IV

Reanúdanse los amores.

Algunos meses antes de recibirse la noticia del martirio del padre

Ricardo, experimentó María una gran sorpresa.

Por las mañanas, aprovechando los descuidos de su tía o sus salidas de

casa por asuntos de devoción, una de sus más predilectas distracciones

era mirar a la calle en las horas que los estudiantes de Medicina

entraban o salían en el inmediato hospital de San Carlos.

Así vió un día a Juanito Zarzoso, del cual, aunque se acordaba algunas

veces, no guardaba ya más que un recuerdo lejano y borroso, como

amortiguado por el tiempo y por aquel régimen austero a que la sometía

su tía y que parecía influir en su parte moral.

Cuando ella vió a un joven vestido de luto, parado en la acera y mirando

con insistencia al balcón, sin hacer caso de las pullas de los

compañeros que seguían adelante, sintióse molestada por la curiosidad de

aquel importuno y casi estuvo tentada a retirarse; pero de repente

encontró en aquella figura algo que parecía serle conocido y que atraía

sus ojos, y entregándose entonces a un fijo examen, no tardó en

reconocer a su tímido novio de la época de colegiala.

Estaba tan desfigurado el estudiante, que era difícil conocerlo. Había

crecido mucho, aunque perdiendo bastante de su primitiva robustez; sus

facciones habíanse fijado definitivamente, formando un rostro

inteligente y simpático, y una barba corrida y fuerte daba aspecto

varonil a aquella cara de niño. Sus ojos, cuya luz parecía amortiguada

por el estudio, brillaban tras unas gafas de oro.

María permaneció inmóvil, como asustada por la aparición, y, en su

aturdimiento, únicamente supo contestar con sonrisas ingenuas, que

demostraban su placer, a los saludos que la dirigía el estudiante.

Desde entonces, todas las mañanas los dos jóvenes, aprovechando el uno

los intervalos entre dos clases, y valiéndose la otra de los descuidos y

ocupaciones de la tía, se veían de lejos, cambiaban saludos y se

sonreían con esa plácida estupidez de las personas que se consideran

felices únicamente con contemplarse.

Pronto no les bastó con esto y ambos experimentaron la necesidad de una

comunicación más expresiva y amplia que las miradas que se lanzaban de

lejos, bien a través de los vidrios del balcón, o en las calles cuando

María salía en compañía de la baronesa.

La intrigante doncella de ésta fué la que, por puro amor al arte de

chismear y por el placer de jugar una treta a su señora, a la que odiaba

en el fondo, a pesar de muchos años de servicio, se encargó de poner en

comunicación a los dos antiguos novios.

Ella fué la que entregó a María la primera carta de Juanito, y así supo

la joven que la madre de su novio, aquella infeliz señora casi ciega, a

la que, sin conocer, amaba con respetuosa simpatía, había muerto algunos

meses antes, y que al ocurrir esta desgracia el doctor Zarzoso había ido

a Valencia para llevarse a su sobrino a Madrid, trasladando su matrícula

a la escuela de San Carlos.

Juanito manifestaba además, con una satisfacción casi infantil, sus

notables progresos en la carrera, los premios que había alcanzado y lo

contento que estaba su tío al ver que iba a tener un sucesor digno de su

fama.

Desde entonces se entabló una correspondencia continua y apasionada

entre los dos novios, volviendo a renacer aquel amor que, aunque veloz

como una ráfaga, les había unido durante algunos días, allá en los

tejados de Valencia.

María pasaba las angustias de un ladrón que intenta hacer invisible el

fruto de sus rapiñas, para ocultar las plumas y el papel que le servían

para escribir a Juanito, y no contentos los dos con cambiar una carta

diaria, todavía aprovechaban cuantas ocasiones se presentaban para

comunicarse, con señas, de balcón a calle, todas las mañanas.

Nadie notaba las relaciones amorosas sostenidas por los dos jóvenes.

La baronesa, a pesar de su astucia, no llegaba a recelar de la conducta

de su sobrina, y en cuanto al doctor Zarzoso, aunque notaba que Juanito

no estudiaba tanto como los primeros meses de su estancia en Madrid, y

que salía con más frecuencia de casa, atribuía esto a la atracción que

produce una ciudad desconocida y a las necesidades de la juventud.

