La primera época de colegiala.
Ya sabemos de qué modo Esteban Alvarez vió a su hija en el convento de
Nuestra Señora de la Saletta y cómo le recibió la asustada María.
Fugitivo de Madrid, después del golpe de Estado del 3 de enero, detúvose
algunas horas en Valencia, y dejando en su hospedaje a Perico, el fiel
compañero de aventuras políticas, fué al colegio a ver a aquella niña,
cuyo recuerdo no le había abandonado en ninguna circunstancia.
Sabía de mucho tiempo antes el lugar adonde la baronesa había llevado a
su sobrina para evitar que él pudiese verla, y desde entonces había
formado el propósito de ir en busca de María; pero la vida de continua
agitación y no menos zozobra que le hacían llevar las difíciles
circunstancias por que atravesaba la República, impidiéronle cumplir
este deseo, que únicamente pudo realizar cuando, en vez de ser poderoso
y respetado, veíase convertido en un fugitivo sobre el que sus enemigos
podían cebarse.
Terribles impresiones había experimentado Alvarez en su vida agitada y
aventurera; muchas veces se había visto a dos pasos de la muerte y sabía
cómo era esa angustia terrible que se experimenta al sentir próximo el
fin de la vida; pero, a pesar de esto, llegó al _summum_ del dolor
cuando contempló a su hija asustada en su presencia, como si estuviera
enfrente de un verdugo y temblando de pies a cabeza.
Terminó aquella violenta escena del modo que ya sabemos, y si
terriblemente emocionado salió del colegio el infeliz padre, no fué
menor la impresión experimentada por la niña en tal entrevista.
A pesar de que para ella pasaban los sucesos como vistas de linterna
mágica, difuminándose y perdiéndose el recuerdo con la misma prontitud
que las fantasmagorías, la huella de aquella escena se conservó fresca y
en relieve en su memoria durante mucho tiempo.
Por fin había visto al monstruo, a aquel hombre terrible que tanto miedo
le causaba a su tía la baronesa.
Cuando recordaba sus ojos llameantes por la indignación, su rostro
congestionado por la ira y las iracundas palabras que con ademán
amenazador arrojaba a la directora y al padre Tomás, la niña se
estremecía, comprendiendo lo justificado del miedo que todos parecían
tener a aquel gran diablazo, enemigo de Dios.
Pero había algo en tal escena que preocupaba a la niña y la hacía dudar,
sobre la maldad de aquel hombre: era el cariño, la ternura que la había
demostrado.
Intentó besarla, estrecharla entre sus brazos con un enternecimiento
visible... pero, ¡bah! Ella, a pesar de su poca malicia, adivinaba lo
que tales manifestaciones podían significar. Quería halagarla con su
dulzura, para así arrebatarla mejor, llevándosela lejos, muy lejos del
colegio y de las buenas madres, a sus antros horribles, donde perpetraba
seguramente toda clase de maldades. Pero... había hecho algo más que
ella ya no podía explicarse tan fácilmente.
Aquellas miradas tristes que Alvarez le dirigió al verse obligado a
retirarse; sus palabras, que demostraban un cariño melancólico y
profundo; su sincero dolor al despedirse, sin atreverse a daría un beso,
en vista de su resistencia, eran recuerdos que conmovían a la niña
sumiéndola en dudas interminables.
Además, ¿por qué la había llamado tantas veces hija mía? ¿Por qué le
había dicho que era su padre en presencia de la directora y del
sacerdote, que callaban en aquel instante?
La niña tuvo motivo para entregarse a vastas e interminables
reflexiones.
Después del suceso, las más principales de sus maestras le habían
hablado de aquella escena, procurando excitar en la niña la
animadversión al monstruo, que venía a perseguirla hasta en aquel santo
lugar de recogimiento.
María oía y callaba, como poseída todavía del pavor experimentado al
verse frente a aquel hombre; pero en realidad, su silencioso obedecía a
la confusión que en su cerebro infantil producía la gran discordancia
por ella notada entre el exterior simpático de Alvarez, demostrando un
dolor sincero al verse rechazado por la niña, y los horrores que a ella
le habían contado de tal hombre.
Un auxiliar de las religiosas, en la tarea de ennegrecer el recuerdo del
hombre que había pasado por el colegio como una tempestad de ternura y
justa indignación, fué el padre Tomás, aquel sacerdote humilde y siempre
sonriente, que ciertas épocas aparecía ante los ojos de la colegiala
para desaparecer inesperadamente, dejando vacía la sala que ocupaba en
el establecimiento, contigua a las habitaciones de la directora.
