«El fin de los que nos han arrastrado á estas guerras escandalosas ha

sido siempre el mismo interés, el comercial. Hemos obligado á los

Chinos, con el fuego de nuestros cañones, á comerciar con nosotros

fijándoles condiciones; les hemos prohibido que impongan derechos

superiores á los fijados por nosotros para los objetos de fabricación

Inglesa; los forzamos, rechazando sus súplicas reiteradas, á recibir el

opio, esta droga venenosa que fabricamos en la India para su uso

especial, de manera que, no solamente han sido inicuas nuestras guerras,

sino que perpetuamos la iniquidad de año en año manteniendo una flota

considerable en las aguas de China para sostener derechos comerciales

exigidos por la guerra. Si hay un principio político más cierto que

cualquiera otro, es el que manda que una nación debe ser libre para

dirigir sus negocios, para redactar sus leyes, para fijar sus impuestos;

nosotros impedimos á los Chinos el ejercicio de esta libertad.»

«Pero los mercaderes Ingleses de China y sus compadres de Londres

todavía no están satisfechos. Piden que se les conceda viajar en todo el

territorio chino, explotar las minas de carbón, enviar buques de vapor

por todos los rios, construir líneas de telégrafos y de caminos de

hierro, comprar tierras y casas en todas las partes donde les convenga;

y mientras hacen lo anterior, piden también la extra-territorialidad, es

decir, estar exentos de las leyes y costumbres del país en que viven,

piden que se les someta no á la ley China sino á la ley Inglesa.»

«Ultrajamos á los Chinos en materia de religión lo mismo que en asuntos

de comercio. Insistimos para que se les conceda á los misioneros

católicos y protestantes predicar en todo el país, bajo la protección de

los cañones Ingleses y Franceses.»

«Los Chinos tienen una religión que es más antigua que la nuestra y á la

cual están tan apegados como nosotros podemos estarlo á la que

profesamos; ella les enseña á honrar á sus padres, á respetar á los

muertos, á olvidar las injurias, á vivir con honor y rectitud y á hacer

á los demás lo que quisieran que se les hiciese á ellos mismos; á los

Chinos, corresponde, por tanto, decidir si deben admitir á los

propagadores de otras religiones para que prediquen doctrinas contrarias

á las del país.» «Obligarlos á que lo hagan, por la fuerza de las armas,

como lo hacemos ahora, es una atroz injusticia.»

«Ya es tiempo de que los que aman la justicia, cualesquiera que sean sus

creencias y partido, protesten enérgicamente contra el conjunto de la

conducta de Inglaterra en China. Las iglesias cristianas han faltado

hasta hoy á su deber no levantando su voz contra esas iniquidades! Yo,

protesto como positivista, en nombre de la Religión de la Humanidad,

que, si respeta el Cristianismo, no respeta menos á las otras

religiones, que han intentado y que intentan todavía reprimir los

instintos inferiores del hombre y desarrollar su naturaleza superior.

Protesto también en nombre de los verdaderos principios republicanos.

Nosotros, que hemos censurado á Francia por haber atacado á Alemania,

nosotros, que censuramos actualmente á Alemania por atacar á Francia,

debemos rechazar con más energía nuestra tiránica intervención en la

independencia de China, pues no ha sido provocada y reconoce por origen

los motivos más bajos.»

«Si censuramos á Francia por no haber reconocido que obraba mal al hacer

la guerra, Inglaterra debe á su vez reconocer que ha cometido una

injusticia mayor con China; debe proclamar que en el porvenir se apoyará

en los simples principios de la justicia común; que China, como

cualquiera otra comarca del Occidente, decidirá lo que quiera hacer en

lo que concierne á su religión y su comercio, y que toda intervención

armada por los intereses de los mercaderes y de los misioneros ingleses,

cesará para siempre.»

Es un error común el creer que sólo en las colonias españolas hay

insurrecciones, porque solo ellas están mal gobernadas. Los lectores del

_Times_ de Londres saben bien que raras veces transcurre un mes sin que

dicho periódico dé cuenta con varias noticias referentes á diversas

insurrecciones efectuadas en las numerosas colonias Inglesas. En el

número del _Times_ de 24 de Junio último (edición semanaria) encontramos

los relatos siguientes: «Africa Occidental. La Reina ha tenido á bien

nombrar á Sir David Patrick Chalmers Comisionado de Su Majestad para

inquirir sobre la insurrección de los naturales en el protectorado

Británico adyacente á la colonia de Sierra Leona y en general sobre el

estado de los negocios en dichos protectorado y colonia.»

