XI

Visitas.--Dias santos.--Los teatros.--Relaciones.--Colon.--Baranda

Conti.--Recuerdos de Juarez.--Guadalajara.--Zamacona.

M. Trik, á quien habia perdido de vista, comenzó conmigo una série de

excursiones, y visité varias familias distinguidas del barrio frances.

No particularizo esas visitas, porque las familias en su trato íntimo

no ofrecen diferencias marcadas con nuestras costumbres.

La absoluta independencia de la mujer no cuenta con ardientes

partidarios, y el amor libre repugna altamente á la raza latina.

Buenas madres de familia, esposos encerrados en los goces domésticos y

señoritas de excelente educacion: por lo mismo, estas costumbres son

más difíciles de pintar.

Cuando se pinta una fisonomía vulgar, tanto trabajo es para el pintor

marcarla como para la generalidad reconocerla. Si se trata de un

tuerto, de una frente deprimida, de un carrillo con un lunar como una

avellana, entónces es otra cosa; parece que lo característico es la

giba, ó la prolongacion de la nariz, ó la berruga; y la habilidad del

pintor queda reconocida con poco esfuerzo.

Habia en una casa sesiones de magnetismo, que mucho entretenian á la

gente y que traian medio enloquecidas á las ancianas y á los cavilosos.

M. Trik me presentó á una tertulia en que se jugaban juegos de

prendas, dándoles aplicaciones instructivas, siendo algunos ejercicios

históricos, geográficos y de biografía: mucho sentí no hacer una

coleccion de esos juegos, que me parecen de fácil y deleitosa

aplicacion en México.

Es muy notable la influencia clerical en las familias de la raza latina.

La educacion, esencialmente de las niñas, está encomendada á las

hermanas de la caridad, las Ursulinas y otras corporaciones religiosas,

que con sus cintas y amuletos, sus aguas milagrosas, sus estampas,

medallas y novenas, sojuzgan á las jóvenes é intervienen en lo más

íntimo de las familias.

La educacion masculina está en atraso, si se compara con el Norte y con

lo que tenemos hablado en California; no obstante, el Sr. Dimitrith

consultó sábias disposiciones é intervino en la formacion de leyes que

habrian desarrollado las muy notables aptitudes de la gente del Sur.

* * * * *

Por aquellos dias, es decir, en Marzo, fué la Semana Santa. En la

iglesia parroquial que ya conocemos, se hicieron los oficios con ménos

pompa y en menor escala que en cualquiera de nuestras iglesias de

segundo órden.

El Juéves Santo en la noche se dió un gran concierto en la iglesia

parroquial, en que pagamos los _devotos_, á CUATRO REALES LA ENTRADA:

nada más sacrílego que el latin pronunciado y cantado por un padre

frances.

Los teatros, que como dice con chiste un crítico frances, son las

_iglesias_ del diablo, no tenian importancia: despues de los dias

santos no habia ninguna compañía formal, y tuvimos que conformarnos

con representaciones de aficionados, cuyos productos eran para

establecimientos de beneficencia.

En esos teatros, no recuerdo cuál, en uno de los entreactos se presentó

una reunion de negros y de negras, llenos de compostura; modestos, pero

elegantemente vestidos, á cantar unos coros llenos de majestad y de

dulzura.

No recuerdo bien á lo que se referia el canto; me parece, aunque no

tengo certeza, que era una escena de la _Cabaña del Tio Tomás_, creo

que referente á la muerte de una niña blanca.

La vibracion, húmeda de las lágrimas, del sollozo; el sentimentalismo

sublime de la plegaria que tiende sus alas blancas bajo el cielo azul

de la inocencia; todo lo más delicado, todo lo más voluptuoso de la

melancolía íntima; aquellas lágrimas que como que resplandecian, como

se dora la lluvia con los últimos destellos del sol poniente, al caer

de la negra nube que se desplega sobre el Ocaso, todo me conmovió.

Y me conmovió, porque aquella raza proscrita, herida, parecia reanudar

por el sentimiento, los vínculos despedazados por la revolucion.

Quintero estaba á mi lado, me hacia notar con aquella su elocuencia

vigorosa y sombría, las afecciones filiales de algunos negros, los

rasgos admirables de amor de algunos dueños de esclavos y los vínculos

subsistentes, á pesar del desencadenamiento de las pasiones.

En otro teatro vimos en caricatura el matrimonio de una francecita

pizpereta, parlanchina y espiritual, con uno de esos yankees

desgoznados, bebedores, que no vacilan entre una mirada y un buen trago

de cerveza, ó una lonja de jamon.

