XII

Mecidos por la brisa.

La grave campana de la Catedral dió las once de la noche con tan calmosa

prosopopeya que parecía que allá, en lo alto, sobre un púlpito de piedra

de cincuenta metros, un panzudo canónigo de bronca voz comenzaba a

predicar su sermón.

María se incorporó cuidadosamente en su lecho; oyó cómo por espacio de

algunos minutos se iban pasando la hora todos los grandes relojes de la

ciudad, poblando con fuertes campanadas el desierto y obscuro espacio, y

cuando se restableció en el dormitorio aquel silencio, únicamente

turbado por las tranquilas y acompasadas respiraciones de las compañeras

que dormían, la colegiala entreabrió las cortinas de su cama y se

deslizó sin hacer ruido.

Habíase metido su falda antes de bajar del lecho y el cuerpo lo llevaba

encerrado en una chambra que dejaba al descubierto el nacimiento de su

cuello virginal, que comenzaba a dibujarse con la seductora y voluptuosa

curva de la mujer hermosa.

Cogió sus botas, que estaban al pie de la cama, y agachada en actitud

expectante permaneció algunos minutos para convencerse de que nadie iba

a apercibirse de su salida.

Nada; la calma más absoluta reinaba en toda la pieza. La velada luz que

la alumbraba en sus continuas palpitaciones hacía bailotear un sin fin

de sombras sobre las colgaduras de los alineados lechos y en aquella

pared de enfrente, desnuda y blanqueada, rota a trechos por la línea de

cerradas ventanas, entre las cuales estaban los lavabos de las

colegialas con sus toallas, limpias y rígidas por el planchado, que

vistas en la movediza penumbra parecían mortajas de virgen, colgadas

como ex votos.

Del interior de aquellos lechos, circuídos de blancas cortinas rosadas

por la luz, salían las acompasadas respiraciones del sueño. Nadie la

vería marchar. Sólo tres camas la separaban de la puerta de salida, y en

la última dormía la hermana inspectora, encargada de la vigilancia de la

pieza.

Lo más importante era pasar ante su lecho sin que se apercibiera la

vieja religiosa, que por cierto era enemiga feroz de María, por lo mucho

que ésta la había molestado en otro tiempo con sus travesuras.

Apenas avanzó algunos pasos con la silenciosa cautela de un gato en

acecho, la joven se tranquilizó oyendo un sordo y estridente ronquido

que recorría toda la escala del fagot. En aquel dormitorio de lindas y

espirituales señoritas sólo la hermana Circuncisión podía roncar así.

Dormía...; pues ¡adelante! Y María, con los pies descalzos y las botas

en la mano, salió ligeramente de la habitación, hundiéndose en la densa

sombra del vecino corredor.

Conocía palmo a palmo todas las revueltas del edificio, así es que,

aunque cautelosamente y evitando hacer ruido, avanzaba con gran

seguridad.

Varias veces se detuvo asustada al escuchar esos pequeños ruidos propios

de la noche y que el silencio agranda considerablemente. El débil

crujido de una madera, el chasquido de un granito de polvo bajo el peso

de sus pies desnudos y el lejano rumor que producía la respiración de

tantos seres encerrados en aquel edificio y entregados al sueño,

asustábanla, hacían afluir apresuradamente toda su sangre al corazón y

la obligaban a permanecer inmóvil, alarmada y temblorosa durante mucho

tiempo.

Nunca había recorrido ella de noche aquel edificio, teatro de sus

diabluras, y la novedad de la correría, la obscuridad absoluta y el

misterioso silencio, la impresionaban hasta el punto de mostrarse algo

arrepentida de su temeridad al arreglar la cita.

Avanzaba lentamente, a tientas, extendiendo sus manos para no tropezar,

y la pícara imaginación se divertía con ella, agrandando las más

horribles visiones, conforme María sentía decaer su valor.

La memoria le jugó una mala partida, recordando la horrible calavera

que Juanito tenía sobre sus libros y que a ella tanto horror le había

causado.

