El Correo.--Los muelles.--South Street.--Varias calles.--Viajes
aéreos.
Uno de los monumentos que disputan ventajosamente la atencion del
viajero, es el Correo (_Post Office_).--El edificio ocupa una manzana
entera, acomodándonos á la manera mexicana de hablar, formando un
ángulo imperfecto de 130 piés de altura, 200 la base y de 320-340 los
lados.
En los frentes hay portadas caprichosas, cornisas, ventanas y columnas,
rematando en bóvedas de cristales y en rotondas como colinas. Especial
arquitectura americana.
Es una mole inmensa como una espaciosa catedral, cuyo costo puede
calcularse, segun los datos que personalmente solicité, sobre seis
millones de pesos.
Entrase al Correo por multitud de arcos formados como caprichosa
portalería en el primer piso del edificio colosal, convirtiendo en
corridos salones el interior, con pavimento de cuadros de mármol
blancos y azules.
La pared que cierra esos salones ó calles interiores, es como una hoja
de laton labrado y como subdividido en pequeños cuadros, que todos
tienen su número hasta el siete mil. Cada uno de esos pequeños cuadros
es un cajon que tiene su chapa especial, pertenece á un apartado hasta
el número dicho, aproximadamente.
Interrumpen la monotonía de la pared de metal, cuadros ó frentes
de nicho embutidos en caoba, con letreros que indican--_venta
de estampas_, despachos para el _interior y el exterior_ de los
Estados-Unidos, para el _interior de la ciudad_, _reclamos_,
_advertencias_, entrada y salida de balijas y todo lo conducente al
despacho.
En el mismo órden hay buzones incrustados en aquella pared de laton,
que cierran por sí mismos su tapa fija, con sus rubros para que el
propio interesado dé á sus cartas direccion.
El conjunto del despacho forma un muro por donde no se percibe nada
absolutamente del interior de la oficina, ni un dependiente, ni nada.
Los que han alquilado un _Box_ ó cajita de apartado reciben una llave,
y á la hora que les parece abren ó cierran su caja y recogen su
correspondencia. El apartado vale para una ó muchas personas, de seis á
doce pesos anuales.
Por supuesto cada llave es distinta, y el herrero que las forja
tiene contrata especial, para no hacerlas sino por órden expresa del
administrador.
El dia de mi visita al Correo, ascendí al primer piso en busca del
administrador, que tiene dos lugares de residencia: el despacho y el
gabinete de trabajo.
Mr. Jaques me recibió afablemente, tocó un resorte y vino un
dependiente que conoce perfectamente el español, para que me paseara
por los departamentos de aquella escondida poblacion.
El Correo, en la seccion primera que ví, funge como banco, recibiendo
y situando dinero en todas las ciudades del mundo: la actividad de
esa seccion es grande, tanto que para obvio de mandaderos y trámites,
hay una maquinita movida por vapor, de la que corre una banda, á los
distintos departamentos y mesas que tienen que ver con la seccion, que
conduce los papeles, para que se hagan las anotaciones respectivas.
Contigua á ese departamento está la caja ó expendio por mayor de sellos.
Los sellos se imprimen por contrata especial en Masachutes y se reciben
de la administracion general situada en Washington.
Las séries de sellos son de uno á noventa centavos, y en cada una de
las divisiones de uno, de cinco, seis, diez centavos, etc., etc., hay
una estampa distinta de un hombre ilustre: Washington, Clay, Webster,
Lincoln, Jefferson, etc., etc.
Hay cubiertas y fajas para circulares y periódicos, que pagan dos
centavos por cada cuatro onzas, para cualquier punto del país.
Las cartas comunes cuestan tres centavos para el interior de los
Estados-Unidos.
La contabilidad es perfecta, y este departamento, como los otros, tiene
poca diferencia en sus reglas de lo que tuve la honra de establecer en
México cuando plantée el franqueo prévio.
Hay un departamento especial para certificados; con los asientos y
constancia al interesado como en México, con la diferencia de que cada
carta ó paquete certificado va en una cubierta especial de pergamino,
sobre cuya cubierta se anotan los accidentes del tránsito para que
quede viva la responsabilidad del que falte. En la bolsa se devuelve
el recibo ó vuelve la propia carta, caso de que no pueda llegar á su
título.
