XI

Dúo de amor en el tejado.

Desde entonces ni una sola tarde dejaron de verse los dos jóvenes.

A la hora en que la ciudad parecía dormir la siesta al arrullo del

ardiente sol, y en que los calientes tonos de luz hacían resaltar los

colores del bello paisaje, los dos muchachos subían al tejado para venir

a encontrarse en aquella pared que separaba sus respectivas viviendas,

María, en lo alto, como una dama feudal asomada al borde del robusto

torreón, y Juanito al pie, con su actitud de trovador enamorado,

lanzando a su dama platónicos floreos. Faltaba la dorada guzla y las

vestiduras brillantes y caprichosas para que aquello fuese igual a uno

de aquellos paisajes de abanico que tanto gustaban a la niña.

En los dos, aquellas diarias entrevistas eran ya una necesidad, y

sufrían un disgusto sin límites, un desaliento mortal, cuando en las

tardes lluviosas la colegiala no subía a la azotea, por miedo a excitar

las sospechas de las buenas madres.

Poco a poco su amistad se iba estrechando tan íntimamente, que aquel

muchacho, antes tan ruboroso y reservado, se abandonaba ahora a la

confianza y le hacía confidencias cariñosas sobre su porvenir y sus

propósitos.

María se sentía feliz escuchándole, y únicamente experimentaba cierto

malestar cuando su amigo interrumpíase a lo mejor de una conversación y

se ruborizaba, como arrepentido de algún mal pensamiento que

repentinamente había surgido en su cerebro.

¡Pero qué tímido era aquel muchacho! Su indecisión irritaba a María,

tanto más cuanto que ésta adivinaba desde mucho tiempo antes lo que su

amigo quería decirle y que siempre se le atragantaba, produciéndole

palideces de miedo y nerviosos temblores.

Todo cuanto les rodeaba en las vespertinas confidencias, parecía animar

a Juanito; y, sin embargo, el gran pazguato permanecía indeciso y

dominado por la timidez hereditaria, agitado por el deseo de hablar, y

sin atreverse nunca a soltar la lengua.

Los cercanos campos, henchidos de la lujuriosa savia de primavera,

enviábanles bocanadas de excitantes y voluptuosos perfumes; las blancas

campanillas de la azotea del colegio, formando un regio dosel sobre la

cabecita de María, balanceábanse en brazos del libertino airecillo con

amorosos estremecimientos; los palomos de un palomar vecino, venían a

arrullarse a pocos pasos de ellos, sobre el borde del tejado,

conmoviéndoles con el susurro de un diálogo monótono, eterno y

excitante; y a pesar de que lo mismo los campos, que las flores y las

aves, entonaban el aleluya del amor, aquel marmolillo permanecía inmóvil

y frío como un copo de nieve, sin que pareciera darse cuenta de que en

su interior sentía el fuego de la pasión.

Lo que más indignaba a María era que transcurrían los días sin que su

amigo dijese lo que ella esperaba, y que se exponía a que las

conferencias fuesen interrumpidas por la vigilancia de las buenas

madres, pues ya la subdirectora había subido varias veces a la azotea,

muy intrigada por aquella afición a la soledad que manifestaba la

colegiala, aunque ésta había tenido siempre la buena suerte de retirarse

a tiempo de su atalaya.

Por el momento nadie sospechaba en el colegio la amistad de María con un

vecino; pero la niña se desesperaba, pensando en la posibilidad de que

la subdirectora sorprendiera, a lo mejor, sus conferencias.

Y en vano empleaba ella todos los recursos para animar al tímido

muchacho. Cuando él, colorado como un pavo, se detenía en el momento

mismo que iba a lanzar la anhelada palabra, María intentaba darle nueva

fuerza con una benévola sonrisa, y tenía especial cuidado en guiar la

conversación de modo que fuese a parar siempre al mismo tema. ¡Oh! Debía

ser muy hermoso el convertirse en marido y mujercita como las personas

mayores... a ella le hubiese gustado mucho transformarse en una paloma,

como cualquiera de las que revoloteaban por allí cerca, y pasarse la

vida en perpetuo arrullo al borde de un tejado... Se encontraba muy mal

en el interior del colegio, rodeada de niñas que la querían poco y de

monjas que tenían gusto en castigarla; necesitaba de alguien que la

quisiera, pero... ¡ira de Dios! aquel muchacho era un poste; la

escuchaba con la mayor complacencia, conmovíase al saber que ella tenía

necesidad de amar, pero no se lanzaba nunca a decir esta boca es mía.

Esto desesperaba a María; pero al mismo tiempo producíale cierta

complacencia. Le resultaba graciosa la cortedad de aquel muchacho, pues

al notar su femenil timidez, ella se engreía con aquel carácter varonil

de que tan orgullosa estaba. Aquel trueque de papeles, le recordaba las

aleluyas de _El Mundo al Revés_, uno de los clásicos ilustrados que con

entusiasmo leían las colegialas en las horas de recreo.

