III

Lo que fué de María al salir del colegio.

Fácil es imaginar el recibimiento que la baronesa de Carrillo haría a su

sobrina, cuando ésta, recién salida del colegio, llegó a Madrid.

Doña Fernanda no quiso ir a por ella. La carta de Sor Luisa de Loreto la

produjo una impresión terrible. Después de furiosos transportes de

indignación, sintióse avergonzada como si ella misma fuese la

sorprendida en la azotea del colegio en brazos de un muchacho, y no se

decidió a ir ella misma en persona a buscar a su sobrina, como si

temiese que las monjas fuesen a echarla una reprimenda por ser la tía de

María.

Fué a por ésta un viejo criado de la baronesa, especie de administrador

con aspecto de sacristán que los padres jesuítas le habían recomendado

como hombre en quien podía depositar toda su confianza.

María, a pesar de todos sus bríos de muchacho con faldas, entró

temblando en la casa de la calle de Atocha, que le pareció más lóbrega

aún y fatídica que el colegio de Nuestra Señora de la Saletta.

Contra todo lo que ella esperaba, la cólera de la baronesa no se

desbordó como terrible tempestad. Limitóse a dirigirla unos cuantos

insultos, y después, con aire de verdugo, afirmó que no tardaría ella en

arrepentirse de aquella ligereza que había deshonrado a la familia.

La vida que desde entonces hubo de hacer María fué horripilante para un

carácter como el suyo, siempre dispuesto al bullicio y a la agitación.

Ya no pudo, como en el colegio, corretear por todas las habitaciones de

la casa; allí no había una azotea donde entregarse a melancólica

contemplación, dejando pasar rápidas las horas, y se veía obligada a

permanecer durante todo el día como pegada a las faldas de su tía.

Por las mañanas, vestida con una modestia que casi rayaba en tacañería,

iba con la baronesa, unas veces a pie y otras en el más pobre carruaje

de la casa, a oír misa en la iglesia donde oficiaban los padres

jesuítas, y allí permanecía en su asiento, aburrida por la monotonía del

espectáculo, más de dos horas, hasta que, por fin, la tía se decidía a

volver a casa. Inmediatamente había de agarrar las labores en que tan

torpe se mostraba, y hasta la hora del almuerzo permanecer al lado de la

baronesa, con las manos en continuo movimiento, la vista baja, el

aspecto encogido, siempre dispuesta a ser advertida en la menor

distracción con un tirón de oreja de su enojada tía, que se había

propuesto martirizarla, contrariando todos los naturales impulsos de su

carácter, incompatible con la inercia.

Por la tarde comenzaban las visitas, si es que doña Fernanda no tenía

que asistir a alguna junta de cofradía.

La tertulia de la baronesa no había variado. Eran los mismos visitantes

que en tiempos de Enriqueta, aunque todos más maltratados por la edad;

como aquel gran salón que en conjunto era también el mismo de antes,

aunque bastante ajado por el polvo de los años que, despertado y barrido

por los diligentes plumeros de los criados, volaba a refugiarse en las

cornisas y molduras del techo, formando una espesa pátina sobre los

grupos mitológicos que el conde de Baselga hizo pintar cuando estaba en

la luna de miel.

Al principio, aquellas tertulias de la tarde distrajeron algo a María.

No era muy agradable la conversación, pero al menos veía gente y se

animaba algo la soledad monástica en que parecía envuelta aquella casa.

Variaba poco el personal. Regularmente y con ciertas intermitencias en

la asiduidad de los visitantes, la tertulia se reducía a una media

docena de condesas y marquesas que habían sido amigas de doña Fernanda

cuando jóvenes, y ahora estaban tan arrugadas y malhumoradas como ésta;

y a otros tantos caballeros pertenecientes a la más rancia nobleza y que

usaban los trajes cortados a la moda de veinte años atrás, con ricos

chalecos de vivos colores e irguiendo el cuello apergaminado y

tendonoso, sobre grandes corbatas con alfiler de perlas. La intriganta y

aduladora viuda de López no faltaba nunca a la tertulia, pues por muy

ocupada que estuviese, siempre tenía tiempo para asomarse y echar un

vistazo, muy oronda y satisfecha por tratarse con aquellas momias que

olían a agua bendita y que eran la quintaesencia, el extracto de la alta

sociedad creyente y partidaria de la buena causa. Algunas veces aparecía

también en el salón el padre Tomás; pero sus visitas eran muy raras, a

pesar del inmenso agasajo con que se le recibía, de las deferencias de

que era objeto y de la revolución que producía con su presencia.

