Glorioso tránsito

Con la ausencia de D. Jaime, que no debía prolongarse más de un mes,

quedó doña Luz algo melancólica, si bien de dulce melancolía; pero con

el espíritu más libre y sereno para volver a sus antiguos amigos, en los

ratos en que a solas no se recreaba con el recuerdo del dueño ausente.

Doña Luz había vivido como en éxtasis, y ahora volvía en sí, y no sólo

pensaba en su amor y saboreaba toda su ventura, retrotrayéndola

reposadamente a la imaginación, sino que sentía, según suelen sentir las

personas todas que se juzgan felices, la necesidad de expansión y el

prurito de estar amable, como si quisiera hacerse perdonar el bien que

poseía; bien, que, por ser tan poco y tan raro en la tierra, siempre

parece que a costa de alguien se disfruta.

Ello es que la tertulia de casa de D. Acisclo volvió a renacer,

trasladándose a casa de doña Luz.

Los íntimos asistían a ella todas las noches; a saber, don Acisclo, D.

Anselmo, el cura, Pepe Güeto, su mujer y el P. Enrique.

La pasada animación renació también con la tertulia. Don Anselmo,

excitado, volvió a desenvolver sus doctrinas de positivismo, y el Padre,

cediendo a las instancias de doña Luz y de su amiga, volvió a discutir

con su acostumbrada dulzura, tranquilidad y sosiego.

El P. Enrique ni estaba más pálido, ni más flaco, ni más caído que

antes. En su voz no se notaba jamás la menor alteración; nada de

violento ni de atormentado en sus ademanes ni en su gesto.

Doña Luz solía mirarle, y aun examinarle, con inquietud y disimulo; y no

descubriendo el menor síntoma de la pasión que algunas veces había

supuesto en él, se sosegaba y alegraba, desechando todo recelo, si bien

con una sutilísima y apenas perceptible mortificación de amor propio. Se

diría que doña Luz procuraba taparse los oídos interiores del alma, y

que, a pesar de esto, oía a veces una voz honda, delgada y penetrante,

que la zahería, diciendo:

«¿Es posible que hayas sido tan vana que hayas imaginado que te amaba

este bendito siervo de Dios? ¿No es ridículo que te hayas atormentado de

puro presuntuosa, calculando los estragos de un mal involuntario que

suponías haber hecho? ¿No temes que el diablo se ría de ti, y que Dios

también se ría, si en Dios cabe risa, cuando miren en lo interior de tu

conciencia y vean cuánto te halagaba, a la par que te asustaba, la fatua

invención de que ibas a matar de amor y de celos a este pobre fraile?

Mira qué impasible está. Desengáñate: él piensa en sus devociones, en

sus libros, en sus estudios, en las obras que escribe, y nada se le

importa de que estés casada o de que estés soltera. ¡Buen castillo de

humo levantó tu orgullo! ¡Curiosa leyenda de amores románticos y

desesperados forjaste allá en tus adentros!».

Doña Luz, al oír esta malvada voz, que era sin duda voz del infierno,

tenía miedo a que le pesara de que el amor del P. Enrique y sus celos y

su desesperación fuesen ilusorios.

Por dicha, doña Luz era buena, y era además enérgica y briosa de

voluntad, y pronto imponía silencio a la voz y apaciguaba en su pecho la

turbación y alboroto que la voz causaba.

Lo más sano y lo más razonable era dar por seguro que el Padre no había

pensado en ella jamás sino como se piensa en un prójimo predilecto, y

que de esto debía ella alegrarse de corazón, y que de esto se alegraba.

Doña Luz, pues, quiso que en lo exterior, en sus relaciones con el

Padre, en sus conversaciones y trato con él, no se introdujese novedad.

Toda novedad le parecía acusadora de que antes había habido un

sentimiento ilícito que ella había extirpado de su alma, y que, si aún

existía en la del padre, era más ilícito y feo.

Pudo tanto en doña Luz esta idea, que casi extremó más que nunca sus

muestras de cariño y predilección hacia el P. Enrique. Le tomaba la

mano, le miraba con indecible ternura, le sonreía embelesada, le

aplaudía como sentencias punto menos que divinas todas sus frases, y

buscaba su conversación y se hechizaba con ella.

