VIAJE DE FIDEL

_LIT. H. IRIARTE, MEXICO_

Calle del Canal.

N. ORLEANS.]

Cada quien estaba á su negocio, y las secciones de trabajo se hallan

perfectamente caracterizadas.

Aquí, papeles en todos los idiomas; más allá disputas sobre mejoras

materiales ó cuestiones científicas; aquel chico despabilado y

elegante, con cómicos, danzantes y corredores de caballos; y acá los

políticos, los comentarios de los actos del gobierno, las noticias de

sensacion.

En una esquina de aquella mesa habia un anciano de cabello hirsuto;

mejor dicho, de una explosion de blancos cabellos sobre su frente

calzada y llena de surcos: ceja tendida, ojos pequeños, una máscara de

cabello por barba, burdo paletó.... aspecto rudo.

Aquel anciano discutia con uno en español, con otro en frances,

con varios en inglés, con el de más adelante en italiano, diestro,

sarcástico, pero á todas luces un hombre eminente, que cautiva con su

grandeza de carácter y su elocuencia.

Yo me enamoré incontinenti de aquel noble viejo, y hoy es de mis

mejores amigos.

Estaba realmente como payo en zarzuela francesa, sin hablar, sin

preguntar por nadie, deslumbrado con los numerosos picos de gas que

ardian pendientes del techo, contra las paredes y sobre las mesas,

cuando ví venir hácia mí un hombre que habia estado escribiendo en

mangas de camisa, con un lápiz como tranca en la mano, y que á sus

lados y sobre su cabeza, arrojaba de cuando en cuando, como erupciones,

cuartillas de papel.

Aquel hombre era José Agustin.

Enorme cabeza, cuello corto, moreno concentrado, anchas espaldas,

chaparro y de una mirada que es todo un desencadenamiento de pasiones,

de afectos y de ternura generosa.

En aquel abrazo que confundia nuestras almas, sentia la patria, la

familia y la sociedad de cuanto más ama mi corazon.

Como cuando se quiere bien todos los dictados nos parecen pocos

para hacernos amar de los demás, José Agustin me presentó con sus

compañeros, con títulos de honor que realmente me hubieran avergonzado;

pero lo más gracioso del cuento es que aquel anciano los repetia con un

entusiasmo juvenil, cuando no me conocia sino de nombre, y por haber

leido y releido mis versitos.

Aquel caballero era M. Demitrith, uno de los hombres más eminentes de

los Estados-Unidos, y de quien hablaré detenidamente.

A las dos palabras era yo dueño, como suena la palabra, de Agustin,

de su casa, manifestando placer y orgullo en poner á mi disposicion

sus fondos, que son los que adquiere con su asíduo trabajo, y

trasluciéndosele el regocijo de que pudiera disponer de ellos.

Sagaz como una querida, previsor y bueno como un padre, abierto y

sincero como un amigo, Quintero me formó una atmósfera de goces y

consideraciones que jamás olvidaré.

En un _tris tras_ garabateó Agustin por toneladas cuartillas de papel,

soltó el lápiz, nos despedimos de los amigos y corrimos al hotel de San

Cárlos á saludarnos, ó mejor dicho, á bautizar aquella nueva era con la

copa en la mano.

El hotel de San Cárlos es el mejor y más opulento de Nueva-Orleans.

En la parte baja, que es un espacioso salon circular, está la

elegantísima cantina, dos expendios suntuosos de tabacos, entradas para

baños y otras dependencias.

Fuera de ese salon, y en una especie de pórtico, están las escaleras

que ascienden á un descanso volado ó galería que da á la calle, y de

ese descanso conducen otras escaleras, entre columnas gigantescas,

por pavimento de mármoles y alfombras, al salon del despacho y

comunicaciones con las galerías del hotel.

En el segundo piso, siempre bajo bóvedas sostenidas por altas columnas

de cantería, recibe al viajero un extensísimo salon alfombrado, lleno

de espejos, con magníficos pianos, sofaes y sillones de régia mansion.

