Lo primero que me preocupa cuando se trata de una visita ó cosa
semejante, es la revista de mi equipo y, cosa rara, mi cuerpo tiene
una semejanza perfecta con los cuerpos del ejército de mi país;
gasta sumas fabulosas en su equipo y arreos, y apénas se exige de él
cualquier servicio formal, carece de todo y descubre poridades no para
escuchadas. A la más leve medicina, descubre, como las viejas, una
complicacion de enfermedades que espanta al médico....
Pues como iba yo diciendo, pasaba revista á mi equipo.
Mi camisa estaba como sentada en una silla, con la corbata lista y los
brazos cruzados con extraña circunspeccion.
Mis pantalones sobre una silla y con sus piernas medio encogidas, los
botines como si fueran á dar su paseo por su cuenta y riesgo, la levita
ceremoniosa y echada hácia adelante en el perchero, y el desgoznado
sombrero ladeado, picaresco, sobre la bombilla del quinqué.... cuando
prévio un recio toque se entró en mi cuarto M. Trick, y no hubo
remedio, fuimos á dar un paseo.
En el conjunto de la ciudad se observa que convalece de un mal que ha
puesto en peligro su vida, y que la reaparicion de la existencia se
verifica entre los estragos de la pasada lucha con la muerte.
Se me figuraba ver un campo con troncos de árbol desnudos de sus hojas,
y otros rajados por el rayo, que sin descuajarse la nieve del riguroso
invierno, deja ver naciente la verde sementera y como en promesa la
abundante cosecha.
Así, en las calles en que el esfuerzo verifica agradables
resurecciones, se ve el edificio desmantelado con las puertas y
ventanas sin hojas ni cubiertas, con las vigas en que deberian
descansar los suelos, como un costillar, y con las paredes con los
rastros negros, fantásticos, que ha dejado la llama que expiró sobre
aquellos muros, retorciéndose sin alimento.
Se alza una morada voluptuosa como una bailarina de Canova, junto á una
ruina, y en el campo contiguo en que crece la yerba, se perciben restos
de una opulenta mansion, y pastan los animales con la tranquilidad que
en un desierto.
A dos pasos corre una calle magnífica entre los árboles, con todo el
bullicio y la alegría de un tráfico fecundo.
Al recorrer la calle del Canal por la frontera del barrio frances, yo
sospechaba toda la postracion y decadencia de ese barrio.
Con excepcion de la avenida de la Levé, es decir, la orilla del rio y
las tiendas y mercados de ese rumbo, las bocacalles parecian conducir á
encrucijadas y vericuetos maltratados.
Como algunos elegantes de aparato, que hacen alarde de compostura
y hasta de riqueza, cuando están en contacto con gente fina, y al
alejarse del centro se calan su sombrero ancho, se cantean su jorongo y
se confunden con la _pelusa_, como ellos suelen llamar al populacho.
La avenida de la Levé da idea del poderoso tráfico de esa ciudad
riquísima.
Las calles son séries de opulentos almacenes en las cercanías del
canal; pero á medida que avanzan, es el barrilaje, y son los fardos,
las churlas y botijas, las botas de grasas y las salazones y pescados,
oscuridad en que naufraga un pico de gas, luz de dia que muere pálida,
entre cajones, pipotes y carnazas, y hombres de cachuchas de pico
sesgado, grandes pipas, camisas bambochas, pantalones abajo de los
cuadriles y chancletas como hechas de la piel de un sapo despatarrado.
Wagones, ómnibus, carros, plataformas, todo lo rodante, todo lo
pujante, todo lo que va y viene, y se vierte, se escurre, se carga ó se
rueda, pasa por aquel esófago que absorbe en el rio y sus cercanías, y
se desahoga en la calle del Canal.
La avenida de que hablamos, tiene á la derecha casas; á la izquierda,
los almacenes descritos, con las puertas bajo un corrido tejado y su
banqueta de asfalto eternamente obstruida por tercios, cargadores,
vendedores y mujeres destartaladas y elásticas, que ya se embuten, ya
se escurren y ya flotan con canastos, pollos y verduras entre el gentío.