La época revolucionaria, el tiempo transcurrido entre la revolución de
septiembre y la caída de la República, fué para el poderoso jesuíta el
período de más agitación en su vida. Nunca había trabajado tanto en
favor de los intereses políticos, a cuya sombra podía volver la Compañía
a gozar de su antigua omnipotencia.
Entraba el padre Tomás de incógnito en España, afectando el exterior
humilde y encogido de un sacerdote pobre. Se le vió en las provincias
del Norte poco antes del levantamiento carlista; viajaba después por el
antiguo reino de Aragón, teniendo su cuartel general en Valencia, desde
donde escribía a los caudillos de las hordas absolutistas que pululaban
por el Centro, y algunas veces iba a Madrid, aun a riesgo de ser
conocido, para fomentar con consejos y grandes cantidades de dinero las
tentativas liberticidas que se preparaban contra la República, y que
fracasaban sin que el jesuíta experimentara gran contrariedad El fruto,
en su opinión, no estaba maduro todavía, pero no tardaría mucho en caer.
Jugaba con dos barajas el poderoso jesuíta, según su propia expresión; y
al mismo tiempo que favorecía a los carlistas, alentaba a los elementos
que conspiraban contra la República, para restaurar en el trono a la
dinastía caída, en la persona del hijo de Isabel II.
Había apoyado con sus poderosos medios el levantamiento carlista en su
primera época, ganoso de crear obstáculos a la revolución y debilitarla
con una continua lucha; pero al caer la República, después del golpe del
3 de enero, ya no era de la misma opinión, y empleaba la fuerza de la
Compañía en proteger la restauración alfonsina, pues a su fino olfato
jesuítico no se escapaba que por esta parte avanzaba la fortuna y el
éxito.
De aquí que la noticia del golpe de Estado del 3 de enero, al
sorprenderle en Valencia, le proporcionara una inmensa alegría. Ya
comenzaban a marchar bien los negocios de la Orden. Ahora, que triunfase
don Carlos o quedara victoriosa la restauración alfonsina que todos
veían próxima, la Compañía de Jesús resultaría siempre gananciosa, pues
podría regresar a España con la faz descubierta a reanudar sus antiguos
negocios.
La presencia de Alvarez en el colegio de la Saletta no logró turbar su
gozo, pero le hizo recordar el importantísimo negocio planteado por su
antecesor, el padre Claudio. Había que terminar su obra, apoderándose de
la mitad de la fortuna de Baselga, de que era poseedora aquella niña.
Ahora que la Compañía, en virtud de los sucesos políticos, iba a entrar
otra vez de lleno en el goce de su antiguo poder, convenía conquistar
aquellos millones, que eran el complemento de la gran cantidad cedida a
la Orden por el fanático padre Ricardo, el tío de María.
El único obstáculo que en el porvenir podía ofrecerse a la realización
de tal plan, era Esteban Alvarez, aquel hombre que conocía el móvil que
guiaba a la Compañía al inmiscuirse de tal modo en los asuntos de la
familia Baselga, y que algún día podía llegar hasta María para
convencerla de que era su padre, y librarla, con sus consejos y su
apoyo, de las pérfidas seducciones de los jesuítas.
Sabía el padre Tomás que Alvarez no podría nunca volver a España, pues
la Orden se encargaría de hacer imposible su regreso, sacando del olvido
los procesos que se le habían formado por ciertos actos de necesaria
violencia cometidos en su época de guerrillero republicano; pero, cauto
y previsor siempre el poderoso jesuíta, por si acaso el emigrado, en un
rasgo de audacia, se presentaba ante su hija, procuró aumentar en ésta
el odio a su padre, y ayudó a las religiosas en la tarea de pintar a
Alvarez como un horrendo monstruo.
María se vió, por algunos días, tratada con gran amabilidad por el padre
Tomás, que hasta entonces sólo había acogido a la colegialita con frías
sonrisas.
La sermoneó, pintándola con negros colores el carácter de aquel hombre
que, arrastrado por una locura criminal decía ser su padre, y la
perseguía; y cuando la niña mostraba más terror, él la tranquilizó,
asegurándola que en todas ocasiones le tendría a él y a su tía la
baronesa, para protegerla.
No tardó María en olvidar aquella escena. La dulce monotonía del colegio
era como una esponja que, pasando sobre su memoria, borraba todos los
recuerdos no relacionados con la vida íntima del establecimiento.
La niña creció, marcándose cada vez más en ella un carácter voluntarioso
y enérgico y un afán de movimiento y de bullicio propios de un cuerpo
henchido de vida y por el cual circulaba una sangre rica y fuerte.
