Mecidos por la brisa.
La grave campana de la Catedral dió las once de la noche con tan calmosa
prosopopeya que parecía que allá, en lo alto, sobre un púlpito de piedra
de cincuenta metros, un panzudo canónigo de bronca voz comenzaba a
predicar su sermón.
María se incorporó cuidadosamente en su lecho; oyó cómo por espacio de
algunos minutos se iban pasando la hora todos los grandes relojes de la
ciudad, poblando con fuertes campanadas el desierto y obscuro espacio, y
cuando se restableció en el dormitorio aquel silencio, únicamente
turbado por las tranquilas y acompasadas respiraciones de las compañeras
que dormían, la colegiala entreabrió las cortinas de su cama y se
deslizó sin hacer ruido.
Habíase metido su falda antes de bajar del lecho y el cuerpo lo llevaba
encerrado en una chambra que dejaba al descubierto el nacimiento de su
cuello virginal, que comenzaba a dibujarse con la seductora y voluptuosa
curva de la mujer hermosa.
Cogió sus botas, que estaban al pie de la cama, y agachada en actitud
expectante permaneció algunos minutos para convencerse de que nadie iba
a apercibirse de su salida.
Nada; la calma más absoluta reinaba en toda la pieza. La velada luz que
la alumbraba en sus continuas palpitaciones hacía bailotear un sin fin
de sombras sobre las colgaduras de los alineados lechos y en aquella
pared de enfrente, desnuda y blanqueada, rota a trechos por la línea de
cerradas ventanas, entre las cuales estaban los lavabos de las
colegialas con sus toallas, limpias y rígidas por el planchado, que
vistas en la movediza penumbra parecían mortajas de virgen, colgadas
como ex votos.
Del interior de aquellos lechos, circuídos de blancas cortinas rosadas
por la luz, salían las acompasadas respiraciones del sueño. Nadie la
vería marchar. Sólo tres camas la separaban de la puerta de salida, y en
la última dormía la hermana inspectora, encargada de la vigilancia de la
pieza.
Lo más importante era pasar ante su lecho sin que se apercibiera la
vieja religiosa, que por cierto era enemiga feroz de María, por lo mucho
que ésta la había molestado en otro tiempo con sus travesuras.
Apenas avanzó algunos pasos con la silenciosa cautela de un gato en
acecho, la joven se tranquilizó oyendo un sordo y estridente ronquido
que recorría toda la escala del fagot. En aquel dormitorio de lindas y
espirituales señoritas sólo la hermana Circuncisión podía roncar así.
Dormía...; pues ¡adelante! Y María, con los pies descalzos y las botas
en la mano, salió ligeramente de la habitación, hundiéndose en la densa
sombra del vecino corredor.
Conocía palmo a palmo todas las revueltas del edificio, así es que,
aunque cautelosamente y evitando hacer ruido, avanzaba con gran
seguridad.
Varias veces se detuvo asustada al escuchar esos pequeños ruidos propios
de la noche y que el silencio agranda considerablemente. El débil
crujido de una madera, el chasquido de un granito de polvo bajo el peso
de sus pies desnudos y el lejano rumor que producía la respiración de
tantos seres encerrados en aquel edificio y entregados al sueño,
asustábanla, hacían afluir apresuradamente toda su sangre al corazón y
la obligaban a permanecer inmóvil, alarmada y temblorosa durante mucho
tiempo.
Nunca había recorrido ella de noche aquel edificio, teatro de sus
diabluras, y la novedad de la correría, la obscuridad absoluta y el
misterioso silencio, la impresionaban hasta el punto de mostrarse algo
arrepentida de su temeridad al arreglar la cita.
Avanzaba lentamente, a tientas, extendiendo sus manos para no tropezar,
y la pícara imaginación se divertía con ella, agrandando las más
horribles visiones, conforme María sentía decaer su valor.
La memoria le jugó una mala partida, recordando la horrible calavera
que Juanito tenía sobre sus libros y que a ella tanto horror le había
causado.
