I
La viuda de López.
A las ocho de la mañana estaba ya vestida, encorsetada y tomando su
chocolate, junto al velo y los negros guantes colocados sobre la mesa
del comedor, indicando una próxima partida, la señora doña Esperanza
Mora, "viuda de López, ministro del Tribunal de Cuentas", según rezaban
sus tarjetas de visita, de las cuales raro era no encontrar un ejemplar
en todas las antesalas de la aristocracia rancia y linajuda, aferrada al
pasado y refractaria a todas las locuras de la elegancia moderna.
Era doña Esperanza una buena moza, a pesar de hallarse próxima a los
cincuenta, y aunque, según confesión propia, se había dejado caer y no
observaba con su persona otro cuidado que el de apretarse el talle, sin
duda para que resaltase más la curva de su prominente seno, todavía sus
hermosos cabellos rubios, en los que las canas se disimulaban, sus ojos
lánguidos que la edad no empañaba, y su perfil arrogante, le daban
cierto aire bizarro de diosa destronada que en sus ratos de melancolía
aún podía paladear muy dulces recuerdos.
Mientras tomaba el chocolate, ajustaba cuentas con la criada, que
acababa de llegar del mercado, y daba sus disposiciones como dueña de
casa hacendosa y económica. Vendría a comer a las seis; ya sabía, pues,
a qué hora debía poner el puchero al fuego. ¡Ah! Se le olvidaba
advertirla que tuviese más cuidado al limpiar el salón. Acababa de notar
que la urna de San Ignacio estaba muy sucia de moscas y esto era una
vergüenza en casa de una señora como ella, que en la época en que vivía
su marido gozaba justa fama por su curiosidad.
¡La curiosidad! Esta era la eterna manía de doña Esperanza, la palabra
que pendía eternamente de sus labios, y a pesar de esto, su casa era la
imagen del desorden a causa de que era para ella como un mesón, como un
punto de parada, en el que sólo se la podía encontrar a las horas de
dormir, pues aun en las de comer muchas veces estaba ausente, ya que
nunca rehusaba las invitaciones de sus amigas y protectoras, en cuyas
mesas aparecía algo mejor que el clásico y empalagoso puchero.
La vida que llevaba desde que enviudó, sus aficiones predilectas, su
afán de servir a todas sus numerosas amigas, y su prestigio como hábil
agente en todas cuantas obras de carácter religioso emprendía la
aristocracia de Madrid, le absorbían todo su tiempo y convertían su
existencia en un perpetuo movimiento, del que ella jamás se fatigaba;
antes bien, mostrábase muy gustosa y satisfecha de ser como la
indispensable para todas aquellas encopetadas señoras.
Desde la mañana hasta la noche estaba agobiada por ocupaciones tan
insignificantes como precisas, y resultaba en Madrid un tipo muy
conocido, pues se la veía en las calles a todas horas, con su velo de
viuda y sus andares de buena moza; tan pronto en un coche de punto
atestado de compras que le encargaban sus amigas, como en las
sacristías, hablando confidencialmente con los sacerdotes más conocidos,
y con la misma familiaridad entraba en un establecimiento de ropas a
hacer compras de lienzo barato en representación de cualquiera de las
Sociedades benéficas de que era secretaria, como en una agencia de
domésticas para encargar una doncella de confianza con destino a alguna
de sus aristocráticas amigas.
Ninguna de éstas había oído jamás a la viuda de López la palabra "no", y
la elogiaban y querían por lo mismo que las resultaba como una
sirvienta, bien educada, inteligente y cariñosa, que estaba por completo
a sus órdenes. No había comisión, por molesta que fuese, que no
aceptase ni gestión humillante que se negara a desempeñar, con tal que
se le pidiera sonriendo y como haciendo justicia a sus merecimientos.
