Por tal arte fueron creciendo la afición de doña Luz al trato del P.
Enrique y la fina amistad que le profesaba.
Como por rápida pendiente, aunque con suave y apenas sentido movimiento,
se inclinó su corazón a no desear sino aquellos coloquios con un hombre
en quien hallaba ingenio, discreción y sublimidad en el pensar y en el
sentir, hasta entonces no descubiertos por ella en ser humano, y de que
sólo sabía por los libros que había leído.
Ningún recelo empañaba la limpieza y seguridad de esta inclinación, si
tranquila y serena, irresistible y declarada. Doña Luz, en su orgullo,
doña Luz, en el cristal terso e incontaminado de su conciencia, no podía
ver peligro, ya que por leve y remoto que le viese, sería como una
mancha. El más ligero propósito de precaverse hubiera implicado temor y
sospecha ofensiva. Doña Luz nada sospechaba de sí. Nada tampoco
sospechaba del Padre. Le consideraba como a un santo y empezó a amarle y
venerarle como aman y veneran a los santos las personas piadosas.
Era tal el candor de doña Luz, que hubiera dicho al Padre los
sentimientos que le inspiraba, si no hubiera temido ofender su modestia
o mostrarse aduladora. Pero aunque nada le decía, harto le daba a
entender su extraordinaria predilección, atrayéndole de continuo, y no
hallándose a placer sino cuando le tenía a su lado, le hablaba o le
escuchaba.
El P. Enrique, por su parte, no manifestaba la menor extrañeza por los
favores que de doña Luz recibía. Y esto no porque fuese vano y se
figurase que todo le era debido, sino porque no juzgaba nada más natural
que aquella buena correspondencia.
Era el Padre hombre de muchísimo mundo y de poquísimo mundo, según esto
se entendiese.
Conocía el corazón en general, y en cuanto está más cerca de la
naturaleza. Para tratar, dirigir, ganar almas y someter voluntades,
había sido maravilloso allá en los pueblos del extremo Oriente; pero
como había salido de España muy mozo, y apenas había vivido en esta
sociedad artificiosa y algo refinada de nuestro siglo, cuya cultura y
usos convencionales se extienden hasta las aldeas, lo veía y estimaba
todo con cierta sencillez selvática, interpretando las palabras y las
acciones de diverso modo que el vulgo. Así es que, si bien notaba, y se
sentía lisonjeado al notarlo, que doña Luz hacía de él el más alto
aprecio, ni en ella, ni en él, ni en el público, acertaba a descubrir
que pudiese esto ofrecer el menor inconveniente. La afición de doña Luz
no se diferenciaba a sus ojos de la que le tuvieron estos o aquellos
neófitos indios, chinos o anamitas, salvo en ser la afición de doña Luz
más de estimar por la excelencia de la persona que la sentía, en quien
el Padre hallaba un sin número de brillantes calidades: un espíritu
cultivadísimo y capaz de elevarse a las esferas más encumbradas del
pensamiento y un corazón lleno de afectos tiernos, nobles y puros. De sí
propio tampoco recelaba el Padre. Amaba a doña Luz como el maestro ama a
su discípulo; como un alma ama a otra alma, cuando ambas coinciden en
las mismas creencias y opiniones, suben a las mismas alturas, y
especulan y contemplan las mismas ideas.
El P. Enrique se sentía atraído por doña Luz con mayor fuerza que por
todas las demás personas que en el lugar conocía, o que antes, fuera del
lugar, había conocido; pero esto se explicaba de la manera más razonable
y sin malicia.
¿Quién penetraba mejor que doña Luz el sentido de todos sus discursos?
