Lo que fué de María al salir del colegio.
Fácil es imaginar el recibimiento que la baronesa de Carrillo haría a su
sobrina, cuando ésta, recién salida del colegio, llegó a Madrid.
Doña Fernanda no quiso ir a por ella. La carta de Sor Luisa de Loreto la
produjo una impresión terrible. Después de furiosos transportes de
indignación, sintióse avergonzada como si ella misma fuese la
sorprendida en la azotea del colegio en brazos de un muchacho, y no se
decidió a ir ella misma en persona a buscar a su sobrina, como si
temiese que las monjas fuesen a echarla una reprimenda por ser la tía de
María.
Fué a por ésta un viejo criado de la baronesa, especie de administrador
con aspecto de sacristán que los padres jesuítas le habían recomendado
como hombre en quien podía depositar toda su confianza.
María, a pesar de todos sus bríos de muchacho con faldas, entró
temblando en la casa de la calle de Atocha, que le pareció más lóbrega
aún y fatídica que el colegio de Nuestra Señora de la Saletta.
Contra todo lo que ella esperaba, la cólera de la baronesa no se
desbordó como terrible tempestad. Limitóse a dirigirla unos cuantos
insultos, y después, con aire de verdugo, afirmó que no tardaría ella en
arrepentirse de aquella ligereza que había deshonrado a la familia.
La vida que desde entonces hubo de hacer María fué horripilante para un
carácter como el suyo, siempre dispuesto al bullicio y a la agitación.
Ya no pudo, como en el colegio, corretear por todas las habitaciones de
la casa; allí no había una azotea donde entregarse a melancólica
contemplación, dejando pasar rápidas las horas, y se veía obligada a
permanecer durante todo el día como pegada a las faldas de su tía.
Por las mañanas, vestida con una modestia que casi rayaba en tacañería,
iba con la baronesa, unas veces a pie y otras en el más pobre carruaje
de la casa, a oír misa en la iglesia donde oficiaban los padres
jesuítas, y allí permanecía en su asiento, aburrida por la monotonía del
espectáculo, más de dos horas, hasta que, por fin, la tía se decidía a
volver a casa. Inmediatamente había de agarrar las labores en que tan
torpe se mostraba, y hasta la hora del almuerzo permanecer al lado de la
baronesa, con las manos en continuo movimiento, la vista baja, el
aspecto encogido, siempre dispuesta a ser advertida en la menor
distracción con un tirón de oreja de su enojada tía, que se había
propuesto martirizarla, contrariando todos los naturales impulsos de su
carácter, incompatible con la inercia.
Por la tarde comenzaban las visitas, si es que doña Fernanda no tenía
que asistir a alguna junta de cofradía.
La tertulia de la baronesa no había variado. Eran los mismos visitantes
que en tiempos de Enriqueta, aunque todos más maltratados por la edad;
como aquel gran salón que en conjunto era también el mismo de antes,
aunque bastante ajado por el polvo de los años que, despertado y barrido
por los diligentes plumeros de los criados, volaba a refugiarse en las
cornisas y molduras del techo, formando una espesa pátina sobre los
grupos mitológicos que el conde de Baselga hizo pintar cuando estaba en
la luna de miel.
Al principio, aquellas tertulias de la tarde distrajeron algo a María.
No era muy agradable la conversación, pero al menos veía gente y se
animaba algo la soledad monástica en que parecía envuelta aquella casa.
Variaba poco el personal. Regularmente y con ciertas intermitencias en
la asiduidad de los visitantes, la tertulia se reducía a una media
docena de condesas y marquesas que habían sido amigas de doña Fernanda
cuando jóvenes, y ahora estaban tan arrugadas y malhumoradas como ésta;
y a otros tantos caballeros pertenecientes a la más rancia nobleza y que
usaban los trajes cortados a la moda de veinte años atrás, con ricos
chalecos de vivos colores e irguiendo el cuello apergaminado y
tendonoso, sobre grandes corbatas con alfiler de perlas. La intriganta y
aduladora viuda de López no faltaba nunca a la tertulia, pues por muy
ocupada que estuviese, siempre tenía tiempo para asomarse y echar un
vistazo, muy oronda y satisfecha por tratarse con aquellas momias que
olían a agua bendita y que eran la quintaesencia, el extracto de la alta
sociedad creyente y partidaria de la buena causa. Algunas veces aparecía
también en el salón el padre Tomás; pero sus visitas eran muy raras, a
pesar del inmenso agasajo con que se le recibía, de las deferencias de
que era objeto y de la revolución que producía con su presencia.
