--El terror que le inspiraba su marido, la vigilancia del argos con
faldas que tenía en su cuñada y su propio arrepentimiento, hicieron que
la Condesa no volviese a ver en secreto al Marqués. Este desechó de su
alma, con el andar del tiempo, amor tan peligroso y ya imposible o casi
imposible de satisfacer, y se distrajo con más fáciles amores.
Todo lazo se hubiera roto, toda relación y comunicación entre el Marqués
y la Condesa hubieran dejado de ser para siempre, si el cielo no hubiera
dispuesto que quedase un recuerdo vivo del amor y de la culpa de ambos;
un ser que los unía y por cuyo destino y porvenir ambos debían velar
igualmente.
--Y mi madre--exclamó entonces doña Luz--, ¿no pudo nunca volver a verme
desde que volvió de Lima su marido?
--Pudo volver a ver a V. de lejos, pero nunca abrazarla ni besarla ni
hablarla. Su pensamiento, sin embargo, estaba siempre con V.
--¡Infeliz madre mía!
--La Condesa sabía de V. por mi Joaquina. Por mi Joaquina se entendía
también con el Conde en todo aquello que a V. importaba, único asunto
que ya se trataba entre el Marqués y la Condesa.
Usted, señora Marquesa, vivió primero en mi casa, cuidada por mi
Joaquina. Nuestra costurera, una tal Antonia Gutiérrez, que había tenido
un desliz y cuyo hijo había muerto, fue nodriza de V. Después murió
también la costurera, y yo arreglé de modo, con la venia de los
parientes de la chica, que V. pasase por su hija, a fin de hacer la
legitimación. En todo esto, por conducto de mi Joaquina, intervenía la
señora Condesa, que estaba hasta cierto punto contenta al considerar que
V. iba a llevar el nombre y el título del Marqués y a heredar sus
bienes.
A poco de volver el Conde a Madrid y después del duelo, nos entró a
todos mucho terror de que el Conde llegase a entender que existía V. y
quién V. era; y el Marqués, no bien se restableció de la herida, la sacó
a V. de mi casa con harto dolor nuestro y mayor aún de la Condesa, y
puso a V. en casa de una señora de situación algo equívoca. Mientras
estuvo V. en aquella casa, la Condesa estuvo muy incómoda. Sólo sosegó
cuando a puras súplicas suyas, interpuestas por Joaquina, el Marqués se
la llevó a V. a su casa, primero bajo el cuidado de una buena mujer, y
más tarde con un aya inglesa, la cual vino porque la condesa se empeñó
en que viniese.
El Marqués, entre tanto, lejos de sentar con los años, no hacía el menor
caso de aquellos sabios refranes que dicen: _--quien quisiere ser mucho
tiempo viejo, comiéncelo presto, y el viejo que se cura cien años dura_.
Lejos de rezar con él estos refranes, más bien podía aplicársele aquel
otro, y perdone V. señora Marquesa que se le aplique, pero casi lo pide
a voces la narración: _mientras más viejo más pellejo_. Pretendo
significar con esto que el señor Marqués, en vez de enmendarse con la
edad, se hizo más cortejante, jugador y amigo de jaleos de toda laya, lo
cual mortificaba mucho a la señora Condesa. El amor, por el cual ella
había sacrificado tanto, honra, reposo y bienestar, sólo había sido para
el Marqués un episodio, una aventura, un lance más o menos agradable o
divertido, entre los muchos de su vida. Esto dolía en extremo y
atormentaba a la Condesa. Pero había otra consideración que le dolía
más, que la tenía llena de sobresalto, y que, agravándose cada día,
llegó a ser para la Condesa un tormento continuo.
El Marqués caminaba precipitadamente a su total ruina: estaba empeñado
hasta los ojos; la usura consumía ya lo mejor de sus rentas. Era seguro
que el Marqués acabaría su vida en la miseria. ¿Qué sería entonces de su
hija doña Luz, huérfana, sin amparo y sin recursos?
Lo peor era que la Condesa no podía socorrer a su hija mientras su
marido viviese. Antes de que el Conde hubiese tenido el más leve indicio
de su culpa, la Condesa había gozado de un asomo de independencia y
libertad. Después la Condesa, más que esposa, vino a ser esclava. Un
grito, una palabra dura, un gesto amenazador de su marido bastaban a
aterrarla.
El Conde, a más de ser celoso, era avaro, y la Condesa no podía disponer
de un real sin dar estrecha cuenta de todo, justificando la inversión
hasta de la más pequeña suma.
La viveza cruel de su imaginación le representaba del modo más exagerado
el infortunio que presentía. Soñaba que su hija estaba en la desnudez,
sin hogar, humillada y empleada en los más viles menesteres, y ella
nadando en la opulencia y sin poder acudir en su auxilio.
¿Cómo darle algo sin que lo supiese el Conde? Y con saberlo el Conde,
sabría su delito y su oprobio, y se presentaría como juez severo e
irritado, y con una sola palabra de desprecio la mataría.
La Condesa, atormentada por su conciencia a par que anonadada por el
miedo que tenía al Conde, deseaba la muerte para descansar, y sin
embargo, ansiaba vivir, y singularmente sobrevivir a su marido.
Mientras él viviese, la Condesa conocía que no tendría valor para hacer
nada en favor de su hija. Ni por donación, ni por testamento, en la hora
de su muerte, hallaba medio para compartir con la que era su propia
sangre o para legarle al menos bienes que eran suyos y no del tirano que
la atormentaba.
