La tristeza de doña Luz, pasados algunos días, tuvo más de dulce que de
amarga: aunque no dejaba de ser tristeza, estaba mitigada por la
satisfacción que sentía doña Luz de haber inspirado tan viva simpatía;
por la declaración, hecha por el mismo Padre, de que ella no había sido
coqueta, y por la absolución, que ella misma se daba, después de hacer
un examen de conciencia muy rigoroso.
Doña Luz no tenía la culpa de aquel amor que agradecía, ni de aquella
muerte que lamentaba.
Su amistad, admiración y veneración al Padre no podían haber sido
mayores.
Si el Padre le hubiera inspirado otro más vivo sentimiento, ella hubiera
pecado contra Dios, contra el mundo, contra su honra y contra su decoro.
En cambio, su amor a D. Jaime era legítimo, correcto, conforme a la
clase y posición de ella, y fundado, por último, en causas no menos
poéticas que el amor que por el P. Enrique, si hubiese sido lícito,
hubiera ella podido sentir.
A fin de fortalecer y magnificar las causas poéticas del amor que tenía
a D. Jaime, doña Luz estimó muy alto el de D. Jaime hacia ella. Su
desinterés era evidente. Él hubiera hallado a cientos los partidos
mejores en Madrid. Hubiera tenido con facilidad mujer con título y con
rentas, a poco que la hubiera buscado. Don Jaime había sin duda
desdeñado por ella las más brillantes bodas. Luego la adoraba don Jaime.
Y D. Jaime, elegantísimo, de noble familia, lleno de porvenir, honrado y
respetado ya como hábil capitán y soldado valeroso, podía enorgullecer a
cualquiera mujer a quien diese su nombre y su mano. D. Jaime, además,
era joven aún, gallardo y arrogante de figura, discreto y ameno. Las
cartas que escribía doña Luz desde Madrid mostraban bien su amor por lo
tiernas y cariñosas, y su ingenio y su chiste, por lo bien escritas y
por las gracias y lances que contenían.
Doña Luz, pues, en vista de todo lo expuesto, convino consigo misma en
que estaba enamoradísima de su marido, en que tenía razón para estarlo y
para haberse casado con él, y en que su amistosa ternura por el Padre y
las lágrimas que vertía por su muerte, y hasta los besos que le había
dado, eran de orden tan distinto, que en nada se oponían ni alteraban,
ni modificaban en un ápice, ni aflojaban en un solo punto el lazo
amoroso y matrimonial que a D. Jaime la ligaba.
Pocos días faltaban ya para que D. Jaime volviese por ella. Ya había él
tomado casa a propósito, y casi la tenía amueblada. Ya había sacado el
título. Ya podían ambos esposos llamarse los marqueses de Villafría. D.
Jaime iba a llegar dentro de aquella misma semana, y era ya miércoles.
Doña Luz estaba en su cuarto, acababa de volver de misa, y había rezado
con fervor por el alma del P. Enrique, en quien de continuo y tierna y
melancólicamente pensaba, cuando entró Juana, la doncella, y dijo:
--Señora, un forastero quiere hablar con usía.
--¿Su nombre?
--Don Gregorio Salinas.
--No le conozco. ¿Qué facha tiene?
--Más bien buena que mala. Viene muy decentemente vestido, aunque de
viaje. Se conoce que acaba de llegar. Es chiquitín, regordete, colorado
como una remolacha, y se sonríe como si estuviese contento. Está, sin
embargo, de luto.
--Mira, Juana, yo no tengo gana de recibir visitas. Dile que me duele la
cabeza, que vuelva otra vez si tiene algo importante que decirme, que
hoy no recibo.
Juana salió a dar el recado, y volvió en seguida con una carta que puso
en manos de doña Luz.
--Don Gregorio Salinas--dijo Juana--, me acaba de entregar esta carta,
asegurando que será admitido en cuanto usía la lea. Dice que la carta es
su credencial.
Doña Luz, no bien tomó la carta y miró el sobrescrito, se quedó
maravillada. Reconoció la letra de su padre.
La abrió precipitadamente, y miró la firma. Era de su padre también.
Leyó enseguida la fecha y vio que la carta estaba escrita hacía más de
quince años.
La carta era lacónica. No contenía más que estas palabras:
«Querida hija: El portador de esta carta será don Gregorio Salinas,
escribano de Madrid, persona de toda mi confianza. Da entero crédito a
cuanto te diga; óyele y atiéndele; y acepta y recibe sin el menor
escrúpulo lo que te ofrezca y entregue».
