Ferrocarril elevado.--Gilmore's.--Las modas.--El domingo.--Templos
y religiones.--El templo de San Estéban.--Sinagoga Emmanuel.--El
Parque Central.--Jardines.--Estatuas.--Salones de refresco.--Los
lagos.--Los niños.--Palacio de las aves.--Casa de fieras.--Regreso
al hotel.
Lo que veia era el ferrocarril elevado en la calle de Greenwich, que
corre desde la Batería hasta la calle 30, es decir, como la mitad de la
gran ciudad.
La vía es una arquería de fierro que tiene el aspecto de una larguísima
portada que corre cerca de una legua; sobre la arquería están tendidos
los rieles, que forman una faja á la calle, á siete varas de altura;
de trecho á trecho hay estaciones y escaleras para descender á varios
puntos de la ciudad.
Los wagones llevando su poblacion transeunte, corren en la altura
silbando y arrojando humo la locomotora, miéntras por debajo de los
rieles, carros, caballos y viandantes, caminan como si tuvieran
entendido que hay una vecindad en las nubes, ocupada de sus negocios
particulares.
El carril en que corren los wagones, es tan estrictamente limitado á su
objeto, que la cara exterior de la rueda va completamente en el aire,
y cuando algo se desvía del camino, tiembla uno por un derrumbamiento
espantoso.
Por lo demás, el aspecto de la calle, al través de los arcos y calados
de la fachada de fierro, es encantador: tiendas, arboledas, bocacalles,
plazas, cruzan como al través de un velo, y los que transitan en los
wagones deberán ir como si taladraran las habitaciones, sorprendiendo
la vida íntima donde no hay persianas, y asistiendo, ó mejor dicho,
siendo actores en espectáculos de linterna mágica, tan variados como
caprichosos, y como no esperados. El viaje es sorprendente y magnífico,
por esa invasion atrevida, inesperada, en el viento.
* * * * *
Entre los jóvenes que me han distinguido en estos viajes, que han
empeñado muy especialmente mi gratitud, cuento sobresaliendo á Alfonso,
con quien no hemos hecho aún conocimiento; Manuel, á quien ya hemos
escuchado, y Pablo, que es quien tocó anoche á mi puerta para llevarme
á Gilmore's.
Es Pablo de mediana estatura; delgado, pero de constitucion nervuda y
poderosa, negro cabello y barba espesa, ojos pequeños hundidos, y una
dentadura, vergüenza de la nieve y el marfil bruñido.
Pablo exagera, si cabe en eso exageracion, el sentimiento de la patria
hasta la intolerancia; del mundo americano, la _lady_ es la que lo
descompone y alucina: es reservado y poco comunicativo; cortés, pero
quisquilloso y resuelto, y saltan de la nube de su humor tétrico, rayos
de caridad y de nobleza de sentimientos, que le hacen muy estimable.
Conmigo es especialmente bondadoso.
A su primera indicacion estaba listo; tomamos un carruaje, y hétenos en
Gilmore's Garden, que por fuera solo presenta el aspecto de una inmensa
troje con ventanas circulares.
A la entrada del edificio nos volvimos para contemplar una colosal
estatua de rostro humano, con barba de gastador y el cuerpo monstruoso
de un animal desconocido: habria figurado con aplauso en cualquiera de
nuestras coheterías.
La luz, las mujeres, las plantas y la música, como soplo de vida y
como irradiacion del espíritu, forman los encantos de este lugar. El
conjunto sorprende, los detalles desencantan.
No le podemos llamar hipódromo, porque de ello no queda sino la
reminiscencia; no jardin, porque el césped, las flores, las estatuas,
están como sobrepuestas, accidentales como la decoracion de un teatro;
no salon, porque la gradería lo desnaturaliza y los departamentos
aislados tienen del cenador y fungen de palco.
Gilmore's-Garden es una área que sigue la figura elíptica de cien
varas de largo por setenta de ancho, y que ofrece á las miradas cuatro
grandes divisiones.
