ESPAÑA
Y LOS
ESTADOS UNIDOS
DE NORTE AMERICA
A PROPOSITO DE LA GUERRA
POR EL
INGENIERO AGUSTIN ARAGON
MEXICO
EUSEBIO SANCHEZ, IMPRESOR.
Calle del Aguila número 12.
1898
ESPAÑA Y LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTE AMERICA
A PROPOSITO DE LA GUERRA.
«Io parlo per ver dire,
Non per odio d’altrui, nè per disprezzo.»
«Do thy duty, come what may.»
Entre los acontecimientos políticos con que termina el presente siglo,
ninguno ha despertado tanto interés en todo el orbe, y especialmente en
América como la intromisión de los anglo-americanos en el arreglo de los
asuntos interiores del heroico y gran pueblo que nos dió su
civilización. La guerra que tiene por teatro la Isla de Cuba,
consecuencia inmediata de la expresada intromisión, da origen á
reflexiones tan diversas, cuya importancia seria ocioso encarecer, que
no hemos podido resistir á la tentación de escribir un ensayo desde el
punto de vista positivo.
Nos mueve especialmente á tomar la pluma para tratar tan interesante y
fecundo tema, la circunstancia de no haber hallado en las apreciaciones
que sobre él hemos leido, sino lugares comunes reñidos con el criterio
filosófico é histórico, cualquiera que se le suponga.
No estamos identificados con ningún partido politico y nos apartamos en
general de liberales y conservadores, porque una ú otra senda nos
reduciría á la triste condición de sectarios, que estamos muy lejos de
desear.
Fundamos nuestras creencias en hechos, y á éstos procuraremos someternos
esquivando todo aquello en que pueda entrar nuestra apreciación
personal.
Dividimos nuestro estudio en las siguientes partes:
I. Causas de la guerra y legitimidad de la misma.
II. España y los otros pueblos modernos conquistadores.
III. España y los Estados Unidos de Norte América.
* * * * *
Es casi inútil estudiar la cuestión con el Derecho Internacional en la
mano; á nada conduce buscar en él motivos ó excusas de la declaración de
guerra, porque ninguna regla del derecho de gentes está mejor
establecida y es más sabia y aceptada que la que impone á un pueblo la
prohibición de entrometerse en los asuntos interiores de los demás
pueblos. La razón de ser la susodicha regla estriba en que garantiza la
paz de la especie humana, fin supremo del estado industrial de la
civilización.
Resulta, pues, que desde el punto de vista de la _legalidad_, pesarán
como una inmensa carga sobre los actuales enemigos de España todos los
desastres de la guerra, porque la responsabilidad criminal es del que
comete los delitos, del que viola las leyes cuyo acatamiento exigen las
necesidades que engendra la vida social.
Es de esperar que una vez concluida la guerra, los Cubanos y sus
defensores lamentarán que no se haya observado la regla antedicha del
derecho internacional.
Irreprochable como es el sencillo raciocinio que conduce á la
condenación de los anglo-americanos por haber provocado sin motivo legal
una guerra, estudiemos en sus relaciones con la moral la cuestión que
nos ocupa; pero antes veamos si en algún precedente pudieran encontrar
la justificación legal de su conducta, pues sabido es que en la
política internacional, la falta de preceptos positivos en el derecho
de gentes para determinados asuntos, se suple con los derroteros
trazados por prácticas anteriores.
Nada análogo al caso de Cuba hemos encontrado en la historia de la
diplomacia contemporánea, con excepción del célebre _Manifiesto á las
Potencias_ dirigido por Lamartine, como Ministro de Estado del Gobierno
provisional de Francia, de 1848, á los agentes diplomáticos del Gobierno
francés, y en el cual se resumía el programa de la política exterior de
la segunda república francesa.
En dicho _Manifiesto_, que en su letra como en su espíritu, constituye
una declaración formal de la República francesa de mantener la paz,
Lamartine reivindicaba para su país el derecho de ayudar, á voluntad de
éste, á toda nación que luchase para sacudir el yugo de conquistadores
extranjeros. Claramente se expresa que se trata de auxilios, en caso de
lucha contra el extranjero y no contra los Gobiernos. Esta lucha no
puede equipararse á la _insurrección_. Y aun en el caso de que se
emprendiese por una nacionalidad extinguida contra sus opresores, el
Gobierno francés no prometía francamente el auxilio, sino que se
reservaba de un modo expreso el derecho de juzgar si la «hora de la
reconstrucción de la nacionalidad había sonado.»
No entra el caso de Cuba, calificado de _insurrección_ por los mismos
anglo-americanos, en la circular del Gobierno de 1848, dirigida á los
diplomáticos de Francia. No hay que olvidar, por otra parte, que una
comisión de polacos y otra de irlandeses se presentaron en Paris á
Lamartine, para solicitar el apoyo de su país, con el fin de sacudir el
yugo opresor de sus respectivos dominadores, y que á los primeros les
contestó, diciéndoles que los medios elegidos por la Francia para
ayudarles, eran los medios pacíficos; y á los segundos: «Quand on n’a
pas son sang dans les affaires d’un peuple, il n’est pas permis d’y
avoir son intervention ni sa main.»
Además, los cubanos no han solicitado el auxilio de los
anglo-americanos para realizar su independencia de España. Asunto es
éste, el de la intervención de una potencia en las luchas de un pueblo
con otro pueblo, que no tomará cuerpo mientras la política no se
subordine á la moral, porque es de aquellos que tocan á la abrumadora
pregunta que dice: ¿Dónde termina el uso de un derecho y dónde comienza
el abuso?
Una razón de analogía podrían invocar los llamados amigos de los cubanos
para justificarse, á saber: el hecho de no haber podido ellos realizar
su independencia sin la poderosa ayuda del gran pueblo francés y del
noble y generoso pueblo español. El caso actual es diferente por faltar
en él la petición expresa de auxilio por parte de los cubanos, por no
haber ningún Franklin de por medio.