Parecíale que en el denso velo que ante sus ojos se extendía iba
marcándose como una mancha blancuzca que al momento tomaba el contorno
del cráneo horrible, y hasta creía distinguir la mirada indefinible de
sus vacías cuencas y la sonrisa espeluznante de las desdentadas
mandíbulas.
Toda la virilidad de carácter que demostraba en pleno día cuando se
hallaba rodeada por sus compañeras, aquel arrojo que la hacía ir a
trompis con todas como si fuese un muchacho, había desaparecido en tal
situación y su imaginación, excitada por la sombra y el misterio,
apoderábase cada vez más de ella y la arrastraba por donde quería, como
un caballo desbocado que no siente ya el freno y desprecia al jinete.
Ahora avanzaba las manos con temor, pues le parecía que de un momento a
otro sus dedos iban a tropezar con la superficie pelada y brillante del
horroroso cráneo.
El miedo la hacía temblar; teniendo sus desnudos pies sobre el frío
suelo, su frente era surcada por gotas de sudor, y al tropezar con una
escoba que había dejado olvidada en la escalera de la azotea, le faltó
muy poco para huir despavorida con dirección a su dormitorio pidiendo
socorro; pero, por fortuna para ella, pudo dominarse y llegó a la puerta
del tejado, poniendo sus manos en el gran cerrojo.
Aquella tarde había tomado ella sus precauciones para que el cerrojo
corriese sin ninguna dificultad ni delatores chirridos, y así ocurrió,
felizmente.
Al encontrarse María en el centro de la azotea, aquel lugar que tan
familiar y querido le era, un suspiro de satisfacción ensanchó su
oprimido pecho.
Por fin ya estaba a gusto, como en su propia casa; ya no sólo
experimentaba esta tranquilidad, sino que había recobrado su valor, y
ahora le parecía una soberana ridiculez el miedo experimentado momentos
antes.
La noche era obscura; el cielo, aunque despejado, tenía un triste azul
negruzco que no lograban aclarar los luminosos parpadeos de las
vigilantes estrellas; pero María, habituada a la densa sombra de abajo,
encontraba excesiva luz y veía claramente cuanto la rodeaba.
Allí estaban sus queridas plantas; aquel tupido follaje que le servía de
dosel en las horas de sol, y hasta distinguía las blancas y gentiles
campanillas que se desperezaban entre las hojas y reanimadas por el
fresco de la noche abrían sus boquitas de fino raso enviándola su
aliento de perfumes.
La luz de las estrellas sólo sacaba muy débilmente de la obscuridad los
contornos de aquel paisaje conocido, y María, por la fuerza de la
costumbre, lanzó una hojeada al horizonte en el que apenas si se marcaba
el perfil de los edificios y las arboledas.
Buscó tras los tiestos de flores el bramante y la pequeña cesta que le
servía para subir los regalos de Juanito, y una vez que los encontró,
con el corazón palpitante de emoción, subióse a su observatorio.
Por fin iba a saber lo que era el amor de cerca; iba a ser igual a una
de aquellas señoritas pintadas en los abanicos que, apoyadas en una
almena, reciben con los brazos abiertos al mancebo que sube por la
consabida escala de seda.
Apenas se asomó al borde del muro vió rebullirse a una sombra en la
obscuridad de abajo.
--¿Estás ahí, Juanito?
--Sí, vida mía. Echame el cestillo y subirás la cuerda.
María arrojó el bramante y poco después lo recogía, llevando agarrada a
su extremo una cuerda gruesa con un garfio de hierro.
Ya tenía la niña la cuerda en la mano y se disponía a agarrar el garfio
de una columnilla de hierro, cuando se detuvo para hacer otra cosa. Sus
pies descalzos se lastimaban sobre aquellos ásperos tiestos.
Un ligero siseo la hizo asomar de nuevo la cabeza.