--Que pase adelante ese caballero--dijo doña Luz.
Juana fue a buscarle, y D. Gregorio entró en la salita en que doña Luz
estaba.
Después de los cumplimientos de costumbre, sentados doña Luz y su hasta
entonces desconocido huésped en cómodas butacas, habló éste, con reposo
y como quien tiene mucho que decir, de la manera siguiente:
--Ya sabe usía que me llamo Gregorio Salinas. Ahora soy escribano y no
estoy mal de bienes de fortuna. Hace ventiocho años era yo un pobre
estudiante, sin una peseta en el bolsillo; pero, en cambio, ni estaba
gordo, ni tenía canas, ni calva, ni arrugas, y las gentes afirmaban,
perdone usía la inmodestia con que lo recuerdo, que era yo un bonito
muchacho, listo y gracioso. Nada tiene de extraño, por consiguiente, que
se enamorase de mí una mujer del sobresaliente mérito de mi Joaquina.
Esta Joaquina es mi esposa, para servir a usía. Quiere mucho a usía y le
manda conmigo mil respetuosas y cariñosas expresiones.
--Mil gracias--dijo doña Luz, interrumpiendo a don Gregorio--. Deje V.
el tratamiento y llámeme de usted, y perdóneme además si le digo con
franqueza que aligere su cuento porque me muero de curiosidad.
--Tenga V. calma, señora marquesa; tenga V. calma. Yo le prometo no ser
prolijo ni enojoso. Iré al grano. No crea usted que nada de lo que digo
es a humo de pajas. Todo se necesita para que V. se entere.
--Vamos, siga V., y le repito que perdone mi interrupción.
--Pues, como iba diciendo--prosiguió D. Gregorio--, mi esposa es ahora
una matronaza fresca y guapetona todavía, si bien los años no pasan en
balde. Cinco hijos me ha dado como cinco soles. Todos están a las
órdenes de V., señora marquesa. En aquel entonces, cuando el noviazgo,
era mi Joaquina una moza de lo más selecto que se paseaba por Madrid, y
servía de doncella a cierta dama de las más encopetadas, cuya privanza
tenía por completo y todos cuyos secretos más íntimos poseía.
--¿Y cómo se llamaba esa dama?
--La Exma. Sra. Condesa de Fajalauza.
Doña Luz, como quien oye un nombre que por vez primera suena en sus
oídos, se encogió de hombros y se calló. D. Gregorio siguió hablando:
--Mucho debemos mi esposa y yo a esta señora. Ella nos casó, ella nos
protegió, y ella nos dio los medios conducentes para llegar al punto de
bienestar y prosperidad a que hemos llegado. Dios se lo pague y se lo
aumente de gloria. Bien se lo merece, porque, al fin, si alguna falta
cometió, tuvo en este pícaro mundo su purgatorio. La Condesa estaba
casada con el señor más terrible que se ha conocido en nuestros días.
Todos le temblaban, empezando por su mujer. Había tenido varios lances
de los que llaman de honor, y pesaban tres muertes y varias heridas
sobre su conciencia. Tenía fama de tan diestro, que se le creía capaz de
matar de un pistoletazo un mosquito que pasase volando a cincuenta varas
de distancia, y de atravesar de una estocada al propio diablo que se
pusiese a reñir con él. Añádase a esto que el Conde era celoso como un
turco, y no porque amase mucho a la Condesa, sino por otros motivos. La
pobrecita Condesa no le había dado ninguno durante ocho años de
matrimonio. Aquella señora era una santa; muy sufrida, muy prudente y
muy buena cristiana.
Doña Luz empezó a dar visibles muestras de interesarse en la narración.
Don Gregorio siguió diciendo:
--La Condesa aportó al matrimonio cuantiosos bienes. Malas lenguas han
dado en propalar que el Conde, al casarse con ella, no tuvo en cuenta
sino su negocio. Nada de amor. La condesa se casó casi niña, excitada a
ello por su madre, y sin comprender toda la trascendencia de aquel paso.
A poco murió su madre, y la huérfana, sin hermanos ni parientes
próximos, se vio sola en el mundo, frente a frente de aquel tirano, que
más debiera llamarse tal que no esposo y compañero.
No tenía la Condesa razón alguna para amar ni respetar a su marido; pero
amaba la limpieza de su fama, y temía a Dios y veneraba los preceptos
morales y religiosos. Nada, como he dicho, hubo que censurar en ella en
los primeros ocho años de matrimonio. Vivió resignada como una mártir.