El Padre tenía el don raro y funesto de ver en el fondo de los

corazones, y veía en el de doña Luz, y ya, advertido por el desengaño,

conocía el ningún valor amoroso que todas aquellas demostraciones

tenían. Pero así la dulzura de las demostraciones como el pensamiento de

su pertinaz y mal pagado amor le destrozaban el pecho.

¿Qué sabemos si esto procedía de soberbia o de virtud cristiana o de

ambas cosas a la vez, ya que en el espíritu del hombre se mezclan y

combinan a veces los buenos y los malos instintos, y combaten ángeles

buenos y malos, movidos por encontradas razones, y conspirando, no

obstante, al mismo fin? Lo cierto es, que ni en una queja, ni en un

suspiro, ni en una mirada, ni en una palabra, por sutilmente que

quisiera interpretarse, reveló jamás el Padre Enrique, ni dejó entrever

a los curiosos y ávidos ojos de doña Luz la tempestad oculta en el

centro de su alma.

No acudir a la tertulia como hasta allí había acudido, e irse del lugar

o a Filipinas o a otro país cualquiera, apenas doña Luz casada,

parecíale al padre mísera flaqueza y confesión pública de su pasión

criminal. Imaginaba que, retrayéndose de todo o fugándose, iba a dar

escándalo, iba a hacer creer lo que hasta allí nadie tal vez había

creído. El padre tenía vergüenza de que nadie, vivo él, llegase a

adivinar su profano amor; pero de nadie tenía más vergüenza que de doña

Luz.

«Muera yo, Dios mío, muera yo--decía--, antes de que ella sepa que la he

amado, que todavía la amo».

Para lograr esto, el Padre empeñó consigo mismo la lucha más atroz. Era

menester más dominio sobre la natural condición para vencer en esta

lucha que el del esparciata que sin verter una lágrima y sin lanzar un

quejido se dejó desgarrar el cuerpo por las uñas de una fiera. Ni enojo,

ni envidia, ni celos, ni amor se propuso mostrar el P. Enrique, sino

amistad finísima e inalterable como siempre. Y lo consiguió de tal modo,

que doña Luz acabó por desechar toda sospecha de que el Padre la hubiese

amado nunca. Entonces le juzgó muerto para cuantos afectos vienen a

nuestro ser por los sentidos; le creyó inaccesible a cuanto no pasa

directamente de Dios al espíritu. Así explicaba mejor, dejando a salvo

su vanidad, que el Padre no la hubiese amado.

Entendía también doña Luz que allá en su pensamiento había ofendido al

Padre, imaginándosele enamorado. Y así por desagravio, como por la

superior admiración que su impasibilidad le causaba, como por el

convencimiento más firme cada vez de que no habría de enamorarle,

hiciera lo que hiciera, se dejó llevar de su afición a prodigarle

finezas y a darle las pruebas más lisonjeras de amistad profundísima.

El espíritu es fuerte y lo sufre todo; pero nuestro cuerpo es débil, y

el espíritu que encerrado en él acomete empresas inhumanas, superiores a

las fuerzas del cuerpo, acaba por matarle.

Allá en su mocedad, cuando estaba sano y robusto, el Padre había hecho

grandes penitencias y había sido duro y terrible con su pobre cuerpo.

Más tarde, fatigado y quebrantadísimo por sus trabajos, cedió al consejo

y mandato de médicos y confesores, y se cuidó y no abusó. La idea de que

los excesos de la vida ascética eran como un lento y doloroso suicidio y

de que rayaba en perversión el deformar y destruir en nosotros la más

hermosa obra del Todopoderoso, este ser y esta forma de que el alma se

reviste en la tierra, y que las mismas Sagradas Escrituras llaman templo

del Espíritu Santo, había acudido a la mente del Padre, moviéndole a

desistir de materiales mortificaciones.

El Padre desde entonces cuidaba de su cuerpo como cuida el esclavo de

una prenda, de una máquina que su señor le confía, a fin de que

sirviéndose de ella haga que la hacienda prospere. Lo que este modo de

pensar pudiese tener de orgulloso lo disipaba el Padre, concediendo en

su mente que en absoluto Dios no necesitaba de él para nada; que su ser

no valía más que el de otro hombre cualquiera; pero que Dios le había

creado para algo y no para que se destruyese, ya que destruirse era

infringir una ley divina, turbar o querer turbar el armónico conjunto de

las cosas, y distraer violentamente una fuerza viva del punto de acción

que la naturaleza le ha marcado.

