Meditaciones

El P. Enrique, según hemos apuntado anteriormente, no estaba ocioso: no

limitaba la actividad de su vida a hablar en la tertulia de D. Acisclo.

En la soledad de su cuarto se pasaba horas y horas leyendo y

escribiendo.

Como era modestísimo, no esperaba hacer algo que, dado al público, fuese

de gran utilidad, y sin embargo escribía una obra extensa de la que no

levantaba mano. Era una apología o nueva defensa del Cristianismo contra

los ataques de los más flamantes filosóficos panteístas, positivistas y

materialistas.

El singular y simpático candor del Padre se revelaba en cada frase de

este notable escrito. Se diría que todo él era, más que un libro de

polémica, un monólogo, o mejor dicho un diálogo, en que alternaban dos

voces de la misma alma. Su entendimiento frío, calculador, apartado de

la fe, proponía cuantos argumentos, ya metafísicos, ya históricos, ya

tomados de las ciencias de observación, pueden presentarse contra la

revelación sobrenatural, contra la vida inmortal del espíritu y aun

contra Dios mismo. Y su entendimiento también, ilustrado de mayor luz y

acompañado y fortalecido por la fe, respondía a los argumentos

susodichos, aquietándose con la victoria.

Allí nada había de afectado ni de convencional. Era el ser del Padre,

que se retrataba fielmente. Se diría que su fe, encerrada en interior y

fuerte alcázar, peleaba contra el humano discurso, que no quería

destruirla, pero que hacía cuantos esfuerzos son conducentes para ello,

a fin de verla salir vencedora y triunfante de estos esfuerzos mismos.

Desde la venida del diputado D. Jaime, el Padre iba cada día

deteniéndose menos en casa de su tío, y por consiguiente quedando más

tiempo en su estancia solitaria.

La obra, con todo, no cundía ni adelantaba por eso. Antes bien, el padre

escribía en ella menos que nunca. Se sentaba en su bufete; se colocaba

delante el libro en blanco, donde iba vertiendo sus ideas conforme se le

ocurrían, salvo el ponerlas más tarde en orden según un plan sabio y

bien meditado; tomaba la pluma por último; pero todo era en balde. No se

presentaba nada claro y concreto que decir. Un mar de pensamientos y de

sentimientos se agitaba en su espíritu, como si viniese sobre ellos el

más violento huracán, barajándolo y revolviéndolo todo, por donde, en

vez de una creación armónica, brotaba el caos tenebroso.

De esta suerte, después de soltar la pluma, los codos sobre la mesa, la

diestra en la mejilla, se pasaba el Padre largas horas sin escribir y

sin hacer nada. Otras veces andaba por el cuarto a largos pasos. Otras

se echaba en un sillón y se cubría el rostro con las manos. Jamás se

había sentido tan inactivo, tan incapaz y tan infecundo.

Un día cerró con despecho el volumen en que iba escribiendo sus apuntes,

y se puso a escribir en hojas sueltas. La inspiración entonces vino sin

duda en su auxilio. La pluma corrió precipitada como si el torrente de

ideas que tenía que verter le imprimiera un movimiento extraordinario.

¿Por qué raro hechizo hallaba el Padre esta facilidad para escribir en

hojas sueltas, cuando tan premioso estaba para escribir en el libro? El

hechizo no estaba en el libro ni en las hojas sueltas, sino en el

asunto.

El Padre se acababa de decidir a escribir sobre otro, que singularmente

le importaba, que le preocupaba hacía tiempo, que pesaba sobre él, y del

que era menester desahogarse. Por esto la pluma corría.

El padre estaba fijando en el papel lo más recóndito de su alma.