Muy frecuentemente asistia al almacen de M. Colon, donde acudian muchos

mexicanos á hacer sus compras para Tampico y los pueblos de la frontera.

El almacen es como una encrucijada de lienzos, con sus entradas,

salidas y vericuetos. En el centro de dos extensísimas galeras, y en un

recodo que forman, está el escritorio en febril actividad.

Hay muchos dependientes en aquella casa, que á veces presenta el

aspecto de una feria: allí concurria yo por estudiar algo de nuestras

relaciones mercantiles, y porque Mr. Colon es el hombre más fino y

servicial que se puede imaginar.

Además, M. Colon es amigo de muchos comerciantes de Tampico y

Matamoros, que acuden á su casa constantemente, y esta circunstancia me

procuraba noticias de México.

Uno de los comerciantes más sesudos que allí asistia, me decia al oir

mis observaciones sobre nuestro comercio en la frontera:

--No se canse vd., la guerra de las tarifas no solo minará nuestro

comercio y nuestras rentas, sino que producirá dificultades políticas

de alta cuantía, sean las que fueren las protestas diplomáticas y los

esfuerzos para mantener la paz entre los dos pueblos. Y lo peor es que

los americanos pueden alegar, respecto de nosotros, razones que mucho

debe pesar el gobierno mexicano.

Nuestras producciones principales, las constitutivas de nuestro

comercio de exportacion, son aceptadas en los Estados-Unidos libres de

derechos, ó con un derecho muy módico, y esto les da gran vuelo, al

extremo de calcularse en doce millones de pesos.

Los artículos valiosos en esa gran suma, son: café, azúcar,

zarzaparrilla, purga de Jalapa, henequen, ajos, petates, hamacas,

arroz, vainilla, cueros, etc., etc., y todos esos artículos son libres

en su importación á los Estados-Unidos, ó pagan derechos muy bajos, con

excepcion del tabaco, de que no hacemos grandes envíos á la República

vecina.

En cambio, las tarifas mexicanas repelen y gravan extraordinariamente

los artículos que produce el Norte, como las harinas, por ejemplo,

y los tejidos de algodon; el resultado será que ó se sostiene el

contrabando para hacer efectivos los cambios, ó se establezca la

reciprocidad, admitiendo nosotros efectos que ahora rechazamos; y por

la propaganda del proteccionismo en el terreno práctico, cada concesion

podria importar una revolucion....

Lo mismo sucede respecto de la zona; si se tacha de privilegio,

extiéndase á todas las fronteras y el privilegio se convertirá en

beneficio; y si se suprime, piénsese en que despoblar nuestra frontera

equivale á traer al corazon de la República la invasion americana.

Aseguro á vd., continuaba mi viejo amigo, que ninguna de las cuestiones

que tiene pendientes México es de tan vital importancia, como esta que

estamos abordando tan superficialmente.

--Pero, ¿en qué quedamos? me decia yo mismo. ¿Me pongo en tren de

soplar al prójimo entre pecho y espalda una leccion de economía

política?.... No, señor. Y daba distinto rumbo á mis pensamientos.

Mucho habia hablado á mis compañeros de mis recuerdos de Orleans.

El aspecto de la ciudad habia cambiado extraordinariamente, de 1858 á

la fecha; los amigos que nos recibieron, y á quienes debimos favores y

cariño, habian desaparecido. El entónces risueño barrio frances, jóven,

animado, rico y alegre, ahora se nos presentaba pálido, enfermo, lleno

de harapos y como un mendigo; no era siquiera el esqueleto, eran los

restos humanos en repugnante descomposicion.

Allí nos ofreció sus servicios Reybaud, frances de orígen, alistado en

nuestro ejército, fogoso, batallador y franco marino, amigo de nuestros

calaveras de buen tono y entusiasta por México. Reybaud era nuestro

cónsul en Orleans.

Traté con placer vivísimo á Domingo Goicuria, héroe de la independencia

cubana.

Enjuto de carnes, de color cetrino, óvalo prolongado de semblante,

nariz aguileña y unos ojos en que se aparecian las tempestades y

relámpagos de su alma apasionada. Tenia la cabeza blanca Domingo, y

hondas arrugas surcaban su frente: su barba profusa y blanquísima caia

á la mitad de su pecho y ondeaba revuelta á su accionar expresivo.

