--¿Qué hay? ¿Qué dice esa carta? ¿Qué grata novedad contiene? D.
Acisclo, ¿le ha caído a V. la lotería?--preguntó doña Luz.
--Mejor que eso, hija, mejor que eso--contestó el interrogado--. Lee tú
misma y entérate--y entregó la carta a doña Luz.
Esta, antes de leer, conoció la letra y vio la firma que decía:
«Enrique». Era de un sobrino, hijo de una hermana que D. Acisclo había
tenido, el cual sobrino era fraile dominico, residente en Filipinas.
Casi todos los que se hacen ricos niegan el acaso, la fortuna, el hado o
la suerte: éstos les parecen vanos nombres, detrás de los cuales
procuran ocultarse la pereza, el despilfarro, el desorden y la tontería.
De aquí que se tengan por las personas más prudentes, más razonables,
más ingeniosas y más sabias de la tierra. Y puede que les sobre razón.
Yo no lo niego ni lo afirmo. Digo sólo que D. Acisclo era así. Estaba
muy contento de sí propio e imaginaba que no había merecimiento mayor
que el suyo. Toda otra gloria se le antojaba inferior y de menos
quilates. Sin embargo, una gloria con algo de sobrenatural y de
ultramundano, si no en los medios en el fin, y adquirida por individuo
de su familia, no parecía a D. Acisclo de corto valer tampoco; y tal era
la gloria de su sobrino el P. Enrique; gloria que en cierto modo se
reflejaba en él y en toda la parentela. Era, casi a par de los dineros
adquiridos, timbre de nobleza para su casa.
Don Acisclo idolatraba, pues, al P. Enrique, y hablaba de él con
complaciente jactancia, diciendo:
--Aquí servimos para todo; lo mismo para un fregado que para un barrido;
yo quise ser millonario y lo soy; a Enrique le dio por la santidad y aún
le hemos de ver en los altares--. Para demostrarlo y hacer probable el
cumplimiento de su vaticinio, D. Acisclo refería a menudo las andanzas
del P. Enrique: de modo que doña Luz le tenía por conocido y amigo,
aunque hacía cerca de veinte años que él faltaba del lugar y de Europa.
Todo este tiempo no le había vivido sólo en Manila. Había estado en
diversas tierras de gentiles, difundiendo la luz del Evangelio; había
pasado apenas creíbles trabajos; había arrostrado graves peligros, y aun
había estado dos veces a punto de alcanzar una muerte tan cruel como
gloriosa, no salvando la vida sino después de sufrir prolongado
martirio.
Referidas estas historias por D. Acisclo, fuerza es confesarlo,
aparecían grotescas en los pormenores. Por dicha, el P. Enrique escribía
a su tío tres o cuatro veces al año, y el tío se deleitaba en que doña
Luz le leyese las cartas en alta voz. Así conoció doña Luz que el P.
Enrique, a más de ser valiente hasta el heroísmo, y entusiasta y
fervoroso en todos sus actos y misiones apostólicas, era sujeto de claro
ingenio y de singular discreción y prudencia.
Su constitución física distaba mucho de corresponder a sus bríos
espirituales, y, aunque no tenía aún cuarenta años, ya en sus últimas
cartas se quejaba dulcemente de lo quebrantado de su salud, que le
impedía trabajar en empresas activas, y le estorbaba algo en sus
estudios.
La carta recién llegada era muy corta y traía fecha de Cádiz. Doña Luz
leyó, y decía así:
«Mi querido tío: Mis males se agravaron hasta tal extremo en Manila, que
los médicos decidieron que yo debía venir a Europa a pasar una larga
temporada. Con los aires del país natal aseguraban que me repondría. Mis
compañeros me echaron de allí: hasta el mismo Sr. Arzobispo me mandó que
me viniese. No hubo, pues, más remedio. Salí de Manila y, a Dios
gracias, hice una dichosa navegación. Tres días ha que estoy en Cádiz,
bastante más fuerte ya. Pasado mañana salgo de aquí en el ferro-carril
para esa villa. Expresiones cariñosas a los primos, primas, amigos y
demás parientes, y a su huéspeda de V. la señorita doña Luz. Le quiere a
V. mucho y desea abrazarle, su afectísimo sobrino».
Tal era la causa del júbilo de D. Acisclo; iba a abrazar al sobrino
santo, iba a vivir con él, iba a tener el gusto de lucirle en el lugar.
Doña Luz quiso en seguida mudarse a su casa y dejar su habitación en
casa de D. Acisclo, para que el padre habitase en ella.
Don Acisclo dijo:
--Nada de eso, hija mía. Tú por nada del mundo te vas de mi casa a vivir
sola en aquel caserón. Además, una mudanza tan precipitada sería un
trastorno. Yo tengo mi plan, y, con tu permiso, le hemos de llevar a
cabo. Enrique sé yo que gusta de la soledad para sus estudios y
meditaciones. Permite que vaya a vivir en tu casa. En un momento le
arreglaremos allí habitación conveniente. Tu casa está cerca. Iremos a
cuidarle si cae enfermo en cama, y cuando no, vendrá él a almorzar, a
comer y a charlar con nosotros todos los días.
Doña Luz insistió en irse a su casa; pero D. Acisclo siguió oponiéndose,
y fue menester que doña Luz cediera, ofreciendo gustosísima su casa para
que en ella viviese el Padre.
La estación del ferro-carril está a dos leguas muy largas de Villafría,
y D. Acisclo dispuso que saliesen todos los parientes y amigos a recibir
al Padre con mucha pompa. En efecto, no quedó vehículo de que no se
dispusiese. Se emplearon tres calesas, una tartana, propiedad de D.
Acisclo, y dos carros. Fueron de la expedición los hijos, yernos, hijas,
nueras y nietos de D. Acisclo, el cura, el médico, doña Luz, doña
Manolita y Pepe Güeto, y otras varias personas. Los que no cupieron en
los vehículos de ruedas, fueron a caballo o en burro.
El P. Enrique llegó bien y fue recibido con vivas por aquella turba, en
el andén de la estación.
En el lugar fue un triunfo su entrada.
Para todos los primos y primas trajo regalos: para ellos puros filipinos
en abundancia; para ellas, o pañolones bordados, que llaman en mi tierra
de _espumilla_ y de Manila en Madrid, o abanicos chinescos de los más
primorosos. Para D. Acisclo trajo armas japonesas, y para doña Luz un
juego de ajedrez de marfil, prolijamente labrado.
El P. Enrique se instaló muy cómoda y holgadamente en casa de los
Marqueses de Villafría, donde Tomás se ofreció para cuidarle; pero el P.
Enrique traía consigo un criado chino, llamado Ramón, que le cuidaba con
el mayor esmero.
-VIII-