A María, maliciosilla y burlona, le divertían tales fachas cuyo exterior
anacrónico no se escapaba a su buen sentido. No; aquellas gentes de
seguro que no eran como las demás; parecía como que olían a muerto, eran
nadadores testarudos que se empeñaban en ir contra la corriente social
y, agarrados al peñasco de la intransigencia, resistían el oleaje
continuo, protestando y quejándose a cada onda que batía sus cuerpos e
intentaba arrastrarles.
Reinaba en el salón de la baronesa de Carrillo una intransigencia
política y religiosa que llegaba hasta la ferocidad: a esto iba unido
una educación y una pulcritud de las que parecían enamorados los mismos
actores, pero que seguramente habría hecho reír al primer transeúnte que
se hubiese colado de rondón en aquel santuario de las venerandas
tradiciones, donde nunca se apagaba, como fuego sagrado, el amor al
tiempo que pasó.
Cristalizados en un momento de su vida, o sea en el de la juventud,
cuando aún eran respetadas e imperaban las ideas que consideraban
santas, para aquellas personas no había transcurrido el tiempo, y se
trataban del mismo modo que si aún tuvieran veinte años.
María hacía esfuerzos para no reirse cada vez que a la hora de tomar el
tradicional chocolate, costumbre que se conservaba en la casa, como
todas las antiguas, veía cambiarse dengues y monadas entre las viejas
marquesas y los pollos del año treinta y tantos. Un día la baronesa
púsose roja de indignación al ver que su sobrina contenía una carcajada,
porque uno de aquellos respetables señores la llamaba Fernandita, como
en sus buenos tiempos.
Para aquella tertulia de reaccionarios biliosos, cuyo bello ideal
hubiese sido parar todos los relojes, volviendo las manecillas hacia
atrás, el progreso no existía ni aun dentro de su clase, y con el furor
de la imbecilidad pretenciosa que no consiente a su alrededor nada que
la sobrepuje, odiaban a todos los que, participando de sus ideas,
transigiesen con el espíritu del siglo.
Trataban con el mayor desprecio en aquella tertulia a sus parientes y
amigos que pertenecían a la aristocracia en activo; a ésa que brilla, se
divierte, es religiosa sólo porque esto resulta de buen tono, y aturde
al mundo con sus ruidosas fiestas.
Todo se acababa; hasta la fe y la dignidad de clase. ¡Qué gente, Señor!
¡Qué tiempos! Y la tradicionalista tertulia hablaba con horror de los
grandes de España que hacían política y figuraban en partidos llamados
liberales, aunque con el aditamento de conservadores; de las familias
que no tenían otra religión que la moda y ponían en práctica todas las
extravagancias llegadas de París, sin temor al escándalo, no asistiendo
a los templos más que en las grandes solemnidades, cuando se hacía buena
música, o había un predicador que llamaba la atención; y no trataba con
mayores consideraciones a los descendientes de los héroes de la
Reconquista que, después de vender a los anticuarios los espadones y las
armaduras de sus gloriosos antepasados, para pagar sus deudas con la
ruleta del Casino o ir de juergas flamencas con los toreros, se casaban
con la hija de un bolsista enriquecido a fuerza de pilladas, o con la
viuda de un contratista del Estado, dando sus inmaculados pergaminos a
cambio de algunos millones adquiridos Dios sabe cómo.
