IV

Un revolucionario y una beata.

En toda la noche no pudo dormir la baronesa, agitada por los

pensamientos que la producía el haber visto a Alvarez la mañana

anterior.

A la madrugada, cuando ya sonaba en las calles el campanilleo de las

burras de leche y el cencerro de las vacas, pudo atrapar el sueño, pero

no gozó de tal dicha por muchas horas.

Eran las once cuando entró su lenguaraz doncella a avisarle, con tono de

alarma, que había estado a visitarla un comandante, anunciando que

volvería a la una, pues tenía que hablar con urgencia a la señora.

El modo con que la doncella decía estas palabras, acabó de disipar la

torpeza que invadía a doña Fernanda, bruscamente sacada de su sueño.

Adivinábase que aquella muchacha conocía a Alvarez y no ignoraba la

importancia que tenía la visita.

La baronesa así lo comprendía. ¡Dios sabe de cuántas murmuraciones

habría sido objeto su difunta hermana por parte de la servidumbre, gente

respetuosa e inmóvil que parece no fijarse en nada y, sin embargo, lo ve

todo!

Doña Fernanda, herida por la audacia que demostraba Alvarez

presentándose en su casa, saltó inmediatamente del lecho y comenzó a

vestirse.

¡Dios mío! ¿Que quería aquel hombre? ¿Cómo se atrevía a poner los pies

en aquella casa? ¿Con qué derecho quería hablar nada menos que a una

baronesa muy católica y no menos ilustre? Que se fuera a sus centros, a

sus clubs, a sus logias horripilantes, donde se pisoteaba a Cristo, se

cometían los mayores sacrilegios y se pronunciaban terribles palabras

que mataban a una persona sólo con oírlas. ¡Mire usted! que era audacia

la de aquel demagogo.

Lo único que la consolaba es que ella hablaría con _Paco_ Serrano, que

la estimaba mucho, y sabría meter en vereda al audaz comandante.

Estaba resuelta a no dejarse imponer por el descamisado y dió orden

terminante a la doncella para que no le permitiera la entrada.

Pero no tardó en cambiar de opinión. Parecióle, sin duda, indigno de

ella el evadir la presencia de Alvarez, y bien fuese por imposición de

su dignidad, o por no tener un enemigo en un hombre que figuraba entre

los revolucionarios a quienes ella tanto temía, lo cierto es que dió

contraorden a su doncella, la cual fué autorizada para hacer entrar al

comandante en el salón así que se presentara.

Una hora después, Alvarez, vestido de uniforme, entraba en el salón de

la baronesa Esta le hizo aguardar mucho rato, y, por fin, se presentó,

vestida de negro, con rostro austero y todo el aspecto de una reina

viuda.

Al ver al comandante, que se puso en pie respetuosamente, hizo doña

Fernanda uno de esos gestos de extrañeza cortés que se reservan para las

personas desconocidas cuyas intenciones son un problema.

Cuando los dos estuvieron sentados, el comandante comenzó a hablar a la

baronesa, que le escuchaba con gesto altivo y casi impertinente.

--Señora: no sé si usted me conocerá.... ¿Que no? No lo extraño. Hace ya

mucho tiempo que no nos hemos visto, y las circunstancias de la vida me

han envejecido bastante. Sin embargo, tal vez haga usted memoria cuando

sepa mi nombre. Yo soy Esteban Alvarez.

Doña Fernanda volvió a hacer con su cabeza signos negativos.

--A pesar de esto, usted me conoce, señora. Nunca nos hemos hablado,

pero tengo la seguridad de que yo no soy para usted un desconocido. Tal

vez recuerde usted mejor cuando yo le diga que fuí novio de su difunta

hermana Enriqueta. Creo que algunas veces he tenido la desgracia de

incurrir en la muda indignación de usted.

Y Alvarez dijo estas palabras sonriendo discretamente.

La baronesa ya no pudo seguir negando y acogió aquellas palabras con la

expresión del que recuerda una cosa que le interesa poco.

--¡Ah, sí, caballero! Me parece recordar que mi hermana tenía un capitán

que parecía algo enamorado de ella.... ¿Era usted mismo, caballero?

Vaya, pues lo celebro mucho. Ya sabrá usted que la pobrecita murió.

Y doña Fernanda reía desdeñosamente, envuelta en su superioridad de raza

y esforzándose en darle a entender con su actitud que el haber tenido

relaciones amorosas con su hermana no autorizaba a ningún plebeyo, y por

añadidura, revolucionario, para inmiscuirse en el seno de una familia

de antigua nobleza.

--Sí, señora. Sé que murió Enriqueta y éste es el mayor infortunio de

cuantos he experimentado. Ha sido mi único amor.

--Veo que es usted constante, caballero--dijo la baronesa con acento

sarcástico--. No podría decir lo mismo mi pobre hermana, si viviese,

pues ya sabrá usted que ella contrajo matrimonio después de sus

galanteos con usted. Se casó con un hombre distinguido y de gran

talento, que murió heroicamente peleando en favor de las doctrinas de

sus mayores y de los intereses del orden y de la familia.

Desgraciadamente, hoy no están en moda tales esfuerzos, pues nos han

salido otros héroes de nueva clase.

La baronesa profesaba gran simpatía a su cuñado Quirós, aun después de

muerto, y como si no conociera las circunstancias de su desgraciado fin,

complacíase en forjarse una novela sobre sus últimos instantes y en

tenerlo como un héroe, que, consecuente con los principios que siempre

predicaba habíase batido el 22 de junio como un león, siendo mártir de

la monarquía y del catolicismo. En todas partes hablaba de su cuñado,

llamándole héroe y mártir sublime, y la sociedad que la rodeaba creíala

o fingía creerla, pues a todos interesaba el formarse dentro de su clase

un grande hombre.

Por los labios de Alvarez vagó una débil sonrisa al encontrarse

convertido en héroe al despreciable Quirós, pero se abstuvo de todo

comentario sobre esta creencia, así como sobre las últimas palabras de

la baronesa, que eran una sátira contra la revolución, y siguió como si

no se hubiera fijado en tales expresiones.