De cada uno de esos pisos parten dilatados corredores alfombrados

y adornados con candiles de bombillas de gas. Los tránsitos dan á

cuartos aislados, á viviendas y á cómodos departamentos, en que las

familias tienen, por precios convencionales, cuantas comodidades

pueden apetecer: el gasto en general por persona es de cuatro pesos

cincuenta centavos: en nuestro hotel pagábamos veinte realillos, sin

los _extras_, que son una _ganga_.

Los primeros tragos entre Pepe (porque así llamamos á Quintero

en familia) y yo, desataron esa conversacion deliciosa, con una

interrupcion á cada palabra, que gira al acaso, y sin trabazon ni

ligadura, de los versos á los viajes, de éstos á las recetas de cocina,

y salta á las muchachas, y se caracolea entre juicios literarios,

paseos, crónica escandalosa y altas cuestiones sociales; conversaciones

á pierna suelta, sin piés ni cabeza, sin ortografía conocida. Vamos! mi

delicia, porque yo soy antípoda de los graves en todas materias, sin

duda porque entre ellos me he encontrado siempre á los más serenados

brutos y á los más redomados pícaros que he tratado en mi vida. Una

naturaleza monótona y uniforme, sin sus granitos de locura, es perversa

en el fondo, por regla general. Bienaventurados los que no encuentran

en su camino hombres ó mujeres sin defectos.

Quintero me llevó á su casa, situada en el barrio frances, barrio

achacoso, interminable, limitado el horizonte de sus calles por

tejados extensos y de tan vária y abigarrada poblacion, que necesita

describirse especialmente.

Las calles en general son oscuras, y en las noches, lóbregas y casi

desiertas, sin más interrupcion en la oscuridad de las aceras, que los

_bar-rooms_ y fondas, los expendios de ostiones, y pastelerías, uno

que otro club y un deshilache de jacales, _tabucos_, cuchitriles y

huroneras, que van entre lodazales hasta la orilla del rio, que parece

que ha enturbiado sus aguas adrede para no ver tanta indignidad de

mugre, tanta profanacion de la piel humana, tanta California de basura

y de fango, tanta injuria de los cinco sentidos como se amontona en sus

desventuradas orillas.

Quintero, desde la puerta de su casa, volvió á dejarme en mi posada, no

sin cita para todas sus horas libres.

Subia meditabundo y mústio los callejones que conducen á mi reducida

morada, cuando topé de manos á boca con Joaquin Alcalde, que habia

hecho una excursion solitaria y llegaba henchido de fealdades y

desengaños de la parte de la ciudad que habia recorrido.

No obstante el mal humor que se columpiaba de las fruncidas cejas de

Joaquin, me dijo que subiésemos á mi cuarto á comunicarme, como lo

hacian todos mis compañeros, las noticias que adquirian y podrian

servirme para mi Viaje.

Me dijo respecto de hoteles, que el Metropolitano tiene una excelente

fonda francesa en que se sirve con esmero y limpieza, así como en la

fonda de Moses, calle del Canal; me habló de los hoteles de San James,

y en cuanto á _restaurants_, me citó el de _Moreaud_, el de _Víctor_,

el de _Jhon_, el de _Antoine_ y el de _Denechaud_.

En el hotel frances, continuó, hay cafés á la usanza nuestra y á la

americana, en casi todas las cuadras.

Hay cerca de veinte clubs; pero los más prominentes son: Boston,

Pickwick, Shakspeare y Jokey-Clubs.

Aquí dejo á vd. lo qué he traducido, siguió Joaquin, relativo al Hotel

de San Luis, hoy casa de Estado, y que compitió en un tiempo con el

Hotel de San Cárlos:

"El Hotel de San Luis se construyó en 1841, siendo por muchos

años uno de los mejores hoteles del Sur.

