VII

La primera época de colegiala.

Ya sabemos de qué modo Esteban Alvarez vió a su hija en el convento de

Nuestra Señora de la Saletta y cómo le recibió la asustada María.

Fugitivo de Madrid, después del golpe de Estado del 3 de enero, detúvose

algunas horas en Valencia, y dejando en su hospedaje a Perico, el fiel

compañero de aventuras políticas, fué al colegio a ver a aquella niña,

cuyo recuerdo no le había abandonado en ninguna circunstancia.

Sabía de mucho tiempo antes el lugar adonde la baronesa había llevado a

su sobrina para evitar que él pudiese verla, y desde entonces había

formado el propósito de ir en busca de María; pero la vida de continua

agitación y no menos zozobra que le hacían llevar las difíciles

circunstancias por que atravesaba la República, impidiéronle cumplir

este deseo, que únicamente pudo realizar cuando, en vez de ser poderoso

y respetado, veíase convertido en un fugitivo sobre el que sus enemigos

podían cebarse.

Terribles impresiones había experimentado Alvarez en su vida agitada y

aventurera; muchas veces se había visto a dos pasos de la muerte y sabía

cómo era esa angustia terrible que se experimenta al sentir próximo el

fin de la vida; pero, a pesar de esto, llegó al _summum_ del dolor

cuando contempló a su hija asustada en su presencia, como si estuviera

enfrente de un verdugo y temblando de pies a cabeza.

Terminó aquella violenta escena del modo que ya sabemos, y si

terriblemente emocionado salió del colegio el infeliz padre, no fué

menor la impresión experimentada por la niña en tal entrevista.

A pesar de que para ella pasaban los sucesos como vistas de linterna

mágica, difuminándose y perdiéndose el recuerdo con la misma prontitud

que las fantasmagorías, la huella de aquella escena se conservó fresca y

en relieve en su memoria durante mucho tiempo.

Por fin había visto al monstruo, a aquel hombre terrible que tanto miedo

le causaba a su tía la baronesa.

Cuando recordaba sus ojos llameantes por la indignación, su rostro

congestionado por la ira y las iracundas palabras que con ademán

amenazador arrojaba a la directora y al padre Tomás, la niña se

estremecía, comprendiendo lo justificado del miedo que todos parecían

tener a aquel gran diablazo, enemigo de Dios.

Pero había algo en tal escena que preocupaba a la niña y la hacía dudar,

sobre la maldad de aquel hombre: era el cariño, la ternura que la había

demostrado.

Intentó besarla, estrecharla entre sus brazos con un enternecimiento

visible... pero, ¡bah! Ella, a pesar de su poca malicia, adivinaba lo

que tales manifestaciones podían significar. Quería halagarla con su

dulzura, para así arrebatarla mejor, llevándosela lejos, muy lejos del

colegio y de las buenas madres, a sus antros horribles, donde perpetraba

seguramente toda clase de maldades. Pero... había hecho algo más que

ella ya no podía explicarse tan fácilmente.

Aquellas miradas tristes que Alvarez le dirigió al verse obligado a

retirarse; sus palabras, que demostraban un cariño melancólico y

profundo; su sincero dolor al despedirse, sin atreverse a daría un beso,

en vista de su resistencia, eran recuerdos que conmovían a la niña

sumiéndola en dudas interminables.

Además, ¿por qué la había llamado tantas veces hija mía? ¿Por qué le

había dicho que era su padre en presencia de la directora y del

sacerdote, que callaban en aquel instante?

La niña tuvo motivo para entregarse a vastas e interminables

reflexiones.

Después del suceso, las más principales de sus maestras le habían

hablado de aquella escena, procurando excitar en la niña la

animadversión al monstruo, que venía a perseguirla hasta en aquel santo

lugar de recogimiento.

María oía y callaba, como poseída todavía del pavor experimentado al

verse frente a aquel hombre; pero en realidad, su silencioso obedecía a

la confusión que en su cerebro infantil producía la gran discordancia

por ella notada entre el exterior simpático de Alvarez, demostrando un

dolor sincero al verse rechazado por la niña, y los horrores que a ella

le habían contado de tal hombre.

Un auxiliar de las religiosas, en la tarea de ennegrecer el recuerdo del

hombre que había pasado por el colegio como una tempestad de ternura y

justa indignación, fué el padre Tomás, aquel sacerdote humilde y siempre

sonriente, que ciertas épocas aparecía ante los ojos de la colegiala

para desaparecer inesperadamente, dejando vacía la sala que ocupaba en

el establecimiento, contigua a las habitaciones de la directora.

