Preparativos de partida.--La partida.--Procesion de San
Patricio.--Quintero.--Romance á la Sra. Townsed.--Xarifa.
Tal vez, ó sin tal vez, voy á decir una cosa impertinente (¡qué
modesto!) una cosa impertinente á mis lectores; pero estoy tan
acostumbrado á platicar con ellos cuanto se me ocurre, que son como
de casa, como que vivo entre ellos, y maldita la vergüenza que me da
recibirlos de bata y en pantuflas, artículos que desconozco, ó de
guante blanco y frac de etiqueta; por supuesto, equipo que.... no me
pega.
La cosita que tengo que decir es, que cuando estando en la patria se me
ausenta una persona querida, se me figura que él es quien va al peligro
y la muerte.... el que se va se pierde en la sombra, y me parece que
asume la responsabilidad de su resurreccion; creo que me queda en
custodia su vida y siento en mis manos el hilo frágil que me lo puede
devolver; pero cuando yo estoy en el extranjero y álguien que posee mis
afectos marcha á la patria, siento como que cierra tras sí las puertas
de mi prision; me siento enterrado vivo; se lleva mis esperanzas
el ausente.... marcha á la region de la luz; se queda conmigo mi
cadáver......
Así sentia, así me atormentaba la próxima partida de mi hijo.... mi
patria, mi fuerza, mi corazon, se iban con él....
Por otra parte, es tal la fuerza vivífica de la juventud, que á
su paso, la novedad, la miseria, el peligro mismo se revisten de
los arreos del romance: un viaje es una leyenda en accion, y sus
peripecias, como estrofas del poema de nuestros sentimientos.
Pero el viaje del viejo es el descarrío de su camino de muerte; es
sentir el frio del desamparo cuando necesitan nuestros miembros el
calor del hogar; es el troncharse la rama en que el ave, fatigada de
la existencia, debia posar su planta y esconder su cabeza bajo el ala
inerte......
La vejez en el extranjero es la rama caida en la playa; es el
anacronismo y casi el absurdo.... Los envenenadores de las almas, que
decretan la expatriacion como medida clemente, son los verdugos de peor
ralea.... ponen sobre la hiena la sotana de Rodin....
Era la mañana nublada y triste; mi cama estaba en desórden; ardia la
luz amarilla, compañera de mi desvelo y como materializacion de mi
alma.... el amago de muerte estaba como un cadáver entre mi hijo y
yo..............
* * * * *
Cuando alcé los ojos.... estaba en los brazos de José Iglesias
Calderon, jóven lleno de virtudes, y á quien, como á todos los hijos de
Iglesias, amo como á mis hijos......
El primer dia negro de mi residencia en la expatriacion, cayó sobre mí;
la soledad se me apareció en el extranjero; la luz era como un inmenso
paño mortuorio; el sol como un cráneo.... mi alma quedó como velando,
en la solemnidad del abandono, mi cadáver..........
* * * * *
A los pocos dias de la partida de mi amado hijo Francisco, de José
Iglesias Calderon y de Alvarez, la bulla y la algazara de la calle
me hicieron trepar á las altas regiones de mi ventana, desde donde
distinguia obtuso y sesgo un lienzo de la calle del Canal.
Gentío inmenso, tropas vestidas de un verde chillante, músicas
militares, caballos, estandartes, ramos, listones y banderas verdes....
Era el 18 de Marzo: los irlandeses celebraban á San Patricio, su Santo
Apóstol, el iniciador de su civilizacion; hacian patria y daban rienda
suelta á las más puras reminiscencias de sus corazones.
La procesion fué larguísima: caballeros de sombreros montados, formando
descubierta; carruajes y caballos en interminables hileras, y en alto
banderas verdes con las estrellas de plata y los ocho rayos simbólicos,
arpas bordadas y borlas y cordones lujosísimos. Verdegueaba como un
campo fértil andando, aquella procesion.
Segun me pareció, dividíase en secciones la procesion: cada una de
ellas con su música y sus distintivos especiales, para distintas
compañías de beneficencia, socorro, apagar incendios, etc., etc.
En varios estandartes brillaba el nombre de O'Cononell, el hombre
eminente, el ciudadano ilustre, el orador elocuentísimo, el defensor de
los derechos de la Irlanda.
En todas las casas de los irlandeses habia cortinas, gallardetes y
señales de regocijo. La cerveza corria á torrentes, en honra y gloria
de la verde Erin, y en la tarde y noche hubo su iluminacion, y San
Patricio, sin trabajo, hubiera podido distinguir á sus amados hijos
entre las sombras de la noche, solo en el trastrabillar de sus paseos y
en aquella facundia y en aquel meneo que produce el alcohol.
