II

El sobrino en la calle y el tío en la casa.

Cuando el carruaje de alquiler que conducía a doña Esperanza llegó a la

calle de Atocha, tuvo que detenerse antes de llegar a la puerta de casa

de doña Fernanda, pues una elegante berlina con ruedas amarillas la

cerraba el paso.

La viuda, al bajar de su carruaje, vióse envuelta por un tropel de

estudiantes de Medicina que salían de las clases y subían calle arriba,

con la algazara propia del que se ha librado, por el resto del día, de

una esclavitud enojosa.

Aguantando miradas de insolente fijeza y oyendo con frialdad los floreos

que la dirigía aquella juventud bulliciosa que pasaba por su lado, doña

Esperanza ajustó su cuenta con el cochero y como propina le entregó

algunos papelillos de los que almacenaba su limosnero. El auriga quedóse

cómicamente sorprendido y con las hojas místicas en la mano, y al

enterarse de lo que eran, él, que esperaba por lo menos un real de

propina, correspondió al regalo, con unos cuantos juramentos que

hicieron apresurar el paso a la viuda de López. Buen modo de hacer

propaganda.

Rompiendo con trabajo la contraria corriente de estudiantes, fué

avanzando doña Esperanza, y al llegar a la gran puerta de la casa de la

baronesa se detuvo para enlazar una mirada de curiosidad a la berlina

detenida a pocos pasos.

La conocía bien: era del doctor. Sin duda doña Fernanda había vuelto a

experimentar sus terribles ataques de nervios.

Entrábase ya la viuda por el portal cuando llamó su atención un joven,

parado en la acera de enfrente y que medio escondido tras el tronco de

un árbol, cambiaba señas con alguien que estaba en el interior de casa

de la baronesa.

Era un muchacho bien vestido que parecía ser estudiante, y llevaba en la

mano un grueso cuaderno de notas.

Doña Esperanza le miró fijamente, intentando en vano conocerle, y

después levantó sus ojos a la fachada para ver quién era la persona que

correspondía a las señas del estudiante.

No vió nada, pues todos los balcones tenían cerradas las vidrieras, y

sin duda la persona a quien dirigía el joven sus señas estaba medio

oculta tras algún cortinaje.

Subió doña Esperanza la ancha escalera de mármol; en la antecámara vió

pendiente del perchero la chistera del doctor, y entró en un gabinete,

el mismo donde la difunta Enriqueta había pasado la noche anterior al 22

de junio.

Estaba ya sentada en una otomana, esperando que volviese la doncella

encargada de noticiar su llegada a la baronesa, cuando se apercibió de

que no estaba sola en aquella habitación.

Vió moverse uno de los ricos cortinajes de la ventana y adivinó la

presencia de una persona que, oculta por aquéllos, miraba a la calle. A

los pocos momentos asomó una linda cabeza que exclamó con hermosa voz de

soprano:

--¡Ah! ¿Es usted, doña Esperanza?

Y la sobrina de la baronesa, la pollita de la casa, como llamaba la

viuda a María Quirós, avanzó al centro del gabinete procurando ocultar

su turbación.

Doña Esperanza sonrió con la maternal benevolencia que tan simpática la

hacía a los ojos de todas las jóvenes cuyas casas frecuentaba.

Ya había aclarado el misterio y esto la llenaba de gozo, pues lo que

más le placía era poseer secretos ajenos. María tenía amoríos con un

estudiante de la inmediata escuela de Medicina. Esto, a primera vista,

carecía de importancia; relaciones inocentes, galanteos de balcón a la

calle, homenajes, en fin, insubstanciales que desean todas las jóvenes y

que son muy pocas las que dejan de conseguirlos; pero tratándose de una

sobrina de doña Fernanda de Carrillo la cosa variaba de aspecto y

aumentaba en importancia, pues la devota señora era capaz de indignarse

de un modo terrible al saber que María andaba en amoríos con un

estudiante.

