Homilía

En vida tan apacible llegó, para doña Luz y para sus compañeros de

tertulia, la primavera de 1861.

Durante la Cuaresma, el P. Enrique predicó varias veces, con mediano

éxito, no sobrepujando la fama de los otros predicadores con quienes

alternaba. El número de los fervientes admiradores del padre apenas se

aumentaba con alguien que no fuese de la intimidad de D. Acisclo.

Aquel año, por lo mismo que su sobrino estaba en el lugar, D. Acisclo

quiso echar el resto, en el Jueves Santo, y la cena algo profana, a que

dio ocasión la salida en procesión de la Santa Cena, fue opípara y

estruendosa.

Doña Luz estuvo amabilísima con todos, y doña Manolita muy alegre y

chistosa.

No eran éstas, sin embargo, las reuniones que agradaban a doña Luz y a

su amiga, sino las poco numerosas, familiares y frecuentes, donde ellas

mismas incitaban a D. Anselmo para que provocase y contradijese al

Padre, obligándole así a hablar sobre puntos de religión o de filosofía.

En no pocas ocasiones, el P. Enrique había lucido, en sentir de sus

oyentes, una elocuencia conmovedora; pero jamás produjo tan honda

impresión en los ánimos como la noche del Domingo de Resurrección.

Incitado D. Anselmo, después de otros menos importantes ataques, llegó a

decir lo que sigue:

--Todo es hablar de caridad y devoción, pero, bien mirado, no se ve en

vosotros sino egoísmo. No es la piedad, no es el amor a vuestros

semejantes quien os mueve, sino el anhelo de la salvación propia y el

miedo del infierno.

--Alambicando de esa suerte--contestó el padre Enrique--, no hay amor,

por desinteresado que sea, cuya raíz no esté en el amor propio. Las

palabras mismas lo declaran. ¿Qué es la compasión? No es más que cierta

cualidad, en cuya virtud padece el alma cuando ve padecer a otra como si

ella misma padeciera. Todo sacrificio, por consiguiente, que haga el

alma compasiva, ya del reposo, ya de la vida corporal, ya de la

hacienda, será considerado como egoísmo. El alma compasiva le hace para

librarse de un padecimiento; para que el ajeno dolor no le duela como

propio; para hallar para sí la paz y el bien que apetece. Todo acto de

filantropía proviene de compasión: luego proviene del amor propio; luego

nace del egoísmo. Lo más que los filántropos podréis decir en vuestro

abono es que vuestro egoísmo es un egoísmo bien entendido, un egoísmo

provechoso para todos.

--Ya lo ven ustedes, señores--replicó D. Anselmo--, el Padre, como no

puede ni sabe defenderse, ataca; pero sus razones no tienen fuerza

contra mí. Yo no vacilo en concederle que la virtud humana de la

filantropía proviene de la compasión y es por lo tanto egoísmo; pero ¿la

virtud divina de la caridad es menos egoísmo en su raíz y fundamento? A

fin de no padecer viendo padecer a otro, hago yo, por ejemplo, un acto

de filantropía: le hago para ponerme bien conmigo: soy, pues, egoísta;

pero el que hace una obra de caridad, por amor de Dios, para ponerse

bien con Dios, de quien toda su dicha depende ¿se muestra acaso menos

interesado? Todavía se me antoja que vale más el filántropo que el

caritativo, porque al cabo es más noble y más bella la condición natural

del alma descreída que siente como propias las penas extrañas, y con el

propósito de libertarse de estas penas obra el bien, que la condición

algo sobrenatural del alma creyente que obra el bien por temor de

castigo o con esperanza de galardón y de premio; y no ya por amor del

ser miserable a quien socorre y ampara, sino por amor del ser poderoso

de quien todo lo espera.