La perspectiva desciende en una série de amplios escalones desde el
techo hasta tocar una especie de alta valla. Cada uno de esos escalones
tiene mesas y asientos que los convierten en salones corridos,
separados por la gradacion, presentando ascendiente á la concurrencia
inmensa y al tráfico, como aéreo, como si asistiera una poblacion,
descendiendo de las nubes, al espectáculo, ó como si levantado un velo
se apareciese un cuadro olímpico.
Es como una catarata de sorbetes, gorritos, rostros de arcángeles,
velos y plumas, cortada por diligentes vehículos que van fomentando el
placer.
De la valla á los primeros pilares, en una seccion como de ocho
varas, corre otra galería cuyos asientos, mesas y canapés rústicos,
se recargan en la valla misma, y está cortada de trecho en trecho por
arcos gigantescos de vasos de colores, ó mejor dicho, globos de cristal
en que se modifica la luz del gas.
La profusion y la intensidad de la luz, producen efecto indecible: son
sartas de rubíes, de zafiros, de topacios y esmeraldas, interrumpidas
por círculos de llama que reverberan en candiles suspendidos como un
firmamento de soles realzándose en las regiones de la luz.
El centro lo forma un gran espacio como de cien varas, amplio salon,
régia nave guarnecida de asientos, bancas rústicas, mesas y enrejados
de alambre, y de trecho en trecho fuentes con preciosas estatuas y
sus juegos hidráulicos, consistentes en delgados hilos de agua que
ascienden al techo, se convierten en arcos y nubes como la gasa, como
la niebla, como polvo de plata, á cuyo través se contempla el olimpo
luminoso.
Entre los arcos, en las alturas y en esa insurreccion de burbujas
colosales de cristal y piedras preciosas, caen ondas, se descuelgan
bandillas, flotan lazos con la bandera americana en doseles y cintas,
y se perciben los estandartes de todas las naciones del globo, en
manojos banderas, que como que se apiñan y desplegan en el festin de
las nacionalidades y en la confraternidad universal.
Los arcos de la galería central, vuelan en tendidas curvas de grande
altura, y se cruzan, dejando colgar racimos de globos de luz intensa.
El pavimento es de blanca arena de lecho de rio, cortados senderos y
camellones por verde césped, entre calados de alambre, césped que forma
prados poblados de estatuas, de grandes macetones con plantas y flores,
y arbustos, enredaderas y tesoros de vegetacion.
Colosales agaves, pinos, lirios, laurel-rosa, alcatraces y multitud
de flores, caen y como que danzan y se columpian ó se inclinan
desfallecidas.
En medio de esa sucesion central de glorietas está un tablado circular
en que se coloca la numerosa orquesta, en que abundan los instrumentos
metálicos.
Este es el teatro: toda aquella luz y aquella pompa, como que muere en
el confin, es decir, en el fondo de aquel laberinto de salones. Es una
gruta sombría, en que las peñas están como precipitándose, y forman
catarata las aguas en tumbos majestuosos que caen sobre el mármol.
Comunica vida á este laberinto de mansiones, á estas galerías feéricas,
á esos arcos, á esa llama y á esas flores, una concurrencia que es en
sí un pueblo y un encanto por su fertilidad, una pompa por su número,
un espectáculo por su variedad y elegancia.
La noche que asistí era escasa la concurrencia, y habria cuatro mil
personas. Gilmore's puede y suele contener diez mil almas.
La multitud á que hemos aludido, se ve en cascadas que bajan de la
gradería, se sigue en orlas en los asientos de la valla, se arremolina
en las glorietas y circula en corrientes deslumbradoras, lujosa,
alegre, enamorada, y hasta pudiéramos decir, feliz.
Y esta vida y este lujo de expansion y de belleza, como que hierve
entre las plantas que descuellan, las estatuas que sobresalen,
las banderas que flotan, la luz que irradia formando chorros y
despedazándose en reflejos, y la música que gime y suspira, y ruega,
y vibra, como congregando los espíritus á un invisible y sublime
trasporte.
Ese es el conjunto, esa la impresion que domina y avasalla: en cuanto
la primera ilusion nos abandona, palpamos una especie de _humbug_ que
nos divierte tambien.
Los pilares en que descansan los arcos de luz son vigones de madera
toscos y mal pintados.