Tambien en las cubiertas que se expenden para cartas no certificadas,
hay impresa una advertencia para que si dentro de diez dias no se
ocurre por ellas, se devuelvan al punto de partida: medida de fácil
ejecucion muy útil para el público.
En general, las cartas sobrantes vuelven de tiempo en tiempo á las
oficinas centrales, donde se inutilizan con las formalidades que en
México. En esa operacion lucra mucho el Correo, porque siendo la moneda
papel, se incluyen en las cartas valores que quedan á beneficio del
Correo.
Las diversas secciones que manejan caudales llevan su contabilidad
separada; pero esa contabilidad se concentra y recibe una especie
de glosa, mes por mes, en una oficina que preside un _auditor_ ó
sobrevigilante de la legalidad de todos los actos de la oficina.
Descendimos del primer piso y nos hallamos bajo una inmensa techumbre
de fierro y cristales, que comunica luz al edificio y le da una
extraordinaria grandiosidad.
Desde los corredores intermedios se ve aquella ciudad en miniatura,
formada de mesas larguísimas coronadas de elevados estantes, todos con
sus divisiones alfabéticas.
Colocados en un buen punto de vista, me dijo mi _cicerone_:
--Vea vd. aquel timbre colosal y bajo de él un cuadro de cristales.
Luego que llega una balija, sea de dia ó de noche, suena ese timbre
y aparece un número en el tablero. El timbre es la voz de alerta, el
tablero indica la procedencia del correo que llega.
Se recibe la correspondencia y se distribuye en aquellas grandes mesas
y aquellos estantes destinados con separacion al público, á las cajas
del apartado, á los carteros y á las carreras foráneas.
Ya está vd. viendo desde aquí, de trecho en trecho, unos estantes
hechos de cajoncitos que giran como una gran devanadera: ahí se colocan
las cartas del público. Las cartas del apartado se conducen á sus cajas
desde aquellas mesas.
En cuanto á esas otras grandes mesas con estantes, son de los carteros
que por sí hacen su distribucion, y entran y salen á su departamento
dos y tres veces al dia.
Las cartas foráneas tienen aquel departamento separado.
La correspondencia que sale está sujeta á las siguientes operaciones.
Detrás de cada uno de los buzones marcados en el exterior, hay una
cajita portátil en que se reciben las cartas distribuidas por los
interesados.
Al recogerse para inutilizar la estampa con el sello negro, se revisan
y vacían sus balijas, recogiéndolas el que les da direccion.
Las balijas están suspendidas con ganchos á las paredes de alambre que
rodean cada seccion.
Bajamos de nuestro corredor, anduvimos por aquellas calles formadas de
mesas y estantes, en que no se ve una carta que no esté encarrilada á
su destino, y nos detuvimos frente á un pozo que da á un departamento
subterráneo.
Ese departamento tiene grandes paredes en semicírculo, con cajones con
grandes letras.
Por delante, el cajon tiene su marca; por la espalda, es un chiflon que
da á una balija.
Ese es el departamento de los periódicos. Se reciben en la parte
superior, se desbarrancan por el pozo y allí se apoderan de ellos
los distribuidores, con tal tino, con tal destreza, que lanzándolos
á grande altura y en todas direcciones hasta anublar el espacio y
perturbar la vista, no hay una equivocacion ni falta en correr á la
balija el paquete.
Sentí que se me hundia el suelo: es, me dijo mi _cicerone_, que vamos á
ver las máquinas.
Hicimos en este último piso una excursion entre grandes pilares y
paredes de cinco y seis varas, en medio de las sombras y oyendo la
respiracion de las máquinas, como si estuviéramos en un antro de fieras.
Aquellas grandes máquinas son los esclavos del servicio, y tienen
por principal tarea estar unidas á esos ómnibus aéreos que se llaman
elevadores.
Ese tránsito de arriba abajo y de abajo arriba, esas calles verticales
en el espacio, solo á un yankee ocurren.
--Oiga vd., por más que veo esos robustos cables, decia yo á mi amigo,
á mí siempre se me escarapela el cuerpo. Un sopapo desde las inmensas
alturas que recorre el ómnibus, es tremendo.
--Por supuesto, me decia mi amigo; hace años cayeron tres criados de
un hotel, con todo y elevador, y se hicieron añicos; pero no volverá á
suceder.
--¿Cómo?