La calle, angosta en su principio, con tiendas de modas, almacenes de
ropa, sombrererías, zapaterías, etc., se abre y deja ver el rio, con
esa ciudad flotante en donde las aguas son calles, los navíos palacios
movedizos, los botes como wagones, y que entre un bosque de mástiles y
banderas de todas las naciones del globo, hierve, se afana y trabaja,
como compendiándose, la humanidad entera, como para dar una muestra de
la confraternidad de los mundos antiguo y moderno.
En esa desviacion de la calle, y siguiendo la curva del rio magnífico,
que tiene cerca de una legua de anchura en algunos puntos, se extiende
un envigado fuerte y compacto de más de cincuenta varas de extension:
en varias partes, aquella calzada de madera está amplia y despejada
por la parte que da á tierra, y penetran á ella transeuntes, carros
y carruajes; del lado del rio toca á las embarcaciones, que á veces
llegan á mil ó mil quinientas, y que dejan sospechar el aturdidor, el
estupendo movimiento de aquel puerto.
Nueva-Orleans es el emporio del comercio de algodon en el mundo, y
además del algodon, exporta azúcar, tabaco, harina, carne de cerdo y
algunas insignificantes manufacturas, todo por valor de 93.715,710
pesos.
Las importaciones de café, azúcar, sal, fierro, tejidos y licores,
llegaron en 1874, que fueron los datos más recientes que pude
procurarme del momento, á 14.533,864 pesos.
Es decir, más de ciento ocho millones de pesos dan aliento y aseguran
la vida y la opulencia de Orleans.
En ese lado del rio, en contacto con el buque, se afianzan las ramblas
para la carga y descarga, se inspecciona, se pesa, se mide, se contrata
y tienen sus divisiones los muelles, que perciben los comerciantes con
tino certero.
Todos los trages, todos los idiomas, todos los gestos, todos los
aciertos y los disparates de la conformacion humana, se encuentran en
aquellos lugares; venciendo á la máquina del bote, y á la locomotora, y
á la tempestad, la algazara del negro que parece que se va á desgajar
en canal, al estallido de sus desvergüenzas y de sus carcajadas.
Siguiendo la frontera de la calle del Canal, nos espía la calle
Chartres, la de Royal con mayor compostura, con sus frecuentes
_bar-rooms_, los morillos de las barberías pintados con listas blancas,
azules y encarnadas, los escaparates de las floristas y los grandes
cristales en que librerías, dulcerías, y _restaurants_, exponen, ya
los primores literarios, ya las golosinas más provocativas, ya jamones
suculentos, con su azúcar quemada como maque, ya pavos ceremoniosos,
como cualquier enviado diplomático, con su cogollo de lechuga en el
pico, y su polvo de yema de huevo tendido á su espalda, como un manto
de oro.
En lontananza, bajo sombríos tejados, se ven charcos y hundiciones,
suciedad y destruccion, en medio de casas elegantes, de templos
magníficos y bellísimos jardines. Lo que para mí era insoportable, era
ese caño al descubierto que corre pegado á las banquetas, de uno y
otro lado de las calles. En el barrio frances, esas fajas inmundas son
pestilentes y asquerosas sobre toda ponderacion.
Yendo por toda la calle de la Levé, en dificilísimo tránsito, me llevó
mi amigo al centro de un extenso cuadrado limitado por altas rejas de
fierro, encerrando un bonito jardin con sus calles bien compartidas y
delineadas, de menuda arena, y sus árboles formando afectada simetría.
Con los ramajes de esos árboles se han formado como toneles, como
canastos y otras figuras, recortándolos con tan exquisito cuidado, que
más parecen muebles que árboles los que constituyen el ornato de la
plaza.
Yo no sé por qué me parece una degradacion de la naturaleza semejante
afectacion; se me figuran esos árboles los sopranos de la vegetacion;
creo que se les condena á un afeite; como cuando se atusa á un caballo
las crines; cuando se rapa medio cuerpo de un perrillo; cuando se ciega
á un pato para hacer más sabrosa la carne. Detesto la moda, abomino ese
afeminamiento del arbolado, me repugna, me endiabla.
