Depósito de Crottom.--El carruaje.--El carreton y el carrito
de mano.--Su influencia.--Nuestros nombres de á caballo.--Un
Carnaval intempestivo.--La gran Procesion.--Los grandes
calores.--Emigraciones.--Fiasco del Carnaval.--Más calor.--Un
ataque á las garantías individuales.
El inmenso estanque capaz de contener 150 millones de galones de agua,
es de mampostería, con robustísimos estribos de granito: sobre esas
murallas, ó mejor dicho, de ellas se ha formado un paseo alzado sobre
la ciudad, con sus árboles, jardines y calzadas: segun el cálculo de
los peritos, lo que se llama el Lago de Crottom puede cubrir 400 acres
de tierra, recibir quinientos millones de galones imperiales de agua, y
descargar treinta y cinco millones.
--¡Esto es magnífico! Esto es estupendo, esto es digno de los mejores
tiempos de Babilonia y Roma, decia yo á Manuel, quien reia, y quien me
decia con cierta zonga que no dejaba de arderme:
--Cuidado, señor, cuidado, que tal me parece que se va vd. ayankando.
El depósito de Crottom costó 15.000,000 de pesos.
Quisiera no escribir esto, porque envilece y humilla cómo se trata la
cuestion de aguas en México!
* * * * *
Si yo fuera capaz, escribia una obra que se titulara: "Del carruaje y
de su influencia en la sociedad americana."
La sustitucion de la máquina al hombre, es decir, el ahorro del
esfuerzo material sustituyéndolo con la máquina, es instintivo aquí, al
parecer, desde las clases más embrutecidas. Al presentarse un obstáculo
cualquiera, no se lucha directamente, se recurre á la palanca, á la
garrucha, á la tenaza, al cordel, muy al contrario de lo que hacemos
nosotros, y no por pereza, no por debilidad, sino por amor al éxito; y
así como á la navaja le llamo yo el sexto dedo del yankee, al carrito
de mano le doy el nombre de su tercer brazo.
Corre con el carrito, palanquea y conduce bultos enormes, penetra al
almacen, le arrima al buque, se hace camarada del taller, es como el
animal doméstico en el hogar. Doblarse en competencia con la mula para
caminar, agobiado bajo un tercio, no lo concibe el yankee, que jamás
puede ver ni puede dejar que vea nadie las cosas bajo el punto de vista
de la mula de carga.
Esta asociacion de la máquina al trabajo, y no solo al trabajo sino
al placer y al lujo, comunica al carruaje importancia vital y le da
infinita variedad; es á la vez piés, manos y vehículo, en una sociedad
en que la primera aspiracion es el movimiento.
Hay carros pequeños y grandes: constituyen la cuna del niño hecho
carretelita, el caballo del muchacho como velocípedo, el esclavo del
hombre para sus faenas, su mansion ambulante en el desierto, su palacio
en las ciudades, su alcoba y su ataud.
El carro tiene todas las formas y las figuras más caprichosas, segun el
objeto á que se destina.
Los hay como inmensos cascos de buques, con sus toldos abovedados
cubiertos de lona, y son almacenes de semillas y géneros formidables,
descansando en sus dos ruedas; los hay que apénas tienen figura,
porque son vigas mal encuendadas, que con una ligera inclinacion tocan
el suelo y reciben la carga; los hay como cajas descubiertas, para
vituallas y carnes; como pipas para la conduccion de agua y cerveza;
como carretelas para pan y leche, con toldo y sin él, con secciones
para transeuntes y efectos.
En el campo y en el hogar, el primer signo de independencia y el primer
elemento de accion, es un carro, y por consecuencia, un caballo.
El panadero, la lechera, el cervecero, la verdulera, el jardinero,
hacen acopio y distribucion de sus frutos en el carro. En él se hace
mostrador, se acoge al niño, y se vuelve ambulante la familia.