--Porque ahora los cordeles están adheridos á unos resortes; caso que
los cables se rompieran, los resortes se abren y dejan suspendido el
elevador; de suerte que el mayor mal que le puede suceder, es repetir
el milagro del albañil de San Vicente Ferrer, es decir, quedarse en el
aire; y ni eso, porque se queda vd. en un buen asiento de terciopelo,
con su alfombra, y si gusta, viéndose al espejo.
El hombre que acompaña á vd. en el elevador, lleva la mano en el cordel
que gobierna la válvula, y detiene ó acelera el paso segun conviene.
Con esas seguridades, volvimos al mundo despues del paseo subterráneo.
La oficina de correos tiene en todo 1,600 empleados, inclusives 300
carteros.
Se reparten al dia, por término medio, 300,000 cartas del país y 30,000
del extranjero; solo de la ciudad se reparten 120,000 cartas.
El despacho de correos está abierto desde las seis de la mañana hasta
las nueve de la noche.
En todas las calles, y de trecho en trecho, hay cajitas de fierro
adheridas á las columnas de los faroles, en que se puede echar la
correspondencia y de donde la recogen tres veces al dia los carteros.
Los empleados de correspondencia y contabilidad no tienen que ver ni
rolan con los empleados del despacho. Estos se dividen en tandas para
el trabajo, fungiendo las tandas de seis de la mañana á cuatro de la
tarde; de esa hora á las doce de la noche, y de ella á las seis de la
mañana.
El precio comun de la correspondencia, como ya dijimos, es tres
centavos por carta sencilla de media onza, para cualquier punto de los
Estados-Unidos, diez centavos para el exterior, ménos los que entraron
en la convencion postal internacional, como Alemania, y al fin Francia
y España, para cuyos países se cobran cinco centavos y dos centavos
para el interior de la ciudad. Los periódicos sueltos pagan un centavo.
Un centavo vale tambien una tarjeta portátil, que es un cuadro de papel
vitela en que se escribe lo que se quiere, con pluma ó lápiz, sin
poner cubierta; el porte de un centavo es el precio de la estampa allí
grabada. Esta carta abierta puede ir así á todos los pueblos de los
Estados-Unidos.
El gran fomento á las relaciones y á las ideas, está dignamente
comprendido en este servicio.
Además del Correo hay comisionados y _Express_, de que hablaré en otra
ocasion.
Por ahora, terminaré mis apuntaciones haciendo público mi
reconocimiento al Sr. Jaques por su finura, y al Sr. Jardines, que tan
bondadosamente me acompañó, habiendo recibido de los dos los datos de
que he hecho mérito.
* * * * *
Desde mi ascension á la Iglesia de la Trinidad me propuse hacer una
visita especial á los muelles, esto es, á esos mil brazos que reciben
de los buques todos los productos del globo y devuelven productos de la
gigantesca ciudad.
Desde la eminencia percibia yo la corriente del tráfico, que se
resumia, que como que desparecia bajo aquellas inmensas tortugas de
madera, para brotar de nuevo en un rio de carros que despedazaba su
corriente como en un muro hecho criba, como entre peñascales, y se
perdia con estrépito en las encrucijadas, vericuetos y profundidades de
la ciudad.
Los muelles, por la parte que da al mar, son vías ó grandes bancos de
madera que entran en las aguas, y á su frente y costados atracan los
buques para hacer su descarga, estableciendo puentes, corredores y
ramblas para verificar la desocupacion de los buques y carros.
Tienen los muelles techumbre de madera, ó de fierro y cristales, y á
su pié baten las aguas, en que suelen estacionarse los buques como
caballos en un inmenso establo, ó como enfermos en grandes salones,
porque suele á veces verificarse allí la reparacion de los buques.
La parte exterior forma calle, con sus grandes portadas, atrevidos
arcos, corredores y balcones, con sus entradas en las que se ven desde
el quicio, interminables galeras que parecen flotar sobre el mar.
Los tramos que dividen un muelle de otro, los llena el agua, ocupada
por los buques, maderos, escombros, palizada, fragmentos de barriles
y basura; al frente de los muelles corre la acera de la calle South
Street, mal empedrada, peor embanquetada á trechos y con ese mosaico
de edificios en que parece se han querido poner en hilera grandes y
chicos, gigantes y niños, damas y ganapanes, mendigos llenos de harapos
y gente opulenta, bajo toldos y tendederos de trapos, rubros, faroles,
sartas de zapatos, banderas, jamones y sombreros.