Parecíale que en el denso velo que ante sus ojos se extendía iba

marcándose como una mancha blancuzca que al momento tomaba el contorno

del cráneo horrible, y hasta creía distinguir la mirada indefinible de

sus vacías cuencas y la sonrisa espeluznante de las desdentadas

mandíbulas.

Toda la virilidad de carácter que demostraba en pleno día cuando se

hallaba rodeada por sus compañeras, aquel arrojo que la hacía ir a

trompis con todas como si fuese un muchacho, había desaparecido en tal

situación y su imaginación, excitada por la sombra y el misterio,

apoderábase cada vez más de ella y la arrastraba por donde quería, como

un caballo desbocado que no siente ya el freno y desprecia al jinete.

Ahora avanzaba las manos con temor, pues le parecía que de un momento a

otro sus dedos iban a tropezar con la superficie pelada y brillante del

horroroso cráneo.

El miedo la hacía temblar; teniendo sus desnudos pies sobre el frío

suelo, su frente era surcada por gotas de sudor, y al tropezar con una

escoba que había dejado olvidada en la escalera de la azotea, le faltó

muy poco para huir despavorida con dirección a su dormitorio pidiendo

socorro; pero, por fortuna para ella, pudo dominarse y llegó a la puerta

del tejado, poniendo sus manos en el gran cerrojo.

Aquella tarde había tomado ella sus precauciones para que el cerrojo

corriese sin ninguna dificultad ni delatores chirridos, y así ocurrió,

felizmente.

Al encontrarse María en el centro de la azotea, aquel lugar que tan

familiar y querido le era, un suspiro de satisfacción ensanchó su

oprimido pecho.

Por fin ya estaba a gusto, como en su propia casa; ya no sólo

experimentaba esta tranquilidad, sino que había recobrado su valor, y

ahora le parecía una soberana ridiculez el miedo experimentado momentos

antes.

La noche era obscura; el cielo, aunque despejado, tenía un triste azul

negruzco que no lograban aclarar los luminosos parpadeos de las

vigilantes estrellas; pero María, habituada a la densa sombra de abajo,

encontraba excesiva luz y veía claramente cuanto la rodeaba.

Allí estaban sus queridas plantas; aquel tupido follaje que le servía de

dosel en las horas de sol, y hasta distinguía las blancas y gentiles

campanillas que se desperezaban entre las hojas y reanimadas por el

fresco de la noche abrían sus boquitas de fino raso enviándola su

aliento de perfumes.

La luz de las estrellas sólo sacaba muy débilmente de la obscuridad los

contornos de aquel paisaje conocido, y María, por la fuerza de la

costumbre, lanzó una hojeada al horizonte en el que apenas si se marcaba

el perfil de los edificios y las arboledas.

Buscó tras los tiestos de flores el bramante y la pequeña cesta que le

servía para subir los regalos de Juanito, y una vez que los encontró,

con el corazón palpitante de emoción, subióse a su observatorio.

Por fin iba a saber lo que era el amor de cerca; iba a ser igual a una

de aquellas señoritas pintadas en los abanicos que, apoyadas en una

almena, reciben con los brazos abiertos al mancebo que sube por la

consabida escala de seda.

Apenas se asomó al borde del muro vió rebullirse a una sombra en la

obscuridad de abajo.

--¿Estás ahí, Juanito?

--Sí, vida mía. Echame el cestillo y subirás la cuerda.

María arrojó el bramante y poco después lo recogía, llevando agarrada a

su extremo una cuerda gruesa con un garfio de hierro.

Ya tenía la niña la cuerda en la mano y se disponía a agarrar el garfio

de una columnilla de hierro, cuando se detuvo para hacer otra cosa. Sus

pies descalzos se lastimaban sobre aquellos ásperos tiestos.

Un ligero siseo la hizo asomar de nuevo la cabeza.

