Seguridad.--Limpieza.--Calles no centrales.--Suciedad y
abandono.--Rectificaciones.--Omnibus y wagones.--Las damas.--La
lady "pur sang."--Voceadores de las calles.--Ahorro de
trabajo.--Elevadores.--Albañiles.--Botones de tornillo y
carretilla.--Las comidas.--Nuestras comidas traducidas al
inglés.--Listas de manjares.--El español pinta al yankee.
Levanteme muy temprano, al siguiente dia del Carnaval, es decir, á las
cuatro, que allí comienza á amanecer.--Los establecimientos estaban
sin gente, pero alumbrados con gas en el interior, porque la luz es
el recurso de seguridad; y no me he atrevido á llamar cerrados á
los almacenes, tiendas y oficinas, porque los aparadores, tiendas y
almacenes quedan á la vista, teniendo por resguardo sus cristales: el
cerrojo no se conoce, las llaves colosales no se fabrican, las chapas
complicadas serian objetos de curiosidad.
De todos modos, esa fé en la autoridad, esa ostentacion de confianza
cuando se trata de millones, es imponente y habla muy alto en favor de
la moralidad de un pueblo.
Las casas se cierran con cristales.
La limpia y aseo de las calles comienza por parte del municipio á las
tres de la mañana, de suerte que el centro de la ciudad está en buen
órden al salir la luz.
Unos carros que mueven grandes cilindros de cepillos, y barren
perfectamente, carros regadores que desprenden en plumeros sus aguas,
y criados con escobas, sacudidores y cepillos, dejan albeando pisos y
paredes.
En las esquinas de las calles, y de trecho en trecho en las aceras, hay
postes que contienen los tubos de las cañerías: al tubo se aplica una
manga de _gutta perca_, y techos, paredes y aceras, se lavan la cara en
dos por tres.
He dicho paredes, y se deja entender que no todas; pero hay muchas
casas cuya pintura es de aceite, otras casas son de cantería, y éstas
y las otras permiten esos chorros descomunales que en las banquetas
forman rios.
No así en las orillas de la ciudad y la parte del N.O. que yo recorrí;
allí la banqueta es el patio, el corral, el lavadero y el depósito de
basura.
Casucas grandes y chicas, costras de suciedad empedernida y lustrosa,
como de betun, mujeres como en camisa, muchachos medio desnudos,
hombres en mangas de camisa, con los cabellos lacios alborotados y
sus sendas pipas en la boca, y calzados que tienen del trapo y de la
cáscara, de la escama y de la concha de tortuga.
Tendederos, canastos de basura, aros, recortes y trapos en la banqueta,
donde se ha estacionado un caballo ó reposa un carro, arma sus sillas
un carpintero y un pintor escribe sus rótulos, miéntras descargan á su
espalda harina, ó vacía su carreta de carbon el carbonero.
Y aquellos muladares los atraviesan, sin embargo, señoritas ó mujeres
de apariencia elegante, con gorrillos y guantes, sombrillas y abanicos.
Yo me ví tentado en cuanto á tráfico, á rectificar mi juicio respecto
del movimiento: hay varias calles y avenidas que lo tienen poderoso, á
más de Broadway.
La Tercera, la Sexta, la Octava Avenidas, las plazas de la Union, de
Washington y otras, hormiguean de gente, y el rio de la Quinta Avenida,
como raudal que corre entre lomas, se engrosa, se expanse y se dilata
en innumerables calles y callejuelas.
Los carros y wagones, que pueden contarse por docenas, recorren la
ciudad en todas direcciones, por una ó más leguas, siempre recogiendo y
soltando gentes, y siempre ocupados, al extremo de ir rebosando por las
plataformas los viandantes.
La colecta no se deposita, como en San Francisco y Orleans, sino en los
ómnibus, que cuestan diez centavos. Cinco se pagan en los _wagones_, el
colector lleva colgando al pecho unos cartones en que marca el número
de los transeuntes, y el modo de marcar es una tijera que contiene
una campana, con la cual se saca un bocado al carton, que es el
justificante de la cuenta.
Llamóme la atencion en mi paseo matutino, la generalidad con que damas
bien vestidas llevan envoltorios de papel en las manos. Trastos y
canastos están relegados á la baja clase, aun cuando esa baja clase use
sombrilla y gorro muchas veces.