Examinemos las causas de la guerra desde el punto de vista moral.
El derecho de gentes, no es en rigor una ley: es simplemente la
_costumbre_ de las naciones, ó mejor dicho, un conjunto de usos
internacionales que, de la misma manera que otros usos, ha nacido ó de
un sentimiento de justicia ó de la comunidad de intereses ó de opiniones
y preocupaciones arraigadas. ¿Es racional exigir que cuando todo cambia
y varía, se transforma y evoluciona, no varíe la ley de las naciones?
No, contestamos enérgicamente. El derecho internacional se ha
transformado y deberá transformarse, ha evolucionado en el presente
siglo y evolucionará en los venideros, y asuntos que antes no motivaban
una intervención de las naciones, la motivan hoy por asentimiento
unánime de las mismas. ¿Puede haber un motivo de intervención más
simpático y más urgente, y más irresistible que el de ayudar á un pueblo
amoroso de su libertad, que toma las armas contra un tirano que oprime y
explota, contra un opresor extranjero? No, respondemos espontáneamente y
casi sin darnos cuenta del raciocinio que nos conduce á ese enérgico
adverbio de negación, porque el sacrificio de los fuertes en favor de
los débiles es un precepto de moral para todo aquel que quiera vivir á
la altura de nuestra época.
Supongamos que en el caso de Cuba el pueblo de la isla careciese de todo
espíritu de libertad durante su período colonial, y que pudiese
considerarse al español como un opresor extranjero; nada más noble ni
más elevado, ni más digno de espíritus superiores, que la protección del
anglo-americano al cubano, para que éste conquiste las libertades á que
aspira. Y sin embargo de lo anterior, ni en Europa ni en América se ha
creido en la moralidad de los anglo-americanos. ¿Por qué cuando los
franceses vinieron á Nueva Inglaterra á luchar contra los ingleses en
favor de los colonos, no surgió el mismo sentimiento de desconfianza en
la buena fe de los hijos de la patria de Molière y Richelieu? ¿Por qué
hoy duda el mundo entero de los elevadísimos sentimientos humanitarios
de los compatriotas de Grant, Austin y McKinley? Porque la idea de que
el mundo está regido por leyes, de que no está sometido á incesantes
variaciones, de que presentará mañana la misma serie de fenómenos que
hoy y que ayer, es una idea que en cierto grado ha dominado á todos los
cerebros humanos. Porque el francés ha sido y será siempre
colectivamente desinteresado hasta el sacrificio, y el americano egoista
y calculador hasta la avaricia. Porque el gran tipo del Quijote pintado
por el _sublime_ Cervantes es latino y ante todo español, porque los
quijotes no se conocen entre los sajones, y aun cuando el _tio
Samuel_--personificación caricaturesca de nuestros vecinos del
Norte--físicamente tenga parecido con el héroe de Cervantes, no podemos
ver en él sino á un negociante disfrazado de Don Quijote. Porque, en
fin, los antecedentes de los anglo-americanos y toda su historia nos
inducen á dudar de su buena fe. Si el pueblo español se levanta en armas
para socorrer á un oprimido, nadie duda de su caballerosidad y buena fe,
porque es pueblo que ama lo grande y lo noble, lo bueno y lo bello.
Veamos si hay algunas pruebas escritas, algunos hechos que justifiquen
esa desconfianza con que han visto á los anglo-americanos todos los
pueblos del planeta.
Que la guerra ha sido causada por especuladores, quienes adquirieron
millones de pesos en bonos de la Junta Cubana, los cuales distribuyeron
entre altos funcionarios y entre los principales periódicos de sensación
llamados «Yellow Journals,» se asegura públicamente en los Estados
Unidos de Norte América. También se asegura que el gobierno de McKinley
jamás creyó que España se lanzara á una guerra cuyos resultados debian
ser desastrosos para ella. El hecho de que España haya preferido la
guerra á la humillación, ha sido incomprensible para un pueblo de
negociantes como lo es el que nos avecina por el Norte. No sin razón se
decía en Europa al comenzar la guerra: el acto de aceptar España una
lucha tan desigual por defender únicamente su honor, consuela y alienta
en estos tiempos de triste mercantilismo en que los pueblos no se mueven
sino impulsados por el interés y atraídos por la codicia. Es
inconcebible para el _yankee_ que haya defendido su honra el español,
porque el egoismo caracteriza al primero y el altruismo al segundo,
porque el primero es frio y calculador y no se mete en cuestiones, á no
ser que todas las ventajas estén de su parte.
La idea de que no ha guiado á los _yankees_ un sentimiento de desinterés
en los asuntos de Cuba, ha tomado origen en publicaciones de ellos que
claramente revelan sus tendencias y propósitos. El ingeniero
anglo-americano E. L. Corthell, sucesor del célebre capitán James B.
Eads, en su opúsculo de 1804 titulado «El Ferrocarril para Buques en
Tehuantepec,» se expresa así:
«La via de Nicaragua ha sido considerada como la via americana. Si es
así, entonces Tehuantepec es una via aun más americana respecto de todos
sus caracteres comerciales, y seguramente es de más importancia para
nosotros desde el punto de vista estratégico, que ninguna otra via del
mar Caribe.»
El Almirante Shufeldt expresó sus francas y claras opiniones, continúa
diciendo Corthell, como sigue: «Cada istmo tiene tanta mayor importancia
cuanto más próximo se encuentra al centro de la influencia comercial y
política americana, y el valor intrínseco de esta obra, eminentemente
nacional, puede considerarse en razón inversa de la distancia á ese
centro. Un canal á través del Istmo de Tehuantepec es una extensión del
rio Mississippi al Océano Pacífico. Convierte el Golfo de México en un
lago americano. En tiempo de guerra cierra ese Golfo á todos los
enemigos. Es la única via que nuestro Gobierno puede vigilar. Puede
decirse que convierte á nuestro territorio en circunnavegable. Acorta
1,400 millas náuticas la distancia que habria entre Nueva Orleans y San
Francisco por un canal en el istmo de Darién.»