--¿Pero qué haces? ¿Es que no encuentras dónde fijar la cuerda?

--Espérate; no seas impaciente, que ahora mismo subirás. Me estoy

poniendo las botinas.

Poco después, el muchacho tiraba del extremo de la cuerda al oír: "Ya

está", y encontrándola firme comenzó a ascender por ella con ágil

rapidez.

Para él resultaba un juego aquella ascensión, y con unas cuantas

contracciones llegó a la azotea, dentro de la cual saltó con sobrada

brusquedad.

--¡Chits!..., ¡demonio! No andes de ese modo, que el dormitorio está

abajo y nos pueden oír.

Juanito quedó inmóvil y como embobado ante esta repulsa de su mujercita.

María experimentaba cierta decepción. Ella esperaba otra cosa como

principio de la entrevista. Los trovadores como aquél, al subir hasta

donde estaba su dama, debían arrodillarse y besarle la mano, o cuando

no, algo parecido que ella no sabía explicarse, y aquel gran pazguato,

en vez de hacer esto entraba en la azotea como un salvaje, moviendo gran

ruido con su pesado salto y exponiéndose a que las monjas se

apercibieran de que alguien andaba pon el tejado.

Era la primera vez que el muchacho entraba en la azotea, de la cual sólo

veía desde abajo el follaje; así es que lanzó una mirada de curiosidad a

su alrededor y cuyo significado comprendió María.

--Eh, ¿qué te parece? Es bonito esto, ¿no es verdad? Mira qué plantas

tan hermosas, que campanillas tan perfumadas.

Y la colegialita, con el aire de una persona mayor que hace los honores

de la casa y llevando agarrado a su novio de un brazo, fué enseñándole

todas las preciosidades de la azotea: las guirnaldas de verduras, que

como serpientes de hojas subían enroscándose a las columnas de hierro, y

los grupos de flores que se erguían sobre las filas de escalonados

tiestos.

Juanito encontraba aquello muy hermoso, pero pronto dejó de mirar las

flores para fijar sus ojos en su novia, de la cual se veía cerca por

primera vez.

Hubiese querido el joven hacer salir el sol en plena noche, un sol que

sólo alumbrase aquel rincón de la azotea, para ver de cerca a María y

contemplar su cabecita vivaracha, que tanto le impresionaba los otros

días asomándose al borde de la tapia. Sus ojos se acercaban a ella

haciendo esfuerzos por atravesar la semiobscuridad que los rodeaba y se

entregaba a un dulce éxtasis, contemplando aquellas facciones que

vagamente marcaban sus hermosos perfiles en la sombra y la mirada

brillante con una luz que a él le parecía superior al latido de las

estrellas que parpadeaban sobre sus cabezas.

No supieron ellos cómo fué aquello, pero de pronto se encontraron

sentados en una fila de tiestos, sin compasión a las flores que

aplastaban, y mirándose fijamente, mientras sus cerebros parecían

sumidos en lánguido sopor.

Un lúgubre campaneo fué lo que les sacó de aquella contemplación tan

estúpida como dulce. Sonaban las doce; ya había transcurrido una hora,

¡Demonio! ¡Y cómo pasaba el tiempo!

Los dos novios permanecían inmóviles, como absorbiéndose el alma con sus

miradas, y sólo de vez en cuando cruzaban algunas palabras vagas,

incoherentes como las frases de un sueño o las exclamaciones de un

ebrio.

En verdad que para aquello no valía la pena de haberse desollado las

manos subiendo por una cuerda y exponiéndose a caer; esto podía pensarlo

un espíritu escéptico, pero aquellas dos almas puras e inocentes de

niños grandes gozaban una felicidad sin límites, dejando transcurrir el

tiempo inmóviles, juntitos, con marcada inconsciencia de sus actos y

embriagándose en ese ambiente seductor y fantástico que siempre nos

parece percibir en torno de la persona amada.