El coloso sonreía con malicia. Ya sabía él lo que aquello significaba:

algún amorcillo. Y al decirse esto guiñaba el ojo, afectando conocer muy

bien tales deslices, como si olvidase la salvaje virginidad de su

juventud, ignorante para todo aquello que no fuese la lucha con la

ciencia.

Los amoríos que suponía el doctor Zarzoso eran pasioncillas de un día,

correrías a ciegas en busca de unas faldas para acallar los hambrientos

bostezos de la carne; y de seguro que si al ser llamado a casa de la

baronesa de Carrillo, para curar a ésta sus ataques de nervios, hubiese

sabido que en tal vivienda estaba la mujer amada, y que ésta era aquella

sobrinilla aristocrática, no hubiese manifestado tanta bondad.

El endiablado sabio, plebeyote hasta la medula de los huesos y orgulloso

de su origen, estremecíase de horror ante la posibilidad de unirse por

lazo alguno con cualquiera de aquellas familias elevadas, corroídas por

dolencias extrañas y hereditarias, a las que él visitaba, y su

indignación inmensa sólo podía compararse a la que experimentaría una

princesa de las que figuraban en el almanaque de Gotha, al proponerle

que diera su mano a un barrendero.

Profesaba a sus distinguidos clientes el horror que siente una persona

sana, robusta y egoísta ante los apestados que pueden contaminarle.

Su frase favorita era: "La aristocracia es un pudridero"; y hablaba con

gran elocuencia del inmenso caudal de enfermedades y gérmenes de locuras

que el aislamiento de clase y el horror a cruzarse con gentes más

humildes y vigorosas, había ido amontonando en aquellas familias desde

los tiempos de las extravagancias feudales y de la barbarie guerrera

divinizada.

--Por algo dicen esas gentes que tienen la sangre azul. Es pura

porquería lo que circula por sus venas; virus que infecciona de una a

otra generación y que en nada se parece a la sangre de los demás seres.

Si yo tuviera un hijo (sólo al hablar de esto pensaba el doctor en los

hijos), juro que primero lo ahorcaba que le permitía el casarse con una

mujer de cuyo vientre forzosamente habían de salir generaciones de

escrofulosos o de locos.

Afortunadamente, el doctor Zarzoso, para el cual su sobrino era un

verdadero hijo, ignoraba qué clase de amorcillos eran los que turbaban

la tranquilidad del joven estudiante.

Cuando al recibir la noticia de la muerte trágica del padre Ricardo, la

baronesa sufrió una espantosa crisis nerviosa, el doctor Zarzoso fué

llamado para su curación. Este suceso produjo en el estudiante gran

alegría. Sería ridícula la idea, pero a él le producía cierto placer el

que su tío entrase en aquella casa, frente a la cual tantas veces

paseaba él, y hasta le parecía que en torno de la ruda figura del doctor

quedaba adherido algo del ambiente que creemos percibir rodeando a la

mujer amada.

El suceso no causó menos impresión en María. Al saber que su tío había

muerto como un mártir, a manos de los fanáticos japonesas, lloró cuanto

pudo para no resultar una nota disonante en el concierto de dolor que

estalló en la casa; pero, a pesar de esto, su desconsuelo fué más

aparente y ceremonioso que real. No tenía grandes motivos para llorar la

muerte del tío jesuíta. No lo había visto jamás, y juzgando por los

apasionados elogios de la baronesa y sus amigos, imaginábaselo como un

hombre huraño, misterioso, desligado por completo de todo vínculo

terrestre, y propio para inspirar más miedo que amor.

La enfermedad de su tía sirvióle para poder decidirse con más libertad a

hacer "telégrafos" a Juanito con sus vivaces manos, tras los vidrios del

balcón.

Además, en tal circunstancia conoció personalmente al tío de su novio,

aquel personaje terrible, del cual se había hablado con expresión de

miedo en las tertulias de su tía, y que a ella, a pesar de tales

prejuicios, le resultaba un buen señor.

El famoso sabio, con toda su ciencia y aquel conocimiento del mundo y de

las personas que afectaba su fingida malicia, no podía explicarse las

causas de la exagerada amabilidad con que le trataba la niña de la casa.