«La via de Tehuantepec puede hacerse mucho más accesible á los Estados
Unidos y México por ferrocarril, sobre el que se pueden transportar
ejércitos y municiones prontamente. El Golfo de México está fuera de
complicaciones extranjeras por pertenecer á estas dos grandes repúblicas
del Nuevo Mundo, Y CUANDO CUBA SE CONVIERTA EN UN ESTADO DE LA UNIÓN, lo
que parece estar ya cerca, tendremos en nuestras manos el circuito total
de este gran mar.»
En el _Weekly Picayune_ de 28 de Julio último, hallamos lo siguiente
entre otros párrafos de un articulo «Anexión de Cuba, pero no
Independencia Completa para los Cubanos:» «Los sentimientos de humanidad
exigen la anexión para salvar á la isla de los horrores de la anarquía
que seguirían al conceder la independencia á un pueblo dividido entre sí
y dividido por cuestiones de raza; incapaz de gobernarse á sí mismo en
la vida privada, é incapaz por consiguiente, de conducirse bien en la
vida pública.»
No hay que olvidar que los anglo-americanos llaman América á su país y
que el nombre de Estados Unidos de América lo usan en contraposición á
Estados Unidos de Colombia, Mexicanos, etc. Ellos son los _americanos_,
como si los demás nativos del mundo de Colón no tuviesen derecho á ese
nombre. No se oculta en los párrafos citados la aplicación de la mal
entendida doctrina Monroe, aplicación real que veremos pronto como una
de las consecuencias más inmediatas de la guerra; América será los
Estados Unidos. No se oculta ese protectorado que desde hace luengos
años los _yankees_ han querido ejercer sobre todos los pueblos
hispano-americanos y que cada vez quieren hacer más efectivo, aunque
siempre entrometiéndose en el momento menos oportuno, como sucedió con
nosotros cuando la guerra de intervención, en que Mr. Seward se dirigió
á Napoleón III cuando su intromisión era inoportuna, según la calificó
un hombre superior llamado Gabino Barreda.
Podemos afirmar, á la altura en que nos hallamos, que ni los
antecedentes de los _yankees_, ni las verdaderas causas de la guerra, ni
las publicaciones de algunos anglo-americanos autorizan á creer que el
precepto de la moral positiva «sacrificio de los fuertes en favor de los
débiles,» proclamado por el inmortal Augusto Comte como base de la
política internacional moderna, ha sido el móvil de nuestros vecinos al
declarar la guerra á la nación española.
Aun suponiendo la más inmaculada de las purezas en las intenciones
_yankees_, quedarán siempre como una mancha los horrores de la guerra
sobre el pueblo anglo-americano para toda persona que examine friamente
la cuestión desde el punto de vista moral. Un Gobierno no debe declarar
nunca la guerra sino después de haber agotado todos los medios pacíficos
para evitarla. No ha sido tal el caso del pueblo _yankee_, y juzgando
con el criterio positivo, han cometido los hombres de Gobierno
anglo-americanos el más grave y el más atroz de los crímenes, haciéndose
responsables de todos los males y horrores consiguientes á una lucha
armada, porque no vacilaron en echar sobre sus hombros el peso de tanta
desolación y ruina, cuando no habían agotado la persuasión y cuando los
medios pacíficos les habian dado excelentes resultados.
Toda una serie de concesiones otorgaron los españoles á los cubanos,
bajo el benéfico y pacífico influjo de los _yankees_, y un padrón de
infamia será para éstos la declaración de la guerra, porque no era ésta
el único arbitrio que les quedaba para lograr la independencia de Cuba.
No parece sino que los gobernantes anglo-americanos han buscado con la
guerra, con un acto odioso, las vulgares satisfacciones del orgullo y de
la vanidad, siguiendo el ejemplo del gran retrógrado Bonaparte.
La persuasión no el asalto, el consejo no la agresión, la razón no el
insulto, son los medios que se ponen en juego cuando nos mueven á obrar
sentimientos nobles y elevados, cuando á impulsos de buenas tendencias
deseamos realizar un fin.
Los cablegramas últimos fechados en Santiago de Cuba, relativos á la
ocupación de la ciudad por las fuerzas de Shafter, corroboran que la
intromisión _yankee_ lleva trazas de parecerse á la ocupación de Egipto
por el ejército inglés.
Cualquiera que sea la conducta de los _yankees_ en el porvenir, nadie
los eximirá de la acusación antedicha y mucho nos tememos que ésta se
agrave cuando se firme la paz, si exigen á España otras condiciones para
firmarla, que no sean la independencia de Cuba. Ya sabemos que se va á
gritar: la nación vencida paga los gastos de guerra, porque es precepto
del derecho internacional. A lo anterior contestamos: la guerra se ha
verificado con violación manifiesta del derecho internacional y es
ilógico querer aplicarlo al final de ella, cuando tácitamente se ha
declarado sin ningún valor en el caso, y para encontrarle justificación
hemos necesitado de recurrir al _altruismo_, considerándolo como una
virtud del pueblo _yankee_, hemos aceptado que á éste no lo excitan los
vulgares estimulantes del interés individual, y los movimientos
altruistas no se efectúan para el logro de indemnizaciones materiales,
sino para alcanzar con sacrificios por parte del altruista, la más
preciada de las estimaciones: la gratitud. Al reproche y no á la
gratitud, se harán acreedores los _yankees_, si después de haber
proclamado que iban á obrar movidos por los sentimientos más nobles,
cobran _corretaje_ por sus buenas acciones, á aquellos á quienes ya han
perjudicado demasiado.
Hay que consignar que el hecho de haber recurrido á la fuerza el
Gobierno _yankee_ para lograr la independencia de Cuba, no ha merecido
universal aprobación entre los gobernados por McKinley. La mayor parte
de la gente sensata de los Estados Unidos de Norte América, ha declarado
que la guerra es injusta é innecesaria y aun después de iniciadas las
hostilidades ha reiterado esa declaración.