Cediendo a todas estas consideraciones, el P. Enrique miraba por su

salud y por su vida, sujetándose a un régimen ordenado y bueno.

No se hería materialmente, no se atormentaba largo tiempo hacía con

ayunos, con cilicios y con vigilias forzadas; pero en este combate

misterioso en que se aventuró, en este silencio y disimulo, en esta

aparente impasibilidad que adoptó, en esta dominación tiránica con que

su espíritu angustiado quiso imponer e impuso al cuerpo que no dejase

traslucir su dolor ni en ayes, ni en llanto, ni en una contracción

siquiera de los músculos del rostro, ideó el padre, tal vez sin querer,

el más espantoso de los martirios, verdadera venganza, rudo castigo de

su culpa, si culpa hubo.

El atleta en la fuga de los más briosos ejercicios, el guerrero mientras

riñe la más brava batalla, sostenidos por el entusiasmo y por la

excitación nerviosa, no sienten su cansancio ni llegan a postrarse. La

postración no sobreviene sino después del triunfo. El soldado de Maratón

no cayó muerto hasta que dio a los atenienses la nueva de la victoria.

No de otra suerte el P. Enrique sostenía maravillosamente su papel,

mientras que estaba en presencia de doña Luz o en presencia de otra

persona cualquiera. Pero en el retiro de su cuarto, como si se aflojasen

los resortes que tenían sus nervios en perpetua tensión, solía caer

desfallecido. Mal ahogados suspiros brotaban de su pecho, en el cual

sentía opresión dolorosa; tenía vértigos, la vista se le nublaba, se le

dormían los dedos o notaba en ellos calambres e insólito frío; las

imágenes y especies que guardaba su memoria se revolvían en confusión;

le dolía la cabeza y hasta se le trababa la lengua y tartamudeaba cuando

hablaba con Ramón, su criado.

Repetidos ataques de este género tuvo el P. Enrique, siempre en la

soledad de su estancia. El Padre tenía algunos conocimientos médicos, y

él mismo se curaba con auxilio de su criado. Ya se hacía poner

sinapismos, ya dar fuertes fricciones, ya se aplicaba a la nariz cierta

hierba, por cuya virtud provocaba una ligera emisión de sangre, ya se

cubría la cabeza con un lienzo mojado en agua fría.

Cuando se aliviaba de su mal no dejaba nunca de decir a Ramón:

--Esto no ha sido nada. Cállate y no digas a nadie que he estado

enfermo.

--Bien está, mi amo; contestaba el criado.

Así las cosas, en una mañana, que era la del día décimo después de la

partida de D. Jaime, el Padre Enrique tuvo un ataque más fuerte que los

anteriores.

Aquella noche, según contó después Ramón, el padre no había podido

dormir: había estado agitadísimo. Ramón le había sentido andar a grandes

pasos por el cuarto. Había acudido de puntillas para que no se enojase

de que le espiara, y le había visto escribir. Después había vuelto a

notar que andaba en el cuarto. El padre se durmió, por último, pero con

un sueño que asustó bastante a su fiel criado; sueño fatigoso,

acompañado de un ronquido o silbo a manera de estertor. Su rostro estaba

demudado y más pálido y ojeroso que ordinariamente.

Ramón, con todo, tal respeto tenía a las órdenes que su amo le daba, que

no se atrevió a llamar al médico. Tampoco se atrevió a despertar al

Padre.

Este despertó por sí, pero su despertar fue tremendo. Tenía inmóviles

los músculos de la cara; paralizada la lengua que no podía pronunciar

palabra alguna; la mirada incierta, y las extremidades del cuerpo

rígidas y frías como el mármol.

Ramón, desolado y lleno de terror, acudió en busca de D. Anselmo y llamó

a D. Acisclo para que acompañase a su sobrino.

Don Anselmo vino pronto, y apenas vio e inspeccionó al enfermo, mostró

en su semblante consternado el cuidado que le inspiraba.

--Sea V. franco, D. Anselmo--dijo don Acisclo--: ¿qué tiene mi sobrino?

--Es un caso muy grave--contestó tristemente el doctor.

--¿Cómo es posible? ¿Quién lo creyera--replicó don Acisclo--, cuando

ayer estaba tan bueno?