De este modo la viuda, que de ser hombre hubiese resultado un "réporter"
inimitable, pues tenía el afán de la noticia y del chisme para
divulgarlos inmediatamente esparciéndolos a todos los vientos, iba
adquiriendo gran importancia en la alta sociedad devota, y no perdía con
esto nada; pues a lo que le daba el Estado en concepto de viudedad,
podía añadir las migajas que le arrojaba la amistad benévola protectora,
que no eran pocas.
Nadie recordaba cómo aquella mujer de la clase media, casada con un
político de última fila, que a fuerza de humillaciones en los despachos
ministeriales alcanzó la entrada en el Tribunal de Cuentas, había
logrado introducirse en el alto y privilegiado círculo de una
aristocracia meticulosa que no admitía a otros plebeyos que los que
vestían sotana.
Tal vez fué la protección oculta de algún sacerdote poderoso, o el
afecto que supo captarse de los padres jesuítas, lo que le abrió el
camino; o también pudieron ser sus propios méritos, reconocidos por
alguna persona inteligente; pero lo cierto era que se encontraba entre
la clase encopetada como en su elemento natural y que por momentos iba
aumentando en prestigio y utilidades.
Aquella mañana tenía doña Esperanza muchas ocupaciones, según costumbre.
Acabó de tomarse el chocolate, su criadita le ayudó a ponerse el velo,
calzóse los guantes y fuése a la calle, pensando en escalonar sabiamente
los diversos quehaceres que tenía y cuidando de no olvidar ninguno.
Ante todo debía ir a San José a oír la misa de nueve, que decía
invariablemente el padre Bernardo, un sacerdote íntimo amigo suyo, que
por su pobreza y humildad le era muy simpático y al que ella protegía
dándole todas las misas en sufragio de almas que la encargaban sus
amigas.
Después de santificar de este modo su día y rogar a Dios que le saliera
todo bien, iría desempeñando todas sus comisiones. Lo primero que había
de hacer era pasarse por la Librería Católica a ajustar cuentas.
Doña Esperanza era publicista, aunque publicista en pequeño, como ella
decía modestamente y procurando ruborizarse; lo que no impedía que
cuando alguna revistilla devota la dedicaba "un bombo", preguntase a sus
amigas, con aire escandalizado, qué les parecía "aquello" y que por la
noche leyese el laudatorio suelto a su criadita para que así la
respetase más y se convenciera de que tenía el honor de servir a una
persona notable.
La viuda de López tenía una gran facilidad de asimilación. Sin darse
cuenta de ello, imitaba perfectamente todas las exterioridades de estilo
de lo último que acababa de leer, y además era notable por su facilidad
de palabra y su desparpajo, lo que la hacía pasar por indiscutible
oradora en las Juntas Benéficas de señoras, donde con ademán olímpico
dejaba caer su voz sobre unas cuantas docenas de cabezas rellenas de
"crepé" por fuera y tal vez por dentro.
Doña Esperanza tenía su ambición, que consistía en brillar como una
eminencia sin rival en un género de literatura extravagante, fundado en
un simbolismo tan loco como ridículo, y que tenía por objeto la
salvación de las almas por medio de una predicación estrambótica.
Ella era la autora de unas hojitas tamañas como la mano, que se vendían
a gruesas en las librerías religiosas a las personas que deseaban
propagar la santa verdad, repartiendo tales esperpentos literarios.
Algunas de aquellas diminutas obras habían alcanzado gran fama en los
conventos y asilos y se la llamaba ya por antonomasia en los periódicos
del gremio "la ilustre autora de la 'Receta para confitar almas'",
hojita notabilísima en la cual se marcaba el medio de llegar al cielo
con procedimientos de confitería.