Ni la más leve sombra de impureza venía a turbar el pensamiento de los

dos jóvenes, que se sentían satisfechos, dichosos y como ahitos de

felicidad, con sólo hablarse de cerca, al oído, sintiendo el contacto de

sus ropas y confundiendo sus alientos.

María recordaba, con la vaguedad de un sueño, un atrevimiento único de

su amante. Al sentarse en aquellos tiestos había sentido en sus labios

el contacto de los de Juanito que la daban un beso; pero aquel beso era

de castidad apasionada, beso desmayado de felicidad, sin el chasquido

ruidoso de la caricia voluptuosa ni el fuego de la voracidad apasionada,

y que iba dirigido más al alma que a la carne. Era aquel beso del tímido

muchacho como una toma de posesión de su amada, a la que por primera vez

tenía al alcance de sus labios; pero con él no buscaba apoderarse de la

carne, ciego instrumento de pasión; no pretendía despertar a la

sensualidad dormida, sino que se hacía dueño de la seductora mirada, de

la dulce y graciosa sonrisa, de la boca que le enloquecía con sus

palabras de amor, de todo cuanto tenía María de espiritual y etéreo.

Y no era que en los dos jóvenes no existiesen esas violentas pasiones,

esos irresistibles impulsos que obscurecen el cerebro, anulan toda

percepción y convierten al ser humano en bestia insaciable de los

lúbricos estremecimientos de la carne que hacen vibrar la red nerviosa

como las cuerdas de un arpa eólica.

En ellos el sexo se había revelado hacía poco tiempo, pero se

encontraban como el que despierta atolondrado de un profundo sueño, y

aunque ve perfectamente las cosas que le rodean, no comprende para lo

que sirven ni se da cuenta exacta de su importancia.

Tal vez al repetirse tales entrevistas en la sombra y en aquel ambiente

silencioso y perfumado que excitaba los nervios, el demonio de la

lubricidad, soplando sobre los muchachos su aliento de carnales deseos,

empañara la tranquila inocencia, la dulce castidad de aquella primera

cita; pero en aquella noche, la novedad de verse tan de cerca, la dulce

timidez que aun les embargaba, cierto miedo que les causaba su audacia

de verse allí, impedíales caer en los malos pensamientos.

Eran dos niños que juegan a maridito y mujer; aún no habían llegado a

convertirse en novios apasionados y anhelantes que no sacian nunca su

sed de amor y que de beso en beso van recorriendo toda la escala de

sucesivos atrevimientos e involuntarias concesiones, hasta caer de lleno

en la impureza.

Aun su inocencia estaba incólume; la novedad de la entrevista era en

aquella noche el mejor guardián de su castidad.

El se consideraba ya satisfecho sólo con tenerla cerca, apoyada en un

hombro, aspirando su aliento, sintiendo el roce de un pico de su falda

sobre la rodilla y acariciando su dedo meñique cuando no pasaba su mano

por su ensortijada cabellera. Hubo un momento en el que el muchacho,

oyendo el rumorcillo que producía una flor caída, al ser volteada por la

brisa sobre el suelo, bajó su mano sin darse cuenta de adónde la

dirigía, y tropezó con una cosa satinada, dura como el vigor muscular y

con ligero espeluznamiento producido por el contacto. Era la pantorrilla

de su novia, que la desordenada falda dejaba algo al descubierto; las

medias habían quedado abajo en el dormitorio y sus desnudos pies

hundíanse en las botas, que no había tenido tiempo de abrochar.

Juanito, estremeciéndose como el creyente que contra su voluntad va a

cometer un sacrilegio, retiró en seguida la mano, y por algunos minutos

permaneció avergonzado, pensando con terror en la posibilidad de que

María tuviese aquel acto por intencionado.

En cuanto a ella estaba como anonadada por la vaga felicidad que sentía.

Su carácter malicioso, burlón y algo dominante se había evaporado al

tibio contacto de aquel muchacho que la contemplaba con el mismo aire de

embobada y fanática adoración con que un rústico mira al patrono de su

lugar.