Es que en la tienda mestiza ó _groceries_, en las fruterías y dulcerías
ambulantes, en el cajon de ropa, en todas partes, no hay artículo que
no se envuelva en papel á propósito: los frijoles, lo mismo que los
pañuelos; los pañuelos con la propia diligencia que los zapatos, las
naranjas ó los gorritos, y así se conducen: hay papel _ad hoc_ para
bolsas, carpetas y tubos, y lleva su adminículo de papel amarillo la
dama, alternando con el portamoneda de badana, el pañuelo, el abanico
y la sombrilla, sin que esto sirva de estorbo á la pequeña balija ó
ridículo que pende de su brazo.
Por lo demás, la mujer es un sér realmente masculino é imponente: se
ve venir á la _lady_ con la falda del vestido remangada en su derecha:
anda á trancos largos, con la cabeza levantada, en cuerpo gentil ó con
burdo sobretodo de toscos botones, con un airoso albornoz que desciende
en ondas, con flecos de bellotas, ó con sendos mantos como capisayos
(_watter proof_).
La de tápalo y _schal_, y aun la de mantilla, no es la _lady_.
En las tiendas, en los hoteles, en las calles desiertas, en los paseos,
en los barrios, en las bibliotecas, en todas partes está la _lady_; y
brota sencilla, imponiéndose sin contradiccion; la niña con sus libros
debajo, su pierna con restirada media al descubierto, su bote de hoja
de lata ó canastillo en que va su _lunch_.
La _lady_ no es el intruso, ni el advenedizo; constituye una poblacion
que se ingiere en la otra como en su funda una escopeta. El hombre se
siente forro de otro hombre más gracioso é insinuante, que es la _lady_.
El hermano mayor, el marido de la _lady_, por el hecho mismo de estar
en su compañía, tiene cara de sordo.
Las calles de la parte Sur de la ciudad, que yo creia con escaso
movimiento, me iban aturdiendo, con ménos lujo, con ménos joyerías
y aparadores ricos, con la presencia de las _groceries_, zapatos en
sartas, carne de tocino, jabon y semillas, lado á lado de las tiendas
de modas, _restaurants_ y salones de todas clases.
Notaba que los vendedores vocean sus artículos con voz monótona y
tenaz; los distribuidores de periódicos, como en México, dicen las
noticias y calumnian los rubros; los naranjeros, las lavanderas, todos
pregonan sus oficios y mercancías; pero esto es siempre que no está á
su alcance una campana, una trompeta, un órgano ó una música de viento;
entónces el voceo se vuelve escándalo y se produce al placer: porque
por lo visto, el ruido es para estas gentes un placer.
Los escalones de los hoteles están forrados de láminas de laton, que
retumban con las patadas de los transeuntes.
Los criados no alzan, sino empujan, en los entarimados, las sillas, que
van deslizándose y haciendo piruetas, hasta colocarlas en su lugar;
vuelven ferrocarril el mármol de los mostradores, y lanzan vasos y
charolas, y en el descargue de un carro ó de un buque, llueven tercios,
se desgobiernan baúles y se despedazan muebles, que es una condenacion.
A los hombres de los _Express_ los llaman humorísticamente _baggege
mackers_ (machucadores de equipajes).
A la entrada de los hondos sótanos se suspenden varillas que forman
carril ó rambla, haciendo ondas para disminuir la pendiente, y por allí
se lanza, para que camine, todo lo que se tiene á la mano.
Esta propension al ahorro de trabajo, de costo y de tiempo, es casi una
faccion de la fisonomía de estas gentes.
En el trasporte de grandes piedras, en la suspension de pesos enormes,
en el ferrocarril, en la marina y en la finca, se hace sensible aquel
que podriamos llamar principio.
Dentro del mar, detenidos por estacas de madera, reciben durmientes y
rieles por donde pasan inmensos trenes.
El elevador tiene todas las formas; desde la repisa hasta el salon:
en los grandes almacenes, en un cuadro de hierro afianzado á un cable
por una argolla y en una tabla, suben y bajan efectos y hombres
como volando; los elevadores, que no son sino una preciosa estancia
alfombrada, con asientos de terciopelo, espejos y quinqués, suspendida
á tres ó cuatro garruchas, hacen insensibles los viajes aéreos.
