Don Jaime, entre tanto, había traído para la novia un hermoso traje, y
collar y pendientes y broche muy ricos de diamantes y perlas. Doña Luz
no pudo menos de reprenderle por esto. Tildó su excesiva generosidad de
desatino, de imprevisión y de censurable despilfarro. Ella misma sintió
como remordimientos de ser causa de aquel gasto ruinoso; pero los
remordimientos de doña Luz iban mezclados con una dulzura grandísima, al
reconocer ella en aquel gasto la más irrefragable prueba de amor. Las
censuras severas, que su buen juicio le dictaba, salían de sus labios
neutralizadas ya por la sonrisa y por la blanda languidez del acento con
que las profería, y acababan de perder todo su valor, convirtiéndose en
apasionadas muestras de gratitud, merced a las miradas cariñosas con que
las acompañaban sus ojos.
Doña Luz distaba mucho de ser vana, y distaba más aún de ser codiciosa.
No la movía el interés; no la deslumbraba el brillo del oro y de la
pedrería. Lo que la encantaba era la locura misma que D. Jaime hacía por
ella, el desprendimiento generoso y el sacrificio desmedido que
representaba aquel regalo, en proporción a la fortuna de D. Jaime.
El regalo, pues, si ya no hubiese estado doña Luz tan prendada, hubiera
acabado de enamorar y seducir su corazón.
Doña Luz, que se creía dotada de un instinto infalible para adivinar por
el rostro la índole de las personas, había fallado desde luego que D.
Jaime era franco y generoso. El regalo la corroboró en su buen concepto.
Don Acisclo, cauteloso y prudente, no bien había sabido que doña Luz
trataba de casarse, aunque conocía con certeza el nacimiento, la
posición y los bienes de D. Jaime, propuso a doña Luz que él pediría
informes acerca de la conducta del novio. En sentir de D. Acisclo, era
menester saber si en Madrid había dejado relaciones amorosas, si era
jugador o calavera, si tenía algún hijo natural y otros pormenores por
el estilo.
Doña Luz contestó que le indignaba tal espionaje; que su amor a don
Jaime era la mayor garantía del valor de D. Jaime: que si ella dudase de
él no le amaría; y que amándole, ella misma se ultrajaba, dudando de él.
Don Acisclo oyó estas y otras razones que le parecieron enrevesados y
absurdos tiquis-miquis; no hizo de ellos el menor caso; y escribió y
pidió informes a varios sujetos muy conocedores de todo en Madrid. Los
sujetos respondieron concordes que D. Jaime era un varón discreta y
altamente morigerado; que no tenía ni había tenido relaciones que le
comprometiesen; que no jugaba, o que si jugaba, no perdía; y, en cuanto
a los hijos, que lo único que podían asegurar es que no habría ninguno
que pidiese a don Jaime que le reconociera por tal, dándole su nombre,
pues ya ellos, si existían, tendrían el suyo cada uno.
Se guardó muy bien D. Acisclo, aunque palurdo, de referir a doña Luz, en
todas sus cínicas menudencias, el resultado de sus investigaciones; pero
no quiso ocultarle que las había hecho, y, lleno de júbilo, se complació
en declarar a doña Luz que casi había venido a averiguar que D. Jaime
era un dechado de virtudes.
Llegó, por fin, el día en que se celebró la boda sin el menor aparato.
El cura D. Miguel casó a doña Luz y a D. Jaime. Sólo fueron testigos o
se hallaron presentes D. Anselmo, Pepe Güeto y su mujer, don Acisclo y
dos de sus hijos, un íntimo amigo de don Jaime, venido para ello de la
corte, coronel de caballería, y llamado D. Antonio Miranda, y los
criados de la casa de D. Acisclo.
El P. Enrique fue también testigo de la boda. Su fuerza de voluntad
triunfó de todos los obstáculos. Estuvo impenetrable. Nadie hubiera
podido sospechar que aquel tranquilo y alegre testigo de la boda era el
mismo que había escrito, pocos días antes, las apasionadas palabras que
ya hemos leído.
El P. Enrique no se olvidó de nada. Habló a doña Luz con el mismo afecto
de siempre y a D. Jaime con la más amable cordialidad.