El modo de descargar un carro es curioso: si se trata del almacen que
da á la calle, el carro se vacía inclinándolo; los tercios ruedan y
los carritos de mano completan la obra. Si se trata de elevar grandes
pesos, entónces, por la azotea ó por una ventana, asoma el potente
brazo de la garrucha, y ascienden, escalando los aires, baúles,
espejos, tercios, muebles costosos y cajas de fierro.
Hay fisonomías de carros como figuras humanas; grandes como edificios,
cuadrilongos, de figura de cabaña, y de barril, y de sombrero, que
sirve á la vez de anuncio de una sombrerería. Así lo ví en Orleans,
propiedad del sombrero Lee.
El carruaje se emancipa y se pone al servicio de la sociedad; entónces
es la diligencia, el ómnibus, el _bugey_, el faeton, el cupé, la
berlina, la calesa y el landó del millonario.
En su estado de diligencia, de ómnibus y aun de coche de servicio,
se adiciona su parte superior con bancas, abanicos y toldos, hace
el imperial, se traslada el salon al carro, y se ven en las alturas
sorbetes, gorritos, sombrillas y paraguas, dando á los cuadros
particular animacion.
Si despues de considerar al carro como útil de trabajo, se le mira como
asociado á la vida íntima, el carro arraiga al hombre en la familia,
le facilita gozar en conjunto, se traslada con ella, niños y grandes
recorren juntos la distancia, y van al mercado ó á la fiesta.
Sin exageracion, puede decirse que hay en movimiento en la ciudad más
de 18,000 carruajes, sin contarse con los wagones de ferrocarriles
urbanos, que la recorren en todas direcciones y se ven á lo léjos como
cordon de casas que andan, con excepcion de la calle de Broadway y la
Quinta Avenida, que no tienen rieles en toda su extension y forman
siempre estrepitoso rio de coches, ómnibus y carros.
Me he preocupado yo con los carros, al punto que me parece que
influyen en la seguridad y en la moral de la poblacion.
El transeunte, el vaquero, el hombre ambulante en nuestro país, andan
á caballo; el caballo se escurre en la encrucijada y penetra en la
sierra, desarrolla las naturalezas inquietas y las hace batalladoras,
congrega á los amigos en la taberna en que se concierta el robo y se
conspira.
No se puede concebir un asalto con carros. El carro es la fianza del
trabajador; en cualquiera desman, empieza por arriesgar su capital.
El yankee tiene con el carro verdadera intimidad; se da como supuesto
que el carrero es el hombre público más accesible y benéfico; andando
el carro, se trepan los chicos á su grupa y siguen muy contentos su
camino; varias veces se ven coronando el carro personas bien vestidas,
que llevan negocio con el carrero, ó amigos que sin interrumpirlo le
platican.
Omito decir que los carros que tienen paredes y toldos van cuajados de
avisos, y que hay carros destinados á este solo objeto.
Ayer, 15 de Mayo, fué un dia de carros, y voy á contar á mis lectores
con qué motivo, porque la cosa merece detenida descripcion, aunque
digan que me divago, porque al fin estas notas no son sino un tejido de
divagaciones.
Han de estar vdes. para bien saber, que estos señores del comercio, sin
ton y sin són y porque voló la mosca, dispusieron Carnaval á su modo el
dia de ayer, y dijeron "Carnaval," con el mismo desplante que pudieron
haber dicho "Semana Santa" ó "Noche Buena."
Tratábase de la recepcion en Nueva-York del _Rey-Carnaval_; planteóse
el proyecto, se invitaron á distintas sociedades, ramificóse,
hiciéronse los aprestos y se fijó dia. El aparente Carnaval era el
disfraz de una feria ó especulacion mercantil.
Omnibus y carros entraron en el negocio, abaratáronse los precios
de conduccion y afluyó la gente, al punto que se calcula que más de
trescientas mil almas engrosaron las ya muy nutridas arterias de la
ciudad.