Los pinos y ramajes de la entrada parecen dejados á guardar en la
guardarropía de un teatro; sobre todo, la gruta, es un prodigio de mal
gusto y fealdad.
Quiso ser la gruta de colosales rocas como suspendidas en los aires,
mostrando las entrañas desgarradas de una montaña despedazada por un
torrente subterráneo que precipitara en cascada sus aguas, salpicando
las estalactitas y estalacmitas y cayendo á morir en un lago.
La ejecucion es divina: se palpa toda especie de bodoques,
protuberancias y frunzones, cubiertos con un cotense color de cera
de Campeche ó de condumio de cacahuate, formando bolsas, talegos,
costales y monteras boca abajo; las gotas dispersas sobre la roca las
figura polvo de plata derramado como sal sobre aquel capricho realmente
salvaje.
Las caidas de la catarata tienen la figura de una armazon de tienda de
abarrotes tirada en el suelo; los cajones de la armazon los recorren
las aguas, espantadas de lo horrible de su camino.
Hay planchas de mármol en algunos lugares, por donde caen caudalosas
aguas.
Las estalactitas y las estalacmitas son como mamelucos y gabanes llenos
de pliegues, colgados de unos palos. Era una bodega el conjunto de la
gruta, que olia á _melaza_ y sabia á lardo indigno.
De trecho en trecho, hay en el jardin-salon unas cabañas graciosas,
á las que se asciende por puertas y corredores, y que son realmente
palcos donde bebian Champaña jóvenes como arcángeles y caballeros
elegantes.
Insistiendo en la concurrencia, asombra realmente la vulgarizacion del
casimir, del paño, de la seda, de las plumas, los encajes y las joyas
finas y falsas.
La señorita de mediana fortuna, esa viuda _de diez y ocho años_ que
ya conocemos, que encanta, carga con inconcebible facilidad y soltura
un cuantioso equipaje, capota, paraguas, portamonedas, cinco ó seis
pulseras de plata con campanitas; al costado, en su bolsillo, el
pañuelo; pendiente de una cadena, colgando sobre la falda, el abanico,
y así marcha y baila, sube y desciende á los ómnibus.
Alfonso, que es persona que concentra y no aventura sus juicios y trata
de imponerse la imparcialidad por criterio, me decia:
--La mujer es realmente elegante y airosa, no hay motivo para
tachársele de desairada y sin vida; por el contrario, su porte
altivo, su soltura, su mirada dominadora, revelan su alta posicion,
la dignidad de que se siente investida, la conciencia del amparo del
hombre, la emancipacion.
El porte del hombre es ménos elegante; aquel pretendido _dandy_ tiene
un sombrero como un uñero; el que le sigue lleva de corbata una
toalla; ese leviton que se cae, esos pantalones que hacen olas y esas
actitudes, no pueden ser de buena sociedad; ni las disimula el guante,
ni las encubren esas grandes cadenas y esas mancuernas como ruedas de
molino.
Ese sentarse cogiéndose los piés.... ese morderse las uñas.... ese
sonarse de algunos haciendo el cohete, aplicando el dedo á un costado
de la nariz; esa salivacion de negro tabaco y esos alientos que se
soportan cuando _el no smokin_ parece exigir la más escrupulosa
pulcritud, todo eso que existe y que _no ví en Gilmore's_ hacen que
el sexo feo suela tener mucho de feo, por más que nos queramos hacer
imparciales.
--A mí me caen en gracia, me decia uno de los amigos, las
trasformaciones del jardin. Allí donde acaba de cantar la Galimberti,
se hacian hace poco exhibiciones ecuestres, y donde está la gruta se
encontraban las jaulas de las fieras. Hace pocas noches, perfectamente
entablonado este suelo, nos daba el triste espectáculo del Carnaval
extemporáneo, y ahora le ve vd. con praditos, plantas, arbustos y
macetas, convertido en jardin.
Esas cuadras que parecen subterráneos, convertidas en _bar-rooms_
ahora, las atravesaban los caballos, y la caballeriza es en este
momento _restaurant_; mañana será club por la noche, y por la mañana,
templo.
La orquesta, que al decir de los inteligentes es bastante buena,
enmudeció á las once de la noche.