"En este edificio, el pueblo de Nueva-Orleans, en el invierno

de 1842, hizo espléndida recepcion á Mr. Henry Clay, con todo

el refinamiento de lujo que le fué posible.

"En la sala de baile se reunieron, en 1843, para reformar la

Constitucion del Estado, los hombres de mayor influencia,

poder y talento de la Luisiana como Jhon R. Grimes, Pierre

Soulé, Cristian Roschins, Roman, Dowis, Curtis, Brent,

Marigny, Conrad, y otros distinguidos caballeros, literatos,

hombres de Estado y patriotas.

"Su elegante rotunda sirvió de Cámara de Comercio y Lonja,

para los _meetings_ de los _Wigs_ y demócratas, y reuniones

con objetos de beneficencia.

"Años despues de servir para tan nobles objetos, se convirtió

en casa de Estado."

--El edificio, me dijo Joaquin despues de concluir la lectura, es aquel

de la calle de San Luis, entre Chartres y Real.

--Ya recuerdo: grandioso, con las puertas cerradas y con muchos negros

en la banqueta.

--El mismo.

--¿Sabe vd., Joaquin, que entre esos hombres que reformaron la

Constitucion, los hay muy recomendables?

--Ya se ve que sí. Grimes, por ejemplo, era un abogado distinguido,

un patriota eminente, que se alistó como voluntario en 1815, y como

ayudante de Jackson prestó servicios á la patria con las armas en la

mano; por último, fué uno de los más elocuentes oradores de la Union.

--Curtis tambien era hombre superior, y basta leer cualquiera de sus

obras para cerciorarse que era muy digno de figurar en aquella notable

asamblea.

--Yo con quien tuve buenas relaciones de la manera más casual, fué con

M. Pierre Soulé, frances de orígen, y uno de los hombres más simpáticos

que he tratado en mi vida. Si no fuera tan tarde, yo le contaria á vd.

algo de Soulé.

--Venga el párrafo, dijo Joaquin, y ocupando cada uno de nosotros dos

sillas, es decir, medio tendidos en una y apoyando el brazo y parte de

la espalda en otra, así comencé mi narracion.

Dábase sus verdes en el Abril de sus dias el año de 1859: una comision

del gobierno, unida á mi reconocido miedo al vómito, me habia hecho

atravesar la playa y trabar conocimiento con el puerto de Alvarado, en

donde encontré á Hernandez y Hernandez Pancho, de viaje para el otro

mundo por causa de una fiebre que le dejó sin cara en que persignarse.

En un falucho incómodo y movedizo como una anguila, pero amplio y

capaz, emprendí mi viaje para Tlacotalpam, donde la familia Ituarte,

Carballo, Celeski y un clérigo distinguidísimo discípulo de D. Alberto

Lista, me dieron dias muy agradables.

La tripulacion de nuestra canoa pretensiosa, era de gente pobre, es

decir, jarochos disputadores y despiertos, de pantalon blanco, banda

encarnada y sombrerillo de paja; y jarochitas de enagua ampona, mascada

escarlata, rebozo terciado al desgaire y cachirulo empinado con piedras

y perlas falsas. No faltaban sus comerciantes llenos de desenfao,

con sus tabaquillos del grueso de una tranca, llevando al hombro las

chaquetas para que se dijese que iba allí gente decente. Entre esos

comerciantes iba uno de la casa de mi amigo Carlin, muy afecto á la

contesta formal y á los versos.

En la popa del falucho, dándome la espalda y con la vista al claro de

mar que se percibia á lo léjos, se destacaba un bulto negro, ó más bien

dicho, iba un hombre embozado en una amplísima capa, cosa rarísima

por aquellos lugares, con un sombrero de ala ancha que caia sobre los

bucles de un cabello de ébano, que se mecian sobre sus hombros.

Vd. no conoce al Teloloapam; es el rio amplio y cristalino, limitan su

horizonte espesas arboledas y cortinajes de yerba, que cuelgan de las

ramas de los árboles y forman caprichosos cortinajes.