A María, maliciosilla y burlona, le divertían tales fachas cuyo exterior

anacrónico no se escapaba a su buen sentido. No; aquellas gentes de

seguro que no eran como las demás; parecía como que olían a muerto, eran

nadadores testarudos que se empeñaban en ir contra la corriente social

y, agarrados al peñasco de la intransigencia, resistían el oleaje

continuo, protestando y quejándose a cada onda que batía sus cuerpos e

intentaba arrastrarles.

Reinaba en el salón de la baronesa de Carrillo una intransigencia

política y religiosa que llegaba hasta la ferocidad: a esto iba unido

una educación y una pulcritud de las que parecían enamorados los mismos

actores, pero que seguramente habría hecho reír al primer transeúnte que

se hubiese colado de rondón en aquel santuario de las venerandas

tradiciones, donde nunca se apagaba, como fuego sagrado, el amor al

tiempo que pasó.

Cristalizados en un momento de su vida, o sea en el de la juventud,

cuando aún eran respetadas e imperaban las ideas que consideraban

santas, para aquellas personas no había transcurrido el tiempo, y se

trataban del mismo modo que si aún tuvieran veinte años.

María hacía esfuerzos para no reirse cada vez que a la hora de tomar el

tradicional chocolate, costumbre que se conservaba en la casa, como

todas las antiguas, veía cambiarse dengues y monadas entre las viejas

marquesas y los pollos del año treinta y tantos. Un día la baronesa

púsose roja de indignación al ver que su sobrina contenía una carcajada,

porque uno de aquellos respetables señores la llamaba Fernandita, como

en sus buenos tiempos.

Para aquella tertulia de reaccionarios biliosos, cuyo bello ideal

hubiese sido parar todos los relojes, volviendo las manecillas hacia

atrás, el progreso no existía ni aun dentro de su clase, y con el furor

de la imbecilidad pretenciosa que no consiente a su alrededor nada que

la sobrepuje, odiaban a todos los que, participando de sus ideas,

transigiesen con el espíritu del siglo.

Trataban con el mayor desprecio en aquella tertulia a sus parientes y

amigos que pertenecían a la aristocracia en activo; a ésa que brilla, se

divierte, es religiosa sólo porque esto resulta de buen tono, y aturde

al mundo con sus ruidosas fiestas.

Todo se acababa; hasta la fe y la dignidad de clase. ¡Qué gente, Señor!

¡Qué tiempos! Y la tradicionalista tertulia hablaba con horror de los

grandes de España que hacían política y figuraban en partidos llamados

liberales, aunque con el aditamento de conservadores; de las familias

que no tenían otra religión que la moda y ponían en práctica todas las

extravagancias llegadas de París, sin temor al escándalo, no asistiendo

a los templos más que en las grandes solemnidades, cuando se hacía buena

música, o había un predicador que llamaba la atención; y no trataba con

mayores consideraciones a los descendientes de los héroes de la

Reconquista que, después de vender a los anticuarios los espadones y las

armaduras de sus gloriosos antepasados, para pagar sus deudas con la

ruleta del Casino o ir de juergas flamencas con los toreros, se casaban

con la hija de un bolsista enriquecido a fuerza de pilladas, o con la

viuda de un contratista del Estado, dando sus inmaculados pergaminos a

cambio de algunos millones adquiridos Dios sabe cómo.

