Durante mi desvanecimiento, hijo de la extenuación, traje a la memoria
las arboledas de Aranjuez, con sus millares de pájaros charlatanes,
aquellas tardes sonrosadas, aquellos paseos por los bordes del Jarama
y el espectáculo de la unión de este con el Tajo. Me acordé de la
casa del cura; parecíame ver la parra del patio y los tiestos de la
huerta, y oír los chillidos de la tía Gila, riñendo formalmente con
las gallinas porque sin su permiso se habían salido del corral. Se me
representaba el sonido de las campanas de la iglesia, tocadas por los
cuatro muchachos o por el ingrato padre. La imagen de Inés completaba
todas estas imágenes, y en mi delirio no me parecía que estaba la
desgraciada joven junto a mí, ni tampoco delante, sino dentro de mi
propia persona, como formando parte del ser a quien reconocía como
yo mismo. Nada estorbaba nuestra felicidad, ni nos cuidábamos de lo
porvenir, porque abandonada a su propio ímpetu la corriente de nuestras
almas, se habían juntado al fin Jarama y Tajo, y mezcladas ambas
corrientes cristalinas, cavaban en el ancho cauce de una sola y fácil
existencia.
Sacome de aquel estado soñoliento un fuerte golpe que me dieron en el
cuerpo, y no tardé en verme rodeado de algunas personas, una de las
cuales dijo, examinándome de cerca: «Está borracho.»
Creí reconocer la voz del licenciado Lobo, aunque, a decir verdad,
aún hoy no puedo asegurar que fuera él quien tal cosa dijo. Lo que sí
afirmo es que uno de los que me miraban era Juan de Dios.
--¿Eres tú, Gabriel? --me dijo--. ¿Cómo estás por los suelos? ¡Bonito
modo de buscar a la muchacha! No está en el Retiro ni en el Buen
Suceso. El señor licenciado me ayuda en mis pesquisas, y estamos
seguros de encontrarla, y aun de salvarla.
Estas palabras las oí confusamente, y después me quedé solo, o mejor
dicho, acompañado de algunos chicuelos que me empujaban de acá para
allá jugando conmigo. No tardé en recobrar, con el completo uso de
mis facultades, la idea perfecta de la terrible situación, solo
olvidada durante un rato de marasmo físico y de turbación mental. Oí
distintamente las dos en un reloj cercano, y observé el sitio en que me
encontraba, el cual no era otro que la plazuela del Barranco, inmediata
a los Caños del Peral. Contemplar mental y retrospectivamente cuanto
había pasado; medir con el pensamiento la distancia que me separaba
de la Montaña, y correr hacia allá, todo pasó en el mismo instante.
Sentíame ágil; la desesperación aligeraba tanto mis pasos, que en
poco tiempo llegué al fin de mi viaje; y en la portalada que daba a
la huerta del Príncipe Pío vi tanta gente curiosa, que era difícil
acercarse. Yo lo hice, a pesar de los obstáculos, y habría sido preciso
matarme para hacerme retroceder. Las mujeres allí reunidas daban cuenta
de los desgraciados que habían visto penetrar para no salir más.
Desde luego quise introducirme, e intenté conmover a los centinelas
con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas; Pero mis
esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me
impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y
la rabia me sugirieron estas palabras que dirigí al centinela:
--Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.
El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil.
--¡Tienes lástima de mí --continué-- y no la tienes de los que busco!
No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con
ellos.
Fui nuevamente rechazado; pero de tal modo me dominaba el deseo
de penetrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella
horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para
comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se
disponían a la muerte mis dos amigos.
Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de plegarias
dolorosas y de violentas imprecaciones. Tan pronto me apartaba de la
puerta como a ella volvía a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería
razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. Ya
golpeaba la pared con mi cabeza. Ya clavábame las uñas en mi propio
cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia,
aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar, insultando
a los afligidos circunstantes, y miraba el negro cielo, por entre cuyos
apelmazados celajes creía distinguir, danzando en veloz carrera, una
turba de mofadores demonios.
Suplicaba otra vez al centinela, diciéndole:
--¿Por qué no me fusiláis? ¿Por qué no entro, para que me maten con
mis amigos? ¡Asesinos de Madrid! ¿Sabéis para qué quiero yo a vuestro
Emperador? Para esto.