La época revolucionaria, el tiempo transcurrido entre la revolución de

septiembre y la caída de la República, fué para el poderoso jesuíta el

período de más agitación en su vida. Nunca había trabajado tanto en

favor de los intereses políticos, a cuya sombra podía volver la Compañía

a gozar de su antigua omnipotencia.

Entraba el padre Tomás de incógnito en España, afectando el exterior

humilde y encogido de un sacerdote pobre. Se le vió en las provincias

del Norte poco antes del levantamiento carlista; viajaba después por el

antiguo reino de Aragón, teniendo su cuartel general en Valencia, desde

donde escribía a los caudillos de las hordas absolutistas que pululaban

por el Centro, y algunas veces iba a Madrid, aun a riesgo de ser

conocido, para fomentar con consejos y grandes cantidades de dinero las

tentativas liberticidas que se preparaban contra la República, y que

fracasaban sin que el jesuíta experimentara gran contrariedad El fruto,

en su opinión, no estaba maduro todavía, pero no tardaría mucho en caer.

Jugaba con dos barajas el poderoso jesuíta, según su propia expresión; y

al mismo tiempo que favorecía a los carlistas, alentaba a los elementos

que conspiraban contra la República, para restaurar en el trono a la

dinastía caída, en la persona del hijo de Isabel II.

Había apoyado con sus poderosos medios el levantamiento carlista en su

primera época, ganoso de crear obstáculos a la revolución y debilitarla

con una continua lucha; pero al caer la República, después del golpe del

3 de enero, ya no era de la misma opinión, y empleaba la fuerza de la

Compañía en proteger la restauración alfonsina, pues a su fino olfato

jesuítico no se escapaba que por esta parte avanzaba la fortuna y el

éxito.

De aquí que la noticia del golpe de Estado del 3 de enero, al

sorprenderle en Valencia, le proporcionara una inmensa alegría. Ya

comenzaban a marchar bien los negocios de la Orden. Ahora, que triunfase

don Carlos o quedara victoriosa la restauración alfonsina que todos

veían próxima, la Compañía de Jesús resultaría siempre gananciosa, pues

podría regresar a España con la faz descubierta a reanudar sus antiguos

negocios.

La presencia de Alvarez en el colegio de la Saletta no logró turbar su

gozo, pero le hizo recordar el importantísimo negocio planteado por su

antecesor, el padre Claudio. Había que terminar su obra, apoderándose de

la mitad de la fortuna de Baselga, de que era poseedora aquella niña.

Ahora que la Compañía, en virtud de los sucesos políticos, iba a entrar

otra vez de lleno en el goce de su antiguo poder, convenía conquistar

aquellos millones, que eran el complemento de la gran cantidad cedida a

la Orden por el fanático padre Ricardo, el tío de María.

El único obstáculo que en el porvenir podía ofrecerse a la realización

de tal plan, era Esteban Alvarez, aquel hombre que conocía el móvil que

guiaba a la Compañía al inmiscuirse de tal modo en los asuntos de la

familia Baselga, y que algún día podía llegar hasta María para

convencerla de que era su padre, y librarla, con sus consejos y su

apoyo, de las pérfidas seducciones de los jesuítas.

Sabía el padre Tomás que Alvarez no podría nunca volver a España, pues

la Orden se encargaría de hacer imposible su regreso, sacando del olvido

los procesos que se le habían formado por ciertos actos de necesaria

violencia cometidos en su época de guerrillero republicano; pero, cauto

y previsor siempre el poderoso jesuíta, por si acaso el emigrado, en un

rasgo de audacia, se presentaba ante su hija, procuró aumentar en ésta

el odio a su padre, y ayudó a las religiosas en la tarea de pintar a

Alvarez como un horrendo monstruo.

María se vió, por algunos días, tratada con gran amabilidad por el padre

Tomás, que hasta entonces sólo había acogido a la colegialita con frías

sonrisas.

La sermoneó, pintándola con negros colores el carácter de aquel hombre

que, arrastrado por una locura criminal decía ser su padre, y la

perseguía; y cuando la niña mostraba más terror, él la tranquilizó,

asegurándola que en todas ocasiones le tendría a él y a su tía la

baronesa, para protegerla.

No tardó María en olvidar aquella escena. La dulce monotonía del colegio

era como una esponja que, pasando sobre su memoria, borraba todos los

recuerdos no relacionados con la vida íntima del establecimiento.

La niña creció, marcándose cada vez más en ella un carácter voluntarioso

y enérgico y un afán de movimiento y de bullicio propios de un cuerpo

henchido de vida y por el cual circulaba una sangre rica y fuerte.