Las maritornes del hotel estaban como unas aleluyas; yo les mostré mi
decidida devocion por San Patricio, y les dí unas monedillas para que
las preces que le dirigiesen no fuesen del todo desairadas.
Al fin, no me pude contener, y como un bobo, me mezclé en la procesion
y me dejé flotar entre empellones, trompetazos y ¡hurras! desaforados.
Aunque se trataba de una fiesta cristiana y muy popular, dominaba el
colorido yankee, y los regocijos hicieron toda su explosion en el
barrio americano.
Iba de lo más distraido y embullangado por la calle de Camp, cuando
sentí á álguien enganchado á mi brazo con la mayor confianza.
Volví la cara: era el pelo rubio, la nariz larga, los ojos pequeños, y
el empinado pescuezo de uno de los millones de ejemplares del yankee
neto.
--Don Guillermo, ¿va bien? ¿no quiere un traguito? yo soy como
mexicano, allá estoy y mi muchacha está muy bonita mexicana.
--Venga el traguito, sin más averiguacion.
El rubio aquel, cuyo nombre jamás he podido pronunciar, ni escribir, ni
retener en la memoria, es dependiente principal de un gran _restaurant_
de la calle del Canal, en que se venden pasteles, aguas minerales,
riquísimos helados y licores exquisitos.
No he tratado carácter más jovial ni hombre más afecto á México; sobre
todo, más enamorado de las mexicanas.
Tomamos una sola copa.... una sola, no hay que alarmarse, y fuimos
siguiendo la procesion por el barrio americano.
Parecíanme angostas las calles, poco ménos que las nuestras; amplias
banquetas bajo tendidos tejados, tiendas y cafés con profusion; de vez
en cuando altos y elegantes edificios; pero las calles como enmarañadas
y sin perspectiva.
A medida que se avanza, las calles se amplían, las casas se extienden
en alegres hileras; en vez de los tejados, descubren sus frentes los
pórticos americanos, descienden de ellos escalerillas cómodas, aparecen
y se multiplican los pequeños jardines y tapizan las paredes colgaduras
de caprichosas enredaderas, salpicadas de vistosas flores.
Se avanza más y se espacía la vista en calzadas frondosísimas, en
grupos de árboles y en laberintos de flores, sembrados de casas
risueñas en que parece residir la luz, la riqueza y la alegría.
Por las bocacalles de esas mismas avenidas alegres, verdeguean
los campos, clarean tramos sin habitantes, y se aislan, ya fincas
opulentas, ya humildísimas chozas, entre cuyas mal ajustadas latas
brillan los ojos, blanquean los dientes y se distinguen las tenebrosas
fisonomías de los negros.
Mi amable compañero, á quien llamaremos Trik, respondia á todas mis
preguntas, deshacia mis equivocaciones.
--Tiene vd. razon, me decia; aquella tupida arboleda es un delicioso
paseo que se llama el _Dique_; ese dique ó borde que enfrena al rio,
tiene quince piés de ancho y cuatro de alto: el paseo es muy concurrido
en otoño y en invierno; aquellos elegantes carruajes, aquellos ginetes
que ve vd. entre esos árboles, van al _Dique_.
A nuestro regreso del paseo, me dió M. Trik una preciosa guía de
Orleans, y de ella, por primer envite, traduje lo siguiente:
"El sitio en que está Nueva-Orleans fué medido en 1717 por
De la Tour: se pretendió fundar la ciudad en 1718; pero se
abandonó por las inundaciones y las enfermedades, entre las
que imperaba la fiebre.
"En 1723 se restableció el proyecto de fundacion, y la
poseyeron los franceses hasta 1729. Los españoles la quitaron
á los franceses y dominaron hasta 1801, volviendo al mando
de los franceses hasta 1803, que con la provincia de la
Louisiana, se cedió á los Estados-Unidos: fué erigida ciudad
en 1804, y en 1868 se declaró capital del Estado.
"Los sucesos más memorables de la historia de Nueva-Orleans,
son: la batalla de 8 de Enero de 1815, en que los ingleses
fueron derrotados por Andrew-Jackson, y la toma de la ciudad
por el Almirante Farragust, en 24 de Abril de 1862. En 1810,
siete años despues de la cesion á los Estados-Unidos, la
poblacion de Nueva-Orleans era de 17,243 personas. En 1850,
habia aumentado hasta 116,375; en 1860, á 168,675; y en 1870,
á 191,418. En 1875, las autoridades locales computaban la
poblacion en 210,000 almas."
