Una carta.
_Jesús María y José._
Señora baronesa: Con el corazón profundamente apenado tomo la pluma para
escribir a usted. Bien quisiera evitarla este disgusto, pero mis ideas
religiosas y mis deberes como directora de este colegio me obligan a dar
un paso del que me conduelo, más que todo, considerando el dolor que
causarán mis palabras en una persona tan respetable y querida como usted
lo es para mí.
Ya conoce usted las travesuras de María, que tanto han alborotado este
colegio, con gran disgusto mío y de las demás hermanas que prestan sus
servicios en este establecimiento. Teníamos a la niña por traviesa e
incorregible, como dominada por el espíritu diabólico que nunca deja en
paz a ciertas almas; pero jamás creíamos que en su afán de escándalo
llegase tan adelante.
Esta mañana...--¡oh, dulce Corazón de Jesús!, me aterro al intentar
escribir lo sucedido--. Hace muy pocas horas, las hermanas encargadas de
la limpieza del establecimiento han encontrado a su señora sobrina en la
azotea del colegio, ¡oh, Dios! ¿me atreveré a decirlo?... durmiendo con
las ropas en desorden y estrechamente abrazada a un hombre desconocido
que dormía también sobre su seno.
Señora, desde aquí veo la dolorosa sorpresa que causará en usted esta
revelación, y creo oír los mismos sollozos que arrancará a su pecho la
perversa conducta de su sobrina.
Figúrese usted lo que habrá sucedido en esa azotea, en la obscuridad,
tratándose de una niña que no manifiesta el más leve temor a Dios y de
un hombre desconocido.
La hermana que hizo el descubrimiento bajó a darme cuenta del terrible
suceso inmediatamente, y cuando yo subí, encontré a María sola. El
seductor había huído; pero por una cuerda encontrada en la azotea y por
otros indicios, he venido en conocimiento de que el tal sujeto es un
estudiantillo que vive al lado del colegio.
No pienso intentar por mi parte nada contra ese muchacho. Hacer
intervenir en el asunto a la autoridad sería dar un escándalo que
redundaría en desprestigio de este santo establecimiento. Lo tengo bien
pensado y no intentaré nada contra ese pecador que, inspirado por el
demonio, ha violado el sagrado de esta casa.
Señora baronesa, bien sabe usted el respetuoso afecto que le profeso. La
admiro y reverencio por los grandes servicios que presta a la buena
causa de Dios; conozco el justo aprecio en que la tienen los buenos
padres de la Compañía, y aunque poco valgo a los ojos del Señor, tengo
siempre especial cuidado en encomendarla al Altísimo en mis oraciones.
Por esto siento más aún el paso que me veo obligada a dar. Señora
baronesa, aunque con gran dolor de mi alma, le pido que saque cuanto
antes a su sobrina de esta santa casa. Por el honor de su noble familia
y por el prestigio del colegio, he procurado rodear el asunto del más
absoluto secreto; pero si la niña permanece aquí, la más leve
indiscreción puede hacer que renazca la verdad, y entonces el escándalo
haría que ninguna madre quisiera enviar sus hijas a una casa en la cual
una educanda ha cometido tales horrores.
Ruégole, pues, en nombre del dulce Jesús y de su Santísima Madre, a los
que usted tanto ama, que apenas reciba la presente me comunique sus
órdenes para la salida de María de esta santa casa.
Si usted no puede venir, la niña será entregada a la persona que usted
designe.
Señora baronesa, repito a usted mi sentimiento por tener que comunicarle
tan fatales noticias, e inútil es que le manifieste una vez más que me
tiene siempre a sus pies, como admiradora, sierva y humilde hermana en
Cristo.
SOR LUISA DE LORETO
Directora del Colegio de Nuestra Señora
de la Saletta.