«No basta--escribía--, ¡oh mi Dios!, que yo me confiese contigo. ¿Qué

tinieblas no penetras Tú con tu claridad? ¿En qué abismo no se hunde tu

mirada? Tú lo sabes todo. Nada tengo que decirte. Sólo debo pedirte

perdón. Pero el peso de este misterio de mi alma me abruma, mientras sin

tomar forma, sin revestirse de la palabra, vive en mi centro,

conociéndole tú solo. Es indudable: aun prescindiendo de la virtud

sagrada del sacramento, la confesión es un manantial de consuelos; es,

cuando menos, un alivio. Confesar a alguien nuestra pena, nuestra

humillación o nuestro pecado, es compartirlo todo con él. Pero ¿a qué

semejante mío podría yo confesarme? Los amigos, los sabios directores de

mi conciencia, aquellos en quienes yo me confiaba, están muy lejos, allá

en los mares e islas del extremo Oriente. Es verdad que todo sacerdote

sentado en el tribunal de la penitencia, investido por Dios mismo de la

facultad de sentenciar y de absolver, recibe por gracia lo que a veces

por naturaleza no ha recibido: bastante lucidez de espíritu para

comprenderlo todo. Y sin embargo, yo no me decido a confesarme con este

excelente y benigno D. Miguel. ¿Qué le voy a decir? ¿Tengo algo de

terminante y de bien calificado? ¿Hay infracción clara de los

mandamientos divinos que constituya mi culpa? Mi culpa es grave,

gravísima, y no obstante, yo no puedo declarársela a D. Miguel sin

referir pormenores, sin aludir a personas, sin comprometer a alguien a

quien no tengo derecho a comprometer. Yo puedo echarme a los pies de

este buen sacerdote, y decirle que soy soberbio, envidioso, impuro, y

pedirle que me castigue y luego me perdone; pero lo íntimo de mi falta

quedará por confesar: es por mil razones inenarrable para él.

»¿Es por esto mi confesión imposible? En cierto modo, yo puedo aliviarme

del peso que me fatiga, sacándole fuera de mi alma, encadenándole en la

palabra escrita, aunque nadie la lea. La palabra es don divino, y posee,

entre mil otras virtudes, una admirable energía consoladora. Lo que se

fija y encierra en letras, queda allí como preso y atado, y no lastima y

destroza tanto el corazón como lo que persiste en él inefable e informe.

Además, para conocerme mejor, para ver mi mal, conviene presentármele de

una manera distinta. El aspecto exterior, nuestro semblante, ¿cómo verle

sin que en un espejo se refleje? Así el alma, así las heridas que en

ella hay, aunque duelan, aunque aflijan, no se comprenden, no se

perciben por completo, cuando quedan confusas en el fondo del alma

misma, y no se expresan y declaran en el lenguaje humano. Quiero, pues,

estudiarme con valor, romper o desatar la venda o compresa que las

cubre, y catar yo mismo mis heridas.

»Obra de Dios es la hermosura. Mas no acusemos a Dios del uso que puede

darse a su obra. Fabrica el alfarero un vaso primoroso, y no es

responsable del veneno que luego se deposita en él y que tal vez apura

hasta las heces nuestro sediento labio.

»Ella es hermosa de alma y de cuerpo. Sus ojos, azules como el cielo, no

revelan sino ideas y sentimientos llenos de limpia honestidad. No puedo

acusarla de la menor provocación, ni siquiera instintiva y por ella

ignorada. Ni reflección traidora, ni ciego instinto hubo jamás en ella

de perderme. Y esto fue la causa de mi perdición. Contra los efectos de

aquella reflección o de aquel instinto de sobra hubiera yo acertado a

precaverme. Ni siquiera hubiera yo tenido que tomar precaución alguna.

Conocido el intento, patente a mis ojos el engaño, me hubiera disgustado

en lugar de atraerme. Su propia inocencia, su candidez purísima ha sido,

pues, como agudo puñal con que ella ha traspasado mi corazón. Creyéndome

ella todo de Dios, poseedor de sus favores, vidente de sus perfecciones,

regalado y deleitado con sus dulzuras, ni pudo recelar extravío, ni

quiso presumir con soberbia que por ella hubiera yo de olvidarme de

Dios. Por eso me mostró la beldad interior de su alma en toda la

desnudez inocente y casta de quien nada teme. Me abrió su corazón, y me

dejó entrar en lo íntimo de su conciencia, y yo me embriagué con su

aroma.