--Censurar que el alma busque siempre su bien, dijo entonces el Padre,

sería tan absurdo como censurar que busquen los graves su centro. Ley es

ésta indefectible, donde no hay libertad, donde no cabe ni mérito ni

demérito. La voluntad va derecha a la beatitud, donde sólo puede

aquietarse, como la piedra, desprendida de lo alto de la torre, cae sin

detenerse hasta dar en el suelo; como la bala, disparada por certero

tirador, vuela a clavarse en el blanco. Lo importante, lo libre, lo

meritorio está en poner bien la mira, en buscar el supremo bien donde en

realidad reside. Una vez señalado el bien, verdadero o engañoso, ¿quién

no va a él por acto tan voluntario como necesario, ya que amar y

apetecer el bien es la esencia misma de toda voluntad? El amor de sí

propio es de necesidad; necesidad de quien ni el mismo Dios se sustrae.

--No niego yo que sea así. Convengo en todo, Padre. Pero ¿dónde está

entonces la libertad, la responsabilidad de nuestros actos? No habrá

pecados ni crímenes, sino errores. La inteligencia se engañará y

presentará a la voluntad lo que es malo como bueno.

--Así sería, dijo el Padre, si fuese necesario todo error; pero el error

no es necesario siempre. En el error puede haber libertad, y por

consiguiente pecado. A veces las pasiones, que no queremos dominar,

ofuscan el entendimiento y le llevan a que yerre; a veces el don

sobrenatural de la gracia no acude a nosotros porque nos hacemos

indignos de él, y entonces también se turba y se engaña el

entendimiento. Pero no creo que disputamos hoy sobre el libre albedrío y

la fatalidad, sino sobre si el alma al amar es desinteresada, porque

busca su propio bien, aunque este propio bien estribe en el amor mismo.

--Así es--dijo doña Luz.

--Esa es la cuestión de hoy--añadió doña Manolita.

--Figurémonos--prosiguió el padre Enrique--, a un enamorado, a un

caballero a la antigua, que por complacer a su dama, y para darle gloria

y contento, padece insufribles trabajos, se expone a los mayores

peligros y lleva a feliz término las más dificultosas aventuras.

Figurémonos que todo esto lo hace por una dama de quien recela con razón

que jamás será amado. Y figurémonos, por último, que todo lo hace por

servirla y sin esperanza de recompensa. Todavía según el modo de

discurrir de D. Anselmo, podremos tildar este amor de interesado, ya que

el alma de aquel caballero halla deleite grandísimo en hacer cuanto hace

por la dama, aunque la dama sea ingrata; o ya que, si no halla deleite,

halla consolación, considerándose mil veces más infeliz si nada hiciese

de lo que hace y si no diese de su amor tan valientes y generosas

pruebas. Pero ¿qué mucho si el mismo amor mal pagado suele ser causa de

ventura y de gozo íntimo para el amante que prefiere amar, aun sin

correspondencia, a que se desprenda y aparte el amor de su alma,

dejándola solitaria, seca y vacía? Queda, pues, demostrado así que todo

es egoísmo, si bien es fuerza convenir en que hay egoísmos sublimes y

merecedores de perpetua alabanza.

--Acepto--replicó don Anselmo--, el ejemplo de esa dama y de ese

caballero andante de los buenos tiempos antiguos que el P. Enrique nos

presenta; pero dudo mucho de que el caballero haga sus proezas con la

esperanza de galardón ya perdida. La misma alta opinión en que tiene a

la señora de sus pensamientos le persuade de que no ha de ser ingrata.

