XXI

Excursion temeraria á la Iglesia de la Trinidad.--Campanas

armónicas.--Panoramas.--Bowling Green.--Green Castel.--Jersey

City.--Movimiento industrial.--Telégrafo.--Vapor.--Descenso.

Estoy rendido: ayer emprendí una excursion realmente temeraria para mis

años. Me resolví á ascender, y ascendí, á las alturas de la magnífica

Iglesia de la Trinidad.

Hemos dicho que la iglesia está ubicada en la calle de Broadway, sin

interrumpirla, ni aislarse de un modo notable: se encierra dentro de un

magnífico barandal de fierro, se rodea de sepulcros, y el lugar es tan

venerando, porque le consagran preciosos restos y grandes recuerdos,

que pudiéndolo vender el municipio en cientos de miles, se conserva

como un lugar sagrado.

La iglesia es de órden gótico; sobre su grande arco, y á los lados

de su clave, se ven dos colosales ventanas coronadas por una tendida

cornisa; en los extremos del muro, y sobre el primero, en cuadrado

robusto y despues en labrada pirámide, se destacan cuatro delgadas

torrecillas y una elevadísima torre en su centro.

El edificio, en su mayor altura, tiene doscientos ochenta y cuatro piés

de elevacion.

La iglesia estaba en obra: uno de estos rasposos tipos de portero me

salió al encuentro; díjele que queria subir á la torre, pidióme diez

centavos, se los puse en la mano, me tomó de los hombros, me empujó á

la entrada de un callejon oscuro, y cerró la puerta tras de mí.

Mi primer movimiento fué quedarme inmóvil como Pipelet, raspé un

fósforo, descubrí un caracol, y subí, subí extraordinariamente.

Algo interrumpia mi paso: tendí adelante las manos, y palpé tablas;

acudí al fósforo: era una escalera perpendicular casi, que tenia por

pasamano un cable con ayuda del cual se escalaba la altura. Emprendí la

ascension, campaneándome y titubeando á cada esfuerzo; tornó el caracol

á salirme al encuentro y la escalera á empinarme á los cielos.

La oscuridad era completa y el silencio absoluto.

Creí percibir alguna claridad; tenia sobre mi cabeza un bosque de

vigones robustísimos, que se cruzaban, se extendian y se agarraban á

las paredes, colgándose sobre el abismo como para sacar de él campanas

monstruosas.

Dí un paso para ver aquello, y me pareció que se venia abajo la torre,

tan estupendo así fué el ruido: todas las campanas sonaban á la vez,

aturdiéndome, anonadándome. Aquello era espantoso.

Han de saber mis lectores que las campanas de la Trinidad están

templadas con ciencia musical, como hay otras campanas aquí, en

Nueva-York, y en otras ciudades de los Estados-Unidos.

Los campaneros, en los dias festivos, tocan sonatas y cantos

patrióticos, y el de la Trinidad suele repartir programas de los trozos

de ópera que se propone ejecutar con sus campanas. Todo esto es muy

gracioso: yo creí que el registro músico era el derrumbamiento de la

torre.

Llegué al fin al término del muro, de cuya plataforma arranca, para

imperar sobre otras cuatro torres, la torre central.

La base es un sexágono imperfecto, presentando anchas fases á los

puntos cardinales, pero sin dejar percibir conjuntos.

Antes de alzar la cortina de mi panorama, traté de recoger mis ideas

y recuerdos, teniendo presente, para mis rectificaciones, la preciosa

Guía de mi querido amigo Antonio Bachiller y Morales, que es, como todo

lo que sale de su pluma, rica de erudicion y de talento.

La isla de Manhatlan (hoy Nueva-York); en indio, lugar de embriaguez,

aunque vista en 1814 por Verrazani, navegante florentino, fué

descubierta ó se atribuye su descubrimiento á Hudson, que dejó su

nombre al rio que corteja y engalana la Ciudad-Imperio.

En 1614, una expedicion holandesa edificó sus primeras casas en Bowling

Green, con el nombre de Nueva Amsterdan, y entre ingleses y holandeses

hubo campañas atroces, hasta que el duque de York fué agraciado por

Cárlos II con esta posesion y marcharon las cosas más en órden.

Protestantes y católicos convirtieron varias veces la isla en campo de

Agramante.

Llamóse al principio la ciudad _City of hills_ (ciudad de lomas), y las

aguas invadian hasta donde es ahora Pearl Street y Chatham.

