XXXIII

Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la memoria

las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros charlatanes,

aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes del Jarama

y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé de la

casa del cura; parecíame ver la parra del patio y los tiestos de la

huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con

las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me

representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los

cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba

todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la

desgraciada joven junto a mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi

propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como

yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo

porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras

almas, se habían juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas

corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil

existencia.

Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte golpe que me dieron en el

cuerpo, y no tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las

cuales dijo, examinándome de cerca: «Está borracho.»

Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, a decir verdad,

aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí

afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios.

--¿Eres tú, Gabriel? --me dijo--. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito

modo de buscar a la muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen

Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos

seguros de encontrarla, y aun de salvarla.

Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o mejor

dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para

allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso de

mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo

olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí

distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me

encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata

a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto

había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba

de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante.

Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en

poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a

la huerta del Príncipe Pío vi tanta gente curiosa, que era difícil

acercarse. Yo lo hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso

matarme para hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta

de los desgraciados que habían visto penetrar para no salir más.

Desde luego quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas

con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis

esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me

impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y

la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:

--Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.

El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil.

--¡Tienes lástima de mí --continué-- y no la tienes de los que busco!

No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con

ellos.

Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo

de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella

horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para

comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se

disponían a la muerte mis dos amigos.

Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de plegarias

dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me apartaba de la

puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería

razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. Ya

golpeaba la pared con mi cabeza. Ya clavábame las uñas en mi propio

cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia,

aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, insultando

a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por entre cuyos

apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz carrera, una

turba de mofadores demonios.

Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole:

--¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con

mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro

Emperador? Para esto.

Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me tenían

por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora,

registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un

tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé

con febril alegría:

--¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado

de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al mismo

Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy.

Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis suelto por

las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el

cuchillo: aún gotea sangre.

Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al fin

penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las

personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo

gozo inundó mi alma. Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué

manera! En el momento de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones

de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en

sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres

no fuimos más que uno solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el

clérigo conservaba su semblante sereno.

--Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad --dijo

gravemente--. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos

mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo

sentimiento que sea de este mando.

--¡Inés! --exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi

vida--. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer

sino morir?

Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con

un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:

--Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte?

Haced fuego de una vez y acabad con nosotros.

Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos del

sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de uno, el

cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro, que al

fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila junto al

clérigo, cuya mano estrechó la mía.

--¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? --me

dijo--. Pero no es esta ocasión de mostrar odio, sino resignación.

Vamos a entrar en nueva y más gloriosa vida. Dios ha querido que

nuestra existencia acabe en este día, y nos ha dado el laurel de

mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de alcanzar.

Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo

te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la

bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la

más inocente de todas las víctimas inmoladas en este día, implora por

nosotros si, como creo, llegas la primera al goce de la eterna dicha.

Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar con

Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que

dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla

a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de

contrición.

Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno a

uno.

--¿Para qué prolongáis nuestro martirio? --exclamé sin poderme

contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés--. Todos

somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra

vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que

al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la

casa en que nació.

--Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo --me dijo el

cura--. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si

harto lo verán en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa

morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma

inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que

yo, que pienso pedir a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz,

mi amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por

los tíos de Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar

nuestra patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos

sobre nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del

nuevo día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan

ya los primeros resplandores del día sin fin.

--Ya amanece --dije mirando a oriente--. Inés: no bajes los ojos, por

Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros.

--Procura serenar tu conciencia, hijo mío --continuó el clérigo--. La

mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy

sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi

deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran

acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de _Dulce et decorum

est_ del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido

a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a

aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido

Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez...

Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido la

cortedad de mi genio... si yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me

quería tanto... ¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar.

¡Ah, Gabriel! Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la

muerte. ¿Ves a Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No

la ves cómo está tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta

sin afectación? ¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y

suspira dulcemente, animándonos con su mirada?

--¡Inés --exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D.

Celestino me pedía--, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial,

fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a

esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro

que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que

Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han

dicho.

El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan

bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no

pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella

inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos

nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano

produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez

colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque

penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor

endurecido.

--Inés es inocente --exclamé de nuevo--. ¿No veis su semblante,

señores oficiales? ¡Ah! sois unos caballeros muy decentes y muy

honrados, y no podéis cometer la villanía de asesinar a esta niña.

--Nosotros no valemos para nada --dijo el clérigo con voz

balbuciente--. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que

más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que

son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente.

No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les

dice que esa jovencita es inocente?

El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido.

Acercándose, miró a Inés con interés.

Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los

granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos

absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o

delirio en mi cabeza.

Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres,

uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a Inés, parose

y dijo: «Esta.»

Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo

oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda.

Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como

las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos

enfermos.

El 19 de marzo y el 2 de mayo · 第 38 / 40 题