XXII

El Correo.--Los muelles.--South Street.--Varias calles.--Viajes

aéreos.

Uno de los monumentos que disputan ventajosamente la atencion del

viajero, es el Correo (_Post Office_).--El edificio ocupa una manzana

entera, acomodándonos á la manera mexicana de hablar, formando un

ángulo imperfecto de 130 piés de altura, 200 la base y de 320-340 los

lados.

En los frentes hay portadas caprichosas, cornisas, ventanas y columnas,

rematando en bóvedas de cristales y en rotondas como colinas. Especial

arquitectura americana.

Es una mole inmensa como una espaciosa catedral, cuyo costo puede

calcularse, segun los datos que personalmente solicité, sobre seis

millones de pesos.

Entrase al Correo por multitud de arcos formados como caprichosa

portalería en el primer piso del edificio colosal, convirtiendo en

corridos salones el interior, con pavimento de cuadros de mármol

blancos y azules.

La pared que cierra esos salones ó calles interiores, es como una hoja

de laton labrado y como subdividido en pequeños cuadros, que todos

tienen su número hasta el siete mil. Cada uno de esos pequeños cuadros

es un cajon que tiene su chapa especial, pertenece á un apartado hasta

el número dicho, aproximadamente.

Interrumpen la monotonía de la pared de metal, cuadros ó frentes

de nicho embutidos en caoba, con letreros que indican--_venta

de estampas_, despachos para el _interior y el exterior_ de los

Estados-Unidos, para el _interior de la ciudad_, _reclamos_,

_advertencias_, entrada y salida de balijas y todo lo conducente al

despacho.

En el mismo órden hay buzones incrustados en aquella pared de laton,

que cierran por sí mismos su tapa fija, con sus rubros para que el

propio interesado dé á sus cartas direccion.

El conjunto del despacho forma un muro por donde no se percibe nada

absolutamente del interior de la oficina, ni un dependiente, ni nada.

Los que han alquilado un _Box_ ó cajita de apartado reciben una llave,

y á la hora que les parece abren ó cierran su caja y recogen su

correspondencia. El apartado vale para una ó muchas personas, de seis á

doce pesos anuales.

Por supuesto cada llave es distinta, y el herrero que las forja

tiene contrata especial, para no hacerlas sino por órden expresa del

administrador.

El dia de mi visita al Correo, ascendí al primer piso en busca del

administrador, que tiene dos lugares de residencia: el despacho y el

gabinete de trabajo.

Mr. Jaques me recibió afablemente, tocó un resorte y vino un

dependiente que conoce perfectamente el español, para que me paseara

por los departamentos de aquella escondida poblacion.

El Correo, en la seccion primera que ví, funge como banco, recibiendo

y situando dinero en todas las ciudades del mundo: la actividad de

esa seccion es grande, tanto que para obvio de mandaderos y trámites,

hay una maquinita movida por vapor, de la que corre una banda, á los

distintos departamentos y mesas que tienen que ver con la seccion, que

conduce los papeles, para que se hagan las anotaciones respectivas.

Contigua á ese departamento está la caja ó expendio por mayor de sellos.

Los sellos se imprimen por contrata especial en Masachutes y se reciben

de la administracion general situada en Washington.

Las séries de sellos son de uno á noventa centavos, y en cada una de

las divisiones de uno, de cinco, seis, diez centavos, etc., etc., hay

una estampa distinta de un hombre ilustre: Washington, Clay, Webster,

Lincoln, Jefferson, etc., etc.

Hay cubiertas y fajas para circulares y periódicos, que pagan dos

centavos por cada cuatro onzas, para cualquier punto del país.

Las cartas comunes cuestan tres centavos para el interior de los

Estados-Unidos.

La contabilidad es perfecta, y este departamento, como los otros, tiene

poca diferencia en sus reglas de lo que tuve la honra de establecer en

México cuando plantée el franqueo prévio.

Hay un departamento especial para certificados; con los asientos y

constancia al interesado como en México, con la diferencia de que cada

carta ó paquete certificado va en una cubierta especial de pergamino,

sobre cuya cubierta se anotan los accidentes del tránsito para que

quede viva la responsabilidad del que falte. En la bolsa se devuelve

el recibo ó vuelve la propia carta, caso de que no pueda llegar á su

título.

Tambien en las cubiertas que se expenden para cartas no certificadas,

hay impresa una advertencia para que si dentro de diez dias no se

ocurre por ellas, se devuelvan al punto de partida: medida de fácil

ejecucion muy útil para el público.

En general, las cartas sobrantes vuelven de tiempo en tiempo á las

oficinas centrales, donde se inutilizan con las formalidades que en

México. En esa operacion lucra mucho el Correo, porque siendo la moneda

papel, se incluyen en las cartas valores que quedan á beneficio del

Correo.

Las diversas secciones que manejan caudales llevan su contabilidad

separada; pero esa contabilidad se concentra y recibe una especie

de glosa, mes por mes, en una oficina que preside un _auditor_ ó

sobrevigilante de la legalidad de todos los actos de la oficina.

Descendimos del primer piso y nos hallamos bajo una inmensa techumbre

de fierro y cristales, que comunica luz al edificio y le da una

extraordinaria grandiosidad.

Desde los corredores intermedios se ve aquella ciudad en miniatura,

formada de mesas larguísimas coronadas de elevados estantes, todos con

sus divisiones alfabéticas.

Colocados en un buen punto de vista, me dijo mi _cicerone_:

--Vea vd. aquel timbre colosal y bajo de él un cuadro de cristales.

Luego que llega una balija, sea de dia ó de noche, suena ese timbre

y aparece un número en el tablero. El timbre es la voz de alerta, el

tablero indica la procedencia del correo que llega.

Se recibe la correspondencia y se distribuye en aquellas grandes mesas

y aquellos estantes destinados con separacion al público, á las cajas

del apartado, á los carteros y á las carreras foráneas.

Ya está vd. viendo desde aquí, de trecho en trecho, unos estantes

hechos de cajoncitos que giran como una gran devanadera: ahí se colocan

las cartas del público. Las cartas del apartado se conducen á sus cajas

desde aquellas mesas.

En cuanto á esas otras grandes mesas con estantes, son de los carteros

que por sí hacen su distribucion, y entran y salen á su departamento

dos y tres veces al dia.

Las cartas foráneas tienen aquel departamento separado.

La correspondencia que sale está sujeta á las siguientes operaciones.

Detrás de cada uno de los buzones marcados en el exterior, hay una

cajita portátil en que se reciben las cartas distribuidas por los

interesados.

Al recogerse para inutilizar la estampa con el sello negro, se revisan

y vacían sus balijas, recogiéndolas el que les da direccion.

Las balijas están suspendidas con ganchos á las paredes de alambre que

rodean cada seccion.

Bajamos de nuestro corredor, anduvimos por aquellas calles formadas de

mesas y estantes, en que no se ve una carta que no esté encarrilada á

su destino, y nos detuvimos frente á un pozo que da á un departamento

subterráneo.

Ese departamento tiene grandes paredes en semicírculo, con cajones con

grandes letras.

Por delante, el cajon tiene su marca; por la espalda, es un chiflon que

da á una balija.

Ese es el departamento de los periódicos. Se reciben en la parte

superior, se desbarrancan por el pozo y allí se apoderan de ellos

los distribuidores, con tal tino, con tal destreza, que lanzándolos

á grande altura y en todas direcciones hasta anublar el espacio y

perturbar la vista, no hay una equivocacion ni falta en correr á la

balija el paquete.

Sentí que se me hundia el suelo: es, me dijo mi _cicerone_, que vamos á

ver las máquinas.

Hicimos en este último piso una excursion entre grandes pilares y

paredes de cinco y seis varas, en medio de las sombras y oyendo la

respiracion de las máquinas, como si estuviéramos en un antro de fieras.

Aquellas grandes máquinas son los esclavos del servicio, y tienen

por principal tarea estar unidas á esos ómnibus aéreos que se llaman

elevadores.

Ese tránsito de arriba abajo y de abajo arriba, esas calles verticales

en el espacio, solo á un yankee ocurren.

--Oiga vd., por más que veo esos robustos cables, decia yo á mi amigo,

á mí siempre se me escarapela el cuerpo. Un sopapo desde las inmensas

alturas que recorre el ómnibus, es tremendo.

--Por supuesto, me decia mi amigo; hace años cayeron tres criados de

un hotel, con todo y elevador, y se hicieron añicos; pero no volverá á

suceder.

--¿Cómo?

--Porque ahora los cordeles están adheridos á unos resortes; caso que

los cables se rompieran, los resortes se abren y dejan suspendido el

elevador; de suerte que el mayor mal que le puede suceder, es repetir

el milagro del albañil de San Vicente Ferrer, es decir, quedarse en el

aire; y ni eso, porque se queda vd. en un buen asiento de terciopelo,

con su alfombra, y si gusta, viéndose al espejo.

El hombre que acompaña á vd. en el elevador, lleva la mano en el cordel

que gobierna la válvula, y detiene ó acelera el paso segun conviene.

Con esas seguridades, volvimos al mundo despues del paseo subterráneo.

La oficina de correos tiene en todo 1,600 empleados, inclusives 300

carteros.

Se reparten al dia, por término medio, 300,000 cartas del país y 30,000

del extranjero; solo de la ciudad se reparten 120,000 cartas.

El despacho de correos está abierto desde las seis de la mañana hasta

las nueve de la noche.

En todas las calles, y de trecho en trecho, hay cajitas de fierro

adheridas á las columnas de los faroles, en que se puede echar la

correspondencia y de donde la recogen tres veces al dia los carteros.

Los empleados de correspondencia y contabilidad no tienen que ver ni

rolan con los empleados del despacho. Estos se dividen en tandas para

el trabajo, fungiendo las tandas de seis de la mañana á cuatro de la

tarde; de esa hora á las doce de la noche, y de ella á las seis de la

mañana.

El precio comun de la correspondencia, como ya dijimos, es tres

centavos por carta sencilla de media onza, para cualquier punto de los

Estados-Unidos, diez centavos para el exterior, ménos los que entraron

en la convencion postal internacional, como Alemania, y al fin Francia

y España, para cuyos países se cobran cinco centavos y dos centavos

para el interior de la ciudad. Los periódicos sueltos pagan un centavo.

Un centavo vale tambien una tarjeta portátil, que es un cuadro de papel

vitela en que se escribe lo que se quiere, con pluma ó lápiz, sin

poner cubierta; el porte de un centavo es el precio de la estampa allí

grabada. Esta carta abierta puede ir así á todos los pueblos de los

Estados-Unidos.

El gran fomento á las relaciones y á las ideas, está dignamente

comprendido en este servicio.

Además del Correo hay comisionados y _Express_, de que hablaré en otra

ocasion.

Por ahora, terminaré mis apuntaciones haciendo público mi

reconocimiento al Sr. Jaques por su finura, y al Sr. Jardines, que tan

bondadosamente me acompañó, habiendo recibido de los dos los datos de

que he hecho mérito.

* * * * *

Desde mi ascension á la Iglesia de la Trinidad me propuse hacer una

visita especial á los muelles, esto es, á esos mil brazos que reciben

de los buques todos los productos del globo y devuelven productos de la

gigantesca ciudad.

Desde la eminencia percibia yo la corriente del tráfico, que se

resumia, que como que desparecia bajo aquellas inmensas tortugas de

madera, para brotar de nuevo en un rio de carros que despedazaba su

corriente como en un muro hecho criba, como entre peñascales, y se

perdia con estrépito en las encrucijadas, vericuetos y profundidades de

la ciudad.

Los muelles, por la parte que da al mar, son vías ó grandes bancos de

madera que entran en las aguas, y á su frente y costados atracan los

buques para hacer su descarga, estableciendo puentes, corredores y

ramblas para verificar la desocupacion de los buques y carros.

Tienen los muelles techumbre de madera, ó de fierro y cristales, y á

su pié baten las aguas, en que suelen estacionarse los buques como

caballos en un inmenso establo, ó como enfermos en grandes salones,

porque suele á veces verificarse allí la reparacion de los buques.

La parte exterior forma calle, con sus grandes portadas, atrevidos

arcos, corredores y balcones, con sus entradas en las que se ven desde

el quicio, interminables galeras que parecen flotar sobre el mar.

Los tramos que dividen un muelle de otro, los llena el agua, ocupada

por los buques, maderos, escombros, palizada, fragmentos de barriles

y basura; al frente de los muelles corre la acera de la calle South

Street, mal empedrada, peor embanquetada á trechos y con ese mosaico

de edificios en que parece se han querido poner en hilera grandes y

chicos, gigantes y niños, damas y ganapanes, mendigos llenos de harapos

y gente opulenta, bajo toldos y tendederos de trapos, rubros, faroles,

sartas de zapatos, banderas, jamones y sombreros.

Gran parte de los bajos de esa acera los llenan almacenes, figones,

tabernas ó sean _bar-rooms_; pero sobre todo, los almacenes en tremendo

tráfico y tragaderos de verdaderos antros, que son bodegas subterráneas

alumbradas con gas, y en donde desaparecen como por tramoya rios de

tercios, barriles y cajones.

Esta circunstancia hace que la acera sea como el patio corrido de los

almacenes, en que se carga, se descarga, se abren y cierran tercios,

se riegan cajones, y á cuya orilla los carros se detienen para cargar

y descargar, en medio de una zambra y de una gritería, que se hunde el

mundo.

Todos los obstáculos que tiene la banqueta no son bastantes para

detener el raudal de gente que va saltando por entre tercios y

barriles, confundiéndose el carretero y los cargadores, sucios,

aguardientosos, desmelenados y groseros, con _ladies_ con sus velos de

gasa y sus sombrillas, y caballeros que acaban de dejar alfombrados

salones.

El medio de la calle está cruzado por una doble vía de wagones que se

suceden sin la interrupcion de un solo minuto, cargados de pasajeros.

Los wagones van cortando una opuesta corriente de carros de todos

tamaños, que entretejen sus ruedas, se arremolinan y se chocan,

formando laberinto los bultos que conducen, los cuellos de los

caballos, y los pescantes de los cocheros. En medio de esto es rarísimo

un accidente.

Todos los colores, todos los matices, todos los trages y todas las

basuras y las mugres, se dan cita en ese cañon de la calle de South

Street, que corrobora sin embargo la idea de la inmensa riqueza y del

movimiento mercantil de la ciudad.

Sobre las portadas de los edificios de los muelles, están anunciadas

las líneas de vapores y los puntos que ponen en contacto, como si

fueran entradas de esos distintos pueblos que dejan á la puerta sus

tarjetas en esta gran tertulia de la humanidad.

El Este, el Oeste, California, China, Australia, Alemania, Europa,

el Perú, el Brasil, la Habana, México, la India y líneas pequeñas de

Filadelfia, Albany, Boston y una gran parte de los Estados de la Union.

Los carros tienen acceso hasta los costados de los buques, y la

descarga y la carga se hacen allí tambien, de suerte que es comun pasar

entre cajones y barriles que se embarcan, y costales de lona, cajones

y barriles que llegan á tierra. Todo los medios de trasporte, ménos el

hombre haciéndose béstia de carga.

Para hacer la carga, se fija una garrucha á uno de los más robustos

palos del buque, se engancha el tercio en uno de los extremos de un

cable y el extremo opuesto se fija en el arnés de uno ó dos caballos

uncidos, que verifican la ascension de moles pesadísimas, avanzando ó

retrocediendo con suma destreza.

Debajo de aquellos bultos, pipas, fierros y planchas, corre el gentío á

los muelles.

Luego que el buque arriba y suelta sus anclas, desahoga su vapor

con estrépito espantoso, afianza su puente y saltan los pasajeros,

perseguidos por aquellas partidas ó jaurías tumultuosas de comisionados

de los hoteles, que tienen ómnibus, coches y carros, rodeando los

muelles como aves de presa. Allí hay grupos de concurrencia selecta,

en espera de amigos y deudos; allí los _reporters_ de los periódicos;

allí los tiernos saludos y los trasportes de placer. Pero á la espalda

se ve la concurrencia del buque que parte con la locomotora, que jadea

impaciente; los amigos que se arrancan de los brazos de los que aman;

los ojos con lágrimas, y el _adios_ que tiene siempre acento de muerte,

y que cae siempre como sombra en las profundidades del alma.

Los vendedores de fruta, los voceadores de papeles, los carros que

venden nieve y soda, acuden á esos lugares en que ingleses, franceses,

chinos y españoles, parecen llegar al Valle de Josafat, en que todos

tenemos de revolvernos.

El limeño con su sombrero de jipijapa; los criados del mexicano con

sus jaranos tendidos, y sus gruesas toquillas; el inglés con su

imperturbable sorbete; el chino con su solideo, ingresan al conjunto de

mujeres desgobernadas, hombres al desnudarse, _ladies_ espléndidas y

gente de levita _comme il faut_.

* * * * *

Separéme de South Street para escurrirme por otras calles y completar

mi paseo.

¿Pero dónde están los cristales y los pórticos de Broadway? ¿dónde las

hermosas arboledas y las claras fuentes? ¿Dónde esas boticas en que hay

pomadas y cepillos, jabones y libros, agua de soda y toallas?

Era un mundo distinto; lodazal ó terrado el tránsito, caños mal

cubiertos con tablones desquiciados, puertas irregulares, celosías

desvencijadas en las paredes; como colgando de uno á otro piso,

escaleras de fierro pegadas al exterior de las casas, como víboras,

por donde ascienden y descienden séres humanos, y en las alturas y

los intersticios ventanas y balcones; de trecho en trecho, tendederos

de ropa, compuestos de dos lazos paralelos y sus carretillas, para que

desde un punto fijo se pueda tender la ropa, recorriéndose todo el

cordel.

Unas mujeres cosiendo, otras lavando, los herreros dando martillazos,

el zapatero en su obra, todos ocupan las banquetas, que recorren

carretelitas pequeñas conduciendo á niños de pecho dormidos

apaciblemente, porque es de advertir que los niños no cabalgan en

brazos, expuestos á un eterno peligro y sujetando á la situacion más

servil á la _pilmeme_: no, señor; empujan la calesita de tres ruedas,

que las hay para todas las fortunas, y ahí tienen vdes. á la mujer

emancipada y al niño como un príncipe.

En las principales calles, en las plazas, en los paseos más

concurridos, atraviesan niñeras y nodrizas perfectamente vestidas,

conduciendo á los niños sentados ó dormidos, resguardados del sol con

sus toldos, rodeados del respeto y la consideracion universal.

Todo el desórden, toda la irregularidad que hemos notado apénas al

hablar del centro de la ciudad, se veian en aquellos vericuetos que

recorria yo.

Los _bar-rooms_, que al través de alambrados ó como vergonzantes

aparecen en el interior de la ciudad, en este barrio se presentan

repugnantes, así como los talleres de los curanderos de la ropa ó

reparadores de piezas inválidas de vestidos, casas de empeño que se

anuncian con tres globos dorados, y bazares de objetos de segunda mano,

como si dijéramos, panteones de vestidos disparatados, plumas ajadas,

velos que han pasado á la categoría de redaños, levitas escuálidas y

sombreros en actitudes cómicas: el desecho, la osamenta....

Unas calles acaban en punta, otras culebrean caprichosas, otras se

interrumpen con una arboleda, otras comienzan en tumulto carnavalesco y

acaban en casas uniformes y graves, como una procesion de frailes, y al

frente de estas casas, hay hileras de carros en compostura, caballetes

de pintor, y caldereteros que aturden repicando con sus martillos,

sobre una sarten que chilla y arma un sanquintin de ruidos espantosos.

Hay calles sin salida que dan á una acera corrida de casas; á esas

calles se les llama _Places_, y nosotros traducimos plazas, con la

misma propiedad con que yo puedo llamar trompeta á la pluma con que

estoy escribiendo.

Pero lo característico, lo estupendo, lo inconmensurable en estos

lugares, que no me atrevo á llamar casas ni calles porque se supondria

que trato de gentes, es la vieja, es la mujer en su metamórfosis de

vejiga, de almofrej ó de bodrio de trapos, arrugas y canas.

No es la desnudez, es la apostasía del trage; es la defeccion del

vestido; es la traicion al forro de la especie humana.

La vieja de esta region de la ciudad es un sér que crece á lo ancho

en sentido masculino: exagera la blusa de lana al volverla tápalo, el

túnico participa de la pipa, y el calzado es la rabia del botin, la

tortura de la chinela, el infierno de la babucha, la degradacion de

la bota del negro. Ese endriago no se contenta con beber _whiskey_,

fuma puro; descontenta del puro, masca tabaco, y para apurar todas las

iniquidades, huele á manteca rancia.

El aire que se respira entre esas basuras, esos trapos y esas viejas,

se conviene fácilmente en que es un aire mortal.

Embebecido iba en mis reflexiones, cuando oí sobre mi cabeza un ruido

como de estrepitosa corriente. Alcé los ojos, y me pareció ver como

secciones de la calle que iban atravesando los aires.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 76 / 94 题