Narciso López le contó entre sus filas, Hernandez le vió en la

vanguardia con sus compañeros; á él, se puede decir, se debió la

expedicion de Lillan.

A cada revés se erguía más aquella naturaleza poderosa y aquella alma

sublime.

Fatigó los mares con sus viajes, agenciando auxilios para redimir á

su patria, regó sus años y vió desaparecer su juventud en aquella

obstinada lucha.

Refugiado en Nasau, isla inglesa del archipiélago de las Lucayas, no

pudo soportar su inaccion y se aventuró á cruzar en un bote el Océano,

para tocar á su amada Cuba y pasar despues á México.

En un islote próximo á Cuba fué sorprendido el héroe y conducido á la

Habana; tenia, cuando esto aconteció, setenta años.

Se hizo que le escarneciera el populacho, se exprimió la hiel de la

injuria en sus dias, y se llegó al refinamiento en la crueldad.

Embotados los tiros de la tiranía en aquel carácter verdaderamente

heróico, se le hicieron propuestas de advenimiento. El contestó

tranquilamente:

"He vivido lo bastante para preferir la honra á la vida."

El furor de los dominadores de Cuba no tuvo límites: se preparó el

suplicio de Goicuria como un festin: se elevó un altísimo cadalso,

condujeron á él al venerable mártir, quien al parecer extraño á cuanto

le rodeaba, sencillo y apacible, fumaba tranquilo como si no esperase

la muerte, sino á un amigo á quien muchas veces hubiera tratado de

cerca.

Así expiró el héroe.... México le debió cariño inmenso y eminentes

servicios. Su patria le debe una estatua: la mia, por mi mano, derrama

coronas de laurel y flores de gratitud sobre su tumba......

Compañero inseparable de Goicuria, patriota esclarecido, escritor

considerado, Pedro Santacilia fué para nosotros poderoso aliado; veia

entónces á México como su segunda patria, y adquirió títulos preciosos

para que le llamásemos nuestro los que militábamos en las banderas de

la Reforma.

Las personas que acabo de mencionar fueron las únicas que se mostraron

en Orleans afectuosas con _la familia enferma_.

Ya he dicho que nos hospedamos en Orleans en Baranda Conti; pero lo que

no he indicado es que por más que preguntaba y por más que rastreaba

é inquiria noticias, el desdichado hotelito se habia perdido para mí

y parecia que porfiábamos, él para ocultarse y yo para encontrarle y

pedirle cuenta de mis recuerdos.

En una de las noches más sombrías en que nos retirábamos de la _Leveé_,

mústios y silenciosos, despues de esperar en vano la llegada del

paquete, álguien torció por una callejuela que parecia en acecho de la

calle, tan oscura, que nuestras sombras parecian comunicarle luz, y tan

sesga y mal averiguada, que parecia esconderse bajo sus escombros y

tejados, á las pesquisas de la policía.

La mayor parte de las que podian parecer habitaciones eran bodegas,

y los que algun temerario hubiera sospechado tránsitos, eran caminos

excusados de las ratas, dominadoras absolutas de aquel nauseabundo

terreno.

Bajo aquellos tejados, entre aquellos cajones, arpilleras y barrilaje

amontonado, vimos un farolillo colgado, pero colgado como para poner en

un suplicio la luz....

Por un movimiento indeliberado, penetré á donde estaba ahorcándose de

un cordel la luz, como queriendo suicidarse, y á su luz, en aquel patio

extraño, descubrí medio borradas las letras que en otro tiempo eran el

aviso triunfal de _Baranda-house_.

Nos sucede frecuentemente á los viejos, que encontramos un bulto en la

calle.... esa no es una mujer, es una calamidad, es un personaje de

pesadilla.... es corcovada.... entre un desmoronamiento de facciones

torcidas, arrugadas, distinguimos una boca diagonal, desdentada,

náufraga; pero nos fijamos en los ojos; ¡cómo! ¿es ella....? es la

mujer que nos embelesó de hermosura y ante quien nos embriagamos de

admiracion y voluptuosidad.... y la dueña saca un brazo de esqueleto y

nos tiende la mano carnosa, y nosotros queremos pedir socorro para que

se aleje la vision.

Tal fué la impresion que me produjeron el patio inmundo, las tablas

arrancadas, el conjunto de ruinas del hotel, que despertaba de una

manera enérgica mis recuerdos.