¿Quién le seguía mejor, quien se le adelantaba a veces en los vuelos y
raptos de imaginación, cuando pugnaba por levantarse a aquellas regiones
adonde el prosaico razonamiento no llega? Sin duda que doña Luz. Doña
Luz era, pues, para el Padre un ser muy superior a cuanto la rodeaba, y
digno de predilección decidida. En el agua turbia de un estanque poco
cuidado, en el agua agitada y cenagosa de un torrente, nada se refleja;
mientras que en el haz limpia, tersa y tranquila de un lago de agua
pura, el cielo, los montes, los astros, la luz, las flores y toda la
gala y la pompa del mundo se retratan con tal primor, que el cielo
parece allí más hondo e infinito, y la luz más clara, y las flores de
color más vivo, y los montes más gallardos, y sus perfiles y contornos
más graciosos y mejor desvanecidos en el sumo ambiente, y la verdura del
prado más verde y más fresca. Por lo cual, aun el que no repara en la
hermosura propia del lago y en el encanto que tiene él de por sí, tal
vez se recrea en lo que refleja y duplica en su seno, y gusta más de
mirar todo aquello en el reflejo del lago que en sí y tal como es. Y por
estilo semejante, el P. Enrique, que a penas se fijaba en la belleza y
elegancia del cuerpo y rostro de doña Luz, ni en la distinción de sus
modales, ni en el reposado y majestuoso continente de toda su persona,
hundía la mirada a través de estas prendas corporales y exteriores, y
llegaba al alma, donde resplandecía un mundo de pensamientos, que eran
los suyos propios, pero mil veces más bellos, reflejados por doña Luz,
que tales como ellos eran.
Casi siempre las conversaciones de doña Luz y del P. Enrique eran en la
tertulia, en presencia de don Acisclo, de D. Anselmo, de Pepe Güeto y su
mujer y del señor cura. En ocasiones, no obstante, se encontraron en la
casa a solas los dos, o bien hablaron sin oyentes y sin otros
interlocutores, cuando salían de paseo con Pepe Güeto y su mujer, y
éstos se adelantaban o se quedaban atrás, embelesados en la interminable
y risueña luna de miel, de que seguían gozando siempre. Entonces, en
estos diálogos a solas, sin reflexionarlo ni él ni ella, sin que fuese
circunspección estudiada, lo cual implicaría un temor de que ambos se
veían exentos, sino por instintiva, inocente y santa delicadez, por
pudor inconsciente, por recato santísimo del corazón, jamás hablaban de
sus propias personas, ni de lo íntimo de las almas, aunque fuese en
general, sino de la pompa exterior del material universo, y de la
armonía, riqueza y orden que le adornan, proclamando la bondad, el poder
y la sabiduría de quien le sacó de la nada.
Ella, sin embargo, había sabido inducir al Padre, cuando había
auditorio, a que hablase de sí y a que contase sus peregrinaciones. Y el
Padre, si bien con modestia y sobriedad, no había podido menos de dejar
entrever y de hacer que se estimasen los peligros que había corrido y
las penalidades y fatigas que con valor heroico había sobrellevado.
Él, en cambio, había leído en la frente y en los ojos de doña Luz hasta
sus más secretos pensamientos y sentimientos. Para esto le servía su
costumbre de observar y estudiar a los hombres, en tantos años de
predicador, confesor y catequista. Además, si algo hubiera quedado para
él en cifra, su tío D. Acisclo, aunque con términos groseros, le hubiera
dado la clave, contándole, como le contaba, la vida de doña Luz en el
lugar, su desdén con los galanes, su orgullo y su firme resolución de no
casarse nunca.
Los hombres, por mucho que se examinen y estudien, por bien que
escudriñen hasta los más escondidos senos de su conciencia, por
severamente que se juzguen, y por muy alerta que estén, suelen con
frecuencia concebir algún plan o proyecto, el cual les deleita y seduce,
envolviéndose en tan mágica niebla, que logra ocultarse o velarse y
disfrazarse al juicio, cuando éste interroga para fallar y condenar
acaso, quedando patente y como desnudo a los ávidos ojos de la pasión
que le ha creado.