¡Qué tiempos, Señor; qué tiempos! Había para morir de pesar. Si de tal

modo se envilecía la aristocracia, ¿qué iba a quedar después? Y aquellas

momias, que en el semioscuro salón se movían como esfinges que

encerraban todas las putrefactas grandezas del pasado, envolvían en las

maldiciones que arrojaban resignadamente al progreso y a la

civilización, a sus mismos parientes, a sus familias, que transigían e

iban mezclando su sangre con clases más inferiores, a las cuales la

revolución había elevado, recibiendo sus desprecios como única

recompensa.

Aquel sanhedrín odiaba la fama y el prestigio que proporciona la

inteligencia, como algo que oliese a demagogia. Ser célebre, era para

tales personas igualarse a los oradores revolucionarios, a los generales

de pronunciamiento, a los "rojos" de Club. Hablar de una persona los

periódicos que no eran de la comunión de los fieles, equivalía para la

tertulia de la baronesa a un certificado de impiedad y progresismo.

Despreciaban a cuantos se distinguían en algo y "metían ruido", y de

aquí que mirasen con desvío u olvidasen por completo a los mismos que

más se habían esforzado en defender los ideales a que la tertulia rendía

ferviente adoración.

Aparisi y Guijarro era, para aquellas gentes, casi un revolucionario

que, por el hecho de haber discutido en las Cortes con los liberales, se

había infeccionado forzosamente con su virus de impiedad; el canónigo

Manterola inspiraba poca confianza, pues, en su concepto, debía haber

permanecido en su cabildo sin meterse a vociferar en un Congreso

revolucionario; y en cuanto a Donoso Cortés, sólo lo conocía y se

acordaba de él uno de aquellos señores que tenía sus puntos y ribetes de

literato.

Nada encontraban bien; todo se había maleado, en su concepto, al

contacto del siglo; hasta la Monarquía. ¿Ir a Palacio ellos, que eran

fieles representantes de un pasado tan lleno de grandezas como de

ceremonias? ¡Imposible! La aristocracia que "sabía respetarse" no podía

asistir a las fiestas de un Palacio contaminado por los vientos

revolucionarios, hasta el punto de que los reyes, salidos de la

Restauración de Sagunto, habían abolido la moruna costumbre de tutear a

todos sus súbditos, y hablaban con más amabilidad a un Cánovas o a

Martínez Campos, plebeyos elevados por la fortuna, que a un Grande de

España, cuyos blasones se perdían en las tinieblas del pasado.

¡Aquéllos tiempos de Isabel II! Cuando en Palacio se trabajaba por

revestir la vida del mismo aparato que en el anterior siglo, y cuando la

Reina trataba a todos con tan despótica familiaridad, como si fuesen

lacayos. Aquello ensanchaba el alma y daba claras muestras de que la

Monarquía vivía por sus propias fuerzas, y no por las concesiones del

espíritu revolucionario.

Al principio de la Restauración, a aquella tertulia de ultrarrealistas

les quedaba alguna esperanza, simbolizada en la persona del pretendiente

D. Carlos; pero poco a poco fueron desvaneciéndose sus ilusiones.

También el representante de la buena causa, del sano y respetable

pasado, se contaminaba del espíritu moderno, y daba al traste con la

tiesura tradicional de la majestad. A sus oídos llegaban noticias sobre

la vida del pretendiente en París y sus calaveradas, hijas de un

espíritu ligero que sólo a la fuerza se amolda a las ceremonias de su

rango.

Y luego aquellas aventuras escandalosas; los derroches de dinero, las

fiestas de húngaras; cosas eran todas éstas sobradamente importantes

para horripilar a tanta persona grave, que aunque en su juventud no

habían hecho vida muy santa, por esto mismo la vejez les había blindado

con la más austera virtud y la más asustadiza hipocresía.

En fin: que aquella tertulia era una verdadera reunión de demagogos

blancos que, en nombre del pasado, pedían la completa destrucción de lo

existente, que nada encontraban bueno y que, como astros muertos,

vagaban por el espacio social de su época, repelidos de todas partes, y

sin sentir la menor atracción de simpatía.

