El sobrino en la calle y el tío en la casa.
Cuando el carruaje de alquiler que conducía a doña Esperanza llegó a la
calle de Atocha, tuvo que detenerse antes de llegar a la puerta de casa
de doña Fernanda, pues una elegante berlina con ruedas amarillas la
cerraba el paso.
La viuda, al bajar de su carruaje, vióse envuelta por un tropel de
estudiantes de Medicina que salían de las clases y subían calle arriba,
con la algazara propia del que se ha librado, por el resto del día, de
una esclavitud enojosa.
Aguantando miradas de insolente fijeza y oyendo con frialdad los floreos
que la dirigía aquella juventud bulliciosa que pasaba por su lado, doña
Esperanza ajustó su cuenta con el cochero y como propina le entregó
algunos papelillos de los que almacenaba su limosnero. El auriga quedóse
cómicamente sorprendido y con las hojas místicas en la mano, y al
enterarse de lo que eran, él, que esperaba por lo menos un real de
propina, correspondió al regalo, con unos cuantos juramentos que
hicieron apresurar el paso a la viuda de López. Buen modo de hacer
propaganda.
Rompiendo con trabajo la contraria corriente de estudiantes, fué
avanzando doña Esperanza, y al llegar a la gran puerta de la casa de la
baronesa se detuvo para enlazar una mirada de curiosidad a la berlina
detenida a pocos pasos.
La conocía bien: era del doctor. Sin duda doña Fernanda había vuelto a
experimentar sus terribles ataques de nervios.
Entrábase ya la viuda por el portal cuando llamó su atención un joven,
parado en la acera de enfrente y que medio escondido tras el tronco de
un árbol, cambiaba señas con alguien que estaba en el interior de casa
de la baronesa.
Era un muchacho bien vestido que parecía ser estudiante, y llevaba en la
mano un grueso cuaderno de notas.
Doña Esperanza le miró fijamente, intentando en vano conocerle, y
después levantó sus ojos a la fachada para ver quién era la persona que
correspondía a las señas del estudiante.
No vió nada, pues todos los balcones tenían cerradas las vidrieras, y
sin duda la persona a quien dirigía el joven sus señas estaba medio
oculta tras algún cortinaje.
Subió doña Esperanza la ancha escalera de mármol; en la antecámara vió
pendiente del perchero la chistera del doctor, y entró en un gabinete,
el mismo donde la difunta Enriqueta había pasado la noche anterior al 22
de junio.
Estaba ya sentada en una otomana, esperando que volviese la doncella
encargada de noticiar su llegada a la baronesa, cuando se apercibió de
que no estaba sola en aquella habitación.
Vió moverse uno de los ricos cortinajes de la ventana y adivinó la
presencia de una persona que, oculta por aquéllos, miraba a la calle. A
los pocos momentos asomó una linda cabeza que exclamó con hermosa voz de
soprano:
--¡Ah! ¿Es usted, doña Esperanza?
Y la sobrina de la baronesa, la pollita de la casa, como llamaba la
viuda a María Quirós, avanzó al centro del gabinete procurando ocultar
su turbación.
Doña Esperanza sonrió con la maternal benevolencia que tan simpática la
hacía a los ojos de todas las jóvenes cuyas casas frecuentaba.
Ya había aclarado el misterio y esto la llenaba de gozo, pues lo que
más le placía era poseer secretos ajenos. María tenía amoríos con un
estudiante de la inmediata escuela de Medicina. Esto, a primera vista,
carecía de importancia; relaciones inocentes, galanteos de balcón a la
calle, homenajes, en fin, insubstanciales que desean todas las jóvenes y
que son muy pocas las que dejan de conseguirlos; pero tratándose de una
sobrina de doña Fernanda de Carrillo la cosa variaba de aspecto y
aumentaba en importancia, pues la devota señora era capaz de indignarse
de un modo terrible al saber que María andaba en amoríos con un
estudiante.