Aquel diablillo con faldas, al crecer, había adquirido gustos de
muchacho, y estaba reñida eternamente con la tranquilidad y el
recogimiento.
No podía permanecer quieta en la sala de estudios, y apenas la hermana
vigilante dejaba de tener en ella fijos los ojos, cazaba moscas para
dejarlas volar después de colocarlas en la parte posterior trompetillas
de papel, o se escurría bajo los bancos para pellizcarle las
pantorrillas a alguna compañera que gozaba de fama de tonta y paciente.
En la sala de labores, al menor descuido, escondía los trabajos de una o
deshacía la bordados de otra, y hasta un día, en unión de dos amiguitas
que constituían con ella la banda de las traviesas, se atrevió a poner
alfileres de punta en el sillón que solía ocupar la segunda directora
cuando vigilaba personalmente los trabajos de las alumnas.
Sus libros eran siempre los más sucios y rotos que se veían en el
colegio; sus manos estaban siempre afeadas por cortes y rasguños que se
hacía introduciéndose en los más obscuros rincones del edificio o
intentando subir a los desvanes; y, a pesar de que la baronesa era en
extremo generosa, y con frecuencia enviaba dinero a la directora para
que repusiera el ajuar de su sobrina, ésta se presentaba siempre rota,
polvorienta y como haciendo gala de su desprecio hacia los trapos que
tanto cuidaban las compañeras.
Un vestido le duraba una semana; profesaba un horror sagrado al coser y
demás labores de su sexo; las hermanas vigilantas habían de sostener con
ella diarias batallas para obligarla a que peinase sus hermosos
cabellos, siempre abandonados y flotantes; y muchas veces encontraban
que su cama no había sido removida en una semana, pues mientras sus
compañeras, al despertarse, cumpliendo el reglamento, levantaban sus
lechos, ella se entretenía en empujarlas para hacerlas caer, o las daba
baños de impresión con el agua de las palanganas.
A los once años, aquel diablazo, demasiado alto y robusto para su edad,
era el bandido del colegio, y tenía su cuadrilla de amigas que,
obedeciéndola ciegamente e imitándola por admiración, iban como ella,
con la cabeza greñuda, el vestido rasgado y las botinas rotas,
aprovechando todas las ocasiones para aturdir el colegio con infernal
gritería.
Las religiosas ya no podían tratar con su antigua benignidad a la
revoltosa muchacha, y creían intimidarla con severos castigos; pero la
niña tomaba a broma todas las medidas de rigor, y seguía en sus
costumbres con la plácida indiferencia de los cerebros aturdidos.
Si la ponían de rodillas en el centro de la clase encontraba medios de
provocar la risa en todas las compañeras; si la sentaban en el
deshonroso banco de las _pigres_ no demostraba el menor pesar, y aun
sabía burlarse con graciosos gestos a espaldas de la maestra; y una vez
que, como castigo supremo y casi desconocido en el colegio, la
encerraron en un cuarto obscuro del piso bajo, donde guardaban tinajas y
vasijas de metal, hubieron de ponerla en libertad a las pocas horas, a
causa del infernal ruido que movía haciendo rodar sobre el pavimento
aquellos objetos.
Las buenas madres hablaban con cierto terror de aquella muchacha, que
parecía tener los demonios en el cuerpo y que revolucionaba al colegio
con su carácter cada vez más revoltoso y maligno.
La directora comprendía ahora la certeza de las afirmaciones de Alvarez.
Aquella niña, forzosamente, había de ser hija suya. Demostraba tener en
su sangre inquieta algo del espíritu diabólico que animaba al terrible
revolucionario.
Pero las religiosas, a pesar de los continuos disgustos que les producía
la niña, respetábanla, pues, en especial la directora y las madres de
alguna importancia, conocían las altas miras que en ella había puesto la
Compañía.
Además, María, en medio de todas sus travesuras y de su espíritu
perturbador, se hacía querer por ciertos rasgos. Los días en que accedía
por capricho a ser buena, entusiasmaba a las buenas madres. Su precoz
talento y su facilidad para el estudio asombraba a sus maestras, que la
veían, durante las cortas rachas de laboriosidad y de calma, permanecer
horas enteras sobre sus libros rotos y manchados, aprendiendo en un sólo
día lo que durante muchos meses había despreciado.
Aparte de esto tenía rasgos de nobleza que la hacían ser perdonada por
todas sus anteriores faltas.
En medio de aquella graciosa y seductora tribu de colegialas, ella,
imponiéndose por su carácter turbulento y el prestigio de su nombre,
administraba justicia con toda la bárbara e impetuosa rectitud de un
caciquillo indio.
