La llegada de un forastero, con especialidad si el forastero gasta
levita y _colmena_, esto es, sombrero de copa alta, es siempre un
acontecimiento extraordinario en todo lugar de tierra adentro en
Andalucía. La curiosidad se excita vivamente, y no hay nadie que no
pregunte: «¿A qué habrá venido por aquí este señor?».
Esto preguntaban los _villafrianos_ o _villafriescos_ apenas vieron a D.
Gregorio. Y la curiosidad se decupló, o poco menos, cuando se supo que
el tal don Gregorio había ido a albergarse en casa de doña Luz.
A más de la curiosidad, siempre se despiertan en las poblaciones
pequeñas otros sentimientos más nobles con la llegada de cualquier
forastero: el de la sociabilidad y el de la cortesía.
Los señores del pueblo se apresuran a visitar al forastero y a ponerse a
sus órdenes; y así lo hicieron con D. Gregorio los principales magnates
o próceres de Villafría.
Claro está que la visita, aunque por cortesía se haga, no es menester
que se encierre dentro de los límites de la mera cortesía. _Lo cortés no
quita lo valiente_; y, por lo tanto, se dirigen al recién venido cuantas
preguntas importan para indagar quién es, a qué viene y qué se propone.
En cambio, se suele informar al forastero, aunque nada pregunte, de
cuanto ocurre en el lugar, exagerando por fachenda la riqueza y
prosperidad de sus habitantes.
De esto último estaban muy curados y escarmentados en Villafría, porque
hacía poco tiempo que habían recibido una durísima lección.
Vino al pueblo cierto forastero, que en el camino trabó conocimiento con
el hijo de uno de los más pudientes hacendados, el cual también venía de
viaje. Este señorito llevó al forastero de visita en casa de su padre,
que era el que más escupía por el colmillo en Villafría en punto a
hablar de onzas de oro, y a ponderar la abundancia y grandeza con que
vivía. A las pocas preguntas del forastero, el hacendado le dijo todo lo
rico que era, triplicando sus facultades. Tenía un alambique que andaba
durante cuatro meses, y le dijo que tenía dos que andaban todo el año, y
con frecuencia de día y de noche. Tenía un molino aceitero con una
prensa hidráulica, y le aseguró que tenía tres con otras tantas prensas.
Había cogido cinco mil arrobas de vino, y le dijo que había cogido doce
mil. Había molido dos mil fanegas de aceituna, y le aseguró que eran
seis mil y pico las que había molido. No queriendo quedarse muy atrás,
los otros hacendados ponderaron también al forastero sus provechos,
cosechas e industrias. El forastero se llegó a persuadir de que estaba
en Jauja, y entonces descubrió que era un inspector del Gobierno, que
venía a ver las ocultaciones de riqueza que había en los pueblos, sobre
todo en lo tocante a subsidio industrial.
El pánico en Villafría fue espantoso. El comisionado dijo que se veía en
la dura necesidad de poner en noticia de la superioridad los tesoros que
allí se ocultaban; y aterrados los mayores contribuyentes, se reunieron
al punto en las Casas Consistoriales, y, llamando al comisionado, le
rogaron que no los perdiese; que eran pobrísimos, y mentira y vanidad
las tres quintas partes de lo que habían confesado poseer. El
comisionado contestó que tal vez habría alguna exageración jactanciosa,
pero que, en verdad, eran más ricos e industriosos que lo que constaba
de una manera oficial, y que él tenía que enterarse bien de todo para
dar su informe, cumpliendo religiosamente con su deber. Los señores
contribuyentes le suplicaron que no se metiese en tales barahúndas, que
se iba a calentar demasiado la cabeza, y nadie se lo había de agradecer;
y, al fin, para acabar de convencerle, echaron entre todos una manga y
le dieron ocho mil realetes, como ayuda de costas y consuelo en los
trabajos de su peregrinación, con lo cual se fue bendito de Dios con la
música o dígase con la estadística a otra parte.
Desde que tuvo lugar esta ocurrencia, la gente de Villafría había
depuesto la jactancia y se complacía en ser humilde. La franqueza y la
sinceridad les parecían asimismo prendas muy necias y que nunca deben
emplearse con los curiosos, comprendiendo toda la práctica sabiduría del
proverbio que dice: _A quien quiere saber, mentiras en él_.
Procedía de aquí la prudente desconfianza y el hábil disimulo con que
los villafriescos hablaban con todo forastero; mas esto no impedía que
procurasen saber de él cuanto había que saber.
No fue necesario mucho ingenio para mover a don Gregorio a que dijese el
objeto de su viaje. Ya no había en esto secreto alguno, y D. Gregorio lo
dijo todo.
El pasmo y la estupefacción se extendieron al instante por todos los
ámbitos de Villafría, con la nueva de que doña Luz era millonaria:
heredera de una fortuna enorme.
Para D. Acisclo fue la sorpresa no inferior a la de todos su
compatricios.
