PRIMER ROMANCE A JOSE CARRASCOSA.

Adorado San Francisco,

Padre y consuelo del pobre,

Tú que á la Alta California

Diste tu divino nombre,

Para gloria de los pueblos,

Para encanto de los hombres,

Sabe que miéntras fuí tu hijo

Todo eran dichas y goces:

Mar tranquilo, hermoso cielo,

Dulces frutas, lindas flores,

Mujeres como deidades,

Caballeros los varones....

Tú me fingiste á mi patria,

Y lo diré con mil voces,

Donde en medio á los ensueños

Olvidaba los dolores,

Y no me sentí extranjero,

Mudo, estúpido, alcornoque,

Ludibrio de la fortuna,

Y ya orangutan, ya poste,

Hasta que dejé tus playas,

Y viendo otros horizontes,

La humanidad se jaspeaba

De razas y de colores,

Y se acercaba la _Irlanda_

Para darme vil garrote.

Llegamos entre las sombras

Arañando media noche,

Que es hora de los espantos

Y de los hechos atroces:

Sumidos entre envoltorios

Naufragamos dentro un coche,

Más brincador que un becerro,

Más estirado que un Dómine,

Y con más inconvenientes

Que una junta de acreedores.

En un hotel no hay posada,

En otro, faltan colchones,

Y por fin, aquí paramos

Cansados de ver visiones,

Y conforme á un presupuesto

En que cada cual dispone

El hasta aquí, si se alarga,

Y el hasta aquí, si se encoge....

Eso fué trepar, amigo;

No era un piso, eran catorce;

Era un ascenso á la luna;

Era romperse los goznes;

Eran el asma y la asfixia

En competencias atroces;

Eran del aire y del trueno

Los oscuros horizontes,

Sin escuchar de la gloria

Ni el tambor ni los violones.

Despues de cien escaleras,

Puentes, trampas y recortes,

De atravesar por cañutos

Que atrás dejan, no te asombres,

La cueva de Montecinos

Que describe el Don Quijote,

Entramos por laberintos

Que los de palacio peores.

Es maraña endemoniada

De trapos y de tablones,

Con entradas de gatera,

Con puertas como de coche,

Con ventanas como ojales,

Con suelos como disponen

Las soletas los dulceros,

Su sardina el abarrote....

Este no es cuarto, es cuartillo,

Es una tira, un recorte

De madera que ha sobrado

De uno de féretros molde;

Si no cabe ni un pujido,

Si es de prensa el picaporte.

Pues no, señor.... hay dos camas,

Un tocador, dos jarrones,

Y chimenea.... y su cómoda,

Y un ropero como un monte,

Y ni un resquicio en que quepa

La pajuela de un chicote.

Si te encierras, te da asfixia;

Si abres, al asma te expones;

Si enciendes el gas, te abrasas;

Si no, las sombras te comen.

Y qué cama ¡santo cielo!

¡Qué colchon! ¡eternos Dioses!

Dormir sobre una tambora

Fueran deliciosos goces;

Acostarse sobre el vientre

De un gordo con convulsiones,

Fuera mejor.... ¡huy, qué cama!

Ni una hora dormí en la noche;

Por aquí me voy de bruces,

Por allá, salto y doy voces;

Quiero dar vuelta, y me ruedo,

Quiero avanzar, y atrás vóime.

Yo era un corcho que flotaba

En sábanas y jergones;

Era columpio, maroma,

Gimnasia, danza y _Scotisch_,

Todo, pero ménos sueño

Lo que el diablo preparóme.

Antes del alba estoy listo

Para hacer mis excursiones;

Y como nadie me entiende

Y todos me desconocen,

Uno suelta una risada,

Otro frente á mí se pone,

Y hay una vieja sospecho

Que me requiere de amores.