No quiso tampoco ser menos que Pepe Güeto y doña Manolita, dejando de
hacer un presente. Sus medios no alcanzaban para comprar joyas, ni él
las poseía; pero conservaba aún, a pesar del regalo hecho a D. Acisclo
cuando vino de Filipinas, varias armas japonesas, chinescas e indias,
con las cuales se podía formar una bella panoplia, y un extraño ídolo de
bronce que representaba al dios Siva. Este fue el presente que hizo el
padre Enrique a don Jaime para que adornase su despacho.
El P. Enrique se había venido a vivir en casa de su tío la víspera de la
boda, dejando libre la casa de doña Luz, donde ésta se fue a vivir con
su marido en cuanto se casó.
La luna de miel empezó entonces para doña Luz, no menos dulce y más por
lo sublime que la de su amiga doña Manolita. Con el trato y la
convivencia, lejos de menguar la estimación que tenía ella a don Jaime,
se aumentó de continuo, descubriendo doña Luz en su marido o creyendo
descubrir nuevas prendas de entendimiento y de carácter.
Sea efecto de la educación o de la naturaleza, lo cierto es que mientras
al hombre, por lo general, le enoja saber que su mujer, su novia o su
querida ha tenido otros amores, a la mujer le encanta y enamora más
saber que su marido o su amante los tuvo. Y esto por recatada que ella
sea y por celosa que se muestre. En una mujer son las prendas que más
las honran la honestidad y el recato; en un hombre el entendimiento y el
valor. De aquí que hasta la doncella más religiosa y moral, lejos de
mostrar repugnancia por su futuro cuando entrevé que ha sido hombre de
las que llaman ahora _buenas fortunas_, se entusiasma, se encapricha o
se apasiona más por él.
Las tales _buenas fortunas_ dan testimonio para ella del mérito del
galán que tan amado ha sido; prestan mayor valor a que el galán se haya
enamorado de ella, pues que la ha preferido entre muchas a quienes podía
rendir o tenía ya rendidas; y hasta parece como que da a ella una misión
alta y moralizadora y lisonjera, a saber: la de apartar a su amante, en
virtud de superiores y más puros atractivos, de la senda algo extraviada
que antes seguía, de darle la jubilación en su empleo de seductor y de
travieso, y de convertirle en inofensivo, sosegado y juicioso padre de
familia.
La buena educación, las leyes rígidas del decoro, las que se designan
con el nombre o frase francesa de _conveniencias sociales_, no
consienten que un galán se jacte de sus pasadas conquistas ante la mujer
honrada a quien pretende o a quien ya enamora y posee; pero estas
conquistas, no reveladas por él y sabidas por ella, contribuyen
extraordinariamente a que el amor de ella suba de punto. El haber sido
feliz en amores es y ha sido siempre para el hombre el medio más eficaz
de seducción. Y esto desde los tiempos heroicos y primitivos hasta
nuestros días.
Cuando las citadas conveniencias sociales no lo vedaban, los galanes
empleaban siempre, como recurso para rendir y cautivar corazones, el
recuento de sus felices amoríos ya pasados. Homero, que lo sabía o lo
adivinaba todo, nos refiere que hallándose Júpiter en el Gárgaro, que es
el más alto pico del Ida, Juno fue a verle con el cinturón de Venus
oculto, en el cual cinturón están los hechizos todos del amor, que roban
la prudencia a los varones más circunspectos y razonables. Júpiter,
pues, al ver a Juno, se dejó vencer por la fuerza de aquellos hechizos;
la requirió de amores con la mayor vehemencia; y no encontró modo mejor
de someterla a su propósito y deseo que el de citarle todas sus
travesuras y lances galantes, asegurando que en ninguno de ellos, ni con
Dánae, ni con Leda, ni con Europa, ni con las demás princesas y ninfas
que había seducido, se había sentido nunca tan _emocionado_, permítaseme
la palabrota, como en aquella ocasión. Nada, en efecto, podía lisonjear
más a Juno que el que Júpiter la dijese que ella tenía mayor poder que
las otras para _emocionarle_.
Algo de esto, ya que el corazón es el mismo siempre, se realizaba en el
de doña Luz, sin necesidad de que D. Jaime trajese a cuento sus pasadas
conquistas, imitando la desvergüenza patriarcal del hijo de Saturno.