Era un secreto para él el por qué de las sonrisas graciosas y la

expresión de alegría con que le recibía la sobrina de la baronesa; pero,

¡ah, cándido doctor!, si no hubiese siempre marchado con la cabeza baja

y preocupado por sus ideotas luminosas, de seguro que al salir de la

casa se lo hubiese explicado todo, al ver a su sobrino alejarse

rápidamente, o esconderse en algún portal, al notar la presencia del

tío.

María era la única de aquellas señoritas aristocráticas a la que no

miraba con expresión de lástima y asco; no era un gatito desollado, como

él llamaba a las otras.

Conocía bien la historia de la familia. Bastante le había dado que hacer

la muerte del conde de Baselga en el manicomio que él dirigió en otros

tiempos, y aunque estaba convencido de su locura, no dejó de preocuparle

el tiro de pistola que el infeliz demente se disparó en su celda.

Aquella arma fatal hacía presentir al doctor la existencia de una

diabólica intención, que había intervenido en el arreglo de la tragedia.

Y como era en él característico atribuir todos los males a la "gente de

sotana", no vacilaba en tener por culpable de cuanto había ocurrido a

aquel padre Claudio, de quien ya casi nadie se acordaba en Madrid.

Además, conocía algo de la historia de María, y esto amenguaba un tanto

la extrañeza que le producía notar en ella un vigor y una energía

serena, impropia de la familia. El recordaba haber escuchado ciertas

murmuraciones, de las cuales no salía muy bien librada la virtud de la

madre ni la dignidad del padre; murmuraciones en las que danzaba el

nombre de cierto célebre revolucionario.

Pero todas estas ideas sólo podían preocupar por poco tiempo a un hombre

como el doctor, obsesionado por los obscuros problemas de la ciencia; y

así es que, apenas hubo dejado de visitar a doña Fernanda, repuesta ya

de sus ataques nerviosos, olvidó por completo a la tía y a la sobrina.

Los amores del estudiante y María seguían, entretanto, su curso,

fortalecidos ahora por la protección de la viuda de López.

La explicación surgida entre doña Esperanza y la sobrina de la baronesa

había servido para que la viuda, arrastrada por su afición a los enredos

y por el afán de hacer favores, se pusiera a las órdenes de los novios.

Ya se sobrentendía que ella hacía esto únicamente porque la niña se

divirtiera; porque, al fin, había que dar a la juventud lo que era suyo

y dejar que gozara cuando le llegaba su tiempo; mas no por esto creía

ella que tales amoríos podían terminar en un casamiento.

Unos amores inocentes, y nada más. Cosas de muchachos. ¿Qué pecado se

cometía dejando que María tuviera un novio, como todas las de su edad?

Más adelante, ya entraría en la reflexión, y cuando su tía se

convenciera de que la muchacha nunca llegaría a ser monja, ya le

arreglaría un matrimonio digno de su posición y de su nombre.

Apoyándose en tales reflexiones, con el objeto de afrontar mentalmente

el peligro que suponía para ella el ser infiel a su presidenta, la viuda

de López protegía a los dos jóvenes, mostrándose muy contenta en ser su

mediadora bondadosa, y dándose ciertos aires de maternidad.

Hablaba, en la calle con Juanito, al que encontraba muy simpático, a

pesar de la repugnancia que en las primeras entrevistas sentía, al

pensar que era el sobrino de un empedernido ateo, y que tal vez

participase de sus doctrinas. Cada vez que el estudiante solicitaba de

ella un favor, la viuda no podía menos de sentirse satisfecha, pues

aquel muchacho sabía rogar de un modo que llegaba al alma, y ante el más

pequeño servicio manifestaba un agradecimiento conmovedor.

Doña Fernanda, como si se hallara quebrantada por su reciente

enfermedad, y la muerte de su santo hermano hubiese cercenado su antigua

energía y movediza actividad, mostrábase reacia a salir de su casa, y

muchas veces, por no moverse de su asiento, ahogaba su curiosidad y no

iba en seguimiento de María para averiguar la causa de que ésta

permaneciese tanto tiempo atisbando a través de los balcones.