Eran revolucionarios a su manera, y de seguro que, a tener en sus manos

un poder irresistible, hubiesen destruído toda la obra del siglo. Por

aquello de que los extremos se tocan, miraban con lástima y horror a los

hombres de ideas avanzadas, pero no pasaban de ahí; y, en cambio,

guardaban todo su odio, su desprecio sin límites, para los llamados

monárquicos liberales que, transigiendo eternamente, y escépticos en el

fondo, pretendían amalgamar el pasado con el porvenir.

Aquella tertulia era invariable e indestructible. Eran muy pocos los

neófitos que lograban introducirse en ella, y menos aún los que

desertaban. Permanecía inmóvil, con la inercia de una momia, que tenía

fijos sus muertos ojos en el pasado.

Al entrar en el salón y contemplar los rostros apergaminados, contraídos

ligeramente por una sonrisa de aristocrático desdén, podía decirse, como

Hamlet:

"Algo hay aquí que huele a muerto."

Era aquella una charca inmóvil, en cuyo fondo dormían todos los

putrefactos ídolos del pasado.

Tan firmemente estaba convencida la tertulia de la baronesa de sus

creencias, tan intransigente era con su época, tan alejada se hallaba de

lo existente, que la sorprendía de un modo terrible alguna palabra del

padre Tomás, de su ídolo; palabra que, como piedra veloz, caía en el

pantano ultrarrealista, produciendo ondulaciones de asombro que duraban

muchos días.

La sorpresa conmovía a las momias hasta el punto de que a sus

deslustrados ojos casi asomaban las lágrimas.

¡Oh, Dios! Hasta la Compañía de Jesús comenzaba a abandonar la buena

causa, para transigir con el siglo. El padre Tomás, aquel hombre que en

casa de la baronesa resultaba una divinidad, sólo aparecía de tarde en

tarde en la majestuosa tertulia, y, en cambio, visitaba a la

aristocracia, a la moda, a las familias que, renegando de su pasado, se

mezclaban en el movimiento de la época. ¡Qué más!... Hasta recomendaba

la tolerancia con lo existente, y el afecto a la nueva situación

política, diciendo que era necesario transigir para salvar los intereses

de la religión.

Esta conducta asombraba a los ultrarrealistas; pero, acostumbrados a

acoger con la mansedumbre del esclavo todas las palabras del padre

Tomás, no osaban en su presencia hacer la menor objeción, limitándose a

lamentarse en su interior de aquella presunta defección que les hería en

sus sentimientos.

Rodeada de este ambiente que olía a tumba, era como María pasaba todas

las tardes del año.

Sentada al lado de su tía, tiesa como una vieja con alto corsé, y con

los ojos fijos en el suelo, que sólo se atrevía a levantar muy contadas

veces, había de permanecer unas cuantas horas aburrida por una charla

ceremoniosa y lenta, cuyas lamentaciones no entendía.

Este quietismo después de la bulliciosa movilidad del convento,

atormentábale de un modo horrible y sentía impulsos de levantarse de su

asiento y cometer alguna diablura; pero las frías miradas de su tía la

tenían como clavada en la silla.

Algunas veces, aquel señor que hablaba de Donoso Cortés, en un rapto de

genialidad, se atrevía a hablar de las "cosas" de la Corte de Fernando

VII, cuando estaba en Aranjuez, y, aunque comenzaba por vía de exordio,

con palabras confusas y guiños que sustituían a las palabras, no tardaba

en oirse la voz de la baronesa diciendo con acento imperioso:

--Niña; vete fuera.

Y María salía del salón sin sentir curiosidad alguna. ¡Valiente cosa le

importaban las anécdotas de aquel señor!

Siempre relataba las mismas, y ella las había oído la primera vez que

fué despedida de la tertulia, quedándose escondida tras los cortinones

de la puerta.

Pero esta indiferencia ante los chistes del viejo y aristocrático

narrador, no impedía que ella se alegrara mucho así que comenzaba a

iniciar sus trasnochadas relaciones. De este modo se veía libre de la

engorrosa tertulia y podía pasar las horas que transcurrían hasta el

final de la tertulia charlando con la doncella de su tía, o mirando a la

calle y buscando en esto distracción, como ya en otro tiempo lo había

hecho su madre.