--¿Pero qué haces? ¿Es que no encuentras dónde fijar la cuerda?
--Espérate; no seas impaciente, que ahora mismo subirás. Me estoy
poniendo las botinas.
Poco después, el muchacho tiraba del extremo de la cuerda al oír: "Ya
está", y encontrándola firme comenzó a ascender por ella con ágil
rapidez.
Para él resultaba un juego aquella ascensión, y con unas cuantas
contracciones llegó a la azotea, dentro de la cual saltó con sobrada
brusquedad.
--¡Chits!..., ¡demonio! No andes de ese modo, que el dormitorio está
abajo y nos pueden oír.
Juanito quedó inmóvil y como embobado ante esta repulsa de su mujercita.
María experimentaba cierta decepción. Ella esperaba otra cosa como
principio de la entrevista. Los trovadores como aquél, al subir hasta
donde estaba su dama, debían arrodillarse y besarle la mano, o cuando
no, algo parecido que ella no sabía explicarse, y aquel gran pazguato,
en vez de hacer esto entraba en la azotea como un salvaje, moviendo gran
ruido con su pesado salto y exponiéndose a que las monjas se
apercibieran de que alguien andaba pon el tejado.
Era la primera vez que el muchacho entraba en la azotea, de la cual sólo
veía desde abajo el follaje; así es que lanzó una mirada de curiosidad a
su alrededor y cuyo significado comprendió María.
--Eh, ¿qué te parece? Es bonito esto, ¿no es verdad? Mira qué plantas
tan hermosas, que campanillas tan perfumadas.
Y la colegialita, con el aire de una persona mayor que hace los honores
de la casa y llevando agarrado a su novio de un brazo, fué enseñándole
todas las preciosidades de la azotea: las guirnaldas de verduras, que
como serpientes de hojas subían enroscándose a las columnas de hierro, y
los grupos de flores que se erguían sobre las filas de escalonados
tiestos.
Juanito encontraba aquello muy hermoso, pero pronto dejó de mirar las
flores para fijar sus ojos en su novia, de la cual se veía cerca por
primera vez.
Hubiese querido el joven hacer salir el sol en plena noche, un sol que
sólo alumbrase aquel rincón de la azotea, para ver de cerca a María y
contemplar su cabecita vivaracha, que tanto le impresionaba los otros
días asomándose al borde de la tapia. Sus ojos se acercaban a ella
haciendo esfuerzos por atravesar la semiobscuridad que los rodeaba y se
entregaba a un dulce éxtasis, contemplando aquellas facciones que
vagamente marcaban sus hermosos perfiles en la sombra y la mirada
brillante con una luz que a él le parecía superior al latido de las
estrellas que parpadeaban sobre sus cabezas.
No supieron ellos cómo fué aquello, pero de pronto se encontraron
sentados en una fila de tiestos, sin compasión a las flores que
aplastaban, y mirándose fijamente, mientras sus cerebros parecían
sumidos en lánguido sopor.
Un lúgubre campaneo fué lo que les sacó de aquella contemplación tan
estúpida como dulce. Sonaban las doce; ya había transcurrido una hora,
¡Demonio! ¡Y cómo pasaba el tiempo!
Los dos novios permanecían inmóviles, como absorbiéndose el alma con sus
miradas, y sólo de vez en cuando cruzaban algunas palabras vagas,
incoherentes como las frases de un sueño o las exclamaciones de un
ebrio.
En verdad que para aquello no valía la pena de haberse desollado las
manos subiendo por una cuerda y exponiéndose a caer; esto podía pensarlo
un espíritu escéptico, pero aquellas dos almas puras e inocentes de
niños grandes gozaban una felicidad sin límites, dejando transcurrir el
tiempo inmóviles, juntitos, con marcada inconsciencia de sus actos y
embriagándose en ese ambiente seductor y fantástico que siempre nos
parece percibir en torno de la persona amada.