Y escupía con rabia a los pies de los soldados, que sin duda me tenían
por loco. Luego, concibiendo una idea que me parecía salvadora,
registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un
tesoro, y sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé
con febril alegría:
--¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado
de sangre. Con él he matado muchos franceses, y mataría al mismo
Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy.
Torpes: habéis cogido a tantos inocentes, y a mí me dejáis suelto por
las calles... ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el
cuchillo: aún gotea sangre.
Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido, y al fin
penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las
personas que confusamente distinguía delante de mí, cuando un vivo
gozo inundó mi alma. Inés y D. Celestino estaban allí, ¡pero de qué
manera! En el momento de entrar yo, a ambos les ataban, como eslabones
de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en
sus brazos, y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres
no fuimos más que uno solo. Inés empezó a llorar amargamente; mas el
clérigo conservaba su semblante sereno.
--Desde que le has visto, Inés, has perdido la serenidad --dijo
gravemente--. Ya no estamos en la tierra. Dios aguarda a sus queridos
mártires, y la palma que merecemos nos obliga a rechazar todo
sentimiento que sea de este mando.
--¡Inés! --exclamé con el dolor más vivo que he sentido en toda mi
vida--. ¡Inés! Después de verte en esta situación, ¿qué puedo hacer
sino morir?
Y luego, volviéndome a los franceses ebrio de coraje, y sintiéndome con
un valor inmenso, extraordinario, sobrehumano, exclamé:
--Canallas, cobardes, verdugos, ¿creéis que tengo miedo a la muerte?
Haced fuego de una vez y acabad con nosotros.
Mi furor no irritaba a los franceses, que hacían los preparativos del
sacrificio con frialdad horripilante. Lleváronme a presencia de uno, el
cual, después de decirme algunas palabras, me envió ante otro, que al
fin decidió de mi suerte. Al poco rato me vi puesto en fila junto al
clérigo, cuya mano estrechó la mía.
--¿Cuándo te cogieron? ¿Te encontraron algún arma, desgraciado? --me
dijo--. Pero no es esta ocasión de mostrar odio, sino resignación.
Vamos a entrar en nueva y más gloriosa vida. Dios ha querido que
nuestra existencia acabe en este día, y nos ha dado el laurel de
mártires por la patria, que todos no tienen la dicha de alcanzar.
Gabriel, eleva tu mente al Cielo. Tú estás libre de todo pecado, y yo
te absuelvo. Hijo mío, este trance es terrible; pero tras él viene la
bienaventuranza eterna. Sigue el ejemplo de Inés. Y tú, hija mía, la
más inocente de todas las víctimas inmoladas en este día, implora por
nosotros si, como creo, llegas la primera al goce de la eterna dicha.
Sin atender a las razones de mi amigo, yo me empeñaba en hablar con
Inés, en distraerla de su devoto recogimiento, en pretender que
dirigiera a mí las palabras que a Dios sin duda dirigía, en obligarla
a alzar los ojos y mirarme, pues sin esto yo me sentía incapaz de
contrición.
Un oficial francés nos pasó una especie de revista, examinándonos uno a
uno.
--¿Para qué prolongáis nuestro martirio? --exclamé sin poderme
contener, viendo sobre mí la impertinente mirada del francés--. Todos
somos españoles, todos somos españoles; todos hemos luchado contra
vosotros. Por cada vida que ahoguéis en sangre, renacerán otras mil que
al fin acabarán con vosotros, y ninguno de los que estáis aquí verá la
casa en que nació.
--Gabriel, modérate y perdónales como les perdono yo --me dijo el
cura--. ¿Qué te importa esa gente? ¿Para qué les afeas su pasado, si
harto lo verán en el espejo turbio de su conciencia? ¿Qué importa
morir? Hijo mío, destruirán nuestros cuerpos, pero no nuestra alma
inmortal, que Dios ha de recibir en su seno. Perdónalos; haz lo que
yo, que pienso pedir a Dios por los enemigos del Príncipe de la Paz,
mi amigo y hasta pariente; por Santurrias, por el licenciado Lobo, por
los tíos de Inesilla, y hasta por los franceses que nos quieren quitar
nuestra patria. Mi conciencia está más serena que ese cielo que tenemos
sobre nuestras cabezas, y en cuyo horizonte aparece ya la aurora del
nuevo día. Lo mismo están nuestras almas, Gabriel, y en ellas despuntan
ya los primeros resplandores del día sin fin.
