VI

El Colegio de Nuestra Señora de la Saletta.

A la semana de encontrarse Marujita Quirós en el colegio de Valencia,

encontraba muy agradable su nueva vida.

Ella, que se pasaba las horas enteras al lado de su aya, en la casa de

Madrid, escuchando con aire estúpido la conversación monótona propia de

una vieja, o que había limitado todos sus juegos a los que le

proporcionaba alguna burda criada, y esto a espaldas de la señora

baronesa, que, llevada de sus preocupaciones, condenábala a eterna

inmovilidad, no podía menos de alegrarse con aquella nueva vida que se

deslizaba en perpetua animación, en continuo bullicio en medio de un

centenar de niñas, que, por ser mayores que ella y notar la gran

predilección que le tenían las buenas madres, tratábanla como el _bebé_

de la casa, asediándola con cuidados y tiernas atenciones.

María encontraba muy hermosa su vida. Levantábase a las seis en verano y

a las siete en invierno, bajaba a la capilla a oír misa y rezar a coro

las oraciones, tomaba el eterno desayuno de chocolate con migas;

entraban después en las diferentes clases, comían a las doce, jugaban

después en el patio de recreo hasta las dos, volvían otra vez a sus

trabajos hasta las seis, hora en que reaparecía el juego, pasando el

restante tiempo hasta las nueve, hora de acostarse, en cenar y rezar

oraciones. En las tardes de los jueves y domingos las colegialas,

formadas en parejas y vigiladas por dos de las maestras más respetables

salían a paseo por los alrededores más tranquilos de la ciudad.

La niña era tan tímida en los primeros días, parecíale el colegio tan

inmenso, que no se atrevía a moverse del punto donde la dejaban sus

maestras, como si creyera perderse en aquellas habitaciones, que le

parecían inmensas, y que apenas si se decidía a recorrer con su paso

vacilante, que le valía entre sus compañeras el inocente apodo de

_patito gracioso_. Pero poco a poco fué creciendo en audacia hasta

convertirse en la más corretona del colegio. Aquel edificio era para

ella un mundo desconocido, que necesitaba de continua y arriesgada

exploración; y la niña, aprovechándose de la libertad en que la dejaban

a causa de su pequeñez, y valiéndosede su inocencia graciosa que la

libraba de castigos, se escapaba de la sala de estudios o de labores al

primer descuido de la buena madre, que la tenía cerca de ella,

acariciándola; y después que la mayor parte del personal del colegio

poníase en movimiento para buscarla, encontrábanla en la terraza del

edificio jugando con las flores de las enredaderas o en las más

apartadas habitaciones del piso bajo que servían de guardamuebles,

escondida tras un rollo de esteras, o alineando cacharros viejos con una

fiereza de muchacha terca.

Aquella vida común con niñas de su misma edad había dejado al

descubierto el carácter de María. Era enérgica, voluntariosa y de genio

independiente; sentía animadversión a toda clase de trabas y le gustaba

desobedecer a las buenas madres. Su tía era la única persona a quien

temía, y en ausencia de ella le gustaba hacer por completo su voluntad.

Sus travesuras, sus infantiles rebeliones, en vez de ofender a las

buenas madres, hacían gracia a todo el colegio. María era la niña mimada

de aquella infantil comunidad.

Todas las colegialas le trataban con igual predilección, disputándosela

como un objeto precioso. Las de once o doce años, muchachas altas y

pálidas por un repentino crecimiento, con un metro de piernas y un palmo

de cintura, que movían sus faldas como si éstas vistiesen a un palo, se

pasaban a Marujita de mano en mano en las horas de recreo, meciéndola y

arreglando sus ropas cual si fuese un bebé automático de los que gritan

_papá_ y _mamá_; las señoritas, las que sólo les faltaba un año para

salir del colegio y aborrecían de muerte el uniforme que las ponía feas,

borrando sus nacientes y seductoras curvas, reíanse con ella al oírla

repetir con aplomo imperturbable las malicias que le decían al oído; y

en cuanto a las pequeñas, las de ocho o nueve años, constituían la

eterna corte de aquel monigote adorado, que parecía llenar todo el

colegio. Estas mujercillas en miniatura, mofletudas, con formas

esféricas, que hacían reír, y con la boca todavía arruinada por la caída

de los primeros dientes, quitaban golosinas de la cocina para dárselas,

llamábanla aparte para hacerle regalo de sus tesoros, algunos botones y

retales de seda recogidos en sus casas en los días de salida, o se

disputaban por vestirla y desnudarla en el dormitorio, cuya mejor cama

ocupaba siempre María. Hasta había una de aquellas colegialitas que se

envanecía con la misión de saltar de su cama, en las noches más frías,

para darle el orinal a la maliciosa mocosuela, que correspondía a tantos

mimos con caprichos y rabietas de reina absoluta.

