Dúo de amor en el tejado.
Desde entonces ni una sola tarde dejaron de verse los dos jóvenes.
A la hora en que la ciudad parecía dormir la siesta al arrullo del
ardiente sol, y en que los calientes tonos de luz hacían resaltar los
colores del bello paisaje, los dos muchachos subían al tejado para venir
a encontrarse en aquella pared que separaba sus respectivas viviendas,
María, en lo alto, como una dama feudal asomada al borde del robusto
torreón, y Juanito al pie, con su actitud de trovador enamorado,
lanzando a su dama platónicos floreos. Faltaba la dorada guzla y las
vestiduras brillantes y caprichosas para que aquello fuese igual a uno
de aquellos paisajes de abanico que tanto gustaban a la niña.
En los dos, aquellas diarias entrevistas eran ya una necesidad, y
sufrían un disgusto sin límites, un desaliento mortal, cuando en las
tardes lluviosas la colegiala no subía a la azotea, por miedo a excitar
las sospechas de las buenas madres.
Poco a poco su amistad se iba estrechando tan íntimamente, que aquel
muchacho, antes tan ruboroso y reservado, se abandonaba ahora a la
confianza y le hacía confidencias cariñosas sobre su porvenir y sus
propósitos.
María se sentía feliz escuchándole, y únicamente experimentaba cierto
malestar cuando su amigo interrumpíase a lo mejor de una conversación y
se ruborizaba, como arrepentido de algún mal pensamiento que
repentinamente había surgido en su cerebro.
¡Pero qué tímido era aquel muchacho! Su indecisión irritaba a María,
tanto más cuanto que ésta adivinaba desde mucho tiempo antes lo que su
amigo quería decirle y que siempre se le atragantaba, produciéndole
palideces de miedo y nerviosos temblores.
Todo cuanto les rodeaba en las vespertinas confidencias, parecía animar
a Juanito; y, sin embargo, el gran pazguato permanecía indeciso y
dominado por la timidez hereditaria, agitado por el deseo de hablar, y
sin atreverse nunca a soltar la lengua.
Los cercanos campos, henchidos de la lujuriosa savia de primavera,
enviábanles bocanadas de excitantes y voluptuosos perfumes; las blancas
campanillas de la azotea del colegio, formando un regio dosel sobre la
cabecita de María, balanceábanse en brazos del libertino airecillo con
amorosos estremecimientos; los palomos de un palomar vecino, venían a
arrullarse a pocos pasos de ellos, sobre el borde del tejado,
conmoviéndoles con el susurro de un diálogo monótono, eterno y
excitante; y a pesar de que lo mismo los campos, que las flores y las
aves, entonaban el aleluya del amor, aquel marmolillo permanecía inmóvil
y frío como un copo de nieve, sin que pareciera darse cuenta de que en
su interior sentía el fuego de la pasión.
Lo que más indignaba a María era que transcurrían los días sin que su
amigo dijese lo que ella esperaba, y que se exponía a que las
conferencias fuesen interrumpidas por la vigilancia de las buenas
madres, pues ya la subdirectora había subido varias veces a la azotea,
muy intrigada por aquella afición a la soledad que manifestaba la
colegiala, aunque ésta había tenido siempre la buena suerte de retirarse
a tiempo de su atalaya.
Por el momento nadie sospechaba en el colegio la amistad de María con un
vecino; pero la niña se desesperaba, pensando en la posibilidad de que
la subdirectora sorprendiera, a lo mejor, sus conferencias.
Y en vano empleaba ella todos los recursos para animar al tímido
muchacho. Cuando él, colorado como un pavo, se detenía en el momento
mismo que iba a lanzar la anhelada palabra, María intentaba darle nueva
fuerza con una benévola sonrisa, y tenía especial cuidado en guiar la
conversación de modo que fuese a parar siempre al mismo tema. ¡Oh! Debía
ser muy hermoso el convertirse en marido y mujercita como las personas
mayores... a ella le hubiese gustado mucho transformarse en una paloma,
como cualquiera de las que revoloteaban por allí cerca, y pasarse la
vida en perpetuo arrullo al borde de un tejado... Se encontraba muy mal
en el interior del colegio, rodeada de niñas que la querían poco y de
monjas que tenían gusto en castigarla; necesitaba de alguien que la
quisiera, pero... ¡ira de Dios! aquel muchacho era un poste; la
escuchaba con la mayor complacencia, conmovíase al saber que ella tenía
necesidad de amar, pero no se lanzaba nunca a decir esta boca es mía.
Esto desesperaba a María; pero al mismo tiempo producíale cierta
complacencia. Le resultaba graciosa la cortedad de aquel muchacho, pues
al notar su femenil timidez, ella se engreía con aquel carácter varonil
de que tan orgullosa estaba. Aquel trueque de papeles, le recordaba las
aleluyas de _El Mundo al Revés_, uno de los clásicos ilustrados que con
entusiasmo leían las colegialas en las horas de recreo.