Este estado de doña Fernanda ocasionaba también un aumento de

atribuciones y libertades en la intriganta viuda de López, del cual se

aprovechaban los dos novios.

Doña Esperanza, con su bondad sin límites, era la que se encargaba de

sacar a paseo a la niña y de acompañarla a las funciones religiosas

cuando la tía no se sentía con ánimo para salir de casa.

De estas circunstancias se aprovechaba Juanito para hablar con María,

siempre bajo la vigilancia de doña Esperanza, que se mezclaba en la

conversación apenas ésta tomaba un carácter marcadamente amoroso.

La viuda de López estaba lejos de imaginarse que aquel estudiante era el

mismo muchacho con quien habían sorprendido a María en la azotea del

colegio. Los dos novios guardaban instintivamente su secreto ante la

indiscreta curiosidad de la viuda.

Procuraban las dos mujeres salir a pie, pues de este modo podía unirse a

ellas el enamorado estudiante. Doña Esperanza adoptaba un aire de mamá

complaciente, que va acompañando a su hija y al novio, y así iban los

tres a la iglesia o a alguna solitaria alameda del Retiro.

Transcurrieron de este modo muchos meses, sin que nunca llegase a oídos

de la baronesa la menor noticia de la traición que le hacía su

secretaria.

Juanito, como si calmasen su sed amorosa aquellas conversaciones que

sostenía con María, coreadas por la complaciente viuda, había recobrado

su tranquilidad y volvía a dedicarse al estudio con el mismo ardor que

antes.

Estaba próximo ya el término de su carrera, y veía cercano el día en que

alcanzaría su título de doctor en brillante oposición, dando fin de este

modo a sus estudios, que le acreditaban en San Carlos como el alumno más

aprovechado y que con mayor rapidez había seguido sus cursos.

La proximidad de aquel suceso, tantas veces soñado por el estudiante,

llenaba de alegría a los novios. ¡Oh, qué dicha! Apenas tuviera su

título de doctor, era preciso buscar ya una fórmula para hacer públicas

sus relaciones y decidir al doctor Zarzoso a que pidiese a la baronesa

la mano de María.

Todo les parecía muy fácil a los dos jóvenes, y encontrándose cada vez

más fuera de la realidad, juzgaban como pequeños inconvenientes el

carácter iracundo de la baronesa con sus preocupaciones religiosas y la

terquedad ruda del doctor.

A doña Esperanza comenzaban a asustarle aquellos amores. Comprendía,

aunque demasiado tarde, que había estado jugando con fuego y que

aquellos galanteos no eran relaciones ligeras para divertirse, que

fácilmente podían ser rotas, pues tenían ya todo el carácter de una

pasión firme e indestructible.

Conocía bien a María y estaba convencida de que opondría una resistencia

terrible cuando la despertasen del dulce ensueño de amor satisfecho en

que estaba sumida.

¿Qué diría doña Fernanda cuando supiera que su fiel secretaria había

sido la mediadora en tales amores?

Doña Esperanza, tan confiada y satisfecha por costumbre, mostrábase

ahora temerosa y asustada al pensar en la posibilidad de que la baronesa

llegase a saberlo todo. Y lo que más le desconcertaba era que tal

descubrimiento un día u otro había de ocurrir, pues nunca faltan gentes

chismosas y noticieras; o cuando no, aquellos dos jóvenes, engañados por

sus ilusiones, eran capaces de cometer una barrabasada declarando a sus

tíos que se amaban hacía ya mucho tiempo y que deseaban casarse.

Alguna tranquilidad le proporcionaba el saber, por declaración del

estudiante, que así que terminase su carrera el doctor Zarzoso pensaba

enviarle por una regular temporada a París a perfeccionar sus estudios,

como ayudante de los más célebres profesores.

Si esto llegase a ocurrir, confiaba doña Esperanza en una larga

ausencia como remedio contra una pasión sobradamente viva. Pero a pesar

de esta confianza, no lograba tranquilizarse.

Conocía que voluntariamente, e impulsada por su eterna manía de servir a

todo el mundo, se había metido en un atolladero y buscaba un auxilio

para salir de él.