El caballero se aventura, pues, y se afana interesadamente, esperando

galardón; pero, supuesto el caso extraño de que no le esperase, ya no

podría equipararse con el cristiano caritativo, en quien jamás ha de

suponerse que la esperanza fallezca. En el concepto que tiene de su Dios

va implícita la idea de su bondad, de su omnipotencia y de su justicia,

y en ellas libra la seguridad de la paga. Vuelvo, pues, a mi tema. Toda

virtud mundana será egoísmo; pero lo es más la caridad, ya que se funda

en firme creencia y en esperanza clara y evidente de que será

recompensada. A pesar de todo, no desdeñaría yo esta virtud, y juzgaría

soberanamente benéficas la esperanza y la fe de que procede, si no

dejara nunca de ser, aunque por fines interesados y egoístas, causa de

buenas obras; pero la caridad tiene un camino, cuando se extrema, para

lograr su objeto, no ya sirviendo, sino olvidando, desdeñando y

menospreciando al prójimo y a cuantos seres hay en este universo

visible. El alma que se retira dentro de sí, que se hunde en el abismo

insondable de su propia esencia, donde se une o cree unirse con su Dios,

¿qué vale a los hombres? ¿Qué amor les consagra? ¿Qué criatura terrenal

podrá existir por cuya suerte se interese? El alma que así se endiosa,

encastillada en su recogimiento soberano, lo desdeña todo, menos su

propio centro, donde vive identificada con el eterno amante a quien

adora y de quien recibe bienaventuranza completa.

Con dulzura insinuante y con el reposo debido, a fin de hacerse entender

bien y de poner en sus ideas orden y claridad, contestó entonces el P.

Enrique a los argumentos de D. Anselmo; mas, a pesar del dominio que

tenía sobre sí y sobre su palabra, la emoción que embargaba su ánimo

venía a revelarse en su acento, en el brillo de sus ojos y en el

encendido color de sus mejillas, pálidas de ordinario. Todo ello

contribuía a infundir en el razonamiento que hizo aquella singular

persuasión que cautiva los corazones y somete a blando yugo las más

soberbias y rebeldes inteligencias.

¿Cómo reproducir, sin alterarle o sin debilitar su energía y empañar su

esplendor celestial, el sencillo e inspirado discurso que entonces

pronunció el Padre Enrique?

Lo que atine a poner aquí el profano, frío, escéptico y pobre narrador

de esta historia, no debe mirarse, cuando más, sino como informe

bosquejo de lo que dijo aquel hombre entusiasta y creyente. El P.

Enrique dijo así:

--A fin de dar cumplida contestación a los argumentos de D. Anselmo

sería menester desenvolver ahora las doctrinas todas de una altísima

ciencia. Lo que diga yo, por lo tanto, en breves palabras, no puede

menos de ser desordenado y de pareceros oscuro. Voy a poner en cifra y

resumen lo que requiere, para que se entienda bien, severo método y

reposo. Supongamos, por un instante, que abstraída el alma de todo lo

terreno, en suspensión de potencias y sentidos, en silencio maravilloso

y quietud envidiable, goza del supremo bien, sin salir de esta vida

mortal, y absorta y como hundida en la contemplación de su Creador, no

cuida ya del prójimo ni de las otras criaturas. Pero antes de alcanzar

tanta dicha, antes de subir a tanta alteza, ¿qué pruebas de bondad no

habrá dado el alma? ¿Por qué áspera senda no habrá tenido que trepar,

activa, atenta y persistente? Para ganarse la voluntad de su Creador

habrá hecho obras de misericordia, consolando y amparando a los

infelices y desvalidos, y con sus oraciones y penitencias, humildad y

mansedumbre, habrá sido pasmoso ejemplo y provechoso estímulo a todo ser

humano. No se conquista de otra suerte el amor de Dios. No hay otra vía

más cómoda y llana para llegar a él. Claro está, pues, que, aun

suponiendo que el alma es ya inútil para las otras almas al llegar a ese

término, es utilísima mientras no llega. Y no obstante, cuando el alma

llega, cuando se recoge en su centro, donde Dios mora, y allí le conoce

y con él se une, ¿cómo imaginar que por eso se aniquila o se hace

inútil? Tal vez, al anegarse en aquel abismo de luz, no ve sino

tinieblas. Tal vez los ojos del alma no pueden resistir tanto

resplandor. Tal vez la inteligencia limitada no comprende aquellas

perfecciones infinitas e inenarrables. Pero si la inteligencia, en el

alma que llega a Dios, no ve ni comprende todo su ser, bástale con

percibir algún atributo para no quedar perdida y aniquilada en su

ventura. Bástele ver a Dios, para ver en Dios el mundo y las criaturas

que le llenan y hermosean, y para verlo todo, por más cabal y

comprensiva manera que cuando lo veía con sólo los sentidos como

apariencias fugitivas que los hieren. El alma ve entonces las cosas

tales como son y no tales como aparecen; las ve, no en su manifestación

transitoria, sino en su idea pura y eterna; no ya en lucha constante,

desligadas, sin concierto, en guerra de exterminio, sino que las ve

atadas por lazo de amor, subiendo en concorde armonía hacia la luz y

hacia el bien, y encaminándose, por atracción suave y divina, a la

justificación providencial de todo. Y como el alma ama a Dios y todo

está en Dios, el alma lo ama todo amándole. Y lo ama todo, no ya

interesadamente, como lo amaba antes, sino con desinterés, porque quien

tiene a Dios ¿qué más quiere ni desea? Así el alma ama a las criaturas

como Dios las ama, y quiere que todas se vuelvan a Dios y le amen, y que

el tesoro del amor divino sea para todas ellas. Y entonces el amor del

alma, conforme, identificado con la voluntad de Dios, abarca el universo

y cuanta hermosura espiritual y corporal en sí contiene. Y lejos de

quedar el alma, al unirse con Dios, inerte y como vacía y sin

conciencia, logra conciencia más clara y distinta, y arde en amor más

vivo que todos los amores mundanales. Y no hay excelencia en lo creado,

cuyo valer no estime y pondere en lo justo; ni beldad en quien sin

concupiscencia no se complazca, porque tiene ya hartura y plenitud de

deleites purísimos; ni riquezas que no mire sin codicia, porque está

agraciada y como heredada de los más preciosos dones; y ama sin celos al

amor que da Dios a las criaturas, por que las comprende en su mente e

imagina que todo el amor que vierte Dios en ellas, le recibe y le guarda

para sí propia. ¿De qué sacrificio, de qué obra estupenda de caridad, de

qué proeza de amor, de qué devoción, abnegación y martirio no será capaz

el alma unida con Dios, y que se vuelve a las criaturas, y las contempla

en Dios mismo, como si fuesen algo del ser y de la sustancia del objeto

amado? Lejos, pues, de creer que esta unión del alma con Dios la hace

inerte e inútil para los demás seres, creo que la habilita y alienta

para tomar en el manantial caudaloso del amor del cielo los torrentes de

caridad que vierte luego en la tierra. Porque, como el Verbo, que es

Dios, dio su vida mortal y humana por la salud de los hombres, el alma,

si se une con Dios, adquiere la virtud divina para arrostrar y sufrir

por los hombres los tormentos y la muerte, imitando a Cristo, que es el

Dios a quien se une.

De esta suerte se expresaba el P. Enrique, hasta donde la torpe pluma y

la lengua pecadora de quien esto escribe consigue remedar su improvisada

homilía; ya que, en la sagrada ciencia, que él iba explicando, dijeron

los más delgados conceptos y aclararon los más hondos misterios, no los

que en los libros y en el estudio fueron a ilustrarse, sino los que por

experiencia los entendían y por santidad insigne gozaron del favor

divino.

Y mientras que el Padre hablaba, D. Acisclo oía embelesado, aunque no

penetraba el sentido de una sola palabra; y D. Anselmo se deleitaba, sin

creer, como quien saborea la más bella composición poética; y doña Luz,

doña Manolita y Pepe Güeto, escuchaban con fija atención y gran fervor

religioso, lisonjeándose de que todo lo alcanzaban.

Acaso no lo creyó así el Padre, allá en lo interior de su pecho, pues

para aclarar y completar lo que había dicho, añadió de este modo:

--Quiero asimilar vuestra filantropía mundana a un hermoso río, cuyos

canales y acequias riegan y fertilizan los campos; mientras que el alma,

que se une a Dios por amor, es como el agua que el sol rarifica y

levanta y que sube en vapores al cielo. ¿Será esta agua menos útil que

la del río? No, porque luego desciende en bienhechora lluvia, más

fecundante que todo riego artificial, y aun de este mismo riego

artificial es causa mediata, ya que la lluvia, que viene del cielo,

cuaja y forma en la cima de los montes con apretada y cándida nieve las

inexhaustas urnas, de donde brotan y se desatan arroyos y ríos en

cristalinos raudales. Presuma, en buena hora, el zafio y rudo

agricultor, cuando riega su campo, que el agua viene de la vecina

montaña, y que se deriva por ocultos caminos del seno de la madre

tierra. Pero ¿habría agua si el cielo no la hubiera depositado allí? De

esta suerte, la filantropía, la virtud meramente humana, tiene su

origen, ignorándolo tal vez los mismos que la practican, en la caridad

divina. El amor de Dios sube al cielo; se diría que desprecia este bajo

mundo; pero, al descender de nuevo a la tierra, como el limpio rocío de

la aurora, viene transformado en amor acendradísimo del prójimo. En

nuestra verdadera religión no sucede como en algunas falsas, donde el

bien supremo implica el aniquilamiento de la conciencia. Si el discurso

racional no llega al ápice de la mente, Dios le adorna y reviste de

prendas sobrenaturales; en vez de destruirle, le da la fe, para que viva

y entienda. Y a veces brota del centro del alma una luz interior que

baña las potencias que hasta el centro no han penetrado, por donde

nuestro ser individual, aun en el éxtasis, no se esfuma, ni se

desvanece, ni se desmaya, sino que con más ser vive, siente, piensa,

conoce y ama. Si para subir al enlace místico, se desnuda el alma de

todo lo creado, si llega a entender que sólo existen Dios y ella, esta

muerte es como la muerte natural, en la cual se desprende el alma de sus

mortales despojos. Y así como el alma ha de revestirse de cuerpo

glorioso, así también resucitan todas las potencias que, para llegar al

éxtasis divino, tal vez murieron. No, no se pierde el alma de los

místicos cristianos en la esencia suprema, como en el _nirvana_ de los

budistas; no, no cae en sueño eterno, sino que logra la plenitud de la

vida. El ambiente bañado y penetrado todo de rayos de sol parece luz de

oro y sol y no aire; y el hierro, que sale candente de la fragua, no es

oscuro y opaco, sino refulgente como el fuego de donde sale; y por igual

manera, en cuanto la comparación material es posible, el alma que se

unió con Dios parece Dios. Y por último, para el provecho que a los

demás hombres puedan traer estos bienes y regalos de los espíritus

contemplativos, quiero añadir una consideración de gran peso; a saber,

que en ninguna creencia, en ninguna doctrina, se ensalza tanto como en

la nuestra la dignidad humana, el ser del hombre, prescindiendo de su

valer accidental. Los Elíseos, los Paraísos, los Empíreos de otras

religiones sólo abren sus puertas a los magnates, a los príncipes, a los

sabios, a los guerreros y a los ilustres; mientras que nuestro cielo es

el cielo de los pobres, de los humildes, de los pacíficos y de los

mansos. Y no es esto sólo para consolación, por la esperanza en otra

vida mejor, del desdén de la fortuna y de los trabajos y miserias que en

esta vida tienen que sufrir, sino que ejerce poderoso influjo en lo

presente, y da precio infinito a toda alma humana, como rescatada por

Cristo, e iguala con más verdad que toda ley democrática a unos hombres

con otros, y reviste de majestad sagrada, y hace más que hermanas

nuestras a todas las criaturas, a las más cuitadas, a las más viles, a

las más abyectas y a las más pecadoras.

Los oyentes del P. Enrique, que aquella noche no eran más que cuatro,

entendiendo unos más y otros menos lo que dijo, quedaron todos

encantados de oírle. Don Anselmo llegó a confesar que le entraban ganas

de ser cristiano; doña Manolita y su marido se sintieron más cristianos

que nunca; D. Acisclo halló que su sobrino tenía casi tanto

entendimiento como él, si bien aplicado a cosas menos prácticas; y doña

Luz, embelesada, entusiasmada, añadió acaso, con su rica imaginación

poética, mil quilates de hermosura, de novedad y de profundidad, al

discurso del Padre, del cual no perdió ni una sola cláusula,

comprendiendo el más hondo sentido del conjunto y de cada sentencia.

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Doña Luz · 第 16 / 30 题