Ni la más leve sombra de impureza venía a turbar el pensamiento de los
dos jóvenes, que se sentían satisfechos, dichosos y como ahitos de
felicidad, con sólo hablarse de cerca, al oído, sintiendo el contacto de
sus ropas y confundiendo sus alientos.
María recordaba, con la vaguedad de un sueño, un atrevimiento único de
su amante. Al sentarse en aquellos tiestos había sentido en sus labios
el contacto de los de Juanito que la daban un beso; pero aquel beso era
de castidad apasionada, beso desmayado de felicidad, sin el chasquido
ruidoso de la caricia voluptuosa ni el fuego de la voracidad apasionada,
y que iba dirigido más al alma que a la carne. Era aquel beso del tímido
muchacho como una toma de posesión de su amada, a la que por primera vez
tenía al alcance de sus labios; pero con él no buscaba apoderarse de la
carne, ciego instrumento de pasión; no pretendía despertar a la
sensualidad dormida, sino que se hacía dueño de la seductora mirada, de
la dulce y graciosa sonrisa, de la boca que le enloquecía con sus
palabras de amor, de todo cuanto tenía María de espiritual y etéreo.
Y no era que en los dos jóvenes no existiesen esas violentas pasiones,
esos irresistibles impulsos que obscurecen el cerebro, anulan toda
percepción y convierten al ser humano en bestia insaciable de los
lúbricos estremecimientos de la carne que hacen vibrar la red nerviosa
como las cuerdas de un arpa eólica.
En ellos el sexo se había revelado hacía poco tiempo, pero se
encontraban como el que despierta atolondrado de un profundo sueño, y
aunque ve perfectamente las cosas que le rodean, no comprende para lo
que sirven ni se da cuenta exacta de su importancia.
Tal vez al repetirse tales entrevistas en la sombra y en aquel ambiente
silencioso y perfumado que excitaba los nervios, el demonio de la
lubricidad, soplando sobre los muchachos su aliento de carnales deseos,
empañara la tranquila inocencia, la dulce castidad de aquella primera
cita; pero en aquella noche, la novedad de verse tan de cerca, la dulce
timidez que aun les embargaba, cierto miedo que les causaba su audacia
de verse allí, impedíales caer en los malos pensamientos.
Eran dos niños que juegan a maridito y mujer; aún no habían llegado a
convertirse en novios apasionados y anhelantes que no sacian nunca su
sed de amor y que de beso en beso van recorriendo toda la escala de
sucesivos atrevimientos e involuntarias concesiones, hasta caer de lleno
en la impureza.
Aun su inocencia estaba incólume; la novedad de la entrevista era en
aquella noche el mejor guardián de su castidad.
El se consideraba ya satisfecho sólo con tenerla cerca, apoyada en un
hombro, aspirando su aliento, sintiendo el roce de un pico de su falda
sobre la rodilla y acariciando su dedo meñique cuando no pasaba su mano
por su ensortijada cabellera. Hubo un momento en el que el muchacho,
oyendo el rumorcillo que producía una flor caída, al ser volteada por la
brisa sobre el suelo, bajó su mano sin darse cuenta de adónde la
dirigía, y tropezó con una cosa satinada, dura como el vigor muscular y
con ligero espeluznamiento producido por el contacto. Era la pantorrilla
de su novia, que la desordenada falda dejaba algo al descubierto; las
medias habían quedado abajo en el dormitorio y sus desnudos pies
hundíanse en las botas, que no había tenido tiempo de abrochar.
Juanito, estremeciéndose como el creyente que contra su voluntad va a
cometer un sacrilegio, retiró en seguida la mano, y por algunos minutos
permaneció avergonzado, pensando con terror en la posibilidad de que
María tuviese aquel acto por intencionado.
En cuanto a ella estaba como anonadada por la vaga felicidad que sentía.
Su carácter malicioso, burlón y algo dominante se había evaporado al
tibio contacto de aquel muchacho que la contemplaba con el mismo aire de
embobada y fanática adoración con que un rústico mira al patrono de su
lugar.
