Preparativos electorales

El plan de D. Acisclo había sido meditado pausadamente y en secreto, y

estaba tan bien trazado, combinado y preparado, que no escaseaban las

probabilidades de que se lograse.

La empresa, no obstante, era difícil; casi imposible para cualquiera

otro que no tuviese en aquel distrito la actividad, el poder, el influjo

y el dinero que don Acisclo poseía.

Don Paco, el grande elector, era pájaro de cuenta, y contaba con un

diputado-modelo; con un diputado tal, que no es dable que haya como él

una docena al mismo tiempo en toda España.

Según cálculos estadísticos de la mayor exactitud, los sueldos, adehalas

y favores de varias clases, evaluados en metálico, que el diputado

prodigaba a sus fieles del distrito, sacándolo todo del Gobierno,

importaban veinte veces más que lo que el distrito pagaba de

contribución directa e indirecta. Suponiendo, por un instante, que todos

los demás diputados fuesen tan hábiles, tan mañosos, tan felices y tan

píos como el de que hablamos, el Gobierno tendría que hacer el milagro

de pan y peces, en inmensa escala, o tendría que producir un déficit, al

cabo del año, de diecinueve veces el valor de todos los recursos y

rentas del Estado, en el año mismo.

De aquí que haya tan pocos diputados en España como el que don Acisclo

se proponía vencer. Era, por excelencia, lo que se llama un diputado

natural.

El diputado, en virtud de continuos desvelos y de un arte maravilloso,

se gana la _naturaleza_ en un distrito, repartiendo a manos llenas los

empleos; y cerca del Gobierno, a más de su talento y de su importancia

personal, se apoya para sacar los empleos en esa misma devoción que

asegura y prueba que los electores le tienen y en cuya virtud es

diputado natural y goza de distrito suyo y re-suyo.

Aunque el diputado natural esté en la oposición, conserva el distrito

por dos razones. Es la primera porque, si bien los electores le ven

caído, guardan la esperanza de que pronto volverá a encumbrarse,

mandarán él y los de su partido, y lloverán entonces los favores. Es la

segunda razón, porque, el diputado natural, aun cuando no esté en el

poder, logra que muchos de sus ahijados se sostengan en sus empleos, y

hasta suele darlos flamantes, ya porque los fueros de diputado natural

le habilitan para todo, ya porque le sobran amigos en los Ministerios, y

ya porque los mismos ministros, sus contrarios, le atienden y

consideran, esperando la reciprocidad para cuando estén ellos caídos.

El diputado, contra quien iba a sublevarse don Acisclo, estaba caído en

aquel momento; pero nadie dudaba de que pronto se volvería a encaramar

en el poder. Habíanle dejado cesantes a no pocos de sus ahijados; pero

aún quedaban muchos en plena posesión de sus empleos y sueldos. La fama

que el diputado tenía de servicial, complaciente y poderoso para _sacar

turrones_, era tan firme que hasta su mismo temporal decaimiento

aumentaba su clientela en vez de mermarla. Los más astutos y previsores

conocían cuán propicia ocasión de ponerse bien con él era servirle

mientras estaba lejos del mando, lo cual da ciertos visos de desinterés

a los servicios y es lo que llaman por allá, con frase hecha, elegante y

propia de la poesía bucólica, _llevar pajitas al nido_. El que no lleva

pajitas al nido rara vez moja la barba en cáliz, he oído decir con

frecuencia al personaje más sentencioso de aquellos lugares.

Presentadas así las cosas, parece una temeridad, un delirio, algo

semejante al propósito que tuvo la serpiente de la fábula de morder la

lima, el plan de D. Acisclo de derrotar a D. Paco y de suplantarle.

Mas no hay que acoquinarse por eso ni por mucho más. D. Acisclo no se

acoquinaba; tenía confianza en su energía propia, y estaba resuelto a

pelear contra D. Paco, cuya tiranía se le había hecho insufrible. Lo que

sí había considerado bien D. Acisclo, como prudente capitán, era lo

colosal y comprometido de su empeño; y a fin de salir airoso, había

tomado las convenientes precauciones, acumulado medios, buscado alianzas

y allegado fuerzas y recursos de toda laya.