--Conozco, señora, el matrimonio de su hermana; sé lo que esto

significaba, y de igual modo, hasta qué punto era su esposo ese señor

Quirós de quien usted habla. Sólo conociendo estas cosas, como las

conozco, es como yo me he limitado a callar hasta el presente y no he

hecho uso de un derecho que tengo, si no valedero ante la sociedad,

legítimo como el que más a los ojos de la Naturaleza.

--¡Dios mío, caballero!--dijo con fina sonrisa la aristócrata--. Habla

usted de un moldo tan imponente, que siguiendo por este camino llegará a

aterrorizarme. Además, no sé qué derechos pudiera usted tener sobre mi

hermana. ¿Que era novia de usted? Conforme. ¿Que se escribían cartitas y

algunas mañanas se veían en el Retiro? No lo sé cierto, pero algo he

oído decir y no quiero ponerlo en duda. Pero esto, señor mío, no

autoriza a nada. ¿Quién no sabe lo que son amoríos a los veinte años?

¿Tienen esta clase de relaciones alguna importancia para crear esos

derechos de que usted habla en tono tan formal? Si todas las muchachas

tuvieran que quedar ligadas eternamente con aquellos hombres a los que

hubiesen dado palabra de fidelidad a los veinte años, le aseguro a usted

que el amor, y hasta la vida, serían imposibles. Crea usted, caballero,

que no entiendo lo que usted dice.

La baronesa fingíase con habilidad completamente ignorante de cuanto

había existido entre Enriqueta y Alvarez, y aunque no se sentía muy

tranquila en presencia de aquel hombre, empujaba hábilmente la

conversación hacia un punto que excitaba su interés y que era lo que

principalmente había motivado su repentina decisión de admitir al

revolucionario en su casa.

Deseaba saber la verdad de las relaciones entre su hermana y Alvarez.

Durante la enfermedad de Enriqueta, ésta, con palabras sueltas, la había

dado a entender algo que pudo añadir a lo mucho que ya sabía sobre la

aventura de su hermana y el modo con que Quirós había logrado

explotarla, pero le faltaba conocer la historia con todos sus detalles,

y por esto impulsaba hábilmente a aquel enemigo a que saciase su

curiosidad.

Alvarez, al notar el desprecio cortés con que le trataba la baronesa y

la certeza con que le negaba todo derecho sobre Enriqueta, queriendo

hacerlo pasar como a un extraño, indignóse, y aunque con bastante

discreción, para no herir de lleno la honra de su difunta amante,

comenzó a relatar todo lo ocurrido desde el día en que la hija del conde

de Baselga huyó de su casa para ir a buscarle a él en su modesta

vivienda.

La baronesa le escuchaba atentamente, a pesar de que fingía incredulidad

conforme avanzaba la relación. En vez de indignarse, al saber la

estratagema villana de que se había valido Quirós para comprometer a

Enriqueta, encontró que tenía mucha gracia la intriga y ratificó

interiormente el concepto de hombre de talento en que tenía a su cuñado.

Lo que más estupefacción le produjo fué la noticia de que Quirós sólo

era marido de Enriqueta en apariencia, pues ésta, fiel siempre al

recuerdo del que era padre de su hija, no había concedido la menor

confianza al aventurero que por tan villanos medios consiguió su mano.

A pesar de la impresión que le produjo esta noticia, la baronesa

protestó inmediatamente.

--Caballero; eso que usted me cuenta es abominable. Además, fácilmente

se conoce que todo es pura fábula. ¿Cómo puede usted estar tan enterado

de lo que, según afirma, ocurría en esta casa? ¿Cómo conoce usted esa

frialdad que supone en las relaciones de los dos difuntos esposos?

--Señora--contestó el capitán con dignidad--. Yo no miento nunca. Le

juro a usted, por mi honor de soldado, que esto que le digo lo sé por la

misma Enriqueta. Ella me lo dijo al justificar su conducta cuando yo le

pregunté sobre su casamiento.

--¿Y cuándo pudo usted verla?--observó con incredulidad la baronesa--.

Según usted acaba de decirme huyó de Madrid perseguido por las

autoridades la misma noche en que mi hermana, con una ligereza

inconcebible, abandonó esta casa. No creo que usted haya vuelto por

España, hasta ahora, estando como estaba sentenciado a muerte.

--Pues volví, señora: vine aquí para tomar parte en el movimiento del 22

de junio, algunos meses antes.

La baronesa, a pesar de que sabía muy bien que Alvarez había estado en

Madrid después de su primera fuga y que en la calle de Atocha lo había

visto su hermana, próximo a ser fusilado, hizo un gesto de extrañeza y

luego preguntó con marcada incredulidad:

--¿Y cómo hablaba usted entonces con Enriqueta? Le advierto a usted que

mi hermana ha vivido siempre muy unida a mí, y que son pocas las cosas

que ha hecho de las cuales no me haya yo enterado inmediatamente.

--¿Duda usted, señora, que yo hablase con Enriqueta después que volví

ocultamente de mi primera emigración? Pues yo le daré detalles que le

probarán cuanto digo. Hablé por primera vez con Enriqueta en una

iglesia, cuyo nombre no recuerdo en este instante, pero en la cual

predicaba entonces un jesuíta llamado el padre Luis, cuyos sermones

causaban verdadero furor. Era una tarde en que usted estaba enferma y

Enriqueta fué sola al templo. Al terminar el acto hablamos largamente, y

sin que yo la obligase a ello me relató la vida que hacía con su esposo.

Desde entonces nos vimos con gran frecuencia, aprovechando todas las

tardes en que usted no acompañaba a su hermana. Le juro a usted que

Enriqueta supo respetar la nueva posición que ante el mundo tenía y no

me permitió nunca la menor libertad en nuestras sucesivas entrevistas.

Ya ve usted, señora, que doy bastantes detalles para ser creído.

La baronesa estaba convencida interiormente de la veracidad de cuanto

decía Alvarez.

Sabía por las palabras que se habían escapado a Enriqueta que su hija

lo era de Alvarez, y ahora, recordando la frialdad con que su hermana

había tratado siempre a Quirós, convencíase de que no era menos cierta

aquella separación absoluta que en secreto observaba el matrimonio.