La viuda de López se fijó con insistencia en la hermosa muchacha que

tenía delante.

¡Mire usted que no haberse fijado hasta entonces en aquella belleza

picaresca y graciosa, que forzosamente había de trastornar a los

hombres! ¿Qué de extraño tenía que a una joven con un palmito así la

hiciesen el amor, a pesar de que la mayor parte de los días los pasaba

en la iglesia o encerrada en casa? Por algo decían que el buen paño

hasta en el arca se vende, y lo que es la muchacha había que confesar

que era paño amoroso, del mejor y más fino, capaz de secar las lágrimas

del mayor desesperado del mundo.

Ningún día la encontró doña Esperanza tan bonita como entonces, y

mirando aquel cuerpo hermoso en el cual dieciocho primaveras habían

aglomerado todas sus suavidades, sus perfumes y sus colores delicados, y

aquella cabeza de un perfil correcto y gracioso como un camafeo griego,

animada por dos ojazos de mirada atrevida y terminada por un moñete

lindo, en el que todos los peines no lograban domar la subversiva

protesta de un rizado natural, encontraba que nada tenía de extraño que

se enamorasen de una joven así y hasta que llegasen a hacer por ella

verdaderas locuras.

Doña Esperanza se ratificaba ahora en sus anteriores predicciones. ¡Oh!

Aquella muchacha, lista, algo insurgente, que tenía su alma en su

armario y cuando le parecía contestaba a los sesudos consejos con alguna

fina impertinencia, daría mucho que hacer a la santurrona de su tía, que

hubo un tiempo en que pensó hacerla monja.

¡Vaya una monjita! Bien se acordaba doña Esperanza de aquello del

colegio..., de aquello de la azotea con el vecinito de al lado; y no

quería decirse más a sí propia, pues no le gustaba murmurar de nadie ni

aun interiormente.

Lo que ella aseguraba era que la tal niña se casaría, o de lo

contrario, daría muchos disgustos a la baronesa.

Tenía la publicista católica una razón de peso para creerlo así.

--Es de mala sangre--se decía interiormente--. Forzosamente ha de

parecerse a su padre, aquel revolucionario infernal cuya historia tantas

veces me ha contado la baronesa. Hará muchas cosas sólo para justificar

que lleva la sangre de su padre.

Ella, como depositaria de los secretos de su presidenta, estaba al tanto

del origen de María, y tenía el convencimiento de que ésta, aunque muy

linda, había de dar poco de sí en punto a fervor religioso.

--¡Vaya, polla! ¿Qué hacíamos en la ventana?

María había recobrado su serenidad, y al ver la sonrisa maliciosa de

doña Fernanda, la contestó con aquel gestecillo impertinente que sabía

usar cuando la hacían preguntas inoportunas.

--Nada. Me divertía mirando la calle.

--Yo también he mirado bien antes de subir aquí. Sobre todo, a la acera

de enfrente.

--¡Sí! ¿Eh? Pues me alegro mucho.

--Vamos, picaruela; no te hagas la desentendida con ese gesto de

inocencia, que parece que en la vida has roto un plato.

--Doña Esperanza; no la entiendo a usted.

--Vamos, no tengas reparo en hablarme. Lo sé todo.

--¿Sí? ¿Y qué sabe usted?

--Lo que he visto. Que un joven que parece estudiante de San Carlos te

hace el amor desde la acera de enfrente.

--¡Oh! ¡Hay tantos que me hacen el amor...!

Y la joven dijo estas palabras con tan graciosa petulancia, que la viuda

no pudo menos que acogerlas con una sonrisa.

--¡Qué pícara eres, Maruja! No extraño que desde aquí, encerradita en

casa y burlando la vigilancia de tu tía, vuelvas locos a los hombres.

Además, cada día te encuentro más guapa.

--Muchas gracias, doña Esperanza. Pero usted también es guapa.