Retrocedí á donde estaban mis amigos, y como habian dudado de

la existencia del hotel, al ver frustradas mis diligencias por

encontrarlo, "vengan vdes., les gritaba, vengan aquí.... allí tienen

vdes. la habitacion de Juarez; más adelante estaba Ocampo.... Leon

Guzman, Cendejas y yo por aquel corredor.... en esa extremidad pasaba

sus horas Manuel Ruiz...." y estos recuerdos iluminaban mi alma y como

que exigia mi voz cariño y homenaje á los hombres eminentes que en

primera línea figuraron en la grande epopeya de la Reforma.

Juarez, con toda su elevacion, se imponia en mi memoria; su

frente despejada y serena, sus ojos negros llenos de dulzura, su

impasibilidad de semblante, su cuerpo mediano, pero desembarazado y

airoso, su cabello lacio y como de azabache, cayendo en abiertos hilos

sobre su frente.... todo queria se apareciese á los demás.

Remedaba yo á Ocampo con su largo cabello cayendo hácia atrás, su faz

redonda, su nariz chata, su boca grande, pero expresiva, su palabra

dulcísima y sus manos elocuentes, porque accionaba de un modo, que las

manos eran el complemento y la acentuacion de la palabra.

Juarez en el trato familiar era dulcísimo, cultivaba los afectos

íntimos, su placer era servir á los demás, cuidando de borrar el

descontento hasta en el último sirviente; reia oportuno, estaba

cuidadoso de que se atendiese á todo el mundo, promovia conversaciones

joviales, y despues de encender, callaba, disfrutando de la

conversacion de los demás y siendo el primero en admirar á los otros.

Jamás le oí difamar á nadie, y en cuanto á modestia, no he conocido á

nadie que le fuera superior.

Se me ocurren, entre otras, tres anécdotas que pintan el carácter de

Juarez, y me van á perdonar mis lectores que se las refiera:

Llegamos á Veracruz de noche: el Sr. Zamora tenia dispuesta una casa

con lujo para las personas del Gobierno: la seccion correspondiente

al Sr. Juarez, como era natural, era la mejor; pero la primera noche

que nos quedamos allí hizo el mismo Sr. Juarez un cambio, ordenando

que el Sr. Ocampo y yo quedásemos en sus habitaciones, y él pasó á las

nuestras, que tenian inmediato el baño; porque lo mismo en Veracruz

que en el Paso del Norte, se bañaba diariamente el Sr. Juarez, que era

sumamente aseado.

La jarochita que gobernaba la casa no supo de este cambio; así es que

al siguiente dia de nuestra llegada, pidió agua el Sr. Juarez y algo

que necesitaba: la salida del hombre que pedia á la azotehuela, su

traza, ó lo que se quiera, produjo enojo en la gobernadora de palacio,

y le dijo: "Habrá impertinente! Sírvase vd. si quiere." Juarez se

sirvió con la mayor humildad.

A la hora del almuerzo llegó Juarez á ocupar su asiento: la negrita

lo vió, reconoció al que en la mañana habia creido un criado.... y

haciendo aspavientos y persignándose, salió corriendo, diciendo la

barbaridad que habia cometido. El Sr. Juarez rió mucho, y Dolores fué

conservada como excelente servidora.

Recien llegado el Sr. Alvarez á México, el Sr. Juarez, que era ministro

de Justicia, concurria conmigo al Teatro Nacional: nuestros asientos

estaban juntos.

Una noche dilató el Sr. Juarez, y uno de estos foráneos cerreros, de

primera silla (así llamaremos á su levita), se apoderó del asiento de

Juarez, se colocó su sombrero ancho entre las piernas, y se entregó,

con su gran promontorio de cabellos, á ver la ópera.

Juarez llegó á la mitad del acto, se acercó al ranchero pidiéndole el

asiento....

--Pus qué no he pagado?.... váyase el roto á buscar madre....

Juarez se retiró á otro asiento: en el entreacto fué el acomodador á

explicar su falta al ranchero, diciéndole que era del señor ministro de

Justicia la luneta....

--¡Ave María Purísima! dijo el ranchero, poniéndose las manos en la

cara.... ¡Ave María! pus buena la hice.

Dirigióse el ranchero á satisfacer al Sr. Juarez, quien no permitió

que se le molestara, y le suplicó que siguiese en su asiento: aquel

ranchero, cuyo nombre no recuerdo, nos prestó años despues, muy

importantes servicios entre Guadalajara y Colima.

En la correspondencia que mantenia el Sr. Juarez con personas notables

de Madrid, se hizo notar la correccion y facilidad con que manejaba

el idioma español, sus giros castizos, la gala de diccion; y fué tan

notable esto, que le escribieron felicitándole por ello, y no recuerdo

bien si ofreciéndole que seria socio correspondiente de la Academia

Española.