Una palabra para concluir la parte relativa á las causas de la guerra.
Como causa ocasional se ha señalado la explosión del «Maine.» La
moralidad del Gobierno _yankee_ resulta dudosa en el caso, porque un
asunto sencillísimo, por ser del dominio de las ciencias inferiores, en
las que la complexidad menor de los fenómenos, facilita singularmente el
estudio de éstos, no quiso someterlo al augusto tribunal de la ciencia,
y en vez de pruebas decisivas contra los españoles opuso el silencio más
completo, cuando la ciencia pedía á gritos que no se la manchase con el
dolo al que es completamente ajena.
* * * * *
Desde que se reanudó en 1895 la insurrección de Cuba, los políticos
_jingoes_, así _yankees_ como ingleses, y la prensa amarilla de todo el
orbe no han cesado de insultar á España y al _criterio_ en todos los
tonos y con los epítetos más injuriosos, presentando como razón la
conducta del pueblo ibero en sus diferentes colonias. Por fortuna, los
historiadores juiciosos como Prescott, por ejemplo, no se dejan influir
por _jingoes_ y periodistas amarillos y no riñen con el método, la
lógica y el criterio, y Gibbon, Robertson, Hallam y los historiadores
de su talla seguirán ejerciendo el irresistible influjo que ejercen y
han ejercido y continuarán en el elevado puesto que ya tienen, pese á
todos los calumniadores de la Patria de los reyes católicos.
No vamos á tratar la cuestión II de nuestro estudio con la extensión de
que es susceptible, porque no es nuestro ánimo escribir un libro, apenas
la delinearemos aunque es fecunda en grandes enseñanzas y tiene un
interés verdaderamente grande.
Dejaría de ser desde el punto de vista positivo nuestro ensayo si no
aplicásemos el criterio positivo al examen de los hechos. Entre los
numerosos títulos que tiene Augusto Comte para ser considerado como el
más grande de los filósofos contemporáneos, figura en primera línea el
de haber planteado y resuelto con incomparable acierto el problema de la
educación del hombre. La sagacidad sin par del fundador de la sociología
se manifiesta en alto grado en la manera como trató tan importante
problema y en la acertada solución que le dió. Haber demostrado que el
estudio de los métodos es inseparable del de las doctrinas, y que cada
ciencia posee un método ó métodos que le son peculiares en las
investigaciones que constituyen su objeto, es una gloria que nadie
disputará á Comte, porque solo él, entre los filósofos, con esa videncia
propia únicamente de los genios, encontró y puso en claro la importancia
capital del método sobre la doctrina.
Hemos hecho la anterior digresión para precisar nuestro punto de vista,
para poner en claro que mucha doctrina vale nada sin método y que éste
es el alma de todo estudio filosófico.
Se puede declamar mucho contra la ferocidad de los iberos, se pueden
decir horrores de ellos, pero si se olvida el método de la moral, ni esa
ferocidad ni esos horrores llevarán á la condenación de España cuando
impere el criterio positivo.
En política hay dos morales, la absoluta y la relativa, la que juzga
con relación á un tipo patrón, _standard_ como diría un inglés, y la que
juzga con relación á otros actos. Del examen de los actos, para
calificarlos de buenos ó malos, de morales ó inmorales, ya se aprecien
con el patrón ó ya con otros actos, nace el método de comparación que
emplea la moral en sus investigaciones. Yo puedo ser inmoral comparado
con Pedro, pero moral si se me compara con Juan; y Juan, Pedro y yo
podemos ser inmorales si se nos aplica el _standard_. La comparación,
es, pues, un método que emplea la moral en las investigaciones que
constituyen su objeto. Esta simple distinción de la moral absoluta y de
la moral relativa, da al traste con todas las vociferaciones de los
enemigos de España sobre las crueldades de esta nación como nación
conquistadora. Se olvidan con frecuencia las gentes impresionables,
impresionadas por las muy famosas estadísticas, al enterarse del número
de locos que mueren por el alcoholismo, de lo que bebían nuestros
bisabuelos, y á los _jingoes_ y periodistas amarillos les ha atacado con
tal fuerza la _hispano-fobia_, que no parece sino que en un tiempo no
había más que españoles y que la crueldad ellos la inventaron.
El método comparativo va á ser nuestro principio director al juzgar á
España y á los demás pueblos modernos conquistadores. Admitimos que los
españoles cometieron muchas iniquidades en el Nuevo Mundo, pero no
admitimos que se les juzgue como si las hubiesen cometido á mediados del
siglo XIX en que los pueblos tienen ya otros principios que los guian
distintos de los que trazaban el camino á los gobernantes en siglos
anteriores.
Todas las instituciones deben juzgarse con relación á su tiempo y á su
medio social y en los estudios referentes á cuestiones políticas el
investigador debe tener presente como caso concreto, como gran ejemplo,
el hecho de que el incomparable Aristóteles, el más conspicuo
representante de la filosofía antigua, no podia concebir ni aun la
existencia de una sociedad sin esclavos. No tenemos noticia de que con
la anterior precaución se hayan propalado errores sociológicos, antes
bien, sólo encontramos en los adeptos del método positivo ocasiones de
admirar los buenos resultados á que conduce. Como ejemplo vamos á ceder
la palabra á un esclarecido filósofo mexicano.
El eminente pensador Don Gabino Barreda, después de describir serena y
concienzudamente el estado social y politico de Nueva España y de
indicar los medios que los españoles hubieran podido emplear para que la
emancipación de México de la Metrópoli se hubiese realizado sin medios
violentos, agrega: «Sería, sin embargo, injusto echar en cara á España
una conducta que cualquiera otra nación, en su caso, habria seguido, y
que, la falta de una doctrina social positiva y completa, hacía tal vez
necesaria en aquella época.»
Otro eminente pensador mexicano, nuestro insigne maestro el Dr. D.