Entónces emprendo la marcha

Por pisos y callejones,

Y por aquí se emborrachan,

Por el otro lado comen;

Yo estoy por dar cien mil gritos

Y por loco me apercollen;

Estoy dado á cien mil diablos,

Estoy por fin, y por postre,

Llorando por San Francisco,

Por sus cien mil carretones,

Sus carreros y sus chinos

Y su lodo y sus _pic-poques_,

Pero donde tengo amigos

Que yo amo, que me conocen,

Donde no se vive frito

Bajo de un cielo de bronce;

Donde no vive esta vieja

Toda arrugas y frunzones,

Que me alborota los nervios,

Que me asquea con sus toses,

Y que reclama imperiosa

De furias el uniforme....

Ténme piedad, Carrascosa,

Y á recibirme disponte,

Porque si sigo sufriendo

Del destino los horrores,

Monto un dia en el de _Pulman_,

Y me escapo á troche moche,

Hasta no dar en tus brazos

Que son puerto á mis dolores,

Y no temo que las penas

Miéntras tú vivas, me agobien.

Positivamente, despues de haber vivido en San Francisco, las primeras

impresiones de Orleans no podian serme tan agradables como á otros

viajeros.

Yo habia conocido á Orleans en 1858; me llevaba de la mano la plenitud

de la vida, y aunque mis circunstancias no eran mejores que ahora, me

sonreia el sacrificio mismo, la vanidad me mostraba coronas de mirto y

de laurel en las manos del sufrimiento. Me parecia que al través de los

rayos de gloria que circundaban á Juarez, mi patria distinguia á su

coplero, y estas extravagantes alucinaciones me hacian feliz.

Y sin embargo, entónces la miseria nos guiaba, la incertidumbre del

futuro hacia inseguros y peligrosos nuestros pasos; pero la estrella de

Juarez reverberaba en nuestro horizonte con nítidos fulgores, y dentro

de mi alma escuchaba yo en mis horas de abatimiento, los preludios del

himno triunfal de la Reforma....

¿Dónde están los actores de aquel drama de audacia, de sacrificio y de

gloria? ¿dónde aquel ideal que todo lo embellecia cuando cruzaba sobre

las alas blancas de la esperanza y se inclinaba para derramar flores en

mi camino?.... Todo habia desaparecido.

Me encontraba en la calle del Canal, es decir, en el corazon de la

ciudad; tenia á mi espalda el gran rio Mississippí, que la limita y la

ciñe como un poderoso brazo, motivo por el cual algunos le han llamado

la Ciudad semicircular.

La calle en que estoy, tendrá cerca de sesenta varas de ancho, y se

descubre á lo largo poco más de una milla. El centro de la calle tiene

una calzada amplia, con árboles sembrados de trecho en trecho. En la

calzada están tendidos los wagones tirados por mulas, que cruzan la

ciudad en todas direcciones, por el precio de cinco centavos. Hay un

tren de vapor.... la locomotora reducida, pero primorosa, va dentro de

un wagon, y corre con la mayor presteza y seguridad.

En medio de la amplia calle hay un extenso cuadrado con enverjado de

fierro, sus altos y hermosos faroles y su escalinata, de donde parten

las líneas todas de ferrocarriles. Del centro de ese cuadro se levanta

la estatua colosal de Henry Clay, ardiente amigo de México, hermosa y

dominadora.

El aspecto de la calle que describo, sin ser hermoso, tiene cierta

grandiosidad por su amplitud, por la vista en sus extremos: del uno,

risueñas y frondosas arboledas; del otro, el rio con sus aguas turbias,

sus bosques de mástiles, sus ferris, lanzando plumeros de humo, y sus

barcas con sus blancas velas tendidas, como grandes alas que brillan

con el sol.

Las aceras de esta calle presentan un aspecto extraño y poco artístico:

tendrán diez varas de extension las banquetas, y sobre ellas corre con

interrupciones, un tejado que las sombrea y se apoya en morillos, en

vigas ó columnas.

En la parte superior del tejado se ven, ya ventanas simétricas con sus

persianas verdes, del estilo americano, ya balcones á la española, ya

extensos terrados descubiertos, ceñidos con desairados barandales.