Pero a pesar de esto, la baronesa no estaba dispuesta a aceptar como

buenas tales explicaciones. Sublevábanse sus preocupaciones de

aristocrática ante la posibilidad de reconocer como pariente a un hombre

como Alvarez, y acogió todas sus palabras con gesto de superioridad

desdeñosa.

--Podrá ser verdad cuanto usted afirma; pero, ¡Dios mío!, ¡resulta todo

eso tan extraño!...; parece un capítulo de novela.

El comandante palideció al escuchar estas palabras, que equivalían a un

insulto, pero se contuvo y supo dominar su cólera, limitándose a

contestar que él respetaba a las señoras lo suficiente para no sentirse

molestado por sus expresiones.

--Y en resumen, caballero--continuó doña Fernanda--, ¿qué es lo que

usted desea? No creo que haya venido a esta casa con el solo objeto de

desenterrar moralmente a mi pobre hermana, contándome una historia que,

en realidad, me ha interesado poco.

--Señora, he venido aquí impulsado por unos sentimientos que apreciaría

usted mejor si fuese madre. Vengo a ver a mi hija. No tengo familia en

el mundo ni seres que me amen, y esa niña constituye toda mi ilusión.

Quiero ver a Marujita.

La baronesa, a pesar de que estaba preparada y sabía que el visitante

expondría tal demanda, no pudo evitar un movimiento que mostraba su

intranquilidad.

--¡Oh! No se asuste usted, señora--se apresuró a decir el comandante con

extremada dulzura--. No pretendo arrebatarla a usted esa niña, a la que,

según tengo entendido, cuida usted como una madre. Nunca he tenido tal

intención; además me sería imposible encargarme de ella, pues mi

profesión y mi modo de vivir me imposibilitan de tener niños a mi

cuidado. Usted la tendrá siempre, señora; usted la conservará a su lado;

yo únicamente le pido un favor pequeño, insignificante. Sólo quiero

tener libre la entrada aquí, para venir de vez en cuando a dar un beso a

mi hija.

Se detuvo el comandante y después dijo con la indecisión y la timidez

del que solicita una cosa indispensable y teme no se la concedan:

--¿No podía yo verla ahora mismo?

La baronesa creció en orgullo al verse solicitada tan humildemente y

contestó con una mentira:

--No; ahora es imposible. La niña ha salido a pasear, en compañía de su

aya. El médico ha ordenado para ella los paseos matinales.

Alvarez hizo un gesto de resignación: otra vez sería más afortunado.

Reinó un largo silencio que la baronesa empleó en preparar una pregunta

que hacía rato escarabajeaba en su lengua. Desde que ella supo que

Alvarez había tomado parte en la jornada del 22 de junio, con todos los

demás sucesos que Enriqueta, durante su enfermedad, relataba con

bastante incoherencia, la baronesa había adquirido la convicción de que

aquel hombre odiado era el autor de la muerte de Quirós. No tenía más

certidumbre que la que proporcionaba su antipatía, pero para ella era

indiscutible que estando Alvarez en aquella revolución, forzosamente

había de ser el matador de su cuñado.

Deseaba afirmarse en su creencia, y por esto buscaba el medio de abordar

a Alvarez, de modo que le sorprendiera, arrancándole la verdad.

Por fin rompió aquel largo y embarazoso silencio, del cual no sabía cómo

salir su interlocutor.

--Diga usted, caballero. Usted debió encontrarse en la barricada que el

22 de junio levantaron ahí, en la cercana plaza. Enriqueta me dijo que

lo vió a usted escapar.

--¡Ah!... ¿Le dijo Enriqueta que me había visto próximo a ser fusilado?

La baronesa comprendió que daba un paso en falso para su orgullo si

revelaba a aquel hombre que el espectáculo de su próxima muerte había

sido causa de la enfermedad de su hermana.

Esto equivalía a darle a entender que Enriqueta le había amado hasta la

muerte.

--¡Bah! Enriqueta nada vió, o, al menos, nada me dijo. La pobrecita

estaba impresionada por la vista del cadáver de su esposo, al que amaba

mucho, aunque usted se empeñe en afirmar lo contrario. Esto fué lo que

la produjo su lenta agonía. Pero conteste usted, caballero: ¿Estaba

usted en la barricada de la plaza de Antón Martín?

El comandante contestó afirmativamente.

--Pues entonces usted sabrá quién mató a mi cuñado. Nadie lo vería mejor

que usted.

La baronesa recalcó mucho estas palabras, y Alvarez, incapaz de

fingimientos, y creyendo que ella conocía la participación que su

asistente Perico había tenido en el suceso, se inmutó hasta el punto de

palidecer y balbucear con visible dificultad una débil excusa.

--No, señora; no vi nada. No sé quién pudo ser el matador.

--¡Oh!--afirmó doña Fernanda con vehemencia varonil--. Lo sabe usted

perfectamente. El rostro le hace traición; está usted turbado y se

delata como asesino del pobre Quirós. Ya estaba yo convencida de que el

matador no podía ser otro que usted.

Alvarez, absorto ante aquella acusación inesperada, sólo supo levantarse

del sillón, exclamando con una extrañeza que acreditaba su inocencia:

--¡Yo, señora! ¡Yo asesino! Usted no me conoce.

--Sí, usted--gritó doña Fernanda con la faz rubicunda por la cólera y

poniéndose en pie--. Salga usted inmediatamente de aquí.

Y serenándose inmediatamente dijo con una ironía cruel:

--A menos que en los presentes tiempos revolucionarios, los hombres como

usted estén autorizados para venir a turbar la paz de una casa honrada y

para insultar con su presencia a una dama respetable.

Alvarez cerró los ojos con nerviosa contracción, como si acabase de

recibir un latigazo en pleno rostro, y apretó convulsivamente sus puños.

¡Ira de Dios! ¡Por qué aquel marimacho no había de cambiarse en hombre

para tener él el gusto de pulverizarlo a golpes!

La lengua de la baronesa era demasiado expedita y sus insultos

sobradamente crueles para sufrirlos con calma; pero a pesar de esto aún

hizo Alvarez un esfuerzo y se dominó, consolándose con la idea de que se

sacrificaba por su hija.