Por fin, un día se _lanzó_ el muchacho, y su resolución resultó tan

ridícula como todas las que toman los caracteres tímidos después de

innumerables vacilaciones.

Fué a la mitad de una conversación interesante, sobre el importantísimo

tema de que en verano hace más calor que en invierno, conversación que

María seguía con cierta sorna y no menos despecho, cuando Juanito,

comprendiendo que la timidez le hacía decir innumerables necedades, se

detuvo en seco, y después, cerrando los ojos como un desesperado que se

arroja a un precipicio, dijo con acento imperioso:

--Yo tengo que decir a usted una cosa.

María sonrió picarescamente. ¡Oh, por fin!

--Hable usted. Diga cuanto quiera, Juanito.

Y este Juanito fué pronunciado con una ondulante suavidad de terciopelo.

Era como una promesa cierta de que la demanda sería fallada

favorablemente.

--Es que... francamente; es que no me atrevo a decirlo de palabra.

María comenzó a impacientarse. Ya surgía de nuevo aquella maldita

timidez que aguaba todas sus alegrías.

--Pero criatura, ¿cómo va usted a decirme esa cosa si no quiere hablar?

--Yo traigo aquí una cartita, que quiero lea usted después que se

marche.

Aquel chico no tenía apaño: tarde y mal; pero en fin, más valía la carta

que un absoluto silencio.

--A ver; venga ese memorial--dijo la traviesa niña riéndose de aquel

modo de declararse, que buscaba los procedimientos más tortuosos,

teniendo expeditos los más fáciles.

Juanito sacó de su bolsillo una pequeña carta, obra maestra de su

ingenio, para la cual había hecho veinte borradores distintos y roto una

docena de pliegos satinados por descuidos caligráficos más o menos

importantes.

Tuvo un verdadero disgusto a ver agarrada horriblemente una de las

puntas del sobre, pero aún aumentó su pesar, al tropezar con los

inconvenientes que se oponían a la transmisión de la carta.

¿Ella no tenía un hilo? Pues él tampoco. Y el desgraciado muchacho,

después de algunos cabildeos, se resignó a meter dentro del sobre dos

yesones de la pared, y probó a tirarla arriba con tal lastre.

Las tentativas fueron otros tantos fracasos, y María pataleaba de

impaciencia, comprendiendo que aquello era ridículo.

--Mire usted, Juanito; guárdese la carta. Es inútil cuanto hace.

--¡Cómo!... ¡Qué!--exclamó con terror el pobrecillo, como si oyera su

sentencia de muerte--. ¿No quiere usted mi carta?

--No. ¿Para qué? Adivino perfectamente cuanto en ella se dice. ¿Por qué

no repite usted lo mismo de palabra? ¿Le doy yo miedo?

El muchacho quedó avergonzado y permaneció algunos minutos con la cabeza

baja, pero por fin la levantó con repentina resolución. ¿A qué tanto

miedo? ¡Adelante!

--Y si usted conoce lo que la carta dice, ¿qué es lo que contesta?

El rostro de María se animó con un rubor ligerísimo, y desde su altura

lanzóle una mirada de indefinible seducción.

--¿Yo?... Pues que sí.

--¿Que sí?... ¿Qué es a lo que usted dice que sí?

María se indignó ante tal torpeza.

--¡Hombre, no sea usted majadero! Digo que sí le amo, y que quiero que

los dos, ya que somos amigos, seamos también iguales a esas palomas que

se buscan, se quieren y se arrullan como unos angelitos. Usted será en

adelante mi maridito, y yo su mujercita.

En este ideal inocente encerraba la niña todo el concepto que tenía

formado del amor.

Juanito vió el cielo abierto, y miró ya aquella linda cabecita como cosa

propia, tanto, que cuando sonó la campana del colegio y la niña hubo de

retirarse, el muchacho sintió celos como si María le abandonase para

acudir al llamamiento de un rival, y de buena gana, a tenerlo al alcance

de las manos, la hubiese emprendido a puñetazos con aquel impertinente

artefacto de cascado bronce.

Desde la famosa tarde de la declaración comenzó a desarrollarse entre

los dos jóvenes la pasión que había de constituir su primera novela

amorosa.

María, puntualmente subía a la azotea a hablar con su maridito, y el

inocente matrimonio, para estar más en contacto, había establecido un

sistema de comunicación que consistía en un largo bramante a cuyo

extremo iba atada una diminuta cesta. María, al retirarse, escondía tras

los tiestos de flores esta prueba de delito con la que hacía subir las

flores, las lindas estampas y todos los objetos que la regalaba su

apasionado adorador.

¡Cuán veloces transcurrían entonces las horas en que podían verse los

pequeños amantes!

