Difícil es tener nada oculto en un pueblo pequeño. Todo se sabe en
seguida, aun cuando importe que no se sepa. La proyectada boda de D.
Jaime y de doña Luz, que nada importaba que se supiese, no es de
extrañar, pues, que llegara al punto a noticia de todos en Villafría.
La detención de D. Jaime se atribuyó desde luego a su verdadero motivo,
y nadie juzgó sino pretexto lo de la compra del olivar.
Aquel caso de amor fulminante y sobre todo aquel tan improvisado
consorcio, dieron muchísimo que decir, comentar y murmurar.
En los lugares andaluces, nada hay que pasme tanto como una boda
repentina. Por allí todo suele hacerse con mucha pausa. En parte alguna
es menos aceptable el refrán inglés de que _el tiempo es dinero_. En
parte alguna se emplea con más frecuencia y en la vida práctica la frase
castiza y archi-española de _hacer tiempo_; esto es, de perderle, de
gastarle, sin que nos pese y aburra su andar lento, infinito y callado.
Pero donde más se extrema en Andalucía el _hacer tiempo_ es en los
noviazgos. Contribuye a esto, por un lado, la prudencia que,
reconociendo lo grave y trascendental del matrimonio, nos aconseja de
continuo: _antes que te cases, mira lo que haces_. Y contribuye mucho
más, por otro lado, que este _mirar lo que se hace_ es sumamente
divertido; es el mejor modo de matar o de hacer tiempo; es una grata
ocupación, que se proporciona quien no tiene ninguna, y que no bien se
casa se queda sin ella.
De aquí, sin duda, los interminables noviazgos de mi tierra, en los
cuales además se dan los más bellos ejemplos de firme constancia que
pueden registrar las historias de amor. Noviazgos hay que empiezan
cuando el novio está con el dómine aprendiendo latín, pasan a través de
las humanidades, de las leyes o de la medicina, y no terminan en boda
hasta que el novio es juez de primera instancia o médico titular.
Durante todo este tiempo, los novios se escriben cuando están ausentes;
y cuando están en el mismo pueblo, se ven en misa por la mañana, se
vuelven a ver dos o tres veces más durante el día, suelen pelar la pava
durante la siesta, vuelven a verse por la tarde en el paseo, van a la
misma tertulia desde las ocho a las once de la noche, y ya, después de
cenar, reinciden en verse y en hablarse por la reja, y hay noches en que
se quedan pelando la pava otra vez, y mascando hierro, hasta que
despunta en Oriente la aurora de los dedos de rosa.
En comprobación de esto se cuenta de cierto novio antequerano, que al
fin tuvo que casarse a los ocho años de ser novio; y que, no bien se
casó, se mostraba afligidísimo por no saber qué hacer de su tiempo. De
otro novio, natural de Carcabuey, he oído yo también contar, como
testimonio de lo arraigada que está la idea de que el matrimonio exige
mucha calma antes de llevarle a cabo, que su futura suegra, considerando
que su hija llevaba ya trece años de hablar con aquel novio, sin que
llegase él a pedirla, y que ella se iba ajando y marchitando un poco, se
resolvió a preguntar al novio qué intenciones traía. Y habiéndose armado
de resolución y hecho la pregunta, el novio contestó muy sorprendido y
un sí es no es contrariado:--¡Válgame Dios, señora! ¿Es esto puñalada de
pícaro?
Prevaleciendo y aun privando en Villafría tan sanas doctrinas acerca de
la longevidad de los noviazgos, ya se hará cargo el lector del asombro
que produciría aquel arrebato, aquella impremeditación con que doña Luz
se decidió.
--Esto es un escopetazo--decía uno.
--Vamos--decía otro--, todo se comprende bien: si ella aseguraba que no
pensaba en casarse, era por vanistorio, porque desdeñaba a los
lugareños; pero, apenas llegó por aquí un currutaco de la corte, cayó
sobre él y le atrapó, como la araña atrapa a la mosca.