Aquello de decir que se cogiera una calderita de "purísima conciencia",
y si estaba empañada se le echase un poco de vinagre y sal de "propio
conocimiento", y con un estropajito de "diligente examen" se limpiase
con la "gracia sacramental", resultaba para las monjas y beatas que
leían la colección de "Hojas Místicas", publicadas por doña Esperanza,
sublimes rasgos de ingenio, inspiraciones casi divinas para la salvación
de los humanos; y la admiración del crédulo público aún iba en aumento
cuando leía el resto de la obra, o sea todos los elementos que entraban
en la célebre receta para confitar almas. En ella figuraban,
artísticamente combinados, el azúcar de la "confianza en la bondad de
Dios"; la "mansedumbre" que podía ser comprada en abundancia en la
droguería de "Vita Christi"; el agua de "doloroso llanto", las parrillas
de "prudente disimulo", el fuego del "amor de Dios", la ceniza de
"verdadera humildad" para envolver las brasas, la cucharadita de
"virtuosos afectos", la espumilla moteada de la "presunción", el lienzo
de "rectísima intención"; las cuñitas de madera de "negación del propio
juicio" y de "negación de la propia voluntad"; y así, en espantoso
galimatías, la autora de la "Receta" iba amontonando imbecilidades,
hasta que, al final, decía textualmente, hablando del alma que quería
someterse a las prescripciones de tal confitado:
"Todo esto hecho, póngase sobre la calderita una cobertera de oportuno
"silencio", y déjese que vaya hirviendo al fuego de las "tribulaciones"
de esta presente vida, y que poco a poco se vaya apaciguando,
dulcificando y confitando, hasta que tenga un punto de perfección tal
que agrade al Dueño que la ha de comer."
Y esta obra maestra de la inteligente viuda de López, habíale valido a
su autora, que modestamente se ocultaba tras el incógnito, los más
apasionados elogios de parte de la Prensa católica y de los padres
jesuítas, y sus ejemplares, comprados a miles por las damas benéficas,
eran repartidos como cédulas de salvación en las escuelas y colegios, y
en las viviendas de los pobres, a quienes se daban bonos de pan a cambio
de cumplir escrupulosamente las exterioridades del catolicismo.
Pero doña Esperanza no era un talento de esos que sólo por una vez
inflama la inspiración. La "Receta" no era su única obra maestra.
Habíanle rogado encarecidamente sus encopetadas amigas y los sabios
padres jesuítas que no dejase dormir la brillante pluma, destinada a
hacer en las clases ignorantes una propaganda salvadora, y ella había
vuelto inmediatamente a la tarea, animada por la sobrehumana fe de
aquellos santos padres, a quienes el mismo Espíritu Santo en persona les
ordenaba que escribiesen.
Su segunda obra maestra fué, ¡quién lo pensara!, una tarifa de
ferrocarriles; sólo que esta tarifa no era de aplicación a ninguna de
las vías férreas de España. Su título era: "Ferrocarriles de
Ultra-Tumba. Líneas del Paraíso y del Infierno en combinación con las de
la Muerte y del Juicio. Indicaciones para los viajeros de ambas líneas".
Y a continuación, con una seriedad sublime iba marcando los precios del
pasaje en las líneas del Paraíso y del Infierno, haciendo distinción
entre primera, segunda y tercera clase.
¡Oh! ¡Sublime! ¡Hermosísimo! Toda aquella tarifa, con sus numerosas
advertencias, tanto en una línea como en otra, resultaba muy ingeniosa y
hacía sonreír de gusto lo mismo a las monjas, que la leían en el fondo
de sus celdas, que a los sacristanes, que la comentaban, encontrándola
muy chusca. Sólo un ligero defecto tenía la obra: un pequeño descuido,
que pasó inadvertido para la inspirada autora, y que le hizo notar la
inocente malicia de un acólito. El precio del ferrocarril del Infierno,
en primera clase, era la "impiedad", y en tercera, el "indiferentismo";
y, según afirmaba el inocente comentador, convenía más ser impío que
indiferente, pues de este modo, en el viaje al lugar del eterno
tormento, se iba en clase más distinguida y se gozaban mayores
comodidades.
Pero las tales "Hojas Místicas", a pesar de las sangrientas burlas con
que las acogían los periódicos avanzados, propagandistas de doctrinas
infernales, proporcionaron a su autora, si no grandes ganancias, a causa
de lo insignificante de su precio, inmensa consideración entre aquella
gente ilustre que la protegía, y el desempeño de ciertos cargos, en los
cuales, según ella decía, a la par que iba poniendo piedrecitas al
camino que la conducía al cielo, sacaba también para los garbanzos.
