Pasado el gran acontecimiento de la venida del P. Enrique; luego que no
quedó en el pueblo nadie que no le viese, satisfaciendo así la
curiosidad; luego que le oyeron predicar en la parroquia y no hallaron
que sus sermones fuesen más bonitos que los de otro Padre, sino más
fáciles, más pedestres, más sencillos y con menos latines; y luego que
vieron que el P. Enrique ni contaba chascarrillos ni jugaba al billar ni
a la malilla, ni era más entretenido que otro cualquiera, todo Villafría
entró de nuevo en su estado normal.
Como piedra que cae en estanque profundo, la cual hace muchos círculos y
turba el haz del agua, y luego se desvanecen los círculos y vuelve todo
a su primer reposo sin que nadie se acuerde de la piedra, así sucedió
con el P. Enrique a los tres meses de estar en Villafría.
Verdad es que él procuraba eclipsarse. Si hacía obras de caridad hasta
donde sus cortos medios lo consentían, era tan sin estruendo, que nadie
se enteraba; si, movido a ello por compasión o porque lo juzgaba
absolutamente necesario, daba algún consejo, le daba con tal llaneza y
con tan pocos textos y autoridades, que nadie hacía caso, y aun había
quien supusiese que no sabía aconsejar por lo fino, acostumbrado a vivir
entre los salvajes allá en las Indias.
En suma, el P. Enrique, o no supo o no quiso hacerse popular. También en
él se cumplió la sentencia evangélica: _Nadie es profeta en su patria_;
también por él, si es lícito comparar lo pequeño con lo grande, pudo
decirse que _estuvo entre los suyos y los suyos no le conocieron_.
No iba al casino, no frecuentaba la tertulia del boticario, no sabía
palabra de política, no visitaba a las señoras devotas del lugar, en
fin, se aseguraba ya que no servía para nada.
Decía su misa diaria, y casi siempre estaba encerrado en el caserón del
marqués, que así le llamaban, donde andaba de continuo papeleando; esto
es, bregando con libros y papeles, ora escribiendo, ora leyendo cosas
que a nadie le importaban por allí.
Como Villafría era pueblo muy liberal y avanzado en ideas, acusaban
muchos al P. Enrique de hipócrita, de carlistón y de _neo_, y en cambio,
los verdaderos _neos_ y carlistones, que tampoco allí faltaban, miraban
con desdén al Padre, porque de nada les valía ni con ellos se
espontaneaba, o más bien, no tenía de qué ni sobre qué espontanearse.
Por fortuna era tan dulce el Padre que no podía mover a odio, y tan
silencioso y modesto que no excitaba la envidia. Todo se redujo a que le
olvidasen, viéndole; género de olvido que ocurre con frecuencia.
Sólo en la mayor intimidad, en medio de pocas almas escogidas, y de
alguna que si no lo era se dejaba llevar por el entusiasmo de las otras,
se desanudaba suavemente la lengua del P. Enrique; y las narraciones
amenas, los discursos elevados, los bellos pensamientos y nobles
sentimientos brotaban de sus afluentes labios y penetraban en los
corazones y en la mente del poco numeroso auditorio, aunque mejor sería
decir de sus pocos interlocutores, porque el Padre evitaba, cuanto
podía, monopolizar la palabra y prefería el diálogo en que todos
hablasen.
Sus interlocutores eran doña Luz, doña Manolita, el médico, Pepe Güeto,
el cura alguna vez y don Acisclo siempre.
Cuando venía más gente en casa de D. Acisclo, aquella franqueza
desaparecía, y la conversación, como por ensalmo y sin poder evitarlo,
bajaba al nivel villafriesco.
Las condiciones de entendimiento y de carácter movían a esto al P.
Enrique, no por altivez, sino por timidez. Con el humilde vulgo, allá en
los pueblos más cercanos a la naturaleza, en donde había vivido, había
acertado a explicarse por tan llano y persuasivo estilo que sus palabras
sin arte, santas y sinceras, habían quedado grabadas en los corazones,
llevando el convencimiento a las almas. Con sujetos de letras y
doctrina, o que por gracia, por entusiasmo, por hondo sentir poético y
por elevación de miras y de ideas, le infundían confianza y le
inspiraban simpatías, su discurso le arrebataba fácil e insensiblemente
a las más altas regiones; pero con ciertas gentes medianas, que presumen
de cultas, el Padre Enrique se recogía por instinto, sentía su carencia
de poder y de influjo, y ni era sencillo, ni era elevado, ni conmovía
por la candorosa expresión de los afectos, ni alzaba en pos de sí las
inteligencias, tendiendo el vuelo de águila la suya.
Villafría, población muy adelantada, producía este efecto en el P.
Enrique. Nada amilanaba su corazón, ni allí tenía que temer nada; pero
su entendimiento estaba amilanado y reconocía su carencia de influjo.
No afirmo yo que se establezcan corrientes magnéticas; pero, sin decirlo
como verdad, puedo decirlo como imagen; entre sus paisanos y él no había
corriente magnética alguna. La corriente magnética sólo existía entre el
Padre y las pocas personas que hemos nombrado ya, y que, durante todo el
invierno de 1860 a 1861, se reunían, sin faltar apenas una noche, en
torno del hogar de D. Acisclo, en la _cocina de los señores_, que
dejamos descrita.
En esta reunión se charlaba por los codos, y nadie hacía tanto gasto de
palabras como doña Manolita, cuyos graciosos disparates movían a risa
hasta al Padre, a pesar de su gravedad. A veces, no obstante, sin buscar
tema, sin el propósito preconcebido de enredar alguna discusión sobre
las más arduas materias, la discusión venía a enredarse, y entonces don
Acisclo, el cura, Pepe Güeto y hasta doña Manolita, callaban y oían, y
hablaban sólo el P. Enrique, doña Luz y el médico D. Anselmo.
Reinaba allí la más amplia libertad de pensamiento; y el médico, que era
el constante impugnador del P. Enrique, decía cuanto se le antojaba;
pero como todo corazón generoso lleva ingénitamente en su centro la
buena crianza, aunque no se la hayan dado, D. Anselmo, ni aun en la fuga
del más ardiente disputar, ni en la mayor violencia de sus ataques, se
olvidaba de velar y de mitigar su rudeza con la dulzura de la forma.
A través de esta forma dulce se mostraba, no obstante, la negación
radical de toda verdad que no venga a nosotros por la experiencia
sensible. Con fe se puede creer en lo sobrenatural; con imaginación se
puede crear un mundo trascendente de ideas metafísicas y religiosas. La
razón, en tanto, sólo puede saber lo que ella, en virtud de sus propias
leyes, induce del estudio y observación de los fenómenos que llegan a su
conocimiento por los sentidos. Esto sólo es la ciencia: lo demás será
poesía, o como quiera llamarse. Y el principio de la ciencia para D.
Anselmo era que hay una sustancia infinita, la cual, en virtud de la
inexplicable agitación y del prurito, que constituye su esencia, produce
variedad de seres, cuya perfección relativa, dentro del período en que
vivimos, y hasta donde la memoria puede penetrar en lo pasado, y la
prudente previsión en lo porvenir, va siendo cada vez mayor, merced a
cierto proceso ascendente y a cierto desarrollo que nos parece que no
termina. Cómo ello empezó y cómo habrá de acabar, sostenía D. Anselmo
que se ignora y que se ignorará siempre. Era vano, en su sentir,
obstinarse en ver más allá: si antes del principio de esta evolución
hubo otra; si después volverán las cosas al reposo y a la muerte, y si
luego se despertarán nuevo prurito y voluntad de los átomos, que los
lleven a agruparse y a crear otro universo, y vidas nuevas, y progreso,
y consciencia, y lo que llaman espíritu, y por último, muerte otra vez.
Sobre todo esto, sólo podían forjarse teorías y ensueños, lanzándose en
especulaciones aventuradas, más allá de los términos y linderos hasta
donde la razón nos sigue.
Y lo que D. Anselmo afirmaba de la vida total del mundo, lo afirmaba tan
bien de la vida de cada individuo. Durante dicha vida podía observarse
el desenvolvimiento gradual, hasta que la vida acababa. Pero antes del
nacer y después del morir, D. Anselmo sostenía que no atinaba a ver
nada: eran dos profundidades tenebrosas, dos insondables abismos, en
medio de los cuales se manifestaba la vida. Y las profundidades y los
abismos se hallaban como cubiertos de la sustancia, de la materia, de
esto que afecta nuestros sentidos, que no podemos concebir sin
accidentes y sin formas, que no podemos concebir mudando formas y
accidentes; pero que en lo esencial no puede ser aniquilado por la mente
humana. La única metafísica ineludible de aquel enemigo de la metafísica
era la eternidad de ese ser indefinido y vago. Él era el único
inmutable. Todo lo demás, esto es, sus apariencias y cambios, pues fuera
de él nada hay, era perpetua mudanza y fluctuación sin sosiego. Claro
está que de tal ciencia no podía nacer moral alguna, ni deber, ni
responsabilidad, ni libertad de nuestros actos; pero D. Anselmo, que era
excelente sujeto, apenas se atrevía a confesar semejante diablura, ni a
sí propio, y mucho menos a los demás; y armaba un caramillo de sutilezas
para probar que éramos libres y que debíamos ser buenos, y que había
algo de determinado en que la bondad consistía. De aquí que, si sobre
las cuestiones primeras reñía con el P. Enrique bravas batallas, en
estos puntos prácticos quedaba siempre derrotado, y se hacía un lío, con
aplauso general de todos, y más aún de su hija doña Manolita, quien
terminó una vez exclamando:
--Vamos, papá, perdona mi desvergüenza filial, pero tú no sabes lo que
te pescas.
Verdad es que doña Manolita dio a su padre un par de cariñosos besos
para endulzar aquella mortificación de amor propio.
Hasta hubo ocasión en que D. Anselmo se sintió más mortificado y vejado.
Entonces el propio P. Enrique tuvo que volver por él, afirmando que el
asunto era difícil y que no merece censura, sino aplauso, el que le
estudia con ahínco y con amor a la verdad, aunque se equivoque: que no
deben reírse los que no saben nadar, ni se echan al agua, de los que por
nadar se aventuran y se ahogan; y que sólo yerra el que aspira, y que
sólo da caídas mortales el que tiene arranque y valor para encumbrarse y
subir.
De esta suerte, encontró doña Luz un poderoso aliado para sus perpetuas
disputas con el médico, cuyo inveterado positivismo no cedía jamás ni
daba lugar a una conversión, pero cuyo concepto del saber, de la elevada
inteligencia y de la bondad del Padre, era mayor cada día.
Si esto pensaba el adversario y el incrédulo, ¿qué no pensarían los
creyentes, los que profesaban las mismas ideas, aquellos en cuyo favor
el P. Enrique tan hábil y cortésmente peleaba? La veneración, el
entusiasmo, la admiración por el P. Enrique, fueron subiendo en todas
aquellas almas, y más que en ninguna en el alma entusiasta, solitaria y
aislada de doña Luz.
Creíale un tesoro de santidad, un dechado de todas las virtudes, y un
pozo inagotable de ciencia. Cuando el Padre hablaba, quedábase ella
suspensa oyéndole, y se apartaba de todo y se reconcentraba a fin de no
perder ni un acento y de comprender el más hondo sentido de su discurso.
Su afán de saber se despertó como nunca, comparándose con el Padre y
notando cuán ignorante ella era: y, aunque el Padre no hacía ostentación
de su ciencia, ella le excitaba a que hablase, con mil preguntas, a las
que el Padre, por más que por modestia lo repugnara, tenía al fin que
responder.
La vida de las plantas, el movimiento de los astros, el sistema del
mundo, la historia de los pueblos, de sus emigraciones, lenguas,
creencias y leyes, todo era objeto de las preguntas de doña Luz, y a
todo se veía obligado a responder el P. Enrique.
A veces salía doña Luz de paseo con Pepe Güeto y doña Manolita, cuya
luna de miel se prolongaba de un modo poco común, y mientras los esposos
iban de burla o de risa, delante o detrás, y en interminable cuchicheo,
el Padre, que los acompañaba, sostenía con doña Luz un coloquio grave,
que a ella le parecía amenísimo, instructivo y sublime.
Los médicos habían amenazado al P. Enrique hasta con la muerte si volvía
a Filipinas antes de hallarse completamente repuesto. La permanencia,
pues, del P. Enrique en Villafría, había de ser de dos o tres años.
Él se había repuesto mucho, pero estaba aún delicado. Aunque era hombre
de cuarenta años, sus facciones finas y algo aniñadas le hacían parecer
más mozo. Era blanco, si bien tostado el cutis por el sol; los ojos y el
pelo negro; delgado, de mediana estatura, y de hermosa y despejada
frente. Su vida de peregrino y de misionero, haciéndole vencer la
debilidad de su constitución con la energía del alma, había prestado a
su cuerpo extraordinaria agilidad y soltura.
Las mujeres son curiosísimas, y doña Luz lo era más que las otras
mujeres. Nada excita tanto la curiosidad como cualquier merecimiento o
habilidad que se oculta. Y como el Padre, sin afectación, por no ser
propio de su estado, porque no gustaba de hacer alarde de cosa alguna,
no se había mostrado nunca a sus ojos como jinete, doña Luz, sin
malicia, empezó primero por cerciorarse de que lo era, de que había
viajado mucho a caballo en Cochinchina y en la India, y no paró luego
hasta que logró salir con él de paseo a caballo en compañía de D.
Acisclo. Doña Luz se compuso de suerte que hizo galopar al Padre y hasta
correr a todo escape, y el Padre galopó y corrió sin vanagloria de
hacerlo bien, haciéndolo perfectamente, y sin dar el menor indicio de
que lo hacía por complacencia galante, ni por lucirse, sino cumpliendo
con un deber. Doña Luz se aventuró demasiado y estuvo a punto de dar una
peligrosa caída al saltar una zanja. Su caballo no llevaba ímpetu
bastante y hubiera caído en ella, si el Padre, conociéndolo, no hubiera
llegado en sazón, excitando el caballo con el látigo, y con el ejemplo,
porque saltó primero.
El Padre, después del salto, con tanta dulzura y cortesía como firmeza,
reprendió por sus locuras a doña Luz; dijo que podría ser motivo de
escándalo el verle correr y saltar de aquel modo; prometió no volver a
salir nunca más a caballo, y cumplió la promesa.
Esta misma firmeza de voluntad encantó a doña Luz, aunque iba contra sus
gustos y caprichos. La paz y serenidad de espíritu del Padre la tenía
maravillada, y más aún su perspicacia. Juzgábale zahorí de corazones.
Todos los defectillos de ella, todas las faltas, conocía doña Luz que el
Padre las notaba, y que se las censuraba con rodeos delicadísimos; sin
dejar por eso de advertir también cuanto en el alma de ella había de
noble y de bueno, elogiándolo sin el menor empeño de serle grato por
medio de la lisonja.
Ella, entretanto, miraba en el alma del P. Enrique, y quería verla toda,
como él veía la suya. Y notaba que era clara y transparente, como la mar
que circunda a Andalucía, pero con un fondo de tal hondura, que a pesar
de lo diáfano del agua y de la mucha luz del cielo que en ella penetra,
iluminándola toda, la vista se desvanecía y se cegaba, y quedaba a
inmensa distancia de los últimos senos y capas de ondas, hasta donde se
fatigaba por sumergirse y calar.
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