«De acuerdo con el informe de Sherboro, de fecha del Martes, Bompeh, el

baluarte de los Mendis, fué tomado el 13 del corriente por el Teniente

Coronel Cunningham y el Teniente Russell. El enemigo sufrió grandes

pérdidas. Las pérdidas de los ingleses fueron pequeñas, pero el Teniente

Russell fué seriamente herido, así como siete soldados y tres

arrieros.»

«Disturbios renovados en Uganda.

«La Agencia de Reuter ha recibido noticias de Uganda de fecha 25 de

Marzo, de las cuales aparece que, aunque la revuelta de Nubia

prácticamente se ha sofocado, los disturbios han surgido en Uoyoro, en

donde todo el territorio se halla en rebelión. Se agrega que el ex-Rey

Mwanga ha tomado la ofensiva y que arrasa la mitad occidental de Uganda,

quemando iglesias y cometiendo otras atrocidades.»

El honorable Dr. Robinet en su opúsculo llamado «_La Política Positiva y

la Cuestión Tunecina_, dice lo siguiente:

«Es inútil, sobre todo, á propósito de la brutal explotación del Africa,

que se nos hable todavía de la misión civilizadora de Francia, y que se

traten de cubrir por más tiempo los más horribles abusos de la fuerza y

de la arbitrariedad más culpable, con la solemnidad engañadora de esta

fórmula, tan respetable en sí como mal aplicada al caso.»

«¿Qué han hecho los americanos del Norte con los Pieles-Rojas que

ocupaban antes que ellos su continente? Los han destruido ó poco menos!

¿Qué han hecho y qué hacen todavía los europeos con la encantadora raza

maorí, con esos polinesios que antes de que penetrásemos entre ellos

habían resuelto al parecer el problema de la felicidad en la tierra? Los

han destruido ó poco menos! ¿Qué han hecho los ingleses y todos los

occidentales en Australia de la desgraciada raza papúa, tan poco

favorecida como colmados de dones naturales estaban los habitantes de

Otaïtí? Están á punto de destruirla! ¿Cómo se han singularizado hasta

hoy los europeos en el Indostán, en China, en Cochinchina, en el Asia

Central, en Argelia, en el Senegal, en Jamaica, en el Japón, en el

Zululand, entre los Achantis, etc., etc.? Por el asesinato, por el

pillaje, por la devastación y el darwinismo social y político. ¿Es esto

civilización?»

Llamamos la atención de nuestros lectores sobre la ausencia de los

Españoles en la enumeración del Dr. Robinet, ausencia que no puede ser

casual, porque todos los historiadores están contestes en que los iberos

jamás han tenido como mira la supresión de los habitantes de los países

que conquistaron. Si se exceptúan las Antillas, en ninguna otra colonia

española faltan los aborígenes más ó menos incorporados á la

civilización europea.

Los anteriores relatos de seis distinguidos publicistas europeos bastan

para establecer la comparación entre los procedimientos de España y de

otros pueblos conquistadores. No tenemos noticia de que los Españoles

hayan cometido en el siglo actual las atrocidades que los Ingleses, por

ejemplo, han cometido en sus posesiones, y si en los siglos XVI, XVII y

XVIII las cometieron iguales ó peores, para compararlas con las que

cometen al presente los otros pueblos, no hay que olvidar la diferente

concepción que se tenía entonces de los fines de la vida.

La invasión del reino de Túnez por los Franceses en 1881 es fecunda en

ejemplos de destrucción paralela de los hombres y de sus riquezas.

Pruebas:

«Un pillaje.--Tres semanas más y la cebada estará madura, se podría

incendiarla, se ha ensayado hoy en vano, no quiere arder, se contentan

con trillar la que no han podido cortar.»