El secretario del Sr. Juarez contestó generalidades con exquisita

cortesía.

Cuando el secretario dejó de estar presente, escribió el Sr. Juarez

al pié de su firma una posdata que decia, poco más ó ménos, que

la correccion de sus cartas y su buen estilo, se debian al Sr. D.

Pedro Santacilia, su secretario, quien era acreedor á las favorables

calificaciones que se le hacian; que él no tenia parte en la redaccion

de la elogiada correspondencia.

Pero no tratamos de la biografía del benemérito de América. Volvamos al

hotel de Baranda Conti.

Mis compañeros, y los amigos que con nosotros paseaban, se agolparon

bajo el farolillo, y oian al parecer con marcado interes la relacion de

las aventuras de _la familia enferma_.

Uno de aquellos señores, para mí de mucho respeto, me instó para que

contase lo sucedido en Guadalajara cuando la revolucion de Landa. Yo

quise excusarme, porque figuré en aquella escena; jamás en veinte años

habia desplegado sobre este particular mis labios, no obstante las

mentiras que he visto estampadas en las biografías del Sr. Juarez.

--Ahora no se escapa vd.

--No, señores.... voy á darles gusto.... y como dice el poeta, á hacer

que se escuche la voz de mis dolores.

"El año de 1858, fué para la historia de la Reforma el año novelesco

por excelencia."

Comonfort, retrocediendo espantado de su obra, hundiendo su prestigio

y su gloria en el lodo sangriento del golpe de Estado. Juarez, preso

primero en el jardin de Palacio, en las mismas piezas en que el motin

militar se desbordaba en corrientes de fanfarronería y de cinismo;

despues organizando su fuga con Sabás Iturbide y Nicolás Pizarro

Suarez; al último, frente á frente de Mejía, en San Juan del Rio, con

Manuel Ruiz, debiendo su salvacion á su sangre fria inverosímil.

Ramirez, cayendo, en union de Morales Puente en Arroyozarco, en poder

de Mejía, quien pretendió fusilarlo al momento, salvándose Joaquin

Tellez, Bablot y Mateos milagrosamente de aquel trance, por el propio

aturdimiento de los aprehensores.

Degollado, saliendo á caballo como demandero cuitado entre envoltorios,

por la garita de San Cosme, mústio y despreciable, y apareciendo ante

sus perseguidores al momento de aprehenderlo, temerario, arrollándolos

y vitoreando á la Reforma á las puertas de México.

Y yo, favorecido primero por Martin Chavez, gobernador de

Aguascalientes, despues precipitándome en un barranco en Omealca para

escapar á la muerte, llegando á Querétaro por el Cimatario, arreando

unos burros disfrazado de arriero, y cayendo en los brazos de Doblado,

quien me recibia con el nombramiento de ministro del Sr. Juarez, con

asombro y contentamiento de mis compañeros los burreros.

Y á pesar de todas estas peripecias, la revolucion de tres años era

alegre, ardiente.... se llevaba á los pueblos la buena nueva de su

regeneracion.... las almas despertaban á la luz del progreso, se

producia espontáneo lo épico y lo grande, y nos creiamos grandes,

porque no media _nuestras tallas_ el ministro tesorero, sino el verdugo.

Así, en medio de la conmocion universal, se instaló el Gobierno en

Guanajuato, donde Doblado y D. Francisco de P. Rodriguez, fueron los

colaboradores más eficaces de nuestros trabajos.

La proximidad de la batalla que terminó con la derrota de Salamanca,

hizo precisa la salida del Gobierno General de Guanajuato, con

direccion á Guadalajara.

La salida se verificó en la noche en los guayines que tenian por nombre

_sillas de posta_, que yo establecí, é iban en esa vez con los lienzos

negros echados, con criados que llevaban hachas encendidas á los lados

del convoy, que tenia el aspecto de convoy fúnebre y que veian las

gentes pasar en silencio, como si se tratara de las exequias á la

libertad.

A mí me designó el Sr. Juarez para que quedase representando al

Gobierno en Guanajuato, y para la conclusion de importantes arreglos

que pude llevar á cabo en medio de una tremenda agitacion, con el

auxilio de Ponciano Arriaga y de Francisco Cendejas, ambos patriotas

eminentes y amigos muy queridos de mi corazon: de allí marché á

Guadalajara.