Los pretendientes desdeñados, que antes lo llevaban todo con
resignación, dando por supuesto que los consolaba, que los desdenes de
doña Luz nacían de su amor a Dios y al cielo, cuando supieron que doña
Luz gustaba tanto de la tierra y de otro hombre como ellos, no la
perdonaron tampoco, y censuraron su ligereza.
--Se ha echado en brazos del primer venido--exclamaban--, sin amor, sin
estimación, porque ni el amor ni la estimación nacen tan de súbito. La
ha seducido el afán de ir a brillar en los Madriles.
Hasta la gitana buñolera que se ponía a freír y a vender sus buñuelos en
la esquina de la casa de don Acisclo, gitana muy sentenciosa, llamada la
Filigrana, más célebre por sus sentencias que el mismísimo Pedro
Lombardo, dijo en tono irónico:
--Doña Luz es una perla oriental, y la perla no repara en el pescador,
ni en si vale o no vale; lo que pretende es que la pesque y la lleve a
lucir en el Olen del Oclaye.
No pocas de tales murmuraciones llegaron a los oídos de doña Luz; pero
no hacían mella en su corazón. Nada de lo que encerraban en sí hallaba
eco en su limpia y tranquila conciencia. Doña Luz era mujer y tenía alma
y sentía necesidad de amor. Su amor, sin objeto visible y humano, había
estado como aletargado hasta entonces. Un objeto digno se ofreció al fin
a sus ojos, y doña Luz le consagró al punto todo su amor. Cada día, cada
hora que pasaba, afirmaba más a doña Luz en la creencia de que don Jaime
lo merecía. El mismo amor de D. Jaime, la decisión con que le había
ofrecido su mano, a ella, desvalida, huérfana y pobre, era la garantía
mejor y más segura.
En cuanto a que ella se casaba por deseo de ir a figurar en Madrid, doña
Luz reía desdeñosamente al oírlo. Doña Luz tenía resuelto no ir a Madrid
mientras pudiera no ir: quedarse en Villafría viviendo en su casa
solariega; tener allí su centro, su cuartel general, su nido; cuidar
desde allí de sus bienes e irlos mejorando y aumentando; ahogar en su
alma toda propensión celosa; y, no ya consentir, sino impulsar a su
marido a que fuese él solo a la capital, a brillar en el Congreso de
Diputados, en las luchas políticas y en los negocios militares. Doña Luz
quería imitar en esto a Vitoria Colonna, y esperar a su héroe, a su sol,
a su amante, cuando viniese a reposar en aquel rústico asilo, que el
amor de ella había de colmar de hechizos y de deleite. No quería, en
suma, ser para él carga gravosa en Madrid, sino descanso, refugio,
consolación santa y dulce, en aquella aldea.
En sus amorosos coloquios con D. Jaime, doña Luz desenvolvía todo su
plan. Quería para él gloria, poder, influjo en la corte, y esto
entreverado de una serie de idilios en Villafría, donde ella había de
aguardarle, como Armida benéfica, cada vez que viniese él a reposar en
sus brazos, cubierto de frescos laureles. Don Jaime pugnaba porque doña
Luz había de ir a Madrid con él; pero doña Luz lo repugnaba con tamaña
obstinación, que D. Jaime tuvo que transigir, concertando que por lo
pronto, esto es, mientras no fuesen ambos mucho más ricos, doña Luz
continuaría residiendo en Villafría.
Todo esto era tan poético que de fijo que el lector, pues lo sabe, no ha
de censurar a doña Luz como la censuraban las gentes de su lugar, sino,
en todo caso, por lo contrario: por sobrado rara y soberbia; porque
prefería vivir muchos meses del año separada de su marido a ser en
Madrid causa perpetua de dificultades prosaicas y económicas, bastantes
a dar muerte al amor más robusto.
Doña Luz, trazado así con firmeza y por su propia mano el porvenir de su
vida, no veía en su alma sino motivos de satisfacción y de contento. Su
ser íntimo florecía. El dulce anhelo de ser esposa y madre la conmovía
con presentimientos de inefable ternura. Una claridad interior iluminaba
su mente, beatificándola; y parecía que, trasminando a lo exterior,
irradiaba en su semblante y prestaba a su hermosísimo cuerpo mayor
beldad que nunca. Así como los campos se cubren de lozanía al llegar la
primavera, así como el cielo se tiñe de púrpura y oro cuando el sol va a
salir, así doña Luz se mostraba entonces más gallarda y refulgente.