Nada distaba más de su mente que la herencia de doña Luz; pero D.
Acisclo sabía y aguardaba la venida de D. Gregorio, aunque ignorando a
qué venía.
Poco antes de morir el Marqués, teniendo aún a la cabecera de la cama al
cura D. Miguel, con quien acababa de confesarse, había hecho venir a su
presencia al bueno de don Acisclo; y a solas con él y con el cura,
exigió de D. Acisclo, bajo juramento de guardar el más profundo secreto,
que cumpliría a su tiempo una comisión que iba a darle.
Don Acisclo prometió y juró ser muy sigiloso, y el Marqués dijo al cura
que abriese un cajón de su bufete, donde encontraría una carta cerrada y
sellada, que decía en el sobrescrito: _A mi hija Luz_.
El cura encontró luego la carta, y entonces, exigiendo también del cura
que no hablase de aquella carta con nadie, considerándola como secreto
de confesión, el Marqués le recomendó que la custodiase y no la
entregase sino a D. Acisclo, el cual no había de pedírsela hasta que
viniese a Villafría un señor llamado D. Gregorio Salinas, o hasta que
pasasen dos meses de la muerte de una señora que vivía en Madrid,
llamada la Condesa de Fajalauza. Para esto, D. Acisclo debía tener con
cautela y discreción a algún sujeto en Madrid encargado de avisarle
cuando muriese la Condesa, y no bien cumplida cualquiera de las dos
condiciones, D. Acisclo había de tomar la carta y llevársela a doña Luz.
Caso del fallecimiento del cura, la carta debía pasar a poder de D.
Acisclo, y caso de fallecer éste, él mismo debía designar a persona que
le sustituyera en el encargo de entregar la carta misteriosa.
Don Acisclo tenía, aunque envuelta en el debido respeto, tan mala
opinión del juicio de su pobre y arruinado amo, que, a pesar de toda la
solemnidad de lo que le encargaba, no quiso darle importancia alguna, y
lo que menos le pasó por la cabeza fue que aquella carta pudiese tener
relación con algo que se pareciese a dinero. Don Acisclo dio por
evidente que tal carta sería una nueva tontería del Marqués.
Sin embargo, según queda dicho ya varias veces, don Acisclo era un varón
recto y temeroso de Dios; jamás faltaba a la probidad ni a la justicia,
tratando de conciliarlas con su medro; y cumplía fielmente los encargos
cuando el cumplirlos costaba poco o nada.
Así fue que guardó el secreto de la carta durante años y años, y tuvo
siempre encomendado a un amigo de Madrid que le notificase la muerte de
la Condesa.
Ya hacía más de dos semanas que D. Acisclo había recibido noticia de
dicha muerte, y estaba aguardando el término de los dos meses o la
venida de don Gregorio.
Esta, como hemos visto, ocurrió mucho antes de que dicho término se
cumpliera.
Don Acisclo fue, pues, a pedir la carta al cura don Miguel, quien se la
entregó sin dificultad, visto que las condiciones se habían cumplido.
Don Acisclo, sabedor ya de los muchos millones que heredaba doña Luz, y
comprendiendo a las claras que la carta había de tener relación con los
tales millones, lejos de despreciarla, la consideró como importantísima
y trascendente, y se apresuró a llevarla a la persona a quien iba
dirigida.
Mientras la carta permaneció cerrada en manos ya de D. Acisclo, y sin
llegar a las de doña Luz, aunque transcurrió poquísimo tiempo, D.
Acisclo le tuvo de sobra para cavilar y forjar una risueña hipótesis
acerca de su contenido.
El Marqués, aunque al morir dejaba a su hija muy niña aún, no lo
bastante para que no conociese su soberbia, y como también conocía que
la dejaba pobrísima, había de haber presumido que su hija se quedaría
soltera. ¿Cómo, pues, iba doña Luz a manejarse con tantos millones, sin
tener a su lado a un hombre entendido y de toda confianza? ¿Y quién, en
la mente del Marqués, podía ser este hombre sino el propio D. Acisclo,
que con tanta habilidad y lealtad había administrado sus bienes? D.
Acisclo tuvo, pues, por cierto que el contenido de la carta era
recomendar a doña Luz con el mayor encarecimiento que hiciese de él su
nuevo administrador.
