Alvarez después de la revolución.
Al triunfar la revolución de septiembre de 1868, Alvarez vino a España,
entrando por Cataluña con algunos generales emigrados. En Barcelona se
reunió con Prim, que hacía su viaje insurreccional por las costas del
Mediterráneo, y entró en Madrid formando parte del Estado Mayor del
célebre general, que fué acogido en la capital de España con la ovación
más delirante que se recuerda.
Alvarez no olvidó a su asistente, quien a los pocos días entró también
en Madrid, completamente convertido, pues a pesar de su sencillez, no
dejaba de darse alguna importancia en vista de las atenciones recibidas
en el camino.
Había desembarcado en Málaga con otros deportados políticos, y desde
allí hasta la corte su viaje había sido una serie de ovaciones
tributadas por el pueblo a los que se habían sacrificado por su
libertad. Perico quería seguir siendo para su amo un fiel asistente,
pero para los demás aspiraba a honores de personaje, y muchas noches,
mientras Alvarez estaba ausente, iba él a alguno de los clubs populares
que entonces comenzaban a formarse y recibía allí de los oradores los
elogios destinados a los mártires, conmoviéndose hasta el punto de
derramar lágrimas.
Uno de los más fervientes deseos de Alvarez era encontrar a don Pedro
Corrales, aquel inesperado y extraño protector que le había salvado la
vida. Fué a la calle de San Agustín, y nadie, en aquella vieja casa,
pudo contestar a sus preguntas. El policía y su moza no vivían ya allí;
la vieja prestamista aun ocupaba el primer piso, pero en las
conferencias que a través del ventanillo de su puerta sostuvo con el
militar, no le dió noticia alguna.
Don Pedro se había trasladado hacía más de un año, no se sabe dónde. A
esto quedaban reducidas todas las noticias.
Buscó Alvarez por todos lados, ganoso de encontrar a su protector, pero
sus gestiones fueron inútiles. Su cajón de memorialista no existía ya.
El agitado océano de Madrid se había tragado a aquel náufrago social que
con tanta dignidad y santa sencillez sabía mantenerse en su infortunio.
¿Había muerto víctima de la miseria? ¿Había cambiado su fortuna en
aquellos dos años? ¿Había encontrado al fin el valor que le faltaba para
reunirse con su Ramona?
Alvarez no supo nunca nada de aquel hombre, cuyo recuerdo quedó fijo por
siempre en su memoria.
Su encuentro con aquel viejo había sido de esos que ocurren en la vida,
y que, a pesar de pasar fugaces, impresionan más que las amistades
eternas.
El memorialista era, para la vida de Alvarez, un elemento necesario. Le
había encontrado en el momento preciso, y después el destino le hizo
desaparecer. Los dos habían sido como los buques que se encuentran en
los desiertos mares; se prestan auxilio, se exponen al peligro el uno
por el otro, y después se alejan con igual indiferencia para no
encontrarse jamás.
Alvarez sólo fué ascendido a comandante, mientras que oficiales que
habían permanecido en España, no atreviéndose a desenvainar nunca la
espada por la revolución, saltaban ayudados por el favor, y de un solo
golpe, dos o tres empleos.
Había en el infatigable conspirador, en el héroe del 22 de junio, algo
que le hacía poco simpático a los ojos de aquella brillante pléyade
militar que se reunía en los salones del ministerio de la Guerra, donde
Prim daba audiencia a sus cortesanos de espada.
El comandante Alvarez era republicano, y a tal punto llevaba su fe
política entre todos aquellos soldados de fortuna, que eran partidarios
de la revolución porque a la sombra de ésta se alcanzaban entorchados,
que no vacilaba en manifestar su pensamiento ante el mismo Prim, que tan
justa fama tenía de poco sufrido.
Las manifestaciones monárquicas que había hecho el general al
desembarcar en Barcelona, le habían descorazonado. ¡Adiós, ídolo! Prim,
que hasta entonces había sido para él un ser sobrenatural, un patriota
sin precedentes en la historia de España, convertíase ahora, ante sus
ojos, en un político doctrinario incapaz de romper los moldes forjados
por sus antecesores, y ansioso únicamente de ser la espada protectora,
el _factótum_ de una monarquía con ciertos visos de democracia.
Alvarez no vaciló en decir al marqués de los Castillejos la opinión que
le merecía, y de aquí que las recompensas revolucionarias fuesen tan
parcas para él, como exorbitantes para otros.
Prim apreciaba mucho a su antiguo agente; sabía de lo que era capaz y
tenía interés en conservarlo a su lado, por lo que intentó atraerlo a
sus planes políticos favorables a una monarquía democrática. Prometióle
el mando de un regimiento y el fajín para de allí a poco tiempo, si se
declaraba adicto a la monarquía que soñaba fundar, pero todas sus
seducciones se estrellaron contra el austero republicanismo del
comandante.
El había trabajado por la revolución y expuesto mil veces su vida en la
creencia de que aquélla era para arrojar por siempre los reyes de
España; con esta idea había militado a las órdenes de Prim, pero ahora
que éste se decidía en favor de la institución monárquica, él le
abandonaba, y aunque la disciplina militar obligábale a ser fiel al
gobierno provisional su corazón estaba de parte de la República
federativa, de aquella República que Pi y Margall, Castelar, Orense,
Garrido y otros iban predicando por todas las provincias de España.
Entre el progresismo triunfante que le ofrecía todos los honores y
grandezas de la victoria, y el evangelio republicano que comenzaba a
conquistar el corazón de las masas humildes y necesitadas, estaba con el
último, así como unos cuantos meses antes estaba por los derechos del
pueblo, contra la tiranía de los Borbones.
Alvarez rompió abiertamente con Prim.
--Ese chico es un loco--decía el general en su tertulia--. Siento que se
aleje, porque es un buen amigo. Veremos qué le dan esos republicanos, a
cambio del sacrificio que hace alejándose de mí.
Alvarez quedó en Madrid, aunque sin incorporarse a Cuerpo alguno.
Libre de aquellas ocupaciones políticas que tanto tiempo le habían
absorbido, dedicóse a cumplir un deseo que hacía tiempo le agitaba.
En la emigración había sabido la muerte de Enriqueta. Leía los
periódicos españoles, y especialmente de Madrid, para estar al tanto de
los acontecimientos políticos ocurridos en su patria, y muchas veces
tropezaron sus ojos con el nombre de la baronesa de Carrillo, eterna
presidenta de cuantas cofradías celebraban fiestas religiosas u
organizaban cuestaciones caritativas. A pesar del odio que profesaba a
doña Fernanda, alegrábase cada vez que encontraba su nombre, pues esto
parecíale que le aproximaba a la mujer amada.
Quiso enterarse varias veces de la suerte de Enriqueta y de su viudez,
en la que tanta participación había tenido Perico; y aunque pensó en
escribirle, nunca llegó a atreverse.
Por un periodista que fué a Amberes, donde él se encontraba con Prim,
supo que Enriqueta se hallaba enferma, pero no llegó a persuadirse de la
verdad de esta noticia, pues el que la daba hablábale con el tono vago e
indeciso del que no se entera de cosas que le son indiferentes.
Un día, leyendo en el café de Madrid, en pleno _boulevard_ Montmartre,
un número de _La Epoca_, encontróse con una esquela mortuoria que le
hizo palidecer. Era la de Enriqueta. En un suelto de regulares
dimensiones que el cronista del mundo elegante dedicaba a la finada,
leyó que ésta había sufrido una larga enfermedad que la tenía privada de
conocimiento a consecuencia de la sorpresa que experimentó el 22 de
junio al ver a su querido esposo muerto a las puertas de su casa. El
revistero aristocrático aprovechaba la ocasión para anatematizar a los
feroces revolucionarios y hacer la apología de la reina y de la nobleza
de sangre. A Alvarez le hizo aquello mucho daño. Ignoraba la verdadera
causa de aquella enfermedad de Enriqueta; no sabía que ésta le creía
fusilado, y al leer lo que el revistero decía sobre el inmenso cariño
que la señora de Quirós había profesado a su esposo, pasión que se
acrecentó después de la muerte, experimentó terribles celos y se dijo
con ferocidad de amante ofendido, como si la infeliz viviera:
--¡Fíese usted de las mujeres! ¡Tanto como parecía quererme, y ahora
resulta que muere enamorada del pillete de su marido!...
La imagen de Enriqueta ya no ocupó desde aquel día el lugar preferente
en la memoria de Alvarez; pero cuando éste se vió en Madrid después de
triunfar la revolución, uno de sus más vehementes deseos fué el ver a su
hija, a la pequeña María, que sólo había contemplado furtivamente en
aquellas tardes que Enriqueta, esposa ya de Quirós, acudía a sus
inocentes citas.
El comandante volvió a rondar como en otros tiempos el palacio de
Baselga, pero ahora con más aplomo y convencido de su derecho.
No iba en busca de amores; era un padre que quería ver a su hija.
Entonces fué cuando la baronesa de Carrillo le vió un día desde un
balcón, y si la devota señora experimentó gran susto al creerle un
aparecido, no fué menor la alarma que sintió cuando llegó a convencerse
de que era un hombre de carne y hueso, o más bien dicho, que era aquel
mismo _pillete republicano_ que tantos disgustos le había proporcionado
y que tan antipático le resultaba siempre.
La baronesa, con su fino olfato de beata, adivinó inmediatamente lo que
significaban aquellos paseos del militar.
¡Oh! ¡No cabía dudarlo! Alvarez era el verdadero padre de Marujita, y,
sin duda, sentía el deseo de verla y estrecharla entre sus brazos.
¡Y pensar que aquel miserable había mezclado su sangre plebeya con la de
una familia tan aristocrática!
Pero a la baronesa no le duró mucho tiempo la indignación que le
producían tales consideraciones.
Pensó en su situación actual, en la revolución que tanto horror le
causaba, y en que aquel hombre odiado era de los victoriosos y debía
disponer de las masas que aterrorizaban a la baronesa, con su aspecto
poco distinguido.
¿Si proyectaría robarle la niña?
Había que ser prudente y no hacer, como en pasadas épocas,
demostraciones de desprecio a aquel ogro que la maldita revolución ponía
nuevamente ante ella.