Únicamente por el prestigio que la daban sus obras, había conseguido ser
secretaria de casi todas aquellas Sociedades piadosas y benéficas, de
las cuales era presidenta perpetua la baronesa de Carrillo, y figurar
como elemento indispensable en las colectas y fiestas de beneficencia,
cuyos productos, al pasar por sus manos, siempre dejaban escurrir algún
ochavo es su bolsillo.
¡Ay, si su pobre marido, aquel señor enfatuado y pedante que la miraba a
ella como un ser inferior, incapaz de comprenderle, levantase ahora la
cabeza! De seguro que quedaría asombrado al ver que su Esperanza servía
para algo más que para ir a los ministerios, como en su juventud, a
alcanzar los ascensos del marido con graciosas sonrisas y lánguidas
miradas de promesa. Desde que era viuda y podía agitarse libremente y
por su cuenta, se sentía grande, ilustre y en camino de llegar a inmensa
altura. Bien era verdad que las amigas aristocráticas la hacían pagar su
protección con humillantes servicios y la mandaban como a una criada
bien vestida, sin consideración a sus glorias de publicista; pero estaba
en su carácter entrometido y servicial aquello de hacer servicios
siempre que se le pedían como favores, y además le consolaba en esta
degradación el pensar que los más eminentes escritores del siglo de oro
habían tenido a mucha honra el llamarse en las dedicatorias de sus
libros criados de tal o cual grande, que eran sus Mecenas.
Además, su instinto servicial y su facilidad para adaptarse a todo, le
valía el agradecimiento pródigo de aquellas ilustres gentes criadas en
la abundancia; y ella, que, a pesar de su visible carácter generoso e
ideal, era en el fondo terriblemente avara, sabía explotar a sus amigas,
y en su afán de pedigüeña, cuando no sacaba dinero, les arrancaba con
graciosas sonrisas los vestidos pasados de moda, los abanicos
ligeramente ajados y otras prendas de más valor, que, después, como
conocedora de esas industrias ocultas que, alimentadas por el espíritu
de imitación y de falsa opulencia, existen en el seno de la sociedad,
lograba revender hábilmente.
De este modo, según ella murmuraba, iba preparándose una vejez digna y
tranquila.
Todavía encontraban sus cabellos rubicanos y su perfil de diosa, ojos
que la mirasen con marcada codicia; aún la seguía alguno por las calles,
como en sus buenos tiempos, admirando aquel talle sólido y airoso, y
aquellas caderas movidas por antigua costumbre con airoso contoneo; era
"una jamona que estaba muy fresca", según decían sus propias amigas;
pero a pesar de estos homenajes tributados a su belleza en decadencia,
fuertemente excitante, y con un esplendor sobradamente vivo, como los
últimos rayos del sol que muere, doña Esperanza se mostraba sorda a
todos los requiebros y las proposiciones que al paso le salían.
Su corazón era cruel para cuantos pantalones intentaban cerrarla la
marcha en los salones y en las calles. Sabía ella demasiado para
comprometer su porvenir y su prestigio con una tontería, como la más
inexperta de las pollas.
Aborrecía los pantalones, y sin duda por esto sólo se mostraba alegre y
comunicativa con los amigos que tenía en el clero, y que eran casi todos
los sacerdotes de Madrid.
De ella eran estas palabras:
--¡Oh! ¡Los hombres! Hay que temer su lengua más que la de las mujeres.
Los triunfos de amor les amargan si no pueden publicarlos, y una mujer
que se estime, no puede ser amable sin temor a comprometerse. Si
tomaran ejemplo de los curas, que callan por propia conveniencia,
entonces yo sería más generosa.