Por fin, un día se _lanzó_ el muchacho, y su resolución resultó tan
ridícula como todas las que toman los caracteres tímidos después de
innumerables vacilaciones.
Fué a la mitad de una conversación interesante, sobre el importantísimo
tema de que en verano hace más calor que en invierno, conversación que
María seguía con cierta sorna y no menos despecho, cuando Juanito,
comprendiendo que la timidez le hacía decir innumerables necedades, se
detuvo en seco, y después, cerrando los ojos como un desesperado que se
arroja a un precipicio, dijo con acento imperioso:
--Yo tengo que decir a usted una cosa.
María sonrió picarescamente. ¡Oh, por fin!
--Hable usted. Diga cuanto quiera, Juanito.
Y este Juanito fué pronunciado con una ondulante suavidad de terciopelo.
Era como una promesa cierta de que la demanda sería fallada
favorablemente.
--Es que... francamente; es que no me atrevo a decirlo de palabra.
María comenzó a impacientarse. Ya surgía de nuevo aquella maldita
timidez que aguaba todas sus alegrías.
--Pero criatura, ¿cómo va usted a decirme esa cosa si no quiere hablar?
--Yo traigo aquí una cartita, que quiero lea usted después que se
marche.
Aquel chico no tenía apaño: tarde y mal; pero en fin, más valía la carta
que un absoluto silencio.
--A ver; venga ese memorial--dijo la traviesa niña riéndose de aquel
modo de declararse, que buscaba los procedimientos más tortuosos,
teniendo expeditos los más fáciles.
Juanito sacó de su bolsillo una pequeña carta, obra maestra de su
ingenio, para la cual había hecho veinte borradores distintos y roto una
docena de pliegos satinados por descuidos caligráficos más o menos
importantes.
Tuvo un verdadero disgusto a ver agarrada horriblemente una de las
puntas del sobre, pero aún aumentó su pesar, al tropezar con los
inconvenientes que se oponían a la transmisión de la carta.
¿Ella no tenía un hilo? Pues él tampoco. Y el desgraciado muchacho,
después de algunos cabildeos, se resignó a meter dentro del sobre dos
yesones de la pared, y probó a tirarla arriba con tal lastre.
Las tentativas fueron otros tantos fracasos, y María pataleaba de
impaciencia, comprendiendo que aquello era ridículo.
--Mire usted, Juanito; guárdese la carta. Es inútil cuanto hace.
--¡Cómo!... ¡Qué!--exclamó con terror el pobrecillo, como si oyera su
sentencia de muerte--. ¿No quiere usted mi carta?
--No. ¿Para qué? Adivino perfectamente cuanto en ella se dice. ¿Por qué
no repite usted lo mismo de palabra? ¿Le doy yo miedo?
El muchacho quedó avergonzado y permaneció algunos minutos con la cabeza
baja, pero por fin la levantó con repentina resolución. ¿A qué tanto
miedo? ¡Adelante!
--Y si usted conoce lo que la carta dice, ¿qué es lo que contesta?
El rostro de María se animó con un rubor ligerísimo, y desde su altura
lanzóle una mirada de indefinible seducción.
--¿Yo?... Pues que sí.
--¿Que sí?... ¿Qué es a lo que usted dice que sí?
María se indignó ante tal torpeza.
--¡Hombre, no sea usted majadero! Digo que sí le amo, y que quiero que
los dos, ya que somos amigos, seamos también iguales a esas palomas que
se buscan, se quieren y se arrullan como unos angelitos. Usted será en
adelante mi maridito, y yo su mujercita.
En este ideal inocente encerraba la niña todo el concepto que tenía
formado del amor.
Juanito vió el cielo abierto, y miró ya aquella linda cabecita como cosa
propia, tanto, que cuando sonó la campana del colegio y la niña hubo de
retirarse, el muchacho sintió celos como si María le abandonase para
acudir al llamamiento de un rival, y de buena gana, a tenerlo al alcance
de las manos, la hubiese emprendido a puñetazos con aquel impertinente
artefacto de cascado bronce.
Desde la famosa tarde de la declaración comenzó a desarrollarse entre
los dos jóvenes la pasión que había de constituir su primera novela
amorosa.
María, puntualmente subía a la azotea a hablar con su maridito, y el
inocente matrimonio, para estar más en contacto, había establecido un
sistema de comunicación que consistía en un largo bramante a cuyo
extremo iba atada una diminuta cesta. María, al retirarse, escondía tras
los tiestos de flores esta prueba de delito con la que hacía subir las
flores, las lindas estampas y todos los objetos que la regalaba su
apasionado adorador.
¡Cuán veloces transcurrían entonces las horas en que podían verse los
pequeños amantes!