Ni siquiera tuvo el consuelo y el refugio que tienen otras mujeres,
consagrando su corazón al amor maternal. El maldito enlace fue estéril.
Los condes de Fajalauza no tuvieron hijos.
Un asunto de grande interés reclamó por aquel tiempo la presencia del
Conde en Lima. No convenía confiar a nadie el asunto que allí tenía y
que importaba una suma archi-respetable. La condesa se hallaba muy
delicada de salud y no podía acompañar a su marido en tan larga
navegación. El Conde, después de muchas vacilaciones, resolvió ir solo.
Fue, pues, y estuvo en el Perú cerca de año y medio.
Durante la ausencia del Conde no se presentó la Condesa en reuniones ni
en teatros; vivió bastante retirada, pero no faltaron galanes y
pretendientes que procurasen hacerse amar de ella. La Condesa los
desdeñó a todos. Hubo uno, sin embargo, dotado de prendas tan raras y
brillantes, tan enamorado o fingiendo con tanto arte que lo estaba, tan
discreto, buen mozo y seductor, que acertó a cautivar el alma de la
desdichada Condesa. Contribuyó mucho a este resultado, como sucede
siempre, la fama de conquistador que ya tenía el galán. Nada puede tanto
con las mujeres como el considerar que aquel que las pretende desdeña
por su amor el de otras mujeres a la moda, jóvenes, hermosas, ricas y
distinguidas.
En suma, y como quiera que ello sea, la Condesa amó al galán, y fue tal
su pasión que se dejó vencer a pesar de sus severos principios.
Estas relaciones estuvieron envueltas en el misterio más impenetrable.
Sólo mi Joaquina tuvo noticia de ellas. La Condesa era una mujer
singular. Arrastrada por la violencia irresistible de su afecto, veía a
solas a su amigo, y luego lloraba como la Magdalena, rezaba, abominaba
de sí misma como si se creyese el ser más abyecto y vil, y desesperaba
hasta de que Dios la perdonase.
En esta refriega espiritual, entre la culpa y el arrepentimiento, estuvo
ella hasta que volvió su marido.
El secreto había sido tal, que nadie había dicho ni sospechado lo más
mínimo.
El Conde, a pesar de todo, era suspicaz y receloso, y sospechó algo
desde el día de su vuelta. Tal vez la agitación de su mujer; la
repugnancia en que ella trocó la frialdad con que antes le recibía;
algunas palabras, algunos suspiros, algún ¡ay! delator que le oyó en
sueños, bastaron a ponerle sobre la pista.
Una noche, mientras dormía la condesa, su marido se apoderó de la llave
del escritorio de su mujer y registró detenidamente cuanto en él
encerraba. La Condesa había cometido la imprudencia de conservar las
primeras cartas que le escribió su amante y el Conde pudo leerlas. Por
dicha, estas cartas no probaban la completa complicidad de la Condesa.
Hasta podía ella haberlas conservado, no por amor a quien las escribió,
sino por vanidad y como testimonio de haber sido tan amada. Las cartas
bastaron, no obstante, para que el Conde tuviera escenas espantosas con
su mujer. Si las cartas le hubiesen probado su culpa, el Conde la
hubiera asesinado. Como las cartas no eran más que un indicio, el Conde
se limitó a atormentar a su mujer y a desconfiar de ella y a vigilarla.
Con un pretexto plausible se trajo a vivir en su casa a una hermana
solterona que tenía, la cual era una furia del infierno. Esta mujer fue
desde entonces la espía, la acompañante, la dueña, la negra sombra de la
Condesa.
En cuanto al galán, cuyo nombre descubrió el conde por las cartas,
también las cartas le costaron caras. El Conde, a fin de que nadie se
enterase y procurase inquirir el motivo, buscó al galán y le obligó a
reñir con él a la espada, sin ninguno de los trámites y formalidades del
duelo. El galán quedó mortalmente herido en su propia casa, y sólo por
un milagro de la cirugía pudo salvar la existencia.
--Sabía ese lance de mi padre--dijo doña Luz--, pero ignoraba quien fue
su adversario y la causa del lance. Prosiga V., Sr. D. Gregorio.
--Ya que sabe V. que el galán era el señor Marqués, su padre de V.,
seguiré este relato designándole con su nombre. Si alguna frase se me
escapa que pueda lastimar, aunque sea levemente, la memoria del señor
Marqués, doy a V. desde luego un millón de excusas.
Doña Luz hizo un gesto y movió la cabeza como si quisiera indicar que
las excusas estaban aceptadas de antemano.