VIII

Conversaciones en la casa de Quintero.--El mercado.--Visita al

hospital de ancianos.

Yo no sé, me decia una señora respetabilísima y muy bondadosa conmigo,

de la casa de Quintero, no sé lo que hace vd. de su tiempo que por

ninguna parte se le encuentra. Antier lo buscamos á vd. para llevarlo

al Conservatorio de Música; anoche para el teatro de la Opera.

--Yo habia dicho á la señorita hija de vd., que no tenia grande interes

en ver el Conservatorio, porque propiamente era un circo.

--Mi hija no le supo contestar que estaba en un error. Es cierto que

á poco de construido ese edificio, que fué en 1853, los constructores

y dueños, Jorge C. Lawrason y el Sr. David Bindwell, que es ahora el

propietario único, lo abrieron, estrenándolo como circo la célebre

compañía Dan Rice; pero en 1854 se cambió en un regular teatro, y

desde entónces funge como tal.

La parte interior de este teatro tiene la mayor elegancia y es el

favorito de las señoras y los niños por sus espléndidas _Matinés_.

En tiempo de invierno se hace uso en ese teatro de un calorífero muy

_confortable_ y costoso.

--Yo no sabia ninguno de esos pormenores y me reservaba para cualquiera

otro de los teatros, particularmente el de la Opera.

--Pero el de la Opera ¿lo conoce vd? Es aquel situado entre las

esquinas de Toulose y de Bourbone.

--¿Aquel de gran pórtico con dos escaleras voladas en el centro, que

conducen á los patios de estilo frances?

--El mismo.

--¿Aquel en que vimos representar la caricatura aquella del yankee tan

papanatas, á quien tan apasionada se mostraba la criollita inteligente

y vivaracha?

--El propio.

--Yo lo creia el "Globo."

--No lo diga vd., porque se van á reir: el "Globo" es aquel edificio

que está entre las calles de Perdido y Barone, que me preguntó vd. si

era templo masónico y yo le dije que era un teatro en que se daban al

principio representaciones alemanas, y ahora se sirven de él varios

arbitristas y saltimbanquis. Ese al fin es un teatro de segundo órden.

--Todo consiste en que de esta calle de Barone no me acabo de formar

juicio: unas veces, se me aparece entre árboles frondosos, bordada de

alegres mansiones y de casas que anuncian opulencia; otras, como que se

descarría y enfanga, presentando tugurios de tablones desarticulados y

sucios, huroneras de negros, corrupcion y miseria.

--Ese inconveniente no tiene el Teatro de Variedades, que es precioso

y está situado entre las calles de Daufin y Borgoña: este teatro es el

sucesor del que estuvo en el sitio que ocupa la Bolsa del Algodon, de

que hablaba vd. con el Sr. Quintero dias pasados. El viejo Teatro de

Variedades fué destruido por un horrible incendio en 1854.

La obra del teatro actual, mereció á su arquitecto, Tom Place, el

título de celebridad de que disfruta. Ya ocuparé á vd. otra vez del

Teatro de San Cárlos.

--Pues siento infinito las molestias que vd. se ha tomado para que

viese los teatros, tanto más, cuanto que venia con una molestia para vd.

--Diga vd. en lo que le puedo servir.

--Deseo una licencia para entrar á visitar el Asilo de ancianos.

--Nada más fácil: aquel caballero á quien presenté á vd. el otro dia

con el carácter de mi consuegro, es el director del establecimiento.

--Espero recibir el favor de vd.

--Pierda vd. cuidado; envío á vd. el aviso dentro de dos ó tres dias, á

la casa de la Sra. Belloc.

--Muchísimas gracias.

* * * * *

Era muy frecuente en mí, en mis paseos matutinos, dirigirme _pian

pianino_ á la plaza del mercado frances, y no obstante tenerlo delante

de los ojos, y á pesar de que lo veia y lo reveia con la atencion

que jaque experimentado examina el cuaco que le proponen en venta,

sospechado de lacras ó malas mañas, no acababa, ni puedo bien á bien

calcar el tipo, por más que aliso el portapluma de tanto revolverlo

entre mis dedos, y por más que he aumentado con diez caritas, carritos

y rúbricas de pluma el intrincado laberinto de rayas que tiene mi

carpeta.... y aumento con todos mis alumbramientos difíciles, que por

fortuna son pocos, en obsequio de la verdad; y lo curioso es que nada

me parecia más fácil.