¡Qué tiempos, Señor; qué tiempos! Había para morir de pesar. Si de tal
modo se envilecía la aristocracia, ¿qué iba a quedar después? Y aquellas
momias, que en el semioscuro salón se movían como esfinges que
encerraban todas las putrefactas grandezas del pasado, envolvían en las
maldiciones que arrojaban resignadamente al progreso y a la
civilización, a sus mismos parientes, a sus familias, que transigían e
iban mezclando su sangre con clases más inferiores, a las cuales la
revolución había elevado, recibiendo sus desprecios como única
recompensa.
Aquel sanhedrín odiaba la fama y el prestigio que proporciona la
inteligencia, como algo que oliese a demagogia. Ser célebre, era para
tales personas igualarse a los oradores revolucionarios, a los generales
de pronunciamiento, a los "rojos" de Club. Hablar de una persona los
periódicos que no eran de la comunión de los fieles, equivalía para la
tertulia de la baronesa a un certificado de impiedad y progresismo.
Despreciaban a cuantos se distinguían en algo y "metían ruido", y de
aquí que mirasen con desvío u olvidasen por completo a los mismos que
más se habían esforzado en defender los ideales a que la tertulia rendía
ferviente adoración.
Aparisi y Guijarro era, para aquellas gentes, casi un revolucionario
que, por el hecho de haber discutido en las Cortes con los liberales, se
había infeccionado forzosamente con su virus de impiedad; el canónigo
Manterola inspiraba poca confianza, pues, en su concepto, debía haber
permanecido en su cabildo sin meterse a vociferar en un Congreso
revolucionario; y en cuanto a Donoso Cortés, sólo lo conocía y se
acordaba de él uno de aquellos señores que tenía sus puntos y ribetes de
literato.
Nada encontraban bien; todo se había maleado, en su concepto, al
contacto del siglo; hasta la Monarquía. ¿Ir a Palacio ellos, que eran
fieles representantes de un pasado tan lleno de grandezas como de
ceremonias? ¡Imposible! La aristocracia que "sabía respetarse" no podía
asistir a las fiestas de un Palacio contaminado por los vientos
revolucionarios, hasta el punto de que los reyes, salidos de la
Restauración de Sagunto, habían abolido la moruna costumbre de tutear a
todos sus súbditos, y hablaban con más amabilidad a un Cánovas o a
Martínez Campos, plebeyos elevados por la fortuna, que a un Grande de
España, cuyos blasones se perdían en las tinieblas del pasado.
¡Aquéllos tiempos de Isabel II! Cuando en Palacio se trabajaba por
revestir la vida del mismo aparato que en el anterior siglo, y cuando la
Reina trataba a todos con tan despótica familiaridad, como si fuesen
lacayos. Aquello ensanchaba el alma y daba claras muestras de que la
Monarquía vivía por sus propias fuerzas, y no por las concesiones del
espíritu revolucionario.
Al principio de la Restauración, a aquella tertulia de ultrarrealistas
les quedaba alguna esperanza, simbolizada en la persona del pretendiente
D. Carlos; pero poco a poco fueron desvaneciéndose sus ilusiones.
También el representante de la buena causa, del sano y respetable
pasado, se contaminaba del espíritu moderno, y daba al traste con la
tiesura tradicional de la majestad. A sus oídos llegaban noticias sobre
la vida del pretendiente en París y sus calaveradas, hijas de un
espíritu ligero que sólo a la fuerza se amolda a las ceremonias de su
rango.
Y luego aquellas aventuras escandalosas; los derroches de dinero, las
fiestas de húngaras; cosas eran todas éstas sobradamente importantes
para horripilar a tanta persona grave, que aunque en su juventud no
habían hecho vida muy santa, por esto mismo la vejez les había blindado
con la más austera virtud y la más asustadiza hipocresía.
En fin: que aquella tertulia era una verdadera reunión de demagogos
blancos que, en nombre del pasado, pedían la completa destrucción de lo
existente, que nada encontraban bueno y que, como astros muertos,
vagaban por el espacio social de su época, repelidos de todas partes, y
sin sentir la menor atracción de simpatía.