La procesion régia debia atravesar por la calle de Broadway, el
centro de la ciudad; pero como la calle hace X en su marcha, como si
hubiera tomado un trago de _whiskey_, la ciudad entera se interesó
en la fiesta. Las calles estaban repletas de gente: en las alturas,
en las puertas, en los coches y en las guarniciones de los caballos,
flotaba la bandera americana, y en competencia las banderas de todas
las naciones del globo, ya acomodadas á las azoteas y ventanas, ya en
sartas caprichosas como en un buque, entre las muestras que representan
botas, anteojos, zapatos, vasos con cerveza, cachuchas y almofrejes.
No solo la calle de Broadway formaba rios de gente, sino las contiguas,
y todas tenian desusada animacion.
Esos conjuntos, esas avenidas caudalosas, esas corrientes de á miles de
personas uniformemente vestidas de negro, salpicadas de velos, gorros,
sombrillas y peinados de las damas, es por sí un espectáculo.
La multitud no es la gente, es un monstruo de miles de ojos, de brazos
y de piernas, que impone, que infunde miedo con su más leve agitacion.
Caminábamos como en medio del estrépito de muchas aguas, y no podian
fijarse en nada los ojos, porque se desvanecian.
Las mil ventanas de la parte alta de los edificios, blanqueaban de
rostros humanos, en los que reverberaban ojos ávidos.
Gradas, cortinas, antepechos, árboles y faroles cubria el gentío con
rumor confuso, y la comitiva marchaba con paso uniforme, con cierta
seriedad y tiesura, que casi entristecia.
Entre tanto el tráfico cotidiano no cesaba, y las corrientes
encontradas de carros no desmayaban en su actividad febril, que
constituye un peligro eminentísimo al pasar de una acera á la otra,
rozando las ruedas y en contacto con las lanzas de los carruajes y los
hocicos de los caballos.
Despues de horas de mortal espera, cuando caia á plomo un sol que
derretia las piedras y sin hacer los curiosos señal alguna de
impaciencia, se anunció la procesion.
Como heraldos de la fiesta, confundiéndose en el vulgo de los carruajes
ocupados, marchaban tres carros-anuncios de los teatritos de baja
ralea, con los que tenemos contraido conocimiento; iban pareados y como
en tertulia con otros carros, que improvisaron un concurso ambulante y
á la altura de la situacion.
Los carros ociosos, no queriendo perder su tiempo, improvisaron,
al rayo del sol, tablados y salones ambulantes, y los curiosos,
de pié y sentados, con sombrillas y sorbetes, formaron sobre esos
carros estrados varios, estrambóticos y raros, pero al nivel de las
circunstancias.
Anúnciase al fin la procesion.
Rompia la marcha, á guisa de batidores, una extensa fila de policías
con su uniforme azul, montados en soberbios caballos. El caballo
en que iba el cabo que presidia, era finísimo, de raza inglesa, y
elegantemente enjaezado.
A corta distancia se presentó el _Rey-Carnaval_ en su carretela
abierta; dos mites de gregüescos ocupaban la delantera del carruaje; en
la testera marchaba solitario el rey, con un vestido como de _podestá_,
ó sea bata con vueltas de armiño, y un fieltro de figura de quesadilla
en la cabeza, de lo más desairado.
Como escoltando al rey, le seguia numerosísima música, en que los
tambores, redoblando desaforadamente, hacian el principal papel.
Comenzó entónces el desfile de más de doscientos carros, uno tras otro,
de todos tamaños, interrumpidos por bandas de música y batidores de á
caballo.
Eran los carros verdaderas secciones de tiendas, cantinas y talleres;
era como si al piso bajo de una de las aceras de la ciudad se le
hubiesen puesto ruedas.
Carro de cerveza, con la pipa colosal, manojos de lúpulo, un dios Baco
aburrido del sol y dando cada bostezo que se tragaba media calle. Carro
con remos y máquina de pescar, como mudando de lugar; artículos de
botica, camas, catres y colchones.