»Un plan astuto, hábilmente forjado por mi pasión, maduró en mi

pensamiento, mostrándose como exento de pecado. Para forjar este plan,

me apoyé en las condiciones de su carácter y en las circunstancias de

que la rodeaba la ciega fortuna. ¿A quién había de amar ella en estos

lugares? Si hasta los veintiocho años había vivido sin prendarse de

hombre alguno ¿no era probable, casi evidente, que viviría ya de la

misma manera el resto de su vida? Todo aquel brío de voluntad, todo

aquel tesoro de amor que yo descubría en su pecho, todos aquellos

pensamientos elevados y generosos que agitaban su mente, todas aquellas

aspiraciones sin nombre, infinitas, divinas, que germinaban en su

espíritu, en perenne primavera ideal, todas aquellas flores celestiales,

nacidas en el huerto sellado de su fantasía y cultivadas con esmero por

su recto juicio, propenso por naturaleza, educación y gracia, a lo santo

y puro ¿a quién había ella de dedicarlos y consagrarlos? A Dios, y nada

más que a Dios, pensé yo. Pero, con intención egoísta, confesándola

apenas, concerté luego conmigo mismo en ser yo el medio por donde tanto

bien volviese a Dios, de donde había provenido.

»¿Quién sino yo podía comprenderla en este lugar, entre gente zafia y

villana? ¿Quién ordenar y aclarar sus vagos ensueños? ¿Quién interpretar

los enigmas? ¿Quién señalarle el blanco adonde importaba dirigir

oraciones y suspiros, para que no fuesen como mal disparadas saetas que

se pierden en el aire y acaban por dar en tierra, sin llegar a herir

dicho blanco? ¿Quién acabar de abrir a su razón, ansiosa de verdad, el

recinto misterioso de las más sublimes doctrinas? ¿Quién declararla el

por qué y el cómo de las cosas, hasta donde es posible saberlo? ¿Quién

servir de guía a su espíritu en sus vuelos audaces, cuando subía por

cima de todo lo natural y creado, anhelante de tocar a la inaccesible,

eterna e inexhausta fuente de donde mana? En suma, yo me lisonjeé de ser

su maestro, su amigo, el depositario de sus ideas, el que oyese,

moderase y avivase o templase a su placer las palpitaciones profundas de

su corazón entusiasta. Todo el raudal de amor que de él brotaba y que

iba a ti, Dios mío, no, jamás pensé en robártele y guardarle para mí;

pero pensé con egoísmo en abrir cauce en mi espíritu a aquel claro,

impetuoso y cristalino torrente, a fin de que llegara por él a su

centro. Nunca soñé con ser el término de la carrera del raudal, sino con

ser el camino por donde sus limpias ondas se fueran derivando,

hermoseando el camino al paso, y reflejando en él el cielo sereno y

todas las galas de la tierra, con más primor en el reflejo y con mil

veces mayor hechizo que en la realidad misma.

»¡Qué bien me has castigado, Dios mío! ¡Qué bien me has castigado! Pero

si en el castigo venero y acato tu justicia, te doy gracias por tu

misericordia. ¿Qué no merecía yo por mi delito? Mi indigno cálculo ha

sido desbaratado; mi insano sofisma se ha vuelto contra mí: yo mismo he

quedado envuelto en la red cautelosa que había tendido.

»Harto lo reconozco ahora. La concupiscencia del espíritu es la peor de

las concupiscencias. Repugna por anti-natural. No la atenúa la

consideración de que nuestra sangre está viciada. No es vicio, en quien

el vigor y la salud del cuerpo, si no hermosean, mitigan la fealdad. Es

pecado pasado por alambique: extracto, esencia, refinamiento espantoso

de lascivia.

»¿Y cómo estaba yo tan ciego para no verlo y horrorizarme? Yo lo creía

todo etéreo, santísimo, limpísimo. Hasta ha habido instantes de

obcecación, en que la he culpado, en que la he tildado de inconsecuente,

de falsa, de perjura, de infiel.... ¡Cielos santos! ¡Qué frenesí fue el

mío! Ella no me prometió nada; ella no se ligó conmigo por lazo alguno.

Ella me amaba antes como ahora me ama. No, no ha habido mudanza en ella.

Si ella hubiera visto antes lo que yo tenía en el pecho, no hubiera sido

menester que llegase D. Jaime para que se apartase de mí con horror. Yo

mismo no lo veía antes. Ahora lo veo y me horrorizo. Abominables

sentencias, infames propósitos, conjuros del infierno, estaban grabados

en mi pecho, como en lámina de bronce, pero con tinta invisible, que

sólo el reactivo de los celos ha hecho patente para mi vergüenza.