El ambiente masculino del joven la embriagaba, turbando su cerebro y

desvaneciendo su virilidad de carácter. Apoyábase con abandono en el

hombro de Juanito, y en su inmovilidad desmayada, en su rostro animado

por una soñolienta dulzura, leíase la resolución de entregarse sin

resistencia, de dejarse arrastrar por donde ordenase la voluntad del

hombre amado. La embriaguez de amor no había dejado en ella el más leve

resto de firmeza; en manos de otro hombre, aquella noche lo hubiera sido

de deshonor para María.

De vez en cuando estremecíase como si despertase, y lanzaba extrañas

miradas a su novio, tan embriagado como ella por el dulce contacto.

Notábase algo de alarma y de ansiedad que desaparecía ante la actitud

tranquila de Juanito. ¿Adivinaba algo de lo que podía suceder así que se

desvaneciera la novedad de la primera entrevista? ¿Es que, a pesar de

todas las precauciones de las monjas, sabía ella lo que el hombre

significaba y presentía la natural y última tendencia del amor?

Seguramente ella sabía lo que sus compañeras, las colegialas mayores;

algo que se susurra misteriosamente al oído, algo que se colige de

palabras sueltas sorprendidas al vuelo, en las visitas o en la calle;

pero imposible determinar hasta qué punto llegaba su conocimiento del

misterio del amor, pues toda mujer, aun la más desgraciada a quien el

vicio lleva hasta el último límite de la degradación, guarda como un

recuerdo sagrado e inviolable el concepto que en su pubertad tenía del

hombre y cómo se imaginaba la vivificante confusión de los sexos. Tal

vez callan las mujeres y guardan tal fondo, como avergonzadas de que su

imaginación de púber concibiera esas cosas bajo formas ideales y divinas

que después han destruído las sucias brutalidades de la realidad.

Cuando los dos novios salían de su mutua contemplación era para

estrecharse con mayor fuerza y dirigirse una de esas frases vulgares

hasta la imbecilidad, que son de ritual en toda conversación amorosa,

frase que ya los amantes prehistóricos debieron decirlas en las primeras

épocas del mundo, allá en el fondo de horribles cavernas, pero que, sin

embargo, suenan como música original y armoniosa cuando salen de unos

labios que no pueden mirarse sin besarlos.

--¿Me quieres?

--Con toda mi alma.

Y los relojes de la ciudad, como envidiosos de tanta dicha, parecían

acelerar exageradamente el movimiento de sus ruedas para triturar entre

ellas más rápidamente el tiempo.

¡La una!... ¡La una y media!...

Los dos novios, a pesar de su embriaguez de amor, experimentaban gran

extrañeza al oír las campanas de los relojes. ¿Pero es que estaban

locos? ¿O es que la noche, ebria como ellos por los punzantes perfumes

de la primavera, corría desbocada, furiosa, como una bacante en delirio?

Reservábales aquella noche fugitiva un espectáculo sublime, que venía a

ser como una escena de apoteosis para su amor.

--Mira, Marujita mía; mira allá abajo... ¡Qué hermoso!

En el horizonte, sobre el límite del mar, marcábase una nubecilla de luz

tenue, una mancha de color lechoso que iba agrandándose rápidamente,

tomando reflejos rosados hasta convertirse en roja claridad de incendio.

Algo asomaba entre aquellas nubes de fuego que parecían reflejar un

subterráneo incendio.

Primero fué como una cúpula fantástica de hierro candente, como una

media naranja de vivo fuego que parecía flotar sobre el mar, invadiendo

las aguas con fosforescentes resplandores, y poco a poco, como si el

horizonte sufriera un parto laborioso, fué saliendo toda la esfera

deslumbrante de la luna, que comenzó a remontarse lentamente como "la

hostia santa" a que la compara Núñez de Arce.