El ambiente masculino del joven la embriagaba, turbando su cerebro y
desvaneciendo su virilidad de carácter. Apoyábase con abandono en el
hombro de Juanito, y en su inmovilidad desmayada, en su rostro animado
por una soñolienta dulzura, leíase la resolución de entregarse sin
resistencia, de dejarse arrastrar por donde ordenase la voluntad del
hombre amado. La embriaguez de amor no había dejado en ella el más leve
resto de firmeza; en manos de otro hombre, aquella noche lo hubiera sido
de deshonor para María.
De vez en cuando estremecíase como si despertase, y lanzaba extrañas
miradas a su novio, tan embriagado como ella por el dulce contacto.
Notábase algo de alarma y de ansiedad que desaparecía ante la actitud
tranquila de Juanito. ¿Adivinaba algo de lo que podía suceder así que se
desvaneciera la novedad de la primera entrevista? ¿Es que, a pesar de
todas las precauciones de las monjas, sabía ella lo que el hombre
significaba y presentía la natural y última tendencia del amor?
Seguramente ella sabía lo que sus compañeras, las colegialas mayores;
algo que se susurra misteriosamente al oído, algo que se colige de
palabras sueltas sorprendidas al vuelo, en las visitas o en la calle;
pero imposible determinar hasta qué punto llegaba su conocimiento del
misterio del amor, pues toda mujer, aun la más desgraciada a quien el
vicio lleva hasta el último límite de la degradación, guarda como un
recuerdo sagrado e inviolable el concepto que en su pubertad tenía del
hombre y cómo se imaginaba la vivificante confusión de los sexos. Tal
vez callan las mujeres y guardan tal fondo, como avergonzadas de que su
imaginación de púber concibiera esas cosas bajo formas ideales y divinas
que después han destruído las sucias brutalidades de la realidad.
Cuando los dos novios salían de su mutua contemplación era para
estrecharse con mayor fuerza y dirigirse una de esas frases vulgares
hasta la imbecilidad, que son de ritual en toda conversación amorosa,
frase que ya los amantes prehistóricos debieron decirlas en las primeras
épocas del mundo, allá en el fondo de horribles cavernas, pero que, sin
embargo, suenan como música original y armoniosa cuando salen de unos
labios que no pueden mirarse sin besarlos.
--¿Me quieres?
--Con toda mi alma.
Y los relojes de la ciudad, como envidiosos de tanta dicha, parecían
acelerar exageradamente el movimiento de sus ruedas para triturar entre
ellas más rápidamente el tiempo.
¡La una!... ¡La una y media!...
Los dos novios, a pesar de su embriaguez de amor, experimentaban gran
extrañeza al oír las campanas de los relojes. ¿Pero es que estaban
locos? ¿O es que la noche, ebria como ellos por los punzantes perfumes
de la primavera, corría desbocada, furiosa, como una bacante en delirio?
Reservábales aquella noche fugitiva un espectáculo sublime, que venía a
ser como una escena de apoteosis para su amor.
--Mira, Marujita mía; mira allá abajo... ¡Qué hermoso!
En el horizonte, sobre el límite del mar, marcábase una nubecilla de luz
tenue, una mancha de color lechoso que iba agrandándose rápidamente,
tomando reflejos rosados hasta convertirse en roja claridad de incendio.
Algo asomaba entre aquellas nubes de fuego que parecían reflejar un
subterráneo incendio.
Primero fué como una cúpula fantástica de hierro candente, como una
media naranja de vivo fuego que parecía flotar sobre el mar, invadiendo
las aguas con fosforescentes resplandores, y poco a poco, como si el
horizonte sufriera un parto laborioso, fué saliendo toda la esfera
deslumbrante de la luna, que comenzó a remontarse lentamente como "la
hostia santa" a que la compara Núñez de Arce.