El padre Tomás fué la primera persona que se le ocurrió para el caso.

V

En el despacho del padre Tomás.

El poderoso jesuíta había recibido a doña Esperanza con una forzada

sonrisa de resignación.

Aquella lagartona, con sus confidencias, sus intrigas y sus hojitas

piadosas, que sometía a su examen antes de darlas a la imprenta, le

tenía fastidiado, a pesar de lo convencido que estaba de la utilidad que

prestaba a la Orden.

El padre Tomás había indicado al mandadero que le servía de ayuda de

cámara que no dejase entrar a doña Esperanza en el despacho, pues temía

la conversación interminable de la locuaz jamona que venía a turbar sus

ocupaciones: pero en aquel día, la viuda de López manifestó tal urgencia

y tantas veces pidió que la dejasen pasar, que al fin el lego, con el

permiso de su superior, permitióle la entrada.

Tan largo fué el preámbulo que la locuaz señora puso a las revelaciones

que pensaba hacer, que el jesuíta comenzó a arquear las cejas y a mover

los dedos en señal de impaciencia, convenciéndose de que doña Esperanza,

en aquella ocasión, como en las otras, iba sólo a estorbarle.

Pero pronto cambió de posición al notar que la viuda, atolondrada por

tales muestras de impaciencia, entraba en lo más interesante de su

consulta.

Nada calló la buena doña Esperanza, y procurando excusar su ligereza en

aquel buen deseo que le animaba y le hacía servir a todos, fué relatando

cómo había tenido conocimiento de los amoríos de María y cómo también se

había prestado ella a desempeñar el papel de mediadora.

El jesuíta escuchaba inmóvil y silencioso, sin que en su rostro de

marmórea fijeza se notase la menor expresión que delatase sus internas

impresiones, y sólo cuando la viuda se detenía como indecisa y temerosa

del efecto que sus palabras podían causar en el padre Tomás, éste salía

de su mutismo para murmurar:

--¡Adelante! ¿Y qué más pasó?

Doña Esperanza no se detenía e iba relatando cuanto había llegado a

saber y algo más que inventaba por propia cuenta.

En resumen; que los chicos se amaban mucho, que la cosa era más seria de

lo que ella en el primer momento había podido imaginarse, y que temblaba

solamente al pensar que la baronesa podía saber algún día la

participación que su secretaria tenía en tales relaciones. Por esto

acudía en demanda de auxilio y le rogaba al padre Tomás que no la

abandonase en situación tan apurada, y que hiciese lo posible por

remediar su ligereza. Bien sabía ella el noble interés que la Orden

sentía por la familia Baselga, que tan ligada estaba por su piedad a la

Compañía de Jesús, y por esto acudía al padre Tomás en demanda de

saludable consejo.

El jesuíta quedó silencioso y reflexionando largo rato. Conocíase, a

pesar de su frialdad exterior, que le había impresionado bastante la

noticia.

Tenía sobre María formado un concepto muy distinto del de la baronesa;

pero no esperaba encontrar a la joven comprometida por una pasión

vehemente.

Por fin rompió el silencio para asegurarse de la formalidad de tales

relaciones.

--¿Y dice usted, doña Esperanza, que son serios esos amores?

--¡Oh, reverendo padre! Esos muchachos se quieren de un modo que a mí me

causa miedo. Es empresa difícil el separarlos, y crea usted que la

baronesa tendrá que bregar mucho si quiere combatir esa pasión. Parece,

al verlos tan dominados por el amor, que se conocen desde la niñez y que

sólo la muerte podrá separarlos. ¡Ah, reverendo padre! ¡Si usted

encontrase en su sabiduría un medio para desbaratar esa pasión que yo

misma he fomentado con mi ligereza!

El padre Tomás preguntó, tras un largo silencio y con la expresión del

que resuelve un problema:

--¿Sabe ese joven que María fué expulsada del colegio de Valencia por

cierta aventurilla que usted creo ya conoce?

--No, reverendo padre; seguramente no tiene noticia de aquello.

Y la viuda afirmaba sus palabras con movimientos de cabeza, muy

convencida de la certeza de cuanto decía. Ella estaba muy lejos de

imaginarse que el protagonista de aquella aventura en los tejados, a la

cual daba su malicia una importancia que no tenía, era el mismo Juanito

Zarzoso, al que creía ignorante por completo de tal suceso.

