XX

Seguridad.--Limpieza.--Calles no centrales.--Suciedad y

abandono.--Rectificaciones.--Omnibus y wagones.--Las damas.--La

lady "pur sang."--Voceadores de las calles.--Ahorro de

trabajo.--Elevadores.--Albañiles.--Botones de tornillo y

carretilla.--Las comidas.--Nuestras comidas traducidas al

inglés.--Listas de manjares.--El español pinta al yankee.

Levanteme muy temprano, al siguiente dia del Carnaval, es decir, á las

cuatro, que allí comienza á amanecer.--Los establecimientos estaban

sin gente, pero alumbrados con gas en el interior, porque la luz es

el recurso de seguridad; y no me he atrevido á llamar cerrados á

los almacenes, tiendas y oficinas, porque los aparadores, tiendas y

almacenes quedan á la vista, teniendo por resguardo sus cristales: el

cerrojo no se conoce, las llaves colosales no se fabrican, las chapas

complicadas serian objetos de curiosidad.

De todos modos, esa fé en la autoridad, esa ostentacion de confianza

cuando se trata de millones, es imponente y habla muy alto en favor de

la moralidad de un pueblo.

Las casas se cierran con cristales.

La limpia y aseo de las calles comienza por parte del municipio á las

tres de la mañana, de suerte que el centro de la ciudad está en buen

órden al salir la luz.

Unos carros que mueven grandes cilindros de cepillos, y barren

perfectamente, carros regadores que desprenden en plumeros sus aguas,

y criados con escobas, sacudidores y cepillos, dejan albeando pisos y

paredes.

En las esquinas de las calles, y de trecho en trecho en las aceras, hay

postes que contienen los tubos de las cañerías: al tubo se aplica una

manga de _gutta perca_, y techos, paredes y aceras, se lavan la cara en

dos por tres.

He dicho paredes, y se deja entender que no todas; pero hay muchas

casas cuya pintura es de aceite, otras casas son de cantería, y éstas

y las otras permiten esos chorros descomunales que en las banquetas

forman rios.

No así en las orillas de la ciudad y la parte del N.O. que yo recorrí;

allí la banqueta es el patio, el corral, el lavadero y el depósito de

basura.

Casucas grandes y chicas, costras de suciedad empedernida y lustrosa,

como de betun, mujeres como en camisa, muchachos medio desnudos,

hombres en mangas de camisa, con los cabellos lacios alborotados y

sus sendas pipas en la boca, y calzados que tienen del trapo y de la

cáscara, de la escama y de la concha de tortuga.

Tendederos, canastos de basura, aros, recortes y trapos en la banqueta,

donde se ha estacionado un caballo ó reposa un carro, arma sus sillas

un carpintero y un pintor escribe sus rótulos, miéntras descargan á su

espalda harina, ó vacía su carreta de carbon el carbonero.

Y aquellos muladares los atraviesan, sin embargo, señoritas ó mujeres

de apariencia elegante, con gorrillos y guantes, sombrillas y abanicos.

Yo me ví tentado en cuanto á tráfico, á rectificar mi juicio respecto

del movimiento: hay varias calles y avenidas que lo tienen poderoso, á

más de Broadway.

La Tercera, la Sexta, la Octava Avenidas, las plazas de la Union, de

Washington y otras, hormiguean de gente, y el rio de la Quinta Avenida,

como raudal que corre entre lomas, se engrosa, se expanse y se dilata

en innumerables calles y callejuelas.

Los carros y wagones, que pueden contarse por docenas, recorren la

ciudad en todas direcciones, por una ó más leguas, siempre recogiendo y

soltando gentes, y siempre ocupados, al extremo de ir rebosando por las

plataformas los viandantes.

La colecta no se deposita, como en San Francisco y Orleans, sino en los

ómnibus, que cuestan diez centavos. Cinco se pagan en los _wagones_, el

colector lleva colgando al pecho unos cartones en que marca el número

de los transeuntes, y el modo de marcar es una tijera que contiene

una campana, con la cual se saca un bocado al carton, que es el

justificante de la cuenta.

Llamóme la atencion en mi paseo matutino, la generalidad con que damas

bien vestidas llevan envoltorios de papel en las manos. Trastos y

canastos están relegados á la baja clase, aun cuando esa baja clase use

sombrilla y gorro muchas veces.