Entre los muros de verdura de las orillas y entre el ramaje de las

flores acuáticas, se ven parvadas de blancas garzas y multitud de aves:

como zafiros, topacios, jacintos y diamantes, vuelan los insectos,

despidiendo entre el follaje relámpagos de luz.... en los recodos que

forma el rio, se albergan por millares las chachalacas, que aturden

con sus gritos y remedan tumultuosas las voces humanas.... y en las

noches, de entre aquellos macizos de sombra, de aquellas ramas y de

aquellas aguas, saltan en explosion, se extienden y derraman millares

de luciérnagas que forman remolinos de partículas de luz, de luceros,

entre las que parece nadar el cocuyo, cuya luz fosfórica, tendiéndose

en la superficie, hace como si fueran las aguas, vertientes de nítidas

estrellas.

Eran las últimas horas de la tarde; la luz realzaba como un fondo ó

una plancha de oro espléndida; el ramaje de los árboles se destinguia,

produciendo esos abismos de brillo, esas irradiaciones caprichosas,

esos columpios de llama, esos calados de hojas y reverberaciones que

se ven y que desesperan porque no se pueden explicar, como si Dios nos

dijera: "Esta revelacion sublime de mi existencia, esta intimidad entre

lo que yo produzco y tu alma siente, guárdala tú solo en tu corazon."

Yo contemplaba absorto aquel cuadro, y al bulto negro sin duda le llamó

tambien la atencion, porque le ví que se puso de pié dando su frente al

Ocaso, y marcándose su figura como rodeada de luz, como en un marco de

oro.

Entónces contemplé su fisonomía, que revelaba de luego á luego al

hombre extraordinario. Era aquel rostro la fusion de los tipos de

Mirabeau y de Danton, pero embellecidos y como dulcificados por una

mirada que encerraba todas las tempestades, entre los destellos de los

afectos generosos.

Atlético, moreno, con el pelo dividido en la medianía de la anchurosa

frente, cayendo sedoso en negros rizos sobre sus hombros, ojos negros

que abria iluminando y que cerraba como sujetándonos y poniéndonos á su

discrecion, como el puño de una mano de hierro.

Sin cuidarse mucho del personaje que á mí tanto me preocupaba, uno de

nuestros amigos me suplicó leyese unos versos que habia recitado en

Veracruz en la casa de mi querido amigo Dr. German Brendt, alusivos á

las desdichas de mi patria.

Leia mis versos con cierta emocion, por las circunstancias que me

rodeaban, y no sé si con cierta vanidad, para que me escuchase el

extranjero, aunque tenia mis dudas de que supiese castellano. De

pronto, é interrumpiendo mi lectura, dijo el desconocido: "_Más

despacio_," con marcado acento frances; yo obedecí sin réplica, y él se

volvió hácia mí, oyendo con suma atencion: cuando terminé mi lectura,

los amigos palmotearon, y él, de pié como estaba, se inclinó y me

abrazó la cabeza con profunda emocion.

El personaje no era otro que Mr. Pierre Soulé, una de las figuras más

prominentes entre los hombres de los Estados-Unidos.

Nacido en Francia en 1800, en muy temprana edad se dió á conocer en

el foro y se abrió paso en la prensa redactando el _Enano Amarillo_;

perseguido y multado por el gobierno frances, emigró á Puerto Príncipe,

donde cobró viva aficion por Cuba y la causa de sus libertades.

Partió de Puerto Príncipe para Orleans en el mismo buquecillo de vela

que conducia á otro muchacho aventurero que se dirigió á México, y

andando los tiempos fué el general D. Adrian Woll.

En Orleans, sin relaciones, sin recursos, sin el más ligero

conocimiento del idioma, pero dotado de indomable energía de carácter,

se metió de jardinero en un convento y salió de allí poseyendo

admirablemente el idioma de Shakspeare, aunque conservaba siempre el

acento frances.