Unas casas son altas y escurridas, las otras chatas y amplias,

interrumpiéndose este pandemonium y este desórden con edificios

verdaderamente suntuosos de cantería y granito, con pórticos y columnas

soberbias ó templos góticos con sus altas torres, sus ventanas ojivas,

sus barandales de fierro, árboles y jardines.

Las azoteas de esas desordenadas casas, se empinan, se cuelgan, se

arrastran, hacen maroma, se despatarran, y como que trepan, descienden

y se bambolean: añádase á todo esto que no hay dos casas seguidas de un

color, sino que son escarlatas, verdes, amarillas, azules, blancas y de

color de cantería, y se tendrá el conjunto más carnavalesco del mundo.

Debajo del portal hay los mismos accidentes que en la parte superior.

Un tramo lo ocupan vendedores de fruta con sus vestidos de lienzo

rayado y su sombrero de jipijapa.... á dos pasos se ostentan almacenes

lujosísimos de ropa hecha, con sus hileras de figurines en las puertas,

con sus ojos de esmalte y sus brazos agarrotados.... Otro paso más, y

se halla embarazado por cestos, trastos, canastos, juguetes, huevos de

porcelana para coser los puntos de las medias, etc.

Al salir de aquel laberinto, detiene nuestra marcha un hombre que en

una mesilla vende tintas y moldes para marcar la ropa, y un vendedor

de pegamento que enseña como muestra un plato ó un vidrio rotos y

restaurados con el pegamento, suspendidos á ellos enormes pesos para

probar su eficacia.

En los suelos, en los postes, en todas las paredes, hay letreros,

almireces indicantes de las boticas, anteojos, y en los _bar-rooms_,

exagerados toneles, polichinelas abiertos de piernas, y una cafetera

arrojando humo, que es una preciosa ostentacion del vapor (esquina de

Canal y Camp).

Las joyerías, las sombrererías, los almacenes de ropa hecha abundan, y

ya en las boticas, ya aislados, se ven expendios de agua de Soda, de

Vichi, de Saratoga, con sus preciosos aparatos como en San Francisco, y

su escolta tambien de sabrosos jarabes.

El conjunto, como hemos dicho, es al extremo desigual, porque si

nos hemos detenido complacidos frente á la aduana y el correo, que

es un suntuoso edificio de granito, casi no hemos podido dar paso

en las cercanías del rio y la estacion del ferrocarril, con jacales

por habitaciones, con banquetas sucias, descuidadas, obstruidas por

tercios y llenas de charcos y de hoyancos.

Si hemos sentido una impresion de repugnancia frente al cementerio, en

cambio el cementerio mismo es de extraordinaria belleza.

Por poco observativo que sea el viajero, encuentra en conjunto y

como sin clasificacion, americanos, franceses, alemanes, cubanos en

gran número y algunos mexicanos, procedentes de nuestros puertos y

fronteras, muy característicos.

La calle del Canal divide la ciudad en dos secciones, teniendo por

frontera cada una la acera correspondiente.

La parte que mira al Oriente es el barrio frances, la del Occidente

el americano; son las dos razas que se contemplan y como que ponen de

manifiesto sus virtudes y defectos; pero no chocan, rivalizan, sí;

suelen ponerse en caricatura, pero muy frecuentemente se tienden la

mano y hacen efectiva la dulce confraternidad.

El viajero, recorriendo cada una de las aceras, va percibiendo, del

lado frances, angostas calles con balcones, tejados, antepechos y

estorbos: las casas, son de tres, cuatro y cinco pisos, y abren campo

irregularmente á fachadas de suntuosos templos, á pórticos de los

hoteles y edificios notables, y á plazas con arboledas frondosas y

esmeradamente cuidadas.

No obstante, las calles tienden á la curva, y esto depende, segun la

guía que tengo á la vista, de que la ciudad antigua se fué extendiendo,

siguiendo la curvatura del rio.