»El cielo ha humillado mi soberbia. Yo me estimaba en más, en muchísimo

más de lo que soy. Mis trabajos, mis penitencias, mis largas y

peligrosas peregrinaciones y misiones se me figuraba que habían ganado

para mí el favor del cielo; que habían revestido este pecho mortal de un

escudo, de una coraza diamantina, que me había hecho invulnerable. Yo

soñé que había ahogado en el inmenso piélago del amor divino todos los

otros amores terrenales y caducos. Yo me figuré que ya no podría amar

nada, ni a nadie, sino por el amor de Dios. Creí que toda beldad

perecedera, que toda bondad de las criaturas, que toda gracia, que toda

luz, no sería a mis ojos sino reflejo débil y frío de la beldad, de la

bondad, de la gracia y de la luz eternas, cuyos fulgores imaginaba

entrever, en cuyas llamas me complacía en sentir ardiendo mi corazón.

¡Cómo me adulaba el espíritu tentador a fin de hacerme caer! ¡Cuán

astutamente me engañaba! ¡Cuán ciega confianza fue la mía al principio!

Así como hábil jardinero, si descubre entre malezas una planta

nobilísima, la lleva a su jardín y la cultiva con afán para que todo

vicio contraído entre las malezas acabe, y para que, merced a su cuidado

prospere la planta y dé al fin lindas y aromáticas flores y sabrosos

frutos; así yo, al hallar la bella alma de esta mujer, henchido de

fatuidad, me propuse mejorarla, hermosearla más, purificarla de todo

defecto y hacerla florecer y fructificar abundosamente en virtudes,

conocimientos y perfecciones. Esto es lo que a las claras me sugería el

infierno; esto es lo que sólo me confesaba yo a mí propio; pero, allá en

el fondo de mi contaminado espíritu bullían otras ideas, hervían otros

propósitos, como nido de víboras cubierto de hierbas medicinales. Hoy

sólo me incumbe alabar a Dios por el desengaño, y agradecer a don Jaime

que, apartando esas hierbas, haya inquietado a las víboras en su nido y

haya hecho que yo las vea y las sienta y procure arrojarlas de mi pecho,

aunque para ello sea menester hacerle pedazos.

»Dios mío, Dios mío, si estás en mi alma, si no la has abandonado, acude

a mi voz y consuélame y perdóname. ¿Qué vale ella, qué vale toda su

hermosura, toda la lozanía de su mocedad, toda la noble altivez de su

mirada, todo el ritmo de su forma, toda la gracia de sus movimientos, si

acierto a volver de nuevo mi mente y mi voluntad hacia ti, en quien no

hay excelencia, beldad y gracia que no se cifren y resuman?

»¿Por qué pusiste, Dios mío, esta sed inextinguible de amor en el centro

del alma? Sin duda para que en lo divino se hartara. Pero, bien lo sabes

tú: yo te he buscado en el centro del alma, y, si por dicha te hallé,

fue sólo entre tinieblas, vago, indeterminado, confuso. Así te he amado

sobre todas las cosas. Así me he abrazado estrechamente contigo. Yo he

creído ver la gloria y esplendor de tus atributos, y te he amado y

alabado.... ¿Por qué, pues, no me mostraste con nitidez tu beldad, en la

pura idea, allá en lo hondo del pensamiento mío? ¿Por qué esta beldad,

reflejo tuyo, ha hecho su aparición deslumbradora, lejos de ti y fuera

de mí, hiriendo lo profundo de mi ser, no de un modo inmediato y

espiritual, sino por medio de los sentidos groseros?

»Perdóname, Señor. Mil blasfemias brotan de mi pluma. El pecador

indigno, que debe dar estrecha cuenta de sus acciones, quiere mover

pleito a tu bondad y apelar de tu justicia. Pero tú sabes cuánto

padezco, y me compadeces y tal vez me perdonas. Tú llenabas antes mi

alma. La vi, me aluciné, y ella llenó mi alma en el lugar tuyo. Hoy,

cuando ella me abandona, el vacío, el abismo y la soledad que siento me

aterran.