De este modo confuso y como entre nubes forjó sin duda el P. Enrique, a
quien el trato de doña Luz encantaba, si no un plan, una ilusión, una
esperanza, algo de un porvenir meramente amistoso, aunque lleno de
ternura. Apenas se daba razón de lo que forjaba, pero ciertamente lo
forjaba. Lo que forjaba era, por otra parte, tan sin asomo de pecado,
que no suscitaba escrúpulos. Lo que forjaba era muy sencillo. Doña Luz
era casi seguro que no se casaría ya; lo mejor, pues, de su inteligencia
se emplearía en comunicar con la del Padre; su voz en hablarle; su oído
en oírle; su más seria preocupación sería pensar en las cosas del cielo,
según el método y forma con que él pensaba; su deleite mayor hablar con
él de Dios y del alma y de toda verdad y de toda bondad y hermosura. En
fin, el P. Enrique, sin confesárselo a sí mismo, vino poco a poco a
persuadirse de que con su espíritu iba como a llenar y compenetrar el
espíritu de doña Luz, y notó apenas que ella se enseñoreaba ya por
entero del espíritu de él, aunque con cierta subordinación y dependencia
de otros sentimientos e ideas de valer muy superior, los cuales
prevalecían sobre aquella nueva y poderosa influencia.
Provino de todo esto una fervorosa amistad, que se alimentaba en el
comercio y comunicación constante de aquellas dos personas.
En los lugares, ni más ni menos que en las grandes poblaciones, abundan
las malas lenguas; pero concurrían en esta ocasión mil circunstancias
que evitaron que la maledicencia se cebase en tan inocentes relaciones y
las interpretase en sentido avieso.
Las causas principales de que se hable en seguida, dado el motivo o el
pretexto o la apariencia, de toda intriga amorosa, particularmente si no
tiene por fin el matrimonio, no se presentaban aquí. Por lo común, una
de las causas de que se hable y se murmure es el propio deseo del galán,
quien suele desear que se diga lo que es y aun lo que no es, y a veces
finge que disimula con tan contraria habilidad, que más bien descubre o
hace sospechar misterios y aun venturas que quizá no ha logrado. Mujeres
hay asimismo no menos aficionadas a que todo se sepa, particularmente
cuando son pretendidas y desdeñan y burlan a los pretendientes. Y
muchas, cuando los pretendientes son muy estimados y famosos, aun
echando a rodar todo respeto, con tal de hacer rabiar a las abandonadas
rivales, dan, como suele decirse, un cuarto al pregonero, para que
pregone y divulgue su fragilidad y sus amoríos.
Nada de esto tenía lugar entre el Padre y doña Luz. Antes bien ocurría
lo contrario.
Los mozos del lugar o forasteros que, por más guapos e importantes,
habían osado aspirar a doña Luz y habían sido rechazados con suavidad
antes de una declaración que los comprometiese, tenían tan alta opinión
de doña Luz y de ellos mismos, que cada cual imaginaba que era
inexpugnable la que a sus encantos y buenas prendas no se había rendido.
¿Cómo creer que gustase de un fraile enfermizo y casi viejo la que había
sido fría, insensible y desamorada con un mozo galán, robusto y
gallardo? Esto hubiera sido monstruoso.
Las mujeres son, por lo general, las que descubren o inventan las
aventuras, caídas o deslices de sus enemigas; pero doña Luz estaba tan
por cima y tan apartada de toda rivalidad y se había ganado de tal
suerte el afecto de todos, que nadie le contaba los pasos ni andaba
acechando para ver si daba alguno en falso y acusarla de ello después.
Por otra parte, doña Manolita, con su charla, su desenvoltura y sus
chistes, era el órgano más autorizado y resonante de la opinión pública
en Villafría, y doña Manolita, no ya no habiendo el menor motivo, pero
aunque le hubiese, no hubiera consentido jamás en que se dijese nada
contra doña Luz; hubiera ahogado en sus burlas la voz de la murmuración
más descocada.
El concepto que del padre tenían en Villafría no se prestaba tampoco a
que sobre el punto de que hablamos se levantasen caramillos. Los más,
como no le hallaban divertido y como casi no le entendían, le tenían
poco menos que olvidado, aunque si alguna vez se acordaban de él era
para considerarle como un santo, fastidioso, valetudinario y nada ameno.
Hombre de los que no se usan, pajarraco exótico y raro, para los
volterianos del lugar, no hubiera sido difícil que alguien le supusiese
conspirando en favor del restablecimiento de la Inquisición y hasta
comiéndose los niños crudos; pero a nadie le cabía en la cabeza que
pudiese ser galanteador y tener buenas fortunas un señor tan pálido,
enclenque, melancólico y asendereado.