Bajo tales auspicios ví esa plaza, que está como embutida en el
cuadrado que forman mercado y almacenes, la Levé y la antigua Catedral:
para que fuese ménos grata mi impresion, la estatua de Jackson, que
domina la plaza, dista mucho de merecer los parabienes del arte.
Conoció mi querido Trik mi disgusto y me colocó frente á la Catedral,
cuyo tipo, netamente español, cuya semejanza con muchas de nuestras
iglesias de segundo órden, despertaba mis recuerdos alentando mi
curiosidad.
La arquitectura de la Catedral es irregular; se semeja á la fachada de
la Piedad ó Atzcapotzalco, pero más ancha y chaparra: tiene dos torres
como dos orejas de liebre; en medio un retablo ó campanario, como
varias de nuestras iglesias de pueblo; á los lados de la Catedral hay
dos alas de edificios con cierto tipo conventual.
--Este edificio, me decia M. Trik, que tenia en las uñas la Guía de
Orleans y la magnífica historia de la Luisiana de Mr. Gayllaré, este
edificio es el tercero que se edifica en este lugar: el primero era de
madera y adobe, tosco y primitivo puede decirse; se concluyó en 1728,
y era tan feo, que cuando el huracan de 1733 lo destruyó, la gente se
consolaba de muchas pérdidas con la desaparicion de aquel Cuasimodo de
la arquitectura.
Armada de punta en blanco, apareció en el mismo lugar la segunda
Catedral, más elegante, más coqueta, de madera y ladrillo, é hizo las
reverencias de su estreno por los años de 1734 ó de 1735.
Luego que los señores obispos vieron el buen continente de esa
Catedral, la ocuparon y cobró alto rango. Pero cate vd. que en
1788, Viérnes Santo por más señas, estalla en las inmediaciones de
la Catedral el incendio, se levantan devoradoras olas de llama, la
poblacion se llena de terror, como novecientas casas se hunden en aquel
piélago de destruccion, y confunde sus restos la Catedral, y vuela en
cenizas como las opulentas casas y las risueñas residencias víctimas
del incendio.
El terreno en que estuvo la iglesia quedó abandonado; los cristianos
que habian orado en aquel templo, se descubrian frente al manchon negro
que formaba la tierra, con las cenizas de los altares y los huesos
calcinados de los sepulcros.
Por aquellos tiempos era regidor perpétuo de Orleans el Sr. D. Andrés
Almonaster, quien, escuchando las sugestiones de su corazon piadoso,
emprendió, costeando de su peculio, la Catedral existente que se fundó
en 1792 y se concluyó en 1794.
Las alas del edificio, que mucho tiempo ocuparon los Padres de San
Luis, como se ve de su arquitectura, las rejas de sus puertas y la
conformacion en general, sirven hoy para el despacho de los tribunales.
La arquitectura irregular de la iglesia desaparece luego que se entra
al templo.
Se encuentra uno en un vestíbulo interior de altas y gruesas columnas,
y desde él se percibe en su conjunto el templo, que se semeja un tanto
á la Profesa de México, aunque le es inferior bajo muchos aspectos.
Tiene el templo tres amplias naves: la central, del todo descubierta, y
en las laterales esos tapancos ó corredores con bancas y sillas comunes
á los templos de los Estados-Unidos, y que le dan aspecto de teatro.
Sobre la puerta de la entrada, en extenso cuadrado, en un barandal
volado sobre la iglesia, están el órgano, que es magnífico, lugar para
la orquesta y espacio competente para el coro y los cantores.
Dos grandes altares llamaron desde luego mi atencion: el mayor,
dedicado á Nuestra Señora de Lourdes; el de San Francisco de Asis, cuya
imágen me pareció hermosa y de correcto dibujo.
Cerca del altar de San Francisco se levanta severo y majestuoso el
sepulcro del ilustre fundador de la Catedral, y se lee en una gran
lápida la siguiente inscripcion medio borrada:
_Aquí reposa el cadáver del Sr. D. Andrés Almonaster de Rojas,
natural de Mayrena, en Andalucía, que falleció en Nueva-Orleans el
dia 26 de Abril de 1798, á los setenta y cuatro años de su edad.