Cada vez que un diputado o el grande elector en su nombre da un empleo,

el agradecimiento no es seguro en quien le recibe, pues éste puede creer

que harto ganado le tiene. En cambio los envidiosos, quejosos y

descontentos, parece como que brotan del seno de la tierra, lo cual es

difícil de evitar, porque por muchos empleos que saque el diputado, no

ha de sacar uno para cada elector. Entre los empleados y agraciados

suele haber también quejas y envidias. Fulanito se llevó un _turrón_ más

dulce y suculento que el mío, dice Menganito; y Perenganito exclama que

el destino de Menganito es de mucho _manejo_ y el suyo no lo es, de

donde nace también no pequeño encono. El uno, que no es más que

estanquero, entiende que debía ser _vista_; y el otro, que está de

oficial ambulante de correos, siempre metido en un wagon, suspira por el

alfolí de la sal que se dio a un tercero, que disponía en la elección de

menos votos que él; y el que tiene como _fiel_ el alfolí se juzga

desairado porque no le nombraron guarda-almacén, que esto y mucho más se

merecía. El puesto de alcalde suele ser muy disputado, y casi siempre se

pican dos o tres porque no lo son. En suma, aunque el diputado y su

_alter-ego_ D. Paco eran casi tan avisados y prudentes como Ulises, a

quien la propia Minerva, descendiendo _ad-hoc_ del Olimpo, inspiraba la

más severa justicia distributiva para repartir pedazos de buey asado en

los banquetes a los héroes de la _Ilíada_, o ya porque repartir

_turrón_es más arduo que repartir _roastbeef_, o ya porque los electores

de España son más descontentadizos que los semi-dioses y guerreros

aqueos, ello es que el disgusto cundía y que había mar de fondo hasta en

la misma capital del distrito.

Nada de esto hubiera valido, todo se hubiera disipado como una nube de

verano, si D. Acisclo, con artes maquiavélicas, no hubiera atizado la

discordia, dándole pábulo con ingeniosos chismes, diestramente

divulgados, y no hubiera en sazón oportuna levantado bandera de

enganche, a cuya sombra se fueron acogiendo y alistando los que se

creían desairados o mal pagados de sus afanes.

De esta suerte vino a formar D. Acisclo una poderosa minoría electoral,

cuyo centro y núcleo era Villafría.

Entonces negoció con el Gobierno, y luego que el Gobierno le ofreció su

apoyo, a fin de derrotar al diputado de D. Paco y elegir en lugar suyo

al ya nombrado D. Jaime Pimentel, D. Acisclo se afanó por convertir su

minoría en mayoría, trayendo a sí a los neutrales y vacilantes, y

procurando, sobre todo, sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a no

pocos que jamás quieren votar ni mezclarse en política, tal vez porque

no ambicionan empleos.

Entre estos desdeñosos, dignos en nuestro sentir de reprobación, porque

dejan el campo libre a los explotadores, había en el distrito un hombre

a quien, vencida su inercia, seguiría toda una población. La población

era la que ya conocen mis lectores con el nombre de Villabermeja. El

Cincinato electoral, a quien anhelaba mover D. Acisclo, porque con él

daba por indudable el triunfo, era el famoso amigo mío D. Juan Fresco,

de cuyos labios sé esta historia, así como otras muchas no menos

ejemplares, que contaré en lo venidero, si Dios me concede vida y salud.

Don Juan Fresco estaba en buenas relaciones con D. Acisclo, el cual le

había sido útil y le había servido en algunos negocios; pero D. Juan

Fresco no se dejaba llevar con facilidad. Don Acisclo había montado a

caballo e ido a verle a su lugar dos o tres veces. Le había escrito

además cuatro o cinco cartas, tratando de convencerle. Nada había

bastado a quebrantar su resolución ni a cambiar su inveterada conducta

de no mezclarse en elecciones ni en política para nada.

Don Acisclo rabiaba, se entristecía y se desesperaba de esta terquedad.

Con D. Juan Fresco de su lado, su empresa era llana. Sin D. Juan Fresco,

a pesar del auxilio del Gobierno, distaba muchísimo de estar asegurada

la victoria.

Entre tanto, preparado ya todo lo demás y próximas las elecciones, sólo

faltaba echar a volar el nombre del candidato, guardado hasta entonces

con el mayor sigilo por D. Acisclo y el Gobierno; pero antes quiso D.

Acisclo probar por última vez sus fuerzas persuasivas cerca de D. Juan,

revelándole el nombre del candidato y ponderándole sus prendas y

merecimientos. A este fin le escribió nueva carta, lo más elocuente que

supo. La contestación de D. Juan no se hizo aguardar más de un día, y

fue tan impensadamente satisfactoria para D. Acisclo, que de ella

provino el contento que mostraba cuando se animó doña Manolita a

preguntarle la causa de él, y la facilidad y buen talante con que lo

declaró todo a doña Luz, a Pepe Güeto y a la mencionada hija del médico.

La carta de D. Juan Fresco es un documento importante que conservamos en

nuestro poder, y del cual no estará de más dar aquí traslado.

La carta es como sigue:

«Apreciable amigo y dueño: Hasta ahora me he resistido a todas las

súplicas de V., por más que le quiero bien, sin poder remediarlo. Y me

he resistido porque mi modo de ver las cosas es contrario al de V. en

mucho. Ambos somos más liberales que Riego; ambos somos más

despreocupados que el autor del _Citador_, libro que V. habrá leído;

ambos somos progresistones de lo más fino y neto, y a ambos nos hechiza

la igualdad, con tal de que no sea más que ante la ley, y salvas las

desigualdades, merecidas o arrebatadas por naturaleza, por gracia, por

habilidad o por acaso, de ser unos tontos y otros listos, unos ricos y

otros pobres. Pero por cima de esta consonancia perfecta en que estamos

V. y yo, hay entre nosotros radicales diferencias, las cuales consisten

en que nos hemos forjado muy distinto _ideal_. Entiéndese por _ideal_,

palabrilla que está muy a la moda, el término de las aspiraciones de

cada uno. Su ideal de V. es que haya un gobierno que distribuya cuanto

hay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, que

nos enseñe lo que hemos de aprender, que nos señale lo que hemos de

adorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide de

nuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y la

filoxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootias

y sequías, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechas

abundantes. A un Gobierno, a quien tales y tan múltiples encargos se le

confían, es menester habilitarle de muchísimo dinero, que él reparte

después entre los que han de hacernos felices, dándonos salvación,

ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomoción y

cuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia. Pero V. dice, y dice

muy bien, desde su punto de vista, ¿por qué no he de ser yo, que no soy

más bobo que otro cualquiera, quien, si no en todo, en parte, se

encargue de hacer esos prodigios benéficos y providenciales, y quien

reciba y reparta a su gusto los ochavos que para hacerlos hay que

largar? De aquí que V. anhele, como quien no dice nada, producir un

diputado, y sobre todo un diputado que influya, que valga y que _saque

turrones_. Yo, en cambio, lo confieso, tengo un ideal, que, al paso que

vamos, no se realizará, si se realiza, hasta dentro de diez o doce

siglos; pero, amigo, es menester ir encaminándose hacia él, aunque sea a

paso de tortuga. Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negación

del Gobierno; una anarquía mansa y compatible con el orden; un orden

nacido armónicamente del seno de la sociedad y no de los mandones. No

quiero que nadie me enseñe; yo aprenderé lo que mejor me parezca y me

buscaré maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidaré; ni que nadie

me abra caminos, que yo me asociaré para abrirlos con quien se me

antoje. Sé que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativa

individual y que es necesario que el Gobierno tome en todo la

iniciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos. En

suma, yo no tengo que presentar aquí todas las razones que contra mi

_ideal_ se alegan. De sobra las saben V. y todo el mundo. Lo que deseo

que conste es que, a pesar de todas estas razones, yo estoy enamorado de

mi irrealizable sistema, y considero apostasía trabajar en este otro

archi-gubernamental que hoy priva, sin duda por aquel dicho profundo de

un sabio: «La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido

aún». Mientras sigue la humanidad nonata, si hemos de mirar las cosas

por el haz y sin penetrar en el fondo, usted tiene razón que le sobra.

Ya que se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribución

es forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribución

luego, máxime si se considera que, según canta el refrán, quien parte y

reparte se lleva la mejor parte.

»Pero cuando se hunde bien la mirada en el centro de este negocio,

concretándonos a un distrito electoral, créame usted, Sr. D. Acisclo,

hasta para lo práctico, y de hoy, sin pensar en mañana, vale más mi

sistema que el de V. ¿Qué se logra con dar empleos a trochi-moche? El

distrito no se enriquece por eso. Los naturales de él que salen

empleados se gastan fuera lo que cobran. Raro es el que vuelve al

distrito a gastarse en él lo que ahorra o garbea. A menudo los tales

ahorros no lucen ni parecen. Se disipan y evaporan como no pocas otras

riquezas mal y fácilmente adquiridas. Los dineros del sacristán cantando

se vienen y cantando se van. El empleado así, por favor electoral,

adquiere hábitos de lujo, desdeña la manera rústica y sencilla con que

antes vivió, y se acostumbra a que el reloj gane por él el dinero,

pasando y pasando horas y días. El mal ejemplo inficiona a todos. El

hijo del menestral, el criado de servicio, todo el que sabe leer y

escribir, repugna el trabajo manual, y dice para sí: ¿por qué no he de

estar yo también empleado? ¿Por qué el diputado no me proporcionará una

bonita colocación? El que no tiene la menor esperanza de que el diputado

le coloque se llena de envidia y de ira, y se hace flojo y perezoso para

no ser menos que el empleado, de cuya holganza y vida regalona se forja

un concepto exagerado y fantástico. Imagina, sin que nadie se lo quite

de la cabeza, por no conocer sin duda lo de tiempo que se gasta, lo de

papel que se embadurna y lo de afanes que se producen con nuestro

complicado expedienteo, que las horas de oficina transcurren en amenas

pláticas, fumando los oficinistas exquisitos puros y regalándose con

frecuentes piscolabis. Y entiende además que a cada instante se ofrecen

_negocios de mi flor_ a todo oficinista no lerdo, el cual a menudo tiene

algo de que incautarse y al cual no falta de vez en cuando quien le unte

bien la mano. Con tales imaginaciones ¿cómo irá nadie con gusto a cavar

en el tajo y cómo no ha de querer convertir el tajo en un remedo de la

soñada, deliciosa y sibarítica oficina? Resulta de todo ello que como el

diputado da empleos a los más activos, ágiles y despejados, quienes

naturalmente emigran del distrito, sólo quedan en él los más tontos,

torpes y para poco, y éstos, agraviados, lastimados en su amor propio, o

desanimados y con poquísimas ganas de trabajar. No hay, por lo tanto, ni

industria ni arte, ni adelantamiento, ni mejora posible. Gracias a la

milagrosa y pródiga protección del diputado, el distrito se empobrece,

en vez en enriquecerse, y se transforma en una nidada de holgazanes y de

ineptos. Vea V. por lo que yo, de puro amor al distrito, no quiero darle

diputado hábil, como el que tenemos ahora; no quiero darle diputado que

tanto turrón busque y reparta.

»Por dicha, el nombre de su candidato de V. me ha hecho pensar en que,

favoreciéndole y dando a V. gusto, hago el bien del distrito, según lo

entiendo yo: le quito de encima la secadora protección del diputado

actual, que parece un fabricante de turrones, y le propino y administro

uno que dirá a ustedes, en cuanto le elijan, si os vi no me acuerdo, y

no les dará turrón, con lo cual quizá renazca la actividad agrícola, se

creen industrias sanas, y desaparezca la corrupción que hoy nos pudre.

Sí, amigo D. Acisclo, yo conozco a D. Jaime Pimentel desde que estuve en

Madrid con mi pobre sobrina María y con aquel estrafalario de doctor

Faustino, con quien ella se casó. D. Jaime era amigo de Faustinito. Dios

los cría y ellos se juntan. Aunque en mucho se diferenciaban, en

bastante se parecían. D. Jaime, muy joven entonces, era un verdadero

ninfo. Acicalado, perfumado y siempre de veinticinco alfileres, aunque

bizarro militar, tenía más trazas de Cupido que de Marte. No creo que

tuviese ilusiones, ni que soñase, como su amigo el doctor. Don Jaime iba

al grano. Buen mozo, audaz y discreto, había tenido ya varios éxitos

ruidosos con damas elegantes, y tres o cuatro desafíos, en los que

siempre había quedado vencedor. Entonces se pronosticaba a D. Jaime un

brillante porvenir. El pronóstico se va cumpliendo. Aún no debe tener

cuarenta años y ya es brigadier. Por su cuna y por sus prendas es muy

estimado y querido. Además de su sueldo, tiene alguna rentilla, que le

da independencia y desahogo. D. Jaime tendrá sobre dos mil duros al año.

Para nada necesita de este distrito. No me explico qué antojo será el

suyo de salir diputado por aquí, pudiendo salir por donde quiera. Cerca

de este lugar posee unas sesenta aranzadas de olivar, que su padre,

militar como él, compró con dinero ganado al juego. Este es el único

lazo, que yo sepa, que a este distrito le une. Repito, pues, que no me

explico su empeño en ser nuestro diputado; pero doy por evidente que,

una vez logrado su empeño, nos volverá la espalda, nos mandará a paseo,

y no nos dará ni pizca de turrón. Como en esto precisamente consiste mi

sueño dorado, callándome la razón para no espantar a los secuaces de V.,

me decido a ser uno de ellos. Cuente V., pues, conmigo para elegir

diputado a D. Jaime Pimentel, y créame su afectísimo amigo».

Tal era la carta de D. Juan Fresco que tanto alegró el corazón de D.

Acisclo. Lo esencial era que D. Juan apoyase su empresa, fuese por lo

que fuese. Lo que don Acisclo quería era aquella alianza, y poco le

asustaban las enrevesadas razones y fatídicos pronósticos en que se

fundaba y que él se guardó bien de confiar a nadie. Sólo de cuando en

cuando, si bien haciendo desmedidos encomios de la entereza, discreción,

honradez y sabiduría de D. Juan Fresco, afirmaba D. Acisclo que era un

_ente_.

--¿Y por qué dice V. que ese D. Juan es un _ente_?--le preguntó una vez

doña Manolita.

--¿Por qué lo he de decir?--contestó don Acisclo--; porque es un _ente_;

porque es el bicho más raro que he conocido en mi vida.

-XII-

Doña Luz · 第 18 / 30 题