Aquella adoración continua de que era objeto la niña, resultaba hija del

cariño que la tenían; pero entraba también por mucho la consideración de

que con el tiempo sería condesa y brillaría entre La aristocracia de

Madrid, perspectiva que turbaba y envanecía a aquellas niñas,

pertenecientes en su mayor parte a esa burguesía, que constituye la

aristocracia del dinero y que a pesar de sarcasmos y humillaciones,

encuentra muy grato rozarse con la misma nobleza que antes ha criticado.

Por más que resulte extraño, las preocupaciones sociales alcanzan hasta

la niñez, y no son esos pequeños seres, tan candorosos e inocentes en

muchas cosas, los que más exentos están de la influencia de la vanidad.

Fué creciendo la niña, encerrada en aquel colegio, y aumentando su

travesura, que causaba siempre muy buen efecto en las tolerantes

religiosas.

Cuando en las tardes de los jueves y domingos, María salía a paseo en la

sección de las pequeñas, como éstas iban formadas por orden de

estaturas, ella marchaba al frente, en el centro de la primera pareja,

llamando la atención por su pequeñez y por aquel aire decidido y

gracioso con que miraba a los transeúntes. Muchas veces tenían que

reprenderla por sus travesuras las religiosas encargadas de la

vigilancia; pero una sonrisa de la niña, lograba desarmar inmediatamente

su indignación.

Sólo había un medio para que las buenas madres lograsen aquietar a aquel

diablillo imponiéndole un poco de calma.

Cuando más rebelde se mostraba y con más tenacidad desobedecía a las

maestras, bastaba llamarla y decirla al oído que iban a llamar a

Alvarez, para que inmediatamente se pintara en su rostro una expresión

de terror y permaneciera quieta todo el tiempo que la permitía su afán

por agitarse y molestar a los demás.

Aquello suponía, para la niña, la llegada del coco, y tanto era el miedo

que profesaba al Alvarez desconocido, que muchas veces permanecía

quieta, no atreviéndose a subir a la terraza, ni a bajar a los cuartos

solitarios, temiendo que se le apareciera el monstruo horrible al que

tanto temía la baronesa.

La infeliz crecía odiando cada vez más al que era su padre, y si alguna

vez pensaba en la posibilidad de encontrar en el porvenir a aquel don

Esteban Alvarez, estremecíase de horror como el preso que piensa en la

posibilidad de ser condenado a muerte.

No; ella no encontraría nunca a tal monstruo. Le rogaría al buen Dios de

que le hablaban las religiosas y al Santo Ángel de la Guarda que

apartase siempre de su paso a tan terrible malvado, y su súplica sería

atendida.

Esto era lo único que la consolaba, produciéndola gran tranquilidad.

Creció en aquel convento, sin que ocurriera en su vida otro accidente

notable que los quince días que hubo de pasar fuera de Valencia, en un

pueblo de la huerta, a causa del bombardeo que sufría la ciudad

levantada en cantón contra el Gobierno de la República, a semejanza de

otros puntos de España.

Las vida campestre, y no exenta de necesidades, que llevaron durante

aquellos días las religiosas y las pocas alumnas a quienes sus

familiares no habían sacado del colegio, divirtió bastante a María, que

no creía en una existencia más allá de los muros del establecimiento de

la Saletta.

La vida reglamentaria y monótona del colegio borró en poco tiempo las

aficiones adquiridas en aquel corto período de aire libre y agitación

campestre, y cuando ya tenía cerca de nueve años y comenzaba a

considerar al coco de Alvarez como un ser fantástico inventado por la

baronesa y las religiosas para hacerle miedo, encontróse con aquel

hombre terrible en el despacho de la directora.

La araña negra, t. 7/9 · 第 11 / 26 题