Aquel diablillo con faldas, al crecer, había adquirido gustos de

muchacho, y estaba reñida eternamente con la tranquilidad y el

recogimiento.

No podía permanecer quieta en la sala de estudios, y apenas la hermana

vigilante dejaba de tener en ella fijos los ojos, cazaba moscas para

dejarlas volar después de colocarlas en la parte posterior trompetillas

de papel, o se escurría bajo los bancos para pellizcarle las

pantorrillas a alguna compañera que gozaba de fama de tonta y paciente.

En la sala de labores, al menor descuido, escondía los trabajos de una o

deshacía la bordados de otra, y hasta un día, en unión de dos amiguitas

que constituían con ella la banda de las traviesas, se atrevió a poner

alfileres de punta en el sillón que solía ocupar la segunda directora

cuando vigilaba personalmente los trabajos de las alumnas.

Sus libros eran siempre los más sucios y rotos que se veían en el

colegio; sus manos estaban siempre afeadas por cortes y rasguños que se

hacía introduciéndose en los más obscuros rincones del edificio o

intentando subir a los desvanes; y, a pesar de que la baronesa era en

extremo generosa, y con frecuencia enviaba dinero a la directora para

que repusiera el ajuar de su sobrina, ésta se presentaba siempre rota,

polvorienta y como haciendo gala de su desprecio hacia los trapos que

tanto cuidaban las compañeras.

Un vestido le duraba una semana; profesaba un horror sagrado al coser y

demás labores de su sexo; las hermanas vigilantas habían de sostener con

ella diarias batallas para obligarla a que peinase sus hermosos

cabellos, siempre abandonados y flotantes; y muchas veces encontraban

que su cama no había sido removida en una semana, pues mientras sus

compañeras, al despertarse, cumpliendo el reglamento, levantaban sus

lechos, ella se entretenía en empujarlas para hacerlas caer, o las daba

baños de impresión con el agua de las palanganas.

A los once años, aquel diablazo, demasiado alto y robusto para su edad,

era el bandido del colegio, y tenía su cuadrilla de amigas que,

obedeciéndola ciegamente e imitándola por admiración, iban como ella,

con la cabeza greñuda, el vestido rasgado y las botinas rotas,

aprovechando todas las ocasiones para aturdir el colegio con infernal

gritería.

Las religiosas ya no podían tratar con su antigua benignidad a la

revoltosa muchacha, y creían intimidarla con severos castigos; pero la

niña tomaba a broma todas las medidas de rigor, y seguía en sus

costumbres con la plácida indiferencia de los cerebros aturdidos.

Si la ponían de rodillas en el centro de la clase encontraba medios de

provocar la risa en todas las compañeras; si la sentaban en el

deshonroso banco de las _pigres_ no demostraba el menor pesar, y aun

sabía burlarse con graciosos gestos a espaldas de la maestra; y una vez

que, como castigo supremo y casi desconocido en el colegio, la

encerraron en un cuarto obscuro del piso bajo, donde guardaban tinajas y

vasijas de metal, hubieron de ponerla en libertad a las pocas horas, a

causa del infernal ruido que movía haciendo rodar sobre el pavimento

aquellos objetos.

Las buenas madres hablaban con cierto terror de aquella muchacha, que

parecía tener los demonios en el cuerpo y que revolucionaba al colegio

con su carácter cada vez más revoltoso y maligno.

La directora comprendía ahora la certeza de las afirmaciones de Alvarez.

Aquella niña, forzosamente, había de ser hija suya. Demostraba tener en

su sangre inquieta algo del espíritu diabólico que animaba al terrible

revolucionario.

Pero las religiosas, a pesar de los continuos disgustos que les producía

la niña, respetábanla, pues, en especial la directora y las madres de

alguna importancia, conocían las altas miras que en ella había puesto la

Compañía.

Además, María, en medio de todas sus travesuras y de su espíritu

perturbador, se hacía querer por ciertos rasgos. Los días en que accedía

por capricho a ser buena, entusiasmaba a las buenas madres. Su precoz

talento y su facilidad para el estudio asombraba a sus maestras, que la

veían, durante las cortas rachas de laboriosidad y de calma, permanecer

horas enteras sobre sus libros rotos y manchados, aprendiendo en un sólo

día lo que durante muchos meses había despreciado.

Aparte de esto tenía rasgos de nobleza que la hacían ser perdonada por

todas sus anteriores faltas.

En medio de aquella graciosa y seductora tribu de colegialas, ella,

imponiéndose por su carácter turbulento y el prestigio de su nombre,

administraba justicia con toda la bárbara e impetuosa rectitud de un

caciquillo indio.