En la parte americana, esas calles angostas, advenedizas, como intrusas

y desordenadas, hacen campo y como que se detienen á observar el paso

de amplísimas calzadas, de prados sembrados de verde césped y rodeados

de elegantes asientos, convertidas en lugares de recreo.

_Claiborne_, _Rampart_, _San Charles_, _Explanada_, se pueden

considerar como los paseos principales.

Las casas de estas nuevas calles dan con sus escalinatas á las

banquetas, y están adornadas de pórticos graciosos, jardines risueños y

praditos pintorescos.

Las casas de las calzadas blanquean, escondiéndose entre los árboles;

de las columnas de sus pórticos y del tímpano que corona su frente,

cuelgan enredaderas profusas, y saltan entre sus ondas de esmeralda, la

llama del clavel y de la rosa, la espuma de las camelias y azucenas,

el zafiro de las violetas y de la pasionaria, y los rubíes de la

alfombrilla pomposa.

Entre esas enramadas se distinguen las aves del hogar, las fuentes

bullidoras de chorros elevados, los niños juguetones, y cuadros,

envidia del viajero, y tal vez recuerdo de una felicidad perdida.

Con el nombre de cada calle del lado derecho, parece que nos sale al

encuentro un conocido. Calle de Chartes, de Borbon, de San Luis, de San

Felipe, las Ursulinas, como que nos presentan cartas de recomendacion y

nos traen recuerdos.

Advierte Molinari, que algun ingeniero que hacia sus delicias de las

_Cartas de Emilia_, puso sus nombres á las calles de las Dryadas,

de Erato y de Clio, y este es otro conocimiento que no desagrada á

los extranjeros que no son del todo adversos á las reminiscencias

mitológicas.

Pero como para acentuar más las diferencias de las dos razas cuyas

corrientes se perciben sin confundirse en la calle del Canal, del lado

frances se marca la concurrencia con modistas de grandes fallas, viejas

devotas, sastres sentados en los mostradores, pasteleros petulantes,

barberos charlatanes, cafés cantantes y _restaurants_ á la _carte_;

miéntras en el barrio inglés abundan los _bar-rooms_, cruzan tercios y

carruajes y es más notable el aseo, la amplitud, la grandeza y la luz.

Cuando desde una altura se abraza el conjunto de la ciudad

semicircular, aparece con singular belleza.

El inmenso rio Mississippí, como que se detiene enamorado en la fértil

llanura que lo descarría.

Los bosques de mástiles, los palacios flotantes, las chimeneas, las

velas, las banderas, los borbotones de humo, los pitos de los vapores y

el movimiento, forman espectáculo delicioso.

El lago Ponchartrain, que se abre y muestra sus márgenes sembradas de

tupidas arboledas, entre las que blanquean hermosas quintas, pastan los

ganados y cruzan fantásticos carros y carruajes por entre los troncos

de los árboles.

En el centro de la calle, y en carril elevado, corren los wagones; á

los lados, carros de todos tamaños, que donde quiera declaran almacen

y donde quiera descargan, y pegados á las banquetas, al aire libre,

de una y otra acera, corren caños asquerosos, que no recomiendan por

cierto el aseo y cultura de la policía de Orleans.

En el City Hotel se multiplican las comidas, lo propio que en un buque,

y con toda la pícara persecucion del estómago del _plan americano_.

El comedor es chaparro; mesas pequeñas con sus carpetas, que fungen á

veces de mantel, de damasco, de algodon encarnado y blanco: allí los

lagos de las sopas, las petrificaciones de las carnes, los incendios de

las salsas y _pikles_, el ágrio de los budruz calumniados con el nombre

de conservas y los envenenamientos _al pastel_ ó por medio de pasteles,

como diria un escritorcillo de esos que todo lo echan á perder por

hablar claro.

El aspecto del comedor, sin ser alegre ni animado, esencialmente del

lado yankee, era bastante agradable.