Fué caballero de la Orden de Cárlos III, Coronel de Milicias,
fundador de los Hospitales de San Cárlos y San Lázaro, así como del
Convento de Ursulinas. Fundó la escuela de niñas Girlls Shool y de
la Presbiteriana, cuyos edificios se hicieron en esta ciudad á sus
expensas.--R. I. P._
Las pinturas que ví en el templo, aunque me las elogiaron de
sobresalientes, encareciéndome la de la Transfiguracion, la Sacra
Familia y San Luis, no las pude examinar.
A la salida del templo ví de nuevo el jardin.
No es posible describir la impresion de disgusto que se apodera de
mí con la vista, muy comun por cierto en los Estados-Unidos, de los
árboles recortados, que á fuerza de artificios se les cambia de
figuras, y ya son como macetones, ya como barriles, ya tienen aun
tendencias á remedar la figura humana!
¿Habrá vd. visto adefecio?
A mí me parece la tortura del árbol; me parece como á esos niños de los
saltimbanquis que quebrantan y descoyuntan para especular con ellos: es
tan repugnante, como la gorda presumida que hace del corsé un cincho
tiránico; se semeja á las que se sahuman para estar pálidas. Cuando un
estúpido pinta su sombrero de verde y á su perro de azul ó colorado,
simplemente viste de fantasía al perro y él se pone en ridículo; el que
á fuerza de adherencias de carton y de pinturas diera á una mula el
aspecto de una choza y á un caballo el de una carretela, podia reclamar
la atencion por la originalidad de su capricho; pero desnaturalizar al
árbol mutilándolo, no puede ser bello, como no es bello que atusen á un
caballo sus hermosas crines para convertirlo en caballo de ajedrez. Y
lleven mis lectores por partida doble mis diatribas sobre los árboles.
M. Trik no estaba muy de acuerdo con mis observaciones, y me citaba los
muros de verde de algunas calles y jardines.
Para completar nuestro paseo, supliqué á mi complaciente amigo me
condujese al grande edificio de la calle del Canal, que contiene á la
vez, en sus bajos, la oficina de correos, y en los altos, el despacho
de la aduana.
Cuando en 1858 visité la obra que estaba para concluirse, en compañía
de M. La Serre y de M. Benjamin, eminente orador de los Estados-Unidos,
confieso que me sorprendió la magnificencia del edificio.
Entónces parecian tres edificios: el que formaban de madera, andamios
y tránsitos, el de granitos y un último que era como una incrustacion
hermosísima de mármol con todas las galas de la arquitectura y los
primores del bajo relieve.
Recordaba, aunque muy confusamente, una máquina colocada en el que
deberia ser patio del edificio, como una asta robustísima de fierro;
la máquina tenia sus coyunturas, como un brazo y una mano: cuando era
conveniente, se inclinaba la mano desde una inmensa altura, agarraba la
piedra enorme ó el objeto, por pesado que fuese, en que se colocaba, y
lo subia á la azotea, girando y poniéndola á discrecion del operario.
Recuerdo tambien que no pude contener la manifestacion de mi asombro
cuando ví funcionar un ferrocarril cuyos rieles estaban enclavados
en la anchura del muro exterior, y que conducia al rededor de él los
materiales de la obra. Los conductores corrian muy frescos al borde de
aquel precipicio espantoso.
Me parecia que recordaba, del otro lado del rio, fertilísimos campos,
alegres y vistosos jardines, y que me repugnó ver á las mujeres con la
azada en la mano, espectáculo que al grande Juarez le fué insoportable.
Recuerdo que desde aquella inmensa altura seguí las sinuosidades del
rio y me parecia como una C mayúscula colocada así, ∪ con dos cintas
en sus extremos, como el ruedo de una gola sobre el pecho de una dama,
con los broches sueltos; pero estos recuerdos eran tan confusos, tan
mezclados á las fisonomías de Ocampo, de Juarez, de Leon Guzman, Manuel
Ruiz y otros, que me parecia que todo lo estaba viendo en un sueño.