* * * * *
Ni un ruido en la calle, ni en las banquetas transeuntes, ni en los
aires gritos. Es el famoso dia consagrado al silencio religioso. La
prensa enmudece, el tráfico descansa, las ventanas duermen: se ve á
lo léjos un _dandy_ rezagado, una _lady_ apresurada, como que se ha
escapado de una prision. La autoridad del domingo puritano se impone, y
se siente en el aire la resurreccion de los tiempos del Dios de Savahot.
El placer no es simplemente escándalo, sino escándalo sacrílego.
Y no obstante, esta es una ciudad en que brotan los alemanes como
hongos, en que los franceses arman gresca, y en que españoles,
hispano-americanos, rusos, húngaros, japoneses y chinos, ven con
soberano desden la familia de Abraham y la escala de Jacob.
Anteriormente el domingo era como un ataque de catalepsia á la gran
ciudad; todo comercio se paralizaba, los paseos permanecian desiertos,
las oficinas públicas como abandonadas; en las bocacalles se echaban
cadenas, se apagaba todo ruido y se solia llevar á la cárcel al que
despues de las doce de la noche del sábado, se le encontraba á salto de
mata.
Las cosas han cambiado: en algunas calles se nota movimiento; los
templos católicos son asilo de buenos cristianos y de cristianas
encantadoras; la Quinta Avenida se convierte en paseo, aunque con
pretexto de ir á la iglesia, y en el Parque Central tiene desahogo la
ciudad regocijada y sedienta de placer.
Los especuladores de los teatros suelen calarse la capucha de
penitentes y dar conciertos religiosos, con tan raro disimulo, que
figuran entre las plegarias el coro de los conspiradores de Lecoq y los
cancanes desvergonzados de Offembach; pero, así como así, se necesita,
por los esclavos de la fortuna, transitar el camino del cielo, sea que
se afecte la rigidez protestante, que se encallejone el neófito en los
laberintos católicos, ó que siga las tradiciones de la Sinagoga.
El beneficio de la tolerancia pudiera llamarse económico-político,
porque la concurrencia se perfecciona, y cada secta quiere ser más
ilustrada, dedicarse á más fructuosas obras de beneficencia y que la
moral resplandezca con mayor pureza, y esto tiene resultados prácticos,
aun cuando cada religion, tenga sus jesuitas y sus siervos, que vivan
regaladamente en honra y gloria de Dios.
La misa de los católicos, la misa más en boga, es la de San Estéban,
templo situado en la calle 28, al Este.
El templo es de tres naves, el piso de mármol, el altar con cierta
grandeza. Oscurecen el templo vidrios de colores, ménos los de la
bóveda del altar, que presentan al sacerdote en un círculo luminoso de
buen efecto.
La iglesia está llena de bancas con sus respaldos, que con las
puertecillas de cada hilera forman angostos cajones divididos en
asientos con su rodapié, en que se arrodilla el creyente, formando la
moldura de la banca de su frente, atril en que descansan sus brazos y
coloca su libro.
Corre bajo cada una de las naves y á cinco ó seis varas de altura,
un tapanco con su balaustrada que se llena de sillas, y convierte en
espectáculo teatral el sacrificio santo.
Sobre las puertas están la orquesta y los cantores. A las entradas del
templo hay piletas de agua bendita con sus rejillas de alambre para que
solo quepa el dedo, temiendo sin duda que se lavaran allí las manos los
siervos del Señor.
La orquesta está muy acreditada, los cantores son excelentes, y á ellos
se debe la numerosa concurrencia.
Oimos la misa, y vimos salir á los devotos entre vallas y grupos de
curiosos. Allí se ve lo que hay de más escogido y aristocrático de los
católicos, no solo en la Quinta Avenida, sino en puntos bien remotos de
la ciudad.