La derrota de Salamanca aconteció el 10 de Marzo; el dia 12 se recibió

la noticia en Guadalajara; al concluir de leerla Ocampo, el Sr. Juarez

se volvió á mí chanceando, y me dijo: Guillermo, _ha perdido una pluma

nuestro gallo_. Juarez era la personificacion de la fé en la Reforma, y

por eso triunfó.

Citóse junta para las ocho de la mañana del 13.

Ahora está de todo punto cambiado el palacio de Guadalajara: procuraré

reunir mis recuerdos para describir, aunque sea muy imperfectamente,

cómo se encontraba entónces.

El edificio, como ahora está, es un gran cuadrilongo dividido en dos

secciones ó patios, el exterior y el interior.

El exterior, que da en su frente con sus balconerías á la plaza y á las

calles laterales de palacio, estaba ocupado en su mayor parte por el

ministerio de Hacienda, que yo servia; la ala derecha, comenzada por

un pequeño despacho del Sr. Juarez y piezas corridas habitadas por los

Sres. Juarez y Ocampo: en esa ala se hallaba el comedor y un angosto

pasadizo que comunicaba ambos patios: formaban el fondo de ese corredor

dos departamentos. El uno, que es hoy el salon de la Legislatura,

servia para el Tribunal de Justicia; el otro estaba destinado á

capilla: el ala izquierda tenia un cuarto pequeño en que yo dormia, y

adelante estaba el ministerio de Gobernacion, que desempeñaba Cendejas

en calidad de oficial mayor, por ausencia del Sr. Degollado.

El salon del Tribunal de Justicia era bastante espacioso: tendria de

veinte á veinticinco varas de largo, por diez ó doce de ancho. Lo

dividian, como en tres naves, columnas robustas y elevadas.

Antes de llegar á su término el salon, se abria una plataforma con

su balaustrada, gran dosel y vistosa sillería; á los lados de la

plataforma habia dos cuartitos de cuatro varas de ancho por seis de

largo, con ventanas que daban al segundo patio: en una de esas piezas

despachaba y en la otra dormia el Sr. ministro D. Leon Guzman.

Poco despues de las ocho de la mañana estábamos en la junta, en el

despachito del Sr. Juarez.

Al atravesar el corredor ví el patio, al que daba el sol en un lado; en

el resto habia fresca sombra, barrian y regaban el patio unos soldados;

dos caballos hermosos estaban atados á los pilares, sostén del corredor.

En la primera puerta que daba á la calle habia abocada una pieza de

artillería, que relumbraba con el sol; sobre la cureña estaba sentado

un soldado con la cabeza inclinada, y el escudo de su chaca tambien

reverberaba con el sol. Yo no sé á qué vienen estos detalles; pero me

caen de la pluma sin quererlo, y obedezco á ese impulso inmotivado.

Parece que veo á mis compañeros en el despacho del Sr. Juarez. Este se

hallaba con su característico frac negro, atento y fino como siempre:

junto de la mesa estaba Ocampo, Cendejas al frente, Leon junto al

balcon y yo á la izquierda de Ocampo.

Acordáronse varias disposiciones para proveer á la seguridad de la

plaza, pues se notaba alguna inquietud, y se consultó al general Núñez,

valiente jefe, distinguido caballero, pulcro como nadie y de una

fidelidad probada.

Era Núñez alto, delgado, moreno y ojos negros muy hermosos; su aliño

era tal, que le valia sátiras de sus compañeros de armas: ántes que

cuidar de su comida, cuidaba de que no le faltase en campaña su tina

para bañarse y sus útiles de aseo; siempre estaba elegante como para

asistir á un baile, jamás contradecia; sus objeciones eran tímidas, su

voz dulcísima; nunca se permitia palabra alguna descompuesta con sus

subordinados.

En el combate era Núñez temerario: parecia increible su trasformacion;

pero con el último tiro se disipaban sus iras, y era bueno y humano con

los vencidos.

Núñez habia sido llamado á la junta para la consulta de algunas

providencias militares.

Al terminarse la junta, el Sr. Juarez propuso se dirigiese un

manifiesto á la Nacion, diciéndole que nada importaba el revés sufrido,

y que el Gobierno continuaba con más fé y con mayor brío combatiendo,

hasta lograr la consumacion de la Reforma.

Como era muy frecuente en aquellos dias, yo fuí designado para redactar

el documento de que se trataba; y me disponia á obedecer, cuando se

abrió una puertecita excusada que tenia el despacho, y apareció el Sr.

Camarena, gobernador del Estado, diciendo que le habian venido á avisar

que el coronel Landa se habia pronunciado en el cuartel del 5.º y que

la tropa se disponia á marchar para palacio.

El Sr. Juarez dió órden al Sr. Núñez de que fuese á ver lo que ocurria,

y se volvió á nosotros continuando la discusion comenzada.

El Sr. Ocampo me dijo que no perdiera tiempo, y yo tomé unas plumas y

papel para irme á escribir á la casa de mi querido amigo Jesus López

Portillo, que veia como mia, donde me asistian y dispensaban mil

atenciones, y donde me podia aislar para trabajar, como lo hacia con

mucha frecuencia.

Es sabido que el general Núñez se dirigió al cuartel de Landa; que

allí encontró la guardia sobre las armas y rebelada; que vitoreó

al Gobierno; que le rechazaron; que intentó coger por el cuello al

oficial, y que un soldado que estaba detrás del corneta, le disparó un

tiro sobre el pecho, que le hizo bambolear, y no le produjo mal porque

la bala quedó engastada en el reloj que tenia sobre el corazon, en el

bolsillo del chaleco. Esta escena se ignoraba en palacio.

Mis compañeros quedaron en el despacho del Sr. Juarez, y yo salia con

mis útiles de escribir en la mano.

Estaba remudándose la guardia, habia soldados de uno y otro lado de la

puerta: por la parte de la calle, al entrar yo en el zaguan para salir,

se revolvian en tropel los soldados; á mí me pareció, no sé por qué,

que eran arrollados por una partida de mulas ó ganado que solia pasar

por allí: me embebí materialmente en la pared y me coloqué tras de la

puerta; pero volví los ojos hácia el patio, y ví ensangrentado y en

ademan espantoso, al soldado que custodiaba la pieza: gritos, _mueras_,

tropel y confusion horrible, envolvieron aquel espacio.

El lugar en que yo estaba parado era entrada á una de las oficinas

del Estado; allí fuí arrebatado, á la vez que se cerraban todas las

ventanas y la puerta, quedando como en el fondo de un sepulcro.

Por la calle, por las puertas, por el patio, por todas partes, los

ruidos eran horribles; oíanse tiros en todas direcciones, se derribaban

muebles, haciendo estrépito al despedazarse, y las tinieblas en

que estaba hundido exageraban á mi mente lo que acontecia y me

representaban escenas que felizmente no eran ciertas.

En la confusion horrible en que me hallaba, ví que algunos de los

encerrados conmigo en aquel antro salian para la calle impunemente: yo

no me atreví á hacerlo, pendiente de la suerte de mis amigos, á quienes

creí inmolados al desenfreno de la soldadesca feroz.

Los gritos, los ruidos, los tiros, el rumor de la multitud, se oian

en el interior del palacio. Como pude, y tentaleando, me acerqué á la

puerta del salon en que me hallaba y daba al patio, apliqué el ojo á la

cerradura de aquella puerta, y ví el tumulto, el caos más espantoso:

los soldados y parte del populacho corrian en todas direcciones,

disparando sus armas; de las azoteas de palacio á los corredores caian,

ó mejor dicho, se descolgaban aislados, en racimos y grupos, los presos

de la cárcel contigua, con los cabellos alborotados, los vestidos

hechos pedazos, blandiendo sus puñales, revoleando como arma terrible

sus mismos grillos.

En el centro del patio de palacio habia algunos que me parecieron jefes

y un clérigo de aspecto feroz....

Algunos me instaron á huir; á mí me dió vergüenza abandonar á mis

amigos. Luché por abrir la puerta.... la cerraba una aldaba que despues

de algun esfuerzo cedió: la puerta se abrió y yo me dirigí al grupo en

que estaban los jefes del motin.

A uno de ellos le dije que yo era Guillermo Prieto, ministro de

Hacienda, y que queria seguir la suerte del Sr. Juarez.

Apénas pronuncié aquellas palabras, cuando me sentí atropellado, herido

en la cabeza y en el rostro, empujado y convertido en objeto de la ira

de aquellas furias....

Desgarrado el vestido, lastimado, en situacion la más deplorable,

llegué á la presencia de los Sres. Juarez y Ocampo. Juarez se conmovió

profundamente; Ocampo me reconvino por no haberme escapado, pero

tambien hondamente impresionado, porque me honraba con tierno cariño.

Apénas recuerdo, despues de los muchos años que han trascurrido, las

personas que me rodeaban.