Aquella casa, construída por el conde de Baselga para nido de sus

amores, era la cárcel en que había languidecido la juventud de su hija y

la de su nieta, bajo la austera y rabiosa vigilancia de la baronesa de

Carrillo.

Por las noches, María rezaba con su tía un rosario interminable, pues a

él se unían oraciones y jaculatorias para casi todos los santos del

almanaque, y a las diez ya estaba en la cama, martirizándola el sordo

ruido que producían los coches en el pavimento de la calle, y que, por

un salto propio de su imaginación viva, evocaban ante los ojos de su

espíritu un tropel de hermosas jóvenes vestidas de brillantes colores, y

saliendo del fondo de confortables berlinas para entrar en el teatro,

pasando por entre los grupos de elegantes que les enviaban saludos y

frases galantes.

La cruel realidad que había sucedido a sus ilusiones de colegiala,

producíale un furor, propio de su carácter varonil, cuando se encontraba

a solas en su cuarto.

Para ser un adorno mudo de las vetustas tertulias de su tía, para

convertirse en un monigote que sólo podía hablar cuando su tía le

concediera permiso, bien estaba allá en el colegio, donde al menos tenía

una relativa libertad. Ahora no podía menos de reirse amargamente de las

ilusiones que en el colegio se había hecho acerca de la vida que

llevaría en Madrid.

Así transcurrieron los dos primeros años de su estancia al lado de la

baronesa.

Por fortuna, pasado este tiempo comenzó a notar en su tía alguna

variación. Se había amortiguado en la baronesa el recuerdo de la

aventura que había ocasionado la salida de su sobrina del colegio y

conforme se desvanecía la memoria de un suceso que a ella le resultaba

horripilante, María gozaba de mayor libertad y su tía la trataba con más

consideración.

Conocíase en doña Fernanda el propósito de hacerse agradable a su

sobrina y de captarse su voluntad y hacerse obedecer más por la simpatía

que por el terror.

Adivinábase que en su pensamiento germinaba una idea que iba a exponer

de un momento a otro y que sólo era una preparación hábil aquella

amabilidad realmente extraña en un ser bilioso y atrabiliario como doña

Fernanda.

Pronto se despejó la incógnita. La baronesa no renunciaba a la idea de

tener una monja en su familia. Ya que ésta contaba con un futuro santo

como Ricardo, no era justo que la línea femenina se excluyera de la

sublime misión de dar al cielo bienaventurados.

Asunto era éste del que hablaba con el padre Tomás siempre que podía

encontrarlo, pues el poderoso italiano, aunque seguía interesándose

bastante por la familia Baselga, se sentía atraído a otros círculos

sociales por la necesidad de las circunstancias.

Además, el astuto jesuíta no se mostraba tan seguro como doña Fernanda

de la facilidad con que la joven abrazaría el estado monástico.

En sus visitas a la baronesa había tenido ocasión para estudiar con ojo

certero el carácter de María, y, además, sus hazañas de la niñez, de las

que estaba enterado por las religiosas del convento de Valencia, le

daban a entender cuál era el verdadero temperamento moral de la joven;

pero resultaba en doña Fernanda una preocupación tradicional el creer

que bastaba que a ella se le ocurriera una cosa, para que inmediatamente

pensasen lo mismo los individuos de su familia.

Ella deseaba que María fuese monja y no había ya más que hablar; María

lo sería.

Pronto experimentó una decepción. María tenía en sus venas la sangre del

belicoso Alvarez y su carácter varonil no se doblegaba con momentáneas

concesiones como el de la infortunada Enriqueta.

La baronesa creíase segura con aquellos dos años de reclusión y

obediencia automática a que había castigado a su sobrina.

--No dude usted, padre Tomás--decía siempre al italiano--, que María me

obedecerá. Es toda una jaquita brava; más bien dicho, lo era, pues antes

resultaba idéntico al bandido de su verdadero padre; pero ahora, desde

que yo la he sometido al régimen del silencio y de la obediencia, es

mansa como una cordera y hará cuanto yo le diga.