--Usted no lo creyó porque no veía el mal que interiormente le mataba.

Su sobrino de V. es harto sufrido y sabe disimular. ¡Ojalá no hubiera

disimulado tanto y hubiéramos podido llegar a tiempo!

--¿Qué, entiende V. que no es tiempo ya?

--Señor D. Acisclo, usted quiere de corazón a su sobrino; pero usted es

valeroso y entero de alma. ¿Para qué rodeos? Menester es que lo sepa V.

todo. El Padre se halla en el mayor peligro.

--¿Qué enfermedad es la suya?

--Una enfermedad más rara que en los robustos y sanguíneos, en los

flacos y entecos, y, por lo mismo, en éstos mucho más peligrosa. Quizás

asiduos trabajos intelectuales, atroces disgustos, prolongadas vigilias,

la agitación del alma duramente refrenada y el fuego comprimido de las

pasiones, obran misteriosamente en nuestro organismo y promueven esta

explosión: el corazón se hincha, adquiere una fuerza enfermiza e

irregular, y de repente inunda el cerebro de sangre.

--¿Qué quiere V. significar con todo eso?

--Quiero significar que su sobrino de usted tiene una apoplegía

fulminante.

Don Acisclo, que amaba a su sobrino, que le consideraba como el

complemento de la gloria de su familia, de la que él era el otro

complemento, tuvo un sincero y hondo dolor, y estimuló con súplicas y

lamentos el celo del médico.

No necesitaba éste de estímulos. Deseaba volver la salud al Padre; pero

conocía que su situación era desesperada, que sólo un milagro podía

salvarle, y él no creía en milagros. Humanamente, entre tanto, hizo

cuanto pudo y supo. No quiso sangrar al enfermo porque le encontraba

débil en demasía, pero le dio los medicamentos más enérgicos y conocidos

para estos casos.

A fin de evitar o hacer que cediese la inflamación de las membranas de

la cabeza, le puso un cáustico en la espalda junto a la nuca, y se valió

de revulsivos para llamar la sangre y el calor a las extremidades.

Todo, no obstante, fue en vano.

La noticia de la enfermedad del Padre corrió en seguida por el lugar y

llegó a los oídos de doña Luz, quien vino al instante a verle.

¿Quién sabe los extraños y tristes pensamientos que atormentaban a doña

Luz, cuando entró en el cuarto donde el padre estaba en cama; en el

cuarto mismo que ella había ocupado hasta que se casó y donde había

dormido durante más de doce años?

Silenciosa y grave llegó doña Luz hasta la cabecera. Allí, con la cabeza

levantada y sostenida por varias almohadas, estaba el Padre sin dar

señal alguna de conocimiento. Los ojos como dormidos, entornados los

párpados, muda la lengua. Tal vez sentía, veía y comprendía aún; pero no

tenía medio de comunicar sus impresiones por carencia de fuerza

muscular.

Largo rato le miró doña Luz sin pronunciar palabra. Al fin rompió en

amargo lloro. Se sentó luego en una silla en el más oscuro rincón de la

alcoba, y permaneció callada y llorando, y procuró que olvidasen su

presencia allí.

Con la agitación de los tres asistentes del enfermo, hubo un momento en

que dejaron sola con él a doña Luz.

Ella se alzó entonces de su asiento, y volvió a mirarle con fijeza, con

obstinación, con atracción invencible, como el viajero cuando va por el

borde de un precipicio mira el abismo que le atrae, y ansía ver lo que

hay en lo más hondo y tenebroso de su seno.

Las lágrimas de doña Luz brotaron con mayor abundancia entonces. Creyó,

como nunca, con más vehemencia que nunca, que aquel hombre y su Cristo

muerto se parecían. Imaginó, o vio en efecto, que el Padre, inmóvil,

sentía y comprendía allá en su interior, y que la miraba haciendo un

esfuerzo para dominar aún, con el brío de la voluntad, los nervios y

músculos inertes que ya no le obedecían. Entendió, por último, que la

mirada del enfermo era suplicante, amorosa, tristemente dulce. Por un

impulso irresistible, hondamente conmovida, casi sin darse cuenta, sin

reflexionar y sin vacilar también, como no vacila ni reflexiona lo que

se mueve impulsado por una fuerza fatal, doña Luz acercó suavemente el

rostro al del Padre, y puso los labios en su frente macilenta, y luego

en sus dormidos párpados, y luego en su boca, ya contraída, y los besó

con devoción fervorosa, como quien besa reliquias.