Sus conversaciones eran triviales, inocentes, sosas; María, más viva y

despierta en materias de amor, reconocía en su novio una candidez que la

hacía reír, pero a pesar de esto tenían gran encanto aquellas pláticas

cuyo continuo tema era la promesa de amarse eternamente sin dejar nunca

que el olvido o la frialdad se introdujeran en sus relaciones.

--¡Oh! Sí, Marujita mía; te amaré siempre, te seré fiel hasta la muerte,

como lo son esas palomas que todas las tardes vienen a arrullarse en

este tejado.

--¿Que si te quiero? Más que a mi vida. Ahora tengo más ganas que nunca

de ser hombre para hacerme rico y célebre y llegar a ser tu maridito de

verdad.

Y estas apasionadas expresiones y juramentos de amor, acompañados con

otras cursilerías por el estilo, eran el eterno tema de sus

conversaciones.

Aquel par de muchachos no se daban nunca por vencidos en punto a decirse

ternezas interminables; siempre, al separarse, se encontraban con que no

lo habían dicho todo, pero sí que se cansaban de estar siempre separados

por aquel muro y además les parecía que era muy breve el tiempo de la

entrevista.

Verse de cerca, estrecharse las manos, hablarse con las bocas casi

juntas y mirar su propia imagen en los ojos del otro era un deseo que

les roía la imaginación a los dos.

A María fué a quien primero se le ocurrió aquella idea, y aunque

arriesgada le pareció muy natural.

Cuando después se le ocurrió a Juanito desechóla inmediatamente,

juzgándola como un deseo extravagante.

Pero como si aquellos dos pensamientos iguales se atrajesen por su

misma identidad, el asunto no tardó en surgir en la conversación.

Juanito hablaba de verse de noche en aquel mismo sitio, con la misma

vaguedad y aire de duda que un visionario habla de un viaje al Sol; pero

su mujercita seguía encontrando muy natural el proyecto y esto fué

suficiente para que el muchacho lo diese por realizable, temiendo

atraerse, con una vacilación, las burlas de la chiquilla varonil y

audaz.

Con el misterio y la alarma, de los conspiradores que fraguan su plan,

los dos fueron acordando todos los detalles de aquella entrevista

arriesgada.

Ella, a las once en punto, hora en que todo el colegio estaba abismado

en el primer sueño, abandonaría el dormitorio de las mayores, que estaba

en el último piso, cerca de la escalera de la azotea, y se deslizaría

hasta el lugar de la cita. Esto tenía la ventaja de no hacer ya

necesarias aquellas subidas en plena tarde que habían alarmado el fino

olfato de la subdirectora. María había de luchar con el terrible

inconveniente que ofrecía los chirridos de los cerrojos de la puerta de

la azotea al descorrerse, pero ella contaba con el auxilio del aceite y

más aún con su maña.

En cuanto a Juanito se comprometió a tener para la noche siguiente una

cuerda con garfio de hierro, que María se encargaría de sujetar a las

columnillas de hierro que sostenían la bóveda de enredaderas. La mamá se

acostaba invariablemente a las nueve todas las noches; tenía el sueño

pesado y además no era fácil que extrañase su ausencia, pues él, con la

cafetera al lado se pasaba las horas estudiando, muchas veces hasta la

madrugada. La cuerda necesaria se la proporcionaría un trapecio que

tenía abajo en su cuarto para desempalagarse con algunas volteretas,

cuando el continuado estudio venía a fijarle en la frente un clavo de

dolor.

Con absoluto misterio fueron forjando su plan los dos muchachos.

A la noche siguiente sería la nocturna cita, y esta proximidad los

llenaba a los dos de zozobra e intranquilidad al par que de alegría. ¡Si

aquello llegaba a descubrirse!

Además sentían ambos un remordimiento comprendiendo que la nueva clase

de entrevistas vendrían a trastornarles más, impidiéndoles el

cumplimiento de su deber.

Ella consideraba ya como de imposible realización sus propósitos de

disputar el premio mayor del colegio a aquella marisabidilla a quien

odiaba; él pensaba con verdadero dolor que el mes de mayo tocaba ya a

su fin, que dentro de pocos días tendría que sufrir el terrible examen y

que aún le quedaban algunas lecciones importantes por estudiar.

Pero aquello sólo fué un débil relámpago del deber, un fugaz

remordimiento que pasó sin dejar huella ni aminorar con su roce el deseo

vehemente de estar en el silencio de la noche, juntos, hablándose quedo,

con ese dulce abandono que proporciona la seguridad de no ser

sorprendidos.

Hacía ya más de un mes que eran novios, y, ¡qué diablos!, ya era hora de

verse próximos y no pasar el tiempo en violenta posición, con la cabeza

inclinada y siempre de pie.

Se buscaban, querían aproximarse arrastrados, por el ciego impulso del

amor; pero al mismo tiempo, aunque de ello no se daban cuenta, eran

impulsados por el egoísmo de la comodidad.

La araña negra, t. 7/9 · 第 15 / 26 题