--Señora, le ruego que se calme, por lo que usted más quiera. Yo no he

sido nunca asesino. Profesaba a Quirós un justo odio, pero para vengarme

de él acudí a medios nobles y leales, como él podría atestiguarlo si

viviese.

--¡Salga usted! ¡Salga usted ahora mismo!--repetía con tenacidad la

baronesa, que deseaba aprovechar la ocasión para librarse de su enemigo.

Sabía ya de Alvarez cuanto deseaba, y ahora quería separarse cuanto

antes de un hombre que le era odioso.

--¡Eh, señora! Yo he venido aquí por un asunto que usted seguramente

olvida. Quiero ver a mi hija, necesito darla un beso, después de una

larga separación. Es un consuelo que reclama un padre.

--Pues puede usted prepararse a consolarse por sí mismo--repuso con

insolencia la baronesa--, pues la niña no la verá usted nunca. Salga

usted..., pero con la condición de que ya nunca volverá a entrar aquí.

--¡Me arroja usted de esta casa!

--Sí, señor. Le arrojo, y si tarda usted en salir llamaré a los criados.

--Sería inútil su auxilio si yo me empeñase--dijo Alvarez con convicción

de su superioridad--. No llame usted a nadie para hacerme salir de aquí,

pues les sería difícil despacharme a viva fuerza; pero tranquilícese

usted; me voy por mi propia voluntad.

Y Alvarez, tembloroso por aquel ultraje, buscó el ros que había dejado

en el sofá, casi a tientas, pues el furor le cegaba.

Cuando ya estaba en la puerta del salón volvióse a mirar a la baronesa,

que tras una butaca y apoyando las manos en el respaldo, se erguía

enorgullecida por su triunfo. Aún sabían imponerse las gentes

privilegiadas a la canalla triunfante.

--Hace usted mal, señora, en ultrajarme de tal modo. Soy un hombre

honrado, pero cuando me tratan tan injustamente me siento capaz de todo.

Hoy no estamos en la misma situación que hace algunos meses, y yo no

tengo ya por qué ocultarme. Para algo hemos barrido la inmundicia que

ustedes habían arrojado sobre la nación. Quiero lo que es mío; quiero a

mi hija. Allá veremos quién gana al fin.

La baronesa torció ligeramente la boca con un gesto de desdén.

--¿Amenazas también?... No temo nada, caballero. Tengo amigos en la

presente situación. Hablaré con alguien que meta a usted en cintura.

Aquello dió al traste con la forzada paciencia que se imponía el

capitán. Sintió necesidad de contestar al desdén con el insulto, y

sonrió cínicamente.

--Nos veremos, hija... de Fernando VII.

El origen bastardo que enorgullecía a doña Fernanda lo recibió en esta

ocasión en su verdadero valor como un insulto, e iracunda cual una furia

avanzó algunos pasos, señalando la puerta con su rígido e imperioso

brazo.

--¡A la calle!..., ¡descamisado!

¡Oh! Ella también había encontrado el insulto supremo.

Durante algunas horas paladeó con fruición su victoria, pero por la

tarde estaba ya arrepentida de haber excitado la cólera del

revolucionario.

V

La resolución de la baronesa.

La baronesa, cada vez más arrepentida de haber excitado con su altivez

la cólera del comandante Alvarez, buscaba el medio de librarse de los

peligros que sospechaba próximos.

El revolucionario se vengaría de ella; esto era indudable para la

baronesa.

Al principio pensó en avistarse con Serrano, aquel amigo Paco, que era

para ella el ángel de salvación en la tormenta revolucionaria que

forzosamente atravesaba; impetraría su auxilio, pidiéndole que el

Gobernador de Madrid cuidase de vigilar a Alvarez para evitar que robase

a la niña.

Pero pronto se convenció de que esto era imposible. A un hombre como

Alvarez, que tantos servicios había prestado a la revolución y que era

amigo de Prim, resultaba imposible hacerle vigilar en aquella situación,

y menos aún que la autoridad intentase contra él una arbitrariedad.

Nada podía hacer su generoso amigo para salvarla de la venganza de

Alvarez. Si éste le arrebataba la niña, entonces todo lo más que la

autoridad podía hacer en su obsequio sería cumplir la ley, saliendo en

persecución del raptor, que, públicamente, no tenía derecho alguno sobre

la que realmente era su hija.

A doña Fernanda no le cabía duda alguna de que el militar procuraría

arrebatarle la niña, aunque fuese a viva fuerza, y al mismo tiempo

estaba convencida de que para nada podían servirle sus valiosas

relaciones. ¡Oh! ¡Si aquello le hubiese sucedido antes de la revolución!

¡Si algunos meses antes, aquel mismo Alvarez hubiese osado insultarla,

amenazándola con su venganza! Entonces le hubiese bastado una visita al

Ministerio, tal vez una simple tarjeta, para que al momento, y sin

alegar motivo alguno, hubiese sido arrestado el hombre que la estorbaba

y conducido después a Chafarinas o Fernando Póo, en las famosas cuerdas.

¡Qué tiempos tan villanos aquéllos de la revolución! Una persona

distinguida quedaba al nivel de las de más baja estofa y de nada le

servían las relaciones que antes le daban omnipotencia.

Convencida la baronesa de que le era imposible luchar con aquel hombre,

que tanto había despreciado, y que ahora la odiaba por recientes

ultrajes, buscó un medio de salir del atolladero.

Ella no se dejaba arrebatar la niña. Antes al contrario, parecía que la

quería más desde que el _descamisado_ pretendía aparecer como su padre y

participar de su cariño.

La baronesa, sola en aquella casa, que tantos recuerdos de familia tenía

para ella, sin otros acompañantes que la servidumbre, alejados sus

queridos consejeros, los padres jesuítas, y separada de su Ricardo,

aquel futuro santo que la enorgullecía como la honra de su familia,

sentía imperiosamente la necesidad de amar. Su carácter, seco y áspero

en la juventud, habíase modificado con la edad, como esas piedras bastas

y angulosas que el tiempo va puliendo hasta darlas una fina tersura, y

ahora, teniendo en sus brazos aquella niña de hermosa cabecita, y

escuchando su seductora charla infantil, sentíase arrastrada por

arrebatos desconocidos y por nuevas emociones, que la hacían presentir

los goces de la maternidad.