Por todo lo expuesto, nadie ponía malicia, nadie comentaba de modo
injurioso la intimidad y convivencia de doña Luz y del Padre, quienes,
por otro lado, donde se trataban, se veían, se hablaban y aun se
admiraban inocentemente, con el mayor abandono, era en el seno de la
pequeña tertulia, de la cual, nada trascendía, y en la cual todo se
explicaba santísimamente, o mejor dicho, no se explicaba, pues ni para
D. Anselmo y su hija y yerno, ni para D. Acisclo, ni para el cura D.
Miguel, requería aquello la menor explicación. El cura D. Miguel, sobre
todo, y el Sr. D. Acisclo, cada cual a su manera, veían en doña Luz y en
el Padre dos seres sobrado singulares, las dos terceras partes de cuyos
pensamientos y palabras oían como quien oye música celestial sin
penetrar lo que significaban. Nada, por lo tanto, más justo ni más
preciso que el que los dos se dijesen lo que ellos solos al cabo sabían
entender.
Entre tanto, doña Manolita, que era muy observadora y burlona, había
notado que en el ánimo de D. Acisclo se iba dando una radical
transformación. Doña Manolita había comunicado sus impresiones a doña
Luz y a Pepe Güeto.
Según dichas impresiones, D. Acisclo estaba cada día más ancho y
orgulloso de que su tertulia se hubiese hecho tan sabia y pareciese una
Academia de ciencias; pero al mismo tiempo, andaba imaginativo y
ensimismado, hablaba a solas, y se diría que en su mente se agitaba un
enjambre de ideas, las cuales, como las abejas en la colmena, pugnaban
por fabricar, en vez de panal melifluo, alguna resolución estupenda.
--¿Qué resolución querrá tomar?--se preguntaba doña Manolita--. ¿Si
habrá tocado su corazón el dedo del Altísimo? ¿Si el buen señor,
edificado con las homilías del sobrino, tratará de abrazar la vida
contemplativa y de ser santo también?
Pepe Güeto y doña Luz se reían de tan inverosímil suposición; pero la
verdad era que ellos notaban asimismo lo mucho que D. Acisclo cavilaba,
y sentían no pequeña curiosidad por conocer el asunto de sus
cavilaciones.
Delante del P. Enrique no osaron interrogar a don Acisclo; pero el Padre
se iba siempre a las diez de la tertulia, porque nunca cenaba, y Pepe
Güeto y su mujer se quedaban a cenar todas las noches allí. La cena
solía durar hasta las once, y además casi siempre permanecían de
sobremesa los señores, mientras que cenaban los criados, siendo este el
momento de mayor confianza y alegría.
Varias noches, estando así, ya de sobremesa y no presentes las chicas
que habían servido, doña Manolita tentó el vado, a ver si D. Acisclo
declaraba la causa de su preocupación.
Don Acisclo, aunque negaba que estuviese preocupado, lo daba a conocer
cada vez más, si bien no confesaba la causa.
Una noche, por último, D. Acisclo se mostró más preocupado, pero más
alegre asimismo. Alguna satisfacción le rebosaba en el pecho y pugnaba
por salir de sus labios.
Doña Manolita lo conoció, y le dijo:
--Vamos, Sr. D. Acisclo; no sea V. malo. No se atormente usted por el
solo gusto de atormentarnos. Si rabia V. por decir lo que le pasa ¿por
qué no lo dice? V. está maquinando alguna novedad que nos va a dejar
aturdidos. La cosa va muy adelantada. Declare V. lo que es para que no
nos coja de susto.
--Ea, Sr. D. Acisclo, declárelo V.--añadió Pepe Güeto--. Mi mujer
pretende que V. tiene comezón de ser santo como su sobrino, y que el día
menos pensado traspone V. y nos planta y se larga a Sierra--Morena a
hacer penitencia, metido entre matorrales o en el hueco de algún
peñasco.
--Todo menos eso--respondió D. Acisclo--. No me llama Dios por ese
camino, y cualquier otro estado es bueno para servirle.