«Los soldados del cuerpo de ingenieros que han llegado con mulas

cargadas de instrumentos, cortan con la sierra y el hacha los olivos y

las higueras, que son los únicos árboles frutales del país. Las cabañas

que se hallaban en el valle fueron incendiadas ayer. Llevamos adelante

las cosas.» (Correspondencia de _Le Temps_).

«Beja, Junio 2, á las 10h. 25m. de la noche.

El General Forgemol al Ministro de la Guerra:

«Ayer, 1º de Junio, la brigada Galland llegó con los trabajos del camino

hasta más allá del Oued-Zan, y las tres brigadas reunidas forrajearon

simultáneamente en el territorio de los Ouled-Yaha, en donde muchas

cosechas y cabañas fueron destruidas.»

Túnez, 28 de Junio.

«Desde hace tres dias, el General Logerot, entra á Argelia con cuatro

batallones de zuavos y la artillería de campaña; atraviesa y pilla la

tribu de los Ouchtetas, cuyo castigo se había reservado para el fin de

la campaña.»

«Con excepción de algunos golpes audaces de los rebeldes, la resistencia

ha sido poca.»

«Cerca de 3,000 bueyes y de 5,000 carneros se han pillado.»

«_El Petit Fanal_ dice que el único medio por ahora de lograr la

seguridad de nuestras fronteras del Oeste y del Este es destruir Figuig,

pillar El Abiod, la ciudad de las diecisiete mezquitas, y arrojar á los

cuatro vientos las cenizas de Hamza.» (Argel 24 de Junio de 1881.)

Todos estos elocuentes hechos ponen á los Españoles á una altura

envidiable por sus procedimientos de conquista; mas evitemos seriamente

toda ilusión sobre las cuestiones de civilización, proclamemos que los

Españoles en el siglo XVI, fuertes por la superioridad de sus creencias

religiosas y de su civilización más avanzada, invadieron los vastos

imperios de México y del Perú; no ocultemos que con el fierro en la mano

impusieron el cristianismo y su orden social para satisfacer á los

verdaderos móviles que los animaban, la sed de oro y el amor á la

dominación; condenemos su conducta, execremos no sólo su crueldad y su

avaricia, sino su espíritu de cruzada, su falta de respeto y de simpatía

por las instituciones de los vencidos; maldigamos la destrucción de

civilizaciones interesantes; pero no olvidemos que la tolerante

moderación de un Olmedo protesta contra el fanatismo opresivo de un

Cortés; no olvidemos tampoco que en la conquista de América el clero

español se constituyó generalmente en el órgano enérgico de la moral

contra la opresión, como lo prueba el hecho de que el Sr. Lic. Ignacio

M. Altamirano, escritor que se distinguió siempre por su apasionamiento

contra todo lo español, diga refiriéndose á los frailes españoles que,

animados del espíritu cristiano de los primeros tiempos, venían á México

resueltos á hacer del indio su amigo y á atraerlo al sendero de la

civilización con los tiernos lazos de la fraternidad y de la virtud:

«Hay que honrarlos y venerarlos; ellos forman el primer grupo de

nuestros hombres grandes de América»; hagamos, sin embargo, á un lado

toda la noble conducta de los Españoles para suponer en ellos igual ó

mayor crueldad que en los otros pueblos con los aborígenes subyugados y

preguntar: ¿qué han hecho los Ingleses, Franceses, Alemanes, Holandeses,

etc., en bien de los mismos aborígenes para borrar las horribles manchas

de la cruel explotación y exterminio perpetrados en ellos?

Nada distinto del exterminio de los aborígenes y de sus respectivas

civilizaciones, mientras que los Españoles, únicos en el mundo moderno,

adelantándose á su época, pusieron en práctica la memorable sentencia de

Danton: «No se destruye sino lo que se reemplaza,» y si bien destruyeron

civilizaciones tan avanzadas como las de los Incas y los Aztecas, que

adunaban los suaves matices del adelanto con el sombrío colorido de la

barbarie, en cambio incorporaron á su civilización á los pueblos

conquistados, y gracias á esa incorporación, surgieron á la vida moderna

con caracteres propios y bien definidos, los pueblos hispano-americanos.