Porfirio Parra, ha dicho refiriéndose á la situación de México, después
de vencidos los aztecas: «Una administración perfecta en su género
fomentaba la industria de la floreciente colonia, estimulaba la
producción y la enorme acumulación de la riqueza, brindaba los
beneficios de la paz, y al suave influjo de una religión filantrópica en
alto grado, surgían asilos para el desvalido, lechos piadosos para el
doliente enfermo, planteles de enseñanza que hoy nos parecerán parcos,
que hoy acusaremos de suministrar á la inteligencia nutrimento escaso,
lo cual si es de lamentarse sería injusto atribuir á la malevolencia de
la Metrópoli, que adolecía de la penuria intelectual del tiempo. Así lo
dijo el liberal entusiasta, el inmortal cantor del Oceáno y de la
Imprenta, el ilustre vate Quintana, poniendo en boca de la dolorida
América los siguientes versos tan hermosos como verdaderos:
............................Yo olvidaría
El rigor de mis duros vencedores;
Su atroz codicia, su inclemente saña,
Crimen fueron del tiempo y no de España.»
A esto se llama ver las cosas como son en realidad y no como queremos
que sean, por más que nuestros deseos sean nobles y muy elevados.
Expresa el Sr. Barreda los medios con que se habría evitado nuestra
guerra de insurrección, en la siguiente forma: «Una conducta más
prudente, que hubiese permitido un ensanche gradual y una gradual
diminución de los vínculos de dependencia entre México y la Metrópoli,
de tal modo que se hubiese dejado entrever una época en que esos lazos
llegasen á romperse, como la naturaleza misma parecía exigirlo
interponiendo el inmenso Océano entre ambos continentes, habría sin duda
evitado la necesidad de los medios violentos que, la política contraria
hizo necesarios.» Este cargo del Sr. Barreda á España, que resume la
política colonial que aconseja el Positivismo, del que la absuelve
expresamente por el período que precedió á la creación de la síntesis
positiva, es cargo que con toda energía puede hacerse á los pueblos
conquistadores modernos que han comenzado á fundar colonias en una época
en que la doctrina social positiva existe ya; con razón sobradísima se
nos tacharía de parciales si no lo hiciésemos extensivo á España por lo
que atañe á Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero hallamos mayor
responsabilidad en Francia é Inglaterra que en España, porque si bien es
cierto que ningún hombre de Estado tienen derecho á ser ignorante,
también no menos lo es que, por desgracia, en los tiempos que corren los
hombres de Estado de la madera de los Richelieu y Mazarino, Colbert y
Turgot, Cromwell, Campomanes y De Aranda, Jiménez de Cisneros y Pombal,
son cada vez más y más raros.
Es un hecho la inferioridad de los hombres de Estado del presente siglo,
con relación á los del pasado, por ejemplo, en lo que atañe á
conocimientos filosóficos y á principios directores, pero los estadistas
ingleses y franceses, no han dejado de estar aconsejados por los
positívistas de uno y otro país, que con verdadera constancia han
defendido los intereses de los habitantes de las colonias inglesas y
francesas. Estos consejos, siempre escritos, han faltado á los
españoles, y mayor responsabilidad tienen los ingleses y franceses que
no han modificado su política colonial, conociendo como conocen la
doctrina salvadora.
Desde 1856, en que el enérgico y distinguido positivista inglés Richard
Congreve publicó su notable opúsculo «Gibraltar ó las Relaciones
Exteriores de Inglaterra,» hasta nuestros dias, el Gobierno de S. M.
Británica no ha dejado de recibir indicaciones de los positivistas
londinenses sobre la política colonial y sobre la solución que á los
arduos problemas de la misma da el Positivismo. Si á esta incesante
acción de 42 años se agregan las nobles y repetidas protestas del
profundo escritor Herbert Spencer contra el inicuo tratamiento de los
pueblos débiles por los más fuertes, ninguna excusa queda á los
estadistas ingleses sobre la ignorancia de un método que coordina y de
una doctrina que guia. El Gobierno francés, por su parte, no ha dejado
de estar aconsejado por los numerosos positivistas franceses sobre los
mismos puntos, y tampoco puede alegar como el inglés la ignorancia. En
honor de España debe proclamarse que uno de sus hombres de Estado, el
distinguido Conde de Aranda, en pleno siglo XVIII, ha sido el único
estadista europeo que haya propuesto el desarrollo de una política
colonial que tendiese á la gradual emancipación de las colonias de su
Metrópoli. Aun cuando el pensamiento del gran Ministro de Carlos III
hace responsable á España por no haberlo seguido, y aun cuando ese
pensamiento honra mucho á su autor, dista mucho también de constituir
por sí solo toda una doctrina social comparable á la que se les ha dado
á conocer á los hombres de gobierno de Francia é Inglaterra en la última
mitad de esta centuria.
Dejemos la cuestión puramente política para estudiar el tratamiento dado
por los españoles y los otros europeos á los aborígenes subyugados. Es
bien conocida la conducta de España en México, por ejemplo, en los tres
siglos de dominación, y por lo mismo nos limitaremos á presentar
algunos casos de atropellos cometidos por los otros pueblos europeos en
el presente siglo en que otros son los principios guías de los
gobiernos. Con excepción de los hechos que se refieren á Nueva
Inglaterra en el párrafo que vamos á transcribir, todos se han efectuado
en el siglo XIX.
«En la declaración de la independencia americana, hablando del Rey, los
colonos dicen:
«Ha obstruido la administración de justicia negando su aprobación á las
leyes para el establecimiento de poderes judiciales.
«Ha creado una multitud de oficinas nuevas y enviado un enjambre de
empleados á acosar á nuestro pueblo y á quitarle su subsistencia.
«Ha mantenido en pie ejércitos entre nosotros, en tiempo de paz, sin el
consentimiento de nuestras legislaturas.