Las señoras penetraban al salon por escaleras y puertas conexas con su

departamento especial, y se presentaban al lado de sus caballeros y

rodeadas de sus preciosos y elegantes niños, con señorío y compostura.

El _yankee_ penetra, deposita su sombrero, reconoce el campo, se

arma de trinche y cuchillo, cuida de que no esté léjos una fila de

platos como una torre, y aquello es hacer surcos en la mantequilla,

desparecer las papas, trozar las carnes, llover las salsas y armar San

Quintin con el convoy; pero no es comer, no es engullir, no es tragar:

son absorciones rápidas, ataques rudos y ejercicios de celeridad

inconcebibles: llegar, toser, sorber, pararse y desparecer, es cosa de

decir "Jesus"......

La raza latina, más expansiva, se congrega y se busca; la conversacion

sazona los platos, y no faltan convidados, ó por lo ménos, platicadores

afectuosos.

Por nuestra fortuna, se nos proveyó de un criado llamádose Morales,

delgado, de chaqueta azul, listo, con el cabello bien peinado, color

moreno, tipo mexicano, despierto como un tendero de Atzcapotzalco ó de

Tacuba....

Morales, en dos por tres, se ofreció á nuestras órdenes, nos habló

de sus padres, de la guerra del Sur, de los negros mañosos, de las

lavanderas dignas de confianza, de los dias de entradas y salidas de

buques....

Morales era discreto como un buen cochero del sitio, y más que

cualquiera de nuestros ministros diplomáticos.

Morales era agente, secretario, cónsul de la familia mexicana, próvido

y despierto, atento, sin encogimiento, leal, y sobre todo, alegre y

sufrido.

Por la mediacion de Morales conseguimos arreglar nuestras comidas á

hora distinta que la ordinaria, y á esa hora, que era del aseo de las

piezas y del descanso de los sirvientes, pudimos observar á irlandesas

y negros.

Esta irlandesa es una mujeraza recia de carnes, de andar firme y de

una imponderable tenacidad para el trabajo: ella asea las piezas, lava

la ropa, limpia los suelos, trasporta tercios y olvida su sexo para

entregarse á las más duras fatigas, por lo ménos durante el dia.

El negro semi-civilizado es el pretensioso y altivo; se alisa el pelo,

deja motas de barba como moscas ó como moras pegadas con goma á su

barba, ve altanero á sus iguales, y hace las cabriolas de un D. Agapito

á sus superiores, gasta corbata azul ó roja, tirantes y chancla con

calcetin muy limpio.

El negro es como el burro: en su niñez todo viveza, retozo y gracia; en

la edad madura, es sombrío y taciturno.

En todo es estrepitoso el negro: en los mostradores bota á distancia

vasos y charolas, de modo que se arrastren y patinen; así avienta las

sillas, y así arma ruido estupendo con los platos, botándolos como si

fueran de hojadelata ó gutta perca: tose como si aullase, se ríe como

quien relincha y baila como quien apisona el suelo.

El negro, si está serio, hace la caricatura del prócer; si festivo,

parece que dan suelta á un demonio; tiene la fisonomía como en un

cuarto oscuro; cuando se baña, le seguimos con la vista como esperando

que se destiña.

La esclavitud ha hecho del negro un sér malicioso y sarcástico; y

solo cuando se persuade de una afeccion, la corresponde con verdadera

lealtad y nobleza.

La riqueza de los hacendados del Sur consistia en los negros; libres

éstos, los antiguos capitalistas quedaron en la miseria: son dueños del

terreno, pero el agio les suministra capitales de los hombres del Norte.

Por su parte los negros, con propensiones á la educacion y elementos

para aprovechar la libertad, han emigrado; otros, en pequeño número,

se educan y cultivan sus campos, y otros han quedado como heces, como

resíduos, como asientos y despojos que aletarga el ócio, que degrada y

pudre el vicio, y que se revuelven como gusanos entre las ruinas, los

harapos, los lodazales y las cenizas del incendio de la pasada lucha.