Pasó una noche terrible, agitándose nerviosamente en su lecho cada vez

que pensaba en la posibilidad de que su Marujita le fuese arrebatada, y

a la mañana siguiente había ya adoptado una resolución.

Saldría aquel mismo día de Madrid y pondría a la niña en un lugar seguro

y a cubierto de cuanto pudiese intentar su padre para apoderarse de

ella.

Recordaba que el padre Claudio, en sus últimos años de gobernar la

Compañía, deseoso de abrazar por completo la educación de la juventud

aristocrática, había fundado en varios puntos de España grandes colegios

de niñas, que dirigían religiosas francesas, peritas en esa educación

insustancial, meliflua y pedantesca, que constituye la cultura de las

hermosas elegantes que bailan en los salones.

El colegio, establecido en Valencia, bajo la advocación de Nuestra

Señora de la Saletta, era el montado más escrupulosamente y el más

estimado por el padre Claudio. La baronesa había conocido a la directora

en uno de los viajes que ésta hizo a Madrid para consultar al superior

de la Compañía, y a dicho colegio se propuso llevar a María.

Allí la educarían y la tendrían a cubierto de una asechanza de Alvarez,

si éste llegaba, a descubrir su paradero.

Además, el clima siempre benigno de Valencia sería de buen efecto para

su enfermiza sobrina, y ella, libre ya de su cuidado absorbente,

volvería a ser dueña de sus acciones, y cuando no le conviniera vivir en

aquel Madrid perturbado por la revolución marcharía a Francia para

confundirse con las personas distinguidas que estaban al lado de la

reina destronada, y volvería a tratarse íntimamente con sus queridos

padres jesuítas, los más principales de los cuales estaban establecidos

en Bayona.

A la baronesa le pareció inmejorable su idea, e inmediatamente la puso

en práctica.

A la caída de la tarde, acompañada de su sobrina, y con poco equipaje,

salió de casa en el más modesto de sus coches, y se trasladó a la

estación del Mediodía.

Había tomado con anticipación un reservado de primera clase, y en él se

colocó, extasiándose en la contemplación del asombro que producía en la

niña aquel viaje, que era el primero que realizaba.

Cuando la pequeña María se cansó de mirar a través del cristal de las

ventanillas la obscura masa de los campos agujereados de trecho en

trecho por alguna lejana luz y hubo agotado toda la curiosidad que le

producía la tibieza que se escapaba de los caloríferos del departamento,

sentóse en las rodillas de su tía, que pasaba el tiempo rezando

oraciones.

La baronesa pasó su descarnada mano por aquella cabeza ensortijada, y

como si cediese a una necesidad interior comenzó a hablarla de lo que

pensaba, sin fijarse en que se dirigía a una niña de cuatro años.

¿Sabía por qué viajaban las dos así, tan apresuradamente? Pues era por

librarla del _coco_, de un hombre malo que se llamaba Esteban Alvarez, y

que quería agarrarla a ella para llevársela al infierno.

La niña se estremecía abriendo con espanto sus ojazos, y con esa mezcla

de curiosidad y miedo que sienten los niños por los cuentos fantásticos

que les atemorizan y los deleitan, fué escuchando cuanto decía la

baronesa.

Nunca se le olvidó a la niña lo que oyó aquella noche en el interior de

un tren, que, iluminando el espacio con sus bufidos de fuego, iba

arrastrándose por las áridas llanuras de la Mancha.

--No olvidarás nunca su nombre, ¿verdad, cariño mío? Se llama Esteban

Alvarez. Cuídate de ese hombre; es el _coco_.

Claro que la niña haría esfuerzos por no olvidarse de tal nombre, y

propósitos de librarse de él en todas ocasiones. ¡Flojo bandido sería

aquel sujeto del que su tía hablaba con tanto horror! Aquella revelación

fué la primera impresión fuerte que María recibió en su vida, y en su

memoria infantil quedaron perfectamente grabadas todas las palabras.

Aquel _coco_ era el perseguidor de la familia, algo semejante a aquellos

diablos disfrazados de hombres vulgares que asediaban a los santos y los

martirizaban con los tormentos más crueles. Al difunto abuelito, el

conde de Baselga, le había acarreado la muerte (primer movimiento de

espanto en la niña), al papá lo había muerto de un tiro en medio de la

calle, cuando ella aún casi estaba en la cuna (nuevo terror de María que

se sentía próxima a llorar), y había sido después el verdugo de la mamá

Enriqueta, pues ésta había perecido víctima del terror que la inspiraba

aquel ser infernal.

La niña se abrazaba a su tía furiosamente, como si sintiera a sus

espaldas las manos del monstruo, ansioso de apoderarse de ella, y tanto

era su terror, que ni aun se atrevía a llorar, como si presumiera que

sus suspiros podían atraer al cruel perseguidor.

Pero su miedo aún iba en aumento, escuchando a la tía, que no parecía

cansarse en inculcar en aquella criatura el odio y la repugnancia a

Alvarez.

Iba a llevarla a un lugar donde estaría cuidada por unas buenas señoras,

unas santas, y donde tendría por compañeras a muchas niñas elegantes y

bien educadas, que la querrían mucho. Allí viviría muy bien, sería

feliz, y su única preocupación debía ser guardarse mucho de aquel

monstruo horrible, que tal vez fuese a buscarla en el mismo colegio,

intentando apoderarse de ella.

María se durmió pensando en aquel colegio donde su vida iba a deslizarse

tan feliz. Pero su sueño fué intranquilo, pues varias veces se agitó

convulsa, con suspiros de terror, creyendo ver a aquel hombre terrible,

a quien no conocía, y que se le imaginaba con la misma horrorosa y

repugnante catadura de los diablos pintados en las estampas de San

Antonio.

El mismo día de su llegada a Valencia, la niña entró en el colegio de

Nuestra Señora de la Saletta, y aún permaneció la baronesa más de una

semana en la ciudad, ocupada en arreglar a María el equipaje de

colegiala.