La viuda de López se fijó con insistencia en la hermosa muchacha que
tenía delante.
¡Mire usted que no haberse fijado hasta entonces en aquella belleza
picaresca y graciosa, que forzosamente había de trastornar a los
hombres! ¿Qué de extraño tenía que a una joven con un palmito así la
hiciesen el amor, a pesar de que la mayor parte de los días los pasaba
en la iglesia o encerrada en casa? Por algo decían que el buen paño
hasta en el arca se vende, y lo que es la muchacha había que confesar
que era paño amoroso, del mejor y más fino, capaz de secar las lágrimas
del mayor desesperado del mundo.
Ningún día la encontró doña Esperanza tan bonita como entonces, y
mirando aquel cuerpo hermoso en el cual dieciocho primaveras habían
aglomerado todas sus suavidades, sus perfumes y sus colores delicados, y
aquella cabeza de un perfil correcto y gracioso como un camafeo griego,
animada por dos ojazos de mirada atrevida y terminada por un moñete
lindo, en el que todos los peines no lograban domar la subversiva
protesta de un rizado natural, encontraba que nada tenía de extraño que
se enamorasen de una joven así y hasta que llegasen a hacer por ella
verdaderas locuras.
Doña Esperanza se ratificaba ahora en sus anteriores predicciones. ¡Oh!
Aquella muchacha, lista, algo insurgente, que tenía su alma en su
armario y cuando le parecía contestaba a los sesudos consejos con alguna
fina impertinencia, daría mucho que hacer a la santurrona de su tía, que
hubo un tiempo en que pensó hacerla monja.
¡Vaya una monjita! Bien se acordaba doña Esperanza de aquello del
colegio..., de aquello de la azotea con el vecinito de al lado; y no
quería decirse más a sí propia, pues no le gustaba murmurar de nadie ni
aun interiormente.
Lo que ella aseguraba era que la tal niña se casaría, o de lo
contrario, daría muchos disgustos a la baronesa.
Tenía la publicista católica una razón de peso para creerlo así.
--Es de mala sangre--se decía interiormente--. Forzosamente ha de
parecerse a su padre, aquel revolucionario infernal cuya historia tantas
veces me ha contado la baronesa. Hará muchas cosas sólo para justificar
que lleva la sangre de su padre.
Ella, como depositaria de los secretos de su presidenta, estaba al tanto
del origen de María, y tenía el convencimiento de que ésta, aunque muy
linda, había de dar poco de sí en punto a fervor religioso.
--¡Vaya, polla! ¿Qué hacíamos en la ventana?
María había recobrado su serenidad, y al ver la sonrisa maliciosa de
doña Fernanda, la contestó con aquel gestecillo impertinente que sabía
usar cuando la hacían preguntas inoportunas.
--Nada. Me divertía mirando la calle.
--Yo también he mirado bien antes de subir aquí. Sobre todo, a la acera
de enfrente.
--¡Sí! ¿Eh? Pues me alegro mucho.
--Vamos, picaruela; no te hagas la desentendida con ese gesto de
inocencia, que parece que en la vida has roto un plato.
--Doña Esperanza; no la entiendo a usted.
--Vamos, no tengas reparo en hablarme. Lo sé todo.
--¿Sí? ¿Y qué sabe usted?
--Lo que he visto. Que un joven que parece estudiante de San Carlos te
hace el amor desde la acera de enfrente.
--¡Oh! ¡Hay tantos que me hacen el amor...!
Y la joven dijo estas palabras con tan graciosa petulancia, que la viuda
no pudo menos que acogerlas con una sonrisa.
--¡Qué pícara eres, Maruja! No extraño que desde aquí, encerradita en
casa y burlando la vigilancia de tu tía, vuelvas locos a los hombres.
Además, cada día te encuentro más guapa.
--Muchas gracias, doña Esperanza. Pero usted también es guapa.