--¿Qué es eso? decia Pablo, que es un muchacho fanático por México y
que les espía á los americanos todos sus defectos, sin concederles
maldita la gracia, ¿adónde está la procesion? Eso es que están mudando
los almacenes de la Battery á la calle 42.
--Esta es exposicion de industria, propiamente hablando.
--¿Pero qué novedades hay? ¿qué perfecciones lucen?
--Es _bisnes_ (negocio), decia Francisco.
--Carro con aguas minerales.
--Carro con bizcochos y pan.
--Pipas con vinos húngaros.
--Veamos, Pablo, interrumpia yo, contempla una cosa notable: esa
que parece torre, que viene ahí, no es sino una inmensa botella de
Champaña, un anuncio colosal de ese vino.
--Eso es una sandez de cuatro varas de altura.
--En lo que no se han fijado vdes., y es verdaderamente hermoso, es en
los caballos que tiran de los carros y en sus arneses.
Todos los caballos eran muy corpulentos, y algunos de nobles razas;
carros han visto vdes. de cinco y seis troncos, y cuatro y cinco
caballos, unos tras otros, con sus chilillos de plumas entre las
orejas, y sus redecillas de seda y oro forrando las mismas orejas, para
que no les molesten las moscas. El que no pueda ser de un yankee su
botella ó su portamoneda, debe aspirar á ser su caballo, porque es lo
que cuida más en la vida.
--El yankee es amigo del caballo, dijo Manuel; nosotros sus
explotadores, si no sus verdugos. No seamos parciales.
Llegó un carro, ó mejor dicho, desfilaron varios carros de vendedores
de _thé_.
--Ahora no tendrás que decir.
Reclamaban, en efecto, nuestra atencion tres carros de la Compañía del
_thé_, con mandarines y comerciantes chinos, vestidos perfectamente,
con sus trages talares de riquísima seda; por supuesto, los hijos del
Celeste Imperio, de ojos azules y patillas rubias, no chistaban palabra
y tenian la gravedad de los asistentes á un entierro.
Carro de lavanderas, con _whiskey_, con panadería, con imprenta, con
herrería, con máquinas, bombas, sastres, telégrafos, toros y borregos
vivos, sin interrumpirse la monótona severidad, sino porque de la
panadería se arrojaban de vez en cuando bizcochos á las ventanas; iba
imprimiendo una prensita y trabajaban unos herreros.... y se acabó la
procesion á la hora ménos pensada, siguiendo el tráfico como ántes.
--Esto no ha sido procesion; es que se han mudado varios comerciantes
de uno á otro extremo de la ciudad.
--¿Pero no te cayó en gracia aquel que iba tendido boca arriba,
recibiendo en la cara todo el sol?
--¡Qué cascos! ¡qué América! ¡qué figurones! esto es de revolver la
bílis; esto es que buscan la utilidad en todo estos hombres.... Esta es
una coleccion de avisos animados, casi una exposicion: nosotros somos
frívolos, queremos divertirnos.
--Al ver esto, nos contó un españolito chiquitin y despabilado que se
atraganta con los usos yankees, que en sus paseos por Europa regaló un
indiano á un irlandés, su amigo, un perico primoroso, con todas las
recomendaciones de un gran obsequio; el irlandés, luego que estuvo á
solas con el pájaro, lo vió, revió por todos sus costados, y sin más ni
más, procedió á torcerle el pescuezo y á que se guisase del modo más
apetitoso.
A los dos ó tres dias volvió el indiano y preguntó: ¿qué tal ha
parecido á vd. el periquito?....
--Perfectamente, amigo; pero haré á vd. observar que esas carnes
siempre salen un poco duras.
--Hombre! si yo lo dí á vd. porque el perico hablaba.
--Ponga vd.; pero obras son amores: las palabras se las lleva el viento.
Estos chicos han hecho del Carnaval un guiso para comer.
La procesion de la noche, en medio del inmenso gentío y entre músicas y
antorchas, dicen que tuvo mayor belleza y animacion.