--Ya amanece --dije mirando a oriente--. Inés: no bajes los ojos, por
Dios, y mírame; estréchate más contra nosotros.
--Procura serenar tu conciencia, hijo mío --continuó el clérigo--. La
mía está serena. No, no he manchado mis manos con sangre, porque soy
sacerdote; me encontraron un cuchillo, mas no era mío. Yo cumplí mi
deber, que era arengar a aquellos valientes, y si ahora me soltaran
acudiría de pueblo en pueblo repitiendo aquello de _Dulce et decorum
est_ del gran latino. Únicamente me arrepiento de no haber advertido
a tiempo al señor Príncipe. ¡Ah! si él hubiera puesto en la cárcel a
aquellos perdidos... tal vez no habría caído, tal vez no habría sido
Rey Fernando VII, tal vez no habrían venido los franceses... tal vez...
Pero Dios lo ha querido así... Verdad es que si yo hubiera vencido la
cortedad de mi genio... si yo hubiera prevenido a Su Alteza, que me
quería tanto... ¡Ah! no nos ocupemos ya más que de morir y perdonar.
¡Ah, Gabriel! Haz lo que yo, y verás con qué tranquilidad recibes la
muerte. ¿Ves a Inés? ¿No parece su cara la de un ángel celeste? ¿No
la ves cómo está tranquila en su recogimiento, y digna y circunspecta
sin afectación? ¿No la ves cómo contempla a los franceses sin odio, y
suspira dulcemente, animándonos con su mirada?
--¡Inés --exclamé yo, sin poder adquirir nunca la serenidad que D.
Celestino me pedía--, tú no debes morir, tú no morirás! Señor oficial,
fusiladnos a todos, fusilad al mundo entero; pero poned en libertad a
esta infeliz muchacha, que nada ha hecho. Así como digo y repito y juro
que he matado yo más de cincuenta franceses, digo y repito y juro que
Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, como han
dicho.
El francés miró a Inés, y viéndola tan humilde, tan resignada, tan
bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no
pudo menos de mostrarse algo compasivo. D. Celestino, viendo aquella
inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también: «todos
nosotros hemos pecado; pero Inés es inocente.» Las lágrimas del anciano
produjeron en mí trastorno tan vivo, que de improviso, a la tirantez
colérica de mi irritado ánimo, sucedió una expansión tranquila, aunque
penosísima; un reblandecimiento, si así puede decirse, de mi dolor
endurecido.
--Inés es inocente --exclamé de nuevo--. ¿No veis su semblante,
señores oficiales? ¡Ah! sois unos caballeros muy decentes y muy
honrados, y no podéis cometer la villanía de asesinar a esta niña.
--Nosotros no valemos para nada --dijo el clérigo con voz
balbuciente--. Mátennos en buen hora, porque somos hombres, y el que
más y el que menos... Pero ella... señores militares... Me parece que
son ustedes unas personas muy finas... pues... ¡Ah! Inés es inocente.
No tienen ustedes conciencia; ¿no tienen en su corazón una voz que les
dice que esa jovencita es inocente?
El oficial, más inclinado a la compasión, pareció hasta conmovido.
Acercándose, miró a Inés con interés.
Mas la huérfana se abrazó a nosotros en el momento en que los
granaderos formaron la horrenda fila. Yo miraba todo aquello con ojos
absortos, y sentíame nuevamente aletargado, con algo como enajenación o
delirio en mi cabeza.
Vi que se acercó otro oficial con una linterna, seguido de dos hombres,
uno de los cuales nos examinó ansiosamente, y al llegar a Inés, parose
y dijo: «Esta.»
Era Juan de Dios, acompañado del licenciado Lobo y de aquel mismo
oficial francés que varias veces le visitó en nuestra tienda.
Lo que entonces pasó se me representa siempre en formas vagas, como
las que pasea la mentirosa fiebre ante nuestros ojos cuando estamos
enfermos.