Sus conversaciones eran triviales, inocentes, sosas; María, más viva y
despierta en materias de amor, reconocía en su novio una candidez que la
hacía reír, pero a pesar de esto tenían gran encanto aquellas pláticas
cuyo continuo tema era la promesa de amarse eternamente sin dejar nunca
que el olvido o la frialdad se introdujeran en sus relaciones.
--¡Oh! Sí, Marujita mía; te amaré siempre, te seré fiel hasta la muerte,
como lo son esas palomas que todas las tardes vienen a arrullarse en
este tejado.
--¿Que si te quiero? Más que a mi vida. Ahora tengo más ganas que nunca
de ser hombre para hacerme rico y célebre y llegar a ser tu maridito de
verdad.
Y estas apasionadas expresiones y juramentos de amor, acompañados con
otras cursilerías por el estilo, eran el eterno tema de sus
conversaciones.
Aquel par de muchachos no se daban nunca por vencidos en punto a decirse
ternezas interminables; siempre, al separarse, se encontraban con que no
lo habían dicho todo, pero sí que se cansaban de estar siempre separados
por aquel muro y además les parecía que era muy breve el tiempo de la
entrevista.
Verse de cerca, estrecharse las manos, hablarse con las bocas casi
juntas y mirar su propia imagen en los ojos del otro era un deseo que
les roía la imaginación a los dos.
A María fué a quien primero se le ocurrió aquella idea, y aunque
arriesgada le pareció muy natural.
Cuando después se le ocurrió a Juanito desechóla inmediatamente,
juzgándola como un deseo extravagante.
Pero como si aquellos dos pensamientos iguales se atrajesen por su
misma identidad, el asunto no tardó en surgir en la conversación.
Juanito hablaba de verse de noche en aquel mismo sitio, con la misma
vaguedad y aire de duda que un visionario habla de un viaje al Sol; pero
su mujercita seguía encontrando muy natural el proyecto y esto fué
suficiente para que el muchacho lo diese por realizable, temiendo
atraerse, con una vacilación, las burlas de la chiquilla varonil y
audaz.
Con el misterio y la alarma, de los conspiradores que fraguan su plan,
los dos fueron acordando todos los detalles de aquella entrevista
arriesgada.
Ella, a las once en punto, hora en que todo el colegio estaba abismado
en el primer sueño, abandonaría el dormitorio de las mayores, que estaba
en el último piso, cerca de la escalera de la azotea, y se deslizaría
hasta el lugar de la cita. Esto tenía la ventaja de no hacer ya
necesarias aquellas subidas en plena tarde que habían alarmado el fino
olfato de la subdirectora. María había de luchar con el terrible
inconveniente que ofrecía los chirridos de los cerrojos de la puerta de
la azotea al descorrerse, pero ella contaba con el auxilio del aceite y
más aún con su maña.
En cuanto a Juanito se comprometió a tener para la noche siguiente una
cuerda con garfio de hierro, que María se encargaría de sujetar a las
columnillas de hierro que sostenían la bóveda de enredaderas. La mamá se
acostaba invariablemente a las nueve todas las noches; tenía el sueño
pesado y además no era fácil que extrañase su ausencia, pues él, con la
cafetera al lado se pasaba las horas estudiando, muchas veces hasta la
madrugada. La cuerda necesaria se la proporcionaría un trapecio que
tenía abajo en su cuarto para desempalagarse con algunas volteretas,
cuando el continuado estudio venía a fijarle en la frente un clavo de
dolor.
Con absoluto misterio fueron forjando su plan los dos muchachos.
A la noche siguiente sería la nocturna cita, y esta proximidad los
llenaba a los dos de zozobra e intranquilidad al par que de alegría. ¡Si
aquello llegaba a descubrirse!
Además sentían ambos un remordimiento comprendiendo que la nueva clase
de entrevistas vendrían a trastornarles más, impidiéndoles el
cumplimiento de su deber.
Ella consideraba ya como de imposible realización sus propósitos de
disputar el premio mayor del colegio a aquella marisabidilla a quien
odiaba; él pensaba con verdadero dolor que el mes de mayo tocaba ya a
su fin, que dentro de pocos días tendría que sufrir el terrible examen y
que aún le quedaban algunas lecciones importantes por estudiar.
Pero aquello sólo fué un débil relámpago del deber, un fugaz
remordimiento que pasó sin dejar huella ni aminorar con su roce el deseo
vehemente de estar en el silencio de la noche, juntos, hablándose quedo,
con ese dulce abandono que proporciona la seguridad de no ser
sorprendidos.
Hacía ya más de un mes que eran novios, y, ¡qué diablos!, ya era hora de
verse próximos y no pasar el tiempo en violenta posición, con la cabeza
inclinada y siempre de pie.
Se buscaban, querían aproximarse arrastrados, por el ciego impulso del
amor; pero al mismo tiempo, aunque de ello no se daban cuenta, eran
impulsados por el egoísmo de la comodidad.