Como si el azulado éter que surcaba la limpiase de las sangres e
impurezas que habían cubierto al astro al salir del vientre del
infinito, la luna, conforme ascendía, iba perdiendo su rojizo color y
recobraba su poética palidez, esa blancura deslumbrante y luminosa que
acaricia los ojos como una sonrisa de amor.
Todo se conmovía; todo cambió de color y forma con la aparición del
astro, eterna musa de los poetas soñadores. El espacio fué invadido por
un polvillo luminoso, ante el cual parecía palidecer el brillo de las
titilantes estrellas; la silenciosa vega, antes hundida en el misterio
de la obscuridad, cobró nueva vida, surgiendo sus mil contornos de la
sombra y animándose con el fantástico vigor del dormido esqueleto que
resalta de la tumba para dar cabriolas en la danza macabra; brillaron
como hojas de espada perdidas en la hierba las acequias y remansos de
las dilatadas llanuras; las lejanas montañas parecieron sacudir sus
vetustas cabezas y erguirlas en aquel espacio que acababa de alumbrarse,
y el mar reflejó con incesante centelleo la lechosa claridad del
melancólico astro, como un inmenso mostrador de joyería sobre el cual se
hubieran arrojado las joyas a puñados, o como si en sus aguas nadase una
numerosa banda de peces de plata, que, rebullentes e inquietos,
marchaban formando un triángulo, cuyo vértice estaba en el límite del
horizonte y cuya interminable base venía a morir en el límite de la
playa, donde las ligeras ondas se desplomaban desmayadas.
Todo parecía animarse a la tibia mirada de la luna. Las charcas del
vecino río, que por la mañana eran deshonradas con los picantes
espumarajos del jabón de las lavanderas, vestíanse ahora de deslumbrante
plata; brillaban las hojas de los árboles, sacudiendo a impulsos de la
brisa el sucio polvo que obscurecía su fino barniz, y el vientecillo de
la noche parecía hacerse más fresco y susurrador desde que por entre él
flotaba aquella gigantesca vejiga de luz, escoltada por tenues
nubecillas que a su fulgor irisado tomaban todos los resplandores del
nácar.
--¡Qué bonito!... ¡Pero qué bonito es esto!
Y los dos jóvenes, admirando aquella nueva decoración de la vasta escena
de la Naturaleza, se acercaban cada vez más, se oprimían para
comunicarse mutuamente el calor y defenderse de la brisa, que era
agradable pero con cierta picante frialdad.
Ahora sí que se hallaban bien. Gustábales más el espacio alumbrado por
la luna que la misteriosa obscuridad de antes; ya no tenían rubores ni
timideces que ocultar en la sombra, y a aquella luz vaga y misteriosa,
luz fabricada de encargo por la Naturaleza para las inocentes
entrevistas de amor, los dos jóvenes podían contemplarse a su gusto y
mirarse fijamente en los ojos para sentir estremecimientos de pasión
indefinible.
Aquella tibia claridad que bruscamente lo había invadido todo aunque
acrecentaba el encanto de la entrevista, había reanimado sus lánguidos
nervios disipando la absorbente embriaguez.
Ahora hablaban más, aunque sin dejar por esto de mirarse y de permanecer
estrechamente agarrados por la cintura.
Su conversación se basaba sobre ilusiones, resultaba inocente, pueril;
pero sus balbuceantes palabras tenían el poder de abrir nuevos
horizontes a las imaginaciones excitadas por el amor.
Cuando fueran mayores y casaditos de verdad, harían esto y aquello; y
aquí enjaretaban todos sus deseos inocentes, todas sus aspiraciones,
propias de almas puras, que hubiesen hecho lanzar a un escéptico una
carcajada digna de Mefistófeles.
