--Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que

usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de

doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver

con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir

á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que

paguen, ya que quieren hacer el guapo!

Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono

suplicante, que no olvidase su asunto.

Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía sus ropas de fiesta,

colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la extraña psicología

de una gran parte de las gentes de las minas.

De jóvenes se mataban por la mujer soltera; bailaban con el cuchillo

oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á puñaladas.

Asesinaban al rival como al infeliz _Maestrico_; y después, de casados,

satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por la escasez de

mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus fuerzas;

olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el

dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y

milagrosos encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se

exterminaban por una cuestión de jornales ó de comestibles, y al

encontrarse frente á frente con el adulterio, torcían el gesto como ante

una contrariedad vulgar y hasta algunos procuraban extraer de su

desgracia cierto provecho.

II

Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á

Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la

estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la

ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban

sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto

importante los llamaba á la villa.

El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de

fundición--«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el

doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,--y

después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los

descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando

de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el

nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con

los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos,

y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como

juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático,

de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes,

revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más

leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las

grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco

invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los

mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados

de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el

negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las

vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar

al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua,

soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos

riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo;

entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón

extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas

de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus

costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los

veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.

Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría

con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz

de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos,

removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las

piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el

baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo

á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres

lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo,

como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de

Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del

Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras

y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de

los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la

montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión.

Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando

su estómago, hacía menos frecuente el hambre.

El intruso · 第 2 / 23 段