En medio de las agitaciones que sufria la Luisiana, se hizo oir su voz

elocuentísima, fijó la atencion pública, y en brazos del favor popular

fué conducido á la legislatura primero, y despues al Congreso de la

Union.

Venciendo en audacia al yankee, su palabra era temeraria en ciertas

ocasiones. Vindicando á López por la expedicion de Cuba, dijo que López

habia hecho más que Washington; pero que ellos no le admiraban porque

eran los serviles adoradores del Dios Exito.

¿Cómo no contar con su corazon generoso, la causa de Cuba? ¿cómo no

reverberar en su alma la gran doctrina de la autonomía de los pueblos?

¿qué mayores seducciones puede tener el derecho que tratar del conjunto

de las libertades del hombre?

Los representantes de la causa de Cuba, como Santacilia; los mexicanos

Uraga y Trias; los aventureros como Wolker, eran de la tertulia de

Soulé y éste no perdia ocasion de mostrar sus simpatías á la causa de

Cuba y de México.

Cuando la célebre expedicion del _Marqués de la Habana_, se escuchó la

voz de Soulé en defensa de nuestra patria.

Soulé iba á San Andrés Tuxtla á la casa de M. Próspere Legrand, á donde

yo me dirigia.

Viviamos juntos, recibiendo ambos la generosa hospitalidad de la

familia Legrand, que se empeñaba en hacernos comprender que recibia

favor con servirnos y mimarnos.

¡Cómo ha quedado en mi memoria grabado aquel carácter noble! ¡qué

grandeza de alma! ¡qué riqueza de erudicion! ¡qué espontaneidad de

elocuencia!

Habia un punto en que siempre estábamos en desacuerdo y que era una

verdadera mancha en el sol de su inteligencia: los negros! El decia que

lo mejor á que podia llegar un negro era á ser esclavo de un blanco;

por supuesto yo me sublevaba contra la blasfemia social, y Gabrielita,

una preciosa niña de Legrand, de ocho á nueve años, venia á ponernos en

paz con sus chistes y monerías infantiles.

A la espalda de la casa de M. Legrand hay un amplio corredor que da á

un pequeño, pero primoroso jardin.

En ese corredor, frente á una mesita en que se nos servia café,

pasábamos las horas de la noche, unas veces acompañados de la familia y

otras solos.

En una de esas noches tibias, aromáticas, apasionadas y sentimentales

de la costa, hablé á Soulé de su ruidoso lance como embajador de los

Estados-Unidos en Madrid; nombramiento debido al esfuerzo de los

cubanos, entre los que descollaba por sus talentos é importancia Pedro

Santacilia.

La luna brillaba apacible; el aire embalsamado corria fresco como

vertiéndose en la atmósfera ardiente; á lo léjos se escuchaba la

imponente respiracion del mar.

Soulé hablaba: "En Madrid disfruté grandes satisfacciones; llevaba

en mi cabeza mil proyectos; me sonreia y me apasionaba la idea de

contribuir á la independencia de Cuba. Cuba se me aparecia como una

hermosísima cautiva, tendiendo á mí sus brazos y pidiéndome su libertad.

Entre las muchas tertulias á que fuí invitado, ninguna me pareció más

espléndida que la dada en la casa del Baron Turgot.

El lujo, la concurrencia selecta y los accesorios del festin

espléndido, correspondian al alto renombre del nieto del gran

financiero frances.

Me presenté al baile con mi familia, compuesta de mi esposa y de

mi hijo, que tendria entónces veinticuatro años. Ibamos vestidos á

la rigurosa moda americana, corregida por los recuerdos de nuestra

educacion europea.

A los pocos momentos de estar en el baile, corrió en la opulentísima

estancia algo de siniestro, un estremecimiento eléctrico, los rostros

vueltos á una de las puertas me advirtieron que algo pasaba: detrás de

la espesa fila de cabezas, tocados y plumas que cegaba la puerta, ví

atravesar precipitadamente á mi hijo con mi señora del brazo.