--Eso es indudable--dijo entonces doña Luz--. Yo no he creído nunca que
a V. le pudiese entrar la manía de imitar a los solitarios penitentes;
pero he pensado, como mis amigos, que usted medita y prepara, desde hace
días, un cambio en su manera de ser y de vivir.
--Estas mujeres son el diablo--contestó D. Acisclo--. Nada se les
oculta. Todo lo penetran. No quiero ni puedo ya negarlo. Voy a ser otro
del que he sido hasta aquí. Confieso que la consideración del mérito de
mi sobrino me ha servido de estímulo.
--¿No lo decía yo?--exclamó doña Manolita--. D. Acisclo, ¿se nos va V. a
ir a la China o a la India a convertir infieles?
--Algo de eso hay--respondió el interrogado--. Infieles voy a convertir,
pero sin salir por ahora de Villafría.
--¿Y cómo va a ser eso?--dijo doña Luz.
--Muy sencillamente--continuó D. Acisclo--. Ya saben ustedes que yo he
sido y soy, dicho sea entre nosotros, desechando la modestia, un hombre
bastante útil para mi patria. Yo hago prosperar la agricultura; aumento
la riqueza; doy de comer a los pobres que trabajan; en fin, sirvo de
mucho.
--No es menester que V. se alabe. ¿Quién no confiesa--dijo Pepe Güeto--,
que V. es la providencia de Villafría?
--Pues bien; todo eso lo hago con el dinero que he sabido adquirir. Yo
he tenido y tengo capacidad para adquirir dinero. Pero al ver que mi
sobrino ha adquirido ciencia y gloria, he comprendido que el dinero no
me bastaba, y que hay otras cosas que valen tanto casi como el dinero.
La ciencia, por ejemplo. ¿Cómo adquirirla, sin embargo? Ya está duro el
alcacer para zampoñas. Ya es tarde para que yo me engolfe en estudios.
Hay otra cosa que me atrae, que me seduce, y no es tarde aún para que yo
la adquiera.
--¿Qué será? ¿Qué no será?--murmuró doña Manolita.
--Adivínalo, muchacha; lúcete; muestra que ves crecer la hierba.
--Confieso que soy tonta: nada adivino. Ya que no aspira usted a sabio
ni a santo, ¿a qué aspira?
--Aspiro al poder. El poder es el complemento del dinero. Quiero ser
hombre político, personaje influyente, dueño de este distrito electoral,
derrotando al cacique de la cabeza del distrito, que hoy lo puede aquí
todo.
--¿Quién le mete a usted en esos ruidos, Sr. D. Acisclo?--dijo entonces
doña Luz.
--Mis convicciones políticas--respondió don Acisclo con suma gravedad.
--¿Sus convicciones políticas? Me pasma lo que le oigo decir. Pues ¿de
dónde provienen esas convicciones? Yo creía que usted no había pensado
en política en todos los días de su vida.
--Entendámonos--replicó D. Acisclo--: en la política que sirve de
pretexto o apariencia, es cierto que jamás he pensado; pero en la
política-verdad pienso siempre.
--¿Y qué es la política-verdad?
--La política-verdad es que todos los que formamos la nación española
damos al Gobierno cada año, por diferentes maneras, más de la mitad de
lo que la tierra, nuestro trabajo y nuestro caletre producen. El
Gobierno luego, ya en forma de pagas, ya en forma de subvenciones, ya en
otras formas, reparte todo esto entre sus amigos. De esta suerte, lo que
absorbe el Gobierno como contribución, se derrama de nuevo como benéfica
lluvia. ¿No es necedad que yo pague y no cobre? ¿No es bobada que yo
contribuya y no distribuya? ¿No sería más discreto que yo imitase a Don
Paco, el grande elector de este distrito, que paga diez y saca ochenta?
Pues qué, ¿no tengo yo sobrinos, hijos y ahijados a quienes dar turrón?
¿Una gran cruz, no me vendría que ni de molde? ¿El tratamiento de
excelencia se me despegaría? En vez de pagar mucho, como pago ahora, y
de no recibir nada, como no recibo, ¿no me sentaría divinamente pagar
menos, y recibir con usura lo pagado y más de lo pagado? Pues esto es la
política, y por esto quiero meterme en la política. ¿Qué digo _quiero
meterme_? Metido estoy ya en ella hasta los codos.