Nueva-York antiguo fué teatro de grandes hechos históricos, hasta

1783 que se evacuó por los ingleses y quedó triunfante la patria de

Washington.

La Guía á que me refiero recuerda la casa de Kenedy, habitada en una

época por Tayllerand y despues por Washington.

El lugar en que estuvo la estatua de Jorge III convertida en balas para

atacar á los ingleses.

El sitio en que estaba la picota, hoy jardin espléndido, frente á la

Casa Municipal.

En Wal Street se nos muestra la casa en que en 1789 fué proclamado

Washington primer presidente de los Estados-Unidos.

Los nombres de Canal y Cliff derivan de que eran canales que cruzaban

lanchas y botes.

Donde ahora está edificado el Correo estuvo la Iglesia Holandesa en que

Franklin hizo sus primeros ensayos para dominar el rayo.

La isla en que está edificada Nueva-York se encuentra limitada al Norte

por el rio Harlem; al Este por el rio de ese nombre, y une á la bahía

con la Sonda de Long Island, separando Nueva-York de Broklyn, que le

pertenece como un distrito.

La isla tiene trece y media millas de longitud, con anchura de cerca de

tres millas.

La ciudad, propiamente tal, está edificada en una faja que corre desde

el Sur (_Battery_) al Norte, Central Park, en una extension de cinco

millas, corriendo hasta tocar el Harlem, cuatro millas más.

Divídese el terreno mencionado en 141,486 lotes para casas, de las que

están edificadas una mitad.

La poblacion se puede calcular en 1.200,000 habitantes.

Levantemos ya la cortina de nuestro panorama que nos cubre el Oriente.

A mis piés estoy percibiendo, como unas veces en _zic-zac_, otras en

remolino confuso, altos techos, chimeneas y agujas, triángulos de

pórticos y columnas, y más adelante casucas decadentes, con la triste

vejez de las casas de madera, hasta tocar, culebreando, la orilla del

_Rio Este_, que va extendiéndose como un aligador, por todo el Oriente

de la ciudad.

Guía mis ojos como de debajo de mis plantas, una estrecha calle que

ondea un poco, llevando caudalosa concurrencia. Esa calle es _Woll

Street_, calle de la muralla donde están situados los bancos, como

quien dice, los pulmones que comunican vida al gigante. Distínguese

entre muros, chimeneas y veletas, la Tesorería, que encierra caudales

cuantiosos.

En la onda con que termina esta parte de la tierra, se ven salir como

los dientes de una sierra, como calzadas ó corredores que parecen

flotar en las aguas: esos son los innumerables muelles salientes de

la extremidad de esa lengua imperfectísima con que hemos comparado

á Nueva-York, que acaso podria decirse que tiene la figura de una

bigornia de herrero.

Alzándose la vista, reverbera en toda su amplitud el rio; vense

cruzando sus aguas, en agitacion febril, lanchas y barcas alzando

á flor de agua y sumergiendo sus remos; barquichuelos con su vela,

como un caballero andante con su pluma blanca, y navíos con sus lonas

hinchadas como las plumas de un cisne, y atravesando rápidas como

el sorbete de un corredor yankee, las chimeneas de los vapores, que

gritando y lanzando al aire plumeros de humo blanco que brota y se

tiende en rastros de nube, recorren en tropel las aguas, cruzándose y

apartándose á grandes distancias.

Limitan ese horizonte al Sur Este, fuertes militares é islotes

risueños, artificiales y naturales, y entre árboles, blanqueando, y

sobre sus copas sobresaliendo los edificios de Broklyn, que parece

haber aprovechado una altura para ver lo que ocurre á la orilla de sus

aguas, ó más bien, ninfa saliendo de los bosques, á la que hicieran

honores, y cuya presencia celebraran regocijados los génios acuáticos.

Volví mi vista á la parte Sur.

El fondo de este cuadro divino es la inmensidad del mar; su horizonte,

remedo del infinito; su vaguedad, imágen de lo desconocido.

Varios fuertes cuyos nombres no tengo presente, armados de punta en

blanco y severos, guardan la entrada del inmenso puerto, uno de los

primeros del mundo.

Allí como que flota circular una fortaleza que nos mira con sus cien

ojos, estupefactos de la grandeza que le ha rodeado en pocos años; la

bahía, como una bacante, danza entre esos guerreros, vestida de luz.