A propósito: hé aquí la estadística de los templos, tomada de la Guía
de Bachiller y Morales:
Africanos metodistas 4
Baptistas 30
Congregacionalistas 5
Friends (amigos) 3
Judíos 26
Luteranos 14
Metodistas 40
Presbiterianos 4
Episcopales 71
Reformistas holandeses 18
Católicos romanos 39
Unitarios 3
Universalistas 5
Diversos 18
---
TOTAL 280
Francisco me acompañaba y tomamos el rumbo del Parque, entre aquella
corriente lujosísima en que las _ladies_ sobresalen dominadoras. No
así los hombres, cuyos vestidos abusando de la holgura, cuyos sombreros
abovedados de ala pequeña, cuyos zapatos desgobernados y cuyas corbatas
blancas, intempestivas, les dan aspecto grotesco, aunque sendas
cadenas, sorbetes audaces, sobretodos y bastones, quieran reclamar los
favores de la moda.
Al pasar las bocacalles íbamos notando las calles laterales entre
árboles elevadísimos, los marcos de las ventanas con enredaderas que
trepan por las paredes á grandes alturas, sobre la oscura piedra y en
los huecos de la banqueta al muro, sembrados de césped, jarrones de
flores y adornos de buen gusto.
Detuvímonos frente á una iglesia que ve al Oeste, y está al medio de la
Quinta Avenida: llámase Emmanuel.
Es de órden bizantino; el roseton de la puerta, en metal, no habria
sido cincelado con mayor primor.
Tiene el templo dos altas y delgadas torres; de su primer cuerpo
arrancan cuatro columnas esbeltas y leves, sosteniendo una pequeña
cúpula, que es la derrota de la filigrana y del calado.
Corona el frontispicio entre las dos torres, un cuadrilongo sobre que
descansan cuatro minaretes que son como la florescencia de la piedra,
verdaderamente bellos....
--Es de desesperarse esto, me decia Francisco; mira deslucida esa linda
fachada con ese tejavan puesto sobre los cuatro minaretes: es como si
un caballero elegante se obstinara en completar su trage con el fieltro
ordinario de un carretero, ó con una gorra de aguador....
--Y luego se quejan de que se les eche en cara su mal gusto.
--¡Oh! si lo tuvieran bueno, serian los hombres más enamorados del
mundo, y nos dejarian poca cosa á los extranjeros. No te canses, chico,
más vale así....
Ya estamos en el gran Parque central; límpiate los ojos, que éste es,
con justo título, llamado el mejor ornamento de Nueva-York.
Figurémonos una extension como desde el paseo de Bucareli á Tacubaya;
pero en un terreno quebrado como el de las depresiones y eminencias que
ofrecen, ó el camino de Toluca, ó lo que llamamos la Cruz del Marqués,
yendo á Cuernavaca.
Sobre esos valles, colinas y hondonadas cubiertas de aterciopelado
césped, culebrean bajo los arbustos y los árboles, y entre flores,
los senderos de la gente de á pié, y más al centro, anchas y bien
terraplenadas calzadas de arena y piedrezuela de lecho de rio, por
donde se deslizan los carruajes....
El terreno es en extremo desigual, y ya se percibe como una montaña
coronada de árboles gigantes, ya se abren éstos para formar praderas y
glorietas, ya se hunde la tierra y se salva por un puente en la altura
y un camino por debajo para los pedestres.
En una ladera, siempre entre árboles, están los salones de un café
magnífico; en una elevacion descuella un _kiosko_; bajo un tendido
emparrado hay asientos y mesas; grandes fuentes en abiertas plazas;
lagos cruzados por botes y barcas, donde el terreno se deprime, y
escaleras atrevidas entre las rocas vivas, que conducen á cenadores
voluptuosos, á sombrías estancias en que bajo doseles de sombra, hay
estatuas que inmortalizan las glorias del talento y la virtud.
Hay momentos en que por donde quiera que se vuelven los ojos, tiene
nuevas seducciones el ánimo.
El arte ha seguido cuidadoso á la naturaleza, y sobre su hermosura
salvaje ha derramado sus tesoros.
A la vez que giran los carruajes en las calzadas, parvadas de niños
corren en los verdes prados, con algazara festiva, conduciendo sus
carretelitas, volando sobre sus velocípedos y sus carritos.
Gira uno en opuesto sentido, y son los columpios, los cochecitos
tirados por chivos, los burros perfectamente enjaezados conduciendo
niños y niñas.