Doña Luz sabía que D. Jaime había sido adorado en Madrid; y, al verle
tan prendado, tan rendido y tan amoroso y humilde, se llenaba de
orgullosa complacencia, juzgándose mil veces más amada que todas sus
antiguas rivales. Para completar su satisfacción, hacía además doña Luz
un deslinde crítico, acerca de este negocio, que rara vez dejan de hacer
las mujeres de su condición y en sus circunstancias. El amor de D. Jaime
por las otras mujeres había sido profano y pecaminoso; el que a ella
tenía era virtuoso y santo; para las otras había nacido de capricho, de
vanidad, de extravío juvenil o de otras pasiones ilegítimas; para ella
nacía el amor de D. Jaime del manantial más elevado y puro del alma, el
cual, con su benéfica corriente, iba purificando el corazón de su amigo,
borrando de él toda huella y toda mancha de las pasadas culpas y
dejándole más limpio que el oro. Toda esta santificación y limpieza
íntima era obra poco menos que milagrosa y sobrehumana del amor de doña
Luz y del fuego purificante de sus ojos.
Apenas hay mujer, por cándida que sea, que se atreva a decir a nadie
esto que aquí se apunta; pero las más de ellas, cuando se encuentran en
la posición de doña Luz, lo sienten y lo creen a pies-juntillas, aunque
se lo callan por temor de las burlas irreverentes de incrédulos y
bellacos.
Dimanaba de todo algo como embriaguez de felicidad para doña Luz. Su D.
Jaime parecíale un Dios; pero un Dios que la adoraba a ella y que había
de vivir siempre rendido a sus plantas.
De aquí que doña Luz aniquilase y como embebiese su voluntad en la de D.
Jaime, cediendo a todo lo que él deseaba.
Doña Luz cedió en el empeño de quedarse a vivir en Villafría y consintió
al cabo en seguir a Madrid a su amigo.
Lisonjeada además y avergonzada de los ricos presentes que él le había
hecho, quiso también hacerle uno, y entregó a su marido 30.000 reales
que había ahorrado, a pesar de las muchas limosnas y obras de caridad
que hacía. Con estos 30.000 rs. que D. Jaime, por más que se resistió,
tuvo que aceptar para no ofenderla, a más de gastar parte en amueblar la
casa, dispuso doña Luz que le sacase D. Jaime en Madrid su título de
marquesa. Lo que nunca había querido cuando soltera lo quiso ahora para
que su marido fuese marqués, y ella como que le sellase con su propio
título y sello, juzgando que así le haría más suyo.
Don Jaime, que hasta entonces había vivido en Madrid modestamente en un
cuartito de soltero, no quería llevar a su mujer a una fonda, ni
alojarla mal al principio; y, de acuerdo con doña Luz, resolvió ir a
Madrid solo, pues además le llamaban del Congreso con urgencia; poner
casa, si bien con economía, como doña Luz llena de juicio se lo
recomendaba; y, luego que la tuviese puesta, volver por doña Luz a
Villafría.
Este plan era más de doña Luz que de D. Jaime. Mucho le pesaba tener que
separarse de su marido, aunque fuese por muy breve tiempo; pero tenía
grande encanto para ella el que D. Jaime mismo preparase a su gusto la
casa en que había de recibirla, y donde ella se proponía vivir con
modestia y sin frecuentar paseos, teatros y tertulias, para no ser
gravosa gastando. Y no menos la encantaba, no por ella, que en esto no
tenía vanidad, sino por su marido, el que, cuando ella apareciese en
Madrid, estuviese el título sacado, y la pudiesen llamar señora
marquesa.
En suma, a los doce días de casados, durante los cuales, ciega doña Luz
para cuanto la rodeaba, apenas vio ni habló más que a D. Jaime, éste,
colmado de abrazos y de caricias, tratando de enjugar las tiernas
lágrimas que derramaba doña Luz, y mostrándose él mismo muy conmovido,
salió de Villafría para Madrid, dejando a doña Luz sola en su vetusto y
noble caserón, donde, según queda ya indicado, había ella hecho
trasladar todos los muebles, primores y libros, que en casa de D.
Acisclo habían adornado su habitación antes de la boda.
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