»Pensamientos impíos nacen en mí. Veo patente la inmensidad, la

omnipotencia del amor, único fin de la vida. A ti mismo, sólo con amor y

por amor se llega; pero la duda me desespera y atribula. Dudo de que

pueda mi ser finito satisfacer su amor enlazándose a un ser infinito,

que ni cabe en su entendimiento ni su razón comprende. El amor aspira a

Dios; pero ¿cómo alcanzarle? La fe me da alas para llegar hasta ti; pero

tengo perdida la esperanza, y las alas se rompen. Dejé de tender el

vuelo hacia ti. Quise confundir mi alma con la de ella, para que unidas

fuésemos ambas almas en busca tuya. Y ella me ha dejado. Mi alma está

sola, en la tenebrosa región del éter, en el vacío insondable y frío,

sin astro que le dé luz ni calor, lejos de todos los soles, más lejos

aún de donde tú moras. Dios mío, Dios mío, ¿qué será de mi alma?

»Hubo en mi afecto por esta mujer una serenidad y una limpieza harto

engañosas. Me la fingí etérea, fantástica; intangible, como deben ser

los ángeles; inasequible, durante la vida mortal, como es el cielo. Hoy,

cuando pienso que va a caer en brazos de un hombre, en balde lucho por

apartar de mí las imágenes que mi fantasía me traza y presenta. Antes

creía admirarla con un sentimiento a manera del sentimiento del arte,

desinteresado, exento de fin y de utilidad y de deleite, que en él no

estuviera. Y hoy veo que sus labios piden besos y los van a dar, y que

todo su gallardo cuerpo no está sólo destinado a la especulativa

contemplación, con la inmóvil e impasible tranquilidad de la estatua,

sino a que el alma enamorada palpite y se estremezca en todo él

haciéndole mil veces más bello y deseable.

»¡Dios mío! ¡Qué envidia! ¡Qué ira! ¡Qué tempestad de malas pasiones

conmueve mi corazón! ¿Por qué no acabas con mi infame y miserable vida?

¡Ay!... la muerte... la muerte... antes de que llegue el día en que se

casen».

El escritor tranquilo y crítico procura poner y cuando tiene habilidad

pone en sus escritos lo mejor de su alma.

Allí se mira él luego, y se deleita mirando su interior belleza. Por el

contrario, el escritor apasionado se alivia escribiendo, como si lanzase

fuera de sí la ponzoña que le corroe y mata.

Escritor de esta última clase, en la presente ocasión, el P. Enrique

depositó en el papel, con el desorden que hemos visto, sus más negros y

envenenados pensamientos. Hizo luego un violento esfuerzo sobre sí, y se

quedó relativa y aparentemente tranquilo.

Tenía colgado de la pared un Cristo de marfil, clavado en una cruz de

ébano, y de rodillas ante él, rezó y pidió perdón de sus pecados y de

las blasfemias y maldades que acababa de escribir a fin de libertarse de

ellas y de no volver a pensar en ellas, si era posible. El Padre pedía a

Dios un milagro: olvidarla, dejar de amarla, que Dios hiciese de suerte

que él viniese a entender que no era a doña Luz a quien había amado,

sino a un fantasma parecido a doña Luz, cuyo bulto nebuloso se sustraía

a todo abrazo corporal, cuyo corazón no latía más vivo al sentirse

estrechado por otro, cuyos labios no besaban ni cedían comprimidos por

los besos de otros labios, y cuyos pies, en suma, no tocaban este bajo

suelo.

Como quiera que fuese, o ya por dolor de que no cupiera en lo probable

tan raro milagro, o ya por fervor religioso que suavizaba sus amargas

penas, el P. Enrique vertió dos lágrimas que bajaron con lentitud por

sus mejillas descarnadas.

Después, como hombre acostumbrado a vencerse, con gran dominio sobre sí,

y en extremo vergonzoso de todo acto que ofendiese la dignidad de su

persona, el Padre se calmó, compuso su semblante, procuró darle la

expresión habitual, y empezó desde entonces a trabajar para aparecer

impasible y sereno hasta el mismo instante en que doña Luz y D. Jaime se

diesen el sí al pie del altar y recibiesen la bendición del sacramento

que para siempre había de unirlos.

Lo escrito en las hojas sueltas lo guardó el Padre dentro del libro de

la nueva apología, y lo encerró bajo llave en el cajón de su bufete.

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Doña Luz · 第 23 / 30 题