Su alegría era tan noble, tan generosa y tan confiada, y la expresión
divina que esta alegría prestaba a su figura gentil era de tal suerte
simpática, que la censura quedaba desarmada al cabo, y al mirarla,
tenían que bendecirla todos los hombres.
En su ánimo era casi todo luminoso y alegre. Sólo quedaba, allá en lo
más hondo, un pequeño rincón, donde no penetraba bien la luz, y donde,
de cierta manera confusa, había como un germen, como una semilla apenas
perceptible de disgusto y de intranquilidad. Doña Luz, sin darse bien
cuenta de ello, por instinto salvador, trataba de arrancar aquella
semilla, de ahogar aquel germen, a fin de que no brotase de él la hierba
ponzoñosa.
Doña Luz pensaba en sus anómalas relaciones con el P. Enrique; en
aquella amistad vivísima, en aquel afecto que siempre le había mostrado.
Claro está que para doña Luz aquello no podía tener ni remotamente nada
de común con el amor. Mas, por lo mismo, su afecto hacia el Padre debía
permanecer, y las demostraciones de este afecto no debían cesar ni
mitigarse, so pena de que ella se inclinara a creer que eran de la
propia esencia que lo que daba de su alma al esposo futuro; que había
procedido como veleidosa e inconstante; que había puesto en uno, no lo
libre, lo intacto, lo jamás dado a nadie, que atesoraba solícito su
corazón, sino algo o mucho de lo que había antes dado a otro y
quitádoselo luego.
Así, pues, doña Luz se esforzó, aunque en balde, por estar como siempre
de afable y cariñosa con el P. Enrique. Y, como viese que no podía, como
viese que del tocarse su alma con la del Padre, ya por la palabra, ya
por la mirada, cuando antes parecía que brotaban calor y magnética
lumbre, entonces se formaba hielo, se lo explicó suponiendo que no hay
brío ni vigor en los corazones humanos para varios afectos, y que, donde
uno impera, los otros caen y desmayan, aunque sean de muy distinta
condición y naturaleza.
El alma del Padre continuaba siempre para doña Luz clara, diáfana e
impenetrable, como la mar profunda que ciñe y abraza las costas
andaluzas. El sol atraviesa muchas capas de agua y todo lo llena de
claridad; pero, allá en lo más hondo, se pierde y ofusca la mirada,
entre iris, reflejos, tornasoles y relámpagos argentinos, y nada se
distingue con exactitud y fijeza. El Padre no había cambiado, en
apariencia al menos. La misma serenidad, la misma dulzura de siempre. No
se alteraba su voz al hablar de D. Jaime ni con D. Jaime. Al hablar con
doña Luz, mostraba el Padre la antigua afectuosa benevolencia. Ni una
palabra donde ni remotamente se sintiese una punta de ironía, de pique o
de despecho.
«O el Padre tiene sobre sí propio un dominio inverosímil--pensaba doña
Luz--, o no me ha amado jamás. Sería de ver que la sospecha de Manuela,
que yo oí como injuria llena de maliciosa villanía, hubiese sido en el
fondo una creación ridícula de mi vanidad, que, profundizando bien el
asunto, me halagaba en vez de enojarme. No; no cabe duda: el bueno del
P. Enrique me estima; me tiene en alto concepto, merced a su mucha
indulgencia; me quiere como a prójimo predilecto; pero todo lo demás es
sueño absurdo; es presumida imaginación mía. Y más vale así».
Y al terminar doña Luz con estas palabras, suspiraba para desahogarse,
como quien se quita grave peso de encima.