Constituye el mercado, el tráfico establecido en las calles de Dios,

y en un cuadrilongo irregular embutido entre esas calles y el rio

Mississippí, que ondea y como que invade el terreno de la _Leveé_ para

dar animacion al cuadro.

En el centro del gran recodo que hace la calle, ó mejor dicho, la

continuidad de calles que á guisa de portillos, tiene avenidas por

callejones y vericuetos para el barrio frances, se levantan tres

inmensos jacalones que se apropian el nombre de mercado, y son de

pilares de ladrillo, pavimento de losa y techos de pizarra.

Las aceras que forman fronteras al espacio en que están los jacalones,

se hallan sombreadas por tendidos tejados, sobre banquetas no muy

amplias, con puestos continuos de ropa hecha, mercería ordinaria,

sombreros, zapatos, estampas, canastos, hilo, agujas y botones, platos

y tazas, cristales, cubetas y escobas.

En el fondo, es decir, en las casas del edificio, hay tiendas,

oscuros almacenes en que arde el gas, _bar-rooms_ y cafés que son una

temeridad, con figuras de esas tremebundas, abigarradas, de esas que

solo vemos en los grabados en madera de las novelas patibularias.

Pero donde la vida se concentra; lo que constituye dia á dia un

espectáculo interesantísimo para el viajero; lo que cambia como

caleidoscopio y no puede sorprender para fijar la pluma, es cada uno de

aquellos jacalones, porque cada uno es una abreviatura del globo y una

torre de Babel.

Dos de los jacalones son contiguos; el otro se aparta á un lado para

arrimarse á la _Leveé_ ó rambla de madera que está junto del rio, y en

que se hace la descarga de los buques.

Cada jacalon ó galera forma en su interior un cuadrilongo, y los

pilares que lo sustentan hacen varias naves. En los lienzos, ó mejor

dicho, los claros que dan á la parte exterior, los puestos corridos

son cantinas, mostradores en que se sirven _thé_, café, _bifteks_ con

diversas salsas, papas, y en una palabra, desayunos con sus licores _de

ocultis_.

Las carnes se exponen con suma limpieza en una de las galeras, en

mostradores forrados de zinc, que se lavan constantemente.

En otra de las galeras forman angostas calles, se hace un laberinto de

entradas y salidas formado por los puestos de semillas, de legumbres,

de verduras, de frutas y de cuanto se puede imaginar para regalo y

contentamiento del estómago.

Allí, al frente de cada puesto, se marcan y ostentan las diferentes

nacionalidades, en toda su pureza nativa.

La francesa con su justillo, su enagua rabona, su falla y su empaque

á la Mad. Angot; la italiana con su chaqueton negro, su casquete de

sarga y su enagua burda, grandes ojos, tez morena; la española con

su ahogador y su peineta; la negrita con su cabeza rizada, su cuello

esbelto, su cintura breve y su ancha cadera; la cuarterona voluptuosa,

de ojos negros y rasgados, color apiñonado, y labios carnudos y

sensuales; y en cuanto á la parte masculina, charlador y afectado el

frances; desgobernao y diciendo desvergüenzas el español; caricato

y zandunguero el negro; insolente el yankee; austero y taciturno el

inglés, y todos unidos por la tremenda confraternidad del _whiskey_.

El otro de los jacalones á que llaman Bazar, contiene lienzos, objetos

de mercería, trastos y una miscelánea inclasificable.

Pero berzas, lienzos, frutas, trastos y comestibles no fueran sino de

las más ó ménos decoraciones de un teatro, si no las animara un gentío

tal, que parece que la poblacion entera se desaloja de donde asiste,

para darse cita, confundirse y alegrarse en el mercado.