Es que en la tienda mestiza ó _groceries_, en las fruterías y dulcerías

ambulantes, en el cajon de ropa, en todas partes, no hay artículo que

no se envuelva en papel á propósito: los frijoles, lo mismo que los

pañuelos; los pañuelos con la propia diligencia que los zapatos, las

naranjas ó los gorritos, y así se conducen: hay papel _ad hoc_ para

bolsas, carpetas y tubos, y lleva su adminículo de papel amarillo la

dama, alternando con el portamoneda de badana, el pañuelo, el abanico

y la sombrilla, sin que esto sirva de estorbo á la pequeña balija ó

ridículo que pende de su brazo.

Por lo demás, la mujer es un sér realmente masculino é imponente: se

ve venir á la _lady_ con la falda del vestido remangada en su derecha:

anda á trancos largos, con la cabeza levantada, en cuerpo gentil ó con

burdo sobretodo de toscos botones, con un airoso albornoz que desciende

en ondas, con flecos de bellotas, ó con sendos mantos como capisayos

(_watter proof_).

La de tápalo y _schal_, y aun la de mantilla, no es la _lady_.

En las tiendas, en los hoteles, en las calles desiertas, en los paseos,

en los barrios, en las bibliotecas, en todas partes está la _lady_; y

brota sencilla, imponiéndose sin contradiccion; la niña con sus libros

debajo, su pierna con restirada media al descubierto, su bote de hoja

de lata ó canastillo en que va su _lunch_.

La _lady_ no es el intruso, ni el advenedizo; constituye una poblacion

que se ingiere en la otra como en su funda una escopeta. El hombre se

siente forro de otro hombre más gracioso é insinuante, que es la _lady_.

El hermano mayor, el marido de la _lady_, por el hecho mismo de estar

en su compañía, tiene cara de sordo.

Las calles de la parte Sur de la ciudad, que yo creia con escaso

movimiento, me iban aturdiendo, con ménos lujo, con ménos joyerías

y aparadores ricos, con la presencia de las _groceries_, zapatos en

sartas, carne de tocino, jabon y semillas, lado á lado de las tiendas

de modas, _restaurants_ y salones de todas clases.

Notaba que los vendedores vocean sus artículos con voz monótona y

tenaz; los distribuidores de periódicos, como en México, dicen las

noticias y calumnian los rubros; los naranjeros, las lavanderas, todos

pregonan sus oficios y mercancías; pero esto es siempre que no está á

su alcance una campana, una trompeta, un órgano ó una música de viento;

entónces el voceo se vuelve escándalo y se produce al placer: porque

por lo visto, el ruido es para estas gentes un placer.

Los escalones de los hoteles están forrados de láminas de laton, que

retumban con las patadas de los transeuntes.

Los criados no alzan, sino empujan, en los entarimados, las sillas, que

van deslizándose y haciendo piruetas, hasta colocarlas en su lugar;

vuelven ferrocarril el mármol de los mostradores, y lanzan vasos y

charolas, y en el descargue de un carro ó de un buque, llueven tercios,

se desgobiernan baúles y se despedazan muebles, que es una condenacion.

A los hombres de los _Express_ los llaman humorísticamente _baggege

mackers_ (machucadores de equipajes).

A la entrada de los hondos sótanos se suspenden varillas que forman

carril ó rambla, haciendo ondas para disminuir la pendiente, y por allí

se lanza, para que camine, todo lo que se tiene á la mano.

Esta propension al ahorro de trabajo, de costo y de tiempo, es casi una

faccion de la fisonomía de estas gentes.

En el trasporte de grandes piedras, en la suspension de pesos enormes,

en el ferrocarril, en la marina y en la finca, se hace sensible aquel

que podriamos llamar principio.

Dentro del mar, detenidos por estacas de madera, reciben durmientes y

rieles por donde pasan inmensos trenes.

El elevador tiene todas las formas; desde la repisa hasta el salon:

en los grandes almacenes, en un cuadro de hierro afianzado á un cable

por una argolla y en una tabla, suben y bajan efectos y hombres

como volando; los elevadores, que no son sino una preciosa estancia

alfombrada, con asientos de terciopelo, espejos y quinqués, suspendida

á tres ó cuatro garruchas, hacen insensibles los viajes aéreos.