Inclínase la vista, y descubre las barcas llenas de gente que se
regocija; la aparta y la dirige á los oteros umbríos, y son mujeres
hechiceras y parejas felices.... los descansa en los tránsitos, y son
estrados con caballeros entregados á la lectura, miéntras los acaricia
el viento, los aduermen las sombras y les dan música las aguas.
El Parque, al decir de las varias guías y datos que consulto, tiene
de costo diez y seis millones de pesos, le sombrean 200,000 árboles y
arbustos, y contiene museo de historia natural, casas de fieras, lagos,
_restaurants_, salones de refresco, salones de música, subterráneos y
cascadas.
Es un espléndido jardin con sus estatuas y sus fuentes, encerrados en
uno de nuestros bosques deliciosos de la tierra fria.
Francisco temia las protestas de mi pereza, y con la inagotable bondad
que le distingue, me decia:
--Reposa, que este camino que da á la calle 59, es sombrío....
y tenemos que andar: mira ese busto que parece representar á un
propietario de ganado; es nada ménos que el baron de Humboldt, á quien
tanto amamos los mexicanos: salúdale, y vamos adelante.
Ibamos por un laberinto de arrayanes, de mimosas, de flores conocidas
en México con el nombre de aretes, de pionías y enredaderas mil.
¿Conoces esa estatua? Es la de Shakespeare; á lo ménos así lo dice el
letrero, el parecido no; porque Shakespeare tiene más majestuosa la
frente y se le representa de mayor edad, es decir, en toda la plenitud
de su génio.
La estatua que ves más acá es la de Halleck, la que vino el presidente
Hayes á descubrir.
--Aguarda, que esta es más bien una espaciosa plaza.... gigantesca
fuente, árboles en círculo, dejando colgar con profusion sus sombras;
parece un gran salon por la multitud de asientos y lo selecto de la
concurrencia.
El pavimento es de tersas losas; del círculo de la glorieta parten
caminos y escaleras; en varias columnas se ven como jaulas de alambre
para asilo de los pájaros.
--¿A dónde me llevas? por esta escalera se desciende mucho; tomaremos
por ese gran puente que está frente á nosotros.
Descendimos la escalera: el puente formaba techo á espaciosos salones,
con altos espejos, mesas de mármol y elegantes columnas.
Atravesamos los salones de refresco y nos hallamos en otra plaza, al
borde de una fuente llena de estatuas.
Ya que tantas veces hemos hablado de las fuentes en parques y paseos,
diré que muchas de esas fuentes fueron mi encanto; las hay que
constituyen verdaderos monumentos, como la llamada del _Angel de las
aguas_, en este Parque. La figura del ángel gigantesco es correcta
y airosa; tiene vueltas hácia afuera las palmas de las manos, y por
ellas corren impetuosas las aguas, como anudándose, desplegándose y
desparramándose en hirvientes chorros.
Otras fuentes de plazas, las más sencillas, me agradaban
extraordinariamente; en la boca del tubo horizontal se percibia
una especie de piña formada de delgados cañutitos, haciendo su
conjunto una espiral; las aguas, al salir, se convierten en polvo y
forman un inmenso plumero, una nube, una niebla de plata que oscila
con el viento, dándole la luz vivísimos reflejos y revistiéndose
frecuentemente de los colores del íris. Aunque á muchas personas he
hablado de esto, no ha encontrado favor en México este juego tan
sencillo como hermoso y barato.
En algunas fuentes he visto juegos más complicados é igualmente bellos;
por ejemplo, ví en Gilmore's un chorro que sustentaba un limon; al
desequilibrarse caia, pero caia en una taza dispuesta de manera que
hacia subir ese ú otro limon, halagándose la vista con el juego.
Al extremo de la glorieta está el muelle y el tragin del embarque y
desembarque para los paseos acuáticos.
--Estos lagos, me decia Francisco, se hielan en el invierno, y aquí y
en los otros lucen su habilidad caballeros y _ladies_, patinando con
suma destreza: entónces es el contraste de las risas, los juegos y el
contento, entre los esqueletos de los árboles y la mortaja de bruma que
oscurece el sol.
Yo no podia moverme, estaba rendido; me sembré bajo un árbol á ver
pasar los mil carruajes que atraviesan fantásticos y se pierden rápidos
entre los árboles, precipitándose en las hondonadas para reaparecer en
las alturas, como arrebatados por el viento sobre las rocas.