Odiaba a las muchachas presumidas, pertenecientes a la encopetada y
orgulloso aristocracia del dinero y las perseguía con crueles burlas;
mediaba en todas las desavenencias que surgían a la hora del recreo,
imponiéndose con su descaro y audacia hasta a las señoritas de último
curso que estaban ya próximas a salir del colegio y pretendían abusar de
su superioridad: y no había niña tímida y humilde que, al quejarse de
ser martirizada por sus compañeras, dejase de encontrar en ella decidida
y valerosa protección.
Las buenas madres confiaban que la edad modificaría el carácter varonil
de la niña; pero sus deseos no se cumplían, y María, a los doce años,
seguía siendo aún un muchacho con faldas, que lo mismo se reía de los
sermones de las religiosas que de aquellas cartas amenazantes y
terroríficas que le enviaba su tía al tener noticia de sus travesuras.
En cuanto al padre Tomás, hacía ya mucho tiempo que las religiosas no
podían valerse de su auxilio, pues la restauración borbónica, por
mediación del omnipotente Cánovas, había abierto a la Compañía las
puertas de España, y el poderoso jesuíta se hallaba en Madrid
sobradamente ocupado en los negocios de la Orden, para fijarse en las
travesuras de María.
Esta, al tener doce años, fué cuando se encontró en la plenitud de aquel
poder absoluto que ejercía sobre todas sus compañeras. Era la reina del
colegio, y nadie osaba protestar contra su despotismo. En las horas de
recreo era cuando podía gozar apreciando por sus propios ojos la
grandeza de su absoluto poder.
Al terminar la hora de la comida, el silencioso patio del colegio, con
uno de sus extremos bañado por el dulce sol de la tarde y el resto
envuelto en la fresca y húmeda sombra que proyectaban los altos y
verdosos muros, conmovíase por el pataleo y los gritos de aquel rebaño
de caras sonrosadas y faldas flotantes que lo invadían.
Los gorriones, que picoteaban en las desiertas baldosas, llamándose con
sus piídos, retirábanse discretamente a lo alto de los muros, apenas
oían a lo lejos el rumor de la invasión, pues conocían, por experiencia,
la malignidad graciosa, mas no por esto menos terrible, de aquellos
diablillos, ansiosos de vengarse con desenfrenados cánticos, furiosos
pataleos y convulsas manotadas de las largas horas de meditación, rezo y
ojos bajos, a que obligaban las costumbres del colegio.
Apenas María, rodeada de su banda de admiradoras obedientes, aparecía en
lo alto de la escalera, el recreo tomaba el aspecto de infantil
aquelarre. Ella era la inventora de las más extrañas diversiones: la
introductora de cuantos juegos violentos veía a los muchachos de las
calles los días en que salían a pasear por la ciudad.
No parecía contenta hasta que ella, con su banda, turbaba los juegos de
las demás niñas, y experimentaba cierto gozo maligno cuando alguna amiga
torpe, queriendo imitarla en sus arriesgados saltos, caía de bruces y se
contusionaba el rostro hasta hacerse sangre.
Ella fué la inventora de la sencilla diversión de dejarse resbalar a
horcajadas por el pasamano de la gran escalera de piedra a una altura de
más de quince metros, temeridad en la que muy pocas la quisieron seguir,
y cuando la segunda directora, sorprendiéndola en tan peligrosa
ocupación, la quitó las ganas de repetir con unos cuantos tirones de
orejas, entonces dedicóse a huronear por los alrededores de la
habitación del portero, a quien ponía en cuidado la picardía del
gracioso bandido, pues apenas se alejaba el hermano José un momento se
encontraba al volver rasgadas las estampas con que adornaba su cuarto,
sufriendo con esto un cruel berrinche, pues amaba a aquellas imágenes
como si fueran individuos de su propia familia.
Un día llevó la niña su audacia hasta el punto de al atravesar el viejo
portero el patio a la hora de recreo saltar a su espalda y dejar al
descubierto su pelado y puntiagudo cráneo, arrebatándole el mugriento
gorro de terciopelo, que de mano en mano, como una pelota, fué de un
extremo a otro.
A cada una de estas hazañas conmovíase todo el personal del colegio,
bramaba la austera subdirectora, miraban al cielo con aire de
escandalizadas las otras hermanas y la directora llamaba a su despacho a
la terrible niña, consiguiendo con todos sus sermones que se repitiera
siempre la misma escena.