Y la baronesa así lo creía, viendo aquella niña tímida en apariencia,

que acogía todas sus palabras con los ojos bajos y el aspecto encogido.

Por esto su asombro fué inmenso cuando, a las primeras indicaciones que

la hizo acerca de las bondades de la vida monástica, María, como el que

abandona un disfraz, se despojó de aquel exterior de mansedumbre y dijo

con resolución:

--No, tía. Está usted muy engañada. Yo no seré nunca monja, y si usted

cree que va a hacer conmigo lo que con mi pobre madre, está usted en un

error muy grande. ¡No, no y siempre no!

Y dijo estas palabras con una energía, cuya fuerza ya se notaba en sus

ojos brillantes y fijos en los de su tía, con insolencia de reto.

Sin duda, en sus conversaciones con la lenguaraz y antigua doncella de

la baronesa, había llegado a conocer algo de la historia de su madre y

de las desavenencias entre ésta y su hermanastra, cuando doña Fernanda

se empeñaba también en meterla en un convento.

La enérgica resolución de la joven despertó las crueldades de carácter

de la baronesa, y las escenas violentas de otros tiempos volvieron a

ocurrir en el palacio de Baselga. Pero esta vez doña Fernanda tenía que

habérselas con un carácter de hierro, que no mostraba el menor temor

ante sus violencias y que a los golpes y a los insultos, contestaba con

el estoicismo propio de un carácter vigoroso o con miradas de ira, que

algunas veces lograban detener el brazo de la baronesa.

Duró esta situación violenta cerca de un año. Empleó la tía cuantos

medios se le ocurrieron para domar la enérgica resistencia de María;

pero todo fué en vano, pues la joven oponía siempre su varonil protesta.

Esta situación de continua violencia había hecho perder también bastante

terreno a la tía; pues desde el momento en que la joven, para resistir y

protestar, había tenido que despojarse de su actitud sumisa y su aspecto

gazmoño, ya no quiso recobrar la máscara hipócrita y se tomaba

libertades dentro de la casa sin que le intimidasen en lo más mínimo las

furibundas miradas de la baronesa.

La represión de ésta y sus violencias estaban en razón directa de las

insolencias de María, que se hacía más atrevida conforme su tía se

indignaba y apelaba cada vez con más tenacidad a los procedimientos

enérgicos.

Doña Fernanda casi se confesaba vencida en presencia de sus íntimos.

--Pero esa niña es el mismo diablo, padre Tomás. ¡Cómo se conoce de

quién es hija! De tal palo, tal astilla. Es imposible hacer de ella nada

bueno como Dios no obre un milagro.

--Calma, señora baronesa--contestaba siempre el italiano--. No hay

realmente prisa en decidir sobre el porvenir de la niña. Si ella no

quiere ser monja, ya buscaremos el medio de que se salve su alma sin

violentar su voluntad ni obligarla a entrar en un convento.

Y era que el padre Tomás, menos dispuesto que su antecesor el padre

Claudio a acudir a medidas decisivas ni a violentar la marcha de los

acontecimientos, buscaba ya en su astucia, y creía haberlo encontrado,

un medio que asegurase el ingreso en la caja de la Orden de los millones

que restaban de la herencia de Avellaneda.

En cuanto a la viuda de López, siempre que era consultada por doña

Fernanda sobre el porvenir de María, contestaba de idéntico modo:

--Señora baronesa; no logrará usted su deseo. Me basta mirar a una

persona para conocerla; me precio de ello, y le aseguro que a esa niña

lo que le atrae es el matrimonio y no las tocas monjiles. Además, sus

antecedentes no son los más propios para que se sienta inclinada a la

vida del claustro; acuérdese usted de "aquello del colegio" que varias

veces me ha relatado.

Y al decir esto, callaban las dos viejas, dejando que en su imaginación

se amontonase un cúmulo de maliciosas suposiciones.

Todas las perversidades de la pasión las admitían antes que la verdad de

lo ocurrido.

Su malicia de beatas no podía conformarse con la ingenua inocencia de

aquella velada en la azotea del colegio.

La araña negra, t. 7/9 · 第 21 / 26 题