Eran revolucionarios a su manera, y de seguro que, a tener en sus manos
un poder irresistible, hubiesen destruído toda la obra del siglo. Por
aquello de que los extremos se tocan, miraban con lástima y horror a los
hombres de ideas avanzadas, pero no pasaban de ahí; y, en cambio,
guardaban todo su odio, su desprecio sin límites, para los llamados
monárquicos liberales que, transigiendo eternamente, y escépticos en el
fondo, pretendían amalgamar el pasado con el porvenir.
Aquella tertulia era invariable e indestructible. Eran muy pocos los
neófitos que lograban introducirse en ella, y menos aún los que
desertaban. Permanecía inmóvil, con la inercia de una momia, que tenía
fijos sus muertos ojos en el pasado.
Al entrar en el salón y contemplar los rostros apergaminados, contraídos
ligeramente por una sonrisa de aristocrático desdén, podía decirse, como
Hamlet:
"Algo hay aquí que huele a muerto."
Era aquella una charca inmóvil, en cuyo fondo dormían todos los
putrefactos ídolos del pasado.
Tan firmemente estaba convencida la tertulia de la baronesa de sus
creencias, tan intransigente era con su época, tan alejada se hallaba de
lo existente, que la sorprendía de un modo terrible alguna palabra del
padre Tomás, de su ídolo; palabra que, como piedra veloz, caía en el
pantano ultrarrealista, produciendo ondulaciones de asombro que duraban
muchos días.
La sorpresa conmovía a las momias hasta el punto de que a sus
deslustrados ojos casi asomaban las lágrimas.
¡Oh, Dios! Hasta la Compañía de Jesús comenzaba a abandonar la buena
causa, para transigir con el siglo. El padre Tomás, aquel hombre que en
casa de la baronesa resultaba una divinidad, sólo aparecía de tarde en
tarde en la majestuosa tertulia, y, en cambio, visitaba a la
aristocracia, a la moda, a las familias que, renegando de su pasado, se
mezclaban en el movimiento de la época. ¡Qué más!... Hasta recomendaba
la tolerancia con lo existente, y el afecto a la nueva situación
política, diciendo que era necesario transigir para salvar los intereses
de la religión.
Esta conducta asombraba a los ultrarrealistas; pero, acostumbrados a
acoger con la mansedumbre del esclavo todas las palabras del padre
Tomás, no osaban en su presencia hacer la menor objeción, limitándose a
lamentarse en su interior de aquella presunta defección que les hería en
sus sentimientos.
Rodeada de este ambiente que olía a tumba, era como María pasaba todas
las tardes del año.
Sentada al lado de su tía, tiesa como una vieja con alto corsé, y con
los ojos fijos en el suelo, que sólo se atrevía a levantar muy contadas
veces, había de permanecer unas cuantas horas aburrida por una charla
ceremoniosa y lenta, cuyas lamentaciones no entendía.
Este quietismo después de la bulliciosa movilidad del convento,
atormentábale de un modo horrible y sentía impulsos de levantarse de su
asiento y cometer alguna diablura; pero las frías miradas de su tía la
tenían como clavada en la silla.
Algunas veces, aquel señor que hablaba de Donoso Cortés, en un rapto de
genialidad, se atrevía a hablar de las "cosas" de la Corte de Fernando
VII, cuando estaba en Aranjuez, y, aunque comenzaba por vía de exordio,
con palabras confusas y guiños que sustituían a las palabras, no tardaba
en oirse la voz de la baronesa diciendo con acento imperioso:
--Niña; vete fuera.
Y María salía del salón sin sentir curiosidad alguna. ¡Valiente cosa le
importaban las anécdotas de aquel señor!
Siempre relataba las mismas, y ella las había oído la primera vez que
fué despedida de la tertulia, quedándose escondida tras los cortinones
de la puerta.
Pero esta indiferencia ante los chistes del viejo y aristocrático
narrador, no impedía que ella se alegrara mucho así que comenzaba a
iniciar sus trasnochadas relaciones. De este modo se veía libre de la
engorrosa tertulia y podía pasar las horas que transcurrían hasta el
final de la tertulia charlando con la doncella de su tía, o mirando a la
calle y buscando en esto distracción, como ya en otro tiempo lo había
hecho su madre.