Como si el azulado éter que surcaba la limpiase de las sangres e

impurezas que habían cubierto al astro al salir del vientre del

infinito, la luna, conforme ascendía, iba perdiendo su rojizo color y

recobraba su poética palidez, esa blancura deslumbrante y luminosa que

acaricia los ojos como una sonrisa de amor.

Todo se conmovía; todo cambió de color y forma con la aparición del

astro, eterna musa de los poetas soñadores. El espacio fué invadido por

un polvillo luminoso, ante el cual parecía palidecer el brillo de las

titilantes estrellas; la silenciosa vega, antes hundida en el misterio

de la obscuridad, cobró nueva vida, surgiendo sus mil contornos de la

sombra y animándose con el fantástico vigor del dormido esqueleto que

resalta de la tumba para dar cabriolas en la danza macabra; brillaron

como hojas de espada perdidas en la hierba las acequias y remansos de

las dilatadas llanuras; las lejanas montañas parecieron sacudir sus

vetustas cabezas y erguirlas en aquel espacio que acababa de alumbrarse,

y el mar reflejó con incesante centelleo la lechosa claridad del

melancólico astro, como un inmenso mostrador de joyería sobre el cual se

hubieran arrojado las joyas a puñados, o como si en sus aguas nadase una

numerosa banda de peces de plata, que, rebullentes e inquietos,

marchaban formando un triángulo, cuyo vértice estaba en el límite del

horizonte y cuya interminable base venía a morir en el límite de la

playa, donde las ligeras ondas se desplomaban desmayadas.

Todo parecía animarse a la tibia mirada de la luna. Las charcas del

vecino río, que por la mañana eran deshonradas con los picantes

espumarajos del jabón de las lavanderas, vestíanse ahora de deslumbrante

plata; brillaban las hojas de los árboles, sacudiendo a impulsos de la

brisa el sucio polvo que obscurecía su fino barniz, y el vientecillo de

la noche parecía hacerse más fresco y susurrador desde que por entre él

flotaba aquella gigantesca vejiga de luz, escoltada por tenues

nubecillas que a su fulgor irisado tomaban todos los resplandores del

nácar.

--¡Qué bonito!... ¡Pero qué bonito es esto!

Y los dos jóvenes, admirando aquella nueva decoración de la vasta escena

de la Naturaleza, se acercaban cada vez más, se oprimían para

comunicarse mutuamente el calor y defenderse de la brisa, que era

agradable pero con cierta picante frialdad.

Ahora sí que se hallaban bien. Gustábales más el espacio alumbrado por

la luna que la misteriosa obscuridad de antes; ya no tenían rubores ni

timideces que ocultar en la sombra, y a aquella luz vaga y misteriosa,

luz fabricada de encargo por la Naturaleza para las inocentes

entrevistas de amor, los dos jóvenes podían contemplarse a su gusto y

mirarse fijamente en los ojos para sentir estremecimientos de pasión

indefinible.

Aquella tibia claridad que bruscamente lo había invadido todo aunque

acrecentaba el encanto de la entrevista, había reanimado sus lánguidos

nervios disipando la absorbente embriaguez.

Ahora hablaban más, aunque sin dejar por esto de mirarse y de permanecer

estrechamente agarrados por la cintura.

Su conversación se basaba sobre ilusiones, resultaba inocente, pueril;

pero sus balbuceantes palabras tenían el poder de abrir nuevos

horizontes a las imaginaciones excitadas por el amor.

Cuando fueran mayores y casaditos de verdad, harían esto y aquello; y

aquí enjaretaban todos sus deseos inocentes, todas sus aspiraciones,

propias de almas puras, que hubiesen hecho lanzar a un escéptico una

carcajada digna de Mefistófeles.