Gran parte de los bajos de esa acera los llenan almacenes, figones,
tabernas ó sean _bar-rooms_; pero sobre todo, los almacenes en tremendo
tráfico y tragaderos de verdaderos antros, que son bodegas subterráneas
alumbradas con gas, y en donde desaparecen como por tramoya rios de
tercios, barriles y cajones.
Esta circunstancia hace que la acera sea como el patio corrido de los
almacenes, en que se carga, se descarga, se abren y cierran tercios,
se riegan cajones, y á cuya orilla los carros se detienen para cargar
y descargar, en medio de una zambra y de una gritería, que se hunde el
mundo.
Todos los obstáculos que tiene la banqueta no son bastantes para
detener el raudal de gente que va saltando por entre tercios y
barriles, confundiéndose el carretero y los cargadores, sucios,
aguardientosos, desmelenados y groseros, con _ladies_ con sus velos de
gasa y sus sombrillas, y caballeros que acaban de dejar alfombrados
salones.
El medio de la calle está cruzado por una doble vía de wagones que se
suceden sin la interrupcion de un solo minuto, cargados de pasajeros.
Los wagones van cortando una opuesta corriente de carros de todos
tamaños, que entretejen sus ruedas, se arremolinan y se chocan,
formando laberinto los bultos que conducen, los cuellos de los
caballos, y los pescantes de los cocheros. En medio de esto es rarísimo
un accidente.
Todos los colores, todos los matices, todos los trages y todas las
basuras y las mugres, se dan cita en ese cañon de la calle de South
Street, que corrobora sin embargo la idea de la inmensa riqueza y del
movimiento mercantil de la ciudad.
Sobre las portadas de los edificios de los muelles, están anunciadas
las líneas de vapores y los puntos que ponen en contacto, como si
fueran entradas de esos distintos pueblos que dejan á la puerta sus
tarjetas en esta gran tertulia de la humanidad.
El Este, el Oeste, California, China, Australia, Alemania, Europa,
el Perú, el Brasil, la Habana, México, la India y líneas pequeñas de
Filadelfia, Albany, Boston y una gran parte de los Estados de la Union.
Los carros tienen acceso hasta los costados de los buques, y la
descarga y la carga se hacen allí tambien, de suerte que es comun pasar
entre cajones y barriles que se embarcan, y costales de lona, cajones
y barriles que llegan á tierra. Todo los medios de trasporte, ménos el
hombre haciéndose béstia de carga.
Para hacer la carga, se fija una garrucha á uno de los más robustos
palos del buque, se engancha el tercio en uno de los extremos de un
cable y el extremo opuesto se fija en el arnés de uno ó dos caballos
uncidos, que verifican la ascension de moles pesadísimas, avanzando ó
retrocediendo con suma destreza.
Debajo de aquellos bultos, pipas, fierros y planchas, corre el gentío á
los muelles.
Luego que el buque arriba y suelta sus anclas, desahoga su vapor
con estrépito espantoso, afianza su puente y saltan los pasajeros,
perseguidos por aquellas partidas ó jaurías tumultuosas de comisionados
de los hoteles, que tienen ómnibus, coches y carros, rodeando los
muelles como aves de presa. Allí hay grupos de concurrencia selecta,
en espera de amigos y deudos; allí los _reporters_ de los periódicos;
allí los tiernos saludos y los trasportes de placer. Pero á la espalda
se ve la concurrencia del buque que parte con la locomotora, que jadea
impaciente; los amigos que se arrancan de los brazos de los que aman;
los ojos con lágrimas, y el _adios_ que tiene siempre acento de muerte,
y que cae siempre como sombra en las profundidades del alma.
Los vendedores de fruta, los voceadores de papeles, los carros que
venden nieve y soda, acuden á esos lugares en que ingleses, franceses,
chinos y españoles, parecen llegar al Valle de Josafat, en que todos
tenemos de revolvernos.
El limeño con su sombrero de jipijapa; los criados del mexicano con
sus jaranos tendidos, y sus gruesas toquillas; el inglés con su
imperturbable sorbete; el chino con su solideo, ingresan al conjunto de
mujeres desgobernadas, hombres al desnudarse, _ladies_ espléndidas y
gente de levita _comme il faut_.