Las buenas madres recibieron a la baronesa con grandes muestras de

cariño. Sabían el aprecio en que la tenía la alta dirección de la Orden

por sus servicios, y acosábanla a todas horas, con esa cortesía pegajosa

que las gentes religiosas tributan a los poderosos.

La niña no tenía la edad reglamentaria para ser admitida en el colegio,

pero su ingreso fué asunto indiscutible, en gracia de los méritos de su

tía, lo que llenó a ésta de gran satisfacción.

Doña Fernanda no ocultó a las religiosas el motivo que la obligaba a

llevar su sobrina a aquel retiro, y las fué enterando minuciosamente de

la historia de Alvarez y Enriqueta, hablando con tanta franqueza como si

estuviera confesando con su director espiritual, y no experimentando

ningún rubor en darlas a entender--aunque con términos velados--aquella

debilidad de su hermana, que hubiera ella misma desmentido enérgicamente

a oírla en boca de otro. La fanática señora sentía tal atracción en

presencia de toda persona dedicada a la religión, y en especial si

pertenecía a la Compañía de Jesús, que no vacilaba en revelar los mismos

secretos que después la ruborizaban o lastimaban su orgullo al

recordarlos a solas.

Ella les decía todo aquello a las buenas madres para que viviesen

prevenidas y alerta, no dejándose sorprender por el infame Alvarez. No

sabían ellas bien qué clase de hombre era éste. Si llegaba a apercibirse

de que la niña estaba allí, era aquel descamisado muy capaz de pegarle

fuego al colegio para robar a María.

Y la baronesa iba amontonando cuantos detalles horribles la sugería su

imaginación, para hacer el retrato de su enemigo, asustando al mismo

tiempo a aquellas religiosas francesas, que se figuraban al

revolucionario como un monstruo apocalíptico, capaz de engullírselas a

todas.

La niña, con todo el valioso y abundante ajuar comprado por la baronesa,

quedó mezclada entre más de cien niñas y encerrada en aquel gran caserón

de bonitas rejas y muros de un gris claro que estaba al extremo de la

ciudad en el barrio más tranquilo y aristocrático, con una de sus

fachadas próxima al río, y la otra, más pequeña y humilde, que servía de

entrada, al extremo de un solitario callejón, que parecía aislar el

establecimiento del ruido del mundo.

María, encantada por la animación infantil del colegio, y recordando con

cierto horror la quietud monástica de su casa de Madrid, no mostró, gran

pesar cuando la baronesa se despidió de ella.

Ya estaba libre doña Fernanda, ya no se vería obligada a vivir en Madrid

tragando bilis con la indignación que la producían las manifestaciones

del populacho, ni tendría que sufrir más visitas de aquel audaz militar

que la había insultado en vista de su insolente altivez.

Al prestigio religioso y político de la baronesa no le venía mal

desempeñar, aunque sólo fuera por poco tiempo y de mentirijillas, el

papel de víctima de la grosería revolucionaria, y con este objeto

marchó a París a presentarse en el palacio Basilescki, donde vivía la

desterrada Isabel II. Adhirióse a aquella mezquina corte de agradecidos,

que se disgregaba y empequeñecía conforme se alejaba la posibilidad de

una restauración, y tuvo ocasión de lamentarse, como los otros, de la

maldad triunfante, pintándose poco menos que una María Stuardo,

fugitiva, por no sufrir la venganza de la canalla revolucionaria, que

conocía bien su entusiasmo monárquico y religioso.

Viviendo unas veces en París al lado de la reina destronada y otras en

Bayona, reanimando su trato con los principales jesuítas españoles, pasó

doña Fernanda más de un año. Su hermano Ricardo apenas si la veía, cada

vez más entregado a su vida de aislamiento ascético y de piadosas

extravagancias, y el padre Tomás permanecía en Roma largas temporadas, o

entraba en España con todo el aspecto de un sacerdote pobre y vulgar,

para hacer excursiones, especialmente por Navarra y las Vascongadas. El

objeto de estos viajes era un secreto hasta para los individuos de la

Orden; pero la baronesa esperaba muy buenas cosas de ellos, al ver cómo

sonreían maliciosamente los más altos jesuítas al hablar de su superior

ausente.

En cuanto al padre Felipe, su antiguo director espiritual, encontrábalo

la baronesa poco menos que desconocido. El pobre no podía amoldarse a

aquella emigración forzosa que le tenía oscurecido y anulado. El

recuerdo de sus buenos tiempos de Madrid, cuando se lo disputaban las

más aristocráticas beatas, y la indiferencia y frialdad que le rodeaba

ahora en Bayona, donde la amistad le era imposible a causa del

irreconciliable odio que se tenían él y la lengua francesa, habían dado

al traste con su buen humor de bruto feliz, y el robusto padre

languidecía y adelgazaba, no quedándole bríos más que para maldecir

aquella _cochina revolución_ que le había abierto la tumba, obligándole

a abandonar el campo de sus glorias.

Doña Fernanda permaneció en Francia hasta el asesinato de Prim y la

entrada de Amadeo de Saboya en España.

Estos sucesos causaron en ella bastante impresión. Muerto Prim y sentado

en el trono de España un rey, aunque no legítimo para ella, parecíale

con sobrada razón a la fanática baronesa que el espíritu revolucionario

se había extinguido en gran parte y que ya podían volver a su patria las

_personas decentes_ a quienes aterraba el despertar del pueblo.

La baronesa volvió a Madrid, y tuvo la satisfacción de ser recibida por

sus amigos y cofrades como un personaje político de gran importancia.

Venía de París, había vivido al lado de la reina, y esto era suficiente

para que la recibiese con el respeto que se tributa al depositado de

importantes secretos toda aquella aristocracia que, por odio a la

revolución de la que se reía ya como de un león con las garras cortadas

y los dientes arrancados, hacía manifestaciones de chulería, que ella

creía españolismo, para amedrentar a la dinastía saboyana, sostenida por

los progresistas.