Gracias también á esa misma incorporación, poseemos los habitantes que

moramos desde el río Bravo hasta la Tierra de Fuego, nombres

gentilicios, porque los Españoles en medio de su destrucción,

conservaban mucho y los ingleses siempre han arrasado. Los _yankees_

carecen hasta de nombre gentilicio, porque no hay nada en ellos que sea

un signo de los primitivos pobladores del territorio que actualmente

poseen.

Mucho importa caracterizar el interés que tiene la anterior pregunta en

nuestro punto de vista. De la misma manera que no se puede juzgar á un

hombre por hechos aislados de su vida ni por la conducta de su juventud,

sino por el conjunto de su existencia, por el total de su carrera que

fija el verdadero valor social y moral, no se puede juzgar á un pueblo

por un acto sino por la suma de actos realizados que precisan la

cantidad de obras buenas y de obras malas. Un hombre y un pueblo pueden

estar exentos de faltas y carecer al mismo tiempo de méritos, y al

contrario, se pueden tener grandes méritos habiendo cometido graves

faltas. El gran San Pablo, que en sus primeros años de vida de adulto

persiguió cruelmente á los cristianos, no deja de ser por esa

persecución el primero de los defensores de la doctrina cristiana y aun

su verdadero fundador por la organización que le dió. El eminente San

Agustín consigna en sus _Confesiones_ todas sus primeras faltas, que

desaparecen después por su conducta observada luego que se efectuó en él

la transformación moral. Nada significan los errores y las faltas de San

Pablo y San Agustín, y fueron graves, cuando se les compara con la

sublimidad de sus actos posteriores. Una inmoralidad se puede corregir

con actos morales y éstos desaparecen con inmoralidades. Un hombre

vicioso y que se regenera, se purifica, y un virtuoso que se prostituye,

se corrompe. Una mancha se borra con no cometer otra ú otras y con

ejecutar buenas acciones, y éstas se borran con los malos actos. Cuando

un criminal se suicida, aplauden su determinación los partidarios de la

moral absoluta, los que creen que una falta no puede borrarse sino con

otra mayor; cuando ese criminal trabaja y se modifica favorablemente, el

partidario de la moral relativa no lo rechaza y le permite que se

incorpore de nuevo á la sociedad, porque ya ha purgado sus delitos y ha

elegido nueva senda. Así obraron los Españoles; al comenzar sus

conquistas cometieron graves faltas, pero las repararon participando á

sus conquistados de todo lo bueno que tenían, incorporándolos á su clase

social para asimilarlos después y totalmente al elemento español. No

han obrado así los otros pueblos modernos conquistadores, y mientras

España mataba y robaba haciendo algo bueno después, los otros pueblos

han matado y robado constantemente hasta exterminar por completo.

La verdadera conquista, es decir, tal como la practicaron los romanos,

sólo los Españoles entre los pueblos modernos la han realizado, y no

podía dejar de suceder así en la nación que produjo al gran Trajano, al

digno sucesor de César, que trazó al pueblo ibero el derrotero en

materia de conquista. Es verdad que de doce y medio millones de

habitantes que tenemos, sólo cinco son de mestizos, y que hay más de

seis de aborígenes en nuestro país; no podía ser de otra suerte: España

era país poco poblado en el siglo XVI, no fué México su única colonia,

casi se despobló para colonizar América, y de hecho la incorporación no

se efectuó sino en una parte de nuestro territorio, porque en grandes

extensiones no hubo conquista propiamente dicha, sino posesión nominal

de la comarca, como todavía nos pasa con vastas extensiones de nuestro

territorio, donde ni la autoridad de nuestro gobierno ni la influencia

de nuestra civilización se hacen sentir. De esa fusión del elemento

Ibero y el Azteza, Zapoteca, Maya, etc., salimos los mestizos, es decir,

los mexicanos, y entre ellos la mujer mexicana, gala de nuestro país y

admiración de propios y extraños por la combinación particular que en

ella se observa de las elevadas dotes que requiere el difícil papel de

hija, de esposa y de madre.

«Conquistar! dice mi caro y venerable Director Pierre Laffitte en su

profunda apreciación de la civilización militar ó romana, muchos se han

creido capaces de hacerlo; pero guardar y organizar la conquista de tal

suerte que los pueblos vencidos no formen después sino una misma nación

con el pueblo victorioso, y que ninguno de ellos haga esfuerzos

posteriores para recobrar su independencia, sólo los Romanos supieron

hacerlo, y lo hicieron observando la conducta más juiciosa y hábil que

un pueblo de prácticos pudiese imaginar.»