En el Correo estaba un elevador sin garruchas ni cables; el cuarto de
madera descansa en un pilar de fierro que sube y baja por medio de un
mecanismo que maneja un niño; sobre la tapa de un sótano se colocan
cestos, tercios y cajas, y el cuadrado, que parece puerta, se hunde
haciendo la conduccion subterránea del modo más seguro.
Los albañiles se valen frecuentemente de macizos tablones suspendidos
en garruchas afianzadas á gruesas vigas horizontales recargadas en los
techos. Los andamios á nuestra manera, son casi desconocidos.
Y para decirlo todo, si se trata de abrochar un guante una americana y
no tiene su gancho _ad hoc_, no forcejea ni porfía, sino que se quita
una horquilla del peinado, y con ella improvisa un gancho que la saca
de apuros.
Esta es la causa, en mi juicio, de la boga que tienen los botones de
carretilla que se usan en camisas, pantalones y calzoncillos. El boton
se traba y es obra de un instante; no se desprende, emancipa al hombre
de la aguja, es toda una revolucion en la costura. No contentos con ese
boton, hay unos ganchos aun más cómodos, y de ellos usan los bomberos
para vestirse con celeridad prodigiosa.
Al regresar á mi cuarto, unos amigos que acababan de llegar de México
me esperaban para que comiésemos juntos.
Entre ellos venia un español franco, abierto, apegado cerradamente á
nuestras costumbres, intransigente, y con todos los defectos y virtudes
de su raza, en pronunciado relieve.
Yo haré notar á mis lectores que el tipo realmente antagónico del
yankee es el español; pero por ahora sigo mi cuento.
--Comeremos, decia D. Santiago, donde no haya _plan_ americano, porque
_el plan_ me parece del fondista, de dejar á un cristiano sin comer.
--El sistema americano consiste, observaba otro, en que caiga ante
una víctima, de un golpe, una lluvia con todos los platos guisables,
y que el cliente, armado á veces de solo el tenedor y de un plato
único, entre en campaña con todos los potajes, hacinando los restos
y haciendo combinaciones en el plato único, lo cual es repugnante al
último extremo: cáscaras, aceite, vinagre, melaza, todo se reune en el
improvisado muladar, y á eso se llama comer.
--Yo llamo plan americano, observó Francisco, á las comidas frecuentes,
y sobre todo, á los potajes que en ellos se sirven.
El cerdo, miéntras más grasoso y más al natural, mejor; los frijoles
blancos, secarrones, los maíces en leche, los tomates servidos en
crudo como frutas delicadas, la melaza mezclada á las grasas, el exceso
en los condimentos, de pimienta, sal, _pikles_ y todos los accesorios
con que el americano se guisa su comida, porque el manjar suele ser
un protesto, y el pan de maíz, que servido con esmero suele ser un
bizcocho agradable, pero no como acompañante de todas las comidas.
--En eso de pan, nota otro, los hay enormes: son como bancos de madera
con miga, como lana de almohada, y cortezas como de tabla.
--Y hay panes que son realmente trancas, decia D. Santiago, con los que
se podia arrimar á cualquier tunante una paliza, con que no le quedase
hueso sano.
--Comeremos donde vdes. quieran, decia yo; pero que no nos obsequien
á la mexicana. De nadie quiero ocultar mi nacionalidad, que llevo con
orgullo; de un cocinero sí.
Han dado en que nuestra comida cotidiana es mole picoso y desabrido;
nos presentan como albóndigas unas balas enormes hechas de una especie
de _hash_, que es el plato americano; esto es, carne deshebrada, el
pasado de las fondas, la resurreccion de los resíduos de los que fueron
potajes, y frijoles, unos frijoles en agua sucia, cocidos nada más,
frijoles que en nuestra tierra desdeñarian los perros.
--Busquemos, decia Francisco, una fonda netamente francesa, aunque
tenga las pretensiones de poca lisonja á los americanos, como es
natural.
--Comeremos á la _carte_, es decir, pidiendo lo que sea de nuestro
agrado y bebiendo vino, cosa que no entra en el plan americano.
Nos presentarán en una especie de cuaderno una lista tremenda, en
que parecerá agotada la nomenclatura culinaria.
[Ilustración: VIAJE DE FIDEL.