Tengo muy presente el salon del Tribunal de Justicia, sus columnas,

su dosel en el fondo. Estoy viendo en el cuartito de la izquierda

del dosel, á Leon Guzman, á Ocampo; á Cendejas, junto á Fermin Gomez

Farías; á Gregorio Medina y su hijo, frente á la puertecita del cuarto;

á Suarez Pizarro, aislado y tranquilo; al general Refugio Gonzalez,

siguiendo al Sr. Juarez.

Se habia anunciado que nos fusilarian dentro de una hora. Algunos,

como Ocampo, escribian sus disposiciones. El Sr. Juarez se paseaba

silencioso, con inverosímil tranquilidad: yo salia á la puerta á ver lo

que ocurria.

En el patio la gritería era espantosa.

En las calles, el Sr. Degollado, el general Diaz, de Oaxaca, Cruz

Ahedo y otras personas que no recuerdo, entre ellas un médico Molina,

verdaderamente heróico, se organizaban en San Francisco, de donde se

desprendió al fin una columna para recobrar palacio y libertarnos.

A ese amago, aullaban materialmente nuestros aprehensores: los gritos,

las carreras, el cerrar las puertas, lo nutrido del fuego de fusilería

y artillería, eran indescribibles.

El jefe del motin, al ver la columna en las puertas de palacio, dió

órden para que fusilaran á los prisioneros. Eramos ochenta por todos.

Una compañía del 5.º se encargó de aquella órden bárbara.

Una voz tremenda salida de una cara que desapareció como una vision,

dijo á la puerta del salon: "Vienen á fusilarlos."

Los presos se refugiaron al cuarto en que estaba el Sr. Juarez; unos se

arrimaron á las paredes; los otros como que pretendian parapetarse con

las puertas y con las mesas.

El Sr. Juarez se avanzó á la puerta: yo estaba á su espalda.

Los soldados entraron al salon.... arrollándolo todo: á su frente venia

un jóven moreno, de ojos negros como relámpagos: era Peraza. Corria de

uno á otro extremo, con pistola en mano, un jóven de cabellos rubios:

era Moret.... Y formaba en aquella vanguardia D. Filomeno Bravo,

gobernador de Colima despues.

Aquella terrible columna, con sus armas cargadas, hizo alto frente

á la puerta del cuarto.... y sin más espera, y sin saber quién daba

las voces de mando, oimos distintamente: "¡Al hombro! ¡Presenten!

¡Preparen! ¡Apunten!"....

Como tengo dicho, el Sr. Juarez estaba en la puerta del cuarto: á la

voz de "apunten," se asió del pestillo de la puerta, hizo hácia atrás

su cabeza y esperó....

Los rostros feroces de los soldados, su ademan, la conmocion misma, lo

que yo amaba á Juarez.... yo no sé.... se apoderó de mí algo de vértigo

ó de cosa de que no me puedo dar cuenta.... rápido como el pensamiento,

tomé al Sr. Juarez de la ropa, lo puse á mi espalda, lo cubrí con mi

cuerpo.... abrí mis brazos.... y ahogando la voz de "fuego" que tronaba

en aquel instante, grité: "¡Levanten esas armas! ¡levanten esas armas!

los valientes no asesinan....!" y hablé, hablé yo no sé qué: yo no sé

qué hablaba en mí que me ponia alto y poderoso, y veia, entre una nube

de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentia que lo subyugaba,

que desbarataba el peligro, que lo tenia á mis piés.... Repito que yo

hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije.... á medida que mi

voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba.... un viejo de barbas

canas que tenia enfrente, y con quien me encaré diciéndole: "¿quieren

sangre? ¡bébanse la mia....!" alzó el fusil.... los otros hicieron lo

mismo.... Entónces vitorée á Jalisco!

Los soldados lloraban, protestando que no nos matarian, y así se

retiraron como por encanto.... Bravo se puso de nuestro lado.

Juarez se abrazó de mí.... mis compañeros me rodeaban, llamándome

su salvador y salvador de la Reforma.... mi corazon estalló en una

tempestad de lágrimas......"

Ya supieron vdes., dije despues de unos momentos de silencio, la

historia de Guadalajara.... poco tiempo despues, recordamos aquellos

sucesos en este hotel, que vdes. creian encantado.

A mi regreso de la expedicion que he descrito, encontré en mi cuarto á

Manuel María de Zamacona, quien lleno de finura y atenciones, recordaba

nuestra amistad de veinte años.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 46 / 94 题