Las anteriores sabias palabras á ningún pueblo moderno conquistador

pueden aplicarse en parte si se exceptúan los españoles y portugueses.

¿Vamos á creer por lo que dice M. Laffitte que los romanos no cometieron

crueldades? De ninguna manera, las conquistas son actos militares, se

efectúan con violencia y forzosamente producen atropellos.

Lo que tienen de odioso los procedimientos de represión empleados por

los ingleses en sus colonias, contrasta singularmente con lo que tiene

de grande la conducta de España en las suyas, á saber: _incorporar para

asimilar_. De preferencia hemos comparado á Inglaterra y España como

pueblos conquistadores, porque es corriente en distinguidos publicistas

reputar á los ingleses como superiores á los demás europeos, moral é

intelectualmente. No participamos de la opinión y nos limitamos á

expresarla.

«El modo propio de colonización entre el Norte y el Sur de la América,

dice el excelso Augusto Comte, introdujo una diferencia continua en lo

que atañe á las respectivas relaciones con los pueblos principales.

Sistematizada por el catolicismo y la dignidad real, la trasplantación

ibérica ha conservado el conjunto de los antecedentes, y aun permitido,

como lo he explicado, un desarrollo mejor de los caracteres esenciales.

Mas la colonización británica, originada por un enérgico esfuerzo

individual al que sirvió de consagración el protestantismo, ha alterado

tanto más las tradiciones sociales cuanto que emanó sobre todo de

perseguidos y sublevados. Aun cuando los dos modos se corrompieron

gravemente por la esclavitud de la raza afectiva, esta monstruosidad

determina entre ellos un constraste decisivo en el que se aprecia hasta

qué grado coloca á los protestantes debajo de los católicos la

insuficiencia de la disciplina temporal y espiritual. Reproducida bajo

los demás aspectos, esta diversidad convierte á los Americanos

británicos en los más anárquicos de los Occidentales, porque han

desarrollado las imperfecciones y comprimido las cualidades del tipo

inglés.» (_Sistema de Política Positiva_, tomo IV, págs. 494 y 495.)

Nos parece ocioso insistir para deber afirmar que desde el punto de

vista de la moral relativa, tiene España á su favor lo que no tiene

ningún otro pueblo, es decir, _actos civilizadores_. La aptitud de una

colonia para gobernarse á si misma, siempre que en ella haya habido

fusión de dos elementos étnicos, es un honor para el pueblo que

conquista, porque prueba que supo infundir vida y calor á un nuevo

elemento étnico formado y robustecido por él.

* * * * *

Si grandes errores han intentado propalar los _jingoes_ y sus

periodistas en lo que á España atañe como nación conquistadora,

estupendas aseveraciones han lanzado también al juzgar la civilización

española. Mucho importa pues, precisar el papel de los dos pueblos

contendientes, en la marcha de las sociedades modernas. Se ha presentado

á España como una nación decrépita y llena de vicios, y á la nación

anglo-americana como un país henchido de virtudes. No vamos á

profundizar el tema de si España ha influido más en la civilización que

los E. E. U. U. de Norte América, porque semejante empeño nos conduciría

á escribir un libro; indicaremos únicamente lo que nos parece esencial

en la cuestión.

Si la grandeza de las naciones se midiese en los actuales tiempos, por

la extensión de sus fronteras y por su adelanto industrial, tendriamos

que proclamar á voz en cuello que nuestros vecinos del Norte son el

pueblo más grande de la tierra. Pero no miden así los que interpretan

sabiamente la significación del encumbrado puesto que ocupa un grupo

humano en la escala de las naciones, y todos los pensadores trabajan

porque los pueblos aspiren, ante todo, á la más alta moralidad; por eso

llaman grande á Suiza, aun cuando sea más pequeña que un condado de

Texas y su industria valga menos que la de cualquier miembro de un

poderoso sindicato _yankee_.