«Ha convenido con otros en sujetarnos á una jurisdicción extraña á
nuestra organización y desconocida por nuestras leyes, dando su
aprobación á estos pretendidos actos de legislación:
«Acuartelar grandes cuerpos de tropas armadas entre nosotros.
«Protegerlos con un juicio ridículo contra el castigo de todos los
asesinatos que cometiesen en los habitantes de estos Estados.
«Impedir nuestro comercio con todas las partes del mundo.
«Imponernos contribuciones sin nuestro consentimiento.
«Privarnos en muchos casos de los beneficios del juicio por jurado,
etc., etc., etc.
«Hoy en día, aun cuando tiranías tan atroces como las anteriores no
deshonran la legislación actual de las colonias, podemos, hojeando los
periódicos que se publican en nuestras posesiones, ver que el poder
arbitrario del régimen colonial no se ha mejorado. Dos erupciones en
quince años mostraron claramente los sentimientos de los Canadienses.
En el mismo periodo los Boers del Cabo se han rebelado tres veces; y
acabamos de efectuar una tumultuosa agitación y una violenta campaña
periodística para convencerlos. En las Indias Occidentales hay un
descontento universal. De Guayana vienen noticias parecidas. Aquí hay
combates en trincheras, allí motines de insurrectos y el descontento se
nota en todas partes. El nombre de Ceilán recuerda por una parte la
insolencia de un llamado Gobernador y por otra el rencor de los
ofendidos colonos. En las colonias australianas se ha tenido por triste
objeto la inmigración de criminales; mientras que de Nueva Zelanda
vienen protestas contra el despotismo oficial. Por todos los vientos
vienen relaciones semejantes de descuido, quejas de impertinencias
extremadas, de disparates, de disputas, de corrupción, etc. Los
Canadienses se quejan de haber sido inducidos por la oferta de un
privilegio á invertir sus capitales en molinos de trigo que una
legislación subsecuente convirtió en inútiles. Con una cantidad siempre
variable de protección, los plantadores de caña de azúcar dicen que no
saben lo que llegará á suceder. El Sur de Africa muestra un mal manejo
que unas veces convierte en enemigos á los Griquas y otras conduce á la
guerra contra los Cafres. Los inmigrantes de Nueva Zelanda lamentan el
establecimiento de un gobierno escogido absurdamente, el gasto de dinero
empleado en caminos que nadie usa y el completo abandono de obras
necesarias. La Australia Meridional fué declarada en quiebra por las
extravagancias de un gobernador; las tierras se han proporcionado á los
colonos como si se tratase de barbarizarlos por dispersión; y los
trabajadores se han enviado con exceso y los han abandonado á mendigar.
Nuestro comercio con los chinos fué perjudicado por la conducta
insolente de los oficiales militares con los naturales; y las
autoridades de Labuan fundaron su primera colonia en un pantano
pestilente.»
«Por grandes, sin embargo, que sean los males ocasionados por la
colonización gubernativa tanto á la madre Patria como á las colonias,
parecerán insignificantes si se les compara con los ocasionados á los
aborígenes de los paises sometidos. El pueblo de Java cree que el alma
de los europeos pasa cuando mueren al cuerpo de los tigres; y se dice de
un jefe de la Española que deseaba no ir al cielo, porque supo que allí
había españoles. Estos hechos son apenas obscuros indicios de
abominables horrores. Pero no apuntan nada peor que lo que la historia
refiere. Sea que se piense en la extinción de las tribus de las Indias
Occidentales que eran conducidas á la muerte en las minas, ó en los
Hotentotes del Cabo que eran castigados por sus amos con un balazo en
las piernas; ó en aquellos nueve mil chinos á quienes el Dutch asesinó
una mañana en Batavia, ó en los árabes ahogados últimamente por los
franceses en las cuevas de Dahra, son estos simples ejemplos aislados
del tratamiento común soportado por las razas subyugadas y aplicado por
las llamadas naciones cristianas. Si alguien se lisonjease de que
nosotros los ingleses somos inocentes de semejantes barbaridades, pronto
sería confundido con una narración de nuestros hechos en el Oriente. Los
Anglo-Indios de la última centuria--«aves de paso y de rapiña» como
fueron calificados por Burke--muestran solamente un aspecto menos cruel
que sus prototipos del Perú y México.
«Imaginad cuán negras debieron ser sus acciones para que llanamente
admitan los Directores de la Compañía que «las grandes fortunas
adquiridas en el comercio interior del país fueron obtenidas por medio
de la conducta más tiránica y opresiva que jamás se haya visto en ningún
país y en ninguna edad.» Concebid el atroz estado de la sociedad
descrita por Vansittart, que nos dice que los ingleses obligaban á los
naturales á comprarles ó venderles al precio que querían, bajo pena de
azotes ó prisión: Juzgad cuántas cosas pasarían cuando dice Warren
Hasting al describir una jornada: «la mayor parte de las pueblos y
_serais_ los abandonaban apenas nos aproximábamos.» Una fría perfidia
era la política establecida por los autoridades. Los Príncipes eran
lanzados á la guerra unos contra otros; y habiéndole ayudado á uno de
ellos á vencer á su antagonista, después lo destronaron por un supuesto
crimen. Siempre había á la mano algún motivo obscuro para las rapiñas
oficiales. Los jefes sometidos, dueños de los países codiciados, eran
arruinados con las exorbitantes exigencias del tributo, y su manifiesta
incapacidad para satisfacerlas era interpretada como una desleal ofensa
que se castigaba deponiéndolos del mando. En nuestros dias continúan
semejantes iniquidades. (Véanse los despachos de Sir Alexander Burns.)