En otras ocasiones, ansiosa de descargar más aún su conciencia, de
declinar toda responsabilidad, aunque por los raciocinios anteriores se
había demostrado a sí propia que no tenía nada de disgustoso de que
salir responsable, doña Luz iba esfumando en su memoria todos los
favores que había hecho al Padre; iba quitando todo valer y
significación a las muestras de afecto que le había dado; y lo iba
reduciendo todo a las mezquinas proporciones de una amistad fría y
severa, como la que puede y debe mediar entre un discípulo y un maestro,
ahuyentando de sí o borrando cualquier enojoso recuerdo, falso en su
sentir, hasta de la menor coquetería inconsciente, por parte de ella.
Entre tanto, pasaban los días y se aproximaba el de la boda, que había
de ser sin ningún aparato.
Don Acisclo y Pepe Güeto, no obstante, habían hecho un corto viaje a
Sevilla para comprar regalos a la novia, cada cual según sus facultades.
El de D. Acisclo fue magnífico. Consistía en unos pendientes y en un
broche de brillantes, que le costaron dos mil duros. El de Pepe Güeto
fue un brazalete que le costó diez mil reales.
Don Jaime había encargado a Madrid algunas galas y joyas, que debían
llegar de un día a otro.
Don Jaime mostraba viva impaciencia; parecía enamoradísimo, y trataba de
apresurar la boda.
Mientras más se acercaba el suspirado día, más tiernos estaban los
novios; sus coloquios íntimos eran interminables: juntos salían a
caballo, doña Luz en el suyo, y D. Jaime en otro bastante bueno y
bonito, de la propiedad de D. Acisclo; y también iban de paseo a pie, en
compañía de doña Manolita, muy ufana de haber sido la mediadora en
aquella feliz alianza.
El P. Enrique iba siempre a comer en casa de D. Acisclo, pero alegando
que tenía que escribir o que estudiar, se quedaba a almorzar en su casa,
donde su criado Ramón le preparaba y servía un frugal desayuno.
También de la tertulia de por la noche, o ya se retiraba más temprano
que de costumbre, o ya se retraía el Padre: pero esto no era de
extrañar.
Don Acisclo y Pepe Güeto le dieron el ejemplo. Ciertamente que la
conversación en voz baja de los novios y su involuntaria abstracción de
todos los circunstantes no convidaban a otra cosa.
El médico D. Anselmo iba y venía, permaneciendo poco tiempo en la
reunión. Ya no disputaba ni sacaba a relucir sus filosofías, porque doña
Luz no prestaba atención a nada que no fuese D. Jaime.
Resultaba, pues, que la tertulia, tan bulliciosa antes, se hallaba casi
siempre en cuadro.
Don Acisclo, D. Anselmo, Pepe Güeto y el Padre se escabullían; y
quedaban solos los novios, en su eterno palique, como decía doña
Manolita; ésta, que se resignaba con gusto a hacer el papel de dueña; el
galgo Palomo, que se echaba a los pies de D. Jaime, a quien había tomado
mucho cariño por conocer instintivamente el mucho que le tenía su ama; y
a veces el cura D. Miguel, a quien los cuchicheos de los amantes
producían idéntico efecto que los gritos y discursos de los filósofos,
dejándole gratamente dormido, y soñando quizá en el gran papel que le
tocaba hacer en aquel drama regocijado, cuando echase a los novios las
bendiciones.
Huérfanos ambos novios de padre y madre, y decididos a que la boda se
celebrase sin dar parte a nadie y sin ruido, lo concertaron todo tan
deprisa que ya no les faltaba sino cuatro días para verse casados,
exentos del cuidado de convidar a nadie de Madrid, y de llamar a amigos
o a parientes para que asistiesen a la boda en aquel lugar.
Al mismo D. Acisclo, agradeciéndole mucho su regalo suntuoso, y las
intenciones que tenía de convidar a toda su parentela, y de dar una
comilona y un baile, le suplicó doña Luz que no hiciese nada; que ella
quería casarse, ya que no en secreto, en silencio.
--A cencerros tapados--dijo D. Acisclo, que era muy aficionado a usar en
sentido metafórico la palabra _cencerro_.
--Eso es: a cencerros tapados--contestó doña Luz.
-XVI-