María no negaba, pues era incapaz de mentir. Sí, ella había hecho
aquello de que le acusaban. ¿Y por qué? ¿Por qué había cometido tal
monstruosidad? A esta pregunta siempre contestaba lo mismo, con
encogimiento de hombros y sonrisas picarescas. Ella no sabía explicar,
aunque quisiera, el móvil de sus travesuras. Hacía aquello, no porque
gozase en hacer mal, sino porque sentía en su interior un impulso
irresistible a moverse y a provocar ruido, y porque en ella la acción
seguía rápida e irreflexivamente al pensamiento.
No lo volvería a hacer: lo prometía formalmente a la directora, y ella,
en su interior, estaba dispuesta a cumplirlo; pero apenas salía del
despacho con los ojos bajos y el exterior compungido, sentíase asaltada
por el demonio del escándalo (como decían las religiosas), y si
encontraba al paso un mueble que volcar con estruendoso ruido o una
buena madre a quien clavar en el sayal un alfiler con una maza de
papeles, hacíalo con tanta rapidez como lo había pensado.
Convenciéronse, por fin, la directora y sus subordinadas de que era
imponible dominar aquella travesura natural, que llegaba hasta el
extremo de atar los orinales a la cola de los gatos y azuzar después a
éstos para que entrasen corriendo en la capilla a la hora del rezo; y se
propusieron armarse de paciencia para sufrir todas las ruidosas bromas
de aquella niña.
Justamente entonces fué cuando María experimentó un brusco cambio en su
organismo, que modificó su carácter.
Estaba próxima a los trece años, cuando comenzó a sentir un sordo
malestar, una agitación nerviosa que la turbaba, impidiéndola hacer las
locuras de siempre.
Sus ágiles miembros mostrábanse torpes, como si comenzasen a
experimentar una interna petrificación, y los ejercicios violentos
conmovíanla hasta el punto de hacerla sufrir vahidos y bruscas
alternativas de asfixiante malestar.
Quejábase de violentos dolores en las caderas que la obligaban a
inclinarse como si no pudiera resistir el peso de su cuerpo, y tan
visible era su fiebre, que las buenas madres la llevaron a presencia del
médico del colegio a la hora en que éste hacía su diaria visita.
El médico interrogó con cierta discreción a aquella niña que le miraba
descaradamente con sus hermosos ojazos, y sonrió finalmente al escuchar
sus respuestas, haciendo un guiño singular a la directora, que estaba
presente.
¡Oh! Aquello no era nada. Exceso de salud y vida. Lo de siempre: la
crisis que todas forzosamente habían de pasar al llegar a cierta edad.
La fiebre hizo dormir a María durante toda la noche con tranquilo sueño,
y al despertarse a la mañana siguiente, incorporóse en su cama con
nerviosa inquietud, llevando en su pálido rostro y en sus ojos
asombrados una expresión de terror.
Sentía algo extraño bajo el vientre, y todo su organismo estaba dominado
por una languidez que le robaba las fuerzas.
Parecíale que durante el sueño había sido herida por una mano brutal, y
notaba que la parte alta de sus piernas descansaba sobre pegajosa
humedad.
Alarmada y con miedo palpó bajo las sábanas, y al sacar su mano manchada
de sangre rojiza y obscura púsose densamente pálida, agitó su cabeza
como si el terror no la dejara aire que respirar y lanzó un grito de
angustia que resonó en todo el dormitorio.
Acudieron las buenas madres, y el miedo de la colegiala trocóse en
sorpresa y estupefacción al ver que las religiosas, al enterarse de lo
ocurrido, permanecían silenciosas, con los ojos bajos y ruborizadas,
mientras que en los labios de algunas de ellas vagaba una débil sonrisa.
Era aquello el despertar de la pubertad, la revelación del sexo, la
dolorosa y molesta iniciación de la niña que pasaba a ser mujer.
María tardó mucho tiempo en convencerse de lo que aquello significaba, y
aun así, sólo adivinó a medias la importancia de la revolución que se
había operado en su organismo, pues las religiosas procuraban conservar
a sus educandas en la más absoluta ignorancia respecto a las funciones
de la naturaleza, llegando a tal extremo su pudibundez que prohibían a
las niñas, bajo las más severas penas, el llamar por su nombre a los
objetos de íntimo uso, y ponían de rodillas a la que, hablando de su
camisa, la daba tal nombre, en vez de llamarla la _indispensable_.
Las consecuencias que tuvo para María aquel suceso fué abandonar en el
mismo día el dormitorio de las medianas para pasar al de las señoritas
mayores y transformar su vestido, añadiendo algunas pulgadas más de tela
a la falda de su uniforme.