Doña Fernanda, aunque su carácter y aficiones la alejaban de

manifestaciones bulliciosas ideadas por la juventud, tomó parte

importantísima en organizar la protesta pacífica y desdeñosa que la

aristocracia hizo en el paseo de la Castellana, presentándose las damas

con la tradicional mantilla blanca y la manolesca peineta, para echar en

cara a la reina Victoria su condición de extranjera. La baronesa fué

también de las manifestantas, pues rompiendo con sus costumbres devotas,

enemigas de mundana ostentación, presentóse en elegante carruaje, y

hecha un mamarracho, con la deslumbrante mantilla sombreando su

rubicundo rostro y acompañada de dos jovencitas, hijas de un magistrado

del Supremo, que por ser viudo y gran amigo de doña Fernanda, rogaba a

ésta muchas veces que se encargara de la dirección de las niñas.

Pero esta clase de manifestaciones políticas que a pesar de su inocencia

preocupaban algo al sencillote gobierno de Amadeo, sólo apartaron por

pocos días a la baronesa de sus favoritas ocupaciones. Las asociaciones

piadosas habían vuelto a ponerse tan en auge como en tiempo de los

Borbones; todos los enemigos de la situación se agrupaban en las

cofradías para hacer algo contra lo existente, aunque sin comprometerse

mucho, y la baronesa se sentía feliz al ser considerada como un

personaje importante, como una madama Roland de la buena causa en

aquellas juntas de la sociedad de San Vicente de Paúl, donde se veían

pocas sotanas, a pesar de lo cual respirábase en el ambiente un marcado

olor de jesuitismo.

Nunca tuvo en su vida la baronesa época de más actividad y

satisfacciones que aquélla. Su nombre rodaba incesantemente por los

periódicos afectos al antiguo régimen; toda la aristócrata femenina la

consideraba como su jefe natural e indiscutible; los hombres importantes

de la pasada situación, los generales isabelinos por una parte; y por

otra, los diputados carlistas, la trataban casi como un colega: el padre

Tomás, unas veces desde Roma, y otras oculto en Madrid, en ignorado

lugar, la escribía dándole instrucciones y consejos, y hasta un día, su

satisfacción llegó al colmo, recibiendo un autógrafo de doña Isabel, en

el cual daba las gracias a su "querida Fernandita" por los grandes y

valiosos servicios que estaba prestando a la causa de la restauración.

La baronesa, halagada por el incienso que la tributaban los suyos, y

ebria por el orgullo que le producían tantas distinciones, llegó a

ilusionarse sobre su propio poder y hasta se avergonzó del miedo que en

otro tiempo le habían producido las turbas populares. ¡Valiente tropel

de piojosos!

Ahora todo estaba tranquilo aunque sólo fuera en apariencia. Los

republicanos se agitaban sordamente y querían derribar aquel trono

ocupado por un advenedizo, pero los progresistas, convertidos en

perfectos gubernamentales, no les permitían el menor desahogo y la

reacción iba levantando la cabeza al no ver triunfantes y libres

aquellas masas que tanto miedo le inspiraban.

Cuando doña Fernanda volvió de Francia aun le inspiraba algún cuidado la

posibilidad de encontrar en Madrid a Esteban Alvarez, aquel monstruo

_descamisado_, como ella decía, sin duda para no confundirle con los

monstruos de la naturaleza que deben vivir abundantes en punto a ropa

interior.

Pasó el tiempo sin que encontrase en parte alguna al odiado perseguidor,

y esto, en vez de tranquilizarla, excitó su curiosidad, por lo que hizo

cuanto pudo para enterarse de la suerte de Alvarez.

No tardó en saber la verdad. Este, cada vez más divorciado con los que

monopolizaban la revolución, y más afecto al partido republicano, había

tomado parte activa en la preparación del alzamiento federal de 1869. Al

dirigirse a una provincia de Castilla la Vieja para sublevarla, había

sido detenido, y estuvo preso algunos meses, hasta que por fin, Prim,

pocos días antes de morir, lo había puesto en libertad volviendo a

ingresarlo en el ejército. El célebre general no podía olvidar los

servicios que le había prestado; y aunque hablaba en público pestes de

aquel _iluso demagogo_, complacíase en favorecerle secretamente, aunque

cuidando de que el interesado no se enterara de dónde procedía tal

protección.

El fué también de los militares que, negándose a jurar fidelidad a

Amadeo, fueron dados de baja en el ejército, y desde entonces, Alvarez,

sin otros medios de vida que su pluma, llevó la vida agitada del

periodista y conspirador.

La baronesa tropezaba a cada paso con su nombre en las columnas de los

periódicos, y leía con complacencia los ataques que le dirigían los

órganos de la situación y los reaccionarios. Juntábase al odio

político, la antipatía que profesaba ella a aquel hombre, el cual

parecía en su concepto inspirado por el diablo según la actividad que

desarrollaba al combatir la monarquía, la Iglesia y todo cuanto

representaba el mundo viejo.

Un día leía la reseña de un _meeting_ que Alvarez había organizado en

provincias, para protestar contra lo existente y a la mañana siguiente

tropezaba con la noticia de que la policía había detenido a Alvarez como

sospechoso de conspiración o andaba en su busca.

Algunas veces era en el mismo Madrid, donde brillaba el revolucionario

con su propaganda intransigente, y una tarde, el carruaje de la baronesa

hubo de detenerse en la calle de Alcalá, para dejar pasar a una inmensa

masa que salía de un _meeting_ republicano, y al frente de la cual iba

Alvarez casi llevado en triunfo.

Aterraba a la baronesa el gran poderío que su enemigo parecía poseer

sobre aquellas masas, a las que ella en algunos momentos despreciaba,

pero a las que también temía mucho, y lo único que lograba darle cierto

consuelo era la seguridad de que la República era una utopía, y de que

Alvarez no haría carrera. ¡Bah!... Aquel bandido tenía que parar al fin

en ser fusilado.

Además, alegrábase pensando que mientras Alvarez estuviese envuelto en

el torbellino de la agitación revolucionaria, no se le ocurriría ir en

busca de su hija, ni intentaría apoderarse de ella. Ya tenía buen

cuidado la baronesa, cuando aprovechando un descanso en sus ocupaciones

marchaba a Valencia a ver a su sobrina, de preguntar a las buenas

madres, si se había presentado en el colegio el hombre terrible, al cual

odiaban ahora por su propia cuenta las religiosas, a causa de su

propaganda anticatólica.