La Condesa, pues, se sometió a la voluntad del Altísimo y esperó
tranquila, y esforzándose por no desearla, la muerte de su marido, antes
que la suya llegase. Para el caso de que así sucediera, formó la firme
resolución de dejar por testamento a los parientes de su marido, en
fincas y alhajas, todo aquello en cuya adquisición y dominio pudiera
suponer la conciencia más escrupulosa que el Conde había sido parte;
dejar algunas mandas importantes a personas que la hubiesen servido
bien, como, por ejemplo, a mi Joaquina; y el remanente de sus bienes, en
fondos públicos todos, cuyos títulos estaban y están aún en varios
Bancos y casas de comercio, dejárselo por entero a su hija.
El Marqués supo por Joaquina esta resolución de la Condesa; y, cuando
acosado por los acreedores, embargado y vendido cuanto poseía a fin de
pagar sus deudas, tuvo que retirarse a este lugar, me dejó escrita la
carta que he hecho entregar a V. para que me sirviera de introducción.
La carta, hasta que ocurriese el caso hipotético que se preveía, había
de estar en mi poder sin que nadie lo supiese. Y así ha estado la carta.
Muerto el Marqués, no existían en el mundo sino tres personas sabedoras
del propósito de la Condesa de dejar a V. por heredera.
--¿Y quiénes eran esas tres personas?--preguntó doña Luz con el mayor
interés.
--La misma Condesa, mi mujer, que es sigilosa hasta lo sumo, y un
servidor de V., señora Marquesa.
--¿Y nadie más?
--Nadie más.
--¿Está V. seguro?
--Lo estoy.
Don Gregorio continuó luego su narración en estos términos:
--El cielo quiso que se cumplieran, no diré los deseos, los planes de
nuestra bienhechora. El Conde murió hace poco más de mes y medio. Cosa
de milagro parece el que la Condesa, tan padecida y acabada como se
hallaba, pudiese sobrevivirle. La fuerza de voluntad vale mucho. La
Condesa sobrevivió, se diría que expresamente para cumplir su resolución
y morir también luego.
--¿Ha muerto mi madre?--exclamó doña Luz con lágrimas en los ojos.
--Ha muerto.
--¡Y sin llamarme a sí, sin verme, sin darme un abrazo!...
--La Condesa lo ansiaba, pero al propio tiempo lo temía. Se avergonzaba
de llamar a sí a quien al presentarse como madre tenía que declarar su
culpa, y, ella lo decía, su deshonra. Dudaba de que una hija, a quien,
fuese por lo que fuese, ni había criado, ni visto, ni acariciado nunca,
la pudiese querer. Recelaba hallar frialdad, tibieza al menos, en su
hija. No creía en la misteriosa fuerza de la sangre. En ella sí, porque
sabía que su Luz vivía, porque la había estado amando durante tantos
años; pero en su Luz, a quien se le revelase de repente que tenía madre
en Madrid, ¿qué cariño súbito, qué ternura podía esperar? Esto, al
menos, pensaba la señora Condesa. Y sobre todo, por lo mismo que amaba a
su hija, tenía vergüenza, le causaba sonrojo la idea sólo de presentarse
a ella. El qué dirán, el temor de que la gente se enterase, era también
rémora de su deseo. Por último, la Condesa, a poco de muerto su esposo,
cayó en cama con una grave enfermedad, y apenas tuvo tiempo para tomar
sus disposiciones y cumplir lo prometido. Después vivió algunas semanas,
pero trastornada, sin pleno conocimiento ni memoria de las cosas y de
las personas. Luego murió.
Doña Luz dio muestras de verdadero dolor y de emoción profunda. Don
Gregorio permaneció algunos minutos en silencio religioso, y respetando
aquel tributo de pena dado por una hija a la memoria de una mujer, a la
cual (si bien no la había conocido) debía la vida.
Después dijo D. Gregorio, tomando ya la entonación fría del hombre de
negocios:
--Señora Marquesa, yo soy albacea de la difunta y fideicomisario con
expreso fideicomiso en favor de usted. Todo está ya en regla, porque yo
no me duermo. Todo se va ordenando del modo más a propósito para que se
hable, se comente y se murmure lo menos posible. Las mandas están
repartidas; mi mujer ha tomado una linda suma: los parientes del Marqués
han recibido joyas, dinero y fincas. Queda aún por entregar lo mejor de
la herencia. Tengo en mi poder los papeles y documentos que acreditarán
a V. como propietaria de los fondos públicos que tenía la Condesa en
diferentes casas de banco de París, Londres y Francfort. Todo ello
importa no recuerdo cuánto en valor nominal, pero en efectivo asciende a
la friolera de diez y siete millones de reales vellón y un piquillo.
Cuando la señora Marquesa guste, le haré la entrega y se enterará de
todo por menudo.
--Señor D. Gregorio, ya V. sabrá que estoy casada. Aguardaremos a que
venga mi marido para aceptar la herencia. Él se entregará de todo como
dueño y señor. Dentro de tres o cuatro días vendrá de Madrid. Entre
tanto, esta casa es bastante grande para que V. se hospede en ella.
El Sr. D. Gregorio Salinas aceptó la invitación, juzgándose muy honrado,
y trasladó a un cuarto, que le prepararon en el caserón de doña Luz, la
maleta que había dejado en la detestable posada del lugar.
Doña Luz, en tanto, aunque triste por la muerte de su madre y por la
historia melancólica que había oído contar, cedía a la flaca condición
humana, y se alegraba de verse tan rica. Y lo que más la complacía era
pensar en todos aquellos millones como en un espléndido presente, poco
menos que llovido del cielo, que ella iba a hacer a su D. Jaime, cual
merecido premio del amor desinteresadísimo con que él le había dado su
mano y su nombre.
-XX-