«En nuestros días continúa también el lamentable monopolio de la sal y
los inhumanos gravámenes que arrebatan al pobre campesino cerca de la
mitad del producto del suelo. En nuestros días continúa el astuto
despotismo que convierte en soldados á los naturales, para mantener y
extender el dominio sobre los mismos naturales--despotismo bajo el cual
no hace muchos años fué asesinado un regimiento de cipayos con
premeditación, por haberse rehusado á marchar sin el correspondiente
uniforme. En nuestros días las autoridades políticas se ligan á los
bribones ricos y permiten que los instrumentos de la ley se empleen para
fines de extorsión. En nuestros días los llamados caballeros quieren
pasear sus elefantes sobre los cuerpos de los empobrecidos campesinos y
abastecerse de provisiones en las aldeas de los indígenas, sin pagar
nada. En nuestros días, en fin, es común en los habitantes del interior,
correr á los bosques cuando ven á un europeo!» (Herbert Spencer, _Social
Statics_, _Goverment Colonization_.)
El Dr. Congreve escribía en 1857 con motivo de la insurrección de la
India: «No me propongo referir las vicisitudes de la contienda en la
India, como que, siendo hombre no encontraría sino un penoso interés en
ellas. Las veo en conjunto con la mayor reprobación. Un término como
_lamentación_, no puede expresar mi sentimiento referente á la conducta
que hemos seguido en la India antes del levantamiento. Esta conducta ha
sido caracterizada singularmente por un hombre de Estado de la India,
en la descarada expresión: «Hemos caminado con el paso majestuoso de los
conquistadores.» No veo razones para dudar de la justicia de esta
expresión. Pero sí las veo para no dudar que los horrores de la
explosión, distintos de la explosión misma, son atribuibles al
sentimiento de humillación consecuente á la conducta de los terribles
conquistadores. «Los hombres no pueden recoger sino lo que siembran, la
violencia engendra la violencia ó algo peor.»
«Repruebo estos horrores como el que más, aun cuando piense que es fácil
hallarles excusas y todavía más fácil parangonarlos. Con no menos
energía repruebo las represalias y el espíritu de venganza que han
manchado á nuestros soldados y hombres civiles, y que contrasta
notablemente con nuestros hábitos y nuestras tradiciones. Para mí, la
guerra en la India tiene todo el carácter repulsivo sin ninguno de los
paliativos que ordinariamente tienen las guerras.»
Estoy convencido de que todos los principios del derecho internacional
se oponen á nuestra ocupación, salvo que modificando ligeramente lo que
Heeren ha dicho de nuestra conducta en Ceylán, nos preguntemos si en las
Indias Orientales existe una ley internacional distinta de la de
Inglaterra. Si abiertamente se declara que existe la diferencia de leyes
internacionales y que lo que rige á los Estados independientes en
Europa, no es obligatorio en el Oriente, entonces que se nos diga cuáles
son los límites de la diferencia y sobre qué fundamentos se establece.
¿Será acaso sobre la pretendida superioridad de la raza en Europa, ó
sobre la barbarie comparativa de la población de la India? Si es así,
escuchemos á Burke: «Esta multitud de hombres no consiste en un
populacho abyecto y bárbaro, menos aún en hordas salvajes, semejantes á
los Guaraníes y los Chiquitos que vagan en las incultas riberas del
Amazonas y el Plata; sino en un pueblo civilizado desde hace siglos y
que cultivaba todas las artes de la vida civilizada en una época en que
nosotros vagábamos por las selvas. Han tenido (y los despojos subsisten
todavía) príncipes llenos de autoridad, de dignidad y de opulencia. Se
encuentran entre ellos á los jefes de tribus y naciones. Se encuentran
también un sacerdocio antiguo y venerable, depositario de sus leyes, de
su ciencia y de su historia, guía del pueblo durante la vida y su
consuelo á la hora de la muerte; una nobleza de gran antigüedad y
renombre; una multitud de ciudades no sobrepasadas ni en comercio ni en
habitantes por ninguna de las primeras de Europa; comerciantes y
banqueros y casas privadas cuyos capitales han rivalizado con los del
Banco de Inglaterra y cuyo crédito ha ayudado más de una vez á un Estado
en situación crítica y ha salvado á sus gobiernos en medio de la
desolación y de la guerra; millones de industriosos fabricantes y
artesanos; millones de los más diligentes y no menos inteligentes
labradores de la tierra. Se encuentran igualmente todas las religiones
profesadas por los hombres, el Brahamismo, el Islamismo y el
Cristianismo Oriental y Occidental.» (_Speech on the East India Bill_,
vol. IV, p. 18).
Todo el libro del Dr. Congreve, que tiene por título «India,» es una
reprobación del espíritu sanguinario que universalmente prevalecía en
1857 en Inglaterra, y una completa refutación de los argumentos con que
se defendia y defiende la posesión del imperio de las Indias. En la obra
_International Policy_, escrita por varios positivistas, hay un capítulo
denominado «Inglaterra y la India,» en el que se demuestra que la acción
de los ingleses en su principal colonia, lejos de ser civilizadora,
tiene todos los caracteres de destructora de una civilización antigua y
avanzada. El malogrado positivista James Geddes comprometió seriamente
su posición en el «Servicio Civil de la India» por sus valientes
artículos publicados en la _Calcutta Review_ sobre la _Lógica del
déficit de la India_, sobre la _Explotación Comercial de los Hindúes por
los ingleses_ y sobre la _Política del Positivismo en la India_, y en
los cuales da á conocer lo que vale la Administración inglesa como
corrupción y violencia.
Las atrocidades cometidas por los ingleses en la India en los años de
1857 á 1859, los crímenes perpetrados para someter á los naturales,
fueron motivo para que el Gobierno inglés ordenase que se cantara en
Londres el 1º de Mayo de 1859 un _Te Deum_ en acción de gracias por la
represión del alzamiento de los Hindúes. El Dr. Congreve redactó una
protesta que ningún periódico londinense quiso acoger y que se pegó en
las esquinas de las calles y se distribuyó en la comuna de Wandsworth,
condado de Surrey, donde habitaba entonces su autor. Dice así:
«El _Te Deum_ ordenado para el 1º de Mayo de 1859.