Doña Fernanda indignábase cada vez que pensaba que había sido amante de

su hermana y mezclado su sangre con la de la familia aquel demagogo del

que oía hablar con horror en los salones... ¡Un hombre que predicaba la

guerra a la Iglesia, por ser ésta el eterno obstáculo de la libertad!

Aquel Alvarez era un verdadero castigo que Dios había enviado a la noble

familia de la baronesa. ¡Aun había de verse cómo cualquier día lo

fusilarían!

La baronesa se alegró cuando supo la última hazaña de su enemigo. Los

republicanos, como si presintiesen que Amadeo iba a abandonar el trono

de España, y quisieran acelerar su caída, acababan de intentar un

pronunciamiento nacional que, por falta de organización, habíase

reducido al levantamiento de numerosas partidas.

Alvarez mandaba algunas de éstas en los montes de Cataluña, y se hacía

notar como guerrillero audaz y afortunado. La mayor parte de las

partidas habían sido disueltas por las tropas del Gobierno, y él, a

pesar de que tenía en su persecución fuerzas aplastantes por su número,

seguía sosteniéndose y aun encontraba medios de escarmentar de vez en

cuando a sus enemigos.

La baronesa estuvo leyendo durante algunos meses en la Prensa noticias

en que se daba cuenta de la tenaz resistencia de aquel demagogo, y, al

fin, supo con dolor que, aunque sus fuerzas habían sido dispersadas, el

cabecilla se había puesto a salvo pasando la frontera. ¡Vaya una suerte

la de aquel bandido! Sin duda tenía empeño en no darle gusto a la

baronesa dejándose fusilar.

Por algún tiempo no oyó doña Fernanda mentar el nombre de Alvarez. Sólo

en las reuniones populares se hablaba de él como de un modelo de

revolucionarios, y algunas veces, la Prensa gubernamental dedicaba

gacetillas desdeñosas o burlescas a los manifiestos y artículos que

Alvarez enviaba desde la emigración a los periódicos del partido.

Pero el trueno gordo, el golpe político que parecía imposible y absurdo

a la baronesa y a las gentes de su clase, estalló cuando menos se

esperaba.

Amadeo, de la noche a la mañana, en un arranque sorprendente de fastidio

y de impotencia, abandonó el trono, y la República quedó proclamada en

la noche del 11 de febrero.

¡La República en España!... ¡El gobierno de los descamisados en la

nación de San Fernando y de otras reyes más o menos celestiales!...

Aquello sí que era cosa de echar a correr.

Y la baronesa, pensando así, no aguardó mucho para poner pies en

polvorosa con dirección a París, a aquel palacio Basilescki, donde

estaba la legitimidad representada por la reina destronada.

No quería permanecer en Madrid, a merced de Alvarez, que ahora sería

omnipotente. ¡Quién sabe lo que era capaz de hacer contra ella aquel

malvado!

Alvarez no tardaría en ser diputado, quizás ministro, y no era racional

permanecer quieta en un punto adonde pudiesen llegar sus iras.

Doña Fernanda, en la emigración dorada y cómoda que sufría, dábase

mayores aires de víctima que nunca, y en las tertulias de la soberana

destronada, hablaba a todas horas de su terrible perseguidor, de aquel

Alvarez, del cual contaba embrolladas historias para justificar el odio

que la tenía.

Para ella, la República con todos sus programas terroríficos para la

clase aristocrática, y las personalidades odiadas de los hombres que

iban ocupando la presidencia del Gobierno, simbolizábanse en la persona

de Alvarez, sobre el cual descargaba todo el caudal de maldiciones que

la sugerían su odio particular y su indignación de monárquica ferviente.

En su concepto, Alvarez era el autor de cuanto malo ocurría en España, y

un día que leyó en la Prensa de Madrid el resumen de un discurso suyo,

que respiraba ateísmo en todas sus expresiones, arrojó el periódico al

suelo, lo pateó, y no quedó contenta hasta que lo hubo llenado de

salivazos.

Lo que más extrañeza causaba a doña Fernanda era la encasa

representación oficial de aquel hombre que antes tanto había trabajado

por el advenimiento de la República. Brillaba en las Cortes como

diputado fogoso y director de un grupo de la extrema izquierda, y en uno

de los primeros gabinetes de la República, había desempeñado

interinamente y casi por compromiso, un cargo importante en el

ministerio de la Guerra. Pero no pasaba de ahí, y aunque su nombre era

de los más sonados y populares, no adquiría ningún alto puesto, ni

entraba a formar parte de la gobernación de la República.

Pronto tuvo la baronesa la clave del misterio, a causa de la atención

con que seguía en la Prensa la marcha del nuevo Gobierno.

Alvarez no estaba conforme con aquella República. Le resultaba una

especie de interinidad monárquica a causa de su lentitud en las reformas

y de su parsimonia en punto a medidas revolucionarias. Federal, antes

que republicano, veía con malos ojos cómo la República, con timideces

inexplicables, mantenía el régimen unitario y centralizador de la

monarquía, y aunque no era de los levantiscos, que, haciendo caso omiso

de las circunstancias, fomentaban el movimiento cantonal, tampoco estaba

con el Gobierno, al que combatía por su prudencia, hija de la falta de

valor.

Aquello hizo llegar a su grado máximo el asombro y la indignación de la

escandalizada baronesa.

¿Tenía ya su República... y aún quería más aquel feroz descamisado?

¡Dios mío!... Parecerle aún conservadora aquella República de gentes

que no creían en Dios!... ¡De qué cosas tan horrendas sería partidario

el antiguo amante de su hermana!

Y doña Fernanda, a pesar de hallarse en lugar seguro, se estremecía de

horror recordando que aquel hombre había estado sentado en su salón y al

lado de ella.

De buena se había librado. Un hombre así, sólo debía hallarse a sus

anchas después de beberse una ración de sangre azul.

La araña negra, t. 7/9 · 第 10 / 26 题