Desde que se decidió nuestra marcha á Orleans, tres propósitos
empezaron á bullir en mi cerebro con más fuerza que otros: uno, dar
quinientos abrazos y solazar mi espíritu charlando á velas desplegadas
con J. A. Quintero, mi amigo, mi hermano, uno de esos caractéres que
son mi delicia, á quienes sus detractores llaman atrabancados y locos,
por más que en sus acciones graves se revele el caballero, el hombre de
estudio y la persona de noble corazon, sin monerías y sin comedias.
El segundo de mis propósitos era visitar á la Sra. Ashley de Townsed,
eminente poetisa y escritora de sobresaliente mérito.
A. Xarifa, es el seudónimo con que se firma la señora: la conocí
en México, donde tuve ocasion de admirar su finura y talento: me
distinguió con sus bondades y siguió conmigo una correspondencia, que
es una joya en el tesoro de mis recuerdos.
Por último, mi tercer propósito era visitar con reverente ternura
los lugares en que viví la vida de Juarez, cuando en 1858 tocamos en
Orleans los asendereados personajes de _la familia enferma_.
¡Qué bella es la plenitud de la vida y qué paraíso de ilusiones es el
alma! ¡qué extendidos y qué color de rosa se perciben los horizontes
del porvenir!
_In illo tempora_, otros compañeros y yo, salimos del Manzanillo,
atravesamos el Istmo de Panamá, desafiamos las tormentas del Cabo
de San Antonio, vimos á vuelo de pájaro la Habana, respirando sus
auras perfumadas y recreándonos con su gentil hermosura, y en Abril,
despues de cortar las aguas barrosas y tranquilas del Mississippí, nos
detuvimos en Orleans, los que fuimos conocidos en la República con el
nombre de _la familia enferma_.
El Sr. Juarez, por un sentimiento de gratitud, lo mismo que Ocampo,
quisieron alojarse en la calle de _Baranda Conty_, en un hotelito de
mala muerte, donde en 1854, cuando la persecucion de Santa Ana y mis
_viajes de órden suprema_, estuvieron alojados.
El cólera dominaba, la _chilla_, como llaman en mi tierra á la pobreza,
me tenia cogido el cuello con las dos manos; y sin embargo, ¡cuánta
alegría en el alma y cuánta sed de aventuras! Con candor realmente
infantil le decia yo á Dios: "Por vida de vd., que me pasen muchas
aventuras muy curiosas y muy bonitas, para tener que contar."
En efecto, del hotel desmantelado, del servicio pésimo de la patrona
formidable de gordura, con su falla como un biombo y su delantal azul,
de todo aquello brotaban leyendas y poemas.
Me acuerdo que fuí confinado á una buhardilla ocupada casi
exclusivamente por una cama cuya altura apénas me dejaba percibir la
sima: fué un escalamiento mi ascenso á ella; apénas la ocupé, me hundí;
el colchon era de hoja de maíz y armaba una ruidera, como repique á
vuelo, como carreton en empedrado. Las grandes almohadas como cojines
cuadrados, no permitian postura á mi cabeza: bogué, nadé, naufragué y
amanecí como sentado en el borde de una azotea.... con mis ropas como
en un pozo, en una silla cercana á mi lecho.
Sin que se borrara de mi imaginacion una sola línea, tenia frente de
mí la fisonomía como de marfil de Domingo Goycoiria; su nariz afilada,
sus ojos de llama, enjuto, resuelto, con su barba blanca, cayendo
borrascosa sobre su pecho, y meciéndose como una nube cargada de
tempestades: este patriota cubano llegó en union de Pedro Santacilia á
servirnos, á prestarnos auxilios generosos para la causa de México, y á
participar de nuestra suerte cuando no habia halago alguno ni esperanza
de recompensa.
Aquella novedad de calles, aquel tráfico, aquellas _cuarteronas_ de
renombre provocativo y nervioso, todo volvia en tropel á mi mente,
sacudia el polvo de mis años y dejaba aletear mi corazon para entonar,
dulce como un jilguero, los cantos siempre hermosos de la primavera de
la vida.
Tomé apuntaciones sobre la vida y milagros de mi querido poeta Agustin
Quintero: vivia en la calle de Dumain y se vivia en la redaccion del
_Picayune_, periódico importantísimo del que es uno de los redactores
principales.
En cuanto á Xarifa, no habia sino mandar mi carta al correo; así lo
hice, dirigiéndole la siguiente misiva. Ese _To_ del principio vale por
un poema: