Se nos dirá que tan crasa ignorancia se limita á las masas cuya

instrucción y criterio son periodísticos; no, un Judío rabí, muy popular

por cierto entre las masas y profesor en la Universidad del Estado de

California, dijo, que la reina Isabel primera de España, había sido

castigada por Dios privándola de tener hijos por sus muchas crueldades!

La misma lumbrera de la historia afirmó en Abril de 1896, que los

derechos civiles que las mujeres quieren tener entre los _yankees_, ya

los habían obtenido en Roma, y que todo el mundo conocía los resultados

que dieron.

Una de las tendencias de los hombres es la exageración de su poder y el

querer explicar los acontecimientos como obras propias. De aquí nació

dar á los dioses la forma humana y dotarlos con las pasiones y flaquezas

del hombre. Esta tendencia, bien exagerada entre los _yankees_, ha

exaltado en ellos su orgullo y vanidad á un grado sumo, y la arrogancia

de que dan pruebas á cada paso lo corrobora. Olvidan que así en el mundo

inanimado como en el orgánico, en el intelectual como en el moral, en el

político como en el social, poco es lo que una época produce de nuevo y

ventajoso, menos aún lo que un individuo añade por sí mismo á los

progresos de su edad. La última molécula de materia que produce la

cristalización en una solución saturada, no posee en sí la virtud de

crear el fenómeno; es el conjunto de moléculas anteriormente disueltas,

unido á ella, lo que determina la formación del cristal. Estos

principios elementales de la ciencia y de la filosofía los olvidan á

cada paso los anglo-americanos y causa risa oirles hablar de Edison, por

ejemplo, porque no hay para ellos Física sin el inventor del fonógrafo y

porque no parece sino que este inventor ha creado la electricidad.

En el orden político y social los grandes hombres anglo-americanos nos

los pintan perfectos sus historiadores, sin verrugas, no como á

Cromwell, y no se conoce historia _yankee_ donde no se pinte á

Washington como dechado de sencillez republicana y modelo de virtudes

cívicas y de austeridad, á pesar de que sus mismas cartas enseñan,

proclaman, que era un aristócrata orgulloso y que pasaba parte de su

vida en fiestas en que se bebía mucho vino; los _yankees_ le llaman

_padre de la Patria_, y la verdad es que Tomás Pain y Jefferson tienen

más derecho á ese título; cierto es que éstos eran libre-pensadores y

que olían mal á los olfatos hipócritas de los descendientes de los

puritanos. No negamos á Washington sus grandes méritos, no le regateamos

ningún elogio, es uno de nuestros santos, pero no admitimos que se le

presente como hombre exento de imperfecciones y defectos. Lo propio pasa

con Lincoln; sus compatriotas, por la exageración propia de ellos, lo

ensalsan por la emancipación de los negros, no obstante que todos saben

que jamás tuvo la idea de emanciparlos y que lo hizo obligado por los

_yankees_ del Norte, que careciendo de esclavos, adoptaron la medida

como acto de represalia contra el Sur y no como acto de justicia y

humanidad.

Al lado de los feos lunares de la civilización anglo-americana, se

encuentran sorprendentes adelantos del orden puramente material. El

inmenso desarrollo de los ferrocarriles y telégrafos, la magnificencia y

esplendor de las ciudades, las riquezas acumuladas y todo lo que no

pertenece al orden moral é intelectual, son muy superiores entre los

_yankees_ á todo lo europeo del mismo género. Esta sorprendente

civilización material de nuestros vecinos del Norte, ha originado que se

califique de extraordinario al pueblo _yankee_ por los espíritus

superficiales que creen en la generación espontánea y en la idea

absoluta de civilización. Esta, como todas las cosas, es relativa y

depende del trabajo sucesivo de todas las generaciones que conduce á

nuestra especie hacia un límite que consiste en el orden social más

conforme á nuestra naturaleza y á nuestra situación en el planeta. Dicho

límite no puede alcanzarse _inmediatamente_, como lo han supuesto los

_yancófilos_, y se alcanza de acuerdo con una marcha natural necesaria

que marca los pasos de toda evolución. El Positivismo ha descubierto las

leyes de esa evolución progresiva y á ellas no se sustrae la nación que

tuvo por núcleo al pueblo inglés.

Nada maravilloso tiene el progreso de los _yankees_ cuando se reflexiona

un poco sobre sus orígenes. Por una parte, los colonos que han poblado

el país se encontraron en presencia de grandes riquezas naturales; por

otra, destruyeron á los aborígenes que eran para ellos un obstáculo á

sus adelantos, y por otra más el elemento industrial europeo del tiempo

de las guerras religiosas, expulsado de Europa por su fanatismo, fué el

que pobló en su origen el país de que hablamos. No negamos cualidades á

los anglo-americanos, pero hay diferencia entre concedérselas y admitir

que son un _prodigio_ de hombres cuando nada sobrenatural constituye la

explicación de sus grandes adelantos. Tampoco debe sorprendernos el

elogio hiperbólico tributado á los _yankees_ si atendemos al carácter de

nuestra época. La situación general de las sociedades europeas, desde el

siglo XIV se caracteriza por la subordinación del progreso moral al

progreso material é intelectual; en el presente siglo dicha situación ha

empeorado y el progreso intelectual se subordina actualmente al progreso

industrial. La ciencia no se concibe por ahora sino como un auxiliar de

la industria, y el arte no es más que un medio de perfeccionar los

procedimientos de satisfacción personal que la industria crea. Con tales

ideas, la palabra _progreso_ significa _desarrollo industrial

ilimitado_. De aquí que para un gran número de espíritus activos, el

ideal de la civilización consiste en transportarse rápidamente de un

sitio á otro y en comunicar sus impresiones instantáneamente de un lugar

á otro. Se considera en estos tiempos como más importante la rapidez del

transporte que la calidad de los cerebros transportados y como más

urgente el perfeccionamiento del telégrafo eléctrico, que el

mejoramiento de los sentimientos é impresiones que transmite.

Resumiendo, se cree más necesario descubrir nuevos medios, que

moralizar el empleo de los que ya existen. Nada extraño tiene de

consiguiente, que se proclame la gran superioridad _del_ pueblo _yankee_

sobre los demás pueblos por encontrarse en él los mejores medios de

transporte y los más perfeccionados para la instantánea transmisión de

las ideas. Desde principios del siglo ha llamado la atención á todos los

observadores el carácter de la civilización anglo-americana; el Gral.

Bernard escribía en 1817 ó 1818 una carta á Augusto Comte, en la cual,

después de lamentar amargamente el espíritu puramente práctico de los

_yankees_, agregaba para concluir: «Si Lagrange viniese á los Estados

Unidos, no podría vivir aquí sino como agrimensor.»

Si de la sociedad pasamos á su representante, ó sea al Estado, nada hay

que admirar entre los _yankees_.

Un gobierno cuyo jefe da gracias á Dios por las victorias de su ejército

y que cree, por tanto, en la influencia de agentes sobrenaturales en la

dirección de los asuntos terrestres, enseña claramente que está

compuesto de personas que se hallan apenas en el estado preliminar de

evolución de nuestra especie, y trae á la memoria al Dios de Tirso, á

que alude el ilustre escritor en los versos siguientes:

Vinieron los Sarracenos

Y nos molieron á palos,

Que Dios protege á los malos

Cuando son más que los buenos.

Pasaron ya los tiempos en que se creía que la forma más ó menos avanzada

en que se constituye políticamente una sociedad, cambia su esencial modo

de ser, y pasaron gracias á Augusto Comte, que nos enseña que los

fenómenos sociales dependen del estado general de la cultura de los

pueblos, de su mayor ó menor progreso intelectual y moral. Un observador

tan sagaz como Herbert Spencer, ha calificado á la Constitución

anglo-americana como _Constitución de papel_, es decir, que el «pueblo

soberano» _yankee_ no es sino un maniquí manejado por políticos de baja

clase que especulan de manera muy escandalosa. Las instituciones de

nuestros vecinos serán excelentes consideradas en abstracto,

prácticamente no han conducido á ningún resultado superior, y sí han

producido una corrupción gubernativa de la que no hay ejemplo en la

historia. Todos los que conocen un poco la _democracia_ anglo-americana,

nodriza de la corrupción política, saben bien lo que significa el nombre

de Tammany, cuya última victoria, victoria de corrupción, ha

entusiasmado á los europeos por la pureza de sus administraciones en

parangón con la municipal de Nueva York. Un concienzudo escritor inglés,

S. H. Swinny, refiriéndose á dicha última victoria, ha dicho: «El pueblo

de Nueva York acaba de declarar por medio de su voto, que prefiere la

corrupción municipal á la malvada tiranía de los que se declaran santos

á sí mismos.» En el ensayo de Herbert Spencer sobre el _Gobierno

Representativo_ hay algunos elocuentes testimonios de la corrupción del

Ayuntamiento de Nueva York, que es crónica y data de hace muchos años.

El _número_, el _dinero_ y muy pronto el _sable_ son las tres grandes

fuerzas sociales de la gran democracia anglo-americana, en la que los

«boss» y los «trusts» y los ejércitos de «pensionistas» regentean votos

para el que les ofrece mejores recompensas en empleos, en modificaciones

al arancel ó en aumento á las pensiones. ¡Oh democracia, tú también eres

un sueño! exclaman los jóvenes entusiastas de cinco lustros no cabales,

al conocer el federalismo _yankee_ y al recordar al célebre romano.

Que el _número_ es una gran fuerza social entre los _yankees_, lo prueba

la guerra con España y lo prueba mejor aún el hecho de que hayan pisado

en son de guerra nuestro territorio, realizando la más insolente y la

más injustificada de las invasiones que conoce nuestra especie.

Los anglo-americanos instruidos piensan ya en que su pais puede llegar á

ser el que gobierne material é intelectualmente al mundo, y como lo

piensan y dicen de buena fe, hay que atribuirlo á una candidez. En

efecto, semejante papel no está reservado á una nación que se ha ocupado

exclusivamente en luchar contra la naturaleza hasta estos últimos

tiempos y cuyas energías se han absorbido en esa lucha; á un pueblo

completamente incapaz para tan elevado puesto por su situación y sus

antecedentes y por su falta de grandeza de miras en lo que atañe al

progreso colectivo, que se ve con el mayor desdén en la tierra clásica

de la libertad individual asociada á la opresión industrial, en el país

del individualismo más grosero asociado al materialismo industrial.

Arcaica, primitiva, conocida de antaño es la civilización _yankee_, que

emana directamente y sin mezcla alguna de la occidental ó europea; pero

los _jingoes_ no han querido considerarla así, y despreciando la

esencial diferencia entre ella y la hispano-americana que es la

resultante de la fusión de dos civilizaciones distintas, las han

parangonado con motivo de la insurrección de Cuba para denigrar á España

por habernos dado una civilización atrasada, retrógrada y desordenada.

Con un marcado desprecio se han ocupado de nosotros los

hispano-americanos, los políticos _jingoes yankees_ é ingleses, y poco

ha faltado para que nos inviten á estudiar las primeras nociones de

lectura en sus escuelas primarias. Nos han declarado casi indignos de

habitar el continente donde viven los descendientes de los colonos

ingleses en América, los _jingoes yankees_ y sus padres. Los que han

favorecido la intervención _yankee_ en Cuba han presentado como prueba

de que toda civilización española es mala, el atraso de los pueblos

hispano-americanos, mientras que los partidarios de la dominación

española en Cuba han encontrado en los característicos desórdenes de las

naciones que rompieron el yugo español, un gran argumento contra la

independencia Cubana. Unos y otros han cometido el viejo sofisma que

consiste en juzgar á un país por sus diferencias con otro país

_standard_.

No tememos la comparación entre las emancipadas colonias españolas y la

antigua colonia de ingleses; nuestros progresos habrán sido lentos

(_slows_, como dicen los que se titulan nuestros superiores) aun cuando

de rápidos califican muchos á los que hemos realizado en el último

cuarto de este siglo; pero en muchos importantes puntos nos hemos

manifestado superiores al gran _pulpo_ de Norte América. Estos progresos

_rápidos_ nos han rodeado de un grave peligro, el que corremos si la

falta de prudencia nos empuja á gastar nuestras fuerzas en querer lograr

de un salto el mismo nivel industrial que los _yankees_.

En todas las repúblicas hispano-americanas la civilización es

esencialmente pacífica é industrial, y ninguna de ellas presenta el

triste espectáculo de los anglo-americanos que pasan de un estado de paz

á uno de guerra, que de sociedad industrial se convierten en sociedad de

presa, que de actividad pacífica se transforman en actividad guerrera.

La _rapacidad_ de los padres de los _yankees_, que parecia comprimida en

los hijos, vuelve á surgir después de haberse saciado durante medio

siglo con el medio cuerpo de que nos despojaron.

Ninguna acusación de _rapacidad_ puede formularse contra tas repúblicas

hispano-americanas, y si bien es cierto que algunos diplomáticos de

nuestro país han tenido el inmoral pensamiento de que nos anexemos

Centro América, no menos lo es que jamás se han atrevido á emitir á las

claras sus ideas, y menos aún por escrito, debido al temor que les ha

inspirado la certeza de alcanzar entre nosotros una universal

_reprobación_.

Deshonroso es para los hijos de los ingleses de América el no haber

sabido apreciar las ventajas de una sociedad en la que el ejército por

su número y sus funciones tenia los caracteres de una verdadera

_gendarmería_; vergonzoso es para los mismos demostrar con elocuentes

hechos, que no decian la verdad los publicistas que decian: la creencia

que habian reputado como ilusión muchas personas, relativa á la

posibilidad de vivir sin guerras, ha encontrado una prueba entre los

anglo-americanos, y la esperanza en el reinado de la paz entre las

naciones es entre ellos un precedente y una confirmación.

Las consecuencias de la guerra actual no escapan á la penetración común

de las gentes, los E. E. U. U. de N. A. sostendrán un gran ejército y

una numerosa armada, la ambición de adquirir de la raza anglo-americana

quedará por lo pronto satisfecha con la adquisición de nuevos

territorios y McKinley y sus colaboradores cargarán con la

responsabilidad de haber convertido á su país, de país que profesaba

amor á la justicia y respeto á las libertades ajenas, en nación

conquistadora. Un pueblo que retrocede del estado industrial á la

actividad conquistadora ó guerrera, va en busca de su propia derrota é

inaugura su decadencia histórica; creemos que ésta comienza para el

gigante de Norte-América.

La historia de la proclamación de la república en el Brasil y de la

rebelión contra el nuevo Gobierno son la mejor prueba de que los

brasileños son capaces de defender y sostener su incomparable divisa:

«Orden y progreso.» En los años de 1886 á 1896, llenos de trastornos

para los brasileños, el comercio marítimo del Brasil aumentó en más de

la mitad de lo que era anteriormente, mientras que el mismo comercio de

la Guayana Inglesa permaneció casi estacionario.

Los pueblos hispano-americanos al emanciparse de la Metrópoli, se

encontraron en presencia de tres grandes peligros, uno de ellos muy

serio, los otros menos serios pero siempre reales. El primero era el

considerable poder político del clero católico, que continuaba gozando

del mismo prestigio que en la época colonial, en la marcha de la

sociedad. La gran campaña efectuada contra la dominación clerical en la

América latina, cuyo glorioso comienzo inició el Dr. Francia en el

Paraguay y cuyo último resultado ha sido el rompimiento con la Iglesia

en el Brasil, como consecuencia de la gloriosa revolución de 1889,

alcanzó su triunfo más espléndido con la luminosa victoria intelectual y

moral del hombre de Estado más grande de América, del incomparable

Benito Juárez.

Otro de los peligros con que hemos tropezado, ha sido nuestro furor por

las instituciones de los _yankees_. Efectuamos nuestra independencia los

hispano-americanos, una generación después que los _yankees_. Al

efectuarla encontramos próspera y libre á la república anglo-americana,

y muy seriamente creimos que tomando sus instituciones por modelo

seriamos tan felices como ella. No tuvimos en cuenta que las

instituciones copiadas no eran artificiales sino naturales, no nos

fijamos en que tenían su origen y debían su vitalidad á un pasado, al

que habían sido totalmente extrañas las colonias españolas. El

Parlamento Inglés, la Asamblea General de Virginia, las reuniones de las

ciudades de Nueva Inglaterra, los miembros del gobierno propio de las

iglesias, la oposición de las sectas rivales, etc., todos estos

antecedentes nos eran desconocidos, y por haber desconocido las huellas

profundas de nuestro pasado y haber querido adaptar á un medio diferente

del _yankee_ las instituciones de este pueblo, provocamos la anarquía y

vivimos en pleno desorden durante muchos años. Ese desorden lo

aprovecharon los _yankees_ en sus vecinos los mexicanos, para saciar sus

apetitos desordenados. Cuánto mejor hubiese sido que nos hubiéramos

contentado con desarrollar nuestras fuerzas sin pensar en imitaciones!

Todo nuestro pasado colonial habia sido una convergencia completa de

todos los elementos directores hacia una autoridad central, y la huella

fué tan profunda, que en toda la América latina, las dictaduras

constitucionales han sido hasta hoy las mejores formas de gobierno.

Por lo que atañe al tercer peligro, apenas reconocido, consiste en la

impaciencia nuestra por pregonar que tenemos muchas obras materiales,

por decir que somos unos pequeños _yankees_. En la América Española, las

obras públicas, como ferrocarriles y tranvías, alumbrado eléctrico y

canalización y drenaje de las ciudades, mejoramiento de los puertos y

alumbrado de las costas, construcción de palacios y de sitios de recreo,

etc., han caminado más aprisa que la acumulación del capital. Estas

obras se han efectuado casi siempre con capital extranjero y los

intereses de los empréstitos contratados para el efecto tienden á tener

y tienen de hecho los caracteres económicos de un tributo (Véase la

_Economía Política_ de John Stuart Mill, Libro III, cap. 21, sección 4ª,

edición inglesa); de manera que los pueblos hispano-americanos no sólo

pagan intereses, sino que sufren una pérdida adicional por verse

obligados á sufrir las condiciones de los mercados extranjeros que les

venden caro y les compran barato. Es necesario, de consiguiente, al

tener en cuenta las ventajas de toda obra pública, cuando se hace con

dinero extraño, no sólo si pagará los intereses, sino también si su

utilidad es tal que compense la carga que resulta del perjudicial efecto

que acarrea la sujeción á un mercado exterior; el olvido de esta

consideración pone en peligro á los pueblos latinos de América, de

convertirse en simples tributarios de sus acreedores de Europa y de

crecer pobres en medio de las apariencias de una gran riqueza.

Ninguno de los peligros ó tropiezos que han hallado en su marcha los

pueblos ibero-americanos, tuvieron los _yankees_ en su desarrollo y nada

tiene de extraño por lo mismo que hayan progresado más que nosotros;

para nosotros el camino ha estado lleno de espinas, ellos se han paseado

sobre alfombra de fragantes rosas. Y sin embargo, no debemos

envidiarlos; demos las razones.

El orgullo de raza, obstáculo el más grande para la fraternidad humana,

el defecto de ridiculizar el patriotismo, el inmoderado amor al oro y

demás caracteres del _yankee_, no han echado raíces en los puebles

latino-americanos. Los descendientes de los aborígenes que poseían

tierras en la América española ó de los negros emancipados, continúan

poseyendo sin que nadie los despoje y toman parte en la vida pública de

sus respectivos países, sin temor y sin insulto. En los E. E. U. U. de

Norte América los indios fueron declarados sin derecho á la existencia y

la sangre de los negros asesinados clama al cielo venganza.

Los pueblos hispano-americanos no han protestado contra los horrores de

las prisiones de Siberia ó los asesinatos de Armenia; no envian

misioneros á convertir á los gentiles; pero al menos en lo que atañe á

sus ciudadanos de color, no son reos de esa mezcla de tiranía é insulto

que mancha la civilización _yankee_ por su tratamiento á los chinos, á

los indios y á los negros. Nunca ha llamado la atención entre los

anglo-americanos encontrar á una tribu de indios preparándose para

buscar abrigo ó refugio en México, ni ver salir á los negros que les

niegan una carrera en su propia patria, con rumbo al extranjero, donde

resultan eminencias. En México, los indígenas saben bien que el

Presidente de la República los recibe y trata afablemente, y no es raro

ver que los salones de la Presidencia estén llenos de humildes

labradores que estrechan sin dificultad la mano del Jefe del Estado.

Cuando el negro José Knight, capitalista de Guatemala, volvió á visitar

el plantío de Alabama en donde nació como esclavo, para ver á sus

antiguos camaradas y á la viuda de su amo, la cual vivía de su

generosidad y á cuyo hijo ocupaba como empleado, se sentía humillado á

cada paso con las restricciones insultantes impuestas á los negros en su

patria, se vió obligado á viajar sin la compañía de sus compatriotas

blancos en los ferrocarriles; lo relegaban á los peores asientos en los

teatros y por todas partes lo trataban como hombre de raza inferior. En

Guatemala había sido un eminente consejero de dos Presidentes y había

recibido la consideración que merecía por su probidad y espíritu

público. En su tierra natal no hubiera podido tomar la más pequeña

participación en la vida pública, sin correr un gran peligro. Acusado de

un crimen, se habría visto privado de las garantías más comunes de la

justicia, habría sido objeto de un crimen y se habria visto á su

asaltante escapar de la cárcel sin castigo alguno.

No, mil veces no; la libertad no se halla exclusivamente entre los

_yankees_, Herbert Spencer lo ha dicho: hay entre ellos pérdida de

substancia de la libertad. Los pueblos hispano-americanos tienen sus

buenas cualidades, propias de ellos, y sus títulos para que se les honre

y se les respete. ¿Estaremos en un error al afirmar que en algunos

puntos somos superiores los latino-americanos á los _yankees_? No lo

creemos ni creemos necesario profundizar el paralelo para crear la

convicción en nuestros lectores.

De las diferentes naciones que tuvieron colonias en América, sólo España

é Inglaterra han dejado una herencia de civilización. Los restos del

antiguo imperio colonial de España los pierde España en estos días, pero

las leyes, las tradiciones, las costumbres, la lengua, la religión

españolas, etc., están destinadas á vivir y á compartir con las de

Inglaterra el futuro glorioso del Mundo de Colón. Ojalá que las dos

civilizaciones, la hispano y la anglo-americana, puedan vivir

juntamente, en harmonía y mutuo respeto, trabajando por la felicidad del

género humano. Ojalá que las dos se confundan en una misma, constante y

noble aspiración: vivir en paz y atendiendo paralelamente al desarrollo

de los buenos sentimientos, de la inteligencia y de la actividad.

Como social é históricamente no hay diferencia sensible entre Portugal y

España, cuanto decimos de esta nación debe subentenderse que se aplica á

la primera.

España y los Estados Unidos de Norte América · 第 3 / 4 段