Es indescribible el encanto que comunican al cuadro esos torbellinos
de niños con sus cabellos de oro flotantes, sus listones volando en
pos de ellos, sus carreras, sus risas, sus enojos y monerías. Es la
vida naciendo y derramándose en ondas puras á los besos de la aurora;
es la espuma de nieve y el celaje de oro resbalando sobre el limpio
azul de la inocencia.... pero entre aquellos niños y en aquellos juegos
no distinguia á mi Guillermito, á mi Manuel, á mis hijos de mi alma:
entónces.... veia oscuro ese cuadro de felicidad.
--Vámonos, me dijo Francisco; estás cansado, volveremos otro dia.
Pero de las doce puertas que dan salida al Parque, no atinábamos con
ninguna.
De trecho en trecho, unas tablas indican en aquel laberinto las calles
con que tienen conexion los senderos, con una mano pintada que señala
la direccion; pero ni por esas: estaba al sembrarme otra vez como una
mata en cualquiera de aquellos prados.
--Tomaremos sombra bajo de aquel puente.
Así lo hicimos: bajo el puente estaba el alquiler de los burros para
niños.
Yo habia visto muy pocos burros; siempre me ha parecido incompatible el
burro y el yankee: pues bien, aquí veia lo contrario.
Están los burros muy bien ensillados con albardones con su horquilla
para que monten las niñas, y la demanda es extraordinaria, siendo la
salida de cada burro motivo de procesiones de placer en que, sobre
todo el americano, hace prueba de su bondad con los niños, y esto es
universal.
El padre de familia es quien generalmente carga al niño y brega con él.
Jamás he visto un acto de impaciencia de un americano con un niño:
asalta el carro, trepa al wagon voceando su periódico, juega á la
pelota en las banquetas, vuela su papelote en la calle, codea á uno que
lee, haciendo algazara, y nadie se atreve á lastimar de palabra ni de
obra á un niño. Así es que andan solos á grandes distancias, concurren
á sus escuelas, toman asiento en los wagones, y las niñas, sobre todo,
tienen la conciencia del amparo público en alto grado.
--Vámonos, le dije á Francisco.
--Por aquí, replicó, y de manos á boca me encontré con un edificio de
alambre ó jaula gigantesca con curiosas aves.
--¡Qué lindos cacatúas! me hizo observar mi sagaz guía, que con
inocente engaño me hizo dar una vuelta enorme para que viese lo que
allí se llama el Museo.
La seccion del Parque en que nos hallábamos contiene varias jaulas con
aves preciosas. Hay una destinada á las águilas y buitres, frente á la
que no me quise detener, porque no me encuentro bien frente al poder
militar.
Cerca de los grandes tiranos del aire se encuentran jaulas para
ardillas y animalejos, que se entregan á la guerra intestina.
A poca distancia se ve un pozo enorme con su barandal de fierro, en que
nada una foca terrible, como si dijéramos, el poder marítimo, inútil y
costoso como nuestra marina.
En los prados que rodean el foso ví una llama, varios camellos
destartalados y cariacontecidos, como doncellonas viejas.
De estos preciosos animales hicieron acopio en Tejas, y se ensayaron
con buen éxito para pasar los desiertos, salvando mil inconvenientes de
esa travesía peligrosa.
Bisontes, cíbolos y otros animales estaban en los prados, circuidos de
curiosos.
Nosotros penetramos á la casa de las fieras.
Es un espacioso galeron de madera con grandes jaulas aseguradas con
fuertísimas barras de fierro.
Allí contemplé al leopardo, al tigre de varias especies, á las
panteras. Seguí el movimiento perpétuo, y como el remordimiento de la
hiena, hocico agudo, cuello tendido, mirada alevosa. Preocupado de
horror seguia en sus movimientos á la fiera, cuando repentinamente sonó
á mi espalda un ruido tan lleno, tan terrible, tan animado, que mi
primero é indeliberado impulso fué huir. Aquello era estupendo, yo no
habia oido nada semejante; retembló el suelo y crugieron los tablones
de la espaciosa galera. Muy al contrario de Pipelet, sin entrar en
averiguaciones, mi primer movimiento fué huir.