No pudo más doña Luz. Exhaló un ¡ay! agudo y cayó desmayada en el suelo.

El padre siguió inmóvil como estaba antes.

Don Anselmo, D. Acisclo y Ramón acudieron en seguida.

--¡Qué disparate!--dijo don Anselmo--. ¿Cómo hemos dejado aquí sola a

esta señora? Esta señora es muy vehemente, y no conviene que esté aquí.

Además, el enfermo necesita soledad.

Doña Luz se recobró a poco, y sin resistirse a las últimas palabras de

D. Anselmo, que pudo oír y entendió bien, salió del cuarto del Padre.

Tres horas después el P. Enrique había dejado de existir.

Raro es el ser humano cuya memoria sobrevive largos años a la muerte. El

tiempo acaba con el duelo, la tierra consume el cadáver y el olvido

devora los recuerdos. Pero siempre o casi siempre, a poco de morir,

sobreviene para todo hombre el momento de mayor indulgencia, afecto y

estimación que le concede el mundo. Los que no se percataban del vivo

por insignificante, piensan en él cuando muerto, pues con morir hace lo

más digno de conmemoración de su vida; _realiza su esencia_, como dicen

los filósofos a la moda: los que le envidiaban deponen la envidia; los

que le odiaban el odio; los que estaban hartos de verle se alegran

interiormente con que ya no le verán, y para desagraviarle de esta

alegría, y evitar que venga por la noche, en pena, a tirarles de los

pies, hacen de él los mayores encomios; todos sus defectos desaparecen

por lo pronto, como si se hundiesen en el sepulcro, y sólo se ven sus

perfecciones; en resolución, el muerto se reconcilia muriéndose con casi

todo el género humano, por lo mismo que se va y deja siempre algo que

heredar: cuando no quintas y palacios, un puesto al sol para pedir

limosna.

Sea como sea, con la muerte del Padre, de quien, salvo la tertulia,

nadie hacía ya caso en Villafría, hubo en todo el lugar una

recrudescencia de cariño y de entusiasmo hacia él. Se dieron a admirarle

y a celebrarle mil veces más que en el día de su llegada. Por lo mismo

que apenas le habían tratado, la imaginación vulgar pudo inventar y

fantasear a su antojo. Se ponderaron sus virtudes. Se sacaron a relucir

muchas obras de misericordia que en efecto había hecho. Se bordó la

sencilla historia de su muerte con mil pormenores que tocaban en lo

maravilloso. Hubo beatas que supusieron que el mismo Padre había

anunciado con exactitud el día y la hora de su glorioso tránsito, y no

pocas acreditaron que había muerto en olor de santidad y que don Acisclo

debía tratar de canonizarle, enviando a Roma con este fin un expediente

bien claveteado.

Algunas personas incrédulas del lugar querían dar a entender que todo

esto se decía para adular a don Acisclo, el cual lamentó de verdad la

muerte del sobrino y le elogió en todos los tonos que él podía emplear.

Por lo demás, incrédulos y crédulos, ora por hacer coro a D. Acisclo,

ora porque así lo sintiesen, todos convenían en que el muerto había sido

lo que se llama un bello sujeto, lleno de discreción y de bondad, y

hasta santo, entendiendo cada cual la santidad a su manera.

Nadie, sin embargo, lloró con más ternura, tuvo más honda pena por la

muerte del P. Enrique que la persona que tenía o creía tener indicios de

que él no había sido santo del todo. Doña Luz durante los primeros días

estuvo desolada.

Acrecentaban su pena singulares cavilaciones. Por una parte cierto

orgullo, cuando volvía a creer que ella le había infundido una pasión

homicida, y luego el horror que le causaba dicho orgullo; por otra parte

la confusa sospecha y el vago remordimiento de que ella por instinto

abominable, aunque sin reflexión, había provocado y hecho nacer aquel

extravío en alma antes tan tranquila y dichosa; y por último la duda de

que todo fuese sueño de su vanidad. ¿No podía doña Luz haberse forjado

una novela? ¿Qué le había dicho el Padre para que le creyese enamorado?