Apartando la concurrencia, los seguí veloz, entré con ellos en un coche

y en casa me informé que al pasar bailando mi señora frente al duque de

Alba, le habia ridiculizado su tocado, y habia habido risas que cayeron

como una saliva en el rostro de mi hijo.

Nos dirigimos yo al baron Turgot y mi hijo al duque, pidiendo

imperiosamente una reparacion del ultraje; propusiéronse medios de

transaccion y avenimiento; se interesó lo más florido de la corte en

la reconciliacion; todo fué en vano: el orgullo lastimado ciega; las

injurias hechas á las personas que amamos, nos hieren en lo más vivo;

nos parece que el que se degrada á ofender á nuestra señora, es fuerza

que lo veamos de rodillas ó muerto á nuestros piés.

Ajustáronse los dos duelos á la vez: el mio deberia ser á la pistola,

el de mi hijo á la espada: propusiéronme la distancia de cuarenta

pasos; yo expuse que aquello era demasiado cobarde; es decir, añadí,

muy cobarde; yo soy americano: será á veinte pasos. Y así se estipuló.

Durante los arreglos de este duelo, como si hubiese sido convenido,

evitamos mi hijo y yo toda explicacion; pero las conversaciones, aunque

revestidas de indiferencia, vibraban de emocion, no por el peligro,

sino por la identidad de situaciones: álguien habria querido dar al

otro testimonio de ternura, y ambos nos retraiamos sufriendo agonías

indecibles.

Al llegar frente á nuestros adversarios, la suerte nos designó á M.

Turgot y á mí; nuestros padrinos suplicaron muy cortesmente á mi hijo

no presenciase aquella escena.... se apartó mi hijo de aquel lugar á un

signo; pero se volvió involuntariamente y hubo no sé qué de atraccion

en nuestros cuerpos.... yo no sé qué escena muda se verificó....

que hubo un movimiento general como para reponerse cada quien, sin

mostrarla, de aquella protesta de la naturaleza ultrajada.

Ya sabe vd. el resultado con el noble, con el valiente Baron: heríle

gravemente en una pierna, le ví caer, acudieron los cirujanos....

un coche lo despareció de nuestros ojos.... aunque al lado de mi

adversario me llevaban mis instintos, el duelo de mi hijo me preocupaba

hondamente.

Ideas que no habian asaltado mi mente, exageraciones de peligros, que

al tratarse de mí, ni siquiera habia sospechado, duda sobre la destreza

en la espada del que tanto se exponia por la honra de la madre,

reproches á mí de no haber asumido los dos lances, todo me asaltó, y me

sentia rendido, y era mi suplicio terrible, y mi dolor, sobre todos los

dolores que un hombre puede sufrir.

Estaba pegado á un árbol cuyas ramas me cubrian; entre las hojas, ya

presentándose claros los objetos, ya medio cubiertos y confusos, seguia

las peripecias de la lucha.... si el árbol hubiese presentado una

superficie como el papel ó el lienzo, en él hubiera quedado esculpida

mi figura.... vertian mis poros mi vida atormentada....

Terminó aquel duelo sin consecuencias sérias.... yo me sentí viejo al

separarme de aquel sitio.... y el recuerdo de este duelo pasa sombrío

en mi alma.... como si no fuese mia la justicia...."

En esta narracion que presento, no solo descarnada y fria, sino con

mil inexactitudes por los muchos años que han trascurrido, conocí la

fascinadora, la omnipotente elocuencia de Soulé: el comenzar de su

discurso era frio, no hallaba las frases adecuadas por la costumbre

que tenia de hablar en inglés: pero una vez poseido de su objeto, una

vez imperando altivo su corazon, una vez subyugado por su inspiracion

poderosa, se comprendia su poder mágico sobre las masas, y el peso de

su palabra en las altas cuestiones á que consagraba su talento.

Alcalde se levantó silencioso de su asiento, y desapareció de mi

cuarto.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 12 / 94 题