Mujeres albeando con su _garzolé_ calado y sus grandes canastos al

brazo, señoras acompañadas de sus cocineros y cocineras, haciendo

sus provisiones, patronas de los _restaurants_, casas de huéspedes y

hoteles, cocineros de alto rango, vistos como en una reunion literaria

Víctor Hugo, ó Rostchild en una tertulia de banqueros, mensajeros,

agentes, _corre-ve y diles_, cargadores, carretoneros, intrusos y

mendigos.

La proclamacion de los efectos en todos los tonos y en todos los

idiomas, risas, riñas, lágrimas, juramentos, invitaciones y requiebros,

todo estalla á la vez, y serpea, y corre, y se subdivide en ramales,

perdiéndose en calles y callejones, que hemos dicho forman las avenidas

del mercado.

Y como el esmero de los buenos platos no se abandona al cuidado de

la cocinera, y como la importancia de la cocina es signo infalible

de los avances de la civilizacion, al mercado concurren señoras de

alto coturno y ricos de buen diente, hacendosas madres de familia y

gastrónomos reglistas que tienen en la uña cuáles son las mejores

alcachofas, de qué hongos se debe desconfiar, de dónde son los mejores

ostiones, y si el marisco no se pescó á su tiempo y no se ha traido con

el debido cuidado.

En los afueras de los jacalones y hasta contra el envigado de la

_Leveé_, se prolongan las callejuelas de los puestos, bajo toldos,

lienzos y tejados, circulando en todos esos vericuetos el gentío,

siempre con la misma agitacion.

Pero aunque el mercado es espléndido, aunque incalculable su riqueza y

aunque curiosísimo su conjunto, está muy distante de merecer el primer

lugar en los Estados-Unidos.

Sin quererlo, recordaba yo el mercado principal de San Francisco,

con su piso de mármol, sus fuentes y sus percheros, en que estaban

expuestos pollos y gallinas, guajolotes y patos, vendiéndose por libras

y presentando un aspecto raro sus picos colgados hácia abajo, sus

blancas y salientes pechugas, sus alones cortos de sisa y los haces de

sus patas asidas á luengas alcayatas.

De todos modos, es muy justa y merecida la alta reputacion que tiene el

mercado frances de Orleans....

Al salir del mercado, ví al rayo del sol, aisladas, sucias, como

esperando su clasificacion, entre los intestinos de res y las tortugas,

unas indias (Natches del lago Pontchartrain), enmarañadas, abyectas y

harapudas, vendiendo un polvo verde y unas yerbas desconocidas.... Un

amigo me dijo: "_Vea vd. el porvenir de nuestros indios en una invasion

americana._" Esto me puso de pésimo humor.

El mercado antiguo se destruyó por un huracan en 1812, y el moderno

se construyó el año de 1813, siendo el arquitecto D. J. Piernas,

sobrestante entónces de la ciudad, y sacando de costo treinta mil pesos.

Desde un principio se marcó cada edificio ó galera, para el objeto

determinado que hoy tiene: uno para verduras, otro para la carne y el

del centro ó _bazar_, para la lencería, mercería y miscelánea que ya

hemos indicado.

Además del mercado frances, hay nueve más en la poblacion, siendo los

más notables el de _Poydrás_, el de la segunda calle de Santa María y

el de Magazine.

* * * * *

Una tarde, cuando más nos agobiaba el fastidio, recibimos Alcalde,

Lancaster y yo atenta invitacion para visitar el Asilo de ancianos, que

está en uno de los extremos de la ciudad, al cuidado de unas religiosas

cuyo nombre no recuerdo en este momento.

Con la familia afectuosa que nos convidaba iba J. A. Quintero, siempre

fino y caballeroso cuando se trataba de nuestras personas.

Dirigímonos al Este de la ciudad: por donde la poblacion escasea, se

tienden grandes trechos en que ha crecido la yerba y verdeguea el

césped, y despues de recorrer una dilatada tapia, nos detuvimos en una

puertecita pequeña con su zaguan y un segundo porton, desde donde por

una ventanilla se descubrian los arbustos y las flores de un jardin

interior.

Algunas religiosas salieron á recibirnos, siendo corteses en sus

maneras, despejadas en su conversacion y atentas al extremo.