Los E. E. U. U. de Norte América son un pueblo grande, pero no un gran

pueblo, son un coloso, pero no una gran nación, y si es verdad que han

demostrado tener un vigor asombroso y que han dado pruebas de virilidad

sin igual, lo es también que ésto lo han logrado á expensas de la

moralidad. ¡Ay del que entre los anglo-americanos no adquiere el

todo-poderoso oro! La posesión de este metal es entre ellos el único fin

de la vida y para lograrla, todos los medios se justifican. De aquí

resulta que en ninguna parte del globo florece tanto el crímen como

entre los _yankees_. Los periódicos de sus principales ciudades anuncian

diariamente en las noticias locales, de dos á tres suicidios. Los

asesinatos son tan frecuentes que ya no causan aversión, menos espanto.

La esclavitud de mujeres importadas de China para la prostitución, se

permite, á pesar de que los periódicos relatan los medios empleados para

efectuarla y dan detalles sobre lo que cuesta tapar los ojos de los

funcionarios públicos. La frecuencia con que se practica el aborto

criminal, disimulado con los hipócritas y siempre trasparentes velos del

_réclame_, es un hecho entre nuestros vecinos.

Lo que se opone en los E. E. U. U. de N. A. á la adquisición de la

riqueza se destruye; se ejecuta lo que puede darla en el acto aun cuando

se destruya la del porvenir. Los naturales casi han desaparecido

destruidos por el fuego y el hambre ó con el fomento de sus vicios y la

inoculación de enfermedades. Los mexicanos que habitaban el territorio

que nos fué arrebatado, y sus descendientes, han desaparecido también

por medios semejantes. Los extensos y ricos bosques de maderas de

construcción que tenían los _yankees_ y que hubieran podido surtir á la

nación por siglos, los han talado en pocos años. Los animales indígenas

no han tenido mejor suerte, y las valiosas nutrias y el útil búfalo

están exterminados; los pocos animales de una y otra especie que se

conservan los ha preservado trabajosamente el interés científico contra

la especulación comercial. No hay día en que no se cuelguen docenas de

hombres sin formación de causa por medio del asesinato más cobarde que

se conoce y que ellos llaman _ley Linch_, como se hizo en Nueva Orleans

con una docena de pobres italianos y se practica en todas las regiones

apartadas con polacos, mexicanos, negros, italianos, etc. ¿Qué sucede

con los negros á pesar de que tienen todos los derechos civiles? Si

alguna vez quieren ejercerlos en los Estados del Sur, se les recibe á

balazos. Pero lo más grave es que á pesar de que esos crímenes son

frecuentes y de que los que los perpetran son gente bien conocida, las

autoridades no los castigan ni el público los reprueba. Es un hecho que

entre nuestros invasores sólo con dinero se obtiene justicia. Ni un solo

hombre rico ha sido ejecutado entre los _yankees_, á pesar de que en las

clases ricas se cometen más delitos que en las otras.

Se nos dirá que exageramos y que es imposible que tal estado de cosas no

fuese denunciado. No relatamos sino hechos conocidos, públicos en San

Francisco, por ejemplo. La maldad siempre se ha cubierto con el manto de

la hipocresía y por medio de ardides se logra lo que la razón no

alcanza. El mal es tan universal en estos tiempos, que todos se

interesan en ocultarlo como el leproso esconde sus llagas y el

sifilítico sus lacras.

Cuando en Abril de 1896 el Congreso anglo-americano discutía la cuestión

de Cuba, la Prensa Asociada, un sindicato que da noticias á los

periódicos, inventó á sangre fría la noticia de que los Españoles en

Cuba habían martirizado secretamente á cuatro patriotas cubanos con el

garrote, el más cruel de los instrumentos de la Inquisición, se

agregaba. Pocos días después algunos periódicos corrigieron la noticia,

diciendo: que los cuatro patriotas eran cuatro asesinos negros, y que el

garrote no era sino el instrumento para ejecutar á los criminales,

infinitamente más humano que la cuerda usada por los _yankees_ y que

prolonga la agonía de los ejecutados hasta más de 15 minutos. ¿Qué

fines perseguía el sindicato llamado «Prensa Asociada?» Influir en las

discusiones de la Cámara de representantes.

España y los Estados Unidos de Norte América · 第 2 / 4 段