A mí me tenia rendido el calor; trátase de un calor de ochenta y dos
grados, que fatiga, que agobia, que descoyunta y embrutece.
--Esto no es nada; es el simple anuncio de lo que se tiene que
pasar, me decia Francisco: hace algunos años, que en el mes de Julio
perecieron ciento cincuenta y seis personas de insolacion en un dia.
Hubo dia que subiese el termómetro á ciento seis grados, que ya ve vd.
que hay para freirle los sesos á cualquiera.
En la temporada de los grandes calores, la ciudad disminuye un ciento
por ciento en tráfico y animacion; muchos capitalistas hacen sus viajes
por Europa; por poco acomodada que sea una familia, aspira á pasar dos
ó tres meses en el campo, y entónces cobran vida las risueñas aldeas,
las montañas, y sobre todo los baños; entónces son las aventuras de
amor, los animados bailes y los paseos deliciosos.
Hasta en la última estancia campestre se instalan _restaurants_ y se
aderezan hoteles. En las noches, en las primeras horas, hay músicas
para los niños, y más tarde se formalizan bailes encantadores.
Pero en la ciudad, se arde el mundo; los caballos perecen, no obstante
que se les busca sombra; se les pone en la cabeza ramos de árbol y
esponjas con agua helada: esto es verdaderamente espantoso; quisiera
uno sembrarse en el hielo para tener alivio.
Francisco me describió al siguiente dia la procesion de la noche, y el
baile.
Verificóse la procesion con mayor pompa y tendencias de fiesta, que en
la mañana.
Caricaturas poco felices en la gran comitiva y servidumbre real, nobles
y duques convertidos en farsa realmente, sacados á la vergüenza en este
pueblo de ilustres carreteros, menestrales y labradores, y luego una
série de representaciones históricas en cuadros animados, como hemos
visto en los teatros.
De esos cuadros, algunos fueron perfectos y todos elegidos con tino y
buen gusto.
Colon dando cima á sus trabajos inmortales, plantando la bandera de la
civilizacion y la gloria en el mundo que descubria.
El recuerdo animado de la naturaleza primitiva y la canoa exígua del
indio en el país en que se convirtió en verdad trascendental la locura
de Fulton.
La tierna escena de la india Pocahonta, bella, gentil, salvaje, que
salva al capitan Smith lanzándose entre la víctima y el verdugo, cuando
el vencido inglés fué sorprendido en un pantano.
Washington, sublime como nunca en sus dias de prueba, cruzando el
Delaware para formar con sus nieves una muralla á la libertad.
La lucha del Sur, pero en su desenlace de reconciliacion y de paz.
Escenas y cuadros son estos, no de Carnaval ni para exponerse en medio
de la farsa; pero bellos, grandiosos, fecundos en patrióticas lecciones
y dignos de servir de pábulo al más puro entusiasmo.
En la noche, el Gilmores-Garden estuvo poco concurrido: en suma, al
conjunto de la funcion se le dió el carácter de un verdadero fiasco.
"Este ha sido un fiasco," repiten: así será; pero me parece que ni como
negocio frustrado lo han visto todos sus autores. Para la diversion
habrá dejado que desear: no sabemos si en el terreno de los negocios
será lo mismo.
Importaba que hubiese más gente que la que compra y vende por lo
regular, y esto acaso se ha logrado. El nombre era de poca importancia.
Pero formalmente hablando y suponiendo la tentativa de una planteacion
de Carnaval.
Las costumbres no se improvisan; los hábitos se trasportan con los
hombres, no se trasplantan. La máscara es fruta que se sazona en los
pueblos oprimidos: era un pretexto de libertad; se disfrazaba de
liberal el pueblo esclavo; los hombres de iglesia, los cortesanos
hipócritas, las mujeres esclavizadas, los siervos abyectos, cobraban
bajo el disfraz los atributos que las leyes les negaban; y en ese
fondo de verdad era un romance cada palabra, una série de dramas cada
incidente, una pasion, una fiebre cada disfraz.