Odiaba a las muchachas presumidas, pertenecientes a la encopetada y

orgulloso aristocracia del dinero y las perseguía con crueles burlas;

mediaba en todas las desavenencias que surgían a la hora del recreo,

imponiéndose con su descaro y audacia hasta a las señoritas de último

curso que estaban ya próximas a salir del colegio y pretendían abusar de

su superioridad: y no había niña tímida y humilde que, al quejarse de

ser martirizada por sus compañeras, dejase de encontrar en ella decidida

y valerosa protección.

Las buenas madres confiaban que la edad modificaría el carácter varonil

de la niña; pero sus deseos no se cumplían, y María, a los doce años,

seguía siendo aún un muchacho con faldas, que lo mismo se reía de los

sermones de las religiosas que de aquellas cartas amenazantes y

terroríficas que le enviaba su tía al tener noticia de sus travesuras.

En cuanto al padre Tomás, hacía ya mucho tiempo que las religiosas no

podían valerse de su auxilio, pues la restauración borbónica, por

mediación del omnipotente Cánovas, había abierto a la Compañía las

puertas de España, y el poderoso jesuíta se hallaba en Madrid

sobradamente ocupado en los negocios de la Orden, para fijarse en las

travesuras de María.

Esta, al tener doce años, fué cuando se encontró en la plenitud de aquel

poder absoluto que ejercía sobre todas sus compañeras. Era la reina del

colegio, y nadie osaba protestar contra su despotismo. En las horas de

recreo era cuando podía gozar apreciando por sus propios ojos la

grandeza de su absoluto poder.

Al terminar la hora de la comida, el silencioso patio del colegio, con

uno de sus extremos bañado por el dulce sol de la tarde y el resto

envuelto en la fresca y húmeda sombra que proyectaban los altos y

verdosos muros, conmovíase por el pataleo y los gritos de aquel rebaño

de caras sonrosadas y faldas flotantes que lo invadían.

Los gorriones, que picoteaban en las desiertas baldosas, llamándose con

sus piídos, retirábanse discretamente a lo alto de los muros, apenas

oían a lo lejos el rumor de la invasión, pues conocían, por experiencia,

la malignidad graciosa, mas no por esto menos terrible, de aquellos

diablillos, ansiosos de vengarse con desenfrenados cánticos, furiosos

pataleos y convulsas manotadas de las largas horas de meditación, rezo y

ojos bajos, a que obligaban las costumbres del colegio.

Apenas María, rodeada de su banda de admiradoras obedientes, aparecía en

lo alto de la escalera, el recreo tomaba el aspecto de infantil

aquelarre. Ella era la inventora de las más extrañas diversiones: la

introductora de cuantos juegos violentos veía a los muchachos de las

calles los días en que salían a pasear por la ciudad.

No parecía contenta hasta que ella, con su banda, turbaba los juegos de

las demás niñas, y experimentaba cierto gozo maligno cuando alguna amiga

torpe, queriendo imitarla en sus arriesgados saltos, caía de bruces y se

contusionaba el rostro hasta hacerse sangre.

Ella fué la inventora de la sencilla diversión de dejarse resbalar a

horcajadas por el pasamano de la gran escalera de piedra a una altura de

más de quince metros, temeridad en la que muy pocas la quisieron seguir,

y cuando la segunda directora, sorprendiéndola en tan peligrosa

ocupación, la quitó las ganas de repetir con unos cuantos tirones de

orejas, entonces dedicóse a huronear por los alrededores de la

habitación del portero, a quien ponía en cuidado la picardía del

gracioso bandido, pues apenas se alejaba el hermano José un momento se

encontraba al volver rasgadas las estampas con que adornaba su cuarto,

sufriendo con esto un cruel berrinche, pues amaba a aquellas imágenes

como si fueran individuos de su propia familia.

Un día llevó la niña su audacia hasta el punto de al atravesar el viejo

portero el patio a la hora de recreo saltar a su espalda y dejar al

descubierto su pelado y puntiagudo cráneo, arrebatándole el mugriento

gorro de terciopelo, que de mano en mano, como una pelota, fué de un

extremo a otro.

A cada una de estas hazañas conmovíase todo el personal del colegio,

bramaba la austera subdirectora, miraban al cielo con aire de

escandalizadas las otras hermanas y la directora llamaba a su despacho a

la terrible niña, consiguiendo con todos sus sermones que se repitiera

siempre la misma escena.