--¿Quién? ¿Yo?... Lo era, hija mía; lo fuí en otros tiempos, pero ahora

sólo quedan los restos. ¡Ay, quién tuviera tu edad!

Y la viuda lanzó un suspiro de jamona sensible que llora los pasados

tiempos y en la frialdad de su situación todavía se conmueve viendo los

ardores de la juventud.

--Vamos, niña; cuéntame todo. Me gusta ayudar a la juventud en sus

asuntos, y gozo viendo cosas que me recuerdan mis tiempos de polla. No

tengas cuidado; habla.

--¡Quiá! Buena consejera está usted. Es amiga íntima de mi tía, y, por

lo tanto, de las que creen que la felicidad de las chicas es meterlas

monjas.

--Eso es; ¡buena monja estarías tú! Nunca he creído que llegaras a

serlo, y en cambio tengo la firme esperanza de comer los dulces de tu

boda. Vamos, dime, ¿quién es ese muchacho que te hace señas?

--Un hombre.

--¡Ah, picarilla! Te pregunto por su nombre, por su posición.

María quedó por algunos instantes como perpleja, y por fin dijo con

repentina resolución:

--Mire usted, doña Esperanza. Se lo diría a usted todo, pero como es tan

amiga de mi tía, temo que llegue a oídos de ésta, y la verdad, me asusta

solamente el pensar que ella puede saber algún día mis secretillos.

--¿Por quién me tomas, mujer? ¿Crees tú que voy yo a delatarte?

Y la viuda se deshizo en excusas, para demostrarla que ella no revelaría

el secreto de la joven. La quería mucho y deseaba servirla, porque ella

les tenía mucha ley a las muchachas y sentía un gran placer en

ayudarlas, sin duda porque esto le recordaba sus buenos tiempos.

María llegó a tranquilizarse con estas muestras de adhesión, y por fin

se decidió a espontanearse.

--Pues bien, doña Esperanza; ese muchacho es un estudiante de Medicina y

se llama Juan Zarzoso.

--¿Es pariente acaso del célebre doctor que visita a tu tía?

--Sobrino carnal.

--¡Tiene esto gracia! De modo que mientras el tío está aquí dentro, el

sobrino hace el amor desde la calle. ¿Sabe algo el doctor de estas

relaciones?

--Nada. El buen señor, según cuentan, tiene el genio algo rudo y no

consiente a su sobrino la menor distracción en los estudios. Juanito

teme al doctor tanto como yo a mi tía.

--¿Y está muy adelantado en su carrera ese joven?

--Termina en el año próximo. Tiene un brillante porvenir, pues sucederá

a su tío en el ejercicio de la profesión. Será un sabio como el doctor

Zarzoso.

--¡Vaya, hija mía! Da ganas de reír ese tonillo de mujercita juiciosa

con que hablas. ¿Qué sabes tú lo que significa un brillante porvenir?

Distráete dejando que ese muchacho te haga el amor, pero no adoptes el

aspecto de mujer enamorada, pues algún día tendrás forzosamente que

olvidarle.

--¡Olvidarle..., imposible! He de ser su esposa.

--¿Quién, tú? Vamos, niña; estás loca. ¿Te parece que una sobrina de la

baronesa de Carrillo, la bella condesita de Baselga, millonaria y

perteneciente a la más distinguida nobleza puede ser la esposa de un

médico, por más célebre que sea? Tú no conoces lo que es la sociedad ni

te has parado a pensar en la desigualdad de clases. De modo que a pesar

de ser tú condesa y millonaria, bastaría que cualquiera, yo misma, por

ejemplo, me sintiera algo enferma, para arrebatarte inmediatamente al

esposo que tendrías a tu lado. Piensa bien en lo extraño que esto

resulta.

Y María, efectivamente, se abismaba en profunda reflexión, como si por

primera vez tropezase con inconvenientes que hasta entonces no había

visto.