¿Pero á qué el disfraz en un pueblo en donde todo el mundo hace lo que
quiere, en que la verdad misma quisiera tener sombras para comunicar
interes, en que por más que se esfuerzan los prestidigitadores
políticos, no alcanzan mayor rango que el de los suertistas y
funámbulos?
Nada más triste y desairado que un yankee bajo su careta, paseándose
taciturno y ardiendo su alma, por no poder fumar ni echar á su sabor
sendos tragos.
Se concibe una tortuga en velocípedo, un gordo bailando como sílfide en
un alambre, un elefante haciendo circo ó parándose en dos piés como un
falderillo; pero un yankee máscara es más que el contrasentido, es el
imposible.
* * * * *
Ayer he llenado mi cartera de apuntaciones, es decir, cuentas sueltas
para hacer soguillas, y ahora que las quiero ensartar en el hilo de una
narracion seguida, me estoy encontrando con dificultades insuperables.
Tal vez influya el calor en lo que me pasa: las calles, aunque
amplísimas; las plazas, aunque pobladas de árboles; mi habitacion,
aunque ménos estrecha que otras, no templan los ardores de este horno
de carne humana. El calor es intenso, es abrumador é insoportable; toda
la pompa del Paris de América se reduce á nada cuando se ve el lujo
bajo el aspecto de adornos de un suplicio. Ni un instante la brisa se
insinúa, ni un momento dulcifica el nublado el tueste sistemático de
los hijos de Adam.
Suele cambiar el tiempo; pero entónces es una invasion de invierno, que
produce cada pulmonía, y cada reumatismo, y cada catarro, y cada croup,
que en los vivos aires alzan la estadística de la mortalidad.
* * * * *
Uno de los retraentes que van teniendo mis salidas, es la falta total,
permanente y tiránica de lugares de desahogo transitorio, y cuenta con
que se trata de una gran necesidad social.
El hecho es espantoso; ¿pero qué se hace con respecto al excedente de
los líquidos en un país en que marcha dia á dia como embodegado y en
secciones un océano de _lager beer_, y otro de soda? Se aguanta: ¿y si
no se puede? Habrá acueductos subterráneos, habrá lo que se quiera;
pero no se da á luz el remedio de la necesidad. Sobre que ni hay
zaguanes, ni recodos, ni parapetos, ni abrigos en el interior de la
ciudad, si no es en una que otra plaza.
En el _restaurant_ en el _bar-room_, en el hotel, hay sus oficinas
tributarias (_water closer_); pero el recurso no está á la vista de
todos; por otra parte, se necesita cierto desplante para irse un hombre
introduciendo hasta los últimos interiores de la casa á instalar un
desagüe; ¿y cómo se hace esto sin saberse el idioma? ¿los extranjeros
no tienen derecho á salir de su cuidado? ¿y los pobres que pudieran
hacerse sospechosos? Los pobres deben vivir en seco. Esto es espantoso.
Si la ausencia de consuelos nace de pulcritud, poco se logra; porque si
es cierto que en las calles centrales no se advierten desmanes, en las
calles apartadas es el asco y la inmundicia; no hay callejon, ni cerca,
ni despoblado, que no tenga lagos, que no rastros, del contrabando
espantoso de los líquidos.
Como el _bar-room_ es el recurso más obvio, he tenido que adicionar mi
presupuesto.
Entro al _bar-room_, pido cerveza porque llego acongojado, dejo en
el mostrador la copa y me lanzo á lo desconocido, regreso y dejo
intacta la copa, y el _yankee_, á su frente, con tantos ojos, sin
darse cuenta de lo que me pasa; así, como en otras cosas, me haré una
reputacion de borracho, y no precisamente por lo que bebo, sino todo
lo contrario.... Dicen que los dueños de _bar-room_ son los que se
oponen al establecimiento de oficinas mingitorias, porque así venden
más. De todos modos, se trata de un grosero ataque á las garantías
individuales.