María no negaba, pues era incapaz de mentir. Sí, ella había hecho

aquello de que le acusaban. ¿Y por qué? ¿Por qué había cometido tal

monstruosidad? A esta pregunta siempre contestaba lo mismo, con

encogimiento de hombros y sonrisas picarescas. Ella no sabía explicar,

aunque quisiera, el móvil de sus travesuras. Hacía aquello, no porque

gozase en hacer mal, sino porque sentía en su interior un impulso

irresistible a moverse y a provocar ruido, y porque en ella la acción

seguía rápida e irreflexivamente al pensamiento.

No lo volvería a hacer: lo prometía formalmente a la directora, y ella,

en su interior, estaba dispuesta a cumplirlo; pero apenas salía del

despacho con los ojos bajos y el exterior compungido, sentíase asaltada

por el demonio del escándalo (como decían las religiosas), y si

encontraba al paso un mueble que volcar con estruendoso ruido o una

buena madre a quien clavar en el sayal un alfiler con una maza de

papeles, hacíalo con tanta rapidez como lo había pensado.

Convenciéronse, por fin, la directora y sus subordinadas de que era

imponible dominar aquella travesura natural, que llegaba hasta el

extremo de atar los orinales a la cola de los gatos y azuzar después a

éstos para que entrasen corriendo en la capilla a la hora del rezo; y se

propusieron armarse de paciencia para sufrir todas las ruidosas bromas

de aquella niña.

Justamente entonces fué cuando María experimentó un brusco cambio en su

organismo, que modificó su carácter.

Estaba próxima a los trece años, cuando comenzó a sentir un sordo

malestar, una agitación nerviosa que la turbaba, impidiéndola hacer las

locuras de siempre.

Sus ágiles miembros mostrábanse torpes, como si comenzasen a

experimentar una interna petrificación, y los ejercicios violentos

conmovíanla hasta el punto de hacerla sufrir vahidos y bruscas

alternativas de asfixiante malestar.

Quejábase de violentos dolores en las caderas que la obligaban a

inclinarse como si no pudiera resistir el peso de su cuerpo, y tan

visible era su fiebre, que las buenas madres la llevaron a presencia del

médico del colegio a la hora en que éste hacía su diaria visita.

El médico interrogó con cierta discreción a aquella niña que le miraba

descaradamente con sus hermosos ojazos, y sonrió finalmente al escuchar

sus respuestas, haciendo un guiño singular a la directora, que estaba

presente.

¡Oh! Aquello no era nada. Exceso de salud y vida. Lo de siempre: la

crisis que todas forzosamente habían de pasar al llegar a cierta edad.

La fiebre hizo dormir a María durante toda la noche con tranquilo sueño,

y al despertarse a la mañana siguiente, incorporóse en su cama con

nerviosa inquietud, llevando en su pálido rostro y en sus ojos

asombrados una expresión de terror.

Sentía algo extraño bajo el vientre, y todo su organismo estaba dominado

por una languidez que le robaba las fuerzas.

Parecíale que durante el sueño había sido herida por una mano brutal, y

notaba que la parte alta de sus piernas descansaba sobre pegajosa

humedad.

Alarmada y con miedo palpó bajo las sábanas, y al sacar su mano manchada

de sangre rojiza y obscura púsose densamente pálida, agitó su cabeza

como si el terror no la dejara aire que respirar y lanzó un grito de

angustia que resonó en todo el dormitorio.

Acudieron las buenas madres, y el miedo de la colegiala trocóse en

sorpresa y estupefacción al ver que las religiosas, al enterarse de lo

ocurrido, permanecían silenciosas, con los ojos bajos y ruborizadas,

mientras que en los labios de algunas de ellas vagaba una débil sonrisa.

Era aquello el despertar de la pubertad, la revelación del sexo, la

dolorosa y molesta iniciación de la niña que pasaba a ser mujer.

María tardó mucho tiempo en convencerse de lo que aquello significaba, y

aun así, sólo adivinó a medias la importancia de la revolución que se

había operado en su organismo, pues las religiosas procuraban conservar

a sus educandas en la más absoluta ignorancia respecto a las funciones

de la naturaleza, llegando a tal extremo su pudibundez que prohibían a

las niñas, bajo las más severas penas, el llamar por su nombre a los

objetos de íntimo uso, y ponían de rodillas a la que, hablando de su

camisa, la daba tal nombre, en vez de llamarla la _indispensable_.

Las consecuencias que tuvo para María aquel suceso fué abandonar en el

mismo día el dormitorio de las medianas para pasar al de las señoritas

mayores y transformar su vestido, añadiendo algunas pulgadas más de tela

a la falda de su uniforme.

La araña negra, t. 7/9 · 第 12 / 26 题