--Sí, es verdad--dijo por fin a la viuda--; pero todos estos

inconvenientes están resueltos sencillamente con que Juanito no ejerza

su profesión y se dedique a ser sabio y a escribir libros de ciencia. De

este modo podré casarme con él.

--¡Bah, hija mía! Tú estás reservada para algo más que para ser la

esposa de un rebuscador de librotes. Cuando tu tía se convenza de que

eres una joven como las demás, para lo cual falta poco, y de que deseas

casarte, ya te buscará un marido que esté en consonancia con tus

merecimientos y tu alcurnia.

--Pero yo quiero casarme con Juanito--dijo María con sonsonete de niño

mimado.

--Pues no lo lograrás, hija mía. Procura no forjarte esas ilusiones.

¡Buena se pondría tu tía si llegara a conocer tus amoríos con el sobrino

de don Pedro!

Iba María a contestar, pero un ruido le llamó la atención y dijo a doña

Esperanza:

--Es el doctor, que se marcha.

E inmediatamente se dirigió a la antesala, seguida de la locuaz viuda.

El doctor Zarzoso era para ella una persona muy simpática, sencillamente

por ser tío de su novio. El afecto que profesaba a Juanito venía a

reflejarse en aquel hombre rudo, que se esforzaba en ser amable con

aquella joven que le trataba con cariño que él no sabía a qué atribuir.

En la antesala fué donde encontraron al doctor Zarzoso, tomando del

perchero su chistera y el bastón.

La edad no había conseguido debilitar aquel corpachón de combatiente, y

únicamente como para dejar recuerdo de su paso, el tiempo arañó su

rostro, haciendo más profundas las arrugas del entrecejo, que delataban

una característica terquedad.

María, al acercarse a él, le preguntó cómo encontraba a su tía.

--No está grave. Le dura la agitación nerviosa producida por la noticia

de la muerte de su hermano. La cosa es natural, pues también cuesta

disgustillos una honra tan grande como es tener santos mártires en la

familia.

Y don Pedro decía estas palabras sin el menor acento de zumba, pero

miraba a doña Esperanza, la beata intrigante a quien él conocía

bastante, como mujer que se mezclaba en todo.

La viuda de López adivinaba la ironía en aquellas palabras. ¡Ah, maldito

ateo! ¡Y pensar que siendo tan pecador era tan sabio que hasta las

personas más creyentes no podían prescindir de él en caso de enfermedad!

El doctor enumeró a María todas las precauciones que se debían tomar con

la baronesa para combatir y evitar los ataques de nervios que en tan

espantoso estado la ponían.

Doña Fernanda, mientras tanto, estaba en el fondo de su gabinete, donde

se pasaba las horas envuelta en un grueso "chal", no valiendo más que

para ir al comedor cuando el ataque no la retenía en la habitación.

El doctor se despidió, dando antes su mano a María con una afabilidad

extraña en él y que hubiese asombrado a los practicantes de San Carlos.

A doña Esperanza sólo la saludó con una ceremoniosa inclinación de

cabeza. Decididamente le cargaba aquella jamona, explotadora de la

piedad, e intriganta y aduladora de un modo que al doctor le causaba

náuseas.

--Dime--exclamó la viuda cuando don Pedro estaba ya en la escalera--.

Ahora va a encontrarse en la calle con su sobrino, y es capaz, si

adivina lo que hay, de dar un escándalo y hasta de pegarle con el

bastón. ¡Oh! Conozco mucho a ese tío.

--No le encontrará. Se iba ya Juanito cuando notó que usted se hallaba

en el gabinete.

--Bueno, querida: vamos a ver a tu tía, que estará solita. Ella no

saldrá hoy al comedor, ¿verdad? Pues me quedo a almorzar contigo: no

quiero que estés sola y fastidiada, pichoncita mía.

Y la gorrona viuda se entró salas adentro, con la misma confianza que si

fuese la dueña de la casa.

La araña negra, t. 7/9 · 第 20 / 26 题