Penetramos al interior del edificio, que es un extenso jardin, en el

centro de una especie de escuadra formada de las altísimas paredes del

Asilo.

El edificio tiene cuatro corredores prolongados y estrechos, y por

ellos se transita á secciones ó piezas en que se alojan los ancianos.

El edificio estaba en construccion: de ahí es que su color era el de la

mezcla, y lo hacia un tanto austero y sombrío.

En el jardin, y siempre aislados, percibimos á algunos ancianos, que

leian libros ó periódicos en silencio profundo.

Nos vieron pasar aquellos caballeros con indiferencia profunda.

Como es costumbre en esos establecimientos, se nos mostraron las

oficinas de la casa en perfecto arreglo, la despensa y los almacenes,

la lavandería y la cocina.

Siempre los que muestran tales establecimientos como adheridos á ellos,

se apasionan, hacen su apología, como si llevaran la segunda mira de

que nos quedásemos allí; lo que no siempre es muy divertido para los

visitantes, tratándose, por ejemplo, de un panteon, de una casa de

locos ó de establecimientos de este género.

Los pisos interiores del edificio están destinados á los hombres.

En ellos no habia bulla; pero se conversaba entre aquellos hombres

llenos de canas, enfermos, medio ciegos: habia todas las auroras del

aniquilamiento y de la nada; pero era lucha, era la pared cuarteada,

pero en pié; el tronco sin ramas y sin hojas, con la corteza carcomida,

pero conservando la figura del árbol.

Dimos un paso más y ya el cadáver estaba haciendo desaparecer al

hombre; el pómulo saliente, el ojo hundido, el cabello.... agitándose

por hebras.... las líneas del cráneo acentuándose, la voz de tiple, la

boca desdentada....

Y en aquella exposicion de mómias, y en aquellas calvas, y en aquel

harapo de gente, caia la dulzura de la caridad, como una reminiscencia

para aquellas entidades náufragas, en que se borraba hasta el recuerdo

de la especie humana.

Mis compañeros aprovechaban el tiempo, informándose del número de

personas que sostenia el establecimiento, sus fondos y sus reglamentos.

De mí se apoderó invencible tristeza: me reconcilié con la muerte, la

veia sonreir, la consideraba como una redencion; aquella agonía de vida

me parecia un silencioso y terrible suplicio.

Ascendimos á la segunda seccion, al departamento de las ancianas.

Allí encontramos mayor esmero en los cuartos, más resignacion en los

semblantes.

Las mujeres más jóvenes tendrian setenta años: aún alguna arreglaba

su pañuelon; alguna andaba recta y sin auxilio de baston; pero fuimos

penetrando en las piezas interiores, hasta llegar á limpísimos lechos,

en que habia mujeres de ciento diez, y una de ciento veinte años.

Aquel espectáculo me espantó verdaderamente: mujeres casi perdida la

conciencia del sér, custodiando su cadáver, sin oido, con la vista

anublada, la voz débil, el movimiento torpe.... sobre los blancos

lienzos del lecho marcándose las líneas delgadas del esqueleto

espantoso.

Y aquel pugnar por levantar el cuello, sostenido, adherido por una tira

de pergamino llamada cuello, al cráneo; y aquella falla carnavalesca,

ironía terrible sobre la mal disimulada calavera.... Yo no pude

soportar.... no pude.... me salí al comedor, y pegué un frentazo á uno

de aquellos aparadores, presa de una profunda emocion.

¿Qué es la hermosura? ¿qué irrision de vida es esta en que su

prolongacion es el escarmiento y como la expiacion? El polvo, la

disolucion, pero el remedo de una inmortalidad de idiotismo, de

impotencia. Esta infancia del cadáver.... es espantosa, mucho más

espantosa que la muerte.

Me sacaron de mi profunda meditacion ancianas que llegaban al comedor

en tropel, á recibir su colacion vespertina.