Su esquivez inquebrantable con los pantalones, y de la cual no sabemos
si se libraban las sotanas, valíale el aprecio de todas sus protectoras,
que la tenían en elevado concepto de virtud. Esto hacía que la viuda, a
pesar de sus genialidades de publicista y de su carácter risueño y
decidor, fuese recibida con entera confianza aun en el seno de aquellas
familias rancias y vetustas como sus pergaminos, y que en su horror al
siglo sólo abrían las puertas de sus casas a contadísimas personas.
Doña Esperanza, al par que la agente de todos los negocios de dichas
familias, era la depositaria de todos sus secretos, la que daba el
consejo decisivo en las situaciones apuradas, y la que mejor se captaba
el afecto de las hijas de la casa (si es que las había), seduciéndolas
con su graciosa charla y halagando sus pasioncillas.
De aquí que tanta atención, tanto encargo, tan abrumadoras y continuas
muestras de confianza, la trajesen muy atareada, absorbiéndola todas las
horas del día sin dejarla un momento de descanso.
Aquella mañana no era su tarea más sencilla que en los otros días.
Después de oír misa en San José y de arreglarle las cuentas al librero
católico, se hundió de lleno en la confusa red de una interminable serie
de visitas y de correteos por las calles de Madrid, yendo muchas veces
de un extremo a otro de la capital para cumplir un pequeño encargo.
Subía en los tranvías con una ligereza extraña en sus años y en sus
carnes; tomaba un coche de punto cuando la carrera por lo larga bien
merecía el gasto de una peseta, y en cuantos vehículos ocupaba hacía
siempre la misma operación. Del gran limosnero de cuero negro que
llevaba pendiente del puño, sacaba disimuladamente algunas hojitas de
papel impreso y las dejaba sobre los bancos del tranvía o los raídos
almohadones del "simón". Eran ejemplares de "Ferrocarriles de
Ultra-Tumba". Ella aprovechaba todas las ocasiones favorables para
repartir su obra, tanto por el afán de hacerla popular, como para lograr
por tales medios la salvación de las almas y el arrepentimiento de los
pecadores.
Tenía ya completado su plan para aquella mañana. Cuando terminase sus
encargos, o sea allá a la una, iría a visitar a su gran protectora la
baronesa de Carrillo, en cuya casa entraba casi con tanta franqueza como
en la suya propia.
La eterna presidenta apreciaba mucho a la perpetua secretaria, que no
perdía ocasión de adularla del modo más rastrero. Doña Esperanza, a
cambio de esta humildad, tenía al palacio de la calle de Atocha como su
casa propia, y comía allí cuando le parecía, encontrando siempre abierta
la bolsa de doña Fernanda.
Junto a esta diosa de la beatería, que daba el tono a toda la
aristocracia piadosa, la viuda de López desempeñaba el papel de
favorita, y no acudía la baronesa a fiesta o reunión de cofradía sin que
llevase al lado a su inseparable doña Esperanza.
Ahora era más necesaria que nunca la presencia de la secretaria al lado
de la presidenta, que estaba desconsoladísima.
Dos días antes había recibido la baronesa la noticia de que su hermano,
el padre Ricardo, de la Compañía de Jesús, joven sacerdote que prometía
ser la honra de la familia, había muerto de un modo tan horrible como
sublime.
¡Pobre padre Ricardo! El tierno corazón de doña Esperanza quedaba
oprimido, y las lágrimas asomaban a sus ojos, cuando recordaba lo mucho
que en aquellos días hablaban los periódicos sobre el triste fin del
joven sacerdote, víctima de sus santos deberes.
Desde que se había ordenado, sus superiores esforzáronse en reprimir y
contener aquella santa vocación que le impulsaba al martirio.
Pero no había para esto medios humanos. Dios le llamaba, sentíase con
vocación de santo y su afán era corresponder a la predilección del
Altísimo, haciendo en su honor el sacrificio de la vida.