El jesuíta, al oír las afirmaciones de la viuda, sonrió triunfalmente.

Ahí estaba la solución; el medio de enfriar aquel amor que asustaba a

doña Esperanza, después de haberlo fomentado.

Ella sería la encargada de revelar al novio la aventura de María en el

colegio de la Saletta, y el jesuíta tenía la certeza de que por este

medio surgirían los celos y sobrevendría el rompimiento.

--Así lo haré, reverendo padre. Tan pronto como vea a ese pollo, le diré

cuanto recuerde de aquella travesura de María, y no he de cejar hasta

que logre que la desprecie.

El jesuíta se mostraba pensativo.

--Lo importante--murmuró--es que baste esto para que abandone a la niña.

--¡Oh! Bastará, reverendo padre. Es un joven que parece muy pundonoroso,

y no le creo capaz de seguir amando a una mujer después de convencerse

de que en su niñez andaba por los tejados y la encontraban dormida en

brazos de un muchachuelo.

--¿Conoce usted bien el carácter de ese joven?

--Creo que sí. He hablado con él muchas veces; se expresa con franqueza,

y le aseguro que a mí me parece mentira que sea sobrino de un impío como

el doctor Zarzoso.

--Seguramente tendrá las mismas ideas que su tío.

--Me parece que sí; aunque en mi presencia procura contenerse y no

enseñar el rabo del diabólico librepensamiento. ¡Buena soy yo para

sufrir impiedades!

--¿Y no le cree usted capaz, al saber la aventurilla de María de seguir,

por interés, haciéndola el amor?

--No entiendo a usted, reverendo padre--dijo la viuda con perplejidad.

--Quiero suponer que ese joven, después de convencerse del pasado de

María, podía seguir fingiendo que la amaba, tan sólo por atrapar sus

millones. Ya sabe usted que la sobrina de la baronesa es muy rica;

tanto, que casi toda la fortuna de que hoy goza doña Fernanda le

pertenece a ella.

--En ese punto defiendo yo al sobrino del doctor Zarzoso. Podrá ser un

impío, un ateo; pero, gracias a Dios, las infernales doctrinas no han

llegado a corromper del todo su alma, y aun queda en él un gran caudal

de buenos sentimientos. No; él no ama a María por sus millones, y si

llega a aborrecerla la abandonaría sin pensar en la riqueza.

--Le defiende usted con gran calor, doña Esperanza. ¿En qué se funda

usted para tener tal seguridad?

--En lo que mil veces le he oído decir cuando hablaba con María. A ese

muchachuelo republicano y librepensador le estorba que su novia sea

noble, tenga un título ilustre y posea una gran fortuna. Yo misma le he

oído decir, pero de un modo que no daba lugar a duda, que sería más

feliz si María se convirtiera en una pobre modistilla, pues así nadie

podría atribuirle en tal amor la menor sombra de egoísmo ni de ambición.

Y ¡qué más!... Hasta la misma María está contaminada por tales ideas, y

muchas veces he reído escuchando cómo la heredera de muchos millones

hablaba con gran seriedad de los adelantos científicos de su novio y

cifraba su felicidad en que éste fuese por el tiempo un médico afamado

que tuviese como clientela a la gente más selecta de Madrid. Tan

enamorados están esos muchachos, que han perdido ya toda noción sobre el

significado de un título nobiliario y de una gran fortuna, y para ellos

no hay más dinero que el que uno mismo pueda ganarse. No, reverendo

padre; no es posible que ese joven ame a María con el único objeto de

hacerse dueño de sus millones. En este punto le defiendo; no es de tal

clase de hombres.

--Mucho mejor--dijo el jesuíta, que había escuchado atentamente a la

viuda--. Es más favorable para nosotros que en tales relaciones sólo

haya amor sin sombra de mezquino interés. Así romperemos más fácilmente

los vínculos que los unen: basta con que introduzcamos entre ellos la

desconfianza.

--Lo que yo deseo, reverendo padre, es que terminen estos amoríos antes

que la baronesa pueda apercibirse de ellos.