A la proclamacion de la igualdad, los elementos que surgian de la nueva

posicion del negro, eran más bien nocivos al progreso y eficaces para

el fomento de la anarquía.

Le eran desconocidos el amor á la familia y del hogar: la propiedad,

uno de los más grandes elementos de moralizacion, le era desconocido

tambien; la pereza habia sido para él como una protesta contra la

tiranía del amo y como una resistencia á la explotacion; de la mentira

habia hecho su defensa; del disimulo su virtud; del robo casi un

recurso, porque era como la restitucion que hacian de lo que les

robaban.

Esto lo comprendió el Norte, y al convencimiento siguió inmediatamente

la práctica de la doctrina de regeneracion.

_La oficina de emancipados_ tomó la iniciativa del movimiento

civilizador; las diferentes religiones entraron en la competencia del

bien; las sociedades de beneficencia se esforzaron por asimilar al

conjunto social, y los mismos hombres del Sur encubrieron sus celos y

dominaron sus recuerdos, para seguir la tarea de reconstruccion.

Fué tan eficaz el impulso, que sacerdotes, preceptores, sabios, y

útiles trabajadores, salieron de entre los negros, incorporándose á la

masa comun y resolviendo dificultades.

Ahora se ocupan los hombres pensadores de esa reconstruccion, haciendo

efectiva la igualdad por los intereses, y esa es la cuestion económica

y de tarifas sembrada de dificultades y peligros.

La llegada de nuestros compañeros, que habian ido á visitar el Niágara

y Nueva-York, nos distrajo de aquellas reflexiones, objeto frecuente de

nuestra conversacion.

Llegaban, entre otros, Joaquin Alcalde, mi hijo Francisco, Cárlos

Alvarez Rul y José Iglesias Calderon.

Nuestro gozo fué extremo: Alcalde hablaba de la grandiosidad del

Niágara, su aspecto sublime cubierto de nieve, y las peligrosas

excursiones sobre el hielo, con sus largos bastones, sus capotes de

hule y sus espigas en el calzado.

Francisco me hizo muy buenas reflexiones sobre ferrocarriles de vía

ancha y angosta, los puentes colgantes, telégrafos y otras cosas

conexas con sus estudios favoritos; José Iglesias traia vistas y

apuntaciones del acueducto de Chicago y del Lago de Michigan, y Cárlos

Alvarez Rul, que se habia captado nuestras simpatías por su finura, su

valor y su alegría en medio de los trabajos, además de observaciones

curiosas sobre el servicio de las postas y telégrafos, charlaba de

lo lindo sobre costumbres, _restaurants_ y _ladies_, á las que no sé

á punto fijo si es afecto, pero sí me consta que ve con particular

atencion.

Aquel encuentro fué como un relámpago de contento: nos dispersábamos en

la mañana en todas direcciones y despues, muchachos y viejos, venian á

mi cuarto, donde se bebia siempre y siempre imperaba el buen humor.

--Apunte vd., me decia Alcalde, lo que dice este libro, que es curioso:

"Cartas sobre los Estados-Unidos y el Canadá." Aquí, pág. 240, lea vd.

"El comercio del algodon, el grande artículo de riqueza de Orleans,

del que exporta un millon quinientas ó seiscientas mil balas,

está concentrado en la calle de Carondelet, donde se encuentra

el _Cotton Exchange_, propiedad privada de una asociacion. Hora

por hora se inscriben con gis en grandes tablas negras, todas las

noticias concernientes á la cosecha, estado de los mercados en los

Estados-Unidos y en Europa, etc., etc.

"Más léjos se encuentra el cuartel, especialmente dedicado al comercio

de los productos del Oeste, lardo, carnes saladas, maíces y harinas."

Otros me hablaban de los edificios, los otros de los paseos......

--Piano.... piano.... chicos, les decia yo á todos, que no se ganó

Zamora en una hora.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 6 / 94 题