* * * * *
Separéme de South Street para escurrirme por otras calles y completar
mi paseo.
¿Pero dónde están los cristales y los pórticos de Broadway? ¿dónde las
hermosas arboledas y las claras fuentes? ¿Dónde esas boticas en que hay
pomadas y cepillos, jabones y libros, agua de soda y toallas?
Era un mundo distinto; lodazal ó terrado el tránsito, caños mal
cubiertos con tablones desquiciados, puertas irregulares, celosías
desvencijadas en las paredes; como colgando de uno á otro piso,
escaleras de fierro pegadas al exterior de las casas, como víboras,
por donde ascienden y descienden séres humanos, y en las alturas y
los intersticios ventanas y balcones; de trecho en trecho, tendederos
de ropa, compuestos de dos lazos paralelos y sus carretillas, para que
desde un punto fijo se pueda tender la ropa, recorriéndose todo el
cordel.
Unas mujeres cosiendo, otras lavando, los herreros dando martillazos,
el zapatero en su obra, todos ocupan las banquetas, que recorren
carretelitas pequeñas conduciendo á niños de pecho dormidos
apaciblemente, porque es de advertir que los niños no cabalgan en
brazos, expuestos á un eterno peligro y sujetando á la situacion más
servil á la _pilmeme_: no, señor; empujan la calesita de tres ruedas,
que las hay para todas las fortunas, y ahí tienen vdes. á la mujer
emancipada y al niño como un príncipe.
En las principales calles, en las plazas, en los paseos más
concurridos, atraviesan niñeras y nodrizas perfectamente vestidas,
conduciendo á los niños sentados ó dormidos, resguardados del sol con
sus toldos, rodeados del respeto y la consideracion universal.
Todo el desórden, toda la irregularidad que hemos notado apénas al
hablar del centro de la ciudad, se veian en aquellos vericuetos que
recorria yo.
Los _bar-rooms_, que al través de alambrados ó como vergonzantes
aparecen en el interior de la ciudad, en este barrio se presentan
repugnantes, así como los talleres de los curanderos de la ropa ó
reparadores de piezas inválidas de vestidos, casas de empeño que se
anuncian con tres globos dorados, y bazares de objetos de segunda mano,
como si dijéramos, panteones de vestidos disparatados, plumas ajadas,
velos que han pasado á la categoría de redaños, levitas escuálidas y
sombreros en actitudes cómicas: el desecho, la osamenta....
Unas calles acaban en punta, otras culebrean caprichosas, otras se
interrumpen con una arboleda, otras comienzan en tumulto carnavalesco y
acaban en casas uniformes y graves, como una procesion de frailes, y al
frente de estas casas, hay hileras de carros en compostura, caballetes
de pintor, y caldereteros que aturden repicando con sus martillos,
sobre una sarten que chilla y arma un sanquintin de ruidos espantosos.
Hay calles sin salida que dan á una acera corrida de casas; á esas
calles se les llama _Places_, y nosotros traducimos plazas, con la
misma propiedad con que yo puedo llamar trompeta á la pluma con que
estoy escribiendo.
Pero lo característico, lo estupendo, lo inconmensurable en estos
lugares, que no me atrevo á llamar casas ni calles porque se supondria
que trato de gentes, es la vieja, es la mujer en su metamórfosis de
vejiga, de almofrej ó de bodrio de trapos, arrugas y canas.
No es la desnudez, es la apostasía del trage; es la defeccion del
vestido; es la traicion al forro de la especie humana.
La vieja de esta region de la ciudad es un sér que crece á lo ancho
en sentido masculino: exagera la blusa de lana al volverla tápalo, el
túnico participa de la pipa, y el calzado es la rabia del botin, la
tortura de la chinela, el infierno de la babucha, la degradacion de
la bota del negro. Ese endriago no se contenta con beber _whiskey_,
fuma puro; descontenta del puro, masca tabaco, y para apurar todas las
iniquidades, huele á manteca rancia.
El aire que se respira entre esas basuras, esos trapos y esas viejas,
se conviene fácilmente en que es un aire mortal.
Embebecido iba en mis reflexiones, cuando oí sobre mi cabeza un ruido
como de estrepitosa corriente. Alcé los ojos, y me pareció ver como
secciones de la calle que iban atravesando los aires.