El jesuíta reflexionaba.

--¡La baronesa!--murmuró--. Esa señora cree conocer muy bien a las

personas y empieza por no formarse concepto exacto de los seres que la

rodean, de los individuos de su propia familia. Quiere hacer monjas a

todas las mujeres de su raza, sin llegar a convencerse nunca de que han

nacido para casarse, como seres vulgares, y que aun ella misma no

serviría para vivir en un convento.

--Tiene un genio en extremo dominante.

--Eso le pierde, amiga mía; y lo peor es que cree que basta que ella

quiera una cosa, para que ésta sea inmediatamente. Se empeñó en que su

hermana fuese monja, y ya sabe usted lo que ocurrió poco después de

haberse suicidado el conde de Baselga; ahora quiere meter en un convento

a su sobrina, y ya acaba usted de decirme el camino que ella sigue, y

que no puede ser más distinto del que le señala su tía.

--Efectivamente; doña Fernanda es tan ciega como tiránica.

Dijo la viuda estas palabras con la expresión de gozo del inferior que

al fin encuentra ocasión para hablar mal del mismo a quien adula y

sirve; pero este tono, que no pasó desapercibido para el padre Tomás, le

volvió a la realidad.

Era imprudente hablar de tal modo, en presencia de mujer tan chismosa e

intrigante como doña Esperanza, de la baronesa de Carrillo, que, al fin,

había sido uno de los principales apoyos de la Compañía en Madrid, y en

quien basaba el jesuíta grandes esperanzas para el porvenir. Por eso se

apresuró a hablar con el propósito de deshacer el efecto de sus

anteriores palabras.

--Hay que reconocer que el deseo de la baronesa no puede ser más santo y

sublime. ¿Qué mejor destino puede ambicionar para su sobrina que hacerla

esposa del Señor? Lo difícil en este asunto es que la niña no se ajusta

a las exigencias de su tía, y por carácter huye de la vida tranquila y

santa del convento.

--Eso es, reverendo padre. María no será monja aunque la martirice su

tía. Hace ya mucho tiempo que estoy convencida de ello.

--Y yo también. Esa joven quiere casarse, siente la necesidad de amar; y

si nosotros logramos que rompa sus relaciones con el doctor Zarzoso, así

que se desvanezca el pesar que esto le cause, no tardará en fijar sus

ojos en otro hombre. ¿No lo cree usted así, amiga mía?

--Así lo creo; hace un instante que pensaba en lo mismo.

--Hay, pues, que ser cautos en este asunto; y ya que la niña va por el

camino del matrimonio, procurar que no se extravíe en él, como su madre.

La baronesa, empeñándose en hacer de María una monja y cerrando los ojos

para todo la que no sea esto, corre el peligro de que su sobrina caiga

en manos de un hombre que en modo alguno convenga a la familia, y que

sea enemigo de esa religiosidad respetable que siempre ha residido en la

casa de Baselga. Ya que ella, en su desmedido amor a la religión, es

ciega en este asunto, nosotros seremos cautos y procuraremos salvar a

María del peligro que la amenaza.

--Según eso, reverendo padre, ¿cree usted que María debe casarse?

--Así lo he creído siempre, amiga mía.

--Haría usted, pues, un gran favor a la pobre niña disuadiendo a su tía

de los planes que abriga acerca de su porvenir y demostrándola que la

felicidad de su sobrina no consiste en que entre en un convento.

--Así pienso hacerlo, y tenga usted la seguridad de que María se casará.

Aquí lo que importa es que no venga a caer en manos de un impío como ese

Zarzoso, que seguramente la apartaría del camino de la religión. Ya nos

encargaremos, cuando sea tiempo oportuno, de buscarle un marido que le

convenga.

--Y mientras llega esa oportunidad, ¿qué hago yo, reverendo padre?

--Procurar que se desunan los dos amantes, valiéndose de la revelación

que antes hemos acordado.

--¿Y si este recurso no produjera efecto?

--¡Oh! Seguramente lo producirá. No conozco a ese muchacho; pero por la

descripción que usted me ha hecho de su carácter, adivino que

forzosamente ha de producir en él un efecto terrible el saber esa

aventura de María.