Doña Luz distaba mucho de creer que la política fuese lo que por
política entendía D. Acisclo: pero, viendo lo convencido que él estaba
de que no era otra cosa, y notando además que Pepe Güeto y su mujer no
distaban mucho de pensar como don Acisclo, no quiso predicar en desierto
ni tratar de convencerlos de que el verdadero concepto de la política
era muy diferente. También le chocó sobremanera el tortuoso giro de
pensamientos y discursos, por donde la mente de D. Acisclo, partiendo de
las homilías, disertaciones filosófico-cristianas y demás sublimidades
del Padre, había venido a parar en que debía él ser hombre político, a
fin de pagar menos contribución y de tomar mucha distribución.
Sobre este último punto no pudo menos de decir doña Luz:
--Aun concediendo, que ya es harto conceder, que la política sea como V.
la entiende, todavía me pasmo, Sr. D. Acisclo, de que, en virtud de los
razonamientos de su sobrino de V., haya venido V. a sacar como
consecuencia la resolución de ser político y de derrotar a D. Paco,
poniéndose en lugar suyo.
--Pues mire V., señorita doña Luz--respondió don Acisclo--, no hay nada
más llano que el camino de discurrir que yo he seguido. Enrique me ha
dado ánimos sin él saberlo. Por él he comprendido que en mi familia hay
brío para todo. Él es santo y sabio: hombre teórico: yo soy rico. ¿Por
qué no he de ser también influyente, a fin de ser el hombre práctico por
completo? ¿No hubo en lo antiguo, en una sola familia, Marta y María?
Pues ¿por qué ahora, en otra familia, salvo la diferencia de sexo, no
hemos de ser él María y yo Marta; él el contemplativo y yo el activo?
--Bien por D. Acisclo--dijo Pepe Güeto.
--Y vaya si tiene razón: ya sabe él dónde le aprieta el zapato--añadió
doña Manolita.
--No, sino pónganme el dedo en la boca--exclamó don Acisclo--, y verán
si muerdo o no muerdo. Pues qué, ¿un hombre de mis millones, y con un
sobrino tan notable, ha de estar toda su pícara vida humillado por ese
tunante de D. Paco, a quien da el diputado cuanto pide y más?
--Nada de eso, Sr. don Acisclo--dijo Pepe Güeto, dejándose arrebatar del
entusiasmo--. Es menester sacudir el yugo.
--¡Muera D. Paco el tirano!--gritó doña Manolita riendo.
--Ya se entiende que la muerte ha de ser meramente política y no civil
ni natural--interpuso doña Luz.
--¿Y cómo se va V. a componer para matarle políticamente?--preguntó Pepe
Güeto.
--¿Cómo me voy a componer? ¿Cómo me he compuesto? es lo que debieras
preguntar. Pues qué, ¿me duermo yo en las pajas? Ya lo tengo todo
concertado. El ministro cuenta conmigo. Yo les he probado que no es
natural, sino artificial, el diputado que de aquí enviamos, y, como
ahora está en la oposición, el Gobierno le derrotará con mi auxilio en
las nuevas elecciones, que serán pronto.
--¿Y quién es el nuevo candidato del Gobierno?--preguntó doña Manolita.
--Un candidato ilustre, un sujeto de inmenso porvenir, un héroe de la
guerra de África--dijo don Acisclo muy orondo--. Yo le protejo, yo haré
por él prodigios, yo me atraeré a los parciales de D. Paco, que se
quedará solo, y mi hombre saldrá por inmensa mayoría.
--¿Y cómo se llama su hombre de V.?--dijo Pepe Güeto.
--Se llama el brigadier de caballería D. Jaime Pimentel y Moncada,
valiente como el Cid, de noble prosapia, joven y gallardo. Ya le verán
ustedes, ya le verán ustedes, porque pronto vendrá a visitar el
distrito.
Con este notición se puso término a la charla, así porque era ya tarde,
como porque los aplausos y vivas de doña Manolita y de Pepe Güeto no
consintieron que siguiera adelante aquella noche.
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