¿Se había muerto de amor o de apoplejía? La romántica, la sentimental

era ella, que le había besado locamente cuando expiraba.

«¿Si habré sido yo la liviana, la sandia y la extravagante? ¿Si habré

estado enamorada del fraile, que no pensaba en mí sino con inocente y

sencillo afecto paternal?».

Al cavilar así doña Luz se llenaba de vergüenza y temblaba como una

azogada y se enojaba contra sí misma, juzgándose delincuente, loca y

hasta infiel.

Mientras pasaba esto en el ánimo de doña Luz, don Acisclo repartió entre

sus hijos o guardó para sí los pocos y pobres objetos que el Padre había

dejado, y que más habían de conservar como sagrada memoria que por el

escaso valer que tuviesen.

En esta partición reservó D. Acisclo para doña Luz los pocos libros que

el fraile poseía.

No ignoraba D. Acisclo que el padre estaba escribiendo una obra y hasta

pensó en que podría él darla a la estampa, aunque hubiese quedado

incompleta. Buscó, pues, el manuscrito, le halló, y considerando que las

dos únicas personas capaces de entender en el lugar aquello que él

llamaba una _monserga_ eran D. Anselmo y doña Luz, y que D. Anselmo por

ser impío no apreciaría tan bien la _monserga_ como doña Luz, que era

creyente, no titubeó en llevar el manuscrito a doña Luz, sin abrir

siquiera sus páginas, porque le estorbaba lo negro, como no fuesen

cuentas en que él saliera ganando y con alcances a su favor.

Doña Luz recibió con veneración el manuscrito del Padre, y no bien D.

Acisclo la dejó sola, le abrió con ansiosa curiosidad y se puso a

leerle. En su impaciencia hojeaba y recorría todas las páginas,

devorando al vuelo su contenido, procurando comprender el conjunto, y

dejando para después el leerlo todo con detenimiento.

A poco de hojear, dio doña Luz con las hojas sueltas. Su vista se fijó

en ellas. El corazón le dijo que algo de muy interesante encerraban.

Entonces las leyó con pausa, con interrupciones, con muy frecuentes

interrupciones, porque el llanto se agolpaba en sus ojos y la cegaba y

no le consentía que leyese.

En cada una de estas inevitables interrupciones, en voz baja como si

temiera ser oída, con las palabras entrecortadas por los sollozos,

exclamaba doña Luz:

--Era cierto. Era cierto. ¡Me amaba, Dios mío! ¡Cuánto, cuánto me amaba!

A lo último, más allá y después de lo que conocemos, la víspera de su

muerte, el P. Enrique había escrito lo que sigue, que también leyó doña

Luz:

«Estas páginas, si no las rasgo o las quemo, irán indefectiblemente,

después de morir yo, a las hermosas manos de ella. Ya entonces no me

avergonzaré de que ella sepa mi amor. Perdona, Dios mío, mi nueva culpa.

Quiero que ella le sepa. ¿En qué el saberlo podrá turbar la dicha y la

paz de su noble vida? Ella me ha amado, ella me ama como un ángel ama a

un santo, y yo la he amado como un hombre ama a una mujer. Sería yo

hipócrita si no le revelase que no merezco su amor angelical; que yo la

amaba como ama un pecador. Es menester para mi eterno reposo que ella me

perdone por haber convertido en veneno el bálsamo y su afecto inocente

en incentivo vicioso; por haber alimentado con la purísima luz de sus

ojos este fuego del infierno que me abrasa y que mancha lo limpio de su

imagen que llevo grabada en el alma. A pesar tuyo, Dios mío, a pesar

tuyo y en contra tuya, la llevo grabada con rasgos indelebles. Todo el

brío de mi voluntad, toda la fuerza del cielo, todas las penas del

infierno no podrán arrancarla de allí. Doña Luz y el amor de doña Luz

viven vida inmortal en mi espíritu».

Al terminar la lectura, el dolor de doña Luz se hizo más agudo; las

lágrimas acudieron más abundantes a sus ojos; los sollozos parecía que

iban a ahogarla; pero, como luce el iris entre las nubes negras, una

dulce sonrisa de triunfo y de gratitud por aquel amor, que sólo perdón

solicitaba, brilló en los rojos y frescos labios de la gentil señora.

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Doña Luz · 第 25 / 30 题