--¿Y si tanto le cegase el amor que, sobreponiéndose a los celos y al

despecho, siguiese adorándola?

--Entonces todavía nos quedaría un medio seguro.

--¿Cuál, reverendo padre?

--¿No dice usted que el doctor Zarzoso muestra empeño en enviar a su

sobrino a París? ¿Tardará mucho en verificarse este viaje?

--Antes de tres meses. Juanito terminará su carrera dentro de pocos

días, y el doctor no tardará en enviarlo a París.

--Pues bien; la ausencia es el medio más favorable para combatir el

amor. Ensaye usted el efecto de esa revelación que hemos acordado, y si

el novio resiste, ya aprovecharemos su ausencia para convencer a María

de que debe olvidar tales amores. La joven es altiva y tiene un amor

propio excesivo e irritable; como logremos herirla en este punto

vulnerable, seguramente que hará cuanto la digamos.

--Perfectamente. Sé ya cuál es mi obligación. Primero, abrir los ojos a

este joven con la aventurilla de Valencia, y si esto no resulta, esperar

a que se vaya a París, dejando entonces a vuestra paternidad que obre

como lo crea más conveniente.

--Otra cosa ha de hacer usted. Yo creo que no me costará mucho convencer

a la baronesa de que debe resignarse al casamiento de su sobrina. En tal

caso buscaré entre los jóvenes que conozco y que aman a la Compañía como

una santa institución, uno que, por su nacimiento, su educación y su

religiosidad, sea digno de alcanzar la mano de María.

--Eso es lo que yo había pensado muchas veces, reverendo padre. A María

le conviene un esposo así, y nadie como usted puede proporcionárselo.

--Lo introduciré en casa de la baronesa sin darle otro carácter que el

de amigo. Conviene que así que le vea usted en aquel salón trabaje en su

favor; es decir, que le apoye en todos sus avances, haciendo de él

grandes elogios y procurando inclinar del lado suyo el ánimo de María.

La viuda de López así lo prometió; y segura ya, en vista del giro que

tomaba el asunto, comenzó a charlar alegremente de todos los negocios

devotos por ella emprendidos con la cooperación más o menos directa de

la Orden.

Acababa de librarse de aquel gran peso que gravitaba sobre su ánimo. Ya

no temía a aquella baronesa, en el caso de que se descubriera la

participación que ella había tomado en los amoríos de la sobrina. El

padre Tomás era ahora su consejero, obraría por su mandato y podía

escudarse bajo su inmenso poder, si se desataba contra ella la furia de

doña Fernanda.

Cansóse pronto el jesuíta de la charla de doña Esperanza, que ya no le

interesaba, y con muestras de marcada impaciencia, la dió a entender que

era llegado el momento de retirarse.

Cuando la viuda salió del despacho, el padre Tomás frotóse alegremente

las manos. Estaba solo, pues el padre Antonio, su antiguo secretario y

cómplice, había muerto en Francia durante el período de emigración, y el

astuto y desconfiado italiano comprendía las desventajas de tener

siempre presente un compañero que, aunque adicto, podía llegar algún día

a la infidelidad. Recordaba mucho la caída espantosa que él hizo sufrir

al padre Claudio para que pudiese llegar a fiarse de autómatas que, al

fin y al cabo, eran hombres.

Como estaba solo, no creyó ya preciso el disimulo, y sonriendo

picarescamente, murmuró:

--Ya es hora de que volvamos a ocuparnos de la familia Baselga. Los

millones esperan que vayamos a por ellos. Lo que el padre Claudio

comenzó, yo lo acabaré más hábilmente. Nada de violencias... ¿Quiere

casarse la niña? Pues bien, la casaremos; y por este medio, lo mismo que

si entrase en un convento, su fortuna vendrá a nuestras manos.

Púsose grave el rostro del jesuíta, y tras una profunda meditación,

murmuró:

--Somos invencibles; cada vez me convenzo más de ello. Donde uno de

nosotros cae, se levanta al punto un nuevo hermano con mayores fuerzas,

y siempre avanzamos impertérritos, sin vacilar un instante, hasta que

conseguimos lo que nos proponemos.

La araña negra, t. 7/9 · 第 22 / 26 题