¡Con qué entusiasmo relataban los periodistas católicos la vida de aquel
santo joven, que reproducía en pleno siglo XIX, siglo de descreimiento e
impiedad, la firmeza heroica de los primeros cristianos! ¿Y aún decían
los impíos que la Compañía de Jesús no servía para nada? ¿Aún negaban
que de ella podían salir héroes sublimes, los cuales, yendo a difundir
la verdad y la civilización por países apartados, alcanzasen la palma
del martirio?
Todos los hechos del padre Ricardo Baselga eran repetidos por cuantos
periódicos católicos existían en la tierra, y los creyentes de todos los
países estaban ya tan enterados de su vida como la misma baronesa.
Triste era su muerte, pero ¡oh, qué honor para la familia! De aquella
fama, a figurar en los altares, sólo había un paso que la Compañía ya se
encargaría de salvar, por el egoísmo de añadir un nombre más a la lista
de sus santos.
De niño, en el colegio del Noviciado, había hecho milagros; después, en
un rasgo de sublime humildad, regaló su enorme fortuna a los pobres
(aquí los periódicos callaban que el único pobre que participó de tal
largueza había sido la Compañía), y, por fin, al ordenarse de sacerdote
y faltando muchas veces por su exagerado celo religioso a la obediencia
prescrita en la Orden, pedía a sus superiores, con lágrimas en los ojos,
que lo enviasen, como al heroico Javier, a los países infieles, a
predicar la verdad evangélica entre los indígenas y a ofrecer su sangre
en prueba de la verdad de la doctrina. Por fin, los superiores cedieron,
y el padre Ricardo Baselga fué al Japón, a aquel país terrible, donde
otros misioneros, tan entusiastas como él, habían encontrado la muerte.
Los apologistas del reciente mártir no decían que aquellos superiores,
al dar su bendición al joven catequista, sabían perfectamente que iba
como una res al degolladero; e igualmente callaban, tal vez por no
saberlo, que esos mismos superiores eran los que por medios torcidos e
indirectos habían hecho germinar en su inteligencia la idea de ser
misionero, deseando convertir en un mártir sublime a un fanático que
para nada les servía y proponiéndose por este medio aumentar el
prestigio de la Sociedad de Jesús.
Desembarcó el joven padre en el Japón y a los dos meses escasos los
fanáticos del país lo hacían trizas con sus sables a las puertas del
templo de uno de sus más queridos ídolos. La santa audacia de aquel
iluminado era la principal causa de su muerte.
Los que cantaban las glorias del joven mártir, indignábanse y arrojaban
las más terribles maldiciones sobre aquellos diabólicos japoneses que
tan bárbaramente trataban a los enviados de Dios; pero al hablar así no
pensaban que no lo pasaría muy bien un brahaman indio que entrando en
una aldeílla vascongada derribase al suelo y patease el santo patrono
del lugar. El fanatismo es lógico en todas partes; y lo que harían los
fanáticos españoles con cualquier sacerdote de una religión extraña, que
viniera a turbar su culto, lo hicieron los fanáticos japoneses con el
joven jesuíta que entró en un santuario a insultar y golpear su ídolo,
para demostrarles con el ejemplo que aquel monigote carecía de todo
poder sobrenatural.
Doña Fernanda estaba, inconsolable por la pérdida trágica del hermano,
que era el único ser de su familia al que había profesado verdadero
cariño.
Sentía un vehemente y franco dolor; pero al mismo tiempo, por un extraño
fenómeno propio del humano carácter, a su pesar se asociaba, cierta
satisfacción íntima y profunda, por el prestigio que daba a la familia
el haber producido un mártir y futuro santo.
Pero a los ojos de la sociedad, doña Fernanda estaba inconsolable, y por
esto la viuda de López tenía verdadera prisa de llegar a casa de su
presidenta, para animarla un poco con aquella elocuencia sentimental que
todos le reconocían.
Además no tenía en el estómago otra cosa que el chocolate de la mañana e
iba pensando en que, llegando a la hora del almuerzo, no le faltaría un
asiento en aquella mesa bien servida, propia de una solterona vieja, a
la que no le era lícito entro placer que el de la gula.