En el Correo estaba un elevador sin garruchas ni cables; el cuarto de

madera descansa en un pilar de fierro que sube y baja por medio de un

mecanismo que maneja un niño; sobre la tapa de un sótano se colocan

cestos, tercios y cajas, y el cuadrado, que parece puerta, se hunde

haciendo la conduccion subterránea del modo más seguro.

Los albañiles se valen frecuentemente de macizos tablones suspendidos

en garruchas afianzadas á gruesas vigas horizontales recargadas en los

techos. Los andamios á nuestra manera, son casi desconocidos.

Y para decirlo todo, si se trata de abrochar un guante una americana y

no tiene su gancho _ad hoc_, no forcejea ni porfía, sino que se quita

una horquilla del peinado, y con ella improvisa un gancho que la saca

de apuros.

Esta es la causa, en mi juicio, de la boga que tienen los botones de

carretilla que se usan en camisas, pantalones y calzoncillos. El boton

se traba y es obra de un instante; no se desprende, emancipa al hombre

de la aguja, es toda una revolucion en la costura. No contentos con ese

boton, hay unos ganchos aun más cómodos, y de ellos usan los bomberos

para vestirse con celeridad prodigiosa.

Al regresar á mi cuarto, unos amigos que acababan de llegar de México

me esperaban para que comiésemos juntos.

Entre ellos venia un español franco, abierto, apegado cerradamente á

nuestras costumbres, intransigente, y con todos los defectos y virtudes

de su raza, en pronunciado relieve.

Yo haré notar á mis lectores que el tipo realmente antagónico del

yankee es el español; pero por ahora sigo mi cuento.

--Comeremos, decia D. Santiago, donde no haya _plan_ americano, porque

_el plan_ me parece del fondista, de dejar á un cristiano sin comer.

--El sistema americano consiste, observaba otro, en que caiga ante

una víctima, de un golpe, una lluvia con todos los platos guisables,

y que el cliente, armado á veces de solo el tenedor y de un plato

único, entre en campaña con todos los potajes, hacinando los restos

y haciendo combinaciones en el plato único, lo cual es repugnante al

último extremo: cáscaras, aceite, vinagre, melaza, todo se reune en el

improvisado muladar, y á eso se llama comer.

--Yo llamo plan americano, observó Francisco, á las comidas frecuentes,

y sobre todo, á los potajes que en ellos se sirven.

El cerdo, miéntras más grasoso y más al natural, mejor; los frijoles

blancos, secarrones, los maíces en leche, los tomates servidos en

crudo como frutas delicadas, la melaza mezclada á las grasas, el exceso

en los condimentos, de pimienta, sal, _pikles_ y todos los accesorios

con que el americano se guisa su comida, porque el manjar suele ser

un protesto, y el pan de maíz, que servido con esmero suele ser un

bizcocho agradable, pero no como acompañante de todas las comidas.

--En eso de pan, nota otro, los hay enormes: son como bancos de madera

con miga, como lana de almohada, y cortezas como de tabla.

--Y hay panes que son realmente trancas, decia D. Santiago, con los que

se podia arrimar á cualquier tunante una paliza, con que no le quedase

hueso sano.

--Comeremos donde vdes. quieran, decia yo; pero que no nos obsequien

á la mexicana. De nadie quiero ocultar mi nacionalidad, que llevo con

orgullo; de un cocinero sí.

Han dado en que nuestra comida cotidiana es mole picoso y desabrido;

nos presentan como albóndigas unas balas enormes hechas de una especie

de _hash_, que es el plato americano; esto es, carne deshebrada, el

pasado de las fondas, la resurreccion de los resíduos de los que fueron

potajes, y frijoles, unos frijoles en agua sucia, cocidos nada más,

frijoles que en nuestra tierra desdeñarian los perros.

--Busquemos, decia Francisco, una fonda netamente francesa, aunque

tenga las pretensiones de poca lisonja á los americanos, como es

natural.

--Comeremos á la _carte_, es decir, pidiendo lo que sea de nuestro

agrado y bebiendo vino, cosa que no entra en el plan americano.

Nos presentarán en una especie de cuaderno una lista tremenda, en

que parecerá agotada la nomenclatura culinaria.

[Ilustración: VIAJE DE FIDEL.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 73 / 94 题