--¿Quién? ¿Yo?... Lo era, hija mía; lo fuí en otros tiempos, pero ahora
sólo quedan los restos. ¡Ay, quién tuviera tu edad!
Y la viuda lanzó un suspiro de jamona sensible que llora los pasados
tiempos y en la frialdad de su situación todavía se conmueve viendo los
ardores de la juventud.
--Vamos, niña; cuéntame todo. Me gusta ayudar a la juventud en sus
asuntos, y gozo viendo cosas que me recuerdan mis tiempos de polla. No
tengas cuidado; habla.
--¡Quiá! Buena consejera está usted. Es amiga íntima de mi tía, y, por
lo tanto, de las que creen que la felicidad de las chicas es meterlas
monjas.
--Eso es; ¡buena monja estarías tú! Nunca he creído que llegaras a
serlo, y en cambio tengo la firme esperanza de comer los dulces de tu
boda. Vamos, dime, ¿quién es ese muchacho que te hace señas?
--Un hombre.
--¡Ah, picarilla! Te pregunto por su nombre, por su posición.
María quedó por algunos instantes como perpleja, y por fin dijo con
repentina resolución:
--Mire usted, doña Esperanza. Se lo diría a usted todo, pero como es tan
amiga de mi tía, temo que llegue a oídos de ésta, y la verdad, me asusta
solamente el pensar que ella puede saber algún día mis secretillos.
--¿Por quién me tomas, mujer? ¿Crees tú que voy yo a delatarte?
Y la viuda se deshizo en excusas, para demostrarla que ella no revelaría
el secreto de la joven. La quería mucho y deseaba servirla, porque ella
les tenía mucha ley a las muchachas y sentía un gran placer en
ayudarlas, sin duda porque esto le recordaba sus buenos tiempos.
María llegó a tranquilizarse con estas muestras de adhesión, y por fin
se decidió a espontanearse.
--Pues bien, doña Esperanza; ese muchacho es un estudiante de Medicina y
se llama Juan Zarzoso.
--¿Es pariente acaso del célebre doctor que visita a tu tía?
--Sobrino carnal.
--¡Tiene esto gracia! De modo que mientras el tío está aquí dentro, el
sobrino hace el amor desde la calle. ¿Sabe algo el doctor de estas
relaciones?
--Nada. El buen señor, según cuentan, tiene el genio algo rudo y no
consiente a su sobrino la menor distracción en los estudios. Juanito
teme al doctor tanto como yo a mi tía.
--¿Y está muy adelantado en su carrera ese joven?
--Termina en el año próximo. Tiene un brillante porvenir, pues sucederá
a su tío en el ejercicio de la profesión. Será un sabio como el doctor
Zarzoso.
--¡Vaya, hija mía! Da ganas de reír ese tonillo de mujercita juiciosa
con que hablas. ¿Qué sabes tú lo que significa un brillante porvenir?
Distráete dejando que ese muchacho te haga el amor, pero no adoptes el
aspecto de mujer enamorada, pues algún día tendrás forzosamente que
olvidarle.
--¡Olvidarle..., imposible! He de ser su esposa.
--¿Quién, tú? Vamos, niña; estás loca. ¿Te parece que una sobrina de la
baronesa de Carrillo, la bella condesita de Baselga, millonaria y
perteneciente a la más distinguida nobleza puede ser la esposa de un
médico, por más célebre que sea? Tú no conoces lo que es la sociedad ni
te has parado a pensar en la desigualdad de clases. De modo que a pesar
de ser tú condesa y millonaria, bastaría que cualquiera, yo misma, por
ejemplo, me sintiera algo enferma, para arrebatarte inmediatamente al
esposo que tendrías a tu lado. Piensa bien en lo extraño que esto
resulta.
Y María, efectivamente, se abismaba en profunda reflexión, como si por
primera vez tropezase con inconvenientes que hasta entonces no había
visto.