Francisco me detuvo riendo.
--Vuélvete, me dijo, deja á esas hienas que son imágen del asesino
cobarde, vuélvete á mirar al rey de las selvas.
El propietario de aquellos ruidos que apagarian la tempestad y tendrian
eco aun estallando el trueno, era el leon; ¡qué grandeza, qué luenga
melena, qué garra formidable! Nada hay exagerado en las pinturas épicas
del Titan de Africa; impone como un monumento, se hace acatar como una
majestad.
Hay varios leones en triste soltería. Este está acompañado de su
consorte, y ofrece á veces espectáculos de la vida íntima.
Otro leon rugió de nuevo, y no obstante la quietud de la concurrencia
y el regocijo de los niños, y á pesar de que era para mí evidente la
seguridad en que me encontraba, yo y algunos otros retrocediamos de
las jaulas, porque se teme realmente que tablones y barras vuelen en
fragmentos, en un rugido de la fiera imponente.
--Queria que vieses el acuario, aunque hay uno de una empresa
particular, que es el que quiero enseñarte.
--No, vámonos Francisco, vámonos, porque estoy hecho pedazos.
Francisco posee la ciencia de caminar por Nueva-York, ciencia que
consiste en conocer la direccion de todos los carros que recorren el
tejido de rieles que atraviesan las calles.
Sabe los giros, vueltas y curvas de los wagones que van á City Hall y á
Fulton Ferry, los que visitan los muelles, los que se detienen frente
al Correo y los que en varias calles, como en la núm. 34, tuercen para
las orillas de los rios laterales.
Ya hemos hecho observar que estamos en domingo; ya sabemos que el
número de carros y de otros vehículos es fabuloso, y no obstante, los
carros van y vienen rebosando gente.
El carro está declarado insondable como el mar, de llenura imposible
como la tinaja de las Danaides; el carro para el conductor y para
los pasajeros, es de elasticidad infinita; en el que pudieran á lo
más caber veinte, van cuarenta ó cincuenta, condensados, en prensa,
colgados á los palos laterales.
Y andando, andando, á veces suben y bajan gentes, como si una seccion
de la calle estuviese en movimiento.
--Nota, me decia Francisco, que no solo la calle de Broadway tiene lujo
y grande tráfico.
Todas las avenidas son amplias, con árboles y plazas, y su parte baja
da cabida á tiendas, _restaurants_ y lugares de recreo.
Las avenidas ó grandes canales que corren de Sur á Norte, todas son aun
más anchas; en sus tiendas se ostentan grandes cristales, su alumbrado
es igualmente espléndido.
Ya te enseñé la Avenida llamada Bowery ó Broadway de los pobres; á
todas horas la atraviesa gentío inmenso. Tú mismo me has dicho que
la Sexta Avenida es hermosísima. Me hablaste tambien de la tercera y
octava.
La falta del tráfico, las habitaciones silenciosas, los horizontes
de soledad y tinieblas en las noches, los forman las calles; pero en
cuanto á las avenidas, de cada una de ellas se podria hacer una gran
ciudad.
--Ahora no te puedes hacer cómodamente cargo, porque es domingo; pero
aun en eso hay exageracion: nadie más persuadidos que los americanos
ilustrados, de lo absurdo de su ley del domingo; pero ésta, aunque
con suma hipocresía, la relajan. Ya te he hablado de los conciertos
sagrados. Sucede con la venta de cerveza algo semejante.
El policía persigue la primera venta y conduce á la cárcel á los
criados del establecimiento. Pero hecho esto, el _bar-room_ sigue
vendiendo sin que le molesten.
Así es que, los dueños de esas tabernas, tienen hombres _ad hoc_ para
que pasen el dia en la cárcel, y con esto rompen las trabas puestas á
su comercio.
Al volver á mi casa me encontré con una invitacion del H. William C.
Bryant, para pasar con él uno ó dos dias en el campo.
Dará idea de mi mansion en la casa del Sr. Bryant, la carta que
como enamorado novel puse á mi regreso en mano propia de mi querido
compañero Gomez del Palacio, para quién fué escrita.