Los dos arreglaban su porvenir de un modo hermoso; y con ese egoísmo
propio de los enamorados, no vacilaban en desearle la muerte a medio
género humano con tal de arreglar su felicidad. Ya vería Juanito cómo
los dos serían muy dichosos. El llegaría dentro de pocos años a ser en
Madrid un médico famoso; moriría su tío, legándole la clientela y la
celebridad, y entonces se casarían y vivirían juntitos con la mamá,
aquella pobre señora ciega a la que amaba la colegiala sin conocerla. En
cuanto a su tía la baronesa, también se moriría, como el doctor Zarzoso,
y de este modo, in mente, los dos muchachos iban matando a todos los
seres importunos que con su presencia podían turbar su dicha.
Y mientras se entregaban a esta destructora tarea, los relojes iban que
volaban, hasta el punto de que a los dos les parecía que entre las horas
y los cuartos sólo mediaba un silencio de algunos segundos. El tiempo es
enemigo del hombre y se goza en contrariar sus deseos; pasa veloz, como
una bocanada de aire, en la primera cita de amor, y transcurre con la
desesperante lentitud de la tortuga, en los momentos de cruel pesar, de
dolorosa incertidumbre.
Los dos jóvenes ya no atendían a los relojes. Se hallaban allí muy bien,
y mientras fuese de noche no tenían prisa. Las otras entrevistas serían
más breves, pero en ésta, en la primera, había que apurar la novedad, el
placer de verse de cerca, de hablarse con las bocas casi pegadas, de
estremecerse con rápidos contactos hasta que el alma, ahita de efluvios
amorosos, gritase: ¡basta!
No sabían ellos que este instante de fastidio nunca llegaría en aquella
noche.
Sus palabras eran cada vez más lentas, más vagorosas; parecían nacidas
de un sonambulismo amoroso, y en su tono débil adivinábase que no
tardarían en extinguirse. Los nervios, puestos en excitante tensión
durante muchas horas, languidecían ahora buscando el descanso.
María, sin notarlo, fué reclinando la cabeza sobre el hombro de su
novio; su voz se fué extinguiendo lentamente y al fin su respiración,
queda y regular, indicó que acababa de dormirse.
Juanito seguía dominado por aquella dulce embriaguez que le producía el
perfume de la joven. Su brazo, arrollado al hermoso busto de María,
percibía la vibración de su pecho al respirar y hasta el débil tictac de
su corazón que se agitaba como un pajarillo en la jaula.
¡Cuán bella la encontraba entregándose confiadamente a él, durmiendo
sobre su hombro con el abandono de un niño en el regazo de su madre!
--¡Oh, Marujita! ¡Vida mía!... Te amo.
Y conmovido por la pasión inclinó su rostro sobre la cabeza de María,
hundiendo su nariz en aquellos ensortijados cabellos que tanto le
gustaba acariciar.
Apretándola cada vez más entre sus brazos, dulcemente acariciado por el
tibio calor de su cuerpo, sintiendo en su nuca el frío beso de la brisa
y mareado por el perfume de aquella cabellera, el muchacho sintió cómo
su cuerpo era invadido por una creciente languidez.
Iba a dormirse y ni por un instante se le ocurrió que era peligroso
permanecer en aquel sitio. El punzante olor de las campanillas que
impregnaba el suave ambiente, parecía anonadarle empujándolo al sueño.
No supo él darse cuenta exacta de si levantó la cabeza; pero así como
en sueños, le pareció ver que la luna palidecía, que allá en el
horizonte se extendía una ancha faja de blanquecina claridad, que el
espacio comenzaba a impregnarse de una luz azulada, y hasta en sus
oídos, como ecos lejanos, sonaron el rumor de los carros al ir al
mercado, las canciones de los huertanos y las sonoras campanadas del
toque del alba.
Era el hermoso momento en que Romeo y Julieta, en el famoso drama,
discuten sobre el canto de la alondra y el ruiseñor.
Era la alondra; era la mañana.
Sintió frío, mucho frío; le pareció que la brisa del amanecer le mordía
con sus helados besos: y como si fuera víctima de imantada atracción,
volvió a pegar su rostro a la cabellera de María y el sueño se apoderó
de él por completo.