Los dos arreglaban su porvenir de un modo hermoso; y con ese egoísmo

propio de los enamorados, no vacilaban en desearle la muerte a medio

género humano con tal de arreglar su felicidad. Ya vería Juanito cómo

los dos serían muy dichosos. El llegaría dentro de pocos años a ser en

Madrid un médico famoso; moriría su tío, legándole la clientela y la

celebridad, y entonces se casarían y vivirían juntitos con la mamá,

aquella pobre señora ciega a la que amaba la colegiala sin conocerla. En

cuanto a su tía la baronesa, también se moriría, como el doctor Zarzoso,

y de este modo, in mente, los dos muchachos iban matando a todos los

seres importunos que con su presencia podían turbar su dicha.

Y mientras se entregaban a esta destructora tarea, los relojes iban que

volaban, hasta el punto de que a los dos les parecía que entre las horas

y los cuartos sólo mediaba un silencio de algunos segundos. El tiempo es

enemigo del hombre y se goza en contrariar sus deseos; pasa veloz, como

una bocanada de aire, en la primera cita de amor, y transcurre con la

desesperante lentitud de la tortuga, en los momentos de cruel pesar, de

dolorosa incertidumbre.

Los dos jóvenes ya no atendían a los relojes. Se hallaban allí muy bien,

y mientras fuese de noche no tenían prisa. Las otras entrevistas serían

más breves, pero en ésta, en la primera, había que apurar la novedad, el

placer de verse de cerca, de hablarse con las bocas casi pegadas, de

estremecerse con rápidos contactos hasta que el alma, ahita de efluvios

amorosos, gritase: ¡basta!

No sabían ellos que este instante de fastidio nunca llegaría en aquella

noche.

Sus palabras eran cada vez más lentas, más vagorosas; parecían nacidas

de un sonambulismo amoroso, y en su tono débil adivinábase que no

tardarían en extinguirse. Los nervios, puestos en excitante tensión

durante muchas horas, languidecían ahora buscando el descanso.

María, sin notarlo, fué reclinando la cabeza sobre el hombro de su

novio; su voz se fué extinguiendo lentamente y al fin su respiración,

queda y regular, indicó que acababa de dormirse.

Juanito seguía dominado por aquella dulce embriaguez que le producía el

perfume de la joven. Su brazo, arrollado al hermoso busto de María,

percibía la vibración de su pecho al respirar y hasta el débil tictac de

su corazón que se agitaba como un pajarillo en la jaula.

¡Cuán bella la encontraba entregándose confiadamente a él, durmiendo

sobre su hombro con el abandono de un niño en el regazo de su madre!

--¡Oh, Marujita! ¡Vida mía!... Te amo.

Y conmovido por la pasión inclinó su rostro sobre la cabeza de María,

hundiendo su nariz en aquellos ensortijados cabellos que tanto le

gustaba acariciar.

Apretándola cada vez más entre sus brazos, dulcemente acariciado por el

tibio calor de su cuerpo, sintiendo en su nuca el frío beso de la brisa

y mareado por el perfume de aquella cabellera, el muchacho sintió cómo

su cuerpo era invadido por una creciente languidez.

Iba a dormirse y ni por un instante se le ocurrió que era peligroso

permanecer en aquel sitio. El punzante olor de las campanillas que

impregnaba el suave ambiente, parecía anonadarle empujándolo al sueño.

No supo él darse cuenta exacta de si levantó la cabeza; pero así como

en sueños, le pareció ver que la luna palidecía, que allá en el

horizonte se extendía una ancha faja de blanquecina claridad, que el

espacio comenzaba a impregnarse de una luz azulada, y hasta en sus

oídos, como ecos lejanos, sonaron el rumor de los carros al ir al

mercado, las canciones de los huertanos y las sonoras campanadas del

toque del alba.

Era el hermoso momento en que Romeo y Julieta, en el famoso drama,

discuten sobre el canto de la alondra y el ruiseñor.

Era la alondra; era la mañana.

Sintió frío, mucho frío; le pareció que la brisa del amanecer le mordía

con sus helados besos: y como si fuera víctima de imantada atracción,

volvió a pegar su rostro a la cabellera de María y el sueño se apoderó

de él por completo.

La araña negra, t. 7/9 · 第 16 / 26 题