Aquella casa, construída por el conde de Baselga para nido de sus
amores, era la cárcel en que había languidecido la juventud de su hija y
la de su nieta, bajo la austera y rabiosa vigilancia de la baronesa de
Carrillo.
Por las noches, María rezaba con su tía un rosario interminable, pues a
él se unían oraciones y jaculatorias para casi todos los santos del
almanaque, y a las diez ya estaba en la cama, martirizándola el sordo
ruido que producían los coches en el pavimento de la calle, y que, por
un salto propio de su imaginación viva, evocaban ante los ojos de su
espíritu un tropel de hermosas jóvenes vestidas de brillantes colores, y
saliendo del fondo de confortables berlinas para entrar en el teatro,
pasando por entre los grupos de elegantes que les enviaban saludos y
frases galantes.
La cruel realidad que había sucedido a sus ilusiones de colegiala,
producíale un furor, propio de su carácter varonil, cuando se encontraba
a solas en su cuarto.
Para ser un adorno mudo de las vetustas tertulias de su tía, para
convertirse en un monigote que sólo podía hablar cuando su tía le
concediera permiso, bien estaba allá en el colegio, donde al menos tenía
una relativa libertad. Ahora no podía menos de reirse amargamente de las
ilusiones que en el colegio se había hecho acerca de la vida que
llevaría en Madrid.
Así transcurrieron los dos primeros años de su estancia al lado de la
baronesa.
Por fortuna, pasado este tiempo comenzó a notar en su tía alguna
variación. Se había amortiguado en la baronesa el recuerdo de la
aventura que había ocasionado la salida de su sobrina del colegio y
conforme se desvanecía la memoria de un suceso que a ella le resultaba
horripilante, María gozaba de mayor libertad y su tía la trataba con más
consideración.
Conocíase en doña Fernanda el propósito de hacerse agradable a su
sobrina y de captarse su voluntad y hacerse obedecer más por la simpatía
que por el terror.
Adivinábase que en su pensamiento germinaba una idea que iba a exponer
de un momento a otro y que sólo era una preparación hábil aquella
amabilidad realmente extraña en un ser bilioso y atrabiliario como doña
Fernanda.
Pronto se despejó la incógnita. La baronesa no renunciaba a la idea de
tener una monja en su familia. Ya que ésta contaba con un futuro santo
como Ricardo, no era justo que la línea femenina se excluyera de la
sublime misión de dar al cielo bienaventurados.
Asunto era éste del que hablaba con el padre Tomás siempre que podía
encontrarlo, pues el poderoso italiano, aunque seguía interesándose
bastante por la familia Baselga, se sentía atraído a otros círculos
sociales por la necesidad de las circunstancias.
Además, el astuto jesuíta no se mostraba tan seguro como doña Fernanda
de la facilidad con que la joven abrazaría el estado monástico.
En sus visitas a la baronesa había tenido ocasión para estudiar con ojo
certero el carácter de María, y, además, sus hazañas de la niñez, de las
que estaba enterado por las religiosas del convento de Valencia, le
daban a entender cuál era el verdadero temperamento moral de la joven;
pero resultaba en doña Fernanda una preocupación tradicional el creer
que bastaba que a ella se le ocurriera una cosa, para que inmediatamente
pensasen lo mismo los individuos de su familia.
Ella deseaba que María fuese monja y no había ya más que hablar; María
lo sería.
Pronto experimentó una decepción. María tenía en sus venas la sangre del
belicoso Alvarez y su carácter varonil no se doblegaba con momentáneas
concesiones como el de la infortunada Enriqueta.
La baronesa creíase segura con aquellos dos años de reclusión y
obediencia automática a que había castigado a su sobrina.
--No dude usted, padre Tomás--decía siempre al italiano--, que María me
obedecerá. Es toda una jaquita brava; más bien dicho, lo era, pues antes
resultaba idéntico al bandido de su verdadero padre; pero ahora, desde
que yo la he sometido al régimen del silencio y de la obediencia, es
mansa como una cordera y hará cuanto yo le diga.