¡Qué fisonomías náufragas en mares de arrugas y frunzones! ¡qué

partículas de dientes amarillos! ¡qué brazos como descoyuntados

de la muñeca, con ramales de dedos hácia abajo! ¡y aquellas bocas

deshuesadas, bolsudas, soplando una risa helada....! Ni el sueño del

reo de muerte de Víctor Hugo; ni las brujas de Macbet de Shakspeare,

nada ha sido para mí como aquello: la danza de la muerte, la orgía del

esqueleto, la fuga de la tumba, la renuncia al no ser, el fraude al

gusano.... Horrible....! horrible....!

Y lo más horrible es que ya no eran viejos y viejas: era la vejez;

el _yo_ mio, muriendo en efigie en el _yo_ de aquellos; era una

alucinacion en que yo desterrado, yo viejo y sin arrimo, me veia

y me sentia en aquella espantosa huelga de los habitantes de los

sepulcros.... ¡Los muertos tenian los ojos abiertos y remedaban

imperfectamente á los vivos!

Salíme al corredor. La disposicion de mi ánimo me hacia ver de un modo

injusto aquella institucion y aquellos mismos cuidados filiales de las

hermanas.

Aunque no es absoluta la reclusion de los asilados, yo siempre creo

que en la edad de la decrepitud, sobre todo, los cuidados de familia,

la concurrencia, la comunicacion de los recuerdos, podia ser y debia

ser el gran lenitivo de la decadencia; pero esa tertulia de osamentas,

esa contemplacion recíproca de destruccion, esa sociedad de cadáveres,

esa espectativa de muerte, debe ser horrible....

En cuanto á los chiqueos de las casas monásticas, yo no sé por qué me

parecen siempre de estampilla; siempre la misma risa mística y la misma

alegría con reservas; siempre la misma solicitud de órden suprema; la

ternura de reglamento. Digo que esto me parecia: las cosas deben pasar

de otra manera.... Yo no tengo razon tal vez: á mí aquella atmósfera me

ahogaba.

Lancaster, que bajo de cierta corteza de frialdad, es hombre de corazon

muy entero y generoso, se habia aislado meditabundo. Alcalde estaba

en el centro de aquellos infelices, con los ojos llenos de lágrimas,

viendo á aquellos á quienes las hermanas llamaban muy dichosos.

Una de aquellas mómias nos seguia tenazmente; ella, como las demás, no

pedia, no importunaba.... le preguntó Alcalde á la mujer que iba en su

pos, si estaba contenta.--Respondió que sí.--Yo le pregunté: "¿De dónde

es vd.?"--"De México," nos contestó con marcada satisfaccion.

--De qué parte de México?

--De la calle del Reloj, cerca de la de Arsinas y las Moras.

Yo me acerqué y le dije.... en voz imperceptible:

--Quisiera vd. volver á su tierra?

Y como galvanizada por mi pregunta, se erguió y me dijo:

--Con toda mi alma, señor, con toda mi alma......

En medio de aquella procesion de esqueletos, visitamos la capilla:

la luz moria; las ventanas del templo remedaban ojos al cerrarse; el

piano, oculto en los anchos pliegues de la sombra, suspiraba notas

quejosas, como escapadas de una region misteriosa y desconocida....

las religiosas, de rodillas, frescas y juveniles, parecian encargadas

de vigorizar la súplica de la humanidad aquella, que esperaba un soplo

para volverse polvo.... mi mente ardia en Dios y en la contemplacion

del infinito, desertando á la constitucion perecedera del mortal.

Al pasear la vista á mi alrededor, me parecia que yo mismo vacilaba

entre si aquellas gentes acababan de resucitar ó hacian su plegaria

última para dormirse en la muerte....

¡Oh, qué tarde la del Asilo de ancianos! ¡qué aparicion tan tremenda de

mi vejez! tenia necesidad de aire.... de palpar la vida.... aquel no

era un asilo, era un panteon de vivos......

Las personas que me acompañaban hicieron sábias reflexiones sobre aquel

establecimiento benéfico, sobre la delicada prevencion, los sagaces

cuidados y la piedad cristiana con que se habia atendido á todas las

dolencias, á todos los achaques y debilidades de la edad decrépita....

Se dijeron cosas bellísimas.... pero yo me embrutecí, me cerré

de mollera.... y me animalicé al extremo al tratar del Asilo de

ancianos......

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 29 / 94 题