«Creyendo que la causa de los ingleses en la India es la mala y que la de
los Hindúes es la buena, por representar el legítimo esfuerzo de una
nación para sacudir un yugo extranjero y opresivo;
«Creyendo, en consecuencia, que el éxito de los ingleses no es sino el
triunfo de la fuerza sobre el derecho;
«Considerando, además, que aun cuando nuestra causa hubiese sido la
buena, ha sido manchada en Inglaterra por relatos fraudulentos y por un
espíritu feroz de venganza, y en la India por atroces crueldades; que en
fin, nosotros mismos nos hemos desmoralizado y degradado á los ojos de
las otras naciones;
«Considerando, por último, que la victoria de los ingleses no es sino el
origen de muchos males para ellos, como nación; que impondrá nuevos
tributos á las clases obreras de este pais, ya recargadas de impuestos y
de sufrimientos, por haberse logrado con el sacrificio de la vida de los
soldados ingleses salidos de las mismas clases;
«Hago, por el presente acto, todo lo que está en mi poder, como ciudadano
Inglés, para descargarme á mí mismo y para inclinar á mis conciudadanos
á reflexionar:
«En nombre de la Humanidad, protesto públicamente contra el _Te Deum_ del
1º de Mayo, como contradictorio á todo lo que profesamos como nación
libre, como repugnante al espíritu del Cristianismo que reconoce todavía
la nación, y como un ultraje á los mejores sentimientos de la
naturaleza humana.
South Fields, Wandsworth, Abril 17 de 1859.
RICHARD CONGREVE.»
«...... si hay un hecho probado por la experiencia, dice el célebre
lógico John Stuart Mill en su obra sobre el Gobierno representativo, (p.
437 de la traducción francesa) es que, cuando un país gobierna á otro,
los individuos del pueblo que gobierna y que van al país extranjero en
busca de fortuna son, entre todos, aquellos á quienes hay que contener
más enérgicamente. Constituyen siempre una de las principales
dificultades del gobierno. Armados del prestigio y llenos de la
arrogancia de la nación conquistadora, tienen todos los sentimientos
inspirados por el poder absoluto, menos el de la responsabilidad. En un
pueblo como el de la India, no bastan los mayores esfuerzos de las
autoridades públicas para proteger al débil contra el fuerte, y los
colonos europeos son entre los fuertes los más fuertes de todos.»
«Siempre que el efecto desmoralizador de la situación no se modifica muy
notablemente por el carácter personal del individuo, los colonos
consideran al pueblo del país como la tierra que se huella; les parece
monstruoso que los derechos de los indígenas se opongan á sus menores
pretensiones; el más insignificante acto que proteja á los habitantes
contra todo abuso de poder de los colonos, provechoso á los intereses
comerciales de éstos, es apellidado y tenido por ellos como una
injusticia real. Esta manera de juzgar es tan natural en su situación,
que es imposible que no se trasluzca constantemente algo de ella, aunque
las autoridades dominantes traten como hasta aquí de reprimirla.
«No participando el Gobierno de este modo de ver, no consigue nunca
reprimirlo completamente, ni aun en sus funcionarios civiles y
militares, si son jóvenes é inexpertos, aun cuando pueda fiscalizar su
conducta mejor que la de los residentes independientes. Lo que hacen los
Ingleses en la India, los Franceses lo hacen en Argelia, según
testimonios dignos de fe, y los Americanos lo hacen en los países
conquistados á México. Parece que pasa lo mismo con los Europeos en
China y hasta en el Japón. Es inútil recordar lo que hacían los
Españoles en la América del Sur. En todos los casos que hemos citado, el
gobierno al cual están sometidos los aventureros privados, vale más que
ellos y hace lo que puede para proteger á los indígenas, de ellos. El
mismo gobierno español obraba así, seria y sinceramente, aunque sin
efecto alguno, como lo saben todos los que han leído la instructiva
historia de Help. Si el gobierno español hubiese sido directamente
responsable para con la opinión española, es dudoso que hubiese hecho
dicha tentativa; pues los españoles habrían tomado el partido de sus
amigos y de sus parientes cristianos, más bien que el de los paganos.»
El eminente historiador inglés E. Spencer Beesly encabezó la protesta de
la Sociedad Positivista de Londres contra la ocupación del reino de
Túnez por los Franceses, de la manera siguiente:
«Debemos reconocer con tristeza y confusión que la adquisición de Chipre
es un hecho muy reciente y muy directamente relacionado con la
destrucción de la Independencia tunecina, para que nos sea permitido,
como nación, protestar contra la política de Francia. Reconocemos
además, y por la misma razón, que al juzgar esta política, todos los
ciudadanos ingleses, aun los que han protestado contra el crimen del
gobierno Beaconsfield, están obligados en virtud de las conveniencias
más elementales, á no emplear en su lenguaje ninguna expresión malévola
é injuriosa. El tono adoptado por un gran número de nuestros periódicos
nos parece á próposito para humillar á nuestro país á los ojos de
Europa, exponiéndonos á la acusación de hipocresía después de haber
merecido la de rapacidad.»
En 1875, escribía en la _Fortnigthly Review_ el Dr. Bridges á propósito
de _China_ las siguientes palabras:
«En medio de las terribles luchas que agitan á Europa, una reunión de
comerciantes de Londres, ayudada por una Prensa sin escrúpulo, acaba de
hacer una tentativa para precipitar á Inglaterra en una nueva guerra con
China.»
«Hace treinta años, declaramos la guerra á los Chinos porque habían
hecho un audaz intento para impedir el infame comercio del opio,
protegido por nuestros gobernadores Indios y practicado por
contrabandistas Ingleses. Hace doce años, les hicimos la guerra por
segunda vez, porque habían capturado un buque (que se probó era un
pirata) que había izado el pabellón Inglés, y ahora vamos á declarar la
guerra por tercera vez para vengar los sufrimientos de misioneros
Franceses, católico-romanos, nosotros que nos rehusamos á levantar
nuestro dedo meñique para sostener á Francia en su lucha contra la
invasión desordenada de Alemania.»