Y la baronesa así lo creía, viendo aquella niña tímida en apariencia,
que acogía todas sus palabras con los ojos bajos y el aspecto encogido.
Por esto su asombro fué inmenso cuando, a las primeras indicaciones que
la hizo acerca de las bondades de la vida monástica, María, como el que
abandona un disfraz, se despojó de aquel exterior de mansedumbre y dijo
con resolución:
--No, tía. Está usted muy engañada. Yo no seré nunca monja, y si usted
cree que va a hacer conmigo lo que con mi pobre madre, está usted en un
error muy grande. ¡No, no y siempre no!
Y dijo estas palabras con una energía, cuya fuerza ya se notaba en sus
ojos brillantes y fijos en los de su tía, con insolencia de reto.
Sin duda, en sus conversaciones con la lenguaraz y antigua doncella de
la baronesa, había llegado a conocer algo de la historia de su madre y
de las desavenencias entre ésta y su hermanastra, cuando doña Fernanda
se empeñaba también en meterla en un convento.
La enérgica resolución de la joven despertó las crueldades de carácter
de la baronesa, y las escenas violentas de otros tiempos volvieron a
ocurrir en el palacio de Baselga. Pero esta vez doña Fernanda tenía que
habérselas con un carácter de hierro, que no mostraba el menor temor
ante sus violencias y que a los golpes y a los insultos, contestaba con
el estoicismo propio de un carácter vigoroso o con miradas de ira, que
algunas veces lograban detener el brazo de la baronesa.
Duró esta situación violenta cerca de un año. Empleó la tía cuantos
medios se le ocurrieron para domar la enérgica resistencia de María;
pero todo fué en vano, pues la joven oponía siempre su varonil protesta.
Esta situación de continua violencia había hecho perder también bastante
terreno a la tía; pues desde el momento en que la joven, para resistir y
protestar, había tenido que despojarse de su actitud sumisa y su aspecto
gazmoño, ya no quiso recobrar la máscara hipócrita y se tomaba
libertades dentro de la casa sin que le intimidasen en lo más mínimo las
furibundas miradas de la baronesa.
La represión de ésta y sus violencias estaban en razón directa de las
insolencias de María, que se hacía más atrevida conforme su tía se
indignaba y apelaba cada vez con más tenacidad a los procedimientos
enérgicos.
Doña Fernanda casi se confesaba vencida en presencia de sus íntimos.
--Pero esa niña es el mismo diablo, padre Tomás. ¡Cómo se conoce de
quién es hija! De tal palo, tal astilla. Es imposible hacer de ella nada
bueno como Dios no obre un milagro.
--Calma, señora baronesa--contestaba siempre el italiano--. No hay
realmente prisa en decidir sobre el porvenir de la niña. Si ella no
quiere ser monja, ya buscaremos el medio de que se salve su alma sin
violentar su voluntad ni obligarla a entrar en un convento.
Y era que el padre Tomás, menos dispuesto que su antecesor el padre
Claudio a acudir a medidas decisivas ni a violentar la marcha de los
acontecimientos, buscaba ya en su astucia, y creía haberlo encontrado,
un medio que asegurase el ingreso en la caja de la Orden de los millones
que restaban de la herencia de Avellaneda.
En cuanto a la viuda de López, siempre que era consultada por doña
Fernanda sobre el porvenir de María, contestaba de idéntico modo:
--Señora baronesa; no logrará usted su deseo. Me basta mirar a una
persona para conocerla; me precio de ello, y le aseguro que a esa niña
lo que le atrae es el matrimonio y no las tocas monjiles. Además, sus
antecedentes no son los más propios para que se sienta inclinada a la
vida del claustro; acuérdese usted de "aquello del colegio" que varias
veces me ha relatado.
Y al decir esto, callaban las dos viejas, dejando que en su imaginación
se amontonase un cúmulo de maliciosas suposiciones.
Todas las perversidades de la pasión las admitían antes que la verdad de
lo ocurrido.
Su malicia de beatas no podía conformarse con la ingenua inocencia de
aquella velada en la azotea del colegio.