--Sí, es verdad--dijo por fin a la viuda--; pero todos estos
inconvenientes están resueltos sencillamente con que Juanito no ejerza
su profesión y se dedique a ser sabio y a escribir libros de ciencia. De
este modo podré casarme con él.
--¡Bah, hija mía! Tú estás reservada para algo más que para ser la
esposa de un rebuscador de librotes. Cuando tu tía se convenza de que
eres una joven como las demás, para lo cual falta poco, y de que deseas
casarte, ya te buscará un marido que esté en consonancia con tus
merecimientos y tu alcurnia.
--Pero yo quiero casarme con Juanito--dijo María con sonsonete de niño
mimado.
--Pues no lo lograrás, hija mía. Procura no forjarte esas ilusiones.
¡Buena se pondría tu tía si llegara a conocer tus amoríos con el sobrino
de don Pedro!
Iba María a contestar, pero un ruido le llamó la atención y dijo a doña
Esperanza:
--Es el doctor, que se marcha.
E inmediatamente se dirigió a la antesala, seguida de la locuaz viuda.
El doctor Zarzoso era para ella una persona muy simpática, sencillamente
por ser tío de su novio. El afecto que profesaba a Juanito venía a
reflejarse en aquel hombre rudo, que se esforzaba en ser amable con
aquella joven que le trataba con cariño que él no sabía a qué atribuir.
En la antesala fué donde encontraron al doctor Zarzoso, tomando del
perchero su chistera y el bastón.
La edad no había conseguido debilitar aquel corpachón de combatiente, y
únicamente como para dejar recuerdo de su paso, el tiempo arañó su
rostro, haciendo más profundas las arrugas del entrecejo, que delataban
una característica terquedad.
María, al acercarse a él, le preguntó cómo encontraba a su tía.
--No está grave. Le dura la agitación nerviosa producida por la noticia
de la muerte de su hermano. La cosa es natural, pues también cuesta
disgustillos una honra tan grande como es tener santos mártires en la
familia.
Y don Pedro decía estas palabras sin el menor acento de zumba, pero
miraba a doña Esperanza, la beata intrigante a quien él conocía
bastante, como mujer que se mezclaba en todo.
La viuda de López adivinaba la ironía en aquellas palabras. ¡Ah, maldito
ateo! ¡Y pensar que siendo tan pecador era tan sabio que hasta las
personas más creyentes no podían prescindir de él en caso de enfermedad!
El doctor enumeró a María todas las precauciones que se debían tomar con
la baronesa para combatir y evitar los ataques de nervios que en tan
espantoso estado la ponían.
Doña Fernanda, mientras tanto, estaba en el fondo de su gabinete, donde
se pasaba las horas envuelta en un grueso "chal", no valiendo más que
para ir al comedor cuando el ataque no la retenía en la habitación.
El doctor se despidió, dando antes su mano a María con una afabilidad
extraña en él y que hubiese asombrado a los practicantes de San Carlos.
A doña Esperanza sólo la saludó con una ceremoniosa inclinación de
cabeza. Decididamente le cargaba aquella jamona, explotadora de la
piedad, e intriganta y aduladora de un modo que al doctor le causaba
náuseas.
--Dime--exclamó la viuda cuando don Pedro estaba ya en la escalera--.
Ahora va a encontrarse en la calle con su sobrino, y es capaz, si
adivina lo que hay, de dar un escándalo y hasta de pegarle con el
bastón. ¡Oh! Conozco mucho a ese tío.
--No le encontrará. Se iba ya Juanito cuando notó que usted se hallaba
en el gabinete.
--Bueno, querida: vamos a ver a tu tía, que estará solita. Ella no
saldrá hoy al comedor, ¿verdad? Pues me quedo a almorzar contigo: no
quiero que estés sola y fastidiada, pichoncita mía.
Y la gorrona viuda se entró salas adentro, con la misma confianza que si
fuese la dueña de la casa.