Ya sabía D. Acisclo, por boca de D. Gregorio, que los millones de doña
Luz estaban en fondos públicos extranjeros, y que ganaban a lo más un
seis o un siete por ciento anual. Esto le tenía indignado. Como buen
español y buen católico, se dolía de que explotasen aquel hermoso
capital, pagando tan mezquinos réditos, gentes de _extranjis_, herejes o
judíos de seguro. ¿Cuánto mejor empleado no estaría aquel dinero en
España, y sobre todo en Villafría y los pueblos cercanos? Era
indispensable traer a España aquel dinero. Don Acisclo, con arreglo a
sus doctrinas de hacer ganar a su amo ganando él, trazaba ya el plan
económico para el manejo de los millones. En vez del seis o del siete,
haría ganar a doña Luz el nueve o el diez por ciento sobre el capital;
tres por ciento de ventaja; pero, como él hallaría modo de colocar el
dinero al doce y hasta al quince, sobre buenas hipotecas o con escritura
de depósito o con otros medios conminatorios para la seguridad, por
aquello de que _el miedo guarda la viña_, D. Acisclo se veía ya
convertido en algo como director de un banco hipotecario, de un
artilugio ingenioso, de una bomba absorbente, para quedarse con todas
las tierras y ochavos de la provincia, haciendo ganar a doña Luz
muchísimo más de lo que su capital antes ganaba.
Don Jaime era desprendido, se ocupaba en cosas de ambición y de política
y no en negocios de dinero; el dinero le importaba poco, pues se había
casado con doña Luz siendo ella pobre; y sin duda encontraría muy
razonable que D. Acisclo administrase los millones e hiciese con ellos
la felicidad de Villafría, fomentando su industria y su agricultura.
Revolviendo en su mente estos alegres pensamientos, llegó D. Acisclo a
casa de doña Luz, entró en su cuarto y acertó a encontrarla sola como
deseaba.
Después de felicitar a doña Luz porque Dios había mejorado sus horas de
modo tan estupendo e imprevisto, refirió el encargo que tenía y las
circunstancias y solemnidades que hubo cuando se le hicieron.
--Venga esa carta de mi padre--dijo doña Luz con visible emoción.
Don Acisclo entregó la carta.
Ella rompió el sello, la sacó del sobre, y sin decir una palabra más se
puso a leer.
No iría mediada aún la lectura, cuando doña Luz, que comenzó a leer
sentada, se puso de pie manifestando intranquilidad.
Don Acisclo, que lo observaba todo, receló algo malo al ver aquello, y
dijo para sí:
«¡Diantre! Este marqués tenía el don de errar. ¿Si se habrá compuesto de
suerte que todo lo de la herencia venga a deshacerse como la sal en el
agua? ¿Si encargará a su hija que traspase los millones a otro sujeto?».
Mientras que D. Acisclo cavilaba, doña Luz, suspendida por un instante
la lectura, cavilaba también.
Una sonrisa arqueó suavemente los labios de doña Luz. Era el resultado
de sus cavilaciones. Don Acisclo lo tuvo por buen agüero.
Después doña Luz siguió leyendo la carta.
La sonrisa se fue acentuando cada vez más. Al cabo vino a convertirse en
risa algo burlona.
«Es curioso--pensó don Acisclo--. ¿Con qué chistes se descolgará ahora
su papá, a los doce o trece años de muerto, para que ella se ría tan
fuera de sazón?».
En esto, doña Luz acabó de leer la carta. Volvió a cavilar en silencio,
que D. Acisclo no se atrevió a interrumpir, y volvió a reírse un si es
no es descompuestamente.
Como doña Luz era la compostura personificada, D. Acisclo se aturdió con
tan insólita risa.
Hubo un instante en que cruzó por el pensamiento de D. Acisclo que doña
Luz se reía sin duda de que su padre le recomendase que le tomara a él
por administrador. Don Acisclo se enojó y se enfurruñó un poco.
Doña Luz, sin embargo, en vez de enmendarse, siguió riendo, y terminó
por prorrumpir en sonoras carcajadas.
--¿Qué pasa? ¿Qué hay de tan gracioso para reír así?--dijo D. Acisclo.
Doña Luz no contestó, y rió con más violencia.
Su risa vino a tener muy alarmantes condiciones. Se conocía que era ya
independiente de su voluntad: nerviosa, insana.
Ella se había guardado la carta en el seno.
Lo que pensaba, lo que infería de la carta era lo que la hacía reír.
Por último, D. Acisclo, viendo que la risa continuaba, empezó a
asustarse.
El rostro de doña Luz se trastornó. Un paroxismo histérico bien marcado
se apoderó de ella.
Los sollozos se mezclaron pronto con la risa, y por último, doña Luz
cayó al suelo como desplomada, y allí se agitó en fuertes convulsiones.
Don Acisclo tocó entonces la campanilla, llamó a voces a la gente de
casa, y acudieron D. Gregorio, Juana, Tomás y otros criados.
Todos se aterraron.
Las convulsiones seguían.
Juana mandó llamar al médico D. Anselmo.
Este, con los recursos de su arte, y obrando también la naturaleza,
logró volver la calma a doña Luz, la cual quedó muy postrada.
Don Acisclo y todos los allí presentes se quedaron con el deseo de
averiguar la causa moral, como sin duda la hubo, de aquel ataque
repentino, tan ajeno a la robustez y condición sana de la marquesa de
Villafría.
Doña Manolita vino a ver a la enferma, y doña Luz tampoco le confió
nada.