La Battery está lela, como un amante viejo, mirando la juventud

ardiente de la bahía.

En esa parte de las aguas el bullicio se trasforma en estrépito, se

semeja al trasporte de la ciudad que se incendiara y se fuese á pique,

las aguas pierden su extension, y se hacen canales, veredas, plazas,

encrucijadas y grupos que en tumulto revolean sus velas, extienden sus

banderas, agitan sus brazos y sus piés, y lanzan agua y humo, y en la

noche explosiones de chispas y relámpagos.

Los muelles se multiplican como fingiendo á la tierra mil patas que

están agarrándose á la orilla de las aguas.

El horizonte, primero como que se parte en tramos; esas son las islas

y los fuertes: despues se va tendiendo, en imperfecto y tendido

semicírculo, una faja entre árboles y flores, de chozas, de miradores y

palacios; otra de las aguas; otra de la orilla de la ciudad.

Allí están los fuertes. Aquel hervir de árboles y casitas blancas, es

Bowling Green; aquel gran edificio como engastado en una esmeralda, es

Garden Castle; este conjunto de árboles con sus fuentes, sus sombras,

sus calles amplias, sus niños y su aspecto de fiesta, es el Parque.

De debajo de las copas de esos árboles parece emprender la marcha la

procesion de gigantescos edificios de Broadway, que parece van saliendo

del mar.

Aquel semicírculo inmenso que al principio me llamó la atencion,

es Jersey City, aldeana encantadora que espía entre los árboles al

atleta que viene á reposar su frente y á dormirse en el seno de la

bahía, teniendo bajo sus ojos como á un leon, al rio Hudson, que llega

triunfal al mar, arrastrando sus inmensas aguas como una cauda.

Al Poniente, es el consorcio de las habitaciones y de las aguas,

la tierra ha saltado á las aguas, casucas como barcos, miradores,

corredores, muelles y veletas, todo como flotando. Allí se distingue

el Hudson en toda su magnificencia; y como nadando en sus cristales,

Staten, Island, Longbranch, y praderas y campiñas como pudiera soñar el

deseo para embeleso de los sentidos. Al Norte, el hirviente mar humano

de Broadway.

Pero ¡ay! todas estas descripciones son como la máscara de yeso en que

se calcan las facciones del cadáver, y más aún, de la hermosura que

hechiza con su mirar, alegra con su risa, embriaga con su voz.

¿Cómo pintar el soplo de la industria, el espíritu de vida volando de

las aguas á la tierra? ¿cómo dar idea de esas bodas suntuosas de la luz

y las aguas, de la pompa del suelo y de los encantos poéticos del mar?

¿Cómo traer la admiracion á que encarezca este jubileo sublime de la

toma de posesion del hombre de todo lo creado?

Hércules dominando los monstruos; Prometeo robando el fuego al cielo;

los argonautas lanzándose á la conquista del vellocino de oro, no

valen lo que el alambre de Morse, lo que el vaho de Fulton infundiendo

la vida en el pecho de la caldera que palpita en el cuello de la

locomotora y en las entrañas del navío.

Las pirámides para los grandes, los monumentos para los héroes, cuando

se encomienda la inmortalidad al espacio, al rayo y á los mares.

Entónces se dice: "Franklin, Morse, Fulton."

A propósito de Fulton, ¿quién habria de decir que el pintor de retratos

de Filadelfia, el loco que queria despues navegar bajo las aguas, fuera

el autor de la tremenda revolucion del vapor?

En el rio Este, en 1807, hizo Fulton sus primeras tentativas: este

Hudson presenció regocijado la primera excursion del "Clermont" á

Albany. Antes la navegacion se hacia en diez y seis dias: Fulton la

redujo á treinta y seis horas.

Completemos el paseo: estamos al frente de este mar inmenso de

edificios gigantescos que componen la ciudad; que siguen las arboledas,

cortejan los parques y hace desaparecer su corriente tras el inmenso

cortinaje del Parque Central, que se ve en la bruma dando fondo á

una poblacion de torres, pirámides, pórticos, templos y no sé qué de

tumulto fantástico, en que hay reverberaciones de cristal, copas de

árboles, y como cuerpos y cabezas de gigantes, titanes de extendidos

brazos sustentando el telégrafo, fauces de ventiladores y fantásticas

formas de molinos.